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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2008.

Equivocaciones, vocaciones

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Casi todos los papeles que me nombran mienten.

Me he visto en fotografías que nunca me hicieron.

Los que me elogian o me insultan jamás han compartido el pan conmigo;

publican su veredicto sin mirarme a los ojos

como el que firma un contrato sin leerlo.

 

Yo mismo escribo en un idioma que aún no aprendí;

recuerdo ciudades que no he visitado;

tengo todavía en los labios el sabor de una mujer que tal vez no me besó.

 

Mis dedos aprietan el aire caliente que dejó su piel

como el que abraza el cadáver de un desconocido.

 

 

Juan Antonio Bermúdez, Compañero enemigo

 

 

 

 

 

 

02/06/2008 15:23. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

letras utilitarias

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En una de las últimas librerías que he visitado, de esas con estantes llenos de libros de segunda mano con páginas amarillentas y olor a humedad, me encontré con una joya literaria que contenía las siguientes inscripciones grabadas con uno (o varios) de esos viejos sellos de caucho que se embadurnaban en la esponja de un tintero, fabricado ex profeso para los fines de su propietario.

 

 

Aviso para navegantes

 

Este libro es tan sólo una más de las extremidades indolentes que constituyen la biblioteca de Juan González con cuya sombra y tal vez también, por aviesa fortuna, con cuyo hueso simbólico de inquietudes intelectuales, habrás podido interaccionar en alguna ocasión de tu vida no menos fugaz que la suya. Allá donde me portes, bajo el polvo en el que me sepultes, indiferente a los lamparones de grasa que pringuen mis páginas, a los monigotes con que me ilustres o a las esquinas que me pliegues, recuerda tu deuda: revertirme, sin demora ruín, a ese cuerpo de sueños y legajos anacrónicos al que pertenezco y del cual tu amor pasajero e ilusorio me arrebató en aras de manos y miradas paradisiacas cuyo obsequio nunca compensará suficientemente el sacrificio de mi separación primordial. Que la belleza y la sabiduría te acompañen, viajero, siempre que cumplas con esta cabal restitución y que te sustraigas al celo, la codicia, la pereza y la vil tentación que acechan a los espíritus indignos de hospitalidad y préstamo.

 

 

Last but not least

 

Me veo obligado a imprimir este recordatorio en la solapa final de la presente obra en prevención de que libreros sin escrúpulos o ex-amigos sin remordimientos de conciencia arranquen de cuajo la primera página de advertencia en la que se insta (o instaba) a devolver con urgente apremio este ejemplar a su adquisidor original y coleccionador sentimental, Juan González.”

 

 

Curiosamente, ambos textos, con su peculiar tinta morada y desgastada de forma casi impresionista, aparecen cruzados con dos trazos de bolígrafo rojo. Al final del segundo, alguien añadió esta lacónica nota bene manuscrita (también con tinta roja): “N.B. No se aplica. Reventa.”

 

 

02/06/2008 16:50. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

la primavera va por dentro

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La semana pasada tuvo sus dosis cinematográficas con una reposición sesentayochista (La Chinoise, de Jean Luc Godard) y con una opera prima y estreno casi clandestino en el mítico cine Doré (bajo el auspicio de la Filmoteca Española) pues, al parecer, no tiene todavía distribución comercial: Nevando voy (Maitena Muruzábal y Candela Figueira, 2007). Sencilla, intensa y vitalista, esta película me recordó inicialmente a La soledad (de Jaime Rosales) y a Recursos Humanos (de Laurent Cantet), pero situada a virtuosa distancia de ambas. Se acerca el invierno en Pamplona y dos mujeres son contratadas, a través de una empresa de trabajo temporal, para reforzar la sección de embalajes de una fábrica. La empresa tiene unas grandes instalaciones y, entre otras cosas, produce cables y cadenas para colocar en las ruedas de los coches cuando nieva. La llegada y permanencia de la nieve, por lo tanto, estarán ligadas a la continuidad de Ángela y Karmentxu en esos precarios y anodinos empleos. Sus rutinas domésticas y laborales se muestran tan alienantes como las que tienen sus dos compañeros de la nave donde trabajan, Jairo y Javier. Pero una chispa estalla de repente y el cuarteto empieza a sonreír, a mirarse a los ojos, a hablar de sus vidas, a jugar y divertirse en el trabajo. Ángela, sin duda, es la instigadora de esa revolución. Todos parecen tan enamorados y felices que hasta el sol resplandece más radiante y, claro, sin nieve no hay trabajo y peligran, por ende, los contratos de las dos mujeres. Pero con la nieve llegan otras nubes y, también súbitamente, vuelven al grupo las caras agrias, el silencio y el vacío. ¿Cómo es posible ver la vida en positivo, llevar una primavera dentro, incluso en los lugares y circunstancias más deprimentes? Esa es la hermosa cuestión que va hilando los cambios de humor de los personajes al mismo tiempo que los claroscuros de los madrugones, la valla de la fábrica abriéndose y cerrándose, los semblantes de ordeno y mando, la hora del bocadillo, las esperanzas mullidas y frustradas. Buscando alguna luz. Sin resignación. Aunque todo alrededor y el temporal acechante no parecen de lo más propicio.

