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Huye la esencia. ¡Invéntala! O déjala ir, con su rumor.
Sólo hay una esencia, al final, cuando la nada
te absorbe irreversiblemente. Las otras verdades,
interinas, son, no más, los olores de la vida.
El pulso.
El zumbido.
El resplandor.
La única institución, el único fluido.
El olvido níveo de las reglas áureas.
¡Vivir, vivir! Vivir
con síntesis y con muletas. Resistiendo al hielo,
combatiendo a la piedra y a los sentimientos fósiles.
Sólo gozar con la armonía
de lo intenso.
Batir las alas como las aves del litoral.
¡Que el silencio no te pese!

Sólo un loco dice: yo no estoy loco. Sólo
los mentirosos, los que se sienten seguros en sus verdades
improbables y en una vida corrediza como los seísmos.
Sólo una legión de dóciles afirmaría: todo se puede traducir,
transitar, transcender. Sólo los que callan y aplican
bálsamos a los susurros y a las palabras por pronunciarse.
Escuálidas, como el comercio
y la comunicación.
Sólo quienes tienen amputados los dedos de la melodía silbada
sobre una copa de agua. Sólo quienes ahuyentan la quietud
y nunca se han preguntado: ¿qué queda de lo común?
Esa ceremonia por deslindar las barricadas
de la artillería.
Sólo los solos en sus enjambres viven y mueren, malviven
mientras se malmueren, ahítos de certezas y de un mundo
siempre acabado, repleto, listo
para ser olvidado.

Tus dedos salados.
Tus dedos salados
que relamo.
Tónico para despertar.
Lo bebo.
Como bebo en tu pelo
lacio
e infructuoso.
Lo líquido no está ahí.
Está en tu boca
y en las palabras gaseosas
que salen de tu boca.
Que salen de tu boca sólida
como salen esas pompas
de jabón o de chicle
cuando me miras.
Como brota la espuma
salada.
Salada como tus uñas.
Salada como tus dedos
y tu mar de piel
que relamo.
Que relamo
en esta tierra interior.
En esta tierra
de agua dulce.
**
Me llenas.
Me llenas y me desbordo.
Me desbordo tanto
que me vacío.
Y me vacío
con vértigo
a no llenarme nunca más.
A no tener vértigo
nunca más.
Y con vértigo
a llenarte como me llenas.
Gota a gota.
Como te desbordas
sobre mí
gota a gota.
Y temes como temo yo
el precipicio.
A precipitarnos.
A llenarnos precipitadamente
hasta los labios.
Hasta los labios amoratados.
Los labios que no saben
cuánto hay dentro
que grita.
Que grita por salir.
Por llenarte
de nuevo.
Por llenarme
y quedar de nuevo
tan desnudos.
Como siempre.

Un curtido y joven escalador está a punto de morir
en una montaña de Pakistán a más de 6.000 metros de altitud.
Con los huesos quebrados tras precipitarse al vacío,
ahora suspendido sobre el vacío gracias a los arneses resistentes y encallados
en alguna muesca de las rocas justo en el momento de la caída,
enfrentado al vacío final de su vida desde esa cornisa inmanente y esa pared
invencible a las hazañas, divisando los fondos inmensos y diminutos
de la cordillera cuando la ventisca gélida y célere aplaca
sus mordidas batientes.
Las hemorragias y el dolor le golpean por dentro.
Es una tortura implacable que sólo amaina por momentos, como la ventisca,
al perder toda noción de consciencia, quién sabe si atisbando ese nirvana
ideado por lo monjes de aquellos santuarios no muy lejos de allí,
en las cimas del mundo.
Sabe que ya no tiene sentido preguntarse: ¿por qué estoy aquí?
¿ha merecido la pena vivir de esta manera, llegar hasta aquí?
¿a quién le podré transmitir ahora mis conocimientos de las cumbres,
del método de ascender, de la voluntad de resistir a las inclemencias?
¿a quién la humanidad vislumbrada, la humanidad mínima, el eslabón
perdido que sólo emerge con la ayuda mutua de quienes suman
sus fuerzas a los mismos desafíos?
Tal vez otros lo harán, tendrán tiempo para preguntarse, dudar
y meditar sus respuestas. Allí, inmóvil sobre una cornisa de la cara virgen
del Latok II, ya no es posible crear más tiempo, seguir siendo dueño
y señor de la propia vida, construir su esencia y su espíritu, comoquiera
que eso sea. Allí ya no hay tiempo, el tiempo se agota objetivamente,
fluye indiferente a ese dolor, a cualquier esperanza como en las clepsidras
y los relojes de arena que aún se ven en los museos, sin ninguna
consideración afectiva, sin teleología, firme y concluyente
como una ley natural.
La expedición de rescate que envió el gobierno ha claudicado
en sus intentos y nadie sabe si se recuperarán los restos físicos
del escalador en caso de mejorar las circunstancias ambientales
por lo que se honrarán las exequias sin su presencia.
Me encuentro a más de 6.000 kilómetros de distancia de aquel lugar,
contemplando el amanecer al oriente desde el pico del Teide, a más de
3.700 metros sobre el nivel del océano Atlántico, en una de las llamadas
Islas Afortunadas o Elíseas o Paradisíacas. Se ubican al noroeste rico del hambriento
continente africano, rodeados por un mar de cámaras de vigilancia
y guardacostas que impiden las migraciones de aquellos cuyo pasaporte
no va acompañado de una tarjeta de crédito o débito con fondos abundantes.
Hemos ascendido de madrugada con una temperatura fría pero suave,
no más de hora y media de pendiente desde el refugio veinte euros la noche,
sin apenas material de montaña especializado, siguiendo a los franceses, rusos,
vascos y catalanes más adelantados, perdiendo las huellas de sus linternas,
alumbrados sólo por la luna escueta en cuarto creciente. Leves dolores
en los cuádriceps, abductores y gemelos, pero soportables y pasajeros.
La respiración y los pálpitos cardiacos más acelerados de lo habitual, pero
sólo es un día más de turismo antes de volver a tomar el sol y las olas
en las playas de arena negra y salpicadas de rocas volcánicas.
Sobre las nubes que rodean la isla de La Gomera se proyecta
la sombra piramidal del Teide instantes después del alba y de que todos
se tomen las fotografías de rigor y de sonrisas por un día más de vida y ocio.
Me pregunto por qué hemos subido hasta allí. Es más: ¿qué motivaría
al primer ser humano a subir hasta allí, a dejarse quemar su piel y sus ojos
(el cristalino, los nervios ópticos, la retina), a invertir su tiempo de vida
escasa en una proeza incierta y gratuita o incluso ingrata? ¿qué calzado
y qué abrigo, por necesidad austeros, usarían? ¿cómo superarían
las amenazas de sus dioses trascendentes, del mundo animista
que tendría en el propio volcán a una de sus expresiones más magníficas
y fantásticas de omnipotencia? ¿y qué buscamos los observadores
actuales de estos desiertos mostaza y piedras porosas dentro de
nuestras propias cavidades, latencias y erupciones posibles?
Tendremos mucho tiempo más para seguir preguntando
y para meditar y para aplazar sine die las respuestas. Podremos, incluso,
elevar nuestras aspiraciones e invertir en equipos técnicos más
profesionales e intentar alcanzar los techos del mundo más nobles
para regresar a los mismos interrogantes y sentir dolores más intensos
y angustias más verdaderas. Con nuestros pasaportes y tarjetas de débito
y crédito podremos llegar a los paisajes donde habitan aquellos que carecen
de esa misma documentación para hacer el viaje a la inversa y para poder
aspirar a subir sus cumbres sagradas y preguntarle a sus dioses
las mismas cuestiones que atenazan a cualquier creador de tiempo.
Al descender hasta la Montaña Blanca, donde quedó aparcado
el coche alquilado al borde de la pista forestal, se avistan innúmeros lagartos
y lagartijas al paso -esta es su verdadera patria- inmunes a las colinas
áridas, a los valles silenciosos y a las lenguas de lava que callan las heridas
que infligieron sin premeditación en cualquiera de las convulsiones
del pasado. Pasamos por la base del teleférico y allí se arremolinan
cientos de turistas esperando su turno para ascender por veinticinco euros
sin el menor esfuerzo físico, pero con sus particulares vacíos
metafísicos, a los miradores desde los que se otean los confines de la isla,
los mares de nubes y el sol abrasador del mediodía (sólo en horario de nueve
de la mañana a cuatro de la tarde).
Algunos han leído o escuchado las noticias del escalador fallecido
en las alturas del continente asiático, mas el rayo gélido atravesando
la espalda es olvidado rápidamente en pos de la única y auténtica vida
cotidiana. Es agosto y estamos de vacaciones.

¿Escribir poéticas es una traición a la poesía? ¿Una recaída en las avenidas de la racionalidad en vez de seguir por caminos secundarios, sendas cortadas, curvas y atajos no reglados? Pero, ¿no es igualmente deleznable la inescrutable teorización de quien lo oculta todo tras una tortuosa desconstrucción? ¿Y qué decir de quienes elevan esta bella arte al supremo olimpo de los bardos sin mácula, separándola de otras artes, de la vida, de sus prosaicas subjetividades? Para mí la poesía es una forma más de interrogar al mundo en toda su inabarcable materialidad, a nuestros congéneres informes o concretos, y, por supuesto, a nuestro propio devenir oscilante y mortal. Interrogar e interpelar. Con la conciencia inconformista ante la objetividad gélida y ante la arbitraria individualidad. Empero, atrapados en sus redes, en un ejercicio de éxodo de la insatisfacción. No es tan diferente, pues, de otros relatos de ficción. Sólo es necesario cantar, dejarse deslumbrar por las palabras cargadas de hermosa significatividad, componer versos con la mayor libertad sintáctica y gramatical de que seamos capaces sin pervertir nuestra voluntad de interrogación e interpelación. Cultivar la belleza del lenguaje incluso por encima, es verdad, de su contenido deíctico y referencial. Cultivar, por lo tanto, la evocación, lo soñado, lo no pensado, las plantas, los animales, las cosas y los seres que albergamos sin querer, o queriendo. Y el amor por la mutualidad, por los sentimientos del límite, aquellos que no se admiten en otros espacios o que se disipan en los divanes de los terapeutas. Poetizar la vida, vivirla con un sentido poético (se escriba o no “poesía”), es una gimnasia de los afectos ávidos por conocer su lugar en ella. ¿Por qué tantos empeños en cribar y categorizar a quienes se decantan por el “conocimiento” vis a vis con quienes, supuestamente, sólo se decantan por el lirismo, el formalismo, o el solipsismo? La poesía, a mi modesto entender, gana sus lides cuando combina todas las armas de ser, sentir y saber en diálogo implacable con otros cantos, con otras artes y con la fascinación de vivir. ¿O será, simplemente, que hoy he dejado a un lado de la cama vacía el nihilismo siempre acechante? No sugiero tanto que se divague en torno a la originalidad y autenticidad radicales como en formol de cada obra -pues todas están impregnadas de múltiples barnices adquiridos en lecturas, miradas y contemplaciones miméticas-, sino que se valore el vigor de esas combinaciones, de esas moradas reconstruidas en los umbrales de lo inexplicable. ¡Allá cada jurado sumarísimo con sus sentencias inapelables! Por último, ¿qué pensar ya sobre su poder cargado de futuro, sobre su inercia performativa, pragmática, incitante a la acción? Es muy sencillo: a muchos jamás les ha conmovido un pelo de su calvicie, a otros les ha atormentado hasta la indigencia; a mí me han maravillado algunos himnos de quienes se sublevaban frente a las opresiones pero no otros, ni todos los intentos solemnes que eximen a sus cantores. De nuevo, cada frontera trazada parece dejar tras de sí un rastro de muertos. ¡Subviertan las fronteras y el lenguaje dictados por los ebrios de poder y abundancia! ¡Sembrad flores, sed impredecibles, proliferad! ¡Regalen tiempo dichoso, manantiales de luz! ¿Qué más le podemos pedir a nuestras musas?

Moriría consumido por tus llamas,
por tu navío en llamas, por tus muslos incandescentes
si no nos concediésemos el asueto sabático
que se merecen nuestros frágiles
engranajes.
En tu lago de ósculos,
en el umbral de dejar de ser
(entrar y salir como en un abracadabra)
en el umbral de ser a la par
y perecer por el fulgor
que desprenden nuestras vísceras existenciales
expuestas: ahí levantamos nuestros andamios.
Amo tus senos, desvestirlos,
tu lamer mis vuelos
tu navegar en mi risa
cuando erecto me lames
sonrosado el ocaso.
Ornamentas cada instante humeante donde amasas
el marfil
la paz
el orgasmo postergado
el orgasmo precoz
tu piel luminosa
las cianobacterias primigenias
que hicieron posible este y cualquier amor
(insólitos, disipativos)
esta turgencia
este futuro granado
el lado oscuro
el lado salvaje
el lado cósmico y el telúrico lado
lo que nos hace sudar
hasta el éxtasis del boogie boogie.
Ahora estoy embarazado
de tu progenie virtual,
de tus pupilas enfocando el piano y el contrabajo
recorriendo tu columna vertebradora y tu coxis,
un son en tus caderas, una rosa embriagadora.
Amo tu luna astronómica, ornamentas cada amanecer ajazminado.
¿Son los labios carnosos -de la boca, del pubis- el tercer ojo?
¿Soy un sueño para ti: una escafandra de astronauta o de submarinista?
Amor, amo el champú de tu pelo, tu lengua viva preñada
de buganvillas y una ley vetusta con la que parlamentamos
muy diplomática y vorazmente.
En el día de tu cumpleaños araño los arañazos de la vida:
soy la succión de las caricias analgésicas, robo todas las frutas
de los vergeles en aras de la persistencia, me persigo
y te encuentro.
(Y según ordenan nuestros engranajes
nos damos el descanso imprescindible.)
(¿Qué significará echarse de menos?)

Abrir el corazón
es una operación de alto riesgo
pero, también, con benignas propiedades.
La palabra sincera,
la que vincula y entrega,
es suficiente para exponer el pálpito.
(No hay prisas
ni una rutina.)
Ese músculo milagroso, esa vida única
vale todo por sí misma.
Sabrá cuándo ha llegado el momento justo.
Nos abriremos el corazón
y una mano exquisita recogerá
las verdades
en su cuenco.
Escuchará
la corriente fluvial
de la alteración de la conciencia.
Se trata de una comprensión
filosófica.
La séptima maravilla de la sanación.
Operemos, pues, con discreta delicadeza
como si estuviese en juego
el mecanismo rotatorio de la tierra.
Meditando
desde la baliza donde equidistan
nuestra vejez y nuestra infancia.
Abrir
nuestra carta de navegación
y nuestras ilusiones necesarias.
(Ese tesoro.)
Y sentirnos unidos y enraizados,
ligeros y floridos
(materia transcendente).
Una estirpe híbrida
fruto de tantas transfusiones.
Esperando pacientes
el momento justo.
La palabra fiel
como la sangre que mueve
nuestras fuerzas prodigiosas.
En cualquier espacio
donde nos dispongamos
al edén.

Para ingresar en el jardín botánico
se requieren credenciales simples:
voluntad de aspirar, euforia y canto.
Esparcirás en él tus secretos
a cuentagotas, como el riego preciso.
Y de las taxonomías tropicales
deducirás el ardor de cada día.
El jardín botánico es sólo el arte:
tú pones el brillo y los amores rupestres.
Entras en paz con tus vestigios y espadas.
Solidario con los insectos y los estanques,
consciente de lo efímero de tus raíces.
Das. Lates. Embelleces.
Para ingresar en la lujuria de las flores
se requiere libar el néctar prohibido:
una breve enajenación, suspender
la gravedad de las cosas, sonreír,
dejarse mecer. El éxtasis es contingente.
No puedes temer su finitud: se irá
y volverá por su propio pie.
Y el sol seguirá nutriendo tu ser
cálido y tenaz.

