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ateo poeta

 

Caminar a trompicones

por los pasillos del museo.

 

¡Qué deporte tan amorfo!

 

Los vigilantes parecen hastiados,

consultan el reloj a menudo.

 

Te prohíben fotografiar las obras.

 

En otro lugar del mundo, lejos de aquí,

otro ser humano puede sentir o padecer

algo muy semejante.

 

Mímica. Universalidad. Ceguera etnocéntrica.

 

Decidimos entrar en el museo

¿para huir de la rutina? ¿para escondernos?

¿para contemplar cómo huyen y se esconden

otros supuestos congéneres?

 

¡Cuánta abundancia helada!

 

Nadie me prohíbe escribir, es una suerte.

Me excita. Me alarma.

 

Es invierno, todavía.

 

¿Acabarán mis colecciones entrañables

o subversivas en un museo?

 

Donarlo todo, órganos y prótesis:

es el único destino.

 

Hay mujeres bellas, pero deambulan

como idas.

 

Más que bellas, solo deseables.

 

Las salas son amplias, cabrían millones

de objetos.

 

No obstante, prefieren mutilar los conjuntos

en aras del espectáculo.

 

Como un bocado en plato grande

que alimenta el alma

y el ego del cocinero que deviene autor.

 

Una muestra es suficiente. Un botón.

 

Aquí la verdad no existe. Cualquiera

puede alardear.

 

Insurrección. Invierno. Sábado por la tarde,

gratis.

 

Delirio de las sombras. Miniaturas.

 

Proclaman demoler las paredes

conservando las ventanas en su sitio.

 

Los empleados del museo se distinguen

por unas tarjetas de identidad plastificadas

que les cuelgan del cuello.

 

Observan a los visitantes

que les observan a ellos a la vez

entre vistazo y vistazo

al resto del paisaje.

 

Observar es todo un arte. ¿El único, quizá?

 

Pero aquí la apuesta es política:

un ejercicio de memoria histórica.

 

Un examen de los confines tolerados

del régimen.

 

Politizar el duelo inacabado.

 

El deseo inacabado.

 

Ofuscarse. Palidecer. Enterrar el optimismo.

 

Si no fuera por esos cuerpos bellos,

por esas miradas insaciables.

 

Aspiro a saber quién soy, quién puedo ser.

 

Sobre la tortura cosificada:

¿perdemos el tiempo afligiéndonos?

 

Habrán tenido que restaurar esas filmaciones

con técnicas muy avanzadas.

 

Vago ebrio. Anticipo el vértigo desde la azotea.

 

El círculo vicioso: ¿sólo es arte el preguntarse

por la definición de arte?

 

Registrar muestras. Andar hacia atrás como un cangrejo.

Las huellas como táctica de supervivencia.

 

Convicciones, a pesar de todo.

 

¿Quién se puede arrogar el enunciado

de lo invisible?

 

Las más bellas esquivan la exposición

sobre las dictaduras. Circulan veloces.

 

Si emigro a las antípodas: ¿dónde yacerán

mis recuerdos?

 

Si emigro, ya sólo será ligero de equipaje.

 

No lo planeamos, íbamos a dar un paseo

por el Retiro y cambiamos de opinión.

 

República de los fragmentos.

 

Orden desmilitarizado. Tregua.

 

Imprecación a conferirle algún sentido

a todo esto.

 

Habíamos comido, follado, dormido

y luego íbamos a dar un paseo al Retiro.

 

Las mujeres con rasgos asiáticos

no se detienen a escuchar el poema

"no hay cadáveres".

 

Claro que no. ¡Oh, no!

 

Me duele un párpado y la planta del pie,

pero no me muero. Es una suerte. Por ahora.

 

Pienso en la máscara que vestiré

cuando recite este poema.

 

 

Ilustración: Herbert Rodríguez

 

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