 

 

03/06/2008 16:57. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

swing

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What good is melody?
What good is music?
If it ain’t possessin’ something sweet
It ain’t the melody, it ain’t the music

There’s something else that makes the tune complete
It don’t mean a thing, if it ain’t got that swing
It don’t mean a thing all you got to do is sing

It makes no difference
If it’s sweet or hot
Just give that rhythm
Everything you’ve got
It don’t mean a thing if it ain’t got that swing

 

Irving Mills

boomp3.com

03/06/2008 17:37. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

mimos

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“La nalga es una epifanía y nunca una culminación. Es, como diría mi amigo Jacinto, un sine qua non que encierra la promesa de un cetro soberano que puede ser acariciado, contemplado, besuqueado, palpado... o de un torso para ser recorrido con la lengua o unas tetillas que responden. Lo normal, vamos. Pero son las nalgas como preámbulo las que me descomponen. Así de simple.

        Les decía al principio que no es lo mismo desear que ser deseado. Y yo, a partir de aquel día, tenía un punto peligroso de comparación, un nuevo dato sobre mí y mi cuerpo, que ponía un velo de oscuras perplejidades en mi matrimonio. Tenía que beber más, casi hasta la borrachera, para poder abrazar aquel cuerpo -el de mi marido, digo- que nunca antes me había desagradado. Y creo que él se daba cuenta.

        Con el tiempo y algunas experiencias he aprendido algo que no te explican los manuales y que casi nadie te cuenta. Cuando la química, el flechazo, no funciona, el goce es un goce mermado, limitado. Porque lo de menos -y ahí nos han engañado, os lo aseguro- es el... Es una palabra tan horrible que no la voy a emplear. Pónganla ustedes y evítenmela porque me suena a medicina y consultorio del psicoanalista... Sí, lo que están pensando: esa palabra técnica que empieza por o... Uno de mis amantes preguntaba: ’¿Tuviste mimos?’ Pues eso, mimos. Les contaba que lo de menos son los mimos. Mimos se tienen con cualquiera y una sola puede provocárselos. Y el mimo solitario o el mimo compartido con aquel a quien uno no desea es simplemente una descarga física, gratificante, pero... ¿cómo explicarles?... local, por decirlo de algún modo.

        En cambio, cuando eres tú la que deseas, con mimos o sin mimos, se produce una transfiguración que es física y psíquica: un calambre que te atrapa de la cabeza a los pies, que te aturde y te traslada a otra dimensión. Y eso no se provoca. Es un estado de desvalimiento que convierte tu cuerpo en una cuerda afinadísima -la metáfora es simplona, lo sé, pero me sirve-, capaz de vibrar al menor roce, desde la punta de los dedos hasta el último cabello. Con mis maridos siempre he tenido ’mimitos’ placenteros. Y, en cambio, con mis amantes -sobre todo con esos amantes esporádicos, como el tipo aquel de las gafitas, el de la ensaimada, que acabo de contarles- a veces no... Pero no importa nada. Lo que está prendido puede luego apagarse, y si no se apaga puede irse durmiendo despacito dejando todo el cuerpo en un rescoldo. Pero no hay ’mimo’ del mundo que yo estuviera dispuesta a cambiar por ese estado que es realmente un estado de gracia, un soplo de la vida que modifica los colores, las formas y agiganta las sensaciones.”