Casa vacía,
falanges despellejadas
por empaquetar los días.
Paredes diáfanas
y tristes como océanos
y ballenas y deudas de amor.
Conviene que se ventilen ahora
que nos mudamos.
Otra deriva, otra piel.
Reanudaremos
lo que nos acuciaba (¿ya evanescente?).
En nuevas estancias
de luz oriental y cenital, a espuertas.
Con reverencia
a la música celestial de cada noche.
Devolvemos las llaves.

Mi padre era un alcohólico.
Han pasado casi cuarenta años
y todavía me despierto a las cinco de la mañana
enunciando esa frase.
¿Un simple desasosiego, una clarividencia, un hecho?
Después de meditar un rato sobre la causa de mi desvelo,
decido masturbarme para volver al descanso.
Al día siguiente se lo relato a mi hermana
(el desasosiego, no las fantasías inducidas para la eyaculación precoz).
Quizás lo que era ya no es, me dice,
o no era igual para ella que para mí, o para mamá, o para otros.
Ahora ya es viejo, no hay nada que temer.
Los siguientes días repaso todo lo evocado
por ese cráter en mis sueños.
“Mi padre era” hasta que decidí que dejara de ser.
Sin ceremonias, alejándome con parsimonia.
Y aunque nunca matas esa sombra de una vez por todas
ni la fratria conspiradora puede disolver el tabú,
el olvido es oxidante y corrosivo.
Mi hermana dice que ya no es tanto,
pero yo sólo veo a mamá en retrospectiva. Sus armarios
llenos de medicamentos, sus dietas, sus vacíos.
Y nuestras mudanzas precipitadas, la ausencia de raíces
excepto en aquellos largos veranos de sol mesetario y regadío,
sumido en mis cábalas, con todo el tiempo del mundo por delante.
“Un alcohólico”, sigo sistematizando como aquel niño aplicado
que acababa los deberes antes de llegar a casa
para luego respirar a pleno pulmón la libertad de las tardes
y el cine de los domingos.
El alcoholismo es una enfermedad. Punto. Y el tabaquismo,
y la mala vida. Allá él si no quiso poner remedio.
Era uno más, una víctima más de su tortuosa filosofía infantil:
no hay nada que hacer, sólo consumirlo todo.
Y de un país de abundancia para tanto funcionario sin rumbo:
qué fácil era llenarse la boca de izquierdismo
y maltratar a su mujer, arruinarla, suicidarse lentamente.
Yo no probé el alcohol hasta que empecé a sacudirme
esa memoria mortecina. Siempre construyendo una réplica inversa
a aquel escombro de paternidad, inventando una desde la nada.
El odio puede alimentar la creatividad, puede,
aunque camine y corra sobre un suelo de melancolía.
Mis hijos me lo repiten en el coche: esas canciones, papá, son tristes,
da igual el estilo de música, su olfato es perspicaz y atinado.
Yo, subyugado por mi narcisismo, me niego a reconocerlo:
soy feliz, soy feliz, soy el arquitecto satisfecho de mi vida,
he superado metas, danzo, bebo alcohol con moderación.
Hasta que hace mella la tregua terrible de las obligaciones,
la soledad propiciada y oracular.
Hasta que te das de bruces con el nihilismo:
¿cómo esclarecer el fin de tantas carreras?
¿qué culpa tienen mi padre y su alcoholismo de mi estética nómada?
¿de mi tímido izquierdismo? ¿de mis sentimientos escépticos?
¿de esa obscena voluntad de poder?
Han pasado casi cuarenta años
y, afortunadamente, a efectos estadísticos, la mayor parte de las noches
no padezco pesadillas.

Haiku, karaoke, origami, hatcho miso... pero también harakiri y kamikaze. Al llegar a Tokio comprendes que el japonés no es un dialecto del vasco, y que sus cinco vocales son nítidas y cristalinas como las nuestras. La memoria de las palabras perdidas siempre facilita la inmersión.
Tras la paz milenaria del bambú
se yerguen gélidos rascacielos de luz.
A vista de pájaro, la melancolía.
En la multitud: buscar una salida.
No se agota la fuente
que se nutre de las tormentas.
Circulan al contrario, por la izquierda. Leen los libros al revés, o de arriba abajo. Otro tanto pensarán de nosotros.
En sus mapas, sus islas aparecen en el centro del mundo. Un poco al norte. También hay países del sur que dibujan los mapas invertidos. Pero no se alteran las demás coordenadas.
Tokio es la ciudad global más densa del mundo. Y la que menos trabajadores inmigrantes admite. Apenas alzan la voz en exceso. Y miran absortos a sus cachivaches electrónicos. Se saludan inclinando gentilmente la cabeza, algunos incluso sonriendo. Formalismos, seriedad y el metro a reventar en las horas punta. (¡Por cierto, el gesto de la cabeza es indefectiblemente contagioso!)
Las mujeres se rebajan el volumen de sus cejas y se maquillan abundantemente. Algunas imitan la inocencia de los dibujos animados. Los hombres son lampiños, mayoritariamente. El pelo negro y liso de casi todos sólo muda con las canas y con los teñidos color caoba.
¿Por qué tendrán las tasas de suicidios más altas del planeta? ¿Tan difícil es encontrar tu lugar en el mundo? Toda cultura esconde su secreto inconsciente.
En la rueda de la fortuna
encuentras la templanza de un haiku.
Un amor en construcción, sin canon,
sólo se deja habitar por libélulas.
Ahora se desdibujan nuestros caminos.
Seguiremos anhelando melodías inspiradas.

Muchas veces me ocurre que una canción se incrusta en mi cerebro y suena una y otra vez, una y otra vez, durante días. Me gusta esa sensación. La melodía suele ayudarme a sentir con más clarividencia mi estado de ánimo. I’ll bet you thought I’d never find you de Jon Hendricks (http://media.putfile.com/Ia-ll-bet-you-thoug), tiene esas cualidades propias de una oruga en el cerebro. Combina sabiamente esas dosis de alegría y de tristeza que precisas para mantener el rumbo en aguas turbulentas. Una especie de astrolabio sonoro, un refugio íntimo. Cuando la obsesión hubo amainado, busqué sin éxito el texto exacto de la composición. Pero en internet debe haber tanta sobrecarga y redundancia de convenciones como en nuestros contornos más inmediatos.
Fui tarareando aquella canción muchas noches y mañanas, de camino al Malaya. Al pasar habitualmente por la Plaza del Ángel vi que en uno de los cafés actuaba todas las noches, durante una semana, otro de los magos del jazz, Ben Sidran. Recordé, de súbito, su concierto para García Lorca (http://media.putfile.com/aint-necessarily-so_Ben-Sidran http://media.putfile.com/Ben-Sidran_Look-here). El disco lo había grabado en mi ordenador cuando lo descubrí, hace unos años, en la casa de una amiga alemana en Amsterdam. Y me había conmovido e hipnotizado desde la primera audición. Más melodías arrebatadoras para los tiempos muertos. Creo que las entradas eran de un precio abusivo, veinticinco euros o más, y mi economía no está para excesos. Además, la experiencia casi surrealista y poética de defender aquel palacio centenario de las garras de los especuladores inmobiliarios, aún a costa del sueño sagrado, me resultaba mucho más enriquecedora.
El Malaya fue desalojado el primer día de diciembre por los lacayos policiales y judiciales a sueldo de mafiosos o, cuando menos, cómplices de sus hurtos y tretas. A mi edad ni siquiera siento rabia, lo analizo con frialdad, pero, irremediablemente, acabo cambiando de sintonía mental. La noche del desalojo ya no estaba sumergido en aquella niebla de fantasmas. Me había encerrado unos días en casa, lejos de Madrid, a finalizar varios trabajos que ya no podían demorarse más y a estar con mis hijos. Entonces es cuando Ben Sidran vino a visitarme de nuevo. Esa elegía alegre, esa memoria de la injusticia envuelta en blues y humo. En su homenaje, el viejo jazzman nos hace revivir el optimismo del poeta en Nueva York, lo que nunca muere por mucho que maten los cerebros embotados de vacío y mercenarios.
Siempre me ha sentado bien escuchar música o la radio mientras trabajo. Para tomarme un respiro, o para desconfiar de esa concentración enajenadora a la que te arrastra todo esfuerzo intelectual, por mucho que te gratifique a su vez. Comporte clarividencia o sensaciones más pasajeras, es asombroso cómo se entrecruzan todos estos hilos. (Claro que esto no sé a quién le puede importar un pimiento -¿a un posible torturador, quizás? Pero es que es domingo por la tarde, espeso y encapotado, y el trabajo no anda muy ligero. Así que me aprovecho de este espejito para dar rienda suelta a la búsqueda de cómplices en la perplejidad. Disculpen las molestias.)

Otra noche más, intempestiva. Hurtándole al sueño la paz reparadora que demanda desde hace semanas. A la hora convenida, el turno de vigilancia. La calle Atocha es larga y fría. Con viandantes variopintos, incluso bien entrada la madrugada. Borrachos y coches de policía son los móviles más frecuentes. El frío, la somnolencia espumosa, la mirada perdida a uno y otro lado de la calle, aunque simulando interés y alerta. Los pasillos tenebrosos. Los salones señoriales, fantasmagóricos, con sus decoraciones pomposas y desteñidas, sus techos altísimos y las molduras doradas. Atravesarlos a media noche o al alba era siempre como una despedida. Y tropezar con todo tipo de cachivaches y mobiliario dispuesto para las barricadas o para el abandono definitivo.
Esperar un desalojo es más desolador que heroico. La disciplina militar que se acuerda en las interminables asambleas, se disipa a medida que nos envuelven la noche y las pesadillas. Es como esperar a un fantasma más de estas ruinas, aunque proceda del exterior. Nadie sabe cuánto seguiremos así. Velando esta fachada esplendorosa y decadente, pero que se ha preñado de tantas vidas durante estos meses. Aguardando el hundimiento de este barco. O será el otro barco más general, ese que dicen que está en crisis, el que de verdad va a la deriva. Es curioso que una noche me encontré entre las cajas volcadas y los libros añosos desperdigados por el suelo, aquel viejo poemario de Enzensberger: El hundimiento del Titanic. También un voluminoso tomo bilingüe de Walt Whitman, aquel gran oso lírico. Los hojeé con una sonrisa escéptica, como quien se encuentra con entrañables amigos al cabo de mucho tiempo y reconoce que la complicidad esencial permanece.
Nos hundirán otra vez, es posible. Pero se seguirán hundiendo sus transatlánticos podridos de explotación y avaricia hasta atragantarse. O eso nos gustaría pensar: amenazarles, demostrarles cuán libres podemos respirar cuando nos unimos, cuando entramos en sus lujosos inmuebles y levantamos el velo de sus leyes taimadas. La calle Atocha suele estar concurrida y bulliciosa, por eso tardan tanto. En este mismo Palacio tenían un despacho los abogados laboralistas que asesinaron los facinerosos impunes al abrigo de la inercia dictatorial. Cada noche y cada mañana que me levanto de mi colchón provisional, se me hiela por un momento la memoria. Permanecer en estos balcones y sumar nuestra presencia, me da una templanza que no tiene precio.
“El iceberg pasa silencioso, se desliza junto al barco resplandeciente, y se pierde en la oscuridad.” Sé que algunos preferirían una narración más lineal, sin la ruptura del aliento que supone designar un verso. Pero a mí cada una de esas pausas me evoca mi propia vida. Incluso estas noches tan irreales, observando el horizonte vacío y luego saliendo pronto a trabajar, desatrancando ritualmente el portal magnífico de una madera gruesa y vetusta. Eso es lo que ocurre por las noches. El resto de los días se zambulle en la deliberación, en los cuerpos insurrectos y en la fiesta. La noche que lleguen desapareceremos hasta colarnos en sus insomnios, contemplando el hundimiento desde lejos, desde otra casa expropiada a los ladrones de guante blanco.

¿Has oído el rumor de esas aguas subterráneas nuevas:
las que absorbe la edad, las que oxigenan los filamentos
que enhebran la cordura con la locura -ahora, que sobrevivimos?
¿Y el canto del invierno arremolinándose en las fisuras
de celosías y paramentos blindados? ¿Como los acantilados
contiguos a tu sed de amor, siempre objeto del látigo:
firmes, indigentes, dueños de esa luz de mar primitivo?
Nunca nos consignamos a efemérides apenas. Vagamos
entre veredas minadas de imperativos kantianos y girasoles
quemados por la impotencia utópica.
(Aprendimos a designar los refugios para sustraernos al ostracismo.)
Necesitaba tus reflejos -tantas veces cristalinos y severos-
para mis preguntas cubistas. Y permanece nuestra savia inconforme.
Ese laxante cómplice a través de largos meses y kilómetros
de silencios.
Ha pasado mucho tiempo. El ser humano es diletante:
añora explicaciones, toma aire y se sumerge en un magma
de arrebatos pasionales. Hay quien se ocupa de los manjares.
Algunos van olvidando a quién interpelar con coraje
-porque el tiempo y las algas los envuelven y arrastran lejos.
Nosotros sobrevivimos, empero.
(Cuanto más políglota, más descubro el idioma de mi infancia.)

Salgo sobrecogido de contemplar
los soles y pájaros de Max Ernst
y, en las salas contiguas de esos museos
en una isla de Estocolmo,
las cuadrículas sin esquinas
en ángulo recto de Ildefonso Cerdà
-esos nombres propios y tópicos
que se pueden citar, polizones convencionales.
Pero no menos que con esos colores parduscos
amarilleando hayas y castaños, degradando
los inmensos verdes y vertiendo sus hojas muertas
en las sendas. O con esos mástiles recios
y envejecidos aguardando el doloroso frío polar
en estos canales tan terapéuticos
para la imaginación y los horizontes poblados.
Me abstraigo entre las penumbras de un libro
sobre teorías de la racionalidad –y a quién le importan
las teorías, el ser, el discernir los haces de luz-
mientras recién nacidos y niños risueños
y madres devotas por doquier deambulan
con todo tipo de facilidades a su alcance
para mayor gozo de sus pechos universales.
Toda esa belleza –relámpago- me arranca de cuajo
esas pústulas irracionales que azoraban
mi respiración. Supongo que es el ciclo natural:
anhelar, preferir, la inmersión, luego todas esas
inevitables desafecciones, la vida cruda y cruel,
la asfixia, hasta que asciende ufana la lujuria,
de nuevo, la aspiración hasta el último alvéolo,
compartir aun sólo sea una pizca del alma
o de la dicha esquiva a pesar de esa rocosa y severa
intimidad -pero eso es lo de menos: sólo intentamos
sustraernos a ese ritmo de la producción general,
a ese dilapidar el tiempo de la nada.
Quién nos puede conocer: hasta la médula,
hasta la materia última y ese cuerpo
que nos empeñamos en obliterar. Nuestro
extraño acompañante. No perderlo. Acariciarlo
como el acto más hermoso. Nunca desgajar
de la memoria estos otoños arrebatadores
de violentos resuellos y gloria impasible.

