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Se muestran los artículos pertenecientes al tema otras inspiraciones artísticas.

extracto de "Los amores confiados", una novela de Luisgé Martín

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"En una de esas noches en las que fui a recogerle a la cafetería del tanatorio, Markus me contó la historia terrible -o inventada- de una mujer colombiana a la que acababa de acompañar en el velatorio de su esposo muerto. Llevaba viviendo en España seis años. A los pocos días de llegar había conocido en una iglesia a un compatriota suyo del que se había enamorado perdidamente y con el que se había casado enseguida, al cabo de unos meses. La mujer, según Markus, llevaba una fotografía de la boda apretada al pecho. En ella se veía a la pareja posando en el pasillo de la capilla, delante del altar. Ella, sonriente, lucía un vestido blanco corto lleno de encajes y de volantes, y en las manos sujetaba un ramo poco nupcial de claveles o de flores parecidas. El hombre, con la piel de color café, muy guapo, tenía un bigotito fino y miraba a la cámara desafiante, orgulloso, con esa prestancia algo arrogante que tienen algunos infelices en su grandes ceremonias. El traje negro, seguramente alquilado o prestado por alguien, le caía con tanta apostura sobre el cuerpo que Markus se acercó a examinar el cadáver para comprobar qué se había hecho de toda esa belleza.

 

La pareja pasó, al parecer, varios años dichosos. Él trabajaba de camarero en una discoteca frecuentada por latinoamericanos en la que se bailaban cumbias, guarachas, danzones, guajiras y habaneras, y ella estaba empleada en una empresa de limpiezas que la mandaba a fregar y dar lustre en grandes edificios de oficinas y centros comerciales. Habían alquilado un piso pequeño en una de las ciudades dormitorio del sur de Madrid y, aunque deseaban tener algún hijo en el futuro, habían ido aplazando la fecundación hasta que su situación económica les permitiera un poco de bienestar. Eran muy religiosos, al modo casi fanático en que lo son los pobres o los ignorantes, y todos los lunes, miércoles y domingos, supersticiosamente, acudían a misa y a unas reuniones de catequesis en la iglesia en la que se habían conocido. En el vestíbulo de su casa, además, tenían un pequeño altarcillo lleno de imágenes de vírgenes y de santos ante el que se arrodillaban cada noche para rezar.

 

El el quinto año de matrimonio, la mujer comenzó a sospechar que él la engañaba con algunas clientas de la discoteca, pues aunque seguía cumpliendo con todos los deberes conyugales -el temperamento latino, la sangre caribeña-, había empezado a regresar a casa a horarios desacostumbrados y tenía a veces en el cuerpo olores raros, de perfume o de jabones que no eran suyos. Del dinero de su paga, además, faltaba siempre algo y no conseguían ahorrar a final de mes. Ella, que no tenía familia ni demasiados amigos en España, sintió pánico de quedarse sola y, sobre todo, de que el hombre al que amaba rompiera su corazón para siempre. Y entonces se atrevió a pedirle a un detective privado, cuyas oficinas limpiaba cada día, que le ayudase a descubrir si su esposo se veía con alguien. No tenía dinero y no podía pagarle, pero Markus estaba seguro de que en algún momento le recompensó carnalmente por sus servicios, pues en esos estados de desesperación no se guardan escrúpulos morales, incluso aunque lo que se entregue sea parecido a lo que se deplora. El detective accedió a espiarle y, sin mucho esfuerzo, comprobó que las sospechas de ella eran ciertas: su esposo llevaba una vida bastante libertina. En el informe que le entregó a la mujer -tan pulcro y documentado como el que preparaba para los clientes habituales- había fotos de él besándose en la discoteca con mulatas exuberantes y una descripción detallada de otros comportamientos menos inocentes. Ella, abrumada, le contó todo al padre espiritual que tenían en la iglesia, quien reprendió enseguida, escandalizado, al pecador. El hombre, entonces, se quitó la vida disparándose en el corazón con una pistola que tenía el dueño de la discoteca en la caja fuerte donde guardaba la recaudación. Las palabras que debió de decirle el cura, amenazándole con un infierno lleno de tormentos y una eternidad en la que no se acabarían las torturas corporales y los sufrimientos del alma -las dulzuras con las que bendicen siempre los doctores de la Iglesia a quienes contravienen sus enseñanzas, según Markus-, alimentaron sus remordimientos hasta la muerte. No se atrevió a volver a casa y mirar a su esposa a la cara. Se mató antes de que la vergüenza le destruyera. ’Qué más me daba a mí’, decía la viuda en la sala del tanatorio, abrazada a Markus y sollozando, ’qué más me daba con quién se encamara. Yo sé que a pesar de todo era a mí a quien quería.’"

 

Luisgé Martín, Los amores confiados (2005)

 

Fotografía: Nan Goldin

08/12/2012 12:05. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

extractos de "Los amores confiados", una novela de Luisgé Martín

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"La confianza que Diego me tuvo a partir de aquel momento duró muy poco. Ya no volvió a haber reposo entre nosotros. Si me sorprendía mirando a alguien, aunque fuera descuidadamente, se enrabiaba como un niño o caía en un estado depresivo que le impedía dormir y le baldaba por completo. Cuando estábamos en un restaurante o en una cafetería, yo no debía mostrar nunca demasiada simpatía hacia los camareros, sobre todo si eran jóvenes, ni podía fisgar con los ojos por las otras mesas del local, como me ha gustado hacer siempre, pues en ese caso me acusaba de desatención o de galanteo. En la calle tenía que caminar con la vista al frente y un poco caída, girándome sólo para hablarle a él, si iba a mi lado, o para comrpobar que no venían coches cuando quería cruzar la calzada. Cualquier amistad extraña que yo tuviera -un compañero nuevo de trabajo, un conocido al que saludaba por la calle con afectuosidad o un vecino de gestos amanerados- era motivo de malicia y tenía que ser en consecuencia refutada por mí con signos de desprecio o de desinterés para evitar sospechas: de uno decía que estaba casado, aunque no lo estuviese, de otro que me resultaba desagradable o que había envejecido en exceso, de un tercero que había contraído el sida por su promiscuidad, incluso si dicho individuo era ejemplo de castidad y no había tenido nunca relaciones sexuales.

 

Diego espiaba cada uno de mis movimientos con es ofuscación que sólo puede ser engendrada por un miedo terrible. Enseguida me di cuenta, además, de que su obsesión creaba en mí otra obsesión igual: le observaba mientras estaba vigilándome, imaginaba que curioseaba a hurtadillas en mis papeles, en busca de secretos, presentía sus argucias y sus inquietudes, y, en algunas ocasiones, le escudriñaba yo a él para asegurarme de que sus investigaciones no llegaban demasiado lejos. A veces me preocupaba más de interpretar el papel que me correspondía, fingiendo lealtad con una exageración de actor de opereta, que de explicarle a Diego cuáles eran mis sentimientos y mis devociones. Él sólo me culpaba de algo en circunstancias extraordinarias, cuando el temple de sus nervios se desmoronaba y, como los locos, comenzaba a tener delirios. El resto del tiempo lo pasaba callado, custodiándome a escondidas y aguardando el momento en que la traición fuera por fin demostrada. (...)

 

-Cada vez que imagino que alguien pone una mano en tu cuerpo y te acaricia -me dijo un día, poco antes de que nos separásemos- siento como si el estómago se me hubiese llenado de serpientes que me estuviesen devorando hasta matarme.

 

Diego no tenía costumbre de de hacer filigranas literarias al hablar, pero si recuerdo con minuciosidad esa frase verbosa y expresionista no es por sus virtudes poéticas, sino por el terror con que la dijo. Tenía los ojos muy abiertos, como si lo que quisiera mirar estuviese dentro de él. Su gesto se parecía al de esos actores de cine que en las películas ven espectros o criaturas sobrenaturales que les hielan el corazón. Estaba enajenado, despavorido, igual que los poseídos por el diablo. Me di cuenta entonces de que un hecho que para mí era insignificante, casi trivial, a Diego podía llevarle al desvarío o a la muerte. Sólo le engañé en una ocasión, pero podría haberlo hecho muchas más veces sin que los remordimientos me desvelaran por ello. La circunstancia de que alguien que no fuese él me acariciara me parecía algo venial, ridículo, y, aunque no perseguí jamas lances así, por el respeto que le tenía, tampoco los evité nunca. En realidad siempre le fui fiel por mi fealdad, y no por mi rectitud. No apruebo que alguien comparta la vida con dos personas al mismo tiempo, ocultando a una de la ellas la existencia de la otra, ni siquiera estoy ya seguro de que la promiscuidad sexual sea benéfica o inevitable, como alguna vez sostuve, pero el amancebamiento ocasional, la fornicación o la putería de una noche me parecen placeres indispensables para la salud del cuerpo y del espíritu. No hay ninguna carne que merezca ser sagrada ni ninguna castidad por la que deban celebrarse ordalías o entablarse discordias. Las traiciones verdaderas, como saben incluso los más puritanos, son de otra especie. Balbino Carpintero, el hombre que en la Nochevieja de 1993 le arrancó los ojos al cadáver de la mujer a la que acababa de matar en una discoteca, según contaba la noticia de prensa que yo recorté y guardé en mis carpatacios, solía discursear mucho sobre ese asunto. En casi todas las entrevistas que tuve con él en la cárcel, muchos años después de que cometiera su crimen y de que yo me separase de Diego, me hablaba con amargura de las infidelidades de su esposa quien, aunque nunca se había acostado con ningún otro hombre mientras estuvieron casados, compartía sus secretos y sus aspiraciones con una o dos amigas a las que hacía confidencias que a Balbino nunca se atrevía a hacerle."

 

Luisgé Martín, Los amores confiados (2005)

 

Fotografía: Nan Goldin

Mi querida bicicleta (dos fragmentos de un relato de Miguel Delibes)

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"Me alejaba de nuevo, sorteaba el cenador, topaba con la casa, giraba a la izquierda, recorría el largo trayecto junto a la tapia hasta alcanzar el fondo del jardín para regresar al paseo central. Mi padre iba ya caminando lentamente hacia el porche.

—Es que no me atrevo. ¡Párame tú! —supliqué al fin.

Las nubes sombrías nublaron mi vista cuando oí la voz llena de mi padre a mis espaldas:

—Has de hacerlo tú solo. Si no, no aprenderás nunca. Cuando sientas hambre sube a comer.

Y allí me dejó solo, entre el cielo y la tierra, con la conciencia clara de que no podía estar dándole vueltas al jardín eternamente, de que en uno u otro momento tendría que apearme; es más, con el convencimiento de que en el momento en que lo intentara me iría al suelo. Entre las ramas se oían los gorjeos de los gorriones y los silbidos de los mirlos como una burla, mas yo seguía pedaleando como un autómata, bordeando la línea de la tapia, sorteando las enredaderas colgantes del cenador. ¿Cuántas vueltas daría? ¿Cien? ¿Doscientas? Es imposible calcularlas pero yo sabía que ya era por la tarde. Oía jugar a mis hermanos en el patio delantero, la voz de mi madre preguntando por mí, la de mi padre tranquilizándola, y persuadido de que únicamente la preocupación de mi madre hubiera podido salvarme, fui adquiriendo conciencia de que no quedaba otro remedio que apearme sin ayuda, de que nadie iba a mover un dedo para facilitarme las cosas; incluso tuve un anticipo de lo que había de ser la lucha por la vida en el sentido de que nunca me ayudaría nadie a bajar de la bicicleta, de que en este como en otros apuros tendría que ingeniármelas por mí mismo. Movido por este convencimiento, pensé que el lugar más adecuado para el aterrizaje era el cenador. Debería llegar hasta él muy despacio, frenar junto a la mesa de piedra, afianzar la mano en su superficie y, una vez seguro, levantar la pierna y apearme. Pero el miedo suele imponerse a la previsión y, a la vuelta siguiente, cuando frené e intenté sostenerme en la mesa, la bicicleta se inclinó del lado opuesto, y yo me vi obligado a dar una pedalada rápida para reanudar la marcha. Luego, cada vez que decidía detenerme, me asaltaba el temor de caerme y así seguí dando vueltas incansablemente hasta que el sol se puso y ya, sin pensármelo dos veces, arremetí contra un seto de boj, la rueda delantera se enrayó con las ramas y yo me apeé tranquilamente.

Mi padre ya venía a buscarme.

—¿Qué?

—Bien.

—¿Te has bajado tú solo?

—Claro.

Me dio en el pestorejo una palmada cariñosa. (...)

 

Pero cuando la bicicleta se me reveló como un vehículo eficaz, de amplias posibilidades, cuya autonomía dependía de la energía de mis piernas, fue el día que me enamoré. Dos seres enamorados, separados y sin dinero, lo tenían en realidad muy difícil en 1941. Yo veraneaba en Molledo-Portolín (Santander) y Ángeles, mi novia, en Sedano (Burgos), a cien kilómetros de distancia. ¿Cómo reunirnos? El transporte, además de caro, era muy complicado: ferrocarril y autocar, con dos trasbordos en el trayecto. Los ahorros míos, si daban para pagar el viaje no daban para pagar el alojamiento en Sedano; una de dos. ¿Qué hacer? Así pensé en la bicicleta como transporte adecuado que no ocasionaba otro gasto que el de mis músculos. De modo que le puse a mi novia un telegrama que decía: ’Llegaré miércoles tarde en bicicleta; búscame alojamiento; te quiere, Miguel’. Creo que la declaración amorosa sobraba en esa circunstancia puesto que el cariño estaba suficientemente demostrado pero la generosidad de la juventud nunca tuvo límites. El miércoles, antes de amanecer, amarré en el soporte de la bici dos calzoncillos, dos camisas y un cepillo de dientes y me lancé a la aventura. Aún evoco con nostalgia mi paso entre dos luces por los pueblecitos dormidos de Santa Olalla y Bárcena de Pie de Concha, antes de abocar a la Hoz de Reinosa, cuya subida, de quince kilómetros, aunque poco pronunicada, me dejó para el arrastre. Solo, sin testigos, mis pretendidas facultades de escalador se desvanecieron. En compensación, del alto de Reinosa a Corconte -veintitantos kilómetros- fue una sucesión de tumbos donde la inercia de cada bajada me proporcionaba casi la energía necesaria para ascender el repecho siguiente. Aquellos primeros años de la década de los cuarenta, con el país arruinado, sin automóviles ni carburante, fueron el reinado de la bicicleta. Otro ciclista, al que algún que otro peatón, un perro, un afilador, los chirriones acarreando yerba en las proximidades de los pueblos, eran los únicos obstáculos de la ruta. Recuerdo aquel primer viaje de los que hice a Sedano, como un día feliz. Sol amable, bruma ligera, brisa tibia, la bicicleta rodando sola, sin manos, varga abajo, un grato aroma a heno y boñiga seca estimulándome. Me parece recordar que cantaba a voz en cuello, con mi mal oído proverbial, fragmentos de zarzuelas sin temor a ser escuchado por nadie, sintiéndome dueño del mundo."

 

Miguel Delibes, Mi querida bicicleta (1988)

 

Julian Barnes' characters about love, sex and friendship

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"Stuart: My marriage -my second one, my American one- ended in divorce after five years. Now in England the voice-over would go, ’His marriage failed after five years.’ I mean the voice-over in your own head, the one that comments on your life as you live it. But in the States the voice-over went, ’His marriage succeeded for five years.’ They’re a nation of serial marriers, the Americans. (...)

 

Gillian: There was this suggestion in the papers recently that marriage should be treated as a business. Romance never lasts, they said, so couples should negotiate the terms of their partnership in advance: all the conditions and clauses, rights and duties. Actually, it doesn’t sound to me like a new idea at all. It reminds me of those old Dutch paintings -husband and wife side by side, gazing out at the world a little complacently, the wife sometimes holding the purse. Marriage as business: look at our profits. Well, I absolutely don’t agree. What’s the point if the romance isn’t still there? What would be the profit if I didn’t want to come back to Oliver every evening? Of course, we talk about arrangements a lot. That’s like any normal marriage. Children, shopping, meals, pick-up times, homework, television, the school run, money, holidays. Then we fall into bed and don’t have sex. Sorry, that’s one of Oliver’s jokes. At the end of a long day, when work’s been a problem and the girls have been a handful, he’ll say, ¡Let’s just fall into bed and not have sex.’ (...)

 

Stuart: Friendship can be more complicated than marriage, if you ask me. I mean, marriage, that’s the ultimate challenge for most people, isn’t it? The moment when you put your whole life on the line, when you say, here I am, this is what I stand for, I’ll give you everything I’ve got. I don’t mean worldly goods, I mean heart and soul. In other words, we’re aiming for a hundred percent, aren’t we? Now we may not get that hundred percent, most likely we won’t, or we might get it for a while and then settle for less, but we’ll be aware of that figure, that completeness, existing. What used to be called an ideal. I guess we call it a target nowadays. And then when things go wrong, when the percentage drops below an agreed target figure -say fifty percent- you have this thing called divorce. But with friendship, it’s not so simple, is it? You meet someone, you like them, you do things together -and you’re friends. But you don’t have a ceremony saying you are, and you don’t have a target. And sometimes you’re only friends because you have friends in common. And there are friends you don’t see for a while who you pick up straight away, right where you left off; and others where you have to start all over again. And there’s no divorce. I mean, you can quarrel, but that’s another thing. (...)

 

Gillian: The rule about married sex, if you’re interested -and you may not be- is that after a few years you aren’t allowed to do anything you haven’t done before. Yes, I know, I’ve read all those articles and advice columns about how to spice up your sex-life, about getting him to buy you special underwear, and sometimes just having a romantic candlelit dinner for two, and setting aside quality time to be together, and I just laugh because life isn’t like that. My life, anyway. Quality time? There’s always another load of washing. Our sex-life is... friendly. Do you know what I mean? Yes, I can see that you do. Perhaps all too well. We’re partners in the act. We enjoy one another’s company in the act. We do our best for one another, we look after one another in the act. Our sex life is... friendly. I’m sure there are worse things. Much worse. Have I put you off? He or she beside you has had their light oput for some time now. They’re doing that breathing which is meant to sound like sleep but doesn’t really. You probably said, ’I’ll just finish this bit,’ and got a friendly grunt in reply, but then you read on a bit longer than you thought. But it doesn’t matter now, does it? Because I’ve put you off. You don’t feel like sex any more. Do you?"

 

Julian Barnes, Love, etc. (2000)

 

Ilustración: Emilce Fuenzalida

 

16/09/2012 16:37. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

extracto de un cuento de Vlady Kociancich

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"Cuando su editor le anunció que la novela ya aceptada no se publicaría, Alejandra, impecablemente vestida, clara como la rosa de la publicidad del maquillaje, cruzadas las piernas en displicente exhibición de medias francesas y zapatos italianos de taco alto, se había echado a reír con su risa apaciguante, cálida.

 

-Otro libro que engrosa mi biblioteca inédita.

 

No se enojó, no reclamó. Aunque esa novela le había dado un sentido a su mustia vida cotidiana. Tal vez porque escribirla era olvidarse. Tal vez porque escribiendo para otros sentía la necesaria frescura del deseo, unas gotas de agua en la tormenta de arena que duraba dos años. Francamente, ya no tenía importancia. La novela se había sumado a la lista de conflictos inútiles que Alejandra, cada día más sabia, eliminaba de su visión del mundo.

 

¿Para qué publicar otro libro si tantos se estaban publicando? ¿Para qué esforzarse? En escribir. En publicar. En levantarse de la cama. En alimentarse. En caminar. En hablar. Miles de millones de seres humanos lo hacían, ciegos a las monstruosas cifras del crecimiento demográfico, fieles al sueño de ser únicos, de ser indispensables.

 

Y Alejandra se ruborizó.

 

-Qué egoísmo -dijo, mirando la taza-. Estar viva sin ganas, ocupando un lugar en un planeta donde sobra la gente."

 

Vlady Kociancich, Cuando leas esta carta, 1998

 

Fotografía: Julie de Waroquier

10/08/2012 22:47. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Deseo de ser punk

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“Algunas cosas duelen y no se pasan. Tendrás treinta y cincuenta años, y una parte de ti seguirá estando triste por los días en que no pudiste ser la reina de una fiesta, o por otros motivos que ahora no sabemos. Y aunque tu novio de ese momento te abrace muy fuerte, notarás que tu pena sigue. Hay una parte donde nunca nos abrazan. Aunque nos quieran muchísimo. Esa parte está ahí, esa pena. Y nadie llega a tocarla nunca. (…) Necesitamos un sitio adonde ir. ¿Cuánto cuesta una casa vacía? Hay millones de casas vacías. Los adolescentes las necesitamos. Una casa para cada cien adolescentes y seguirían sobrando millones de ellas. O un local de los que se alquilan y llevan meses cerrados. Un sitio de todos y de nadie, donde no haya que pagar por estar ni consumir algo ni matricularse en un curso ni entregar un carnet. (…) Si un tipo empieza a contarme algo y me convence, sigo con él aunque su libro tenga quinientas páginas. Cuando lees, alguien está contigo contándote cosas. Y si ese alguien tiene actitud, o por lo menos intenta tenerla, le escuchas. No necesito que me cuenten cosas de ningún otro mundo. Nacer, morirse, la rabia, las cosas buenas, las putadas de este mundo son suficientes. (…) No nos convertiríamos en esos tipos con pinta de universitarios que había por todo el bar. Y además, ni falta que nos hacía. No quiero ser como ellos porque, si lo fuera, a lo mejor terminaba aceptando que esto no está tan mal. A veces es mejor que te empujen, que te pongan el collar de perro. Lo malo era que aunque nos convirtiésemos en otra cosa, daría igual, sería peor pero igual, empezaríamos a trabajar antes o nos iríamos a vivir a una casa okupa o a un pueblo abandonado, o dejaríamos la carrera a medias, o la terminaríamos y tendríamos un empleo de vender cosas por teléfono, o seríamos parados y paradas y deberíamos seguir en casa de nuestros padres aceptando trabajos de una semana o de un mes. Y si nos íbamos a una casa okupa, nos desalojarían y tendríamos que irnos a otra y luego a otra, y acabaríamos quemados, hartos, y ni siquiera seríamos capaces de llevar una cresta con púas para que nadie nos pasara la mano por la cabeza con compasión. (…) Para mí los mejores vídeos de todos son dos de los diez o doce que hay en la prisión de San Quentin. En uno [Johnny Cash] les canta a los presos el tema titulado justo así ’San Quentin’. Los presos están ahí delante, muy cerca, es un escenario que no es más que una pequeña tarima, mientras él va cantando cosas como ’San Quentin I hate every inch of you / San Quentin may you rot and burn in hell / may your walls fall and may I live to tell / San Quentin I hate every inch of you’. San Quentin, odio cada palmo de ti, San Quentin, ojalá te pudras y ardas en el infierno, ojalá tus paredes se vengan abajo y yo aún tenga vida para decir: San Quentin, odio cada palmo de ti. Supongo que me refiero a que una cosa son las canciones, que al fin y al cabo viven en el aire y se extinguen sin dejar huella, y otra cosa es cuando las canciones son verdad, no por lo que puedan ser, sino por lo que son, porque lo que él está diciendo en ese momento no le corresponde a él decirlo sino a esos tipos de película vestidos de azul grisáceo y que para nada son actores sino presos que, cuando Cash se vaya, van a seguir allí dentro durante montones de años.”