 

Lourdes Ortiz, Las nalgas: la confesión

 

 

Entre mis últimas incursiones en la literatura erótica -un género que prodigo y recomiendo vehementemente también como saludable pedagogía sexual- me he entregado con curiosidad al volumen colectivo Verte desnudo editado por la misma escritora, Lourdes Ortiz, de quien he extraído los anteriores párrafos de su particular contribución al libro. Ante todo, no me ha gustado mucho esa compartimentación tan médica y mecánica del cuerpo masculino en cada capítulo, posiblemente sugerida por la editora al conjunto de escritoras para dotar de coherencia al conjunto. Pero la mirada femenina pícara, extravagante o fantasiosa constituye siempre un universo refrescante para entendernos mejor en ese campo de juegos y placeres que mueve nuestras células como pocas otras cosas. Aunque algunas historias derivan por inverosímiles vericuetos (como la de Emma Cohen sobre la adolescente que se enamora del “hombre de la gabardina”) y otras caen en la trampa editorial del fetichismo (como el relato de Cristina Peri Rossi sobre la homología entre el cuello y el sexo), es de agradecer el brillante vocabulario empleado, cargado de oropeles y recreaciones ávidas de sensualidad. En el caso de mi alabada poetisa Clara Janés (“La boca: el banquete”) y en alguna otra, llega incluso hasta el paroxismo, suplantando a la trama y a los personajes. En todo caso, la suma de variados matices, perspectivas y lubricantes sugerencias de todas las autoras nos regala un nutrido inventario de palabras perfumadas, de esas palabras etéreas pero imprescindibles, de esas palabras que se amalgaman, sin solución de continuidad, con la piel, los mimos, el deseo y la eternidad.

 

 

09/06/2008 17:22. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

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Asedio de lo frágil:

por lo frágil, a lo frágil,

con lo frágil.

 

Desde ese punto de equilibrio,

de austeridad.

Como si el universo se plegara

en esa inflexión.

Y no morir. No morir al palparlo,

aun hacia su sima.

 

Estas guerras locales:

armaduras, corazas, ignorancia.

Pasarán, amigo.

No volverán nuestras células

muertas. Ni los hijos.

Ni aquellas ilusiones carnales e infinitas

que incendiaban nuestros cuerpos.

Y rubricamos la defunción

de las heroicidades vanas.

 

¿Asedio?

¿Con qué derechos, blandiendo

qué argucias?

La luz cenital y las bayas dulces

están pletóricas, no hay fosos.

Tus pinceles designan y renombran.

El que crea, no descansa.

Revive cada mañana

de acuerdo al contrato natural:

ni gana ni pierde.

Nadie le representa.

 

Lo frágil, me recordaste, no es la debilidad.

Ahí le ganamos una partida

al cirujano, siempre al borde del precipicio.

Siempre hay un próximo instante.

Ni asirlo con fuerza,

ni dejarlo caer de golpe en el suelo del olvido.

Lo dicen del amor que se rompe

siempre. Lo más frágil

y lo más difícil.

 

Bebernos el limón de los días.

Bebernos los buenos y los malos tragos

y hacer caso omiso

a la moral de los pusilánimes.

Frente al asedio:

beber y brindar con nuestro enemigo interior,

el más mortífero de todos.

 

 

El señor Ibrahim

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En pantalla chica y con la cena en bandejas -en los mismos sofás donde acompaño a mis hijos adolescentes a seguir los partidos de la Eurocopa, venciendo mis renuencias prejuiciosas ante el deporte televisado y pasando un buen rato con ellos- vimos esta semana El señor Ibrahim y las flores del Corán (François Dupeyron, 2003). Mis chavales me advirtieron antes de empezar: “sólo nos quedamos si es entretenida”. Su primer requisito de entretenimiento es que no la visualicemos en su francés original: cedo. A partir de ahí, sólo temo al síndrome de somnolencia adquirida o a la súbita aparición de otros entretenimientos simultáneos a la proyección. Y nada de eso ocurre: me alegro. Desde los primeros hasta los últimos acordes del “no matter, no matter what color, you’re still my brother... tell me why, why can’t we live together?” su pensamiento parece absorbido por el devenir de Momo, el chaval judío de 13 años que encuentra en Ibrahim, el tendero turco de su barrio, a un amigo y segundo padre. Puede ser que la edad del joven protagonista y sus peripecias fueran suficiente acicate para que mis niños se viesen reflejados, identificados y cuestionados, y así no perder comba de los sucesos. Momo vive solo con su amargado padre para quien cocina y hace la compra habitualmente. A su tierna edad se inicia en la sexualidad gracias a las prostitutas de la Rue Bleu donde vive, en un denso y bullicioso barrio viejo del París de los años ’60. También se enamorará y desenamorará de una vecina pelirroja, y se hará amigo e hijo adoptivo del sorprendente señor Ibrahim. A éste le robaba latas de conserva hasta que el anciano y sabio musulmán le reprendió comprensivamente y le fue atrayendo hasta su particular filosofía vitalista (y a la lectura del Corán), a pesar de su ya avanzada vejez y su rutina comercial aparentemente sombría. Juntos se contagiarán la sonrisa y hasta emprenderán un viaje en coche (¡del que sólo veremos las nubes!) hasta la Turquía natal de Ibrahim (región de Anatolia, si no recuerdo mal). ¿No deberían ser así todas las “paternidades”: amistosas, estimulantes del conocimiento, ejemplos de autonomía y felicidad? No sé exactamente en qué pensaban Mario y Luis (¡tan concentrados y metidos en la piel de los personajes como me suele ocurrir a mí!), pero estoy seguro de que su mirada atenta hasta el final no les dejó indiferentes. Y todas esas contundentes canciones de rock y música negra de la época (junto a alguna francesa como Nouvelle Vague), tan bien trabadas y coloristas (como el Sunny, La Bamba, o Sweet Little Sixteen), seguro que también contribuyeron lo suyo a que se sintieran “entretenidos”. Es difícil, pero cada día voy aprendiendo más a ver buen cine juntos. O sea, a convivir y a crecer juntos, entrando en universos comunes de reflexión (es curioso, pero últimamente hasta se animan a leer algunas cosas de los periódicos que yo devoro con fruición...).

 

 

 

17/06/2008 13:51. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Elegy

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La última entrega de Isabel Coixet, Elegy (2008), vuelve a poner el dedo sobre la llaga de las turbulencias sentimentales: amor, enfermedad, muerte... Él (Ben Kingsley): un profesor neoyorquino de más de sesenta años pero bien conservado físicamente, exitoso en su mundillo intelectual, independiente, divorciado desde hace décadas, atractivo y sexualmente prolífico. Ella (Penélope Cruz): una joven menor de treinta, alumna del susodicho, de familia cubana enriquecida, atractiva e inexperta, supuestamente inteligente, y entregada sin la menor duda al amor con su profesor una vez que es seducida por él (en principio, sólo para copular con ella... la táctica: al acabar el curso, el profesor organiza una fiesta en su casa eludiendo así las prohibiciones de acoso sexual que imperan en el recinto universitario notoriamente visibles a través de placas y carteles por doquier). El guión nos puede sonar algo recurrente y estereotipado: se enamoran pero, debido a su diferencia de edad y a otros inconvenientes sociales, sufren y se separan. Es menester preguntarse, por lo tanto: ¿qué nos aporta de novedoso este típicamente desequilibrado y algo convencional affair? (Convencional por cuanto, en las sociedades machistas, los hombres mayores siempre han tenido más oportunidades para emparejarse con jovencitas en un intercambio de la salud y belleza de éstas por el supuesto bienestar económico y protección física de aquéllos). Me inclino por la hipótesis del “viejo testarudo”. Quiero decir que, a pesar de los dolores de ella (más o menos trágicos según la etapa de la película), me da la impresión de que todo el peso de la narración recae sobre los principios normativos de él (de hecho, la historia se basa en una novela de Philip Roth). O sea, que él no se apea de su tren de vida ni aunque le atraviese a hierro la musa más carnal y hermosa que se hubiera imaginado.

 

Su tren de vida y su código ético consisten, simplemente, en un individualismo radical: no comprometerse nunca (más) en un proyecto de convivencia con otro ser que pueda erosionar alguna capa de su pacientemente cultivada intimidad. Sus amantes le hacen sentir hermoso y deseado. Sus alumnos y audiencias le hacen sentir culto y admirado. ¿Para qué, entonces, reducirse a una vida en pareja que pudiera rebajar considerablemente sus atributos? “No atravesar la frontera” (del matrimonio, de reconocerse enamorado, de compartir sus cuatro paredes durante más de un día): esa parece ser su máxima. Y su amigo el poeta, igual de anciano y promiscuo que él, no hace más que complacerle en su mutuo carpe diem. ¿Podrán las advertencias de la muerte y de la enfermedad hacerle cambiar de idea? Nada de eso, nuestro viejo testarudo se aferra a su suerte y a su vida contemplativa pase lo que pase. Desde su celoso presenteísmo nos intenta convencer con un pronóstico de fuerte realismo: si me uno a esa mujer extraordinaria, parece decirnos, toda esta gloria (de ambos) se transformará en sufrimiento (mío) pues ella es joven y me abandonará antes o después; ergo, mejor me olvido de esta pasión suicida y me conformo con la dicha breve o con la ruptura segura (y sufrimiento mutuo, aunque pequeño) en cuanto se percate de mi falta de entusiasmo... Todas esas tribulaciones no hacen mella en el fondo metódico y mineral de nuestro héroe, aunque sus silencios y parcas reafirmaciones de sus fuentes de afecto nos hagan sospechar, por momentos, lo contrario.

 

 

17/06/2008 13:52. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Entonces

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“Era tal la cantidad de transparencia que las cosas tenían en aquellos tiempos que a todo lo invadía la confusión y la debilidad. Rodaban los sentidos, tomados por un fulgor excesivo que acababa rindiéndolos y los enviaba a la desorientación. Venían así hacia nosotros las mordeduras de las impertinencias.

 

Eran los años de la casa familiar. La casa: Rumores siempre de sumandos. El oscuro murmullo de los decimales en los precios. Sumar y seguir. Coser y cantar. Olores comerciales. Abrir y cerrar todo. Las trapas y las puertas. La música de los tirafondos en los cajones y la sabiduría de los envoltorios para poner a dormir un poco más las cosas sin arañarlas. Los años de la casa, tensa como una fruta recién metida en la boca que sólo se apaciguaba si caía la cáscara sobre los contratos de los sueños. Olores honrados y hoscos. A pez. A cuero quieto. La casa, la casa: escalones forrados de hules flatulentos que pisábamos fuerte, con la gula de quien supone que algún día en vez del aire muerto se levantará la melodía de una redención.

 

Y nos untábamos las manos con aceite para que no parasen en ellas las cosas demasiado. Todo eran transacciones, todo deslizamientos. Entonces era entonces.

 

Y luego salimos de la casa en busca de lo propio.”

 

Tomás Sánchez Santiago, Entonces era entonces

(en la revista literaria leonesa The Children’s Book of American Birds, nº 2, 2006)

 

 

28/06/2008 19:00. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

Los invisibles

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“nosotros debemos decidir qué es lo que más nos conviene para el crecimiento y el reforzamiento de este movimiento y entonces el problema más importante para nosotros no está en conservar el Almacén a cualquier precio el problema está en que debemos conservar la fuerza que hemos conseguido y para ello tenemos que rechazar la evacuación voluntaria que nos proponen pero también tenemos que decidir autónomamente nosotros cuándo y cómo desocupar si nosotros desocupamos por decisión autónoma nuestra conservamos intacta nuestra fuerza política y mañana podremos desarrollar de nuevo las luchas de este movimiento para la conquista de un espacio social podremos llevar a cabo otras ocupaciones y otras luchas si por el contrario vamos al enfrentamiento hoy aquí nos lo jugamos todo y en mi opinión lo perdemos todo”

 

Nanni Balestrini, Los invisibles

 

 

 

 

Esta novela fue publicada en 1987 en italiano, en 1988 en castellano por la editorial Anagrama y en 2007 ha sido reeditada por Traficantes de Sueños (http://www.traficantes.net/index.php/trafis/editorial/catalogo/historia/los_invisibles) con la misma traducción de Joaquín Jordá. No obstante, ficciona una serie de acontecimientos políticos que tuvieron lugar en distintas ciudades italianas en la segunda mitad de la década de 1970. Los protagonistas pertenecen al ’movimiento autónomo’ que intentó radicalizar los ideales comunistas, aplicarlos asamblearia y horizontalmente a la realidad inmediata, y enfrentarse a todo tipo de opresiones laborales, sexuales, mediáticas y políticas. Los centros sociales okupados, las huelgas salvajes, los hurtos selectivos y la autoorganización feminista fueron algunas de las intensas experiencias que aún prolongan su influencia hasta nuestros días. Sin embargo, muchas de aquellas luchas descarrilaron hacia acciones armadas insensatas y, en consecuencia, la represión policial y judicial fue feroz. Tanto que algunos, como el propio autor de la novela y varias centenas más, se exiliaron durante años en Francia ante la carencia de garantías que ofrecían en Italia las detenciones, torturas y juicios. El libro traza con hábil e impresionista síntesis algunos de los momentos vitales más significativos de los jóvenes que se iban involucrando en el movimiento y los dilemas a los que tenían que hacer frente cada día, sus tácticas, sus conflictos y sus diletancias. La falta de puntuación, por su parte, invoca a una cierta creatividad del lector y a su concentración en el discurrir de los hechos narrados. La vida en prisión del principal protagonista, sufriendo todo tipo de agresiones a la vez que mostrando la capacidad colectiva de organizarse y rebelarse incluso en condiciones tan totalitarias, ocupa una buena parte del relato y conduce a una sensación de desasosiego y de derrota de esos movimientos sociales. Pero esa es sólo una técnica para envolvernos en los pensamientos y avatares de los personajes porque, en el fondo, nos interpela constantemente acerca de las huellas que pudieron dejar todas aquellas reivindicaciones, las posibles lecciones a aprender de sus propósitos, de sus prácticas y de sus evidentes defectos. Por eso es una novela apasionante y sólidamente anclada en el magma de aquella realidad sísmica y del mismo capitalismo extenuante con el que coexistismos en la actualidad.

 

 

28/06/2008 19:01. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Nazis en España

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La fabulosa iniciativa surgida entre activistas madrileños para organizar la “Muestra de Cine de Lavapiés” ha llegado a su quinta edición este año y en “El solar” okupado pudimos ver el miércoles pasado una de las mejores proyecciones y escuchar engatusados las profundas y precisas reflexiones de su director al final: El paraíso de Hafner (Günter Schwaiger, 2007).

 

Como señala la presentación de la Muestra: “Hafner, ex-criador de cerdos, inventor arruinado, amante insolente y, ante todo, antiguo oficial (teniente) de las SS, vive en España rodeado de amigos nazis y soñando con el advenimiento del IV Reich. A través del film nos introducirá, orgulloso y sin complejos, en su mundo oscuro y grotesco que ha fabricado a su medida y en el cual reina con aparente soberbia. Finalmente la realidad vendrá a su encuentro...” Y añade el director: “Esta película se me presentó a la vez como un desafío y un duelo. Desafío porque me enfrenté al triste pasado de mis orígenes, es decir, con el oscuro pasado de mi país, Austria. Pero lo hice desde la perspectiva más distante y fresca de mi nueva vida en España, donde llevo viviendo diez años. Y es un duelo porque enfrentarse a quien desprecia lo que uno más valora, resulta muy duro. Hablar, incluso en ocasiones sentir simpatía por alguien que no tiene ninguna compasión por el dolor ajeno, se hace insoportable. Hafner lo sabía y jugó con ello. Quiso quemar mi voluntad de resistir durante todo el rodaje, pero al final su silencio lo dice todo...”

 

En efecto, el director se presenta sincero y a cuerpo descubierto. Aunque en las antípodas ideológicas de su personaje, éste acepta el envite y pasa a contar y mostrar su vida. Defiende sin atisbo de duda a Hitler y desprecia los registros oficiales del Holocausto, el genocidio judío. Se codea entre los falangistas españoles y Fuerza Nueva. La dictadura franquista lo acogió, al igual que a otros cientos de oficiales nazis, con los brazos abiertos para que se instalaran en España tras la Segunda Guerra Mundial y pudieran crear empresas con todo tipo de beneficios. Su impunidad y ocultamiento, incluso hoy en día, son otra de esas vetas de ignominia en la memoria histórica en nuestro país. Hafner, además, es un anciano fornido y tan dogmático como acostumbraba. A pesar de su inflamado verbo autoritario, en la película ofrece un rostro humano, cierta agudeza mental y hasta una taimada simpatía senil. Sólo el abandono de sus amigos nazis de Marbella, las inesperadas acusaciones de antisemitismo que le hace una amiga suya hija de un general franquista, y sus parálisis cruciales cuando acepta presenciar un documental sobre el Holocausto y conversar con Hans Landauer, un ex-brigadista internacional en la Guerra Civil y posterior superviviente del campo de concentración de Dachau donde Hafner trabajó... consiguen abrir unos resquicios en la coraza de indignidad con la que el protagonista se disfrazaba. Los planos, algunas selectas imágenes y los pertinentes silencios, desde el punto de vista técnico, sólo pueden merecer elogios. Schwaiger ha compuesto una obra intensa, emotiva y de una incisiva provocación reflexiva acerca del fascismo y de las personas concretas que lo abanderan. Imprescindible.

 

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