Al filo de la hora de cierre, en el supermercado del barrio, secciones de embutidos y carnicería: tres empleadas sueñan estentóreas en voz alta, si les tocase la lotería viajarían lejos, unas a lugares exóticos, otras a exquisitos parajes y balnearios; pero que toque mucho, concuerdan, como para jubilarse.
Lo peor serian unas migajas, que la ilusión siga royéndoles de por vida.
A mi izquierda, en el avión, una joven sueca y rubia y madre por segunda vez: sigue cobrando el noventa por cien de su, sospecho, abultado salario, durante dieciséis meses; antes viajaba sola una vez por semana a las embajadas suecas por todo el mundo, y lo echa de menos.
Le hace pedorretas a su bebé y sueña con volver a cabalgar los cielos. Un azafato que le da el relevo comenta que en este vuelo han despachado más menús, de pago, que de costumbre.
En las reclusiones físicas sólo cabe la evasión interior.
De las cárceles invisibles pensamos que podemos huir a algún exterior, el que sea.
Pero el movimiento, si no es paradójico, produce constantes ‘jet lags’ y mareos.
(Por cierto, ¿cuántos sentidos de la vida cobijarían todos aquellos turistas?)

del letargo farragoso, incluso,
puede renacer la preciosa
corriente de ofrendas cristalinas,
oro líquido de tus manos a las mías,
de piel a piel, templo transparente,
reptando lenta, derritiendo nieve,
mi todo, pleno de luz, multitud
a grandes sorbos y bocanadas de aire
y dones siempre manando
crasos, fermentos jubilosos
a pesar de esta fe en nada,
de mi sol efímero, de nuestras derrotas,
de los cadáveres andantes, las letanías
y los sermones, qué sabemos, mi vida,
sino darnos sin mesura
ni cuentagotas, sólo regateos
de acuerdo a las leyes de la infancia,
somos su esqueje, un brote más
de ilusoria inmortalidad, somos
si nos entregamos las alas y aromas
del amanecer, el alumbramiento,
la conversión de hierbas en lenguaje,
la panacea, el poder ser,
por eso, mi astro danzante, esta celebración,
este presente de ternura,
este clamor

Asedio de lo frágil:
por lo frágil, a lo frágil,
con lo frágil.
Desde ese punto de equilibrio,
de austeridad.
Como si el universo se plegara
en esa inflexión.
Y no morir. No morir al palparlo,
aun hacia su sima.
Estas guerras locales:
armaduras, corazas, ignorancia.
Pasarán, amigo.
No volverán nuestras células
muertas. Ni los hijos.
Ni aquellas ilusiones carnales e infinitas
que incendiaban nuestros cuerpos.
Y rubricamos la defunción
de las heroicidades vanas.
¿Asedio?
¿Con qué derechos, blandiendo
qué argucias?
La luz cenital y las bayas dulces
están pletóricas, no hay fosos.
Tus pinceles designan y renombran.
El que crea, no descansa.
Revive cada mañana
de acuerdo al contrato natural:
ni gana ni pierde.
Nadie le representa.
Lo frágil, me recordaste, no es la debilidad.
Ahí le ganamos una partida
al cirujano, siempre al borde del precipicio.
Siempre hay un próximo instante.
Ni asirlo con fuerza,
ni dejarlo caer de golpe en el suelo del olvido.
Lo dicen del amor que se rompe
siempre. Lo más frágil
y lo más difícil.
Bebernos el limón de los días.
Bebernos los buenos y los malos tragos
y hacer caso omiso
a la moral de los pusilánimes.
Frente al asedio:
beber y brindar con nuestro enemigo interior,
el más mortífero de todos.

En una de las últimas librerías que he visitado, de esas con estantes llenos de libros de segunda mano con páginas amarillentas y olor a humedad, me encontré con una joya literaria que contenía las siguientes inscripciones grabadas con uno (o varios) de esos viejos sellos de caucho que se embadurnaban en la esponja de un tintero, fabricado ex profeso para los fines de su propietario.
“Aviso para navegantes
Este libro es tan sólo una más de las extremidades indolentes que constituyen la biblioteca de Juan González con cuya sombra y tal vez también, por aviesa fortuna, con cuyo hueso simbólico de inquietudes intelectuales, habrás podido interaccionar en alguna ocasión de tu vida no menos fugaz que la suya. Allá donde me portes, bajo el polvo en el que me sepultes, indiferente a los lamparones de grasa que pringuen mis páginas, a los monigotes con que me ilustres o a las esquinas que me pliegues, recuerda tu deuda: revertirme, sin demora ruín, a ese cuerpo de sueños y legajos anacrónicos al que pertenezco y del cual tu amor pasajero e ilusorio me arrebató en aras de manos y miradas paradisiacas cuyo obsequio nunca compensará suficientemente el sacrificio de mi separación primordial. Que la belleza y la sabiduría te acompañen, viajero, siempre que cumplas con esta cabal restitución y que te sustraigas al celo, la codicia, la pereza y la vil tentación que acechan a los espíritus indignos de hospitalidad y préstamo.
Last but not least
Me veo obligado a imprimir este recordatorio en la solapa final de la presente obra en prevención de que libreros sin escrúpulos o ex-amigos sin remordimientos de conciencia arranquen de cuajo la primera página de advertencia en la que se insta (o instaba) a devolver con urgente apremio este ejemplar a su adquisidor original y coleccionador sentimental, Juan González.”
Curiosamente, ambos textos, con su peculiar tinta morada y desgastada de forma casi impresionista, aparecen cruzados con dos trazos de bolígrafo rojo. Al final del segundo, alguien añadió esta lacónica nota bene manuscrita (también con tinta roja): “N.B. No se aplica. Reventa.”

¿Quién soy? ¿En qué pierdo o gano la vida?
¿Y si sólo me atraviesa y de nada sirve tejer,
dar ejemplo, sentir con plenitud
en un tiempo cósmico?
Todo procede de la infancia.
La infancia larga, añorada, robada, violenta,
preñada de unos pocos algoritmos
con los que leer el mundo.
Aquel niño incrédulo y expectante.
Aquella piel fronteriza, siempre ese recinto
de soledad, ese axioma, ese interrogante.
¿Por qué tanta demora
en reconciliarme con esa criatura?
Con estas credenciales no me extraña
que me confundan mis alumnos.

con este haz de ideas abigarradas
y sentires afligidos rondando la memoria
no sé qué hacer
cuando se truncan el tallo y el vuelo
apenas restan fuerzas y sólo amas el letargo
y los trazos quiméricos de horizontes
es muy tarde, infinitamente tarde, para rectificar
no teníamos un plan para lo sinuoso
ni para los cuidados paliativos, ocupados
en engendrar savia rebosante hasta las cimas
y espíritus solares
soldar el tiempo, amamantar a esa criatura
que vindica su centro -no sé qué hacer-
resucitar y transgredir
las señales de la ausencia -no sé-
siempre acabo como un amanuense:
escribiendo catálogos efímeros y tretas
para anestesiar la melancolía, tretas
y espacios en blanco, márgenes, refugios
como en esos centros urbanos
por los que paso desapercibido:
siempre es tarde, sólo amas los bálsamos

La realidad siempre me sorprende más que la ficción. Ahoga toda la fantasía. Estalla ante mis ojos como una explosión inesperada. Por eso, a menudo dejo que mis sentidos se empapen en la contemplación de seres ajenos. Como si las escenas que componen dieran sentido a mis propios sentimientos, como si los guiaran de una forma inconsciente y colectiva. Así se disipan mis tristezas y me parece que soy un especimen más entre una multitud a la deriva, con mis rarezas y corduras, como cualquiera. Sin mayor preocupación por la belleza o futilidad de lo que transcurre. Sólo palpando su materialidad con mi mirada, desde mi interior, como si yo fuera una parte más del engranaje. Cuanto más te metes en la piel de los otros, más se contaminan tus nervios de toda esa humanidad híbrida, y menos necesidad sientes de erigirte en un primate privilegiado. Todos podemos morir en cualquier momento. Pero sólo el miedo aisla, individualiza, te mata prematuramente por asocial.
Hoy coincidí en el metro con tres personajes, entre las varias decenas que sólo dejaron esas raspaduras fugaces en la memoria. Una chica joven, de más de treinta, se subió en la última estación de la línea 8, en la T-4 del aeropuerto. Llevaba una tarjeta al cuello que la identificaba como personal de alguna tienda del aeropuerto y enseguida empezó a hablar por teléfono con una compañera de trabajo gesticulando como una actriz profesional. Al parecer una cámara había registrado cómo introducía su mano en una caja registradora y su jefa la acusaba de haber sustraído dinero de la misma. “A mí no me trata nadie como una ladrona. Si me acusan de algo, que lo hagan en la comisaría.” No miraba a ningún viajero del vagón, pero hablaba alto y claro sin importarle que todos se dieran por enterados. Y movía sus manos como si la caja registradora estuviera allí mismo, en el aire. Y se retorcía en el asiento incomodando a su vecino, cruzaba las piernas con sus zapatos de puntera afilados y arrojaba con rabia el móvil en su bolso negro y voluminoso cada vez que se cortaba la conversación. Entre llamada y llamada, también retomaba como una autómata una de esas novelas de casi mil páginas en letra pequeña y con las tapas blandas y alguna horrible portada. En la misma línea, en la estación de Colombia, una pareja de jóvenes veinteañeros se daban un beso parco de despedida antes de que ella se subiese al vagón. Pero antes de que se cerrasen las puertas, se asoma entre ellas, interpone su bota montañera y le llama a él con voz deseperada: “¡Nacho!” Pero el aludido parece que ya se marchaba de la estación y ella regresa a su asiento casi sollozando, sin que sus cuatro rastas pudieran ocultar un gesto de desolación. Como si en cuestión de segundos hubiera cometido un error definitivo. Como si hubiera acelerado una separación irreversible. Mientras, el chico se volvía con la vista fija en el tren que se alejaba de la estación. Y ella recibe al poco una llamada que, sin embargo, no aplaca su intranquilidad. En el vagón adyacente y hasta que llegamos a Nuevos Ministerios viene un joven próximo a la treintena escuchando música bajo unos cascos de esos que cubren los pabellones auditivos y medio cogote con su alta fidelidad. Lleva pantalones vaqueros de pitillo, calzado de voleibol con una “x” dibujada y una hortera camisa de manga larga con cuello y botones a rayas azules cielo y fucsia. La barba desaliñada contrasta, sin embargo, con un pelo lacio, abundante y con una melena larga que le llega hasta la espalda. Buena parte del camino lo pasa agarrado a una columna de acero del vagón, golpeándola y bailando con ella como si estuviera poseído por los espíritus de Jimi Hendrix o de Led Zeppelin. Su cara arrugada al compás de las guitarras eléctricas que se intuyen rugiendo en su aparato reproductor de música digital, es todo un poema. Parece entusiasta.
Otros días me encuentro parejas maltratándose, rusos que salen de jornadas extenuantes de trabajo o los inextinguibles músicos tocando y pidiendo con urgencia estomacal. Pero hoy sólo me detuve en esos tres cuentos de soledades y compañías fantasmas. Como decía el director de documentales Lech Kowalski, al final te das cuenta de que tú eres todos y cada uno de esos personajes en los que te has fijado, con los que te has mezclado. Arriesgándote a estar, construyéndote mientras te sumerjes en las escenas. Desde tu vacío, tu melancolía, tu desnudez. Lo fácil es bajarte en tu parada y cambiar de tren. Y así, otra vez, hacia ninguna parte.

hoy necesito regalarte algo:
una brizna almibarada de silencio,
fe en tus cartílagos y articulaciones,
aquella peonza bravía que nos arrebató
hasta los abismos prodigiosos,
pongamos por caso
dirán que son presentes volátiles,
calenturas de la imaginación, borlas
ornamentales, lenitivos de la ausencia,
qué sé yo
hoy sólo son una forma de agasajar
tu verbo cósmico, tu sed nuclear
por entender, la lumbre eterna de las cerezas
y algas que detienen la velocidad,
nuestra mutua digestión
(y te ofrezco mis excusas
por los excesos y defectos ocasionados)

me encarno en cada pliegue
de jubilosas células brincando
a resguardo de tu piel
me hospedas con el adagio
de las sombras y el incienso
como esas aves albas
levitando y musitando lo inefable
recolectamos sobrios el placton
de una vida abundante en brillos
y umbrales vaporosos
te reintegro el optimismo tropical
el gobierno del agua
somos esa galaxia en expansión
humus eslabón ternura
a tenor de tantos augurios
procede arrojarse en el abrazo

Ayer fuimos a comprar los Reyes
porque ya habían comenzado las Rebajas,
aunque, antes y después,
siento el mismo escalofrío de fracaso
cada vez que me sumerjo entre las masas
de eufóricos acólitos del mercado.
Mario expresó su maravillosa sorpresa
al comprobar cómo se coordinan,
tan espontáneamente, todas esas avalanchas
de eufóricos y fervientes acólitos
sin apenas tropezar, ni insultarse,
ni, mucho menos, cruzar sus navajas.
Para no aburrirle con zarandajas especulativas
sólo pude manifestarle idéntica y maravillosa perplejidad
y así pasar el día con un ápice menos de aturdimiento.
Después, ensimismado, como cuando suenan
esas notas de piano con una cadencia lenta
y enigmática, me pareció simpático contemplar
la coreografía de esas filas de coches retorcidas,
con urgente torpeza, para hacerle paso a una ambulancia.
Es la misma ingenuidad infantil
que me desborda cuando llueve
y me pregunto cómo se inclinarán los paraguas
de dos transeúntes enfrentados,
como si de una justa incruenta se tratara,
en cualquier acera estrecha.
Entonces vuelvo a sentir
la más hiriente derrota,
pues estos versos, desde que patean en mi vientre,
me parecen en exceso pop,
banales, prosaicos, como si huyeran solos
de los absolutos y de las academias.
Pero ya no tiene remedio
y recapacito por unos instantes:
cuántos hombres se habrán parado hoy a recapacitar,
cuántos habrán conversado sobre sus sentimientos,
cuántos se habrán hecho una docena de firmes propósitos
para el año ya estrenado, sin el menor atisbo
de que, otra vez, los astros y la lotería jueguen a su favor.
Como si siempre quedaran indemnes
los verdaderos artífices del crimen.
Hoy no he abierto la prensa
y, además, sigo fervientemente enamorado.
Por eso no me explico el porqué
de estas inútiles divagaciones.

Nos reencontramos
al filo
del solsticio hiemal,
dejando atrás las flores adolescentes.
Amarse es un bálsamo
y una eterna gratitud,
esparciéndose, polinizando.
Solfeamos venturosos.
Se yerguen los cimientos
de una flamante vitalidad.


esgrimen bellos mapas anacrónicos
los tahures de la ambigüedad, en los umbrales
zarpar hacia las reservas ascéticas de coraje,
templar las tensas dosis de aliento
que glorifican la sed pletórica de uno mismo,
cómo azuzar esa lumbre, instar la travesía,
persistir en el culto de una ética ubicua,
consagrarme a ti y a tus labios de rocío perenne

cada día le damos el pecho
a nuestro fruto,
siento más cerca tu voz,
me regalas uvas y brisa
y me aprietas a tus costillas,
sellamos los intersticios
en los que nos concitamos,
desciendo hasta la sima de tu vigor
para empaparme y desayunar
y rememorar nuestros ejercicios
de equilibrio ante el azote de las olas,
así es muy fácil estar al lado
y al oído, exaltar lo inefable,
lo fugaz y perpetuo que nos une,
quererse con las yemas de los dedos,
sudar el aceite dorado
que nutre esta gloriosa soberanía
en la casa de nuestros seísmos
florecen las virtudes
y expiramos vientos nuevos

huésped del agua,
ahora yaces en mi seno
mientras yo acaricio tus alhajas
y el verbo nos venera
en su celeste centelleo,
donante de albas,
restañadora de los círculos,
sacias el clamor
con el lujo de tus viandas,
suturamos a zancadas
lo que nos separa, devolvemos
a su regazo el ajuar
de la tez que nos continúa,
zahorí entre plegarias
mecidas por el otoño,
por mi prudencia atemporal
y tu afán de analogías
nos adelantan las tortugas,
ganamos a los galgos,
sorteamos los precipios
y en nuestro amor brotan
labios, vuelos, sangre dulce,
las horas que asimos
como si tallaran nuestro ser,
ahora que llueven perlas
vírgenes cuando estamos,
mi escultora del aire,
ahora es cuando sé
que somos dioses transparentes,
que forjamos nuestro vínculo
tenaz, de seda y años luz,
sin demora, en humilde
imprecación y júbilo,
sin demora

En un mar tan blanco
el sosiego, tras la ignición, y de nuevo
recapacito y me recojo como los moluscos.
(No hay murmullos a babor, surca ligero.)
Es ahora, sí, todo tu ser ahora
con arrojo, detiene la resaca del pasado
expirando diamantes: te quiere lamer la sal.
(Desnudos, a los cuatro vientos: la fundación.)
Fíjate qué ufanas en medio del caos
las certezas náufragas, cada vez menos náufragas,
cada vez más dádiva y piel toda como océanos.
(A lo lejos se despeja el cénit, se despereza.)
Quema tanta luz,
una entropía que es un amor y una metafísica azul
con pasaje de ida, a ti, ya voy llegando.

Los viejos decían:
cuanto más viejo, más sabio.
Los sabios decían:
cuanto más sabes, menos sabes
(o sea: más sabes lo que no sabes).
Entonces: ¿la eterna juventud?
¿vivir a tientas y a locas?
¿buscar el maná, el éxtasis, el secreto
alquímico de la fortuna?
Cada día estoy más perplejo,
la verdad.
Hoy, por ejemplo, volví pletórico:
ebrio de luz, el ocaso glorioso,
la coreografía de cuerpos desnudos
quemando las últimas horas estivales,
yo flotando como un muerto
sobre la olas.
Y mi fuerza narcisista a punto
para declamar (otra vez soldando
los fragmentos del espejo).
Qué inútil, sin embargo.
Si tan milagroso e irrepetible es ese gozo
¿a qué viene pregonarlo?
¿qué necesidad tiene de ser reconocido?
Entonces: lo más feliz es lo más íntimo,
y lo más íntimo no tiene nombre
ni sustancia, ni futuro.
Es incomunicable.
(Ríome yo de la poesía, ergo.)
Por eso es también triste.
Intransferible, evanescente.
Todo lo que sé hacer en la playa es:
mirar a la gente, jugar a las raquetas,
devolver las pelotas con sumo cuidado,
reducir al máximo la imprecisión,
los errores, leer esos libros usados
y las miradas que me devuelven.
¿Será sólo un entretenimiento?
¿Mientras todo pasa sórdido e implacable?
Yo pensaba que todo eso era sublime.
Que la consciencia de eso era sublime.
Ahora tengo mis dudas:
¿seré más viejo y más sabio, y, por tanto,
menos sabio, más joven y más loco?
Entonces: espero no confundirte
cada vez que me ponga a descifrar
el diccionario que me pediste.
(Hacía mucho calor hoy, ya ves.)

¿qué siento?
¿puedo escribirlo?
¿no es en vano?
sólo vanidad
angustia alpiste para filólogos
margaritas para los cerdos
miedo
a apearme de la corriente / emboscarme / plantarme
como un junco
gritar desalmado
desalmado
rearmado
funambulista
deambulantetodo (lo que deseo fervientemente, mi vida) lo puedo hacer por mí mismo
copular
parir
amanecer
(solo necesito: a little help of muy friends)
friends, sí, de verdad
sin costuras / tan ciegos /
y desalmados, sí
para no fingir: esos muertos sí
tenían que ver con nosotros
¿pero lo siento?
¿o sólo me saco las castañas del fuego?
nunca acabas de pagar
(sólo recorres sus labios con la memoria de tus dedos, sólo)
(solo)

llegas como un arcano
a este solaz
de la historia natural
donde se reúnen los fósiles
y nuestros deseos de futuro,
aceptas el envite
de crear seres gigantes y preñados
de rotación y traslación
y pupilas con luz propia
a merced de la meteorología,
y añadirás a tu ajuar secreto
las perlas de dicha y la donación,
la lavanda, la palabra
y las raíces cuadradas,
la memoria precisa
de nuestra bella ilusión óptica

Hay miedos como las estaciones,
los solsticios y los equinoccios.
Siempre llegan.
La muerte cierta, la muerte a plazos,
con interés fijo o variable.
La ausencia.
Los puntos suspensivos.
El miedo a esa maldita oscuridad
de ideas, del tiempo.
Del tiempo presente, ese sofisma.
Algunos, aún no lo entiendo,
padecen el miedo a su propia libertad.
Sin darse cuenta.
Sin hacer cuentas.
Son muchos números en juego.
Hoy subí en la moto de mi hermano,
de paquete.
Con mis miedos a cuestas.
Pero era hermoso: el cielo rosado,
las primeras luces en las calles de Londres,
las curvas meciéndome.
Me dijo que el seguro había caducado.
No importa, uno más.
Aquí todavía podemos sumergir los miedos
en una pinta de cerveza.
Es un privilegio naïve.
Hasta que acuciemos a nuestros
enemigos.
Y los niños disipen el dolor
con su papiroflexia.

Ya llevo meses aquí encerrado. Al menos, eso es lo que dicen ahí fuera. No es una cárcel, al parecer, sino que “aquí estoy como Dios”. Aunque yo, dentro y ellos, fuera; de eso no me cabe duda. Aún no tengo claro el significado de muchas de esas palabras. Tampoco soy capaz de emitirlas por mí mismo. Aunque a ellos no creo que les importe. Esperan que eso ocurra dentro de unos años, dicen. Me hacen gracia. Me tratarán casi como si fuera sordomudo. Bueno, así me dejarán más a mi bola. Con mis gorgoritos y pedorretas. Es un placer. ¿Será lo mismo a lo que ellos llaman vacaciones?
Desde que abrí los ojos sigo muy atento todas las conversaciones y movimientos de los de ahí afuera. La piel de mamá es muy transparente. Un poco cóncava o convexa, no sé, según se mire. Sospecho, en todo caso, que veo las cosas con más curvas que ellos. A menudo hablan de pantallas planas, encefalogramas planos y cosas parecidas. Pero ya digo que aún no he atado todos los cabos. Ya habrá tiempo, que de eso me sobra. Ellos, por el contrario, no paran de quejarse de que les falta tiempo para todo, que quieren tiempo para ellos solos y que no saben qué hacer con el tiempo libre. Una curiosa entidad filosófica esa del tiempo, no cabe duda. Habrá que seguir investigando en el futuro.
A veces he probado a mirarlos fijamente. Pero nada. Hacen como si no se dieran cuenta y esquivan mi inocente interpelación. Yo también me hago el dormido cuando me conviene. En realidad, es una travesura. Eso exclama la ginecóloga con su gran sonrisa latina. En cuanto la veo acercar la cámara esa al vientre, cierro los ojos y me chupo el dedo. Piensan que duermo. La foto queda perfecta y se reparten las copias: una para la colección de la doctora y otra para el álbum familiar. Me gusta posar para las ecografías. Aunque la verdad es que me paso mucho tiempo durmiendo, estar aquí solo es un poco soporífero. Estoy empezando a practicar unos pasos de baile y a tocarme otras partes del cuerpo para comprobar si estoy completo. Lo que pasa es que no hago pie fácilmente y debo parecer, más bien, una especie de astronauta saludando al resto de terrícolas subyugados por la ley de la gravedad.
En los últimos o primeros meses -que, al caso, son lo mismo- también ha habido algunos sobresaltos. Lo sé por las pulsaciones aceleradas de mamá y por la escenita que presencié. Nos presentamos en la oficina del jefe. Los tres, frente a frente: el jefe, mamá y yo. Aunque todos pretenden ignorarme, en este caso estoy seguro de que mi presencia era muy importante porque no dejaban de hablar de mí. Mamá no dio su brazo a torcer. “Me voy a pedir la baja anticipada, te guste o no. Y si no me renuevas el contrato, te pondré una denuncia que te cagas. Por discriminación sexual.” ¡Caramba, vaya genio! ¡Y luego dicen que los niños somos escatológicos! En los días siguientes el tema fue objeto de animado debate entre distintas personas con distintos vínculos con mamá; incógnitas todas que ya despejaré más adelante. De momento retengo los rostros y las entonaciones. Siempre que mamá no se pone un vestido demasiado grueso que no me deja ver u oír con claridad o nitidez (“hablemos con propiedad”, por favor). Entonces protesto dando algunas pataditas. Pero nada. Ella sonríe a la vez que se siente compungida: gajes del oficio. ¿Será que ya empezamos a no entendernos?
Por lo demás, la vida de un prenatal transcurre en cierta soledad. Te deja mucho tiempo para reflexionar. O para atesorar las reflexiones de otros. Por algo habrá que empezar ¿no? Muy distinto debe ser el caso de los mellizos. ¡Qué hacinamiento! Deben pasar la mayor parte del encierro peleando por un hueco en la placenta. En este sentido no sé si sentirme un privilegiado o alguien con una reducida vida social. Me temo que esta cuestión también entraña profundos dilemas con lo que entretenerse en los años venideros. Ahora voy a hacerme el dormido que ya veo venir a la matrona. Hoy toca salir afuera. Ya lo tienen todo preparado. Yo, a agarrarme bien, que las contracciones vienen agitando las aguas.
La verdad es que ya tengo ganas de que me cambien la dieta, para variar un poco. Y de entrar en la fiesta de ahí fuera, a ver si voy resolviendo enigmas. Aquí no se está mal, pero no soporto ese dicho tan carca de “todo tiempo pasado fue mejor”. También tiene sus incomodidades. Sobre todo para mamá, que se lo pregunten a ella. Yo me pregunto si algún día hablaré de todo esto con ella o con mis hijos. Si tendré tiempo. Me apetece contemplar sus ojos. Directamente, por mí mismo, sin filtros. Hasta ahora tenía que estirar mucho el cuello o conformarme con su reflejo en los espejos. Le preguntaré cuánto nos queda de vacaciones juntos. No sé si me entenderá. Tendré que ir perfeccionando mis gorgoritos.

más leves
que la gravedad
nuestros brazos
al pálpito
abrazados
más eterno
que el tiempo viejo
nuestro gozo
nuevo
y a corto plazo
al candor
de las rosas empuñadas
al rocío
entre los pechos erguidos
se pliega la noche
cansada
en su feudo de alba
mañana
murmullos de caracolas
repicarán
sin cesar los gemidos
más y más
quiero más
que se ahogue el futuro
que salga a flote la sed
de los labios
cansados
de beber

El sol ya había caído. Con los últimos estertores de luz, las playas iban quedando desiertas. Unas playas mediterráneas que aun irradiaban en sus arenas el calor intenso de una típica jornada estival. Magda y Estrella caminaban descalzas. Atravesaron varias calas aprovechando el súbito y merecido frescor del atardecer. No hablaban mucho. En las viejas amistades los lugares comunes van dejando paso a las complicidades y los silencios apacibles. Esos que no incomodan aunque se dilaten durante muchos minutos. La cadencia de su paso era regular, pero sin urgencia. Cada regalo a la vista de aquel horizonte merecía su atención. Vivir a menudo es sólo eso, deleitarse con la belleza circundante. Ir a su encuentro. Componerla dentro de cada una. Ser comprendida.
Llegaron a uno de los arenales más largos y menos alterados por la codicia humana. Esa plaga sobre el mundo. A medida que avanzaban divisaron con más claridad al último bañista que aún no se había recogido. Parecía meditar en una de esas posturas orientales. Estaba completamente desnudo sobre su toalla. Cuanto más se acercaban las dos paseantes, más frecuentes eran las miradas del hombre hacia ellas. Enseguida se dieron cuenta de que tenía su pene erecto y lo agitaba suavemente con una mano. Magda y Estrella no dudaron en seguir caminando. Aquella escena no pareció importunarlas, según dedujeron de su rápido intercambio de miradas. Era su derecho. No tenían por qué sentirse agredidas. Tampoco especialmente halagadas. Hubiera dado igual que llevaran una túnica o ropa de montaña en lugar de sus ligeras vestimentas veraniegas. Aquel hombre supliría los obstáculos con su calenturienta imaginación. Eran dos figuras femeninas. Se movían con agilidad. Sus piernas descubiertas. Sus senos seguros. Intuidos. Mientras, el hombre proseguía diligente con su manipulación.
Al pasar a su lado, las siguió atento con la mirada. No dejó de masturbarse. Esperando, como si no quisiera llegar rápidamente al fin de su gozo. Magda y Estrella habían frecuentado playas nudistas y eso, en cierta medida, las predisponía a aceptar aquella situación sin preocuparse demasiado. Adoptaron, en todo caso, una espontánea actitud de defensa ante el comportamiento incierto del exhibicionista. Implícitamente convinieron en no devolverle la mirada. Magda tomó del brazo a Estrella y sonrió. Percibió la piel tibia de Estrella, más cálida que la suya. Por un instante, Estrella no pudo evitar la tentación y giró con naturalidad su cabeza hasta cruzarse con la mirada del hombre. En cuestión de segundos. Sin soltarse del brazo protector de Magda. Volviendo a reencontrarse con el gesto jovial de ésta. Con sus pechos grandes y sugerentes. El rostro de Estrella se sonrojó como si acabase de engullir pimientos picantes. La temperatura de su piel siguió ascendiendo. Siguieron caminando. El hombre permaneció sentado en el mismo sitio, devoto de su erección.
El vestido de Magda era flojo y ventilado, como de viscosa. La brisa lo adhería caprichosamente a sus curvas voluptuosas. Estrella, sin embargo, llevaba una camiseta de tirantes ajustada a sus pechos menudos y una falda blanca muy corta. Era de un talle más fino. Y de una voluptuosidad quizás más interior y tormentosa. En lugar de corresponderle la sonrisa a Magda, su mirada se desvanecía en un pozo de excitación. A cada paso sentía sus nalgas y sus caderas como si aquel hombre las estuviese dirigiendo con las palmas de sus manos. Y si Magda lo hubiese querido comprobar con sus propias manos, las podría haber sumergido en la copiosa humedad de las bragas de Estrella. No hizo falta. Mientras aminoraban el paso, Estrella la miró fijamente. Voy a ir. Sólo me preocupa una cosa: no tengo condones, y no creo que él tampoco tenga. Magda, sorprendida, se contuvo unos segundos antes de responder. Vete. Por los condones, no te preocupes. Esto no es verdad, sólo somos dos personajes de un cuento erótico. Vas a tener la suerte de hacer realidad una fantasía sexual. Aquí no hay enfermedades venéreas. Esto es literatura, no una película porno. Yo me quedaré por aquí cerca, por si acaso. Y la besó en aquella mejilla ruborizada a la vez que liberaba su brazo.
Las palabras de Magda la dejaron un poco confusa y aliviada a la vez. Estaría bromeando. Pero no osó replicarla. Dio media vuelta y se dirigió con resolución hacia donde estaba el hombre aún friccionando su miembro. No siempre ocurrían estas cosas en la vida. Por qué eludirlas. Así que se plantó delante del hombre sin poder ocultar el candor de su piel y los ojos brillantes como un manantial. Él no dudó un instante en indicarle que se diera la vuelta. Ni siquiera necesitó erguirse para quitarle las bragas empapadas. Estrella sintió como descendían por sus piernas. Cerró los ojos. Sabía lo que vendría inmediatamente después. Las manos del hombre comenzaron a hurgar por debajo y por fuera de la falda. Se recreaban en cada pliegue. Sus dedos se insinuaban ocasionalmente por los labios vaginales. En cualquier momento la penetraría. Estaba oscureciendo y la brisa era más intensa. El salitre y las algas putrefactas mezclaban sus sabores con las dos respiraciones jadeantes. Antes de clausurar sus párpados, de llevarse su propia mano a la boca y de agitar su melena lacia, vio sentada a Magda a una distancia de unos cien metros. Por qué no se iría. A fin de cuentas, sólo se trataba de una fantasía. Y cuanto más riesgo, mejor. Para su regocijo, el hombre besó dos veces sus pantorrillas. Luego, sus dedos gruesos recorrieron con impaciencia las piernas suaves y aún extendidas de Estrella. Por fin, ya sin ningún género de dudas, el hombre acabó por atraer las caderas de Estrella hacia el pene que seguía firme e hinchado.
Se acoplaron sin dificultad. Él marcaba la pauta de las operaciones. Evitaba los gestos violentos, pero su cuerpo era fuerte y estaba decidido a apretar sin prejuicios a aquella mujer desconocida. Volvió a besarla. Ahora en el cuello, antes de deshacerse de su camiseta y de encerrar sus pechos entre las manos. Estrella se mordió los dedos. Gimió ostensiblemente, sin temor a quebrar el silencio de aquella playa, aquel crepúsculo de grillos. Ya era bastante atrevido fornicar allí a la vista de su mejor amiga. Sin preservativo. Con un hombre del que sólo tenía vagos indicios de su vida. Los que rodeaban a su desnudez, una toalla grande y rizada, una mochila discreta. Un hombre instrumento de sus deseos prohibidos. O ella como instrumento de los deseos de él, daba igual. Los gemidos dejaron paso a gritos más efusivos. Sus propios dedos se movían cada vez con más frenesí por su clítoris. La minifalda estorbaba un poco, pero ya era tarde para intentar desprenderse de ella. La verga estaba totalmente sumergida en su marea de secreciones. La percibía llegando muy adentro, rozando millones de terminaciones nerviosas. Era imparable. Llegaba, llegaba. Sus pezones hervían de placer. El sudor manaba febril de sus torsos. Magda llegó a escuchar los gritos más prolongados de los dos fornicadores. Consecutivos, no muy alejados uno del otro. Sus onomatopeyas finales.
No hubo muchas más caricias antes de separarse. Estrella recogió su camiseta de asas y sus braguitas rebozadas en arena. Y se alejó con el mismo mutismo con que se había aproximado. Idéntica discreción había profesado aquel compañero intempestivo. Como si hubiera prevalecido una simetría artística en todo momento. Era una locura, lo sabía. Estaba segura, no obstante, de que Magda no la iba a censurar por eso. Tampoco le pediría explicaciones ni detalles, ni se lo recordaría con burla en el futuro. Como si no hubiese ocurrido. Como si todo hubiese sido sólo una fantasía literaria que se habían querido contar con algo más que con palabras aquella tarde de verano. Todo eso se lo dijeron en una mirada fugaz de reconciliación. Después de muchos años de compañía y transacciones sentimentales. Volvieron a tomarse del brazo y prosiguieron su ruta. Estaba oscureciendo. La amistad debe ser eso, compartir los límites de la realidad y los manjares que proporciona la naturaleza.

cómo podemos vivir
inmunes
a todos esos crímenes
ahí fuera,
cerca, lejos,
ubicuos,
y dormir en paz,
aspirar
este delirio de flores,
desear sin culpa
un nuevo trance
nuestras islas
y clanes
siempre a punto
de extinguirse
no sería tan absurdo
claudicar
ante este absurdo
si no fuera
por la aurora
de esos domingos
en que no abrimos la prensa

Todavía duerme. Los domingos por la mañana nos gusta remolonear. A veces, como hoy, me despierto la primera y me quedo unos minutos pensando. Pongo un libro en mi regazo, por si se despierta. Hago como que leo. Para que no me pregunte en qué pienso. Es una pregunta irritante. Los pensamientos vienen y van mientras la luz vespertina se intuye tras las cortinas. En verdad, son los pensamientos los que me desentumecen bruscamente. Como si te asestaran un golpe de conciencia. Un golpe de timón: esta es tu vida, eres feliz, pero cuidado, todo lo que llega a inundarte se puede esfumar a la misma velocidad. Los domingos como hoy me gustaría ir a dar un paseo largo por un bosque fresco y húmedo. Pero vivimos en pleno centro de Madrid. Y, además, cuando Juan se despierte seguro que hacemos el amor. Como dos cachorritos que se van arrebujando mutuamente, con toda naturalidad. Sólo tengo que esperar a que los rayos de sol empiecen a herir sus párpados. Es el día de la semana en el que el tiempo es más lánguido, se estira y no consulta el reloj de mis pensamientos.
A lo que más vueltas le doy es a la idea del destino. Bueno, por llamarla de alguna manera. Algo así como: ¿Por qué estoy aquí, con este hombre maravilloso a mi lado? ¿Cómo voy a vivir lo que viene enseguida, en unas horas, mañana, en los próximos años? No siento pánico, ni mucho menos. Por mi edad aún podría permitirme ser arrogante y desafiar el futuro. Casi cuarenta, en lo mejor de la vida. Aunque desde niña sé que en cualquier momento la vida puede ser traicionera y todo puede acabar de repente. Soy precavida, incluso en el refugio de mis meditaciones. Es un milagro que esté aquí, ese cuerpo mecido por los sueños. Pero cualquier día puede dejar de estar. Por eso me gusta deleitarme con cada instante.
Juan ha sido un regalo reciente del destino. Hace sólo un año que vivimos juntos, pero nos conocemos de toda la vida. Es como si te reencontraras contigo misma, con todo lo que has sido. O, mejor, con todo lo que podías llegar a ser cuando tan sólo eras una niña. Juan iba a mi clase hasta sexto curso de primaria. En séptimo, sus padres se mudaron a León y lo hicieron desaparecer de mi infancia llena de pájaros en la cabeza. Casi no me di ni cuenta. Era lo normal, los niños venían y se iban, como los días, los cursos, los pensamientos y la regla, poco después. De Ponferrada, aquella pequeña ciudad de provincias con montañas de carbón amontonadas en cualquier lado, yo también me fui unos años más tarde. A estudiar sociología en Madrid. Pero regresaba regularmente a aquel vergel de cerezas resplandecientes y recuerdos de libertad. Juan había sido uno de aquellos niños con los que nos escapábamos con las bicicletas cruzando puentes y ascendiendo colinas. Terribles cuestas que hoy veo demasiado empinadas y lejanas. Aunque ahí siguen, inamovibles.
Con diez años ya jugábamos a darnos besos en los servicios del colegio y hasta en la capilla de aquel curioso colegio de monjas donde tuvimos nuestras primeras clases de educación sexual gracias a un profesor seglar que tocaba la armónica y parecía un santo. Eran unos besos inducidos. Fruto de un “a qué no te atreves”, “te toca besarte con Juan”, “se trata de besarse en silencio porque como nos pillen se nos cae el pelo”. Beso, verdad o consecuencia. Nunca me olvidaré de aquel cosquilleo entre las piernas y haciendo temblar todos los poros de mi cuerpo. Hasta que la sangre se concentraba en los pómulos sonrosados y ardientes como los de caperucita roja. En una de las excursiones campestres que se hacían para celebrar el magosto recuerdo que el guión marcado en el juego exigía besos con y sin lengua, breves y de varios minutos de duración, acompañados o no de caricias en aquellos muslos desnudos apenas cubiertos por nuestras faldas a tablas. Los días y los años transcurrían a velocidad de vértigo. Igual de fluctuantes eran los niños que te gustaban. Juan había estacionado en mis deseos por algún tiempo de aquel inestable transcurrir. Y un verano se evaporó de repente, aunque supongo que sus huellas seguían ahí varadas, inamovibles como aquellos gigantescos cucuruchos de carbón.
Más que suponerlo, hoy tengo la certeza de que nuestro reencuentro hace poco más de un año desanudó aquellos miles de cosquilleos de la infancia. Las miradas en clase. Los juegos a pillar en el patio. Los escondites entre las habitaciones perfumadas y prohibidas del colegio. Sus padres habían alquilado durante décadas la casa que dejaron en Ponferrada hasta que hace cinco años Juan volvió a ocuparla. Se había convertido en ingeniero agrónomo y los cerezos, los castaños o las vides del Bierzo, constituían una porción de su paraíso perdido que había decidido recuperar. Me dijo que había preguntado por mí a alguna compañera de escuela. Lo cierto es que ya no conocía a casi nadie y la misma ciudad, con nuevas zonas urbanizadas, se había tornado irreconocible y un poco extraña incluso para él que la tenía grabada en cada estría de su cerebro, categoría alevín. Quizás me lo dijo para halagarme. El día del reencuentro, con aquel fogonazo. Durante esos años yo casi no iba a visitar a mis familiares a Ponferrada, pues el trabajo me obligaba ya a bastantes viajes, cuando no me reclamaban mis amigas madrileñas para otros viajes o para curarnos mutuamente las heridas de la edad. Todas insistían en que la vida es corta y el mundo muy grande. Hay mucho que ver y “tú no puedes dejar de lucir tus ojazos de vampiresa”, me decían con su habitual picardía. Tenían razón. Romper con mi pareja después de una larga década de estéril noviazgo no sólo me había dejado unos kilos de más, realimentados en gran parte por los sucesivos viajes fundamentalmente gastronómicos. También una cierta sombra de desesperanza en la mirada. Alguien tendría que soplar lejos esos polvos de maquillaje.
A Juan le gustaba andar por el monte y los campos de cultivo. Curtiendo su piel al sol. O bajo la lluvia torrencial del otoño. En ese medio parece una suerte de zahorí, atento a cualquier signo de la naturaleza para contrastarlo con su libro secreto de taxonomías o para llevarse algo al paladar. En la ciudad, sin embargo, parece un niño grande y perplejo. Algo despistado. Así me lo encontré sentado en la terraza de una cafetería en la plaza de la Encina. Enfrascado en un libro, rodeado de varios periódicos y revistas desperdigados por la mesa. Quizás nos habíamos cruzado ya en varias ocasiones a lo largo de los años que él llevaba ya instalado en Ponferrada. Hasta podíamos habernos sentado antes espalda contra espalda en la misma plaza donde nos reconocimos después de tantas travesías. Quién sabe. Aunque me estremece sólo el pensarlo. Cuántos instantes le habríamos sacado de ventaja a los milagros de la vida. En cualquier caso, llegó para no marcharse. Y yo le ofrecí otra estancia en las ruinas de mi castillo, todavía con aquellas almenas de carbón en el fondo de un pasado cada vez más borroso y alejado. Nada en él destacaba especialmente. Sin embargo, no tuve ninguna duda de que era el viento que necesitaba, el abrazo seguro a una felicidad aletargada durante mucho tiempo.
Está a punto de despertarse. Las cafeteras de los vecinos silban a coro. Una aspiradora. Ambulancias. A veces me arrepiento de haberle extirpado de la ciudad de sus sueños. Aquí, el pobre, ha acabado trabajando en una editorial. Pero supongo que los dos nos necesitábamos. O, por lo menos, necesitábamos a alguien que replicase aquellos amores sencillos, descuidados y escalofriantes de la infancia. Nada más. Y no nos valían sucedáneos. En eso hemos sido intransigentes. O así me gusta pensarlo. O será que ahora, ante cualquier deriva o zozobra, sólo nos queda la esperanza de amarrarnos a nuestro pasado. Al que nos proporcionó la más salvaje sensación de dicha. No sé. Ya hemos andado mucho. Muchas aventuras y tentativas. Ahora tenemos este nicho. Sólo los domingos por la mañana parece que me doy cuenta de su verdadero valor. Luego, todo vuelve a desvanecerse en la rutina. Mientras, él sigue aquí. Ya empieza a rebullir. Se despereza. Posa sus dedos en lo más alto de mis muslos y me dice que hoy iremos a dar un largo paseo por un bosque fresco y húmedo. Y entonces me siento nadando en la abundancia.

hay ciudades tan saturadas de turistas
que me olvido de aquellas lecciones enciclopédicas
de los profesores de latín y de historia,
con sus sonrisas satisfechas de saber
y de saber que les prestaba atención con mi cándida
avidez, sin sospechar qué futuro me deparaban
mis extravagancias, esta constante ingenuidad,
la incredulidad, el solipsismo, no sé, este uso tan etéreo
de la ciencia, fijándome en la gente que vuelve a casa,
en las facturas sangrantes de los restaurantes,
en los ojos azules y el vino rojo como el comunismo
que nunca existió, respondiendo que necesito más tiempo
para entender los planos, y luego desaparecer
tras el rastro de otro nicho anónimo, de la esperanza
de amores verdaderos e imposibles, con la única
certeza de que sólo los desesperados viven sin prisa,
conocen la brutalidad a la vuelta de la esquina,
desconfían de los escaparates y del funcionario,
me hacen gracia, de verdad, todos esos turistas
agolpados junto a los monumentos, quemando
el tiempo, cumpliendo fielmente las rutinas,
ignorando los derechos, la vida minuciosa
entre frutas, vecinos y bicicletas, olvidando,
tras la última digestión, todas esas informaciones
inútiles que dictan las agencias de viajes y los
especuladores, y, sin embargo, echo de menos a aquellos
profesores a quienes interrogaba extenuante,
que no censuraban mis disensos, que escuchaban
a los inmuebles y conversaban con nativos y foráneos
en vez de de posar para fotografías de sobremesa,
tal vez es sólo un remordimiento de clase media,
querer renunciar a los privilegios, una intención vaga
de ser ciudadano, habitante, miembro de esa amalgama
contradictoria, no sé, me pierdo, es difícil poner
un punto y final, hay barreras por doquier
y formas de esquivarlas, de residir en la ausencia,
la proximidad siempre se halla perforada
por soledades intangibles y por tácitas confianzas,
pero esto no es un ensayo, ya está bien, sólo quería
declamar bien alto que el halo poético del consumo,
del urbanismo y que etcétera, etcétera
no conducen a nada más que a estos insulsos
arrebatos de vanidad y nostalgia en los hoteles

No importa lo que creas.
Tan sólo actúa dentro de ti.
Con la lentitud del manantial en la cumbre.
Reconoce la paz cristalina que te habita ahora.
No importa mañana.
Desanuda las trabas que te impiden caminar.
Deja a un lado las culpas que obturan tu hálito.
Tu aurora es ahora.
Puedes asir las manos cálidas.
Las que te acarician la conciencia de infinitud.
Disipan el ocaso.
Liman las aristas.
Puedes nutrirte de la belleza del horizonte.
El universo entero es abundante y generoso.
Todo lo que vive, morirá.
Todo lo que vive nace de lo que feneció.
Todo lo que muere, se regala.
No necesitas forzar esas mutaciones.
Sólo goza en tu austeridad.
Hasta olvidar lo que duele y se debilita.
Estos instantes son los que importan.
Cuando reúnes la virtud de traducir.
Y te hermanas con lo imprevisto.
Te deslizas suavemente.
Tu luz da.
Compartes el banquete de dicha.
En el silencio oyes el crujir de las hojas.
Y el vientre del cosmos que te engendró.
Sólo así sientes tu libre albedrío.
Es un sueño hilvanado con el tiempo.
Coraje solar.
Semillas de voluntad.
Deseos de ser.

Puede ser que no me entiendan.
Ya estoy acostumbrado. Esas palabras tan raras.
Pero no puedo evitarlo: esas ferias tan kitsch,
esos razonamientos tan naïve.
A un loco sólo le entiende otro loco.
Por eso la mímesis, el camaleón. Aun
antropomórfica.
Y el chucrut, el esperanto, Kandinsky, el tantra, los sms,
el trip-hop. Esos códigos.
En fin: sólo quería reparar esta cremallera, que se atasca.
(¿Amor a los silogismos? Podría ser un título.)

Es muy tarde. Tarde en la noche. Tarde en mi vida. A los cuarenta y cinco ya sabes cómo digerirlo todo. Tragas y expulsas. Conclusión: conoces a la perfección tu vacío interior. Y aquella niña me maravillaba por eso. Por crearte la ilusión de que aún no sabes muchas cosas. Pero ella tenía veintidós. Era mi alumna, aunque a la mayoría de futuras ingenieras informáticas esto de las matemáticas les suele parecer un simple divertimento. A mí me daba igual. Lo que no soportaba era aquella corriente eléctrica. No, no era la del aula de ordenadores. Era el chispazo, el calambre que me aturdía cada vez que me encontraba con aquella niña a menos de un metro de distancia. Incluso más lejos. Cada vez que cerraba los ojos y la veía. La erección era inmediata y vergonzante. La quería evitar a toda costa. Mis principios éticos me obligaban a no traspasar esos límites. Es cierto que somos adultos. Es cierto que otros profesores no tienen escrúpulos de ningún tipo. Es cierto que no perdía nada por insinuarle algo. Pero debía ser al finalizar el curso, sin notas ni posibles chantajes emocionales por medio. Justo cuando todas se olvidan de que existes. Cuando ingresas en la categoría de los viejos profesores. Con un pesado cargamento a cuestas, tal vez invisible, pero más que evidente para esas tiernas criaturas. No hay más que ver sus elecciones de juventud: todo está por hacer, se juntan con quien no es nada, pero tampoco pierden nada si se desjuntan. Es mejor así. No me hago ilusiones. Nunca me las hice, de todos modos. Y casi nunca, pues, se daban las oportunidades para las insinuaciones. Tras la revisión de exámenes borraba todas las huellas. En el caso de Silvia, sin embargo, me pasé una larga hora contemplando fijamente su ficha antes de destruirla. Su teléfono y su correo electrónico. Podría proponerle ayuda para alguna investigación. Pero sería un burdo engaño. Todas mis investigaciones son teóricas y esotéricas. Rehuyo todo trabajo en equipo. No sirve más que para aparentar y entorpecer. Me basto a mí mismo. Pensé que en la universidad me dejarían en paz con mis especulaciones. A duras penas, no obstante, conservo mis oasis para leer y pensar. Lo que no puedo controlar de ninguna manera son las explosiones de magnetismo como las que me asolaban con Silvia. Nunca sabré si ella experimentaba algo semejante. Y eso me duele. Más por curiosidad científica que otra cosa. La verdad es que no tengo ni idea de qué es eso de enamorarse, aunque sospecho que no es nada de lo que me ocurría con Silvia. El atractivo que irradiaba no era enfermizo, estoy seguro. Podía haber cometido alguna torpeza si la hubiese llamado o invitado a tomar algo, pero poco más. Lo único que deseaba era seguir ahí electrocutado, a su lado, eternamente. Lo más probable es que de forma asintótica, para qué engañarnos. Hasta que el aburrimiento, el desgaste, el aumento de la entropía, la vida misma nos volviese a separar. Lo que ocurre es que a mi edad y en mi decadente estado, una simple reciprocidad como aquella me hubiese parecido el regalo más milagroso de la naturaleza. No me importa la soledad, no me hace daño, hay cosas peores. Ahora ya es tarde. Ahora me doy pena a mí mismo. Soy tan inepto. Al desaparecer Silvia es como si me hubieran extirpado una vértebra. Tal vez me lo merezca.
Lo que nunca debí hacer fue confesarle a Pierre mi debilidad. Lo supo tres meses después de que comenzásemos a encontrarnos regularmente en su casa. Él es también profesor. De historia de la música, aunque eso es lo de menos. Joven, ambicioso, seguro de sí mismo, el que desprecia los abismos interiores. Pero también sensible y enigmático. Conocía a Silvia desde el instituto. Fue ella misma quien me lo presentó. Venían juntos a preguntar alguna minucia burocrática. A Silvia le brillaron los ojos pícaros y sus labios carnosos de vampiresa se movieron juguetones y cadenciosos mientras me decía el nombre de su amigo. Debió sospechar que yo era homosexual. De igual modo que, al parecer, estaba segura de que esa era la condición de Pierre. Salí con él durante cuatro meses. Una relación iniciática, simplemente. Me lo puso fácil, me lo ofreció todo. Y no perdía nada por probar. Apariencias y prejuicios me importan un rábano. Y, por otro lado, ligar o, más bien, intentarlo desesperadamente, me resulta una pérdida absurda de tiempo. Si con el sexo opuesto no puede ser, por qué no con el mismo sexo. Pierre era experto y atractivo, pero me sedujo con su compañía y su conversación provocadora. Retando siempre mi lógica y mis absurdas preocupaciones algorítmicas. Tenía algo de artista y de erudito a la vez. Lo que ocurrió fue lo habitual. No me enamoré, no sentí nada nuevo y decidí dejarlo. Cerrar el círculo. Volver a mi reclusión. A la espera de milagros. El de Silvia ya lo daba por perdido. Y más cuando la vi de nuevo con Pierre. Pero esta vez no se mostraban sólo como amigos. Para Pierre debía ser la primera vez que se emparejaba con una chica, aunque esta aventura parecía más un alarde de despecho que una verdadera inquietud emocional. Pero era hábil y seductor. Eran jóvenes, con muchas incertidumbres en los intestinos. Lo comprendía perfectamente, pelillos a la mar. Lo que me ha destrozado por dentro es la noticia de la muerte de Silvia. No llevaban ni quince días juntos. Nadie sospecha que pudieran reñir, tan amigos y fraternales desde hacía años. Nadie sabe que Silvia era uno de mis deseos de infinitud. Nadie percibió mi intimidad con Pierre. Todo discurrió de forma muy discreta. Los periódicos sólo dijeron que una escaladora había sufrido un accidente mortal en compañía de su novio. Un deporte arriesgado. Los que buscan su interior en las alturas de las montañas. Pierre, consternado. Aparentemente. No lo quise aceptar, no soy tan crédulo. Algunos accidentes tienen causas si se sabe buscarlas. Y yo era el culpable último de que se apagasen los latidos de aquella dulce incógnita. No puedo dormir. Es muy tarde. Nada ahí fuera tiene las respuestas.

cosas que me ponen contento:
olvidarme del día de la semana que es hoy
porque no dejo de pensar en sus labios
lujuriosos
sentarme en la playa a contemplar mujeres
joviales y esplendorosas mientras leo un libro
de epistemología
salir a correr con Luis hacia esos crepúsculos rosados
de primavera y que Luis me diga que repito
mucho la palabra ‘paradojas’
aquellas manifestaciones donde se coreaban
canciones embriagadoras y por las que mamá
temía una peligrosa revolución
hacer planes, improvisar, deshacer los planes,
provocar, convocar y revocar los desconchones
del alma
ver películas líricas, tener sueños eróticos,
escribir listas

No quiero morir en la carretera. Como todas esas
alimañas que yacen sobre el asfalto en su mancha roja.
No quiero morir. Aunque hay días que me siento
como si resucitara. Me han matado muchas veces
pero las balas me han atravesado. Y me miro perplejo.
Extrañado por los nuevos orificios y porque sigo
sobreviviendo a las balas, los días y los asesinos
de tres al cuarto. No sé si les falla la puntería o si
mi corazón va por libre y las esquiva ágil cual androide
de Matrix. En serio, no quiero morir. Ni contemplarme
horadado, ni enorgullecerme de mis fracasos como
ese edificio de Sanchinarro con el vientre perforado.
Y juro por Borges que no se trata sólo de mi yo poético
que ya sufre bastantes metástasis el pobre, a mi pesar.
Estoy harto de morir. De morir viajando, trabajando,
fracasando, denunciando, opositando. También es cierto
que, como buen inconformista, me hartaría fácilmente
de lo contrario. Así que no tomen esto como una queja.
Es sólo una declaración de amor.

Echo tanto de menos el aburrimiento. La mente
en blanco marfil, la consolación de la naturaleza.
Mucho más que el descanso, que vacaciones
programadas con sus fechas, horas de comidas, rutinas.
Un regazo, un remanso de paz bajo la piel
de cocodrilo, los lentos crepúsculos estivales.
Y aquellas ilusiones ópticas que salpicaban la noche
en que nos dimos las manos y la juventud a sorbos.

Hoy ha sido un buen día. He descubierto
que todas las tristezas son pasajeras y yo
sólo un polizón a bordo. Que no pierdo nada
por seguir aspirando a una vida sublime.
Y que el mar está lleno de peces que se besan
infinitamente sin la más mínima irritación.
Qué envidia, sí señor. Y qué ejemplo: sumergirse,
tener agallas, hacer gorgoritos, gimnasia pasiva.
No sé cuánto durará este optimismo ultramarino, pero
congelaré una ración para tiempos de escasez.
Ayer sólo deseaba ternura. Es cursi, ya lo sé.
Podría decir: un masaje después de sacar músculo,
o caricias de calentamiento. Pero prefiero ternura.
Es más inconmensurable, infinita, no irritante.
Y de momento no la anuncian por ahí, que yo sepa,
a la venta en cápsulas rojas de atractivo placebo.
Así que cerré los ojos y le pregunté a Ángel González,
ese poeta que cita su propio nombre en los poemas
y que se parece, en lo prosaico, al mío: Miguel Martínez.
Ojalá fuéramos alter egos. Le volveré a preguntar
la próxima vez. Mientras esperaba las respuestas
hoy he descubierto que era el funk de James Brown,
sonando por la radio, lo que aplastó del todo
mi crisis existencial. Bien pensado, también es un nombre
prosaico. Qué paradoja, pues: esos locos prosaicos
inventando sustancias para la inmortalidad, trances
psicoactivos, soles de amor propio en almas reacias
a la soledad. Hoy se ha disipado el dolor.
Como las nieblas del aeropuerto y esos bonos regalo
de miles de kilómetros. Y te abrazo toda la noche
aunque también te desvanezcas como el humo,
maldita mi suerte, un buen día cualquiera.

Antes de que nuestros signos se tornen fósiles
y comulguen con la extinción de las especies.
Antes de que las garantías procesales urdan
una mueca armada de sentencias implacables.
Es preciso negociar nuestro método hipotecario.
Por una razón de salud pública. Las epidemias
de vanidad son las amantes más fieles.
El método, pues: interrogantes como ¿para qué
quieres vivir? Preceptos como: te doy distinto
a lo que me das (si es que sabemos lo que nos damos).
Sueños: derecho inalienable (Freud dixit).
En mi página en blanco he escrito: no estoy conforme
con los animales bivalvos ni con las rémoras.
Quiero las perlas y los latidos en mi paladar,
y los quiero ahora. No me importa el interés.

Aquella mañana de domingo no dejó de sonar el teléfono. Con voz indecisa y apocada, transmitían sus más sentidas condolencias familiares, amistades y, con gran afluencia, gente del gremio: profesores, escritores y algunos cargos públicos con quienes el fallecido mantenía oscuros vínculos. Mantenía y seguía manteniendo, pues el finado sólo lo era a efectos periodísticos. A este lado del periódico, el supuesto fiambre contemplaba atónito la broma de mal gusto y, una y otra vez, se repeinaba con sus manos los mofletes y el pelo canoso con la ira del estafado y la obsesión de un cirujano plástico. Alguien con perversa ojeriza había insertado en la edición dominical una esquela con su nombre, su flamante cargo académico y toda una retahíla de sentidos pésames por parte de sus familiares y allegados. En realidad se trataba de tres esquelas, pues el autor de tan falsas plañideras lo había planificado todo con sumo cuidado. Una, firmada por la familia; otra, por compañeros de su departamento universitario; otra, por la asociación gallega de arte dramático a la cual “habría enaltecido” el difunto con sus “inolvidables piezas teatrales”. La retórica, no por convincente, debía faltar a la verdad, arguyó agazapado en su modesta ocurrencia el auténtico emisor y pagador –nunca mejor gastado, se reafirmó- de aquellos rectángulos ominosos. Recordaba al respecto un buen número de dramáticas reuniones de departamento insultantemente ensayadas y escenificadas por cada uno de los figurantes que le rendían pleitesía al ahora ya ex-director para tantos colegas de profesión que ni siquiera consideraron necesaria la llamada de rigor, pero a cuyo funeral no dudarían en asistir –¡menudo acto social, no se puede faltar! Él siempre daba sus órdenes antes de la función: con palabras parcas pero con todos los gestos de su cuerpo anunciando el chantaje de turno. A buen entendedor… solía recalcar con su cara de póquer. Pero ese domingo, aún con las legañas vigentes de buen padre de familia, las tostadas con mermelada se le habían atragantado. Nunca imaginó tamaña venganza. Sobre todo ahora, justo cuando su hija mayor, aún universitaria pero a la que todos le auguraban ya la misma senda de éxitos literarios y académicos marcada por su progenitor, había contraído una súbita e implacable parálisis facial.
Me cago en su padre, se lamentó con su exquisita educación de ilustre familia burguesa. Será hijo de perra, regurgitó ya con los ademanes que le caracterizaban cuando se disponía a descuartizar a una de sus humildes presas: aspirantes a profesor, en su gran mayoría; aunque una docena de ingenuas becarias –siempre jovencitas, sólo mujeres, son las más listas- también habían sentido en sus carnes la presión de aquella personalidad trituradora. Rápidamente hizo un repaso de todos los malnacidos a los que se les podría haber ocurrido aquel atentado contra las leyes de la demografía. La lista era larga, muy larga, muchos años de ejercicios de cintura para mantener en alto el buen nombre de la institución que representaba, su propia imagen de intelectual comprometido y llegar, por fin, a la cumbre: a la cátedra, primero, que ya pronto dejaría de resistírsele, y a alguna vicerrectoría, después, en un futuro no muy lejano. Entre un manojo y otro de nombres entonaba su rutinaria letanía de hombre sensato: si hubieran sabido negociar y trabajar en equipo no se tendrían que haber marchado, aquellos niñatos eran ambiciosos y mimados, no tenían ni idea del trabajo duro que nos ha tocado padecer a algunos para abrirnos camino… lo que nadie podrá negar es que he conseguido consolidar un grupo bien majo de profesores donde hace veinte años tan sólo había un desierto… La universidad española es así. Dura lex, sed lex. Sólo que una ley de hierro no escrita: tramar alianzas, reunir acólitos, transaccionar con favores, despedir a los díscolos, y, sobre todo, contratar a dedo. ¿Por qué habrá tanto filólogo con ansias de celebridad pero tan analfabeto y poco razonable con las cosas cotidianas? Así no van a ir a ninguna parte -esos integristas, me cago en su estampa-, tarde o temprano daré con él, será alguno de los que recurrieron en tribunales. Aunque todos perdieron, se tranquilizó por momentos con su típica satisfacción alexitímica. Ahora, muchos de aquellos que fueron expulsados del departamento se dedicaban profesionalmente a la literatura, tenían sus bitácoras en internet o habían logrado colocarse en otras universidades, repartidos por medio mundo. Alguna pista le delataría, ya caerá.
Lo que era evidente es que el daño ya estaba hecho. Y no podría contraatacar con esas mismas armas tan sucias. Ni tampoco perdería el tiempo ni el prestigio en preguntar en el periódico. La red de soplones es amplia, ya llegaría la revancha. Más que nada, para que aprenda de una vez, que escarmiente por el bien de todos, así no se puede ir por la vida, qué ejemplo vamos a dar. Lo peor de todo fue comprobar que muchos de quienes llamaron por teléfono aquella mañana dominical no hacían más que cumplir con el ritual esperado de interesarse por cualquier anomalía que les sucediese a sus colegas, como si de una cuenta corriente o de inversiones en Bolsa se tratase. Amigos, lo que se dice amigos, sólo le quedaban al difunto virtual los más ligeros de cascos, los que nunca departían acerca de las entrañas ni discutían sobre los trapos sucios, allá cada cual con los suyos. Esa barrera moral sin atisbo de conflicto entre las caravanas del camping de costumbre, sin una palabra de afecto más altisonante que otra. Esos moribundos en vida que se acompañaban cada fin de semana bebiendo vino y comiendo pulpo con los carrillos sonrosados. Los que siempre estarán ahí. Los que te dejan en paz para leer tu novela favorita, porque eres un tipo sensible, de eso no cabe duda, alguien importante que ha dado lo mejor de sus letras a la nación, a la organización universitaria, a una espléndida descendencia filial, ya quisieran otros. Y, de repente, se vio en el trance de improvisar una especie de discurso de despedida, haciendo balance, poniéndose nota, con las mismas artimañas que siempre le habían dejado bien parado en todo enjuiciamiento público, pero con los latidos acelerados, con una fuerte angustia en el pecho como si le fuesen a desconectar del oxígeno asistido de un momento a otro. Maldita la sombra que le parió.

Me alimento con las hierbas del olvido
y queso azul como un examen de analogías.
Remite la fiebre como si de fondo danzaran
las espadas arcanas en sus quimeras de ingenio.
Husmeo la primavera en el futuro imperfecto
que delatan los ánimos volubles y la menta.
Salto con pértigas por las calles. Aún es febrero,
hay témpanos y ese aroma a café tostado
que viene de la fábrica del río. Veo tu torso
desnudo y playas lánguidas en mis ojos.
Deseo acurrucarme en mi infancia, ese océano
de medicinas naturales sin domicilio.
Es hora del vientre que forjará armonías tenaces
y un firmamento donde se esparcen fortunas.

Apenas hay gente por los pasillos. Ya son casi las cuatro de la mañana. Me avisó un pelín tarde, es normal, pero hice lo posible por llegar cuanto antes. En esta planta no se observan tensiones. El personal parece tranquilo, aunque tampoco da la sensación de ser de noche. Hay tanta luz. Aquí no paran de trabajar, nunca es de noche. No sé cómo pueden estar así. A mí me dan ganas de morderme las uñas. La verdad es que no es para tanto. En algún rincón de mis tripas también comprendo esos gestos moderadamente optimistas. Los de los acompañantes y los de las enfermeras. No es la felicidad, pero sí una especie de inquietud comedida. Como si todos estuviésemos en un umbral. Sabiendo que estamos a punto de cruzar al otro lado, pero todavía en este. Imagino que hasta que no pasen a la habitación y escuchen los llantos de los bebés, no se apaciguarán del todo. O no. No sé. Es la primera vez. Y, encima, en estas circunstancias tan extrañas.
A Jaione no le han ido del todo mal las cosas. Acabó brillantemente la carrera en Deusto y después, sólo por gusto, comenzó el doctorado en un departamento de la universidad pública. No lo soportó ni tres meses. En cuanto se cercioró del veneno que se lanzaban unos a otros (hunos, solía recordar con sorna), se puso a preparar oposiciones a Hacienda. Y enseguida se colocó, para mayor satisfacción de sus padres. Era de una familia acomodada de Bilbao. Siempre habían confiado en ella, así que siempre le dejaron hacer a su modo. Hija única, eso sí. Un mundo que a mí, en todo caso, me quedaba muy lejos. Yo había llegado a Logroño casi de casualidad. Tuve una oferta laboral en un gimnasio y una buena excusa para abandonar los humos de Madrid. Venía del barrio de la Concepción, nada más y nada menos. Con todas sus calles de vírgenes, y yo siempre tan recalcitrantemente ateo. Pero que más da ahora. La primera vez que supe de la existencia de Jaione fue charlando en un bar con una amiga suya, Nuria. Habían estudiado juntas en Bilbao y se seguían encontrando varias veces al año. Nuria me gustó desde el primer día en que conversamos en el gimnasio. Pero Nuria acababa de ser mamá y sus hijas tenían a su papá, y ella tenía un nombre demasiado normal y todo un porte bien arraigado en la trama social de esta pequeña ciudad, que no me incitaron a arriesgarme. Así que tapamos todos esos deseos con mucha paja de agradable amistad.
El nombre de Jaione me resultó exótico desde el primer momento. Y de Bilbao sólo tenía lejanas reminiscencias de un viaje familiar en mi infancia. Humos, niebla y una ría ennegrecida en el centro. Nada que ver con la primera visita consciente de hace ya casi un año. Edificios esplendorosos y el mismo hormigueo del metro que en Madrid. Tal vez un poco menos cosmopolita. Me pareció. Eso sí, los ojos verdosos y el pelo agresivamente castaño y arrubiado de Jaione me dejaron sin aliento desde el primer instante. Ella nunca quiso decir qué le parecía yo. Era parte de su declaración de independencia. La había cultivado con mimo. Nadie se la arrebataría. Tenía treinta años recién cumplidos e iba tomando sus decisiones una a una. Sin prisas. Lo celebramos hasta bien entrada la noche. Las calles, encharcadas, recibiendo la primavera. Al llegar a su casa, Nuria se despidió sin dilaciones. Jaione, tentadora y firme como una diosa, me invitó a su habitación. Para qué perder el tiempo bebiendo un par de horas más.
Comenzamos a encontrarnos de forma sistemática, casi rutinaria. Cada semana o cada quince días. Eres un lobo solitario, y peligroso, fue casi todo lo íntimo que me dijo. Pero ella no quería ataduras. Yo tampoco. Ocho años emparejado me habían dejado mella. En Madrid me había negado a tener hijos. No era el lugar. Se respiraban los cuchillos en el aire, la velocidad en las venas. Al final, mi antigua compañera encontró a un hombre menos pesimista, con su cuenta corriente más saneada, más sibarita, qué se yo. Jaione me estaba rescatando de mi pozo de máquinas de fitness, mancuernas y una mayoría de usuarios monótonos, siete horas al día. Pero después de quedarse embarazada ya sólo nos vimos en un par de ocasiones. Para ultimar los detalles.
Cuando Nuria me habló de la posibilidad de ser algo así como un “padre de alquiler”, me sorprendió. Y me hizo reflexionar. ¿Cómo lo haría, si es que lo haría? Desde luego, Nuria tenía chispa. Nunca te aburrías con ella, siempre excitaba tu curiosidad, tus principios éticos. Yo puse mis condiciones. Aquel día, entre risas y con una incipiente complicidad. No quería convertirme en un padre anónimo. Desaparecer. Es un derecho conocer a quien, finalmente, a pesar de los pesares, has decidido crear. Asumir tu humilde dosis de autoría y de ejemplaridad en este mundo. Y al decirlo, se me desató un ancestral nudo en el estómago. Jaione quería el niño para ella sola. Para ser ella la responsable, la sustentadora principal, como dicen los abogados. Tampoco quería un padre anónimo, extraído al azar de un banco de semen. Le parecía repugnantemente industrial. Así que nuestro trato fue transparente. Yo podría visitar al niño, o la niña, un día cada tres meses, pero nada más. Y ella respetaría los deseos del niño, o la niña, por estar más tiempo con su padre, a medida que creciera. Nada más. Pero Jaione sería la única que ejercería de madre y de padre a la vez. Esa era su constitución. Y debió confiar en mi juramento.
No sé si hay niños preciosos o no. Todo en ellos está por decidir. Son como muñecos con muchas vidas que se bifurcan. Sigo nervioso. Jaione sí que estaba preciosa, como siempre. Menos mal que no han venido sus padres. Nos hemos puesto a sonreír y a llorar como dos magdalenas. Todo ha ido bien. Era de esperar, dado el brillante currículo de Jaione. Me sorprende que la libertad dé estos frutos. No he podido evitarlo. Después de balbucear varias frases sin sentido, la he abrazado y le he dicho un tímido “te quiero”. Era la primera vez. Luego, me he marchado. Con una mezcla de jugos en las entrañas. No es la felicidad, pero no está mal. Hay poca gente por los pasillos de la planta. He llamado a Nuria, para que avise a los padres de Jaione. Esto sí que es un umbral. Ahora no albergo ninguna duda. Cumpliré mi juramento. Esas dos hermosas criaturas se lo merecen todo.

Al subirse al vagón, contoneándose con los gestos de torpeza que se esperan de quien acarrea algunas bolsas de equipaje e intenta conservar el equilibrio frente al traqueteo y la inercia del movimiento, le preguntó con una voz tímida y educada:
-Perdona, ¿sabes si es necesario ocupar el asiento que está numerado en el billete? Es que habiendo tantas plazas vacías…
Y dejó la frase a medias, indecisa, frugal, como si albergase la esperanza de que esa nube en el aire fuera rellenada con algo más que con una respuesta tajante y funcional. Acabaron sentándose juntos. Al principio, eran las frases de ida y vuelta las que parecían torpes, tambaleadas por el ajetreo del tren y por el movimiento fugaz, inquieto, explorador, de los ojos. Después, comenzaron a lanzarse envites de silencios, muecas, insinuaciones. Él se remangaba mostrando sus antebrazos desnudos, como si le abrasara el calor artificial del escenario. Ella bajó la cremallera de su chaqueta como el presentador de un circo que va mostrando con repiques de tambor, poco a poco, el cuello de una jirafa, descendiendo hasta el umbral de unos senos dulces y discretos. Ninguno quería dar una señal inequívoca, el banderín de salida, ruido de motores. Tan sólo un pensamiento difuso se percibía flotando entre sus dos cavidades imaginarias: cerrar los ojos, acariciar lo prohibido, apagar la voz superflua.
Fue ella quien comenzó a auscultar los pechos de él, rozando suavemente con las yemas de sus dedos cada pliegue, cada fibra y ligamento, justo por debajo del jersey fino, algo ajustado y de cuello alto, que vestía. No los territorios más fáciles, las piernas, el pelo, las manos, no la sonrisa codificada, repetida. Desde la última palabra que había cortado el tiempo, había sido necesario un esfuerzo de concentración por mantener la densidad de los hilos de cristal que habían tejido. A la vez que sentía los cambios de temperatura a lo largo y ancho del abdomen y de su mullido humus pectoral, se iba encontrando con matojos de minúsculos pelos erizados como por una brisa de otoño, esos días grises al lado del río, y él le ayudaba tragando saliva, repartiendo su aliento sin brusquedad para evitar que se alejasen los pájaros de su corazón. Pero la música celestial que les aisló automáticamente del entorno se convertía en arena cada vez que sus abrazos explotaban con el temor añadido a desgastar la frágil superficie de sus labios, a anudar demasiado fuerte las velas, a encallar. Enseguida recordaban ese juramento hipocrático llevado a sus últimas consecuencias, al regalo del placer, a insuflar vida como un fuelle a un brasero, ese juramento redactado en la complicidad de su efímera soberanía. Y las arenas volvían a erguirse en fortalezas, juegos de manos, armisticios, erecciones, acoplamientos como arabescos, el resto del tren a lo suyo. Los aceros al rojo vivo y la velocidad aliñaban con su máscara de algodón.
Cuando regresaron de aquel retrete aún no maltratado por demasiados viajeros y olores, y en donde encontraron cobijo los diamantes de su éxtasis y las frutas que mordieron en el clímax, todo se había paralizado. No había tripulación, ni usuarios del transporte público, ni maletas ni maletines, nada, ni tan siquiera movimiento. Podía ser un efecto óptico, que sus pupilas aún estuviesen impregnadas de rosas, canela, secreciones corporales y lujuria. Pero un golpe fresco de luz salada les anunció que hacía bastantes minutos que el tren había llegado a su destino y que alguien lo había abandonado con más pertenencias que las portadas al embarcar. Naufragaron en aquel robo de identidades, de tarjetas de crédito, de ropa interior y de cepillos de dientes. No sabían qué sentir. Aunque eso nunca se sabe, por eso se sentían bien y mal, de nieve y congelados, salvajes y elegantes, dignos como el desahuciado que vaga con la mirada acusadora y con la bondad del ido. Tampoco necesitaron mirarse mutuamente, ya se habían bebido todas las preguntas, uno las del otro, y viceversa, y su mezcla yacía plácida entre los jazmines de sus órganos digestivos. Acabaron abrigándose junto a ese niño emanado de su jardín inmóvil en un banco de la estación, cayendo en la somnolencia profunda del almíbar aún residente en sus paladares, hasta que llegó un guardia rudo y corpulento que les amenazó con el lenguaje de su porra: “aquí no se puede dormir, sólo podéis permanecer sentados”.

cuál será la obsesión de la próxima semana:
las uñas rotas, los codos secos, el medicamento
para regenerar el sistema inmunológico, aunque eso
es imposible desde fuera, sólo siento -sólo escucho-
rage against the machine, la novela de más de
cuatrocientas páginas interminable, la amnesia
de la televisión al volver exhausto del trabajo, boxeadores,
el mundo hecho una mierda, un veinte por ciento más
de países donde se violan los derechos humanos,
esto sólo es un refugio nuclear, estás al borde,
down, depressed, stressed, ella no te quiere, y tú para qué
quieres que te quieran, búscate otra obsesión,
obras de arte, gastar dinero, sushi, cada vez hay más
como tú, al borde de los cuarenta, de la crisis
de inmortalidad, justo ahora cuando empezabas
a creer en Parménides, en la repetición de cada gesto,
en el amor a la rutina, la forma de cerrarse la puerta,
el tiempo de encenderse la lámpara, los personajes
que te cruzas a la misma hora cada día, la asquerosa
fiebre de poder de todos esos zorros sin escrúpulos,
el camino de espinas, el opio de las religiones, los racistas,
todo tan natural, como el alba lacerante, como esa lluvia
milagrosa que no acaba de llenar los pantanos ocres,
como el pelo que crece y que te cortas, el mismo
ciclo de repeticiones, el pánico al vacío,
a las facturas, a las parejas, a la policía, al crimen,
pero es que no se dan cuenta de que la cárcel
está aquí fuera, incinerando las ilusiones,
esas miradas pálidas, arrugadas, sin chispa,
cómo pueden conformarse con esas migajas,
yo quiero ser un DJ, quiero ser un pinchadiscos
y susurrarte al oído que la libertad te dará
verdades, no aquellos lemas de muertos

quienes han escarbado perseverantes en el humus de los litigios
primordiales hasta limar las asperezas de su propia piel
abrasan las venas de la especie insurgente
ante las sodomías del diluvio de mercancías
quienes han cruzado charcos y aduanas y epistemologías
con la ingenuidad invulnerable de los invertebrados
multiplican nuestras zancadas por una constante
universal que yace en el lecho de la razón onírica
quienes no entregan los niños a las policías del pensamiento
porque los saben montañas preñadas de arquitectura y melodía
inventan el astrolabio y el timonel de nuestros besos
entre arrecifes y campos minados y asientos contables
quienes pergeñan el pálpito y la ternura bajo las avalanchas
y las lenguas bífidas hasta la impugnación del sacrificio
nos ilustran acerca de la soberanía de lo que dignifica
y da esplendor y primaveras y gestos prolíficos
-nadie en exclusiva puede repartir esa dicha ni los cuidados
paliativos ni la rebeldía que la auspicia en su equilibrio-

tallar, con esmero, cada segundo de éxtasis,
cada plegaria, congelar la luz, las esencias manando
de la nuca, entre los muslos, oficiar
la celebración del pálpito a borbotones, la lujuria,
moldear con escayola los pezones, la mirada
salina, cada espasmo de buenaventura, morder
los muslos, la luz tenue, la nuca, un pezón, dos plegarias,
tres latidos salvajes, dar tregua, reanudar las afinidades,
adivinar cuáles son las palabras tabú, la pragmática
prohibida, la gramática que inyecta la confianza
en vena, las mil imágenes de cada pronunciación,
beber agua

olor húmedo a mandarina
entre los dedos
saber quererse a uno mismo
sin método
-esa titánica asignatura-
deseo de un abrazo desnudo
fuerte
como un cinturón con pinchos
gorriones resistentes
a las primeras heladas líricas
epístolas
cronómetros
vida de chatarra
-suspendida y cuarteada-
en el festín de tu sublime iridiscencia
renace la savia frente al precipicio de la nada
Gracias a este blog sabrás qué pasa en mi vida.
¿O será lo que pasa en la tuya?
Las ficciones son sólo un pretexto
para que nos miremos a través del espejo.
En este blog los coloretes de las palabras no llevan a ningún sitio.
Son licencias ornamentales.
Este es un blog para compartir animales, plantas y cosas que me emocionan.

aquella noche le brillaban los ojos como joyas,
como embalses, pero no quiso esconderlos
a las decenas de miradas que le interpelaban
en las escaleras del metro, en cada vagón,
entre el tumulto, a dónde vas, qué anhelas,
cuáles son tus coartadas, pero no quiso esconderse
de su memoria, de las melodías hipnóticas
que repercutían en su tristeza, las cadencias otoñales
de George Winston, esos lamentos de Antony,
aquellos blues de Ali Farka Touré & Ry Cooder,
Nick Cave, otra vez, qué animal con secretos
se escondía indomable, infranqueable tras la luz
que escupían sus poros y era salpicada por la lluvia
tenaz, Madrid, Puerta del Sol, diciembre,
tantos años a cuestas y esa mirada en guerra,
de niño ávido por desvelar las cartas marcadas
de tantas niñas en guerra, sus lenguas cortantes
en La Boca del Lobo, los cuerpos húmedos,
no podría esconderse, hacerse invisible, mobiliario
urbano, para conocer las armas de la seducción
debía jugar en la oscuridad, bailar hasta la muerte,
apostar sus ojos, arriesgarse a perder y vagar,
pagar las copas a siete euros, recubrir con algodón
sus pepitas de oro, se subió al búho, abrió el periódico
por el artículo sobre los “low cost” que había dejado
a medias y volvió, somnoliento, seguro, a una casa
que flotaba sobre los mapas

tenías el don de la palabra
y yo sólo te ofrecí puntos suspensivos
buceaste en mis ojos sin oxígeno asistido
y yo sólo me abracé a la perla de mi secreto
despejaste una utopía entre la maleza de instantes
y yo sólo añadía más incógnitas al calendario
arropabas con tu dicha mi melancolía
y yo sólo sucumbía al terror de mis fantasmas
te alejaste con la templanza de los héroes anónimos
y yo seguía librando batallas contra el viento

Mañana tengo que llevar el coche al taller. Tendré que avisar de que llegaré tarde a la reunión, pero no puedo faltar. Ya está bien de dejar que sean los mismos los que cortan el bacalao. Aún recuerdo la última vez que me tomé una semana en Praga y a mi vuelta habían decidido cambiar a todo el mundo de despacho. ¿Sí? hola corazón, ¿qué tal te va con tu nuevo jefe? por cierto, que te hice caso y apunté a los niños a la academia de inglés que me recomendaste, a ver si así van aprendiendo algo, hija, porque en la escuela parece que este año han vuelto a estudiar los números del uno al diez… ya, ya, qué te voy a decir a ti, que eres profesora… ah, disculpa, cielo, pero te tengo que dejar que estoy en el banco haciendo unas gestiones, ya te llamo a la tarde por si quieres ir al cine cuando salgas del gimnasio, un beso. Para una mañana que me pido de asuntos propios y ya llevo aquí más de dos horas perdidas para negociar la dichosa hipoteca. Esto es un torbellino y yo parezco la mujer araña. Creo que las próximas vacaciones me iré a una isla paradisíaca, si es que queda alguna, para tumbarme a la bartola todo lo que pueda, nada de museos, ni festivales, ni tiendas de campaña ni amantes deportistas, qué cansancio sólo de pensarlo. No quiero ni acordarme del último fotógrafo que conocí por internet, vaya caso, más me valdría iniciar relaciones con un notario, si es que hay alguno que no sea un muermo, claro. Si lo peor, por mucho que diga mi madre, es enamorarse: ¿para eso tanto estudiar? Que me quiten lo bailao, pero a mí no me vuelven a cazar. Entre los hombres, los niños y la casa, al final dime tú cuando tienes un momento para leer un libro tranquilamente. Y, encima, en la asociación se han vuelto locos y quieren que comencemos una huelga de hambre para protestar por el despido de los mediadores. ¡Lo que me faltaba! Lo único bueno que le veo a la iniciativa es no tener que hacer la compra de la semana. Le voy a mandar un “sms” a la secretaria para decirles que tienen todo mi apoyo moral, esa gente sí que se lo merece, no como otros lameculos. Dos horas aquí clavada, esto es la hostia. En fin, a veces el tiempo corre de forma desesperante y todavía me quedan un montón de cosas por resolver hoy. ¿Sí, es mi turno?
¿Adónde vais en esta noche helada,
camaradas de subvenciones europeas,
qué os desvela a vuestra edad de tortugas?
Vamos a coger el avión de las vibraciones infinitas
en otro vaso de orgasmos flotando
en espumas de icebergs y ojos hambrientos.
Nos lo ha dicho Governor Andy, ese doctor
que nos ha inoculado reggae como anestesia,
durante horas de sudor y de ojos hambrientos.
Enseguida nos reconocimos, la sangre caliente
como lobos esteparios, la risa floja, basta de dioses
y de intelectualismos, brindemos por la ciencia.
En cada aeropuerto te espera una ración de danza
hasta la extenuación, mi cómplice, mi dulce
trance vagabundo, recuerda a los Speak Low
en Madrid, a los del Mojo Project en Sevilla, a aquellas
negras soberbias en Pekín. Lárgate de esos
frígidos aeropuertos, vamos a buscar los ojos
negros y hambrientos y afilados como el tiempo
que sólo quieres quemar pronto. ¿Ya habéis
encontrado la piedra filosofal de la eterna juventud,
eh, vosotros, los viajantes, los rumiantes inquietos?
Tan sólo hallamos redes inalámbricas, la memoria
efímera y colectiva de la próxima masturbación
y la vida apretada con fuerza en un puño
como la piedra que lanzarías hacia arriba.
Ahora es fácil traducirnos, cambiarnos de lugar,
mimar nuestras frágiles esencias, el baile las moldea
y la noche comienza a las tres en el círculo polar.

El hombre tranquilo había aprendido a sobreponerse al estruendo ambiental. Tras unos años de juvenil desconcierto y de dar tumbos entre las múltiples obligaciones miserables que le imponía su medio social, comenzó a depurar sus ideas, a tomar decisiones contundentes con el firme propósito de hacer su vida más fácil y plena. Su recogimiento ascético pronto le apartó de bodas, despedidas de soltero, comuniones, bautizos, entierros, comidas protocolarias, partidos de fútbol y demás eventos sociales en los que sentía un tedio profundo, aunque sin animadversión alguna por todos cuantos se dejaban arrastrar por su inercia.
No confió su malestar a ningún dios ni a ninguna ideología al uso. Prefirió inventar su propio camino, lo cual conllevaba, inevitablemente, una actitud de desconfianza ante el atisbo de estar compartiéndolo con embaucadores de cualquier calaña. El hombre tranquilo necesitaba vaciarse de toda aquélla rémora de palabras ideales -‘felicidad’, ‘orden’, ‘amor’, ‘bien’, ‘libertad’- que desde la más tierna infancia habían pretendido inocularle. No obstante, fue creando su propio mundo interior, sembrándolo de dudas y meditaciones que apenas musitaba ni, por supuesto, osaba intercambiar con extraños. Para qué echar más leña al fuego de un mundo tan caótico y lleno de encendidas iras y beligerancias por doquier.
En su periplo, lento e imparable, aprendió a deshilvanar una realidad a la que no le encontraba más sentido que el de las leyes que regían la naturaleza del resto de seres y cosas no humanos. Así, sin dejar de vestirse ni de utilizar la luz eléctrica, cada vez más sus gestos se turbaban con afán reflexivo en pos de formas de vida más austeras que le librasen de la esclavitud del comercio y de las agresiones de otros hombres. Al cabo de unos años de perseverancia, el hombre tranquilo consiguió despedirse de la gran mayoría de personas con las que había intimado en alguna ocasión y apenas constaban unos pocos renglones en su agenda de contactos. Sólo esa mínima expresión en su agenda lo consideró como un gran mérito, pues era fácil percibir que muchos otros de sus coetáneos habían adquirido un semejante grado de soledad sin habérselo propuesto y, en consecuencia, se sentían irremediablemente desdichados.
Sus empeños por acrecentar esa esfera de paz que le iba inundando poco a poco, lejos de adormecerlo, avivaron su astucia y pragmatismo. Resuelto a no trabajar más que lo estrictamente necesario y a no someter el trabajo de nadie a sus caprichos o ambiciones, descubrió en un país lejano la existencia de un filón de primitivas criaturas fosilizadas cuyas inverosímiles figuras constituían un preciado objeto de deleite artístico para algunos de sus congéneres humanos. Se dedicó a su extracción y venta a coleccionistas de todo el mundo, siempre manteniendo un extremo sigilo y discreción pues, de hecho, era una actividad modesta que practicaba una sola vez al año. El viaje era preparado con toda delicadeza, enrolándose en algún barco de mercancías las más de las veces, y recogiendo entre los fósiles sólo un ejemplar minúsculo y deslumbrante cada vez. Después elegía el lugar del mundo que visitaría para desprenderse de la ansiada roca y, al poco, regresar a su morada. Aunque su retraimiento le había llevado a instalarse lejos del barullo urbano y a autoabastecerse en una gran medida, con el dinero conseguido por aquella insólita transacción anual cubría de sobra cualquier otra necesidad material o cultural que pudiese surgir. Como contrapartida, cada uno de aquellos desplazamientos le proporcionaba texturas más complejas a su ya acusado silencio. Las líneas profundas de su rostro y su mirada inquieta se iban alimentando de todas las gentes, lenguas, casas y parajes que inspeccionaba, pero se resistían a devolver nada. Ni una opinión, ni un consejo, ni una preferencia; nada que pudiera, por acaso, empeorar su vida propia o la de sus acompañantes eventuales.
El hombre tranquilo era consciente de que su modo de vida no estaba exento de riesgos. Podría sufrir un accidente o enfermar gravemente. Podrían impedirle o gravarle de forma insostenible su secreta actividad espeleológica. Una guerra o una catástrofe medioambiental también podrían obstaculizarle el acceso a sus acantilados de tesoros naturales. Podría ser expulsado de su casa por una nueva carretera que la atravesase en dos sin contemplaciones. Podría enamorarse.
Sin embargo, nada de ello le preocupaba en exceso. El miedo se había disipado como la niebla el mismo día en que había decidido tomar las riendas de su vida. Pocos imaginaban que aquel hombre tranquilo un día sentiría vértigo al recordar todo lo que había cambiado y lo mucho que le quedaba por hacer.

Los vi mientras esperaba en la cola de la caja número dos. No los había deseado antes. Ni siquiera había reparado en su existencia cuando, en otras ocasiones, hacía la compra con hastío y disciplina por igual. Aunque en las últimas semanas la irritación de la garganta iba a más, la opción de tomar caramelos de eucalipto estaba lejos de mis cábalas acerca del remedio más adecuado. Un destello fugaz en la memoria me retrotrajo a aquellos domingos de la infancia en los que matábamos el tiempo eligiendo y degustando golosinas de variadas texturas y colores. Y estos dos paquetes de caramelos, por favor, añadí al silencio rutinario y a los códigos de barras antes de abonar mi avituallamiento semanal.
El fin de semana anterior había sido propicio para echar candados y soltar lágrimas. Nos habíamos dejado. Es un eufemismo, ya lo sé. Ella te deja, yo lo dejo, nosotros nos dejamos, y no sabemos ni el qué, ni el porqué. Es como un fenómeno meteorológico más, imprevisto, pero necesario, natural. Por alguna extraña razón, los fines de semana se prestan a ese tipo de escenas: vamos a hablar de lo nuestro, pero si no tenemos nada de qué hablar, es que tengo dudas, pues lo dejamos y ya veremos más adelante. Durante los días laborables todo fluía con menos turbulencias. El trabajo nos parecía sagrado. Como un templo a salvo de llamadas de teléfono de cariz amoroso. Y, cuando las había, eran mínimas y concisas como la pólvora a punto de incendiarse. Y, cuando llegaba la noche, cada humano animal calculaba con tiento y astucia los deseos propios y los recíprocos, o cerraba los ojos plácidamente.
Los caramelos mentolados esos me entretenían como si de una droga del olvido se tratase. Jugaba a trasladarlos de un carrillo a otro. Forzaba su adherencia a las encías y me divertía creando prominencias perceptibles desde el exterior. Entrenaba la mandíbula, ensalivaba con frecuencia y hasta me sentía más ligero y ocurrente. Comprobaba en los espejos, en cuestión de segundos, si mi nueva imagen podía competir con la seguridad misteriosa que parecían transmitir los fumadores empedernidos. En todo caso, las decenas de ingredientes no identificados que constaban en el envoltorio de mis caramelos no inspiraban, que se diga, una gran tranquilidad.
Enseguida descubrí el punto de máximo placer e inquietud. El momento justo en el que pasas de saborear una unidad clara y distinta, para encontrarte de bruces con una miríada de pedazos en tu paladar. Poco a poco, empecé a paralizar mi lengua todo lo posible antes de que se resquebrajase la última lámina frágil en la que se había convertido el caramelo. Como si de un rito tántrico se tratase, de esos en los que se inmoviliza mentalmente la eyaculación al objeto, dicen, de prolongar el éxtasis. En realidad, más que descubrir tales divertimentos, tan sólo reconocía con más atención lo que alguna vez ya había sentido. Nada es nuevo, pero hasta lo más viejo te puede volver a sorprender. Ese punto de ruptura reclamaba toda mi concentración, se transformaba en un estado mental de lucidez. Era como el umbral desde el que asomarse perplejo a la vida siempre a punto de quebrarse, al mundo, siempre lleno de cristales rotos. Como esos domingos de la infancia, como ese domingo en que dejamos de lamernos las heridas.

llego al final del libro –Estrategias del deseo, Peri Rossi-
y vuelvo a empezar, por si me había perdido algo
-una batalla memorable, un resplandor, unas gotas
de esencia de enebro-
mientras, he ido doblando las esquinas de las páginas
más luminosas, como quien subraya los apuntes
del profesor,
pero sólo las esquinas superiores: no admito
siameses, dos buenos poemas consecutivos
-cuándo tendría tiempo para su digestión-
al paso también he ido podando las marcas publicitarias
y toda escena poco erótica,
para qué me sirve si no me rasga las vestiduras
ni multiplica mis deseos hasta el rubor, y el grito
-para no dar envidia a los vecinos, ya me he cerciorado
de que la música esté bien alta-
por fin, lo he comprendido todo: nadie me ha embriagado,
no hay nadie a quien pedirle la cuenta,
ella ya está de vuelta, ya lo sabía: esa fuerza motriz
siempre es fugaz, intermitente -¡solitaria!-
si gana, pierde; si pierde, no se deja ganar,
sólo busca un libro en blanco, cada vez

hoy, que no existes, que sólo eres la primera lluvia
de septiembre, que ni te imagino, con quien he sentido
el júbilo de encontrarnos por azar y el peso ligero de mis huesos
y mis movimientos cuando nos hemos despedido, hoy,
a años luz del día en que me dí de baja de la cola de mendigos,
no dejo de interrogarme: ¿qué puedo aprender de ti, mi zafiro?
¿qué puedo aprender de nuestra tierra en común?
¿en qué facetas podría crecer junto a ti antes de morirme en vida?
¿por qué sólo te deseo como una experiencia artística?
hoy aprecio mi equilibrio ante el movimiento de rotación
de un planeta que está lleno de locos, mis pisoteados conjuntos
de puntos que sustentan ese equilibrio, la dinamo que me imprime
luz y arrojo, combustibles líquidos, sólidos y gaseosos,
todo ese magma que cobra un orden natural cuando lo digieres,
y duermes, y respiras, y tragas, y exhalas sentimientos sublimes,
pensamientos generosos, nuevas líneas de horizonte

entre la máxima quietud y el máximo insomnio
de la tormenta desatada por volver a verte, por incardinar
en tu vientre neurálgico las palabras de sedación,
por fosforescer a tu lado en los eternos crepúsculos de agosto,
entre la máxima ausencia del apocalipsis a largo plazo y su tiempo
lánguido e imprevisto como una víbora para las víboras, como tantos
que se beberían la sangre, y nuestra máxima sudoración
de lujuria, presta a zambullirse, a la zalamería, a que las lenguas
se relaman con los mismos trocitos de hielo del presente,
entre el torbellino de ojos y fechas de entrega, de empellones
y lluvia de misiles fugaces, que te zarandea, que aturde,
y el torbellino en el que entras y sales, como un anfibio,
dulcemente, hasta que el placer ha erosionado toda tu dermis,
toda tu resistencia al desorden orgásmico del sol, del ser,
del apaciguamiento telúrico que llega a tus pies descalzos,
estamos, vivimos, es una frontera, no es simple ni banal
pero es simple también, el punto de condensación del mundo

os necesitaba conmigo, camino del este
entre los surcos baldíos y las preguntas con olor a lavanda
en nuestra condición primitiva de arañas
seres acuáticos, saurios, alumbradores
a la sombra del vértigo, de los vigilantes carroñeros
en el corazón frágil de las aguas más sabias, veloces
como la conciencia de lo efímero
como lo aprendido con las yemas de los dedos
siervos de la libre promiscuidad, siervos
de las almendras, los atardeceres, el humo y el ruido
de los festejos rutinarios, para ebrios, a lo lejos
ese verano, ya lo sabremos, dimos un buen estirón
y acariciamos metros y metros de nuestra infancia
Lo que nos une es frágil.
Siempre a punto de quebrarse a causa de mis torpezas y mis indefiniciones.
¿Adónde voy? ¿Cuánto podremos ir juntos?
Cuanto más lejos te encuentras de tu casa, cuanto menos entiendes a tu alrededor, más claramente distingues lo esencial.
Un abrazo, la confianza incondicional, la integridad personal.
¿Y si ya no tienes casa? ¿Será eso igual de esencial?
Lo que nos une no es tangible, pero es de este mundo: necesita víveres, una linterna, bosques, semáforos.
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