 

Belén Gopegui, Deseo de ser punk

 

 

Novela que invierte la lógica clásica de situar los momentos más intensos en el centro de la narración, para desplazarlos a los extremos. No obstante, la autora nos incita a meternos en la piel de una chica adolescente, reflexiva, crítica y con muchas ganas de salir de la normalidad y la alienación que percibe a su alrededor. Por medio de la música con sustancia, de valorar a las personas sinceras y comprometidas con otras personas, y de poner todo en cuarentena, podemos ver cómo germina un bello espíritu irreverente e insumiso. Hay mucha tristeza en el fondo, hastío, dolores sin digerir. A pesar de ello, también emergen destellos de luz, ganas de gritar y de vivir con dignidad, con compañerismo y sin alharacas su presente. En buena medida, hasta parece configurar cómo se van fraguando las ideas y sentimientos de una activista social, política o artística por despuntar. Un relato, en fin, verosímil y conmovedor, quizás con un exceso de referencias “culturales” y con menos aventuras de las que se pueden esperar al principio, pero con una prosa breve, fluida y en primera persona que facilita, en la lectura, vivenciar, o recrear en nuestro pasado adolescente, lo mismo sobre lo que medita la protagonista de la historia.

 

Fragmentos del regreso al pasado

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La segunda obra que leo de Raúl Guerra Garrido se titula El otoño siempre hiere (2000). Se trata de una reflexión sobre la vejez y la vecindad de la muerte, pero también nos interroga sobre la necesidad de la memoria y de las raíces de pertenencia a un lugar y a un clan familiar. El personaje principal, un escritor en torno a la edad oficial de jubilación, emprende un “último” viaje a la región del Bierzo en donde pasó gran parte de su infancia. El motivo de ese viaje es asistir al entierro de un tío que simboliza al último pariente que restaba vivo de la generación anterior por lo que la recua de primos supervivientes se perciben a sí mismos como si pasaran a la “primera línea de fuego”. En los dos días de velatorio y de entierro el protagonista tiene tiempo de sobra para rememorar múltiples fragmentos de su infancia añorada, de la amistad perdida, de las huellas que han dejado sus novelas, de las rencillas y alianzas familiares, de lo que aprendió de su abuelo (el aclamado patriarca del linaje), de las migraciones voluntarias y necesarias... Todo ello sazonado con abundante vino autóctono y con el tono provocador y nada pusilánime del narrador, aunque un tanto decadente y melancólico por momentos. El cuerpo ya no perdona y los achaques están para recordarle el inexorable final que, supone, no tardará en llegar. Algunos personajes que van abriendo conjeturas e intrigas, sin embargo, se pierden sin remisión entre esa jungla de introspecciones, también a veces algo reiterativas, y no se vuelve a saber de ellos. Demasiadas páginas, quizás, para una historia que va zozobrando hacia su final. No obstante, la chispa narrativa del escritor y las cavilaciones filosóficas de su avezado narrador, si es que no son el mismo, junto a su afán por diversas anécdotas a modo de pequeños cuentos intercalados, dejan un regusto agradable y sugerente. La elegante prosa, además, hace que la lectura sea fluida y nos transporte fácilmente a un paisaje leonés que, para mí, también constituye reminiscencias de una corta etapa de mi infancia. Pero no creo que ni los cerezos ni la libertad ni la inconsciencia del tiempo de aquellos días puedan mejorar la dulce madurez del presente. Sólo la declinación del futuro es lo que no queremos ver y aquí nuestros novelistas más veteranos no pueden evitar cierto tono oracular. El otoño, en fin, me regala siempre lluvias suaves, árboles luminosos y hongos comestibles que me resultan una delicia, aunque entiendo la metáfora socorrida y bien merece como refugio literario.

 

“Ningún cadáver nos informa de si hay vida más allá de la muerte, un conocimiento que como el de si hay vida en Marte sólo interesa a los especialistas en cuanto a lo de modificar sus cálculos. Los demás, la haya o no, en nada modificaremos nuestra conducta. Lo importante es conseguir que exista vida después del nacimiento, algo que sólo se consigue a fuerza de voluntad (y suerte). La vida es la trayectoria de esa voluntad (y suerte) entre dos hechos radicalmente involuntarios y aquello que más me aqueja es qué hacer en la jodida última etapa. La que sinuosa se desliza desde cuando, entre encerrarte a escribir un nuevo capítulo o salir a echar una partida de mus con los amigos, decides quedarte viendo la tele. Desde ahí a cuando descubres que no son tus manos las que manejan el papel higiénico, crueldad extrema. Físicamente quizá pueda soportar el dolor, pero la conciencia de tan inútil sufrimiento será insoportable. (…) Si naces en Madrid y vives en Bilbao, cuando toda tu familia es del Bierzo está claro que no eres de ningún sitio. Quizá sea hacer literatura, pero creo que la secuencia suprema de los westerns, el duelo a quién desenfunda antes, decidió mi identidad. Decidí ser el forastero, entre otras cosas porque del forastero es de quien siempre se enamora la chica. La felicidad siempre viene del otro lado de la frontera. Desde muy joven hice mía, sin conocerla hasta muchos años después, la cita de Hugo de San Victor, facedor de puentes o pontífice del siglo XII: ’El que encuentra que su patria es dulce no es más que un tierno principiante; aquel para el que cada suelo es como el suyo propio ya es fuerte, pero sólo es perfecto aquel para quien todo el ancho mundo es como un país extranjero.’ Así viví parte del ancho mundo, asumiendo y disfrutando, incluso enorgulleciéndome, de mi extranjería. Siempre, hasta hace poco, me fue cómoda tal condición. Hasta que empezaron a sonarme los huesos. Ahora, cuando el derrumbe de mi fortaleza física es ostensible, comienza a crecer el embrión de otra debilidad más peligrosa, empieza el gusanillo del conformismo a tantear con sus antenas en mis convicciones; creo, y cómo me cuesta el asumirlo, que me encantaría ser de mi pueblo.”

 

Raúl Guerra Garrido, El otoño siempre hiere

13/10/2010 00:16. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Rumba

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Otra película que me hizo reír y llorar en los estertores del verano fue esta casi teatral y casi muda Rumba (2008, Dominique Abel), que proyectaron en el ciclo de cine belga de la Filmoteca. Es una tragicomedia romántica algo lenta y exagerada por momentos, pero que está cargada de color, humor negro, coreografías y un amor frágil y robusto a la vez, por más que distintas desgracias lo acosen por el camino.

 

La comedia de la inocencia

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Esta película francesa, La comedia de la inocencia (2000, Raoul Ruiz), la descubrí este pasado verano y me dejó con el sabor fresco e inquietante del buen cine. Misteriosa y llena de omisiones y silencios bien ponderados, con un ademán casi psicoanalítico llena de ecos de Buñuel. Los actores juegan magistralmente sus simulacros dentro de varios reflejos especulares, como personajes que simulan ser otros personajes. Y de fondo numerosas preguntas acerca de los deseos y astucias de la infancia, de cuánto queremos y cómo, de verdad, a esos seres en constante desafío a sus potencialidades.

 

06/10/2010 15:53. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Buscando a Eric

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Nueva parábola político-moral de Ken Loach (y su guionista siamés, Paul Laverty) en su última película: Buscando a Eric (2009). Divertida, con sus ditirambos rocambolescos, como acostumbra, y personajes entrañables, en la línea de algunas de sus otras memorables filmaciones. Pero el aspecto épico del “working-class hero” que reaviva la máxima de “la unión hace la fuerza” y la filosofía dialéctica a la búsqueda de terceras vías posibles, no deja lugar a dudas. Es una didáctica parábola más del Loach de “Pan y rosas”, de “Tierra y libertad”, de “Riff Raff” y tantas otras. Y, en esta ocasión, con una madura dosificación del humor y del drama, de lo verosímil y de lo sorprendente. Entre esto último, la aparición del futbolista Eric Cantona en las alucinaciones esquizofrénicas del protagonista son todo un dechado de lucidez y buen humor. No menos reflexivas son las cuestiones que suscitan la maternidad y la paternidad en solitario, en un segundo plano aparentemente relegado por debajo de la sempiterna cuestión: ¿qué podemos hacer autónoma, justa y eficazmente, al margen del Estado y su monopolio de la violencia, contra aquellos (un caricaturizado mafioso, en este caso) que nos aplican su violencia en lo cotidiano? Hace años leí la respuesta de Saúl Alinsky que reproduce fielmente esta película con la ayuda contemporánea de los vídeos divulgados por internet. Pero no la adelanto aquí con ánimo de que vayáis a descubrirla en vivo (si es que esto es posible decirlo acerca de ver cine, aunque sea en una sala pública). La comercialización del fútbol, la adolescencia a la deriva, la amistad de corazón y el amor sincero son otras tantas vetas que descollan en la historia, con un realismo sutil y sin caer en sermones. En fin, una estimulante maravilla para todos los sentidos.

 

 

 

08/12/2009 00:52. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Gafas

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En el festival Cineuropa de Santiago de Compostela me he encontrado con esta inspiradora película: Megane (Gafas), dirigida por Naoko Ogigami (2007). La sinopsis oficial deja a la claras el argumento: “Es como pasar unas relajantes vacaciones en una playa japonesa, una historia que redescubre el placer de las cosas sencillas y lo estimulante que puede ser perder el tiempo contemplando el horizonte. Taeko, una profesora urbanita un tanto estresada, llega a un pequeño hotel junto al mar para pasar unas vacaciones. Regentado por el excéntrico Yuji, frecuentado por Haruna y espiritualmente inspirado por la misteriosa Sakura, el lugar funciona como un pequeño microcosmos donde los móviles no funcionan, echarse la siesta es casi obligatorio y la vida transcurre entre helados de judía roja, gimnasia matutina en la playa y cenas a base de langosta. Una película encantadora que deja una sonrisa permanente en los labios.” Hay muy poco drama en las escenas, escasos momentos de tensión, ausencia de conflictos serios. Sólo la turista perpleja ante la vida placentera que reina en el lugar suscita unos instantes de inquietud. Ella misma oculta las misteriosas causas que le impulsaron a retirarse a esa recóndita localidad costera donde la gente cultiva el campo, pesca y, sobre todo, come con delicadeza y deleite. La cámara de la directora se detiene una y otra vez en las comidas, en los silencios de las comidas, mostrando poéticamente toda su simplicidad, toda su necesidad. La señora Sakura sólo llega en primavera, antes de los monzones, sin equipaje alguno, y ofrece alegremente sus granizados a cambio de cualquier cosa que se le quiera dar en contraprestación, excepto dinero. También ameniza a diario una simpática especie de Tai-Chi compartida por nativos de todas las edades. Todo parece un prodigio de convivencia, de alimentos saludables y de meditaciones introspectivas contemplando la caída del sol. Eso es la vida y poco a poco asistimos a su redescubrimiento por la profesora visitante, por esa huésped que acaba abandonando su maleta de libros en una carretera y dejándose llevar por la cerveza compartida con una sonrisa, por los gestos de la reciprocidad. Todos han mirado en su pasado interior, en la muerte futura, en las ruinas de la civilización que les rodea no muy lejos de allí. Y, sin embargo, todos parecen darse cuenta de que la felicidad consiste en esa especie de “slow life”, de comunalidad respetuosa y del esfuerzo y los artificios imprescindibles para estirar el tiempo de vida. Ahí están los vasos comunicantes con el resto del mundo. Por eso no hay más huéspedes en los alojamientos turísticos de este humilde paraíso.

 

 

08/11/2009 21:21. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

El secreto de sus ojos

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La última película del argentino Juan José Campanella, El secreto de sus ojos (2009), juega en los umbrales de varios géneros (thriller, drama y comedia) hasta permitirnos tocar la médula de su narración: la memoria de oprobios y frustaciones. Consigna el director: “Me fascina la memoria. Cómo repercuten hoy en día decisiones que hemos tomado hace veinte, treinta años. La memoria que también puede ser la de una nación. (…) Quizá pueda ser una historia como ésta, una historia de crimen, pero principalmente de amor. De un amor en estado puro. De un amor que se terminó cuando era puro capullo, sin darle tiempo a haberse marchitado.” Pero no son suficientes ingredientes tan extremos: los actores nos hacen vibrar con sus rutinas y sus osadías, los amores cercenados son muy distintos cuando dependen de elecciones propias y cuando los causan brutalidades ajenas, los sentidos de la justicia discurren por caminos tortuosos. Más allá de interpretaciones tan verosímiles y de personajes tan viscerales, la película emociona, estremece y apela a nuestras dudas con sutileza. Y nos recuerda las trampas que tiene todo esfuerzo titánico por reconstruir la memoria de lo que todavía nos constituye.

 

 

 

Chet Baker

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Hace unas semanas proyectaban en Madrid el documental “Let’s Get Lost”, dirigido por Bruce Weber en 1988, así que estrenado por aquí con más de 20 años de retraso (si es que no se trata de una reposición por pasar desapercibido por entonces). En estas semanas habré visto una decena de películas más, pero ninguna le llega ni a los talones a aquella obra. Cierto es que la adulación que uno siente por la voz dulce y romántica de Chet Baker, tanto como por sus fraseados inmensos a la trompeta, hace mella en cualquier valoración juiciosa acerca de las experiencias artísticas que se van inoculando en nuestra vida. El documental es más que un simple bio-pic del talentoso jazzman. Es, sobre todo, una hilación soberbia de verdaderas fotografías en blanco y negro, evocadoras de la tristeza y derivas del protagonista. Acaricia al espectador tanto como a la ficción. Acaricia la ficción: juega a contar las cosas como si cada personaje, cada escenario y cada anécdota compendiasen historias morales, dramas históricos, perlas narrativas cazadas al vuelo. Acaricia al espectador: no hay ningún misterio sobre el que aleccionar, sabemos desde el principio que Chet Baker se suicidó a los 58 años, sabemos que deambulaba entre hoteles y mujeres y una galopante y temprana toxicomanía, sabemos que estuvo en la cárcel y se olvidó de sus hijos, sabemos, no obstante, que aún no sabemos casi nada. Y nos vamos dando cuenta después de que todas esas cartas se han puesto descubiertas sobre la mesa.

 

No hay interrogatorios. Su madre, sus amantes, sus hijos, su esposa, sus compañeros de oficio: todos adoran al hombre que también se adora a sí mismo, o eso pretende hacernos creer delante del espejo narcisista de la cámara. Sin embargo, el director nos muestra una admiración más trascendental, la de aquellos que reconocen a un músico con una fortaleza estética extraordinaria y, a la vez, a un ser humano profundamente débil, dependiente, sensible y perdido. El “James Dean” del jazz lo llegaron a denominar. Uno de los pioneros del “cool” jazz. Nunca imaginé todo eso por debajo de esas canciones tan limpias y amorosas durante tantas noches en vigilia. En una de las canciones a las que Baker entrega toda su oscuridad interna transmutada en sentidas entonaciones, dice: “imagination is funny (…) imagination is crazy (…) imagination is silly”. Chet Baker, a fin de cuentas, no quiere hacer cuentas con nada ni con nadie. La imaginación no le importa porque sabe que todo está ya saldado. Sólo le aplaca el alma el milagro que se produce cuando le escuchan atentamente, cuando sus melodías parecen venir a él sin esfuerzo y ese es todo lo que nos puede ofrecer. Bruce Weber tan sólo viaja con él en sus últimos conciertos por antros y garitos de costa a costa. Nos reparte los retratos de su pasado y las arrugas prematuras del presente, y allá nosotros.

 

La semana pasada me encontré la biografía de Chet Baker en italiano en el hostal de un hospital psiquiátrico de Milán. Había unos veinte ejemplares a disposición de los huéspedes ocasionales. Sólo unos días después de ver la película, así que me animé a la lectura. Pero lo que más me sorprendió fue el lema que presidía el hostal y el hospital en general: “Da viccino nessuno é normale” (De cerca, nadie es normal). Una herencia de las corrientes de la anti-psiquiatría, muy probablemente. ¿Cuánto de cerca podemos llegar a conocer a alguien? ¿Cuán probable es desequilibrarnos a las primeras de cambio? Nadie es normal, todos somos extraños. Nuestras búsquedas, además, están salpicadas por los momentos sublimes de los que consideramos menos cuerdos y fiables. Convivir con las contradicciones será todo un arte, al menos si ellas aceptan convivir con nosotros en idéntica proporción.

 

http://www.fileden.com/getfile.php?file_path=http://www.fileden.com/files/2009/10/15/2603989/12%20LET%27S%20GET%20LOST.mp3

 

16/10/2009 02:23. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Bailar sobre una baldosa

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El título de este libro de Jorge Riechmann aparecido el año pasado, tiene un título cautivador: Bailar sobre una baldosa. Una pista para ir resolviendo el enigma: sólo unos pocos, muy pocos, hacen del gozo de vivir un ejercicio de belleza, de reflexión sobre el mosaico que habitamos, y de alerta ante las señales de nuestra finitud ecológica. Voluntad de minoría, sí, pero también de agitación de mayorías. Riechmann juega a dos bandas. En una despliega toda una artillería de datos y citas sobre la actual catástrofe ecológica nunca antes experimentada en nuestro planeta (al menos, con la presencia de los homínidos). En paralelo nos muestra retazos de su biografía, aforismos de caminante, guijarros de ética, política y poética. Dice que persigue el sueño de Walter Benjamin de escribir un libro sólo con citas, pero no se resiste a darle su sentido a toda la enciclopédica recolección que hace de autores de todas las extracciones intelectuales posibles (desde la literatura hasta la sociología, la física, la neurología, etc.). Su empeño y desvelo tienen un enorme mérito. Y nos provee con una caja de herramientas cargada de sabiduría sosegada y de honestidad con sus propias convicciones en todos los órdenes de la vida. La vida, por delante de todo. Pero dentro de los límites de la naturaleza. Y la justicia y la utopía igualitaria como hilos de conexión entre todas las piezas de este collage. Para los adeptos, además, los ecos de Albert Camus o de René Char, rezumando por las cuatro esquinas. Para muestra, algunos botones:

 

“Lo que la poesía hace incesantemente es aproximar lo lejano, conectar lo desconectado, establecer vínculos que antes no existían. (…) El poeta no es un agente del orden. (…) Crear es descubrir nuevas metáforas.” (p.158)

 

“Hemos follado con diosas (que es lo que son todas y cada una de las mujeres durante un buen coito); y vamos a morir. Ante estos dos datos básicos de la existencia humana (mutatis mutandis para mujeres heterosexuales o varones homosexuales), todo lo demás palidece un poco.

 

Qué hermosa la etimología de follar: viene de la palabra latina follicare, respirar, jadear (derivada de follis, fuelle). De la misma raíz: holgar, holganza, huelga. Y de esta última la variante andaluza juerga.” (p. 388)

 

“Siempre habrá alguien a mi izquierda que me denuncie como derechista.” (p. 394)

 

“¿No convendría reparar en algo así como lo que -tentativamente- podríamos llamar acuerdo consigo mismo y con el cosmos? Esa especie de armonía, ¿no debería pesar mucho más que el aprecio o censura por nuestros méritos e iniciativas que recibamos por parte de la sociedad?

 

¿No deberían considerarse criterios decisivos de éxito o fracaso vital la veracidad con que uno vive su propia vida? ¿El grado en que contribuye a hacer mejor o peor la vida de la gente más cercana? ¿La felicidad subjetiva, el disfrute en la cotidianidad? (…) La pregunta decisiva es, a la postre: qué significa para mí vivir bien.” (p. 634)

 

 

 

Umbrales

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La última película de Cesc Gay lleva el irónico título de V.O.S (o sea, Versión Original Subtitulada, supuestamente) y, en consecuencia, desarrolla con mucho humor el rodaje de la misma película que estamos viendo. El bucle que genera es deconcertante por momentos, pero pronto se aprecia que hay dos historias entrelazadas como en una banda de Möebius. El director ha desdibujado a propósito el umbral entre ambas historias, pero esa edulcoración le añade una pizca de buen humor y sorpresa que mantiene activo y crítico al espectador. En el fondo del relato, pues, aparece la historia de un “making off” en el cual un director de cine está rodando una película y podemos distinguir ahí al tropel del equipo técnico de operarios trabajando en esa película, las entretelas de los escenarios y los ensayos de los actores. En ese plano se nos muestran las condiciones de trabajo de todo ese colectivo de jóvenes a la moda alternativa iniciándose en el mundo del cine, sometidos a las órdenes del director y de los productores, casi sin hablar, pero con gestos y guiños sutiles que son todo un poema. En el otro plano de la narración se nos ofrece un drama salpicado de escenas que parecen una parodia de las comedias románticas norteamericanas o de Bollywood, sin dejar de ser verosímiles. Menos mal que cada diez o quince minutos se vuelve al otro lado del telón para darnos el toque de humor y credibilidad que nos incita a relativizar muchos de los problemas que representan los personajes. Éstos son dos hombres y dos mujeres de mediana edad (jóvenes maduritos viviendo en Barcelona) cuyo drama no deja de ser singular, aunque ya manido con frecuencia en las pantallas. Por una parte, una pareja (él, profesor de cine y guionista; ella, promotora de una escuela infantil alternativa) que busca piso, se van a vivir juntos y, al poco tiempo, rompen su relación. Por otra parte, un chico (diseñador de páginas web) y una chica (de familia acomodada, con piso en propiedad o cedido por su familia) que han decidido tener un hijo “en común” pero sin tener una relación amorosa por medio ni vivir juntos, por lo menos hasta el momento en que lo intentan. De nuevo Cesc Gay se ha vuelto a lucir con sus tretas para hacernos comprender el cine y los típicos problemas sentimentales de profesionales acomodados de clase media desde la paradójica mirada de un profesional del cine de la misma condición social, al que no vemos pero que intuimos constantemente. Cine inteligente y sugerente aunque es una pena que no haya tiempo para conocer más detalles de los dramas de las dos parejas retratadas. Una excelente crítica que he leído sobre la película ahonda más en las mismas cuestiones y no escatima halagos para esta amena y recomendable cinta: http://babel36.wordpress.com/2009/07/12/v-o-s-cesc-gay-2009/

 

 

21/08/2009 14:46. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Huellas sonoras

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El verano pasa rápido o lánguido, según los momentos. Y no quisiera arrumbar en el trastero de la memoria aquellas músicas que me han conmovido (especialmente las degustadas en vivo). Como siempre, con la intención de que os surtan de pistas y tentaciones por si también os apetece acercaros a su vera. Por una parte, el prolífico Santiago Auserón, bajo su heterónimo de Juan Perro, sigue repartiendo sus zumos mestizos por los escenarios peninsulares. Se hace acompañar de tres músicos cubanos, pero no sólo de son e historias de desamor nos alimenta, sino que flirtea con el blues y el jazz y, por supuesto, sigue fiel al rock and roll y a las letras brillantes, incluso cuando traduce (véanse las magníficas versiones de Las Malas Lenguas, junto a su hermano Luis Auserón). Aunque le sobra la fama, bien merecida, no está de más recordar sus espacios virtuales: www.juanperro.net y www.lahuellasonora.com. Por otras latitudes, este año surgió una buena oportunidad para conocer el festival de Paredes de Coura, en Portugal, muy cerca de la frontera gallega. Aunque temo siempre atragantarme con tantos grupos seguidos en este tipo de eventos, la curiosidad por escuchar a Franz Ferdinand (www.franzferdinand.co.uk) y por hacerlo en medio de un frondoso valle –fluvial, fresco y verde a rabiar-, disipó toda duda. El ambiente era muy “popero” y post-adolescente, pero agradable y distendido, como suele ser habitual. El grupo estelar nos entregó abundantes raciones de temas épicos para bailar sin concesiones, con esa fuerte impronta electrónica que tienen ahora sus temas más pop-rock. Y entre los restantes grupos del día y de la noche, destacaría solamente a The Temper Trap (www.thetempertrap.net), unos australianos con melodías contundentes y un excelente vocalista que nos dieron la bienvenida por la tarde, a pesar de que merecían un lugar más elevado en el cartel del festival. En todo caso, quedan ahí los rastros para las mentes inquietas y nómadas que pobláis estos parajes.

 

 

 

14/08/2009 16:25. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

En los labios del agua

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“La noche que guardas en la mano, la noche que abres para acariciarme, me cubre como un manto navegable.

 

Voy hacia ti, lentamente. En la noche, el brillo de tus ojos me conduce. Veo tu rostro en ese sueño. Veo tu sonrisa. Me dices algo que no entiendo. Te ríes. Entonces me lo explicas con las manos, tocándome. Dibujas tu nombre en mi vientre, como un tatuaje, con letras por ti inventadas, que son caricias. Voy hacia ti, con infinita paciencia, como si un inmenso mar entero fuera la medida de este viaje. Voy de la orilla de mi cuerpo al tuyo. Tu sonrisa es mi viento favorable.

 

La noche en el hueco de tus manos canta como el mar, con furia. Llenas mi espalda con las huellas de un oleaje que entra suave y arañando se retira.”

 

Alberto Ruy Sánchez, En los labios del agua

 

 

Así comienza esta evocadora novela que da vueltas, una y otra vez, sobre el lenguaje del deseo. Con un estilo poético y erótico. Con unos personajes a los que sólo los sueños y la ficción dan sentido. Más allá del viaje apasionado de su narrador, el relato interroga al lector: ¿podrías tú también pertenecer a la casta de Los Sonámbulos, a esa estirpe secreta de quienes se reconocen en la fuerza de su mirada, en su pasión vital? Inténtalo, explora a tus semejantes, ama con delicadeza las complicidades. Confía en las historias amorosas de quienes cultivan la caligrafía árabe. Sumérgete en los oasis que sólo albergan a los animales pacientes. “El amor es un pájaro rebelde.”

 

“Soñé que me acercaba lentamente a tu boca, venía probándote desde la nuca. Mis labios iban rozando apenas tu piel, los vellos más delgados del cuello, los lóbulos, las mejillas. Y cuando girabas de golpe para atrapar mi boca con la tuya, mordías sólo mi labio de arriba mientras el otro llegaba hasta tu mandíbula. Me ofrecías todos los ángulos pronunciados de tu cara. Me dabas a comer tus pómulos, luego tu barbilla. Entonces decidías mojarme la cara, poco a poco, con la lengua. Mojabas y secabas con la piel de tus mejillas; una y otra vez hacías lo mismo. Luego te apoderaste también de los párpados. Me hacías mirar la humedad de tu boca sobre mis ojos cerrados. Cuando menos me daba cuenta habías pasado de acariciar con tu lengua en círculos mis ojos a hacer lo mismo con mis testículos. Dibujabas de nuevo con la punta de la lengua, a través de la piel, todos mis círculos. Y otra vez me hacías mirar y admirar de placer la humedad sin verla. Todo mi cuerpo era un eco de círculos concéntricos alrededor de tu boca. Yo era una espiral movida por tu lengua.”

 

Aziz Al Gazali, El sueño de los cuatro círculos

 

 

 

Patada en el estómago

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La 6ª Muestra de Cine de Lavapiés, completamente autogestionada por gentes muy voluntariosas y que ofrece interesantes proyecciones gratis para cualquiera que se acerque por El Solar okupado o por algunos de los otros locales colaboradores del barrio, nos ha regalado este año, entre otras, una cinta que a mí me había pasado desapercibida: Linha de Passe (Walter Salles y Daniela Thomas, 2008). Por un lado, me maravilló todo el lirismo de las imágenes de una ciudad al alba o al crepúsculo, o planeando por las indefinidas favelas acumuladas en las colinas de São Paulo (por cierto, en este pasado curso una alumna brasileña nos mostró en clase una imagen de uno de esos barrios y nos solicitó nuestro análisis crítico... nadie observó nada raro hasta que ella nos señaló que la imagen estaba al revés...). Por otro lado, la interpretación de los cinco personajes centrales es verídica, realista y dramática desde el primer segundo. Cada uno de los cuatro hijos de una madre soltera y pobre que limpia en casa de una familia adinerada, va trazando sus complicadas vicisitudes por sobrevivir en una ciudad donde parten de cero o, como en el caso del dotado aspirante a futbolista, donde la competencia es feroz y siempre hay mediadores aprovechados de las miserias ajenas. El más pequeño de los chavales emprenderá la temeridad de conducir un autobús, quizás buscando la quimera de su padre desconocido. Uno de los hermanos estará tentado de pasar la línea entre su trabajo como mensajero en una moto que nunca acaba de pagar, y el robo de bolsos en los coches aparcados en los semáforos. Y otro se debate continuamente entre las parábolas evangélicas siempre fallidas y su diletante conciencia y tentaciones. Lo mejor de la película es que no es un simple retrato de la pobreza ni un discurso moralista con un final preconcebido: se trata, más bien, de una minuciosa indagación sobre los terribles momentos de bifurcación a los que se enfrentan personas que viven en la pobreza urbana, sumergidos en la invisibilidad y en una violencia económica que les trufa de obstáculos todas sus acciones. El final queda muy abierto, pero no impide sumirte en una angustiosa tristeza y en la rabia indignada. Lo peor de todo ello es la convicción que te arroba desde el primer momento: millones de personas más en decenas de megalópolis se hallan en esas tesituras cada día. Una auténtica patada en el estómago.

 

 

 

02/07/2009 15:51. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Siempre fiesta

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Y a veces toca ir al teatro. En este caso gracias a Diagonal y a la sala Cuarta Pared, por su generosa invitación y complicidad. La obra: Siempre fiesta (Javier Yagüe, 2009). Como dice el prospecto de presentación, “Siempre fiesta habla de cosas engorrosas, inconvenientes, antipáticas e incorrectas”. Y su mejor aliciente es que no te deja indiferente, te provoca y, además, te hace reír con ganas y motivo. La representación arranca con un narrador que narra con gracia y que se va metiendo continuamente en las escenas, como quien no quiere la cosa. El resto de actores lo van integrando con naturalidad en sus diatribas, como si no estuviera allí, o como si estuviera y les fuera útil en ciertas ocasiones. De hecho, el narrador se presenta como actor en potencia, es decir, como actor en los ratos libres que le deja su ocupación habitual de camarero, esa que desearía únicamente transitoria, como tantos otros dedicados a la farándula. Las escenas son una permutación con ligeras variaciones en torno a una cena de navidad en familia. Lo curioso es que después de la segunda o tercera repetición todavía siguen sorprendiéndote las caricaturas que hace cada personaje de sí mismo, las pintaditas que van haciendo en los muros o la desidia de fondo que la propia redundancia acentúa. La familia es, para más añadidura, una pintoresca empresa familiar de fabricación de puertas que cena tras cena va asistiendo a los repartos de dividendos, a los despidos de sus trabajadores, a la conversión en empresa comercializadora de puertas chinas y a un continuo murmullo de revueltas en la calle. Pero no la voy a destripar más pues tan sólo pretendo recomendar esta esta estupenda y ácida comedia, por si aún está vigente en Madrid o en algún otro lugar.

 

 

02/07/2009 15:04. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Rock a raudales

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Estamos al borde del solsticio vernal, quedan muy pocos días para la noche más corta en nuestro hemisferio. La Ría de Vigo te golpea las pupilas con una placidez anaranjada brutalmente hermosa, con esas grúas y torres perfilándose en primer plano sobre el horizonte. Son casi las once de la noche pero el crepúsculo se demora tan lánguidamente que hipnotiza, dan ganas de quedarse ahí petrificado. Me imagino cómo deben ser esos días eternos en el ártico boreal. Pero me apresuro a la Fábrica de Chocolate porque esta noche tienen vez Vindaloo Rockets (www.myspace.com/vindaloorockets) y The Soul Jacket (www.myspace.com/thesouljacket). El crisol local de gentes inquietas con la música sigue dando frutos sorprendentes. Los primeros no dieron ni un segundo de respiro entre canción y canción. Temas de una intensidad acelerada que arrobaba el pasmo. Letras melancólicas en inglés que se sumergían desapercibidas en esos acordes punk-rock que no dejaban títere con cabeza. Suele ocurrir que al primer grupo, al supuesto telonero, el público lo observa con afán de entomólogo, sin atreverse a declarar su amor por el baile y el trance. Suele ser para calentar los huesos, la noche es larga, cuesta ir sacándose la camisa de fuerza de una semana de costumbres. Cuando subieron a escena los protagonistas, The Soul Jacket, ya tenían a su disposición una audiencia feliz y entregada. Toño, el cantante, regalaba el portento de su voz negra y todo su cuerpo vibrando en cada estrofa. Sus letras, también en inglés, proclamaban un optimismo amoroso y un ardor emocional que combinaba armoniosamente con la fuerza prodigiosa de los instrumentos. Saltos desde evocaciones de Led Zeppelin y Janis Joplin al funk de James Brown, todo sonaba deliciosamente. En el descanso me preguntaba qué habría sido de otras decenas de grupos vigueses cuya vida fue tan efímera (Canon, entre los que recuerdo de este estilo) y cómo es posible que siga floreciendo esta cantera tan prolífica año tras año. Quizás porque en esta ciudad ocurren cosas insólitas como esas recientes nueve jornadas de huelga del sector del metal tomando las calles, sublevando el inconformismo, cercando a la policía. O porque este mar apresado y su puerto a resguardo proporcionan un espacio vitelino de proximidad y universalidad donde no es difícil tejer las complicidades. En todo caso, unas buenas dosis de rock’n’roll como éstas acercan tu cuerpo a tu espíritu y viajas dulcemente por el tiempo y por la noche que apenas te inunda.

 

 

 

14/06/2009 14:35. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Una cierta verdad

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Entre las películas pequeñas, modestas y ocultas en la maraña de cientos de producciones millonarias, a veces se encuentran perlas cultivadas como Una cierta verdad (Abel García Roure, 2008). Es el primer largometraje de un director que fue parte del equipo de En construcción, otro documental sobre personajes invisibles y situaciones cotidianas que asombra de tanto realismo que plasma en la pantalla. En esta ocasión, el objeto del retrato son las vidas de varios enfermos de esquizofrenia y el hospital psiquiátrico en torno al cual gravitan. Tanto pacientes como médicos exponen sus fragilidades y dudas, pero son los primeros los que conmueven con sus angustias repentinas, con los terribles y paliativos efectos de sus medicaciones, con sus sombras e “inmovilizaciones” a la fuerza, amarrados a una cama mecánica. El personaje principal sufre una esquizofrenia especialmente lúcida, consciente de que es una “evolución mental” más entre todas las posibles y que enriquece con fantásticas elaboraciones técnicas tomadas -cual Quijote- de los múltiples libros que lee. Su ternura, simpatía y ética, sin embargo, no están reñidas con esos brotes, crisis o momentos de especial desequilibrio que les arrebatan a él y al resto de idos; ora con frecuencia, ora ocasionalmente. A muchos sólo los observamos de lado o de espaldas, relatando la tristeza inexplicable de su padecer. Las reuniones de los psiquiatras y sus discursos evidencian cuán difícil les resulta componerse mapas fiables de todos esos mundos mentales a los que pretenden aplacar. En cualquier momento el espectador llega a sentir que a todos nos acecha ese abismo, que no es tan difícil deslizarse por él, perder el sentido. Y la soledad de estos congéneres y la frialdad de esa institución médica casi “total” bien podrían categorizar la grabación dentro del cine de terror, aunque su autor se ha cuidado mucho de no incurrir en las típicas denuncias de la “antipsiquiatría” ni en la exaltación artística del sufrimiento mental. Es una invitación a comprender y es de agradecer que dos programas de Radio 3 (El séptimo vicio y Tres en la carretera) y el Pequeño Cine Estudio de Madrid, le hayan hecho un merecido hueco en sus agendas.

 

 

25/05/2009 16:44. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Historia del amor

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El libro en el que Dominique Simonet entrevista a distintos historiadores y escritores acerca del amor lleva un título algo pretencioso y que puede dar lugar a demasiadas expectativas: La historia más bella del amor (Courtin et al. 2004). Es una lectura ensayística y divulgativa, no obstante, bastante amena. Deleita como ejemplo de cambio social a la vez que ilustra rigurosamente sobre mitos harto repetidos como el amor libre, la universalidad de las instituciones de “pareja” o el sometimiento de la mujer. En realidad, no se cuestiona sólo la existencia del amor, sino su vínculo con la sexualidad, el matrimonio y las relaciones entre hombres y mujeres. En varios capítulos se sugiere, además, que el arte en todas sus expresiones (plástico, literario, cinematográfico, etc.) no habría reflejado tanto los comportamientos corrientes en cada época acerca de dicha materia; más bien los habría desfigurado dando pie a distintas idealizaciones, sublimaciones y convenciones toleradas sólo en ese registro de la realidad simbólica. Las penurias, represiones y miserias al respecto de la vida amorosa han sido más la regla que la excepción. Sólo algunos grupos sociales en circunstancias favorables (campesinos sustraídos al yugo de la Iglesia, cortesanos proclives a las orgías, viudas de guerra y adúlteras, etc.) y, de forma más generalizada, desde mediados del siglo XX, pudieron experimentar formas más libres de compartir y disfrutar.

 

En todo caso, el conductor de la obra lanza a menudo la siguiente cuestión: ¿son universales, en todo tiempo y lugar, los sentimientos amorosos? La mayoría postulan que sí, pero los detalles y las pruebas son muy escurridizos. Sobre todo, desde el momento en que dichos sentimientos no pueden disociarse de las normas públicas de conducta, de las instituciones dominantes y del control social sobre la procreación biológica. El reciente “conocimiento” (para muchos, sólo invención, discursos e interdictos) sobre la sexualidad y sobre el amor (en su sentido romántico, de apego afectivo duradero) habrían generado un ámbito propio de realidad e interés en constante crecimiento cuya manifestación más destacada fue la llamada “revolución sexual” de la década de 1960. En otro célebre ensayo, Alain Finkielkraut y Pascal Bruckner (El nuevo desorden amoroso, 1977) ya habían diseccionado algunos de los nuevos dogmas de la “dictadura pansexualista” de este último período histórico. El mismo Bruckner y la novelista Alice Ferney, sin embargo, ponen más énfasis ahora en la educación sentimental y en la responsabilidad autónoma (“el amor es eso que existe entre dos individuos capaces de vivir juntos sin matarse”) dentro de un contexto de necesaria incertidumbre y de diversidad de opciones: “no se disfruta del amor sin esfuerzo”, hay que elegir, cuidar, potenciar; “el amor no es una empresa fácil” y “es un error esperarlo todo de él”. Nos han llegado muchos vientos de libertad sexual hasta nuestros días, pero el arte de amar sigue consistiendo en un titánico y complejo reto del que aprendemos torpemente, casi siempre al margen de las escuelas, los progenitores y los modelos mediáticos.

 

Por último, aunque el libro subraya con acierto múltiples elementos relevantes para la reconstrucción histórica que se propone, lo cierto es que ofrece una visión muy eurocéntrica de estas materias. Se echa en falta una atención, cuando menos puntual y respetuosa, a las sabidurías y prácticas orientales (la filosofía tántrica, sobre todo) y del resto del planeta. Pero esa es otra historia que podrán glosar, seguro, lectores más eruditos que este escribiente.

 

 

 

15/05/2009 18:33. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Alamedadosoulna

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Otro grupo de Madrid, y del mismo barrio que Le Punk, que me encuentro en Vigo, en la misma Fábrica de Chocolate. Otro grupo que derrocha energía y sentimientos a cara descubierta. Alamedadosoulna (http://www.alamedadosoulna.com/) ejercen los ritmos skatalíticos y mestizos más que el soul (sus voces, por desgracia, no alcanzan altas cumbres), pero sus poderosos cinco metales y vientos crean una verdadera fiesta. Diez músicos no caben en cualquier escenario, pero la experiencia y el buen humor del que hacen gala les lleva a no parar de jugar, agacharse, tirarse por el suelo, intercambiar sus lugares, mezclarse, lanzarse el sombrero. O sea, divertirse con armonía coreográfica e inteligencia. Y tratar del mismo modo a su devoto público, reírse con él, haciéndole cómplice de su amor a la danza y al teatro. Sólo una pasión tan generosa con la música puede explicar tantas dádivas.

 

 

 

27/04/2009 12:48. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Intimidad

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La colección de películas “eróticas” que acompañan a un periódico desde hace semanas está cuajada de obras prescindibles, predecibles y menos excitantes que una muñeca (o muñeco) hinchable (aunque para gustos... perdonen el símil los/las fetichistas del género). Entre las que se salvan, la última entrega titulada Intimidad (Patrice Chéreau, 2001) plantea un dilema intrigante y clásico: ¿cuál es el límite de tolerancia al llevar el deseo sexual por el otro hasta sus últimas consecuencias? En este caso, es una mujer casada con un taxista y con un hijo la que siente el despertar de su deseo con un amante con el que apenas se habla. El hombre, divorciado y también con un hijo de la misma edad (unos ocho años), acepta la cita semanal sin palabras, pero anhela una relación más estable y comienza a indagar en la vida de ella. A esos vectores aparentemente opuestos se unen las frustraciones personales de ambos personajes: ella, profesora de teatro y actriz ocasional; él, camarero en un pub nocturno tras abandonar su carrera musical, pero siempre pensando en cambiar de vida. Otros personajes secundarios -un joven y homosexual compañero de trabajo del pub, el mejor amigo de él con múltiples problemas y adicciones, el taxista filósofo de billar y su hijo- ofrecen el contrapunto dramático al pacto de silencio y sexualidad a punto de quebrarse. Las escenas de coitos son como lánguidos bodegones, intensos y fugaces. Como si algo esencial se perdiese en ellos (o se alcanzase de forma tan evanescente que se olvidase al instante). La verdad del deseo y su independencia de llevar una vida en común (una casa, las facturas del gas, educar a los niños) son memorables, lo que en el fondo te deja mudo.

 

 

 

Encuentro en Sils-Maria

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“La ciencia no es una fiesta del espíritu, sino una especie de abyección, que exige el sacrificio de todo impulso de amor. El científico está condenado a eliminar el pálpito. (…)

 

La montaña es mi ’método’ y el alpinismo mi manera de imaginar. La montaña es una musculatura que revela fuerzas y densidades, rencores acumulados de rocas oprimidas. Y si las ondulaciones de los altozanos son un canto de victoria, un talud y un derrumbadero son, en cambio, derrota y melancolía. (…)

 

Del caos y de la desarmonía del comienzo del tiempo brotó la maravilla del deseo y sobre la espalda desnuda de la muerte viviremos el eterno retorno del deseo. (…)

 

Hoy día hay que aprender tanta geografía que los geógrafos ya no tienen tiempo ni ganas de viajar. Es posible que si toda la tierra desapareciese, ellos seguirían produciendo libros de geografía y sin enterarse. (…)

 

Haciendo girar el manubrio con el gesto hastiado de un hombre que se sabe superior, piensa que la esperanza es un veneno. Pero, por desgracia, él no tiene nada mejor.”

 

Luis Martín Santos, Encuentro en Sils-Maria

 

 

¿Cómo sería un encuentro entre Freud y Nietzsche? Esta fue una de las especulaciones teóricas y literarias del profesor de filosofía y sociología Luis Martín Santos al que no tuve ocasión de conocer por muy poco, ya que falleció casi cuando yo ingresé en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Pero sus libros de un singular marxismo fenomenológico no dejaron de intrigarme cuando era estudiante, y entre sus novelas deslumbrantes tenía este volumen aún estancado en casa, a la espera de un momento propicio para su lectura. Al volver de Viena hace unos días y recapacitar sobre mi ignorancia previa en torno a aquella ciudad, el libro me llamó de nuevo la atención y ha sido mi alimento durante unos días de asueto. Viena era la ciudad originaria de Freud, aunque en ella yo preferí visitar la casa inspirada por las obras de arte de Hundertwasser en lugar de encerrarme en el museo que honraba al pionero psicoanalista. ¿Qué explicación daría Freud a esa aversión -ocasional- por los museos? La verdad es que el pasado imperial y burgués de Viena me hizo recordar, fugazmente, el carácter políticamente conservador de Freud (¿cómo explicaría él mismo su aversión por las revoluciones?), pero un geógrafo me comentó allí que más de la mitad de la vivienda es pública, con lo cual pensé que Austria es hoy, en esta materia, más socialista incluso que muchos países nórdicos. Con respecto a la novela, ninguna objeción reseñable, excepto que el encuentro entre las dos figuras intelectuales es más parco de lo que uno va anhelando. Por el contrario, la prosa refinada y lírica de Martín Santos posee una maestría que uno no espera en un sociólogo (bienvenido, pues, a mis selectas excepciones). La metáfora de la montaña y de sus cumbres como lugar para llevar el pensamiento occidental a sus máximas alturas históricas, se puebla de una palpable materialidad, al igual que ocurre con los ademanes y detalles tangibles de las vidas acomodadas de quienes se van mezclando con los protagonistas. Aunque de un forma muy tangencial, no podían faltar las alusiones al tercero de los llamados “teóricos de la sospecha” (Marx, Nietzsche y Freud) y al fantasma del comunismo que recorría Europa a finales del siglo XIX. La novela, como cualquier otro viaje, sólo ofrece respuestas a las preguntas que nos hemos hecho durante mucho tiempo. Por eso a veces no deseas salir del hotel ni de los libros en que te internas, aunque te encuentres en lugares desconocidos o rodeado de decenas de personas. Sin preguntas, sin sospechas, sin “causas finales”, no viviríamos ninguna realidad plena y virtuosamente. Pero incluso estos básicos axiomas éticos se nos olvidan con frecuencia y pensamos que cada ciudad, cada libro, cada persona, nos va a ofrecer algo nuevo y acumulable sin poner nosotros nada en ese espacio sináptico. ¡Cuántas ilusiones, cuánto silencio!

 

 

 

fusiones

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Unas últimas semanas llenas de turbulencias y desplazamientos me habían distraído de la memoria de los placeres sublimes. En particular, de las emocionantes fusiones jazzísticas que me atravesaron el último mes en algunas de las mejores salas de Madrid (El Junco, Tempo y El Sol), y también del magnífico concierto de Le Punk, con su rock melancólico y lleno de vientos y metales afrutados en La Fábrica de Chocolate (en Vigo). Los grupos encarnados entre las penumbras madrileñas: Ajjo A Banda, Dead Capo y Speak Low. Sólo con el último repetía el trance de funk-jazz después de unos años, y sus nuevos temas elevaron aún más el listón del mestizaje a través del boogaloo o el soul radiantamente entonados por Julián Maeso (http://www.myspace.com/speaklowfunk). De los primeros, los murcianos, sólo decir que tanto la aparente locura transitoria del teclista como los lamentos aflamencados, jondos e intermitentes del cantante, segaban el aliento de cualquiera (http://www.myspace.com/ajjoabanda). Dead Capo siguen igual de inclasificables después de unos cuantos años transgrediendo géneros y sonando tan cinematográficos, pero a mí me dejaron estupefacto sus versiones surf con un contrabajo y un guitarra excepcionales (http://www.myspace.com/deadcapo). A los madrileños de Le Punk me los fui a encontrar al atlántico, con su estela no menos ecléctica y de rotundo oficio en el escenario. Tan pronto parecen que te sumergen en un tango como que te arrancan jirones de desamor a lo Calamaro (http://www.lepunk.es/). Todos sembrando estrellas danzantes en nuestros pies. Haciéndonos vivir sin fecha ni pusilánimes pesares. Algunos ansiosos por apurar un cigarrillo entre canción y canción. Otros mirando con insistencia al técnico de sonido para que corrija un irritante acople. Algunas novias de los músicos quemando el tiempo en la barra, otro fin de semana más en aeropuertos o restaurantes de autopista. Seguidores incondicionales en primera fila que leen los papeles donde se apunta a mano, todavía, el orden de los temas y de los bises, o que les piden, como souvenir, sus púas a los músicos sudorosos y ebrios de adrenalina al final del concierto. Todas esas horas de ensayo en cuartos oscuros para que en unos instantes sintamos que tocamos el cielo, que las ciudades albergan pedazos de dicha.

 

 

 

11/04/2009 00:11. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Noches de funk

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Uno de los últimos descubrimientos en Madrid ha sido la estupenda programación de conciertos y sesiones bailables del Tempo Club. Hace unos días le tocó el turno a Watch TV & The Primetimes (http://www.myspace.com/watchtvandtheprimetimes). Su actuación fue contundente, sugerente, efervescente, pura adrenalina de la noche. Olvídense de la categorización de estilos -¿electrónica, “nu jazz”, “brazil-electro”, techno-funk?- y sólo déjense llevar por ritmos imaginativos, por el buen humor y el buen gusto. Huyendo de las convenciones y brindando por las complicidades. Lo inolvidable: cada uno de esos momentos divinos en los que el cuerpo se enrosca y se desentumece.

 

 

 

16/03/2009 01:24. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Utopía

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“Como el Fénix que renace de sus cenizas, la palabra Utopía ha vuelto a nuestro léxico político después de décadas de ostracismo. La caída del modelo económico ultraliberal y el descrédito total del sistema bancario que lo apoyaba ha creado un vacío ideológico que reabre el debate sobre la esencia de nuestra sociedad.

 

Este hecho, imprevisible cuando comencé a pensar en mi nuevo espectáculo, crea un marco sorprendente e inmejorable para apreciar la validez de los argumentos de la más ambiciosa de mis obras: UTOPÍA, una apología sin complejos de los verdaderos valores progresistas. No creo que mi acierto al elegir este tema sea sólo atribuible a la suerte. Para mí el trabajo de un artista es saber escuchar a la sociedad, buscar en la realidad las energías que fluyen y utilizar esa fuerza para impactar en el público, reivindicando el protagonismo del Arte en el debate político.

 

En UTOPÍA hay un argumento que he ido formando a lo largo de estos últimos años: la falta de pasión de todos los partidos de la Izquierda institucionalizada, no sólo en España sino en toda Europa. Un mundo burocratizado, profundamente aburrido en su “centrismo” y que no inspira nada a las nuevas generaciones, creando una juventud huérfana de una esperanza política y sin rumbo y sin proyecto.

 

No hay calamidad más grande para una sociedad que no saber apreciar el idealismo de sus jóvenes. Este deseo de castigar a los partidos “progres” tiene también otra causa muy personal: la increíble experiencia humana que he vivido desde 2006 como diana de las iras de los ultracatólicos y de la extrema derecha por mis posiciones ateas. El fervor y la exaltación de estos grupos frente a la apatía rutinaria de los otros es francamente preocupante y más aún cuando uno descubre el peligroso esperpento de esas ideologías. Para hacerse una idea basta leer el libro neocon-franquista del Sr. Aznar: “Carta a un joven español”. En cierto modo UTOPÍA nace como una respuesta a las tesis históricas y políticas del líder de la FAES. Pero a medida que he ido profundizando en la extraña postración de la izquierda actual, empiezo a matizar mis acusaciones.

 

He encontrado razones objetivas y poderes ocultos que han obrado con determinación para corromper y diluir los ideales que nacieron con LA ILUSTRACIÓN. Retomando el hilo de la verdadera historia de las utopías de los últimos dos siglos, hay que romper el condicionamiento mental que nos hace renunciar a nuestros sueños e indicar un camino para volver a creer en nuestra capacidad de cambiar las cosas. Quiero mostrar que vivir sin utopía es mal vivir y, así, despertar en el público el deseo de nuevos sueños.

 

U-TOPÍA: el lugar que no existe. Simboliza un espacio temporal diferente donde la vida es más afín a la poesía que a la física.”

 

 

Leo Bassi

 

 

 

15/03/2009 23:24. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Pornografías

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Este ensayo de Andrés Barba y Javier Montes, La ceremonia del porno (2007), era una de esas lecturas siempre postergadas pero, a la vez, siempre inquietantes. La pornografía, de hecho, es uno de esos géneros comunicativos perturbadores, de los que te dan más preguntas que respuestas. ¿Es arte? ¿Es una objetivación necesaria para nuestra salud psico y fisiológica? ¿Es tan sólo una industria más para consumar nuestra alienación? ¿Por qué es carne de cañón en tanto debate moral? ¿Qué tiene que ver con nuestros cuerpos, con nuestros deseos y con nuestra razón? Este ensayo tiene la ventaja de ser sugerente y atrevido. Otro cantar es su consistencia argumentativa y la capacidad comprensiva de toda esa amplia realidad social en la que se produce y consume la pornografía. Estos son los aspectos más flojos, a mi entender. Pero supongo que leemos ensayos porque tenemos pereza para investigar más a fondo por nosotros mismos, o porque, en caso contrario, nos preparamos el terreno con la compañía de terceros que ya están más metidos en harina, aunque sea especulando y filosofando alegremente. Advertencia para navegantes: que nadie espere excitación erótica de esta propuesta teórica -su tesis: lo porno sería sólo una ceremonia o ritual para provocar la excitación del espectador- porque se expone, sobre todo, con abundante seriedad y complicidad erudita con los autores (escritores ambos y Montes también crítico de arte).

 

“Para todos existe una pornografía que no puede mirarse sin inquietud, sin fascinación, sin excitación, sin miedo. (…) En la vinculación que se establece entre una película pornográfica y yo hay una tensión ininterrumpida que surge precisamente de mi compromiso y que muere con la resolución de aquello a lo que, como observador, me había comprometido.” (p.43) El lado salvaje de la vida no está más allá de cada uno de nosotros, y sus formas pueden ser bastante variadas. Es posible que la pornografía apele a esa oscuridad y a nuestras ambivalencias, pero seguro que hay otras vías igualmente excitantes (cuando no hay quien las usas a modo de lenitivos o líneas de fuga). Lo absurdo, a mi entender, es vivir con la obstinación de que eso no existe dentro de nosotros, que no nos afecta ni nos incumbe. Por eso considero que la perturbación pornográfica es tan potente: nos interroga sin rodeos acerca de nuestros compromisos con nuestro placer. Por eso me parece absurdo considerarla, simple y meridianamente, como una perversión.

 

“Es el tedio -y no la censura, o la pornofobia- el verdadero enemigo mortal de lo porno. (…) Pero la carrera del porno contra el aburrimiento no es una escalada; si se limita a llevar al máximo sus recursos estimulantes, el porno no tiene ninguna posibilidad frente a él. Su estrategia es otra: la del hormigueo en círculos. El porno se multiplica a sí mismo, reproduce una y otra vez sus formas y sus recursos.” (p.60) De la misma manera opera el deseo (al menos, en la interpretación freudiana): siempre busca otro objeto; cuando se satisface, muere de placer; sólo resurge cuando se fija un nuevo fin, una nueva intención. Y por eso a menudo es tan hilarante el “revival” que una y otra vez operan los pornógrafos, al igual que lo hacen los vendedores de ropa. Y por eso hay tantas variantes sobre el mismo tema (follar, casi siempre). Los fetichistas y coleccionistas se ponen las botas, pero siempre perseguidos por esa sombra demoledora de caer en el tedio y la rutina, como en los mejores matrimonios.

 

Los autores prefieren hablar de “experiencia pornográfica” en tanto que unidad de sentido entre productores y consumidores. Esto nos acercaría al arte, pero cualquiera deduciría que ni las fallidas pretensiones artísticas de algunas grabaciones porno, ni lo que buscan con inmediatez sus espectadores, es una sublimación artística o un estímulo a su reflexión sobre el mundo. “Si el arte es sublimación de ese límite [lo visible], merodeo en torno a él, infinita complicación en la representación de sus rasgos, el porno es atajo, camino más corto y búsqueda del mínimo denominador. Si el arte enfatiza su relación con el deseo, el porno hace lo propio con la satisfacción. La verdad húmeda será palpada si se siguen las leyes del mínimo esfuerzo (nos dice el porno). La húmeda verdad sólo será encontrada mediante la realización del máximo esfuerzo (nos dice el arte).” (p.182) La pornografía, más bien, tiende a ocupar un espacio límite entre lo público y lo privado. Si fuera demasiado pública, perdería interés. El secreto, la perversión, la transgresión de lo prohibido, configuran un atractivo esencial que desaparecería si la pornografía invadiera la esfera pública. Que no teman, pues, los pornófobos. Del mismo modo que los cuerpos desnudos pierden interés cuando no hay velo que los cubra ni los insinúe. Lo que es fácilmente poseíble o admirable, deja de ser deseable. Y este razonamiento nos conduce a otro corolario: nada es pornográfico en sí mismo, depende de la excitación que produzca y de las decisiones que adopten las autoridades para demarcar lo pornográfico (lo obsceno) de lo tolerable a secas. Como esas decisiones esconden una gran hipocresía (los que juzgan suelen consumir aquello que prohíben para el resto, la violencia descarnada suele considerarse menos obscena que la encarnación del placer sexual, etc.), no nos extraña la frase de Bertrand Russell: “Quienes prohíben la difusión de imágenes obscenas por considerarlas dañinas nunca parecen tomar en consideración el daño que pueden hacerles a ellos mismos.” (p.67)

 

Entiendo que los autores no pretendan evaluar todas las dimensiones de la pornografía. Sería una empresa especialmente ambiciosa en una época en la que mediante internet, móviles y cámaras se ha hecho tan universalmente accesible tanto el consumo como la autoproducción “amateur” de experiencias pornográficas de toda índole. Dan por hecho, sin embargo, que algunas cosas son indiscutibles (lo cual es bastante discutible): como que no existan caricias ni afectividad en las películas porno porque, argumentan, descubrirían la individualidad, la conciencia y la libertad en el cuerpo del otro (“La pornografía como realidad obscena se salta este preludio de la encarnación y se instala directamente en el deseo de la apropiación, que es la base misma del principio de placer. La obstinación en el coger, en el penetrar, en el agarrar y morder, elude la encarnación del otro.” p.141); o el esforzado talento de los actores porno para no interpretar nada, para no parecer nada distinto a lo que son, para dejarse llevar con gracia por las piruetas sexuales en las que se embarcan (“La mirada sin alma -sin conciencia: sin visión- del actor porno parece leer nuestra propia conciencia. Pero no hace sino lo contrario: invita a despojarnos de ella. En su mirada inocente -en su estado de gracia absoluta- contemplamos un reflejo similar de nosotros mismos.” p.124). Otras cuestiones casi ni las mencionan: por ejemplo, las vejaciones brutales que se cometen tanto en la producción de la pornografía pedófila como en la más convencional; o la propagación hegemónica de modelos frustrantes de relaciones sexuales; o la adicción enfermiza al consumo de pornografía. Al objetivar lo pornográfico mediante un prisma tan defensivo e interactivo, se corre el riesgo de eludir esos y otros muchos conflictos presentes en la “experiencia pornográfica”. Como ocurre con el deseo, el cuerpo y los placeres, creo que es preciso pensar en términos de procesos, aprendizajes y multiplicidad, más que en un modelo pornofílico unitario tal como predomina en esa industria mediática. A través de Radio 3 y del Diagonal he conocido, por ejemplo, el último libro de la directora Erika Lust: “Porno para mujeres”. El colectivo “girlswholikeporno” también abrió, en su día, muchas líneas experimentales. Supongo que todo ello será algún día objeto de estudio en las aulas, pero antes deberíamos haber salido de las cavernas con algo más de “educación sexual” (o como lo quieran denominar), y de unos medios de comunicación y gobiernos tan ñoños y catetos. Y quizás, entonces, podamos volver a definir lo pornográfico en función de las distintas pornografías y gustos al respecto, y no sólo de una pornografía construida al filo de las prohibiciones rampantes en la actualidad.

 

 

 

We Are Standard

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El grupo bilbaíno de pop-rock electrónico aterrizó el sábado pasado en la sala Mondo de Vigo, repitiendo las hazañas de The Blows hace dos semanas: hacer bailar al personal, inocularnos esas dosis de mágica psicodelia que precisamos para que no se acartonen nuestras máscaras rutinarias, para que se desintegren las corazas. Jovencitos y modernillos de nuevo, pero oficiantes de la caja de ritmos, la percusión multiplicada hasta la saciedad, los punteos funkeados. Otra noche para no dormir. Las ventanas a la seducción y a la música en directo pueden ser oscuras y noctámbulas, pero con maravillosa alevosía. http://www.wearestandard.net/

 

 

 

 

 

09/02/2009 12:59. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Millenium II

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¿Es mejor esta segunda parte de la intrigante trilogía que nos ha legado Stieg Larsson antes de su prematuro fallecimiento? La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, desde luego, no te deja indiferente en cuanto a sus adictiva trama y a los avatares que sufren nuestros detectivescos héroes. En esta ocasión es la tormentosa biografía de Lisbeth Salander la que se va diseccionando lenta y quirúrjicamente. La jugada literaria es un sugerente bucle: Lisbeth vuelve a ejercer de investigadora, es a la vez investigada y, finalmente, es el objeto de unas cuantas maldades dolorosas. Esa omnipresencia de la reflexividad y esa hegemonía de la astucia, superan cualquier ingenua vivencia de este mundo. Los corruptos servicios secretos del Estado, lo barato que resultan los asesinos a sueldo, o la extensa red de complicidades que sostiene a proxenetas y pedófilos en cualquier aparente democracia, vuelven a emerger descarnada y sangrantemente de las páginas y, lo que nos alarma más, de cualquiera de nuestros vecinos “normales” sin que casi nadie haga nada al respecto. Lisbeth, además, se muestra de nuevo transgresora y con todas sus debilidades. Lógico, después de haber desfalcado millones al estafador empresario que se murió en la primera parte (Los hombres que no amaban a las mujeres). Hasta aquí, todo igual de apasionante. Ahora bien, nuestro narrador ya no se entretiene tanto en desvelarnos facetas filosóficas de los personajes, recurre con cierto exceso a las redundancias y reiteraciones, tarda mucho -a veces casi hasta la desesperación- en conducirnos al meollo de los eventos esenciales de la historia, y al final nos lanza abruptamente a un abismo, como si no le hubiera dado tiempo a diseñar con todo lujo de detalles un desenlace difícil y presentado, con notable antelación, presumiblemente traumático (o como si sólo quisiera transmitirnos que ya no nos queda más remedio que leer el tercer volumen). Afortunadamente, en la mejor tradición del suspense, Larsson siempre reta nuestra capacidad de predicción y mueve sus fichas con enroques, despistes y trampas no aptas para lectores románticos o intransigentes desde su realismo simplificador. Los triángulos amorosos consentidos y la bisexualidad más natural, la lucha cuerpo a cuerpo (con ese típico guiño al boxeo y su ética virtual), el fracaso de la seguridad informática, o la ineptitud investigadora de la policía, son nuevos ingredientes que enriquecen el plato y la exhausta digestión de, otra vez, más de 700 páginas. Pero cuando a un mismo autor le leemos dos veces seguidas, parece que siempre le exigimos más, una vuelta de tuerca a lo que nos puede desvelar del mundo, de nuestra capacidad racional, de nuestros sentimientos empáticos. Y es en este punto donde mi meticulosa interrogante no obtenía respuesta, sólo una nueva satisfacción con la lectura, con la reflexión incitada, con la extrema sensibilidad de quien observa la complejidad de la vida sin complacencia ni perdón. Y ese regusto a venganza y a una difusa e imposible justicia, pone también en evidencia las propias debilidades del observador y nos deja con nuevas inquietudes ante la lamentable condición humana.

 

 

La clase / Entre les murs

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El autor de aquella inolvidable Recursos Humanos (Laurent Cantet, 1999), nos vuelve a sorprender con esta magistral cinta a medio camino entre el documental y el cine social de denuncia: Entre les murs (2008) (titulada “La clase” en español y ganadora del festival de Cannes de 2008). Esa transgresión de los géneros constituye una de las primeras provocaciones: todos los actores se interpretan a sí mismos, pero todo parece una representación (eso sí, verídica y auténtica si no sospecháramos que han tenido que repetir, recordar y mostrar escenas que en su día vivieron de otra manera, aunque intenten ser lo más fiel a sí mismos que les sea posible). Esa verosimilitud de lo que es una quimera imposible no deja de ser, no obstante, fascinante. Y llegamos a ser persuadidos del efecto de realidad: nuestras escuelas son algo parecido a eso que ahí se intenta presentar. Ahora bien, en cuanto se entra a debatir con profesores y otros espectadores de la película, lo que ahí se ha visto adquiere perfiles de lo más diverso. Donde alguien ve como héroe al profesor de secundaria lidiando en sus clases con la tozuda realidad propia de en un barrio lleno de inmigrantes de segunda generación, otros ven los muros asfixiantes, la jerarquía escolar arbitraria, la insensibilidad ante las diferencias culturales y el inconsciente trabajo docente orientado a construir profecías autocumplidas sobre el futuro de sus discentes. En este último caso, el héroe deja paso al bienintencionado policía de las conciencias que reparte ciegamente premios y castigos, que esconde con sigilo sus armas de dominación y al que, afortunadamente, esos adolescentes díscolos no dejan de revelarle, un día tras otro, lo absurdo de ese sistema de disciplinas y currículos diseñados en los despachos de los intelectuales de la nación. Todo depende de nuestra mirada. Al director le queda el arte del montaje para volvernos estrábicos, para hacernos dudar ante hechos equívocos. Unas ciertas dosis de profesores “quemados” y al borde de un ataque de nervios, una ración de madre africana que no sabe ni una palabra de francés, una cucharadita más de microviolencias en el aula y de alumnos expulsados vagando de un centro a otro. Todo bien montado y listo para abrir un boquete en el muro de unas aulas que guardan celosamente los mismos profesores y los inspectores y guardianes de una situación dolorosa y patética. Por eso tantos padres, madres y profesionales del gremio aplauden la película. No porque sus miradas denuncien lo mismo que el hábil montaje del director o lo mismo que tiembla en las miradas de esos niños y niñas que sienten como una batalla cotidiana su asistencia obligatoria a unos centros donde pocos, muy pocos, les entienden. Han pasado unas semanas desde que la vi y aún sigo temblando yo también al imaginar qué pensarían esos “actores” al sentir aquella cámara tan cerca de sus pieles y sus intimidades, qué desearían mostrar y ocultar, adónde irían sus vidas una vez que fueran públicas, cuántas puertas más seguirían cerradas a pesar de las luces y la apariencia de “acción” ante millones de mirones intranquilos, pero pasivos y condescendientes. Toda una lección de arte.

 

 

 

09/02/2009 12:25. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

The Blows

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No tienen más de 23 años de media. Al guitarrista lo conocía desde que era un chaval. Venía con su padre, un anarquista que (por ironías de la vida) trabaja en una notaría, a okupaciones, al ateneo, al primero de mayo. Empezaron sin dar un respiro. Descargas imparables, rock frenético. Chema Rey, en su prólogo cargado de clásicos, los presentó como los más londinenses a este lado del continente. Manchesterianos, más bien, como los Happy Mondays. No en vano estuvieron pensando en llamarse 24 Hours Party, como aquel documental de Winterbotton. Silvia Superstar subió con ellos al escenario, a contonear sus dotes de diosa vocal. Un mes antes, en La Iguana, la misma Silvia, aquella seductora de las Killer Barbies como si saliera del Drácula de Bram Stoker, había oficiado una inolvidable sesión de pinchadiscos y sudores hasta casi el amanecer. Esas noches, a pesar del humo, sabes que estás vivo. Que el trance, el cuerpo, la música y las miradas lascivas te ayudan a desprenderte de algunas ataduras. Lo grandioso y sublime no tienen edad. No admitas bagatelas. www.theblows.net

 

 

 

 

 

25/01/2009 20:47. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Ensayo sobre la ceguera

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“Tuve yo la culpa, lloraba, y era verdad, no se podía negar, pero también es cierto, si eso le sirve de consuelo, que si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla, Lo será, pero este hombre está muerto y hay que enterrarlo. (…) No sé cómo vamos a repartir la comida, Como se hizo antes, sabemos cuántos somos, se cuentan las raciones, cada uno recibe su parte, es la manera más justa y más sencilla, No ha dado resultado, hubo quien se quedó con la barriga vacía, Y también hubo quien comió el doble, Es que dividimos mal, Si no hay respeto y disciplina siempre repartiremos mal, Si tuviésemos a alguien que al menos viera un poco, Pues se quedaría él con la mayor parte, Ya decía el otro que en el país de los ciegos el tuerto es el rey, Déjate de refranes, aquí ni los tuertos se salvarían, Yo creo que lo mejor será repartir la comida por salas, a partes iguales, y luego que cada cual se las arregle con lo que haya recibido, Quién a dicho eso, Yo, Yo, quién, Yo, De qué sala eres, De la segunda, Claro, ya lo sabía, como ahí sois menos, salíais ganando, comeríais más que nosotros, que tenemos la sala abarrotada, Yo lo he dicho porque así es más fácil, El otro también decía que quien parte y reparte y no se queda con la mejor parte, o es loco, o en el repartir no tiene arte, Mierda, a ver si acabas ya con lo que dice el otro, que me ponen nervioso los refranes, Lo que tendríamos que hacer es llevar toda la comida al refectorio, cada sala elegir tres para el reparto, con seis personas contando no habrá peligro de trampas y triquiñuelas, Y cómo vamos a saber que es verdad cuando digan que somos tantos en la sala, Estamos tratando con gente honrada, Y eso, también lo dijo el otro, No, eso lo digo yo, Mira, amigo, lo que somos aquí de verdad es gente con hambre. (…) El miedo ciega, dijo la chica de las gafas oscuras, Son palabras ciertas, ya éramos ciegos en el momento en que perdimos la vista, el miedo nos cegó, el miedo nos mantendrá ciegos. (…) Cuando llegaron al zaguán, la mujer del médico comprendió que no iba a ser posible ningún acuerdo diplomático, y que, probablemente, no lo sería nunca. En medio del zaguán, cubriendo las cajas de comida, un círculo de ciegos armados de palos y hierros arrancados de las camas, apuntando hacia delante como bayonetas o lanzas, hacía frente a la desesperación de los ciegos que los rodeaban y que, con torpes intentonas, procuraban entrar en la línea defensiva (…) todas las vidas acaban antes de tiempo (…) las lágrimas qué sentido tienen cuando el mundo ha perdido todo sus sentido (…) no sabéis, no podéis saber, lo que es tener ojos en un mundo de ciegos, no soy reina, no, soy simplemente la que ha nacido para ver el horror, vosotros lo sentís, yo lo siento y, además, lo veo (…) organizarse ya es, en cierto modo, tener ojos (…)”

 

José Saramago, Ensayo sobre la ceguera

 

 

 

 

22/01/2009 17:06. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

La Ola

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“¿Cómo eran las cosas entonces? ¿Cómo engañaron los nazis a la gente? ¿Cómo se nos podría engañar de nuevo hoy? ¿Podría algo así suceder aquí y ahora en una escuela normal? ¿Qué habría hecho yo? ¿Habría seguido la corriente?” Estas son algunas de las preguntas que se planteó Dennis Gansel, el director de Die Welle (2008), antes de rodar esta historia con aires de experimento psicosociológico. Lo cierto es que el experimento se desarrolló efectivamente en un campus norteamericano en 1967 con el objetivo de demostrar que la “personalidad autoritaria” y la “obediencia a la autoridad” son muy probables cuando se crean una condiciones adecuadas: uniformes, lemas y consignas, saludos estereotipados, culto al cuerpo y a la raza perfectas, espíritu de grupo, liderazgo carismático, análisis simplistas de los problemas, etc. O sea, que el fascismo (y cualquier sectarismo y autoritarismo) siempre se erigiría sobre unas predisposiciones psicológicas y grupales bastante universales. Para llegar a conquistar el poder político es evidente que también necesita alianzas con las élites económicas y una maquiavélica inserción en el sistema de partidos políticos, como Hitler, Berlusconi, Haider y tantos otros han demostrado de sobra. Pero tanto el experimento como la película señalan a una escala de la realidad más próxima, a la de nuestros pares, especialmente en la edad adolescente y juvenil en la que se forman nuestras principales ideas políticas.

 

La Ola es, de hecho, el nombre que eligen para designar el “movimiento” que un profesor, Rainer Wenger, crea en una clase de un instituto de enseñanza secundaria. Este profesor se había encargado años atrás de impartir una asignatura de “anarquía” pero un profesor más veterano se la ha arrebatado en el curso presente, aduciendo que se la tomaba demasiado en serio (Wenger alega ante la directora que él sabe del tema precisamente porque había sido okupa durante cinco años). En consecuencia, le asignan impartir “autocracia” y decide tomárselo tan en serio que embarca a la clase en un experimento práctico en el que los estudiantes aprendan el tema a través de la vivencia de cada uno de los elementos de un sistema autocrático-totalitario (o, más bien, los gérmenes del mismo). El profesor se convierte en el mentor y dirigente del movimiento pero éste acaba cobrando vida propia fuera del aula. Se podrán apreciar así las dinámicas sutiles de imposición de sus mensajes, de exclusión de los no miembros del movimiento y del recurso a la violencia para conseguir la hegemonía social de La Ola. La película retrata con acierto los conflictos que se producen entre los profesores, en el matrimonio de Wenger y entre los estudiantes. Entre éstos es de destacar el papel disidente de dos chicas que se la juegan cada vez más para desenmascarar y atacar a La Ola. Y la patética escena en la que unos anarquistas se enfrentan con miembros de La Ola sólo porque éstos han tachado una de sus pintadas. Cuando Wenger se da cuenta de la trágica deriva que están tomando los acontecimientos decide intervenir para neutralizar el movimiento, pero ya es demasiado tarde, su escenificación no resulta como pensaba y los peores augurios acaban por cumplirse.

 

Es interesante comprobar que toda la historia transcurre en un entorno acomodado de un suburbio alemán. Aunque muchos estudiantes viven situaciones familiares turbulentas y se preocupan racionalmente por su inmediato futuro laboral, la mayoría pertenece a una clase media con recursos abundantes para drogas, alcohol, motos, coches, ropa y diversión en general. Y es asombroso cómo cualquier mínima arenga del profesor acerca de los supuestos agravios o diferencias que experimentan en sus vidas, prende la mecha de la “conversión” incondicional de los estudiantes. ¿Cómo será eso en los barrios empobrecidos en los que predican Le Pen y tantos otros descerebrados, cuando los agravios aludidos seguramente son mucho más acuciantes? El director de la película no tiene dudas al respecto: “Desde luego, ayuda tener una personalidad carismática. Alguien que realmente sea un líder con capacidades reales de liderazgo, que pueda persuadir a la gente, a quien los alumnos admiren. Creo que el sistema fascista es tan pernicioso psicológicamente que fácilmente puede arraigar en cualquier otro sitio y momento. Le das a gente que antes no tenía voz una parcela de responsabilidad. Formas una comunidad. Eliminas las diferencias individuales dándole a todos la oportunidad de distinguirse. Creo que eso es algo que puede funcionar en cualquier lugar. Especialmente en algo como el sistema escolar, y eso lo sabe cualquiera que haya ido al instituto: están los chicos populares, los líderes sociales, los que están arriba y luego un montón de gente que son más o menos tímidos, y en quienes no te fijas. Estoy seguro de que si de repente le das la vuelta a un sistema como ese, ocurriría de nuevo.”

 

 

 

Los hombres que no amaban a las mujeres

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Esta novela de Stieg Larsson (1954-2004), la primera de la trilogía Millenium, ha recibido numerosos y merecidos elogios. Cuando me la recomendaron (gracias por el consejo, Ramón y Marián) tan sólo me dijeron que era adictiva: sus casi 700 páginas te atrapan de tal manera que no puedes dejar aplazada la intriga ni un solo momento. Y corroboro que en unos días y noches pasas como un rayo por sus páginas. Quizás se deba a que no dejan de sugerirte dilemas, pistas falsas, quimeras acerca de las desventuras inmediatas de los personajes, códigos encriptados, hipótesis y contrahipótesis. Lo que no me habían comentado es que se trataba de una magistral novela negra con sus asesinatos, su suspense, una galería macabra de personajes sospechosos, y tramas políticas, económicas y sexuales que mantienen en vilo al más escéptico. Y, más aún, la sutil forma en que se van filtrando las preocupaciones del escritor acerca del nazismo, la corrupción de empresarios y políticos, el papel de los periodistas, y, sobre todo, la violencia contra las mujeres. Los dos protagonistas, el periodista Mikael Blomkvist y la excéntrica investigadora privada Lisbeth Salander, son sagaces, sensibles y temerarios, en la mejor tradición del género negro. No pude dejar de recordar a la pareja de detectives algo más convencionales (Bevilacqua y Chamorro) de las novelas de Lorenzo Silva, aunque ahora la ternura y las emociones fuertes que desliza Larsson por su obra inducen a una reflexión constante y saludable sobre muchos ángulos de nuestra sociedad. Supongo que, como mis amigos, yo también caeré en la tentación de las dos siguientes entregas de esta trilogía que, desgraciadamente, su autor no pudo ver publicada en vida.

 

 

 

Ostiones

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“-¿Pero no ve usted papá que esa mujer le roba el dinero? ¿Es que está usted ciego para no ver que usted no le puede gustar, que sólo está con usted por su dinero y que si usted no fuera rico ni siquiera miraría en su dirección si se caía muerto?

El padre de pronto sintió su vejez. Algo se encogió en su interior, pero fue sólo un instante. Dio una última chupada expansiva al tabaco antes de apagarlo en el cenicero y preguntar a su vez:

-Dime una cosa, Eddy. ¿Cuál es mi plato favorito?

-Los ostiones -respondió el hijo en seguida.

-Bien. Veo que todavía te acuerdas de mis preferencias.

El hombre hizo chasquear un dedo y llamó:

-Eusebio, la cuenta.

Demoró su respuesta hasta que le trajeron la cuenta y la firmó. Entonces se puso en pie y le dijo al hijo, su cara frente a la otra:

-Las ostiones. ¿Y le he preguntado alguna vez a las ostiones si yo les gusto, para comérmelas?”

 

Guillermo Cabrera Infante, Así en la paz como en la guerra

 

 

Como se puede deducir fácilmente, el caso cubano aquí retratado con cierta hilaridad por Cabrera Infante ilustra una variante de la prostitución, manifiesta en la pareja o matrimonio de conveniencia. Es decir, en la prostitución con un cliente fijo que deriva en pacto de convivencia duradero, hasta que el miembro mayor y más adinerado fallezca o clausure el contrato, pues es él quien tiene la sartén por el mango. Evidentemente, también se trata de una de las variantes más voluntarias de prostitución por parte de quien sólo posee su cuerpo como medio de subsistencia, pues si su juventud y belleza están bien cotizadas culturalmente, al menos podría cambiar de pareja en el corto plazo. En todo caso, no dejaría de mudar una situación subordinada por otra ya que siempre carecerá del capital para comprar el cuerpo que desee o para unir a él su patrimonio de una forma mutuamente rentable (o, cuando menos, no dependiente uno del otro). Si no existe una cierta igualdad material entre los miembros de una pareja, el contrato tiende a adoptar una de las modalidades de prostitución (o, si se prefiere, de servidumbre consentida). Aunque sería lamentable que una sociedad se organizase de forma generalizada sobre esas bases, como durante siglos ha ocurrido cuando la mayoría de las mujeres carecían de posibilidades para controlar sus propios medios de subsistencia, sería un error considerar toda relación amorosa o sexual desigual como una falla moral. Hasta cierto punto, el anciano personaje que se deleita con las ostras en este cuento o la Judith de la película “Cliente”, no hacen más que distribuir parte de los frutos de su trabajo de una vida (otra cuestión sería valorar los medios que han seguido para acaudalarse de esa manera) con alguien menos afortunado excepto en algo que para ellos es escaso y casi imposible de obtener con una cierta calidad (por eso prefieren comprar amor y sexo permanentes una vez que han definido nítidamente su preferencia). En el caso del profesor de “Elegy” podríamos pensar que abusa de su posición privilegiada como impositor permanente de ideas sobre sus alumnas (el prestigio encarnado en una rutina de atención a su palabra sagrada) y como evaluador arbitrario de su formación superior (rara vez el poder de poner notas es colegiado). Eso le abre un gran abanico de oportunidades relacionales en comparación con otras profesiones o con las que tienen sus estudiantes. Por lo tanto, es altamente probable que las aproveche para saciar los huecos de su vida matrimonial o para iniciar nuevas parejas con jovencitas (aunque menos probable, nada nos impide apreciar la misma lógica a la inversa -entre profesoras y jovencitos-, como bien prueba el caso de Judith y Marco). Lo que ocurre también es que muchas de esas jovencitas no venden barata su fuerza de trabajo, su cuerpo ni su alma, pues pueden provenir de clases sociales semejantes a las del profesor (o, incluso, superiores) o tener amplias posibilidades de ganarse la vida de forma independiente. Por ello, en muchas ocasiones se aprecia aquí una cierta ansia de aventura o de transgresión por ambas partes que no redunda necesariamente en un contrato típico de prostitución. De hecho, el término resulta capcioso o confuso en todas esas situaciones en las que la relación no es puntual y la transacción directamente monetaria. Desde un punto de vista poético, más que moral, pocas de esas relaciones resultan tan vitalmente enriquecedoras y revolucionarias como las que se producen entre amantes donde media el deseo con plena hegemonía. Pero sería también una ilusión limpiar de toda mancha económica, cultural o social a aquellos que se unen en una más aparente igualdad eventual. Sobre todo cuando escampa la conciencia de que, casi siempre, el delirio tiene también sus días contados, por mucho que nos cueste aceptarlo. ¿O será que es que tengo el día cenizo?

 

 

 

22/12/2008 19:30. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Gigoló

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Algunos aviones transcontinentales ofrecen ahora un amplio menú de películas para que cada pasajero elija en su propio asiento. Los de Air France, además, hacen gala de patriotismo cultural allá donde van y la cuota de películas francesas disponibles compite dignamente con las producciones hegemónicas (indias y norteamericanas). Otra admirable cuota de cosmopolitanismo te permite acceder a varios títulos de todo el mundo que hacen el maratoniano viaje más placentero, dentro de lo que cabe. Aunque mi primera selección -El Show de Truman, una magnífica parodia ácida de los reality shows- requeriría por mérito propio todo un análisis sociológico que postergaré posiblemente sine die (como acontece con tantas otras exposiciones a las que sometemos nuestros sentidos), dedicaré ahora unas líneas a glosar una estupenda obra francesa, con un ritmo y guión no muy alejados del estilo de algunas series televisivas y películas norteamericanas, aunque con una perspectiva de clase obrera quizás más europea y, para mí, imprescindible: Cliente (Josiane Balasko, 2008). Ante todo, decir que las interpretaciones, los ambientes y los detalles secundarios merecen, sin duda, todo mi elogio (como simple lego aficionado).

 

El argumento se erige sobre los problemas económicos que tiene un joven matrimonio residente en un piso pequeño de una barriada francesa pobre. En el mismo piso cohabitan múltiples miembros de toda una familia extensa y los roces de la convivencia hacinada no hacen más que saltar la chispa de los insultos y las disputas, aunque también hermosos detalles de solidaridad y cariño mutuo. Marco, el protagonista, comenzó a ofrecerse como gigoló a través de una página web en el momento en que su mujer estaba a punto de perder la modesta peluquería en la que se había embarcado junto a otras socias. Por supuesto, su mujer no sabe nada del asunto y todos en la familia agradecen las generosas aportaciones para pagar el alquiler y la comida, y los regalos que regularmente aporta Marco. Las tensiones, no obstante, no dejan de aflorar a ritmo de raps crudos y descarnados. Marco y su mujer, además, se aman apasionadamente y cuando Marco es descubierto, tras el río de lágrimas vertido durante días, su mujer le propondrá continuar con el trabajo pues sus apuros económicos están otra vez al límite. Pero ella no puede soportarlo y llega incluso a visitar a la clienta favorita de Marco (una presentadora de televisión que anuncia productos variopintos y que tiene engatusada a la abuela de Marco que no se pierde su “teletienda”) para restringir las cláusulas del contrato (acabar antes de la hora de la cena y los fines de semana libres). Todo vuelve a estallar de nuevo y a derivar en más dolor e incertidumbre para todos. La presentadora de televisión, Judith, nos muestra, en paralelo, el otro extremo de la escala social. Ha tenido éxito en su carrera profesional, vive acomodadamente y desde que tiene necesidad, contrata gigolós un par de veces al mes. Ha superado ya la cincuentena pero sigue siendo una mujer atractiva y activa sexualmente. Está divorciada desde hace cuatro años y dice que nunca tuvo hijos con su marido por falta de tiempo. Vive con su hermana en un piso espacioso y lujoso del centro urbano, y comparten juntas cada día sus cuitas acerca del amor y el sexo, sin ponerse nunca de acuerdo, naturalmente. Ambas trabajan en el mismo estudio de televisión, donde también emergen claramente las desigualdades de clase, las desaveniencias, los desamores y las peleas ocasionales. Un extravagante invitado al programa (una especie de “toro sentado”) acabará seduciendo a la hermana de Judith y la arrebatará de tal modo que ésta lo dejará todo (y a la propia Judith que la tenía como su mejor amiga) para irse a vivir a Arizona. Mientras, entre todas esas turbulencias, Judith y Marco continúan citándose; a veces, sin transacción monetaria por medio.

 

Por una parte, esta historia pretende mostrar que todos los personajes aspiran al “amor de su vida” o, por lo menos, son capaces de experimentarlo en alguna ocasión: tanto el joven matrimonio subsistiendo a salto de mata en el apretado habitáculo familiar, como la hermana de Judith que dice “ahora o nunca” y se lanza al amor en cuanto oye sonar sus campanas, así como la propia Judith encariñada con el tierno jovencito a quien sólo paga para sentirse una “mujer libre” pero a quien aceptaría sin dudarlo como compañero a largo plazo. Todo eso está muy bien pero nos hace sospechar que hay gato encerrado. La simpatía que se puede sentir por alguien que paga por sexo y conoce la situación de miseria en la que se encuentra la prostituta o el prostituto, sin hacer nada por remediarlo, es nula. Produce incluso más repugnancia moral que en otras situaciones de explotación laboral porque a la prostitución se suele llegar por desesperación más que por selección entre varias opciones equiparables en esfuerzo para ganarse el sustento (nada se podría objetar, por el contrario, a los casos más aparentemente voluntarios de Belle de Jour, el clásico film de Buñuel, y, más recientemente, el de Diario de una ninfómana). No obstante, la presente narración juega a hacernos sentir simpatía por todos, incluida Judith por causa de su desesperación y porque, aparentemente, es una mujer inteligente y pragmática que se administra su propia terapia a través del mercado del sexo (aunque sigue desesperada, after all). Es cierto que Judith paga bien y que ella misma entrega parte de su amor y confianza como muy pocos clientes de prostitutas harían jamás. Es su necesidad de amor, no sólo de regulares dosis de sexo, la que está en trance de manifestarse. Por eso adopta un talante paternalista, como hacen muchos empresarios con sus empleados. También es cauta y discreta, intentando evitarle daños mayores a Marco, aunque a menudo es consciente de su egoísmo y de tratarlo como una mera mercancía. El hecho de que se arrepienta, a ojos del espectador privilegiado de su intimidad, no le añade ningún mérito.

 

Pero dijimos que es Marco nuestro desgraciado “héroe de la clase obrera”. Con una belleza salvaje, de latino mediterráneo, y, a veces, poses dignas de James Dean (pero con un fondo más melancólico), se ha casado con la chica más escultural del barrio que trabaja jornadas extenuantes en una peluquería. Su amor mutuo es igualmente salvaje y sólo aspiran a poder tener su propio piso, aunque sea en el mismo vecindario marginado y periférico. Sólo llevan cuatro años casados, así que, quizás, lo peor todavía está por llegar, si es que no ha sido ya bastante dura la experiencia laboral de la prostitución de él. Aquí el narrador parece querer llevarnos a la treta de culpabilizar a Marco porque hace bien su trabajo, disfruta con él e incluso llega a sentir ciertos conatos de enamoramiento por Judith (y, cómo no, por la vida cómoda y dadivosa con la que ella le agasaja). El drama, pues, está bajo control. No hay robos ni asesinatos que nos mostrasen más sangrantemente la violencia que se esconde en todas estas relaciones. Nadie sale ileso de sus luchas por el amor, pero el sufrimiento está contenido en la simple reproducción de las condiciones de clase de cada cual. Como en tantas novelas naturalistas del pasado, lo que no puede ser, no puede ser. La Cenicienta es sólo una burla de la lucha de clases. El amor sólo es una fuerza maravillosa, como en esos culebrones de Garci, hasta que te das cuenta de las relaciones de poder (recordad al profesor de Elegy, de la Coixet), económicas (¿cómo hostias vamos a pagar la hipoteca? ¿podemos vivir juntos cómo queremos y donde queremos?) y culturales (en Mongolia, en Suráfrica, o en Dubai, varían un buen trecho los parámetros de “lo deseable” aunque se sientan coas parecidas) que lo envuelven y constituyen sin remedio. Y están, por último, las diferencias personales de cada ser humano: nuestras manías, nuestras aspiraciones, nuestras dudas y convicciones, nuestros deseos variables, el largo camino por constituirnos como seres dignos, dichosos, virtuosos, capaces. Todo ese fondo de incertidumbre que acecha también a cualquier proyecto “para toda la vida”, a cualquier declaración de amor. Por eso es mejor dejar que nos conduzca ciega y temerariamente, o de lo contrario, nos volveríamos tan prácticos y torpes como Judith y Marco. En la torpeza, de todos modos -unos más que otros-, es fácil caer por muy enamorado que se esté. Así que, paracaídas y gafas de sol. Y lo voy a dejar aquí porque estos vuelos infinitos sobrevolando Siberia dan para ensayos proporcionales a la distancia del viaje, y no es plan de aburrir al personal.

 

 

 

22/12/2008 19:16. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

El cuerno de la abundancia

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Me gustó el título de esta película: tantas ideologías y religiones han prometido paraísos, tanta sangre derramada por una vida sin ninguna dependencia de la naturaleza. Y supuse enseguida que tratándose de Cuba, habría mucho de reír para no llorar (no sé por qué, pero sospecho que la misma expresión me vino a la mente con Habana Blues y con Guantanamera). Como en las viñetas de Quino, pero con más hilaridad y desesperación. Porque entre la picaresca caribeña y el hambre post-revolucionario caben infinitas prosas. Como en otras hermanas isleñas del mismo género cómico, aquí se recurre a la parábola para retratar a una comunidad. Una comunidad con sus más y sus menos. Con sus líderes y sus aprovechados. Con los que se quedan y los que se van. Estos últimos, por varios e inescrutables caminos. La parábola: no importa de dónde venga el maná si al final llega para aliviar nuestras penurias. Es curioso que las monjas y piratas del pasado, o los bancos que han perdurado secularmente como sanguijuelas y en los que fue a recaer la herencia en disputa del cuento, no sean objeto de mayor debate. Y eso que no cejan de debatir y hablar y pelearse y fornicar (o intentarlo) y vivir con tanto sol y pasión que en nuestro paralelo parecemos osos polares. La técnica narrativa en círculo y la banda sonora aderezada por Lucio Godoy aderezan más que dignamente esta lograda tragicomedia de Juan Carlos Tabío (2008).

 

 

 

La desconocida

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Giuseppe Tornatore nos vuelve a encoger el corazón con “La desconocida” (2006). Las desgracias sufridas no justifican que se le inflijan desgracias a terceros. Las cadenas de explotación se reiteran a todas las escalas y van dejando un rosario de cómplices y de corrupción social generalizada. ¿Cómo sobrevivir dignamente? ¿Es el amor tan sólo un espejismo fugaz, irreversible e irrepetible? ¿Por qué necesitamos obsesiones y objetos de ternura para darle un sentido a vidas tan magulladas? Tornatore exprime soberbiamente la magia de las sombras morales tras ese telón de luces y tiempo comprimido (y expandido) que llena la pantalla. Lo que otros obvian o apostillan demagógicamente, aquí es infiltrado e incorporado en cada grano de oro que preside la mirada. Todo esto por debajo de su argumento trágico y ambivalente: una mujer que escapó de las redes de la prostitución ucranianas intentará reconstruir su ser a través de su misteriosa incursión en la vida de unos joyeros de Trieste. La música de Ennio Morricone, por fin, envuelve, con todo lujo de evocaciones,  este conmovedor relato.

 

 

 

No Replay

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Vuelven a los escenarios los trajes negros con corbata de nudo flojo, y algún que otro sombrero a lo Blues Brothers. Vuelven músicos devotos a su público ávido de swing, rock steady y de alegría. Músicos reverenciales con clásicos del jazz o del pop italiano de hace cincuenta años. Jóvenes skatalíticos sin prejuicios y con muchos metales en la sección delantera. Nueve, nada más y nada menos, y con invitados intermitentes a los bongós y a las voces rapeadas. Sin parar de jugar entre ellos, saltando y acuclillándose. Quizás no son virtuosos implacables, quizás la multinacional que los apadrina acabe arañando su ingenua modestia. Pero sus conciertos elegantes y divertidos, dos en una misma semana en Madrid, no serán fáciles de olvidar. Por si queréis probarlos sin la nata del directo: http://myspace.com/noreplayorchestra

 

 

28/09/2008 12:30. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

máquinas y almas

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En el Museo Reina Sofía (de Madrid) está todavía abierta (hasta el 10 de octubre) una curiosa exposición con toda clase de sorprendentes artilugios tecnológicos. Entre los que me han resultado más conmovedores me gustaría destacar “Listening Post” (Ben Rubin y Mark Hasen: http://www.earstudio.com/). Como se puede apreciar en el vídeo promocional (http://www.museoreinasofia.com/s-artistas-contemp/home.php) por encima de una melodía cadenciosa y casi nostálgica, se van vertiendo palabras y frases entresacadas de conversaciones que están teniendo lugar en todo el planeta a través de internet (eso sí, sólo las que discurren en inglés). Al mismo tiempo, todos esos fragmentos robados en el ciberespacio son visualizados con un verde fosforito como el de las primeras pantallas de ordenador, a lo largo de decenas de cajitas negras (231) alineadas hipnóticamente en filas y columnas. Un momento sublime para la contemplación de todas nuestras propias conversaciones, como si también estuvieran ahí, objetivadas y troceadas.

 

 

 

Una palabra tuya

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El principal aliciente para ver Una palabra tuya (Ángeles González-Sinde, 2008) era, simplemente, una película anterior de la misma directora que me sorprendió en su día por muchas de sus virtudes (La suerte dormida, 2003). En esta ocasión desconfiaba inicialmente del tipo de historia que pudiera narrar pues la novelista de la que se ha surtido, Elvira Lindo, no es especialmente santa de mi devoción. Pero, la verdad, pocos novelistas y pocos directores se arriesgan a retratar a la clase obrera, con sus disyuntivas, apuros y anhelos. Y, sólo por eso, ya merece la pena asomarse a la ventana que le brindan las cámaras. (Sin concesiones, eso nunca, a la exigencia artística de conmoción y evocación.) En esta película dos mujeres acaban trabajando como barrenderas nocturnas en las calles de Madrid. Una de ellas, Rosario, incluso había comenzado una carrera universitaria y quizás fueron, más que nada, las frustraciones personales que vivió en su familia, al filo de la clase media, las que le condujeron a ese destino laboral. La otra, Milagros, procedía de una aldea montañesa y de una prematura orfandad que la llevó a vivir en la ciudad con un pariente taxista. Rosario padece una lacerante falta de autoestima y la carga sobrevenida de cuidar sola a su madre anciana, convaleciente y agriada. Trabaja, casi a escondidas, limpiando en el Banco de España. Milagros sobrelleva su soledad y su desconsuelo con una desinhibición exagerada, canturreando y bailando en cualquier lado. Conduce, un poco a lo loco y sin carnet, el taxi de su tío. Mientras la primera vive ensombrecida y amargada, la segunda esconde sus sombras y deseos con actitudes precipitadas... Es una pena que se resuelvan con torpeza y recurriendo a manidos tópicos sentimentales (la maternidad por azar o el emparejamiento-a-falta-de-algo-mejor) el dilema central: cómo se fraguan la amistad (y el amor unilateral), entre ambas protagonistas, con todo el lastre moral y de subsistencia personal que arrastra cada una. Como me ocurrió en su día con Mataharis (Icíar Bollaín, 2007) o con En un mundo libre (Ken Loach, 2007), pensaba obviar este comentario al no salir de la sala oscura con una sensación sublime, pero al ver otras películas realistas tan condescendientes con el despreocupado “encanto de la burguesía” (pienso en la destacable Caos Calmo -de Antonello Grimaldi, 2008- con todo un alarde narrativo minucioso que nos induce a comprender las vicisitudes de un alto ejecutivo), no tengo duda de hacia dónde orientar mis recomendaciones.

 

 

 

11/09/2008 14:19. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

No Smoking

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Emir Kusturica -el genial director de películas inolvidables como La vida es un milagro o Gato negro, gato blanco- es el guitarrista de una banda iconoclasta: la No Smoking Orchestra. El pasado domingo actuaron en Vigo y lograron que miles de cuerpos comulgaran con sus agitaciones desenfrenadas, con sus irreverencias folkpunk y que repitieran al unísono “fuck you MTV” (entre otras ininteligibles proclamas, probablemente alguna en contra de la reciente independencia de Kosovo). Toda una fiesta cargada de simpatía, teatralidad, ritmo y bailes que recomiendo a cualquiera que tenga la oportunidad de cruzarse en el camino con estos músicos cargados de saludable gamberrismo.

 

 

 

19/08/2008 12:57. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Leer Lolita en Teherán

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“Me obsesiona una fantasía que tengo sobre la adición de un nuevo artículo a la declaración de derechos del ciudadano: el derecho a la imaginación. He llegado a la conclusión de que la auténtica democracia no puede existir sin libertad de imaginar ni sin el derecho a utilizar obras de la imaginación sin restricción alguna. Para tener una vida completa, hemos de tener la posibilidad de formar y expresar públicamente mundos, sueños, pensamientos y deseos privados, de tener acceso continuo a un diálogo entre los mundos público y privado. ¿De qué otra manera podemos saber que hemos existido, sentido, deseado y temido?

 

(...) ’Yo no puedo acostumbrarme’, dijo Manna un día. Y yo no podía culparla. Seguíamos siendo desdichadas, comparábamos nuestra situación con nuestra propia capacidad y nuestras propias posibilidades, con lo que podíamos tener, y había poco consuelo en el hecho de que millones de personas fueran más infelices que nosotras.

 

(...) -Aprende de nosotras -dijo Azin. ¿Para qué necesitas casarte? -Había recuperado el tono insinuante-. No te tomes en serio a esos individuos: sal con ellos y pásalo bien.

Mi amiga la abogada tenía muchos problemas con Azin. Al principio ésta se había mostrado inflexible con lo del divorcio. Diez días después había acudido al bufete con su marido, su suegra y sus cuñadas. Pensaba que la reconciliación era posible. Poco después se presentó sin cita previa; estaba cubierta de magulladuras y dijo que la había vuelto a golpear y que había dejado a su hija en casa de la madre de él. Por la noche, él se había arrodillado al lado de su cama, llorando y suplicándole que no lo abandonara. Mientras hablábamos, Azin rompió a llorar otra vez, diciendo que él le quitaría a la niña si seguía adelante con el divorcio. Aquella niña era toda su vida, ’y ya conocéis a los tribunales, la custodia de los hijos siempre se la dan al padre’. Azin sabía que él sólo quería a la niña para hacerle daño a ella. Nunca se preocupaba por la niña y lo más probable era que la mandase a casa de su madre. Azin había solicitado un visado para Canadá, pero aunque habían aceptado la solicitud, no podía abandonar legalmente el país sin el permiso del marido. ’Sólo si soy dueña de mi propia vida podré obrar sin el permiso de mi marido’, dijo, desesperada y dramáticamente.

 

(...) Cuando me preguntan por la vida en la República Islámica de Irán, no soy capaz de separar los aspectos más personales y privados de nuestra existencia de la mirada del censor ciego. Pienso en mis chicas, que procedían de diferentes clases sociales. Sus dilemas, independientemente de su clase y sus creencias, eran comunes y procedían del expolio, a manos del régimen, de sus momentos más íntimos y de sus aspiraciones privadas. Este conflicto se encuentra en el centro de la paradoja creada por el Gobierno islámico. Ahora que los ulemas gobernaban el país, la religión se utilizaba como instrumento de poder, como ideología. Este enfoque ideológico de la fe diferenciaba a los que estaban en el poder de los millones de ciudadanos de a pie, creyentes como Mashid, Manna y Yassi, que descubrieron que la República Islámica era su peor enemigo; las personas como yo odiaban la opresión, pero los otros tenían que contender con la traición. Sin embargo, también a ellos les afectaban más directamente las contradicciones e inhibiciones de la vida privada que los grandes asuntos de la guerra y la revolución. Aunque viví en la República Islámica durante dieciocho años, no conseguí captar por completo esta verdad durante los primeros años de agitación, durante las ejecuciones públicas y las manifestaciones sangrientas, ni durante los ocho años de guerra, con la alternancia de las sirenas blancas y rojas, mezcladas con el rugido de los cohetes y las bombas; sólo después de la guerra y de la muerte de Jomeini vi con claridad que éstos eran los dos factores que habían mantenido al país unido a la fuerza, impidiendo que las voces discordantes y las contradicciones salieran a la luz.

 

(...) Nassrin me habló de su temporada en la cárcel. Todo había sido un accidente. Recuerdo lo joven que era; todavía iba al instituto. ’Temíamos exagerar cuando les atribuíamos canalladas -dijo-, pero ahora sabemos que casi todo lo que oímos sobre la cárcel era cierto. Lo peor era cuando gritaban nombres a media noche. Sabíamos que las llamaban para ser ejecutadas. Decían adiós y, poco después, oíamos el sonido de las balas. Sabíamos el número de fusilados en una noche concreta por los tiros de gracia que se oían invariablemente después de las descargas. Había una chica allí cuyo único pecado era su asombrosa belleza. La habían encerrado porque algunos la habían acusado falsamente de inmoralidad. La retuvieron durante un mes y la violaron repetidas veces. Se la pasaban de un guardia a otro. La historia recorrió rápidamente la cárcel, porque la chica ni siquiera estaba allí por motivos políticos, con las presas políticas. Casaban a las vírgenes con los guardias, que más tarde las ejecutaban. La filosofía que había detrás de todo esto era que si eran ejecutadas siendo vírgenes, iban al cielo. Hablas de traiciones. Por lo general, obligaban a las que se habían convertido al Islam a disparar el último tiro en la cabeza de sus camaradas, para demostrar su lealtad al régimen. Si yo no hubiera sido una privilegiada -dijo con rencor-, si no hubiera estado bendecida con un padre que tenía su misma fe, Dios sabe dónde estaría ahora; en el infierno con el resto de vírgenes violadas, o quizá sería de las que pusieron la pistola en la cabeza de alguien àra demostrar su lealtad al Islam.’

 

(...) -Una novela no es una alegoría -dije cuando la clase estaba a punto de acabar-. Es la experiencia sensorial de otro mundo. Si no entras en ese mundo, contienes la respiración con los personajes y te involucras en su destino, no habrá empatía, no habrá identificación, y la identificación está en el corazón de la novela. Así es como se lee una novela: inhalando la experiencia. Así que empezad a respirar. Sólo quiero que recordéis esto.

 

(...) La clase transcurrió sin novedad y las siguientes ya fueron más fáciles. Yo era entusiasta, ingenua e idealista, y estaba enamorada de mis libros. Los alumnos sentían curiosidad por mí y por el doctor K, el joven de cabello rizado con el que había tropezado en el despacho del doctor A, extraños fichajes de última hora en un período en que casi todos los estudiantes querían expulsar a sus profesores: todos eran contrarrevolucionarios, término que abarcaba desde trabajar con el régimen anterior hasta utilizar un lenguaje obsceno en clase.

Aquel primer día les pregunté a mis alumnos cuál era el objeto de la literatura, por qué hemos de molestarnos en leer literatura. Fue una manera extraña de empezar, pero conseguí atraerme su atención. Expliqué que durante el semestre leeríamos y comentaríamos a varios autores que sólo tenían en común el hecho de haber sido subversivos. Unos, como Gorki o Gold, eran abiertamente subversivos por sus objetivos políticos; otros, como Fitzgerald y Mark Twain, eran en mi opinión más subversivos, aunque no se notara tanto. Les dije que volveríamos sobre esta palabra porque para mí su significado era ligeramente distinto de la definición habitual. Escribí en la pizarra una frase de T. W. Adorno que me gustaba mucho: ’La más alta forma de moralidad es sentirse extraño en la propia casa.’ Expliqué que la finalidad de casi todas las grandes obras de imaginación era hacer que nos sintiéramos como extraños en nuestra propia casa. La mejor literatura siempre nos obligaba a cuestionarnos lo que dábamos por sentado. Ponía en duda las tradiciones y las esperanzas cuando parecían inmutables. Les dije a mis alumnos que quería que al leer aquellas obras pensaran en cómo les afectaban, les inquietaban, les hacían mirar alrededor y ver el mundo, como Alicia en el País de las Maravillas, con otros ojos.”

 

Azar Nafisi, Leer Lolita en Teherán. Una historia de amor, libros y Revolución

 

 

 

Mala gente

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Al parecer, llevamos unos años (aproximadamente, desde 1996, sexagésimo aniversario del Golpe de Estado de Franco y sus secuaces contra el gobierno de la República española) de gran afluencia de libros en quioscos y librerías sobre aquella infame época de la mal llamada Guerra Civil y su “larga noche de piedra” subsiguiente. Nunca la obscenidad fue tan rampante. Después de tanto silencio, tanta desmemoria, tantas humillaciones oficializadas y tan insultante reproducción de las mismas fortunas y élites sociales, parece que ya se puede hablar, que hay libros para todos los gustos y que la “reconciliación nacional”, final y naturalmente, se da en ese inocente mercado literario y pseudohistórico. ¡Qué vergüenza que tantas generaciones hayan pasado por la escuela con ese vacío ignominioso en sus planes de estudios! ¡Y qué raquítica la legislación que ni siquiera ha venido a paliar un ápice todo ese terror infligido sistemáticamente por ese fascismo longevo y sanguinario que gobernó con plena impunidad internacional durante cuarenta años! Los que olvidan su historia, dicen, corren el riesgo de volver a repetirla...

 

Mala gente que camina (Benjamín Prado, 2006) era una más de ese montón de publicaciones que ya casi no tenía ganas ni de consultar, después de años de hacerme preguntas y escarbar por mi cuenta en algunos de esos pozos intocables, según nos indujeron a pensar. Pero ha sido un regalo de cumpleaños oportuno y gratificante (gracias, Cristina), con una buena historia que me ha intrigado desde el principio, aunque no es difícil adivinar su desenlace desde la mitad de esta voluminosa novela. Algunos personajes quizás están desarrollados y presentados un poco excesiva y formalmente, y la abundante información documental también abruma y hasta hace un poco pedantes algunos diálogos, pero el tono de denuncia política y la trama son interesantes. El narrador es un profesor de instituto que aparenta usar esta novela para contar en forma de ficción lo que no le permiten hacer en forma de ensayo histórico y filológico. Dedicado a estudiar la literatura de posguerra y, en particular, la de autores sutilmente díscolos con el Régimen del dictador como Carmen Laforet y Luis Martín-Santos, descubre a una escritora frustrada y olvidada que, sin embargo, fue astuta y tenaz en denunciar el rapto de hijos republicanos por el Estado y la Iglesia. El autor-narrador estima que más de 30.000 niños habrían sido extirpados de sus madres y familias, o repatriados forzosamente, después de fusilar o encerrar perpetuamente a sus progenitores. Y salpica la narración con las numerosas atrocidades a las que fueron sometidas las mujeres encarceladas por el Régimen e, incluso, las que sufrieron miles de aquellos niños en su vil trueque cuando no perecieron por pura alevosía de aquellos “cristianos” fundamentalistas. Apasionantes resultan también los excursos que hace para mostrar cuántos falangistas se intentaron reconvertir en paladines de la democracia después de haber escrito auténticos panfletos terroristas, y cuántos escritores exitosos secundaron aquella complicidad sin el menor remordimiento. De lo que se trataba era de mantener el poder, medrar, estar con los vencedores y hacer culpables a las víctimas. Y muy pocos fueron capaces de nadar y guardar la ropa, o de nadar entre dos aguas. En fin, como decía otro verso de Antonio Machado también citado en el libro (“mala gente que camina” es uno): “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

 

 

 

La edad de la ignorancia

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El protagonista de La edad de la ignorancia (Denis Arkand, 2007) es un hombre maduro, funcionario, casado, con dos hijas y una vida de lo más normal. Precisamente esa normalidad anodina, alienante y patética es la fuente de sus desgracias. La sexualidad con su mujer se ha evaporado, sus hijas sólo escuchan sus propias músicas y pensamientos, su jefa ejerce de policía con manía persecutoria de sus retrasos por la mañana, de sus pitillos a escondidas y hasta de su lenguaje políticamente incorrecto. La rutina diaria es un suplicio diario. La única mujer con la que todavía tiene un vínculo de ternura, su madre, está moribunda, sola e ida en un hospital. Lo único que le queda para evadirse de esa vida absurda es la fantasía y, sobre todo, las fantasías eróticas: con una modelo-actriz, con una periodista que le entrevista cuando -en su imaginación- gana un premio literario, cuando es elegido candidato del partido quebecquois... Esas evocaciones con todo lujo de detalles y su mezcla constante con episodios cotidianos no menos absurdos (como cuando conoce a una pirada que se cree una princesa medieval) van plagando la historia de un humor delirante, de ese de reír para no llorar. Sublime es, en especial, la escena en la que una comisión laboral juzga al protagonista por haber usado la palabra “negro” y una experta jurista señala que ¡ha sido suprimida del diccionario de Canadá! Todas las frustraciones que desfilan magistral y sarcásticamente por este sainete no ocluyen, sin embargo, el esbozo de unos leves visos de esperanza para que este hombre dimita de todo lo que le hace infeliz.

 

 

 

Gran Vía

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“De hacerme algún día tarjetas de visita, debajo de Bernardino Suárez Atanor, de profesión, pondría paseante. No sé hacer otra cosa más que pasear y a eso me dedico, a pasear con ojo de águila serpentina y memoria fotográfica. Me encargan que localice algo, a alguien, lo que sea aunque sea abstracto, y yo lo localizo pateando la ciudad, en particular la Gran Vía y su alfoz, es mi territorio. Hay encargos de mal agüero pero que acepto por su extravagancia, soy de natural curioso y no me gusta repetir de oficio, como dijo en esa de aventuras Clark Gable o Paco Rabal, uno de ellos o quizá otro, ’nada peor que un sueldo’, porque el sueldo es la suprema repetición. El de aquel cuadro era un pésimo augurio pero más insólito imposible, al menos para mí. La pintura no era grande, medía 0,75 x 0,40, pero sí era un laberinto al óleo: tres franjas horizontales de azules diferentes, pongamos del mar al cielo, salpicadas de redondeles de todos los colores, pongamos a modo de lunares o planetas. Parecía la bandera de un país africano, de esas que sólo vemos por la tele cuando desfilan en los Juegos Olímpicos. Me lo encargó Tino, el de Astorga, un maragato bien instalado en el Círculo Mercantil, lo suyo es el naipe. Me dijo:

-Dino, tienes que localizarme a un coleccionista al que le chiflen estas rarezas, por lo visto este adefesio es un almasola, cosa fina.

Lo pregunté como el periodista al que le encargan un artículo de opinión pregunta si a favor o en contra de un asunto del que no tiene ni puta idea.

-¿Almasola pintor o Almasola título?

-Ni puta idea, por eso te voy a dar el doble de comisión.

El cuadro se lo había ganado al póquer a un guirigay, un turista milanés medio pardela, medio exquisito. A cambio de las cien mil pelas que ya no podía pagarle. El guiri le convenció con el cuento de la lechera: el cuadro no se cotizaba en las galerías de arte, pero por toda Europa pululaban adictos admiradores de esa pintura, coleccionistas fanáticos y secretos, capaces de pagar millones por una tela tan bien conservada con, por lo no visto, un gran encanto simbólico. Tino se dejó convencer porque ya le había exprimido lo suficiente y no merecía la pena hacerle un chirlo en la jeta, más sacaría con el adefesio si de verdad era antiguo y, si no lo era, como quien se pasa en la propina.”

 

Raúl Guerra Garrido, La Gran Vía es New York

 

 

Este libro es una auténtica joya de 500 nutridas páginas. Podría dejarlo aquí, lacónico, y bastaría con echar un vistazo a su exquisita prosa para apreciar la desbordante imaginación que Guerra Garrido despliega a partir de los más recónditos espacios de esta arteria única de Madrid. Diré, tan sólo, que es una literatura tan verosímil que no dejas un minuto de sospechar cuánto hay de documentación histórica, de indagación urbanística y de recreación ingeniosa acerca de las decenas de personajes rocambolescos que deambulan por sus páginas. Durante las semanas que he estado hipnotizado por esta soberbia lectura, volvía una y otra vez a la Gran Vía tratando de identificar los edificios, carteles, cines, restaurantes y mobiliario aludidos en el texto. Esperaba, tal vez, cruzarme con los camareros o con los guardias de seguridad o con los buscavidas de cuyas anécdotas no dejaba de sorprenderme. Muchas de las historias están ambientadas en el pasado, como aquélla tristemente heroica del correveidile de Arturo Barea (el autor de aquel mítico ’La forja de un rebelde’) cuando éste censuraba para la República, desde el edificio de Telefónica, las noticias que enviaban los corresponsales internacionales sobre la sangría fascista. Otras veces, cualquier excusa es válida para reconstruir los lugares, genealogías y periplos provocando que un militar acabe hospedado en la zona o una heredera suicida regente un hotel. Los lustrosos ejercicios de estilo no desmerecen ni se desequilibran al relatar las vidas de médicos o de prostitutas, de los fundadores de la Casa del Libro o de trileros de tres al cuarto, del pacifista Gonzalo Arias y su utopía inédita por derrocar al dictador o de un dibujante de La Codorniz. En fin, una auténtica delicia para los que tenemos veleidades sociológicas incrustadas en todos los sentidos.

 

 

 

Nazis en España

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La fabulosa iniciativa surgida entre activistas madrileños para organizar la “Muestra de Cine de Lavapiés” ha llegado a su quinta edición este año y en “El solar” okupado pudimos ver el miércoles pasado una de las mejores proyecciones y escuchar engatusados las profundas y precisas reflexiones de su director al final: El paraíso de Hafner (Günter Schwaiger, 2007).

 

Como señala la presentación de la Muestra: “Hafner, ex-criador de cerdos, inventor arruinado, amante insolente y, ante todo, antiguo oficial (teniente) de las SS, vive en España rodeado de amigos nazis y soñando con el advenimiento del IV Reich. A través del film nos introducirá, orgulloso y sin complejos, en su mundo oscuro y grotesco que ha fabricado a su medida y en el cual reina con aparente soberbia. Finalmente la realidad vendrá a su encuentro...” Y añade el director: “Esta película se me presentó a la vez como un desafío y un duelo. Desafío porque me enfrenté al triste pasado de mis orígenes, es decir, con el oscuro pasado de mi país, Austria. Pero lo hice desde la perspectiva más distante y fresca de mi nueva vida en España, donde llevo viviendo diez años. Y es un duelo porque enfrentarse a quien desprecia lo que uno más valora, resulta muy duro. Hablar, incluso en ocasiones sentir simpatía por alguien que no tiene ninguna compasión por el dolor ajeno, se hace insoportable. Hafner lo sabía y jugó con ello. Quiso quemar mi voluntad de resistir durante todo el rodaje, pero al final su silencio lo dice todo...”

 

En efecto, el director se presenta sincero y a cuerpo descubierto. Aunque en las antípodas ideológicas de su personaje, éste acepta el envite y pasa a contar y mostrar su vida. Defiende sin atisbo de duda a Hitler y desprecia los registros oficiales del Holocausto, el genocidio judío. Se codea entre los falangistas españoles y Fuerza Nueva. La dictadura franquista lo acogió, al igual que a otros cientos de oficiales nazis, con los brazos abiertos para que se instalaran en España tras la Segunda Guerra Mundial y pudieran crear empresas con todo tipo de beneficios. Su impunidad y ocultamiento, incluso hoy en día, son otra de esas vetas de ignominia en la memoria histórica en nuestro país. Hafner, además, es un anciano fornido y tan dogmático como acostumbraba. A pesar de su inflamado verbo autoritario, en la película ofrece un rostro humano, cierta agudeza mental y hasta una taimada simpatía senil. Sólo el abandono de sus amigos nazis de Marbella, las inesperadas acusaciones de antisemitismo que le hace una amiga suya hija de un general franquista, y sus parálisis cruciales cuando acepta presenciar un documental sobre el Holocausto y conversar con Hans Landauer, un ex-brigadista internacional en la Guerra Civil y posterior superviviente del campo de concentración de Dachau donde Hafner trabajó... consiguen abrir unos resquicios en la coraza de indignidad con la que el protagonista se disfrazaba. Los planos, algunas selectas imágenes y los pertinentes silencios, desde el punto de vista técnico, sólo pueden merecer elogios. Schwaiger ha compuesto una obra intensa, emotiva y de una incisiva provocación reflexiva acerca del fascismo y de las personas concretas que lo abanderan. Imprescindible.

 

Los invisibles

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“nosotros debemos decidir qué es lo que más nos conviene para el crecimiento y el reforzamiento de este movimiento y entonces el problema más importante para nosotros no está en conservar el Almacén a cualquier precio el problema está en que debemos conservar la fuerza que hemos conseguido y para ello tenemos que rechazar la evacuación voluntaria que nos proponen pero también tenemos que decidir autónomamente nosotros cuándo y cómo desocupar si nosotros desocupamos por decisión autónoma nuestra conservamos intacta nuestra fuerza política y mañana podremos desarrollar de nuevo las luchas de este movimiento para la conquista de un espacio social podremos llevar a cabo otras ocupaciones y otras luchas si por el contrario vamos al enfrentamiento hoy aquí nos lo jugamos todo y en mi opinión lo perdemos todo”

 

Nanni Balestrini, Los invisibles

 

 

 

 

Esta novela fue publicada en 1987 en italiano, en 1988 en castellano por la editorial Anagrama y en 2007 ha sido reeditada por Traficantes de Sueños (http://www.traficantes.net/index.php/trafis/editorial/catalogo/historia/los_invisibles) con la misma traducción de Joaquín Jordá. No obstante, ficciona una serie de acontecimientos políticos que tuvieron lugar en distintas ciudades italianas en la segunda mitad de la década de 1970. Los protagonistas pertenecen al ’movimiento autónomo’ que intentó radicalizar los ideales comunistas, aplicarlos asamblearia y horizontalmente a la realidad inmediata, y enfrentarse a todo tipo de opresiones laborales, sexuales, mediáticas y políticas. Los centros sociales okupados, las huelgas salvajes, los hurtos selectivos y la autoorganización feminista fueron algunas de las intensas experiencias que aún prolongan su influencia hasta nuestros días. Sin embargo, muchas de aquellas luchas descarrilaron hacia acciones armadas insensatas y, en consecuencia, la represión policial y judicial fue feroz. Tanto que algunos, como el propio autor de la novela y varias centenas más, se exiliaron durante años en Francia ante la carencia de garantías que ofrecían en Italia las detenciones, torturas y juicios. El libro traza con hábil e impresionista síntesis algunos de los momentos vitales más significativos de los jóvenes que se iban involucrando en el movimiento y los dilemas a los que tenían que hacer frente cada día, sus tácticas, sus conflictos y sus diletancias. La falta de puntuación, por su parte, invoca a una cierta creatividad del lector y a su concentración en el discurrir de los hechos narrados. La vida en prisión del principal protagonista, sufriendo todo tipo de agresiones a la vez que mostrando la capacidad colectiva de organizarse y rebelarse incluso en condiciones tan totalitarias, ocupa una buena parte del relato y conduce a una sensación de desasosiego y de derrota de esos movimientos sociales. Pero esa es sólo una técnica para envolvernos en los pensamientos y avatares de los personajes porque, en el fondo, nos interpela constantemente acerca de las huellas que pudieron dejar todas aquellas reivindicaciones, las posibles lecciones a aprender de sus propósitos, de sus prácticas y de sus evidentes defectos. Por eso es una novela apasionante y sólidamente anclada en el magma de aquella realidad sísmica y del mismo capitalismo extenuante con el que coexistismos en la actualidad.

 

 

28/06/2008 19:01. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Elegy

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La última entrega de Isabel Coixet, Elegy (2008), vuelve a poner el dedo sobre la llaga de las turbulencias sentimentales: amor, enfermedad, muerte... Él (Ben Kingsley): un profesor neoyorquino de más de sesenta años pero bien conservado físicamente, exitoso en su mundillo intelectual, independiente, divorciado desde hace décadas, atractivo y sexualmente prolífico. Ella (Penélope Cruz): una joven menor de treinta, alumna del susodicho, de familia cubana enriquecida, atractiva e inexperta, supuestamente inteligente, y entregada sin la menor duda al amor con su profesor una vez que es seducida por él (en principio, sólo para copular con ella... la táctica: al acabar el curso, el profesor organiza una fiesta en su casa eludiendo así las prohibiciones de acoso sexual que imperan en el recinto universitario notoriamente visibles a través de placas y carteles por doquier). El guión nos puede sonar algo recurrente y estereotipado: se enamoran pero, debido a su diferencia de edad y a otros inconvenientes sociales, sufren y se separan. Es menester preguntarse, por lo tanto: ¿qué nos aporta de novedoso este típicamente desequilibrado y algo convencional affair? (Convencional por cuanto, en las sociedades machistas, los hombres mayores siempre han tenido más oportunidades para emparejarse con jovencitas en un intercambio de la salud y belleza de éstas por el supuesto bienestar económico y protección física de aquéllos). Me inclino por la hipótesis del “viejo testarudo”. Quiero decir que, a pesar de los dolores de ella (más o menos trágicos según la etapa de la película), me da la impresión de que todo el peso de la narración recae sobre los principios normativos de él (de hecho, la historia se basa en una novela de Philip Roth). O sea, que él no se apea de su tren de vida ni aunque le atraviese a hierro la musa más carnal y hermosa que se hubiera imaginado.

 

Su tren de vida y su código ético consisten, simplemente, en un individualismo radical: no comprometerse nunca (más) en un proyecto de convivencia con otro ser que pueda erosionar alguna capa de su pacientemente cultivada intimidad. Sus amantes le hacen sentir hermoso y deseado. Sus alumnos y audiencias le hacen sentir culto y admirado. ¿Para qué, entonces, reducirse a una vida en pareja que pudiera rebajar considerablemente sus atributos? “No atravesar la frontera” (del matrimonio, de reconocerse enamorado, de compartir sus cuatro paredes durante más de un día): esa parece ser su máxima. Y su amigo el poeta, igual de anciano y promiscuo que él, no hace más que complacerle en su mutuo carpe diem. ¿Podrán las advertencias de la muerte y de la enfermedad hacerle cambiar de idea? Nada de eso, nuestro viejo testarudo se aferra a su suerte y a su vida contemplativa pase lo que pase. Desde su celoso presenteísmo nos intenta convencer con un pronóstico de fuerte realismo: si me uno a esa mujer extraordinaria, parece decirnos, toda esta gloria (de ambos) se transformará en sufrimiento (mío) pues ella es joven y me abandonará antes o después; ergo, mejor me olvido de esta pasión suicida y me conformo con la dicha breve o con la ruptura segura (y sufrimiento mutuo, aunque pequeño) en cuanto se percate de mi falta de entusiasmo... Todas esas tribulaciones no hacen mella en el fondo metódico y mineral de nuestro héroe, aunque sus silencios y parcas reafirmaciones de sus fuentes de afecto nos hagan sospechar, por momentos, lo contrario.

 

 

17/06/2008 13:52. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

El señor Ibrahim

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En pantalla chica y con la cena en bandejas -en los mismos sofás donde acompaño a mis hijos adolescentes a seguir los partidos de la Eurocopa, venciendo mis renuencias prejuiciosas ante el deporte televisado y pasando un buen rato con ellos- vimos esta semana El señor Ibrahim y las flores del Corán (François Dupeyron, 2003). Mis chavales me advirtieron antes de empezar: “sólo nos quedamos si es entretenida”. Su primer requisito de entretenimiento es que no la visualicemos en su francés original: cedo. A partir de ahí, sólo temo al síndrome de somnolencia adquirida o a la súbita aparición de otros entretenimientos simultáneos a la proyección. Y nada de eso ocurre: me alegro. Desde los primeros hasta los últimos acordes del “no matter, no matter what color, you’re still my brother... tell me why, why can’t we live together?” su pensamiento parece absorbido por el devenir de Momo, el chaval judío de 13 años que encuentra en Ibrahim, el tendero turco de su barrio, a un amigo y segundo padre. Puede ser que la edad del joven protagonista y sus peripecias fueran suficiente acicate para que mis niños se viesen reflejados, identificados y cuestionados, y así no perder comba de los sucesos. Momo vive solo con su amargado padre para quien cocina y hace la compra habitualmente. A su tierna edad se inicia en la sexualidad gracias a las prostitutas de la Rue Bleu donde vive, en un denso y bullicioso barrio viejo del París de los años ’60. También se enamorará y desenamorará de una vecina pelirroja, y se hará amigo e hijo adoptivo del sorprendente señor Ibrahim. A éste le robaba latas de conserva hasta que el anciano y sabio musulmán le reprendió comprensivamente y le fue atrayendo hasta su particular filosofía vitalista (y a la lectura del Corán), a pesar de su ya avanzada vejez y su rutina comercial aparentemente sombría. Juntos se contagiarán la sonrisa y hasta emprenderán un viaje en coche (¡del que sólo veremos las nubes!) hasta la Turquía natal de Ibrahim (región de Anatolia, si no recuerdo mal). ¿No deberían ser así todas las “paternidades”: amistosas, estimulantes del conocimiento, ejemplos de autonomía y felicidad? No sé exactamente en qué pensaban Mario y Luis (¡tan concentrados y metidos en la piel de los personajes como me suele ocurrir a mí!), pero estoy seguro de que su mirada atenta hasta el final no les dejó indiferentes. Y todas esas contundentes canciones de rock y música negra de la época (junto a alguna francesa como Nouvelle Vague), tan bien trabadas y coloristas (como el Sunny, La Bamba, o Sweet Little Sixteen), seguro que también contribuyeron lo suyo a que se sintieran “entretenidos”. Es difícil, pero cada día voy aprendiendo más a ver buen cine juntos. O sea, a convivir y a crecer juntos, entrando en universos comunes de reflexión (es curioso, pero últimamente hasta se animan a leer algunas cosas de los periódicos que yo devoro con fruición...).

 

 

 

17/06/2008 13:51. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

mimos

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“La nalga es una epifanía y nunca una culminación. Es, como diría mi amigo Jacinto, un sine qua non que encierra la promesa de un cetro soberano que puede ser acariciado, contemplado, besuqueado, palpado... o de un torso para ser recorrido con la lengua o unas tetillas que responden. Lo normal, vamos. Pero son las nalgas como preámbulo las que me descomponen. Así de simple.

        Les decía al principio que no es lo mismo desear que ser deseado. Y yo, a partir de aquel día, tenía un punto peligroso de comparación, un nuevo dato sobre mí y mi cuerpo, que ponía un velo de oscuras perplejidades en mi matrimonio. Tenía que beber más, casi hasta la borrachera, para poder abrazar aquel cuerpo -el de mi marido, digo- que nunca antes me había desagradado. Y creo que él se daba cuenta.

        Con el tiempo y algunas experiencias he aprendido algo que no te explican los manuales y que casi nadie te cuenta. Cuando la química, el flechazo, no funciona, el goce es un goce mermado, limitado. Porque lo de menos -y ahí nos han engañado, os lo aseguro- es el... Es una palabra tan horrible que no la voy a emplear. Pónganla ustedes y evítenmela porque me suena a medicina y consultorio del psicoanalista... Sí, lo que están pensando: esa palabra técnica que empieza por o... Uno de mis amantes preguntaba: ’¿Tuviste mimos?’ Pues eso, mimos. Les contaba que lo de menos son los mimos. Mimos se tienen con cualquiera y una sola puede provocárselos. Y el mimo solitario o el mimo compartido con aquel a quien uno no desea es simplemente una descarga física, gratificante, pero... ¿cómo explicarles?... local, por decirlo de algún modo.

        En cambio, cuando eres tú la que deseas, con mimos o sin mimos, se produce una transfiguración que es física y psíquica: un calambre que te atrapa de la cabeza a los pies, que te aturde y te traslada a otra dimensión. Y eso no se provoca. Es un estado de desvalimiento que convierte tu cuerpo en una cuerda afinadísima -la metáfora es simplona, lo sé, pero me sirve-, capaz de vibrar al menor roce, desde la punta de los dedos hasta el último cabello. Con mis maridos siempre he tenido ’mimitos’ placenteros. Y, en cambio, con mis amantes -sobre todo con esos amantes esporádicos, como el tipo aquel de las gafitas, el de la ensaimada, que acabo de contarles- a veces no... Pero no importa nada. Lo que está prendido puede luego apagarse, y si no se apaga puede irse durmiendo despacito dejando todo el cuerpo en un rescoldo. Pero no hay ’mimo’ del mundo que yo estuviera dispuesta a cambiar por ese estado que es realmente un estado de gracia, un soplo de la vida que modifica los colores, las formas y agiganta las sensaciones.”

 

Lourdes Ortiz, Las nalgas: la confesión

 

 

Entre mis últimas incursiones en la literatura erótica -un género que prodigo y recomiendo vehementemente también como saludable pedagogía sexual- me he entregado con curiosidad al volumen colectivo Verte desnudo editado por la misma escritora, Lourdes Ortiz, de quien he extraído los anteriores párrafos de su particular contribución al libro. Ante todo, no me ha gustado mucho esa compartimentación tan médica y mecánica del cuerpo masculino en cada capítulo, posiblemente sugerida por la editora al conjunto de escritoras para dotar de coherencia al conjunto. Pero la mirada femenina pícara, extravagante o fantasiosa constituye siempre un universo refrescante para entendernos mejor en ese campo de juegos y placeres que mueve nuestras células como pocas otras cosas. Aunque algunas historias derivan por inverosímiles vericuetos (como la de Emma Cohen sobre la adolescente que se enamora del “hombre de la gabardina”) y otras caen en la trampa editorial del fetichismo (como el relato de Cristina Peri Rossi sobre la homología entre el cuello y el sexo), es de agradecer el brillante vocabulario empleado, cargado de oropeles y recreaciones ávidas de sensualidad. En el caso de mi alabada poetisa Clara Janés (“La boca: el banquete”) y en alguna otra, llega incluso hasta el paroxismo, suplantando a la trama y a los personajes. En todo caso, la suma de variados matices, perspectivas y lubricantes sugerencias de todas las autoras nos regala un nutrido inventario de palabras perfumadas, de esas palabras etéreas pero imprescindibles, de esas palabras que se amalgaman, sin solución de continuidad, con la piel, los mimos, el deseo y la eternidad.

 

 

09/06/2008 17:22. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

más desamores

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“Julia sólo quería marcharse cuanto antes de Barcelona. «Dejarlo todo. Dejarlo atrás.» Bajo amenaza de demanda, Gaspar acabó aceptando un borrador de mutuo acuerdo. Según este borrador Virginia se iba iba con su madre a Santiago, donde empezaría el nuevo curso, después de pasar el mes de julio con su padre. Julia había alquilado un piso por teléfono, la matriculó en un colegio cercano. De nada de esto Gaspar se quiso enterar. Todo le parecía espantoso, y lo único que quería era asegurarse las vacaciones íntegras del verano. Navidad y Semana Santa con la niña, verla en Santiago cuando le diera la gana, llevársela al extranjero. Introdujo una cláusula en su propuesta que a su abogado le dejó los ojos como platos: «La cónyuge no podrá moverse del estricto marco de la comunidad autónoma gallega.» Ésas eran las aspiraciones de Gaspar, de aquel demócrata de izquierdas, de aquel antifranquista, de aquel culto señor. Uno de los principios de la constitución española protege del derecho de sus ciudadanos a moverse libremente por su territorio, pero es que Julia no era una ciudadana libre, no al menos para Gaspar. Por descontado, la casa se la quedaba él, y el ajuar. Después de levantar dos casas, de poner en orden la vida de Gaspar, Julia se llevaba un hatillo de estudiante y una hija. No pidió más. Pero lo del verano lo discutió. Se peleó para que sólo fuera un mes; acabó cediendo todas las vacaciones sin restricción, para que aquella locura acabase de una vez. En medio de las delirantes deliberaciones, se encontraba con él por la casa. «Si sólo me abrazara, si sólo me dijera quédate, no te vayas.» Pero aquella frase nunca llegó. ¿Pensar en abrazar a Julia? ¿Pedirle que se quedara, que recapacitara? Ni por asomo se le pasaba por la cabeza. Aquella mujerzuela era una alimaña, ¿cómo no lo había podido intuir? ¿Cómo había podido enamorarse de una cosa tan baja? ¡Se había atrevido a separarse de él, a hurgar en su patrimonio! ¡Había investigado en sus papeles del registro! Cuánta razón tenía Frederic cuando hizo su diagnóstico. «Las chicas de ahora no son como las de antes, papá.» Eso le había dicho Frederic a Gaspar cuando Julia apareció en escena. Aquella niña que tanto había querido, por la que todo lo había dejado, su palacio de desahuciado, su vida de divorciado, ahora se descubría como una verdulera. ¡Hasta se había atrevido a mandarle a la mierda! ¡A él, a Gaspar Ferré! Aquella jovenzuela le había dado una hija y ahora lo dejaba plantado, arrancaba a Virginia de Cataluña, de su familia. Gaspar prefería no pensarlo, se sentía fatal.”

 

Luisa Castro, La segunda mujer

 

 

28/05/2008 01:26. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

desamores

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“El amor es un combate perdido de antemano.

 

Al principio, todo es hermoso, incluso tú. No das crédito a estar tan enamorado. Cada día trae consigo su liviana carga de milagros. Jamás nadie en el mundo había conocido tanta felicidad. La felicidad existe y es muy simple: consiste en un rostro. El universo sonríe. Durante un año, la vida no es más que una sucesión de soleadas mañanas, incluso cuando nieva por la tarde. Te dedicas a escribir libros sobre esta cuestión. Te casas, lo antes posible: ¿para qué reflexionar cuando uno es feliz? Reflexionar te entristece; la vida debe ganar la partida.

 

El segundo año, las cosas empiezan a cambiar. Te has vuelto más tierno. Te sientes orgulloso de la complicidad que se ha establecido en tu pareja. Comprendes a tu mujer con sólo medias palabras; qué felicidad conformar un todo. En la calle, confunden a tu mujer con tu hermana: eso te halaga pero te va desgastando. Hacéis el amor cada vez menos y consideráis que no es grave. Estáis convencidos de que el fin del mundo está lejos. Defendéis el matrimonio delante de vuestros amigos solteros, que ya no os reconocen. Tú mismo, sin ir más lejos, ¿estás realmente seguro de reconocerte cuando recitas la lección aprendida de memoria y resistes la tentación de fijarte en las señoritas ligeras de ropa que iluminan la calle?

 

El tercer año, ya no resistes la tentación de fijarte en las señoritas ligeras de ropa que iluminan la calle. Ya no hablas con tu mujer. Pasáis las horas en el restaurante escuchando lo que cuentan las mesas vecinas. Sales cada vez más: eso te proporciona la excusa para no tener que follar. Pronto llega el momento en que ya no puedes soportar a tu esposa ni un segundo más, ya que te has enamorado de otra. Sólo hay un punto en el que no te habías equivocado: efectivamente, la vida siempre tiene la última palabra. El tercer año trae consigo una noticia buena y otra noticia mala. La noticia buena: asqueada, tu mujer te abandona. La noticia mala: empiezas otro libro.”

 

 

Frédéric Beigbeder, El amor dura tres años

 

 

idas y vueltas

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Los tres entierros de Melquiades Estrada (2006) es una película dirigida por Tommy Lee Jones a partir del guión de Guillermo Arriaga (memorable, a su vez, por otros dos impactantes guiones previos: Amores Perros y 21 gramos, dirigidas por Alejandro González Iñárritu). En esta ocasión el relato nos sorprende porque aborda el fenómeno de la inmigración ilegal procedente de México hacia Estados Unidos, pero de una forma insólita. El director, que es también el actor principal -Pete-, se embarca en la ilegalidad de llevar a enterrar a México a su más entrañable amigo, un “espalda mojada” que fue asesinado impunemente en Texas. A ese viaje a caballo llevará obligado, a punta de pistola, al guardia fronterizo que mató a Melquiades. El periplo está lleno de desventuras, tensiones, violencias y soledad. También de unos paisajes desérticos pero con una soberbia y sobrecogedora belleza por los que deambulan y se escabullen los temerarios grupos de de inmigrantes mexicanos. La vida a ambos lados de la frontera parece anodina y descorazonadora para todos y sólo la ya cercenada amistad de Melquiades y Pete parece resplandecer a lo lejos, como una estrella fugaz de humanidad. Quizás es sólo un espejismo más, una ilusión necesaria para sobrevivir en un entorno hostil lleno de víboras, rayos infrarrojos y el gatillo fácil.

 

 

autobiografía relajante

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“Algunos rasgos de mi personalidad sexual contienen pequeñas tendencias regresivas. A ellas remitiré asimismo la costumbre de consumar el acto sexual en un máximo de puntos del espacio conocido. Algunos de esos puntos son los que permiten a la pareja manifestar la urgencia del deseo y ensayar al mismo tiempo posiciones inéditas, entre la salida del ascensor y la entrada del piso, en la bañera o sobre la mesa de la cocina. Entre los más excitantes figuran los espacios de trabajo. Ahí se articulan el espacio íntimo y el espacio público. Un amigo, con quien me veía en su despacho, que daba a la calle de Rennes se la hacía mamar de buena gana delante del tabique de cristal que llegaba hasta el suelo, y la eufórica agitación del barrio, que ascendía hasta mí, arrodillada a contraluz, participaba claramente en mi placer. En la ciudad, a falta de un horizonte lejano, me agrada tener un punto de mira desde una ventana o un balcón cuando aprisiono en una cavidad secreta una polla lánguida. En casa, paseo una mirada vaga por encima del patio estrecho y por las ventanas de los vecinos; desde un despacho que ocupaba en el bulevar Saint-Germain contemplaba la fachada maciza del Ministerio de Asuntos Exteriores. He hablado también de algunos de esos puntos al mencionar el temor exquisito de exponerse a la mirada de testigos involuntarios. Yo añadiría a esa tentación exhibicionista la pulsión de marcar mi territorio, como haría un animal. A semejanza del lemur que define con unos chorros de orina el espacio que será suyo, dejas caer unas gotas de esperma en un peldaño de la escalera o la moqueta de un despacho, impregnas con tu efluvio el cuchitril donde todo el mundo deposita sus cosas. Al inscribir sobre ese territorio el acto por el cual el cuerpo trasciende sus propios límites, uno se lo apropia por ósmosis. Y te adueñas del espacio del prójimo. No hay duda de que en esta conducta hay una parte de provocación y hasta de agresividad indirectas hacia los demás. La libertad parece tanto mayor cuanto que te la otorgas en un lugar donde la cohabitación profesional impone normalmente reglas, limitaciones, aunque compartas ese lugar con las personas más discretas y tolerantes. Sin contar con que al anexionar eventualmente a tu esfera muy privada pertenencias ajenas, un jersey que alguien ha olvidado allí y que utilizas para asentar el trasero, la toalla de los lavabos del piso con que te vas a restregar la entrepierna, los involucras en cierto modo, sin que ellos lo sepan.”

 

Catherine Millet, La vida sexual de Catherine M.

 

 

mestizajes

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Hace muchos años que empecé a escuchar músicas seleccionadas por Dj Floro (http://www.djfloro.net/) en distintos programas de Radio 3 (sobre todo, en el Trópico Utópico que tan buenos fines de semana nos ha dado Rodolfo Poveda). Por fin, el sábado pasado me pasé unas cuantas horas en La Boca del Lobo bailando todo tipo de ritmos mestizos, desde el afrobeat hasta el soul, el funk, sambas, skas, calypsos y las versiones más cálidas de clásicos variados. Toda una inmersión y un trance que sólo recordaba de los tiempos de la ya difunta sala Suristán, también en Madrid y en la que también pinchaba nuestro mismo mago. Dj Floro parece un tipo circunspecto y distante detrás de sus lentes organizadoras, pero también bonachón y sagaz, que sabe cómo jugar con los deseos y las células danzantes de su público. Y son estas personas de verdad las que te hacen viajar con dignidad por los ríos de cultura, mezcla e inventiva de medio mundo. ¿Para qué vamos a esperar otro cielo teniendo la dicha tan cerca?

 

 

14/05/2008 21:18. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Al otro lado

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La premiada película “Al otro lado” (Fatih Akin, 2007) es un magnífico relato de tres relaciones padre-hijo (dos, más exactamente, de madre-hija) con sus atractivos entrecruzamientos y casuales coincidencias. De fondo se halla un interrogante crucial acerca de la segunda generación de emigrantes turcos en Alemania y las relaciones con Turquía desde las contradicciones internas de este país y de todos los personajes que componen la trama. El padre de Nejat, Ali, ha salido adelante en Alemania pero al final de su vida se encuentra solo y la forzada relación que mantiene con una prostituta, Yeter, provocará su expulsión a Turquía. Su sombra de soledad y abandono se cierne sobre su hijo que ha abandonado las clases en la universidad, hacia las que no sentía especial devoción, abriendo una librería alemana en Estambul. Nejat llega a esta ciudad con la excusa de ayudar a la hija de Yeter, Ayten, de la que apenas sabe un par de cosas. Lo mismo que ella con respecto a su madre, a la que imagina trabajando en una tienda de zapatos y a la que acude a buscar huyendo de la policía turca por causa de su militancia política. Pero Ayten será pronto extraditada y encarcelada en Turquía, desatando que su amiga alemana, Lotte, vaya a buscarla, y, tras ella, la madre de ésta, Susanne. Estas búsquedas mutuas y desesperadas, y los consiguientes desencuentros dejan una sensación de angustia constante, acentuada por las muertes, o su acecho, que se van sucediendo. Sin embargo, la atmósfera luminosa y cálida es engañosa, presentando esas pérdidas de forma inesperada, pero como si fueran naturales de acuerdo con el marco de inseguridad que atraviesa todo el ambiente en Estambul y en la Alemania en que viven los turcos. La intensidad de cada gesto y de cada plano ayudan a sumergirse en un crisol en el que el azar ha repartido injustamente la supervivencia. Y no todos los supervivientes tienen tiempo para reconocerse.



01/04/2008 18:13. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

cosmos y vidas

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Cuanto más me irritan los discursos religiosos en boca de jerarcas eclesiásticos y líderes mesiánicos de todo pelaje, más tiendo a refugiarme en la literatura científica más dura a mi alcance. “A mi alcance” significa que sea digerible, intrigante y cargada de esa belleza que te desborda cuando sientes que vas descubriendo una racionalidad oculta en el mundo. En el campo de las ciencias naturales mi osadía no suele pasar del nivel de la divulgación científica y el interés suelo alternarlo con otros géneros, según el ciclo de vida en el que me encuentre. Por distintas razones, en los últimos meses he adquirido varios libros sobre cosmología, darwinismo, energías y cibernética. El año pasado ya me había incursionado en el campo de la paeloantropología y, como quien no quiere la cosa, voy atando cabos de materias en las que a veces reconozco a mis hijos adolescentes más duchos que yo. Por eso al principio compro los libros pensando en seguir alimentando sus curiosidades, pero antes de regalárselos prefiero cerciorarme yo mismo de lo que acontece en sus páginas y acabo tan enganchado en su lectura como con la poesía y la prosa más refinadas.


El último que he finalizado se titula “Aves, maravillosas aves. Los diálogos entre el cielo y la vida” y su autor es Hubert Reeves. Aparte de enriquecerme con hipótesis acerca de la complejidad en la naturaleza y de seguir tentándome a encontrar sustanciosas analogías con lo que ocurre en la sociedad, me han parecido fascinantes los hechos que enlaza entre la evolución del universo y la evolución de las especies en este planeta finito en el que moramos. El científico que se mete a divulgador suele dar rieda suelta a sus pasiones y va colando trozos de su biografía en un relato en el que pretende equilibrar el entretenimiento y la explicación científica de hechos relevantes. Así que Reeves, en este sentido, domina bien este arte de la comunicación ya sea para hablar de la migración de las aves o de las erupciones volcánicas. Para mayor deleite, cada dos páginas te acompañan una o más ilustraciones esclarecedoras: mapas, esquemas, grabados y hasta líricas fotografías.


En los primeros capítulos reconstruye los instantes iniciales del universo y la formación de nuestra galaxia, del planeta Tierra y de su satélite lunar, según las teorías más aceptadas. Todo proviene de estallidos y amalgamas de materiales dispersos. El cosmos está lleno, además, de piedras volantes que siguen chocando entre sí. De ahí esa imagen de la Luna plagada de cráteres. Lo curioso es que la Tierra ha recibido igualmente millones de impactos a lo largo de su historia: del impacto de un asteroide gigante se expulsó tanta materia al espacio que ésta se reunió entre sí para formar la Luna; por el impacto de un meteorito gigante en el Yucatán mexicano se extinguieron la mayoría de los dinosaurios y de los pocos que quedaron surgieron después esas miles de aves que parecen tan dulces y plenas en su dominio de los cielos. Y de “ahí fuera” siguen cayendo objetos, aunque los más grandes vienen cada más tiempo (cientos de millones de años), mientras que los más minúsculos caen con mayor frecuencia de la que nos imaginamos (miles de ellos cada año); pero nunca dejan de venir, de caer, de erosionar y de interrumpir la “apacible” vida terrestre. Todo está vivo, todo se mueve. Del mismo modo, las órbitas de los planetas de nuestro sistema solar no son absolutamente regulares, sino que van acumulando modificaciones que dentro de miles de millones de años pueden dar lugar a cataclismos planetarios, aunque ahora parezcan un portentomde estabilidad y orden.


Y, sin embargo, el universo se expande, se enfría y se dirige a una muerte térmica segura, al estado de máxima entropía y equilibrio... Reeves encuentra múltiples indicios de cómo la materia y los organismos vivos se resisten, no sabemos hasta cuándo, a esa tendencia. El cambio es constante en el universo. Y, curiosamente, todos los fenómenos y seres que lo sufren están sujetos tanto a unas pautas de regularidad y convergencia, como a accidentes fortuitos y decisivos para que, por ejemplo, sobreviva una u otra especie. Los gatos y las serpientes perciben, “ven”, la radiación infrarroja; algunas aves, incluso las ultravioletas; el ojo humano tan sólo entiende una pequeña fracción del conjunto de ondas electromagnéticas entre las dos anteriores... En fin, sólo son algunos recuerdos de los primeros capítulos; imaginad todo lo que queda en un libro así para seguir seduciendo ese afán de saber que tantos profesores truncaron indolentemente durante los años de encarcelamiento escolar (mi homenaje, no obstante, para aquéllos pocos que me enseñaron a usar el espíritu científico para animar a romper las rejas y a ejercer el libre albedrío con “conocimiento de causa”). La humildad y la hermosa perplejidad que te inundan leyendo libros así, en todo caso, no tienen precio. Por desgracia, esta maravillosa comprensión del mundo no parece haber sensibilizado mucho a tanto predicador, comerciante de almas y arengador militar a la vista de su triste abundancia.



una guerra más...

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El domingo pasado volvieron a proyectar en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona) un nutrido grupo de documentales sociales y políticos. Bajo el título de “Exodus: Los márgenes del imperio”, rememorando el eterno clamor de Bob Marley, nos ofrecieron una muestra más de multitud de experiencias y voces críticas ante las demencias incesantes de este mundo. Es sorprendente y alentador que en ese lugar se abran a tanta gente estos trabajos y su acceso, además, sea gratuito. Los archivos también pueden consultarse fuera de los días de proyección pública y merecen toda la atención de video-activistas dispersos por doquier: http://www.desorg.org/. El documental que más me conmocionó fue “Cartas desde Beirut: La guerra de 33” (Big Noise Films, 2007). Quizás porque, incluso en los momentos de mayor impotencia ante las bombas, desprendía ese sentido poético de la vida que me alienta cada día. El rostro compungido, pero firme, de la periodista Hanady Salman que va leyendo las cartas enviadas a un blog cualquiera (http://beirutjournal.blogspot.com/), enviadas modesta y sinceramente al aire del ciberespacio tras cada ataque israelí el pasado verano de 2006. La vida cotidiana en las playas o en su oficina, alternando con un adolescente rebuscando entre los escombros de los edificios bombardeados o con una niña hospitalizada que había perdido a toda su familia. Las manchas de aceite y los colores difuminando las figuras al cambiar de escenarios. El pulso templado de los acontecimientos dolorosos. No es sólo una crónica desesperada de la masacre y de las complicidades internacionales, de nuestra pasividad, sino un ejercicio de resistencia solitario. Una forma de confiar en los detalles y en las pequeñas solidaridades que alumbran las ganas de vivir, a pesar de los pesares. Por eso son conmovedoras estas cartas, escucharlas de viva voz, pausadas, dignas, conminándonos a decir y a hacer algo a cada uno de los que estamos delante de la pantalla... En fin, una guerra más, un horror más con la venia y la complicidad interesada de quienes mandan. En una cadena musical he visto hoy el vídeo de Green Day haciendo una versión de otra canción clásica de aquellos músicos utópicos que ya no parecen abundar: “Working class hero”, de John Lennon. En las imágenes intercalaban crudas declaraciones de supervivientes de otro genocidio contemporáneo, el de Darfur (en Sudán). Entonces, de nuevo consternado, recordé que entre los documentales del pasado domingo se proyectó uno muy didáctico y agitador de tantos sentimientos de pequeñez, “Desobediencia” (Patricio Henríquez, 2005). Un desertor del ejército israelí, otro del ejército estadounidense (un joven que es, vaya paradoja, el hijo de aquel viejo sandinista nicaragüense, Carlos Mejía Godoy, que también cantaba en tiempos revolucionarios frente a la agresión militar de Estados Unidos) y un alto mando militar chileno que se negó a ejecutar los asesinatos sumarísimos impuestos por la cúpula militar golpista de 1973. Eran elocuentes en su mensaje: una guerra más -injusta e innecesaria como todas- y un soldado menos.



En el mundo a cada rato

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No sé si es por causa de las fechas navideñas o porque Cayetana Guillén Cuervo, la presentadora de Versión Española, no pierde oportunidad para aportar su granito de arena en pos de causas perdidas, pero la noche del viernes pasado (21 de diciembre) nos dio una auténtica bofetada moral con las cinco historias que forman la magnífica película “En el mundo a cada rato” (2004). No sé si de verdad estos esfuerzos de UNICEF, la instigadora de estas filmaciones, llegan a remover algo de este mundo tan demente: consumo desenfrenado, niños-soldado, masacres religiosas, esclavitud legal, penas de muerte, compra-venta de armas, locos en la carretera... Lo que sí logran es conmocionarte, arrancarte un grito de rabia, enfurecerte de impotencia. O no. ¿Por qué escribo, si no? ¿Por qué trabajo, educo, comparto, quiero, pienso, valoro... si no? No sé.


En “El secreto mejor guardado”, Patricia Ferreira puso a algunos actores de la India a contar el denodado empeño de Ravi por conseguir un uniforme con el que ir a la escuela, aunque siga con los pies descalzos, vendiendo comida en la calle, viviendo con su abuela como todo parentesco... y padeciendo las secuelas del SIDA que, probablemente, le legaron sus padres desaparecidos. “La vida efímera”, de Pere Joan Ventura, llega aun más lejos: varios niños mueren de malaria delante de las cámaras en un hospital de Malabo (Guinea Ecuatorial) donde la luz se corta en medio de las operaciones quirúrgicas y nadie ha visto jamás un “banco de sangre”. “Las siete alcantarillas”, dirigida por Chus Gutiérrez, no ahorra tampoco en fallecimientos y carencias de lo más básico, a los que se suman malos tratos a una madre, delincuencia de un chaval adolescente, “coleccionismo” de basura por parte de un padre y un paisaje sin asfaltar en una villa-miseria de Córdoba (Argentina). Javier Corcuera (el magnífico director de otra película que también me estremeció hace años, “La espalda del mundo”) presenta aquí “Hijas de Belén”, donde el trabajo duro en la economía informal de Iquitos (Perú) puede ser la única vía para que unas niñas, tenazmemente protegidas por sus madres y abuelas, vayan a la escuela y escapen de la prostitución. Finalmente, el optimismo y la risa por doquier estallan en la soberbia grabación de Javier Fesser, “Binta y la gran idea”. En la extrema región de Casamance, en Senegal, los prejuicios de la tradición patriarcal y una simpática anécdota en torno a una carta, se conjugan con sesiones escolares variopintas y, en particular, con una representación teatral de “concienciación” (al estilo del “teatro del oprimido”) acerca de los padres que no permiten a sus hijas ir a la escuela. Un enjambre de niños, colores y griteríos, al fin, dejan una estela de emociones y razones encontradas en el espectador.


¿Por qué persiste este mundo con millones de niños y niñas sin los más elementales derechos humanos? ¿Qué puede hacer una película por ellos? ¿Qué hacemos los que la vemos? ¿Es incluso el “arte realista” una evasión más para ciudadanos con “mala conciencia” por su propio bienestar en abundancia? No sé. Sólo puedo decir que estas obras (documentales al pleno, por lo menos las tres últimas, y gran parte de las dos primeras) merecen muchas más palabras, atención y acción que cualquiera de las decenas de películas comerciales, más o menos vacías e intrascendentes, que estrenan todas las semanas en los cines.


 

26/12/2007 11:52. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

La boda de Tuya

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Algunas de las últimas películas chinas que he visto no son fáciles de explicar a vuelapluma. Me ocurrió eso, de nuevo, cuando traté de contarle a otra persona la historia de La boda de Tuya (Wang Quan'An, 2006). Se me mezclaban duros paisajes de montaña, anécdotas inverosímiles para un occidental (imagino que también para muchos chinos) y reflexiones inacabables sobre la virtual universalidad de los sentimientos y la aplastante fuerza que ejercen las condiciones de vida sobre ellos. Los avatares de Tuya y su familia (un marido inválido de una pierna, un hijo de unos ocho años y una hija de unos dos) transcurren en una zona árida y despoblada de la parte de Mongolia, la llamada “Interior”, que está dentro de la República Popular China. La de Tuya es una familia que sigue pastoreando ovejas, cabalgando caballos y camellos, y soportando penosos trayectos diarios para obtener agua potable. Se alimentan básicamente de carne que riegan con frecuentes tés y aguardiente. Viviendo en tan duras condiciones, las cosas empeoran cuando la vigorosa Tuya, sobre quien recaía el peso de todas las tareas domésticas y ganaderas, sufre los primeros achaques y decide divorciarse y buscar un nuevo esposo con recursos suficientes para mantener a toda la familia: incluido su anterior esposo convaleciente, al que no quiere abandonar... Los pretendientes son pintorescos y el envite se muestra cada vez más insostenible. Aunque todo parece abocado al fracaso y a que se derrumbe esa frágil economía de subsistencia, nadie se dará plenamente por vencido.


Durante la proyección, me pregunté todo el tiempo si es posible quererse profundamente y cultivar el amor en los límites de esa miseria; por qué una mujer tan fuerte y autosuficiente aceptaba la humillante venta de su cuerpo y su vida al mejor postor como nuevo marido; lo dramático de esa China rural en desaparición y del no menos terrible futuro de explotación y discriminación que les espera a muchos de esos habitantes rurales y de etnias minoritarias cuando emigran a las superpobladas ciudades. La película, no cabe duda, es excelente a la hora de plantear esos y otros desafíos, tiñéndolos de toscos y hermosos parajes esteparios, casi desérticos. El ritmo, a veces, puede parecer lento, aunque sospecho cada vez más que esta es una valoración culturalmente muy relativa. Además, es digno de mencionar que, excepto la protagonista, el resto de intérpretes no son actores profesionales lo cual le confiere aun mucho más realismo, si cabe, al relato. Al final te queda la sensación de que la tristeza, como si se tratase de una fina niebla que aparece por sorpresa y lo impregna todo con su humedad, campa a sus anchas por esa estampa tradicional y aleccionadora.



documentales sobre anarquismo III

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El honor de las injurias”, de Carlos García-Alix, recorre la vida de otro personaje que abrazó el anarquismo en su vertiente más violenta: Felipe Sandoval. Éste llegó a ser uno de los principales ejecutores de “quintacolumnistas” en el Madrid asediado despiadadamente por las tropas de Franco durante la Guerra Civil. Antes se había iniciado en estafas, atracos, secuestros y asesinatos selectivos de pistoleros derechistas que, a su vez, se dedicaban a aniquilar a sindicalistas revolucionarios. La voz en off del narrador y la abundancia de imágenes en blanco y negro extraídas de múltiples archivos, ofrecen una visión trágica, sangrante, abrumadora y apocalíptica. El narrador y director, aunque no deja de guiarnos de forma explícita, se coloca en una tierra de nadie, existencialmente distante tanto del fascismo rampante que asoló el país, como de los utópicos anarquistas que quisieron hacer la revolución “aquí y ahora” en uno de los momentos más convulsos del siglo XX. Ni siquiera por omisión se pueden deducir sus preferencias: su descripción de los acontecimientos (más bien, de carácter contextualizador, demasiado puntuales y salpicados) no se retrae de comentarios que denotan un profundo escepticismo ante la política. Pero la elección de Sandoval como hilo conductor no parece fortuita: quien nace en los arrabales de la miseria tiene derecho a la revancha, a dejar de servir. El problema, más bien, parece residir en los medios que se emplean para esa emancipación y en lo que hacen los demás actores -amigos, enemigos y terceros. Si algo consigue esta cinta, por lo tanto, es bañarnos en una estética sucesión de postales de época a la vez que suscitarnos dudas de todo tipo ante aquellos revolucionarios abocados a la acción pistola en ristre. ¡Qué lejos de aquellos magníficos cinco minutos de “colectivización” representados en Tierra y Libertad, de Ken Loach!



14/12/2007 12:18. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

documentales sobre anarquismo II

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Lucio”, escrito y dirigido por José María Goenaga y Aitor Arregi, posee un extraño magnetismo desde el primer momento, fruto tanto de lo insólito de las hazañas de su protagonista, como del acertado dinamismo que agita toda la narración. Su cercanía en el tiempo y el hecho de que Lucio Urtubia siga vivo actualmente (nació en 1931) excita aún más las cábalas del público. Además, los arreglos artísticos e infográficos le dan a la cinta, intermitentemente, un agradable aire simpático y cómplice con las “fechorías” narradas. La biografía de este albañil navarro está fraguada de un constante inconformismo ante las injusticias que le rodeaban desde que tuvo uso de razón: en la mili, por ejemplo, sustraía todo lo que podía del cuartel para distribuirlo entre sus parientes, hasta que fue descubierto y huyó a Francia. En París trabó relación con Quico Sabaté, el “forajido” anarquista más buscado durante el post-franquismo hasta que fue abatido al atravesar los Pirineos en 1960, y usó sus armas para cometer los primeros atracos, o “expropiaciones”, a bancos. Al poco comenzó a falsificar billetes y “se vio envuelto” en el secuestro de un director de banco de cuya acusación salió absuelto gracias a las piruetas diplomáticas del momento entre Francia y España (finales de la década de 1970). Toda esta trayectoria militante clandestina, paralela a una aparente vida rutinaria como obrero de la construcción, culminó con su golpe más decisivo: la falsificación masiva de cheques de viaje del Citibank. Aunque Lucio fue encarcelado por este delito, los directivos del banco acabaron accediendo a negociar con el reo y éste incluso consiguió, junto a la libertad, unos cuantos millones de dólares más a cambio de devolverle al banco las placas de imprenta, tan pluscuamperfectamente imitadas, y todo el stock de cheques falsos ya impresos. Como él mismo confiesa, nunca se afilió a ninguna organización anarquista, desconfiaba de la inercia autoritaria de toda organización política o sindical y se puede afirmar que su anarquismo era bastante ecléctico y autodidacta. De hecho, grandes sumas del dinero falsificado fueron a parar a todo tipo de organizaciones izquierdistas y terroristas que poco tenían que ver con el anarquismo. Los múltiples admiradores que consiguió, no obstante, destacaban siempre el altruismo y honestidad de sus esfuerzos militantes, así como su innata inteligencia práctica sin haber cursado estudios reglados de ningún tipo. Es una lástima que, al final, se pase rápidamente por el intento fallido de Lucio de crear una empresa cooperativa en el ramo de la construcción y que acabe formando su propia empresa de corte capitalista de la que también desconocemos el número de empleados y sus condