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ateo poeta

hundimientos

hundimientos

 

Hay alguien que escucha muy cerca de aquí,

espera, retiene el aliento.

Dice: Es mi voz la que habla.

 

Nunca más, dice él,

va a estar todo tan tranquilo,

tan seco y cálido como ahora.

 

Se escucha a sí mismo

en su cabeza burbujeante.

Dice: No hay nadie más.

 

Aquí. Ésta tiene que ser mi voz.

Espero, retengo el aliento,

escucho. El rumor distante

 

en mis oídos, antena

de carnes suaves, no significa nada.

Es tan sólo el latido

 

de la sangre en las venas.

He esperado mucho tiempo

con el aliento retenido.

 

Rumor blanco en los auriculares

de mi máquina del tiempo.

Sordo zumbido cósmico.

 

Ni un sonido, ninguna llamada de auxilio.

La radio permanece muda.

O éste es el fin,

 

me digo, o es que

ni siquiera hemos comenzado.

¡Aquí sí! ¡Ahora!

 

Se oye un rasguido, un crujir, algo

que se desgarra. Aquí está. Una uña helada

que araña la puerta y se queda quieta.

 

Algo cruje.

Un lienzo largo e interminable,

una inmaculada tela blanca

 

que se desgarra, lentamente al principio

y luego más y más deprisa,

se rasga en dos pedazos con un silbido.

 

Esto es el principio.

¡Escuchad! ¿No lo oís?

¡Agarraos bien!

 

Y regresa el silencio.

Sólo se oye un sutil tintineo

en los aparadores,

 

el temblor del cristal,

más y más tenue

hasta desaparecer.

 

¿Quieres decir que

eso fue todo?

Sí. Todo pasó.

 

Eso fue sólo el principio.

El principio del fin

es siempre discreto.

 

A bordo son ahora

las once cuarenta. Hay una grieta

de doscientos metros

 

en el caso de acero,

bajo la línea de flotación,

abierta por un cuchillo gigantesco.

 

El agua corre

hacia las escotillas.

Emergiendo treinta metros,

el iceberg pasa silencioso,

se desliza junto al barco resplandeciente,

y se pierde en la oscuridad.

 

 

Hans Magnus Enzensberger. El hundimiento del Titánic

 

 

 

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