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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2012.

extracto de un cuento de Vlady Kociancich

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"Cuando su editor le anunció que la novela ya aceptada no se publicaría, Alejandra, impecablemente vestida, clara como la rosa de la publicidad del maquillaje, cruzadas las piernas en displicente exhibición de medias francesas y zapatos italianos de taco alto, se había echado a reír con su risa apaciguante, cálida.

 

-Otro libro que engrosa mi biblioteca inédita.

 

No se enojó, no reclamó. Aunque esa novela le había dado un sentido a su mustia vida cotidiana. Tal vez porque escribirla era olvidarse. Tal vez porque escribiendo para otros sentía la necesaria frescura del deseo, unas gotas de agua en la tormenta de arena que duraba dos años. Francamente, ya no tenía importancia. La novela se había sumado a la lista de conflictos inútiles que Alejandra, cada día más sabia, eliminaba de su visión del mundo.

 

¿Para qué publicar otro libro si tantos se estaban publicando? ¿Para qué esforzarse? En escribir. En publicar. En levantarse de la cama. En alimentarse. En caminar. En hablar. Miles de millones de seres humanos lo hacían, ciegos a las monstruosas cifras del crecimiento demográfico, fieles al sueño de ser únicos, de ser indispensables.

 

Y Alejandra se ruborizó.

 

-Qué egoísmo -dijo, mirando la taza-. Estar viva sin ganas, ocupando un lugar en un planeta donde sobra la gente."

 

Vlady Kociancich, Cuando leas esta carta, 1998

 

Fotografía: Julie de Waroquier

10/08/2012 22:47. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

un poema de Néstor Barron

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Mi belleza es arrasadora

cuando te tengo arrodillada

delante de mí y acaricio

tu nuca con mis dos manos.

No me exilies de tu boca todavía,

no me escupas tan pronto de regreso a

la fealdad

de mi maravilloso mundo muerto.

 

Néstor Barron, Las Otras. Historias del misógino que amaba a todas las mujeres, 2008

 

Ilustración: Diderot

 

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Nada en especial. Ha estado lloviendo buena parte de la mañana, así que nos hemos quedado en casa. Estuve indagando cómo piratear las redes inalámbricas de la zona y, después de muchas horas e intentos, ha sido un fracaso más a añadir a mi vida. Aunque siempre se aprende, claro, es lo que se dice, queda ese consuelo no poco amargo. También me dediqué a corregir la propuesta de libro que enviamos hace meses a esa editorial inglesa. Respondimos a los cinco evaluadores y ahora toca esperar a que nos den el visto bueno. Otro asunto que se va aplazando y que progresa adecuadamente, a paso de tortuga. Sin embargo, es como si también incrementara la sensación de agotamiento, las innúmeras dependencias alrededor, la aceptación inevitable de que siempre quedan cosas fuera de tu alcance. Un golpe más de realidad. Por la tarde se fueron los chicos a esa fiesta del agua y me dijeron que pasarían la noche fuera. Yo me fui con la bicicleta a Cangas y me encontré a Manolo, un viejo amigo y hablamos de otras viejas amistades y al final me dijo que Luis Villaverde se había suicidado hace más de un año. Había salido tímidamente el sol y el paseo marítimo se llenó de súbito de gente endomingada o aprovechando unas horas de playa, distendida, distribuida por las terrazas de los bares, como si la vida continuase lánguida de la misma manera que lo solía hacer. Al principio reaccioné con incredulidad y hasta me sorprendió mi falta de empatía al escuchar lo de Luis. A fin de cuentas, la gente muere por distintas circunstancias y a distintas edades, y a todos nos toca tarde o temprano. Los niños jugaban con la arena encharcada, el mar estaba picado aunque el oleaje que descansaba en la orilla era débil, armónico en su irregularidad. Hace veinte años que vine a Vigo por primera vez. Luis era uno de aquellos compañeros insumisos que, al cabo de los años, fue encarcelado. Recuerdo que volviendo en autobús desde Alcalá Meco, después de protestar frente a la cárcel en solidaridad con otros insumisos presos, vimos Léolo y me dijo que era una de sus películas favoritas. Hace unos meses la volví a ver y a menudo me viene a la mente la imagen del chico que entrena duro para ponerse cachas aunque nunca consigue eliminar el miedo que le tiene a un enclenque matón del barrio. Todos los miembros de la familia acaban en el manicomio, incluido el forzudo y el niño a través del cual vamos viendo lo asombroso y absurdo que es vivir. A Luis me lo encontré luego de vecino en Madrid, haciendo la compra y, sobre todo, entrando y saliendo constantemente de la Filmoteca. Nunca aceptaba que tomásemos algo juntos en los bares de la zona y las conversaciones que teníamos eran, por lo general, fugaces. Apurábamos unos breves comentarios sobre las películas que nos gustaban o queríamos ver y enseguida se marchaba raudo. Siempre solitario y austero. Volví en el último barco y no dejé de pensar en Luis, azorado, con un nudo en el estómago, con ganas de llorar pues es lo más fácil cuando nadie puede verte, pero también perplejo por seguir vivito y coleando en este mundo cruel. No me lo pensé dos veces y entré en los cines Norte donde también había coincidido decenas de veces con Luis. Elegí "Siempre feliz", una película nórdica sobre dos parejas que viven en un pueblo perpetuamente nevado. Una de ellas, formada por dos profesionales liberales, tiene un hijo negro adoptado y huyen de la reciente infidelidad de ella en la ciudad. La otra pareja tiene un hijo rubio de similar edad al otro, aliado con su padre, no menos rubio, en una permanente humillación de su ingenua y sufrida madre (de pelo negro y deslumbrantes ojos claros). A lo largo del relato se producen nuevas infidelidades, se descubre una homosexualidad negada durante años, se mezclan el juego y la dominación. Incluso en esos países ricos y con esas mujeres níveas que parecen salidas de cuentos de hadas, no es fácil vivir, o convivir, que no es lo mismo pero casi. El título de la película, evidentemente, era engañoso. Pero no escondía un pesimismo feroz sino una recurrente moraleja: hay que enfrentarse a los dilemas y dolores de cada día, no esconderlos debajo de la alfombra; y no hay ninguna garantía de éxito por más cultura, dinero y experiencias que nos creamos haber acumulado. La noche estaba templada y fresca, como aquellas noches de hace veinte años en que nos íbamos a pegar carteles después de las asambleas y yo también volvía a casa en bicicleta, contento y convencido de que nuestros afanes antimilitaristas plantarían alguna semilla de un mundo nuevo. Aunque, mientras, algunos iban a la cárcel y otros se quedaban por el camino. Y los ejércitos se hacían más profesionales y esquilmaban mejor nuestros recursos colectivos. Quizá todo haya sido inútil. Estoy seguro de que Luis se merecía una vida mejor y más duradera, pero creo que admiraré siempre sus convicciones y su coherencia, como la de Manolo y tantos otros, por mucho que me duela la pérdida de alguien tan entrañable. A mí también me complacen altas dosis de soledad y esa actitud aparentemente evasiva que, no obstante, adopto para comprender toda la maraña de objetos, animales y personas en la que estamos envueltos. O, por lo menos, eso pretendo. Al llegar a casa aún pasé un buen rato con el ordenador auscultando las capturas de paquetes de datos volátiles que había dejado activas en mi ausencia y luego me masturbé con un vídeo porno y me acosté leyendo un libro extraordinario de poemas de Roberto Bolaño. Escribí unos versos recordando a Luis y, la verdad, me resultó difícil conciliar el sueño.

 

 

 

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registrar el hecho,

categorizarlo bajo una u otra rúbrica

incontrovertible,

añadirlo a una serie

estadística más

y, sin embargo, rendirse a la evidencia

de que ya nunca nos explicará

por qué decidió quitarse la vida

 

 

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Te he visto en el primer verano de mi infancia.

Te he visto siempre y te he deseado

pues te bañabas sin temor a las piedras.

Te quitabas casi toda la ropa

y los aviones cargados de gente anónima

y de mercancías ligeras manchaban el cielo

con esas franjas blancas.

Eras morena, rubia, pelirroja, tal vez

poco oriental.

Todavía no estaban de moda los tatuajes

y ya te llevaba impresa aunque, a veces,

la sombra toma su propio camino.

Eras un puerto de mar verde y picado.

Te desnudabas pero conservando

la mirada en salmuera tras tus gafas variables

y las horquillas te sostenían los mechones

de eternidad, que también envejecen.

Te he visto oculta durante mucho tiempo.

Mucho antes de que las conversaciones

acabaran indefectiblemente

en una consulta al teléfono móvil.

Te ocultabas a propósito, siempre jugando

al escondite.

Dudo que te pueda fotografiar.

 

Fotografía: Cintia Massafra

cuatro poemas de Roberto Bolaño

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Esperas que desaparezca la angustia

Mientras llueve sobre la extraña carretera

En donde te encuentras

 

Lluvia: sólo espero

Que desaparezca la angustia

Estoy poniéndolo todo de mi parte.

 

**

 

Las pelucas de Barcelona

 

Sólo deseo escribir sobre las mujeres

de las pensiones del Distrito 5º

de una manera real y amable y honesta

para que cuando mi madre me lea

diga así es en realidad

y yo entonces pueda por fin reírme

y abrir las ventanas

y dejar entrar las pelucas

los colores.

 

**

 

Un poeta chino en Barcelona

 

Un poeta chino piensa alrededor

de una palabra sin llegar a tocarla,

sin llegar a mirarla, sin

llegar a representarla.

Detrás del poeta hay montañas

amarillas y secas barridas por

el viento,

ocasionales lluvias,

restaurantes baratos,

nubes blancas que se fragmentan.

 

**

 

Para Edna Lieberman

 

Dice el saltimbanqui de las Ramblas:

Este es el Desierto.

 

Es aquí donde las amantes judías

Dejan a sus amantes.

 

Y recuerdo que me amaste y odiaste

luego me encontré solo en el Desierto.

 

Dice el saltimbanqui: éste es el Desierto.

El lugar donde se hacen los poemas.

 

Mi país.

 

 

Roberto Bolaño, La Universidad Desconocida (1993)

 

Ilustración: Nazario Luque

 

17/08/2012 12:29. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

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La vida en el pueblo parece estancada, lánguida,

como una corriente sin prisa por morir.

Mis familiares van sufriendo los achaques

de la edad pacientemente, médico tras médico,

cura tras cura, y los chopos de la ribera

se talan cada lustro.

El más anciano se pasa dieciocho horas al día

conectado a unos tubos de plástico que le suministran

oxígeno y la máquina emite un sonido amorfo

como una batería de jazz

que perturba este silencio ocre de agricultores

jubilados y cultivos mecanizados.

La Virgen Milagrosa rula de casa en casa, cándida

dentro de su caja de madera y cristal, un pedazo

de porcelana con pálidos colores al que se respeta

por costumbre, sin esperar en serio a que ejerza

alguna vez lo sobrenatural.

El ayuntamiento proporciona ahora contenedores

para la recogida selectiva de basuras y acceso

gratuito a internet, pero apenas quedan sombras

deambulando por mis recuerdos

de bullicio y libertad.

Aquí sólo se luchaba por unas hectáreas de tierra,

por que escupiese a tiempo sus legumbres y cereales,

la remolacha y el lúpulo, y después

se cobrasen por algo más

que el umbral de la miseria.

En mi infancia se trillaba el trigo en las eras,

encendíamos hogueras en la orilla del río

para asar patatas y cangrejos,

cada día se pastoreaban unas cuantas decenas

de vacas que se devolvían mansas

a sus rediles al atardecer.

No había asfalto ni tampoco basuras,

todo se aprovechaba y todo circulaba

en aquel enjambre de necesidad

que ahora tachamos como pobreza.

Aquel niño urbano vuelve siempre

a la memoria de estos prodigios austeros,

a la soledad y las noches en que se refugiaba.

El mismo relente, la misma caducidad

de las sorpresas, el mismo territorio cíclico.

No cesamos de imaginar que tenemos raíces

en algún lugar de este mundo al que nunca

fuimos invitados y en el que sólo pretendemos

existir, con algún sentido, hasta que nos fallen

las fuerzas o la intención. Mímesis,

evocación, generosidad, en fin, con todo

lo leve y único que nos nutre.

 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

 

 

27/08/2012 14:00. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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En la sociedad se crean vínculos

a menudo casi sin querer y también

se rompen de forma brusca o premeditada,

como quien te deja con una estela

de silencio, un dolor sin palabras,

una omisión de toda promesa.

Nada más acontecerá en donde

existió lo mutuo y compartido

o simplemente atisbado.

Sólo quedará un remanente

y delgado hilo de preguntas

sin respuesta, un perpetuo

monólogo en el desierto informe.

Ya fuere por voluntad o por accidente,

ese vacío luctuoso jamás se calma

ni anega. Convive con otras especies

familiares en esas lagunas

de rechazos y estigmas,

en la violenta memoria

del tacto reflejo del fuego

y de los límites que azoraron

a nuestros deseos.

Convivimos con nuestros muertos.

Los llevamos inscritos

en las aguas de nadie que sitian

toda certidumbre.

Mueren, desaparecen, se van,

dejan de hablarnos aunque

siguen observándonos, atentos,

desde su punto ciego.

Han arrasado los viejos cultivos

para que emerjan otros

campos de trébol, tallos

más vigorosos, una suerte

de vana esperanza.

Para qué lamentarse, para qué

obstinarse en la pérdida.

Ya cumplieron su cometido

y la dádiva. Sólo cabe brindar

por su huella y legado,

por lo que es traducible

en cualquier país de residencia.

Y si, improbables, regresan, tan sólo

celebraremos la metamorfosis

de su joven piel luminosa,

lo imprevisto de su mirada.

Como si el día encendiese

una nueva encarnación.

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

 

 

28/08/2012 21:27. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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Irme lejos, aislarme,

que sean nubes y alas

quienes limen aristas,

en donde se fragüe

la nuez, la destilación,

el amor al hueso sobrio,

que florezca el verdín

de lo húmedo, cálido

y respirable.

 

Regresar al abrazo

y a la convulsión sudorosa

del bosque concreto,

incorporarme a ligaduras

y urdimbres, al alba,

a lo que subyace bajo

las apariencias de meseta,

rotar de perspectiva

con mis semejantes.

 

En cada opción y veta

en destello, sin más sostén

que un devenir craso,

arrogante, tan turbio,

sólo décimas de segundo

que son días sin sueño,

me das de beber

ese agua fría e hiriente,

amaina la muy densa

certeza, la luz

y la espiga se inclinan

a mi lado.

 

Fotografía: Michal Giedrojc

 

 

 

30/08/2012 02:26. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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