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ateo poeta

cachivaches, deseos, derivas y garabatos con los que darle un masaje a la vida, para que ésta nos recompense con creces // autodesplanifica [arroba] gmail [punto] com

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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2012.

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Lo mejor que me puede ocurrir

después de mirarnos perpetuamente

y de no decirnos nada de lo que pensamos

y de besarnos y despedirnos

hasta la próxima interferencia,

es disponer de un inmenso lago

de tiempo nocturno

para escribirte un poema

que nunca leerás.

 

Ilustración: Michele del Campo

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Los muertos físicos,

los muertos simbólicos,

mis yos muertos,

el dolor que siempre vuelve,

la imposibilidad de cura

definitiva de nada,

la necesidad de un

armisticio con cada uno

de los fragmentos

que se adhieren

a mi deriva.

 

Fotografía: Masahisa Fukase

 

Mi querida bicicleta (dos fragmentos de un relato de Miguel Delibes)

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"Me alejaba de nuevo, sorteaba el cenador, topaba con la casa, giraba a la izquierda, recorría el largo trayecto junto a la tapia hasta alcanzar el fondo del jardín para regresar al paseo central. Mi padre iba ya caminando lentamente hacia el porche.

—Es que no me atrevo. ¡Párame tú! —supliqué al fin.

Las nubes sombrías nublaron mi vista cuando oí la voz llena de mi padre a mis espaldas:

—Has de hacerlo tú solo. Si no, no aprenderás nunca. Cuando sientas hambre sube a comer.

Y allí me dejó solo, entre el cielo y la tierra, con la conciencia clara de que no podía estar dándole vueltas al jardín eternamente, de que en uno u otro momento tendría que apearme; es más, con el convencimiento de que en el momento en que lo intentara me iría al suelo. Entre las ramas se oían los gorjeos de los gorriones y los silbidos de los mirlos como una burla, mas yo seguía pedaleando como un autómata, bordeando la línea de la tapia, sorteando las enredaderas colgantes del cenador. ¿Cuántas vueltas daría? ¿Cien? ¿Doscientas? Es imposible calcularlas pero yo sabía que ya era por la tarde. Oía jugar a mis hermanos en el patio delantero, la voz de mi madre preguntando por mí, la de mi padre tranquilizándola, y persuadido de que únicamente la preocupación de mi madre hubiera podido salvarme, fui adquiriendo conciencia de que no quedaba otro remedio que apearme sin ayuda, de que nadie iba a mover un dedo para facilitarme las cosas; incluso tuve un anticipo de lo que había de ser la lucha por la vida en el sentido de que nunca me ayudaría nadie a bajar de la bicicleta, de que en este como en otros apuros tendría que ingeniármelas por mí mismo. Movido por este convencimiento, pensé que el lugar más adecuado para el aterrizaje era el cenador. Debería llegar hasta él muy despacio, frenar junto a la mesa de piedra, afianzar la mano en su superficie y, una vez seguro, levantar la pierna y apearme. Pero el miedo suele imponerse a la previsión y, a la vuelta siguiente, cuando frené e intenté sostenerme en la mesa, la bicicleta se inclinó del lado opuesto, y yo me vi obligado a dar una pedalada rápida para reanudar la marcha. Luego, cada vez que decidía detenerme, me asaltaba el temor de caerme y así seguí dando vueltas incansablemente hasta que el sol se puso y ya, sin pensármelo dos veces, arremetí contra un seto de boj, la rueda delantera se enrayó con las ramas y yo me apeé tranquilamente.

Mi padre ya venía a buscarme.

—¿Qué?

—Bien.

—¿Te has bajado tú solo?

—Claro.

Me dio en el pestorejo una palmada cariñosa. (...)

 

Pero cuando la bicicleta se me reveló como un vehículo eficaz, de amplias posibilidades, cuya autonomía dependía de la energía de mis piernas, fue el día que me enamoré. Dos seres enamorados, separados y sin dinero, lo tenían en realidad muy difícil en 1941. Yo veraneaba en Molledo-Portolín (Santander) y Ángeles, mi novia, en Sedano (Burgos), a cien kilómetros de distancia. ¿Cómo reunirnos? El transporte, además de caro, era muy complicado: ferrocarril y autocar, con dos trasbordos en el trayecto. Los ahorros míos, si daban para pagar el viaje no daban para pagar el alojamiento en Sedano; una de dos. ¿Qué hacer? Así pensé en la bicicleta como transporte adecuado que no ocasionaba otro gasto que el de mis músculos. De modo que le puse a mi novia un telegrama que decía: ’Llegaré miércoles tarde en bicicleta; búscame alojamiento; te quiere, Miguel’. Creo que la declaración amorosa sobraba en esa circunstancia puesto que el cariño estaba suficientemente demostrado pero la generosidad de la juventud nunca tuvo límites. El miércoles, antes de amanecer, amarré en el soporte de la bici dos calzoncillos, dos camisas y un cepillo de dientes y me lancé a la aventura. Aún evoco con nostalgia mi paso entre dos luces por los pueblecitos dormidos de Santa Olalla y Bárcena de Pie de Concha, antes de abocar a la Hoz de Reinosa, cuya subida, de quince kilómetros, aunque poco pronunicada, me dejó para el arrastre. Solo, sin testigos, mis pretendidas facultades de escalador se desvanecieron. En compensación, del alto de Reinosa a Corconte -veintitantos kilómetros- fue una sucesión de tumbos donde la inercia de cada bajada me proporcionaba casi la energía necesaria para ascender el repecho siguiente. Aquellos primeros años de la década de los cuarenta, con el país arruinado, sin automóviles ni carburante, fueron el reinado de la bicicleta. Otro ciclista, al que algún que otro peatón, un perro, un afilador, los chirriones acarreando yerba en las proximidades de los pueblos, eran los únicos obstáculos de la ruta. Recuerdo aquel primer viaje de los que hice a Sedano, como un día feliz. Sol amable, bruma ligera, brisa tibia, la bicicleta rodando sola, sin manos, varga abajo, un grato aroma a heno y boñiga seca estimulándome. Me parece recordar que cantaba a voz en cuello, con mi mal oído proverbial, fragmentos de zarzuelas sin temor a ser escuchado por nadie, sintiéndome dueño del mundo."

 

Miguel Delibes, Mi querida bicicleta (1988)

 

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No sé si sumarlo a los derechos humanos

o a la no menos controvertida relación

de las necesidades básicas,

pero se me antoja que ese cuarto oscuro,

ese refugio como una sala de cine

o como la contemplación de los nombres

de cada belleza desnuda en una floristería,

ese tiempo perdido y mosaico

que alberga toda evasión,

se lo merece.

 

Fotografía: Julia D. Velázquez

 

04/10/2012 01:06. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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Como no sabían abrir puertas,

derribaron las nuestras

y levantaron un mohíno muro de adoquines

en su lugar.

 

Poco se puede esperar del cemento de la ley

cuando erige tapias y venera el vacío.

 

Ningún razonamiento cabe

en su brazo ejecutor, sólo sangre

y ojos destilados.

 

Para mayor gloria de quien congela el tiempo

con su vil metal, de quien desahucia

y se pudre en el fango

de su residencia blindada.

 

Hay mucho de inefable e intangible, sin embargo,

que ya sólo pertenece a los cuerpos comunes

y a las vocaciones que amaron

aquel umbral.

 

Hay también instrumentos musicales, máquinas

libres, sombras chinescas, luces y piezas abundantes

de bicicletas que clamarán a gritos

volver a habitar.

 

Es todo muy extraño,

el mundo al revés

cuando la vida podría ser tan sencilla.

 

Podría ser

tan dulce y sublime, tan sencilla

al mismo tiempo que la revelamos.

 

Mural en el CSOA Casablanca (Madrid)

 


04/10/2012 17:11. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

Corona (un poema de Paul Celan)

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En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.

Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:

regresa el tiempo a la nuez.

 

En el espejo es domingo,

en el sueño se duerme,

la boca dice la verdad.

Mi ojo asciende al sexo de la amada:

nos miramos,

nos decimos palabras oscuras,

nos amamos como se aman amapola y memoria,

nos dormimos como el vino en los cuencos,

como el mar en el rayo sangriento de la luna.

 

Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:

tiempo es de que se sepa,

tiempo es de que la piedra pueda florecer,

de que en la inquietud palpite un corazón.

Tiempo es de que sea tiempo.

Es tiempo. 

 

Paul Celan, La arena de las urnas (1948) 

 

Fotografía: Ed Templeton

 



05/10/2012 09:44. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

Un fragmento de Rayuela, de Julio Cortázar

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"Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."

 

Julio Cortázar, Rayuela

 

Fotografía: Ed Templeton

 


05/10/2012 10:20. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

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Hoy quería escribir sobre esta

"incierta vanidad de seguir"

que señalaba Cortázar, sobre estos

tiempos aciagos, sobre los azotes

que nos propinan quienes

nos mal gobiernan, sobre las oscuras

persecuciones que se reiteran

cíclicamente, como bucles insaciables,

sobre el innombrable papel del amor

en todo esto y, sin embargo, tan sólo

me he quedado absorto y circunspecto

al ver las huellas de los pies del gato

-pies, sí, porque también nosotros

metemos la pata- sobre la portada

blanca de ese libro de Zurita que

se titula Zurita, como si un ser sigiloso

y amable -pero también ascético y

confiado igual que todo animal mudo-

quebrase con su orgullo tanto

inmaculado silencio.

 

Grafito: Mobstr

08/10/2012 01:08. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

unos versos de Julio Cortázar

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"Este amor que de la nada se alimenta,

esta ala sin pájaro, esta incierta vanidad

de seguir, como una triste

costumbre de verano."

 

Julio Cortázar

 

Ilustración: Michele del Campo

08/10/2012 01:12. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

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Vivir es igual a morir en pequeñas dosis,

en cómodos plazos, pagando por anticipado

el cheque en blanco que nos concedió

la eternidad, ese brevísimo lapso de tiempo,

esa insignificancia en lo absoluto del tiempo.

 

Y cuando se nos caen las cosas de las manos

y se quiebra nuestra frágil ambición

de control, y cuando apenas nos amamos

a nosotros mismos por pretender cotas

más elevadas de comprensión, porque no

otro fin anhela el amor correspondido,

¿qué libertad podemos entonces esgrimir?

 

Que no te mate la angustia del cosmos, que no

asfixie tu humilde reptar la insoportable

luz de lo invisible, que no te amilanen los

administradores de la muerte fulminante ni

la superficie rala de una vida simple y hueca,

convertida en mera fuerza de trabajo,

apariencia manipulable que esconde la

belleza de la flor y el abrazo de la tierra.

 

Ilustración: Ed Templeton

 

12/10/2012 11:42. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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Deviene silencio auténtico

el error que interfiere y nutre

a la melodía.

 

Ilustración: Alvin Lustig

 

 

 

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Es una mañana muy inglesa.

Muchas nubes ahí arriba

y unas ráfagas de viento poco amistosas.

Mis primos trilingües y de japonesas facciones

han correteado, bailado y agitado el presente

hasta desaparecer engullidos

de nuevo por la rutina escolar.

En esta tregua

escucho piano solo.

Planifico qué haré en las próximas horas

cuando también me sumerja en el tráfico

y me interroguen las bifurcaciones.

Hace frío, bebo un té blanco,

sé que existimos como la espuma,

sobre una ola de accidentes.

 

Ilustración: Luego

 

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Diario de un domingo de octubre

ya que nunca sería capaz de escribir

un diario propiamente hablando

pues de tantas minucias dudo que

emerja algún sentido loable.

 

Diario de una jornada lluviosa

atravesando Londres en diagonal,

desde Southwark hasta Harlesden,

pedaleando por intuición, con las

gafas mojadas y el pensamiento

enérgico, físico, unido al mundo.

 

Diario triste de quien vaga sin

tristeza pero no soporta la violencia

contra los niños, la felicidad truncada

o eternamente demorada, la vida sin

mapas, sin atributos, sin una fútil

excusa para adivinar las caprichosas

oscilaciones del deseo.

 

Diario de un regreso evitando

ahora la médula luminosa de

Hyde Park, alcanzando el resguardo

de esta vieja fábrica de revelado

donde alguien ha empezado a cocinar,

algunos juegan al ajedrez y yo intento

leer cualquier cosa que me permita

olvidar lo absurdo, lo injusto, la policía.

 

Diario de las interrogaciones

que me quitan el sueño, de la

cálida mano lejana, de las calles

que se bifurcan y renacen, del

sabor húmedo que se agazapa

en la díscola incertidumbre.

 

Diario de Oxford Street y del

consumo ominoso y de las tarjetas

de crédito y de tantas vidas hechas

añicos por esa hegemonía y por

la acidez y la corrosión de esos

caducos y fúnebres gobiernos.

 

Grafito: Mobstr

 

 

22/10/2012 13:07. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

Horizonte, un poema de Vicente Huidobro

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Pasar el horizonte envejecido

 

Y mirar en el fondo de los sueños
La estrella que palpita

 

Eras tan hermosa
                         que no pudiste hablar

Yo me alejé
                pero llevo en la mano
Aquel cielo nativo
Con un sol gastado

Esta tarde
             en un café
                           he bebido


                           Un licor tembloroso
                           Como un pescado rojo

Y otra vez en el vaso escondido
Ese sueño filial

 

Eras tan hermosa
                         que no pudiste hablar
En tu pecho agonizaba

Eran verdes tus ojos
                             pero yo me alejaba

 

Eras tan hermosa
                         que aprendí a cantar

 

Vicente Huidobro, Ecuatorial (1918)

 

Fotografía: Marc Lagrange

23/10/2012 14:27. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

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La vida en el squat tiene sus

sinsabores y también sus destellos

y fosforescencias.

Para ducharnos con agua caliente

vamos a una universidad próxima

y las ardillas vienen a abastecerse

casi todas las noches.

Hay cañerías que se atascan,

radiadores que caducan

y ventanas por las que silba

el viento una melodía tangible.

"Caos en las calles

y orden en la cocina" anuncia

un cartel más desiderativo

que transparente.

Entre la abundancia de comida

reciclada han llegado flores

y manteles orientales.

Incluso hay un libro en inglés

-en "pruebas no corregidas"-

del bardo inmortal

Mahmud Darwish.

Y lo leo mientras despierta

el silencio y me reflejo

en su exilio y mecido por esta

anomalía, repito su

pregunta: ¿será que la muerte

se ha olvidado de nosotros?

 

25/10/2012 12:13. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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La muerte no se ha olvidado

de Keith. Lo ha asediado

durante un año. En unas horas

ha inundado de sangre

su cerebro. Lo ha arrastrado

a su paz de muertos,

a su orden indiscutible,

a la planicie esteparia

de toda ley ajena.

No conocía a Keith.

Hablé con él varias veces

durante la semana.

Concertamos una cita.

Yo caminaba ligero por

las calles extrañas,

contemplaba el pelo lacio

de las mujeres hermosas

y la lluvia resbalando dulce

por sus hombros

desnudos.

Le envié un mensaje para

confirmar la entrevista.

Me respondió su compañera.

Keith había fallecido

ese mismo mediodía.

Por la violencia de su latir

recordé que yo también

tengo corazón,

que también es frágil

y que también se rendirá

algún día.

Que todos esos edificios

persistirán,

que toda esa belleza

persistirá ahí fuera,

que solo mueren nuestra

vanidad y los anhelos

de plenitud.

Pregunté por Keith,

por su edad y por algunos

retazos de su vida.

Necesitaba darle forma

a ese lapso y a ese umbral

en que lo conocí.

Todo se reducirá

a esa breve memoria.

Seremos para otros

un recuerdo fragmentario,

una imposible

comprensión.

Pero no hay ninguna prisa.

Conocemos el letargo nocturno.

Ya probamos los lechos de piedras

y el sabor amargo de la pérdida

de toda dicha

divina.

La pulsión de muerte

no puede alimentarnos.

No hay otra certeza. Keith

ya no está vivo

y nuestros ojos

no pueden cesar

la búsqueda.

 

Otro poema de Vicente Huidobro

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Pienso en ellos en los muertos

En los que yo vi caer

En los que están grabados en mi alma

En los que aún están cayendo en mis miradas

Vosotros que seguiréis muriendo

Hasta el día en que yo muera

 

Vicente Huidobro, Últimos Poemas (1948)

 

 

 

28/10/2012 22:37. ateopoeta #. las poesías de otros/as No hay comentarios. Comentar.

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Para ti

que estás al lado,

no es,

ya lo sé.

Me conoces

demasiado.

Y sombra

sólo

soy.

Para ti

que juzgas

severamente,

no es.

Demasiados

parangones.

Pesa

la historia

y es simple.

No puede

ser,

lo sé

desde siempre.

Nací

para lo lejano.

Donde

las vetas

y augurios.

Aquí ya

lo adivinaron

todo,

al parecer.

 

 

30/10/2012 16:31. ateopoeta #. mis poemas y otros textos (provisionales) No hay comentarios. Comentar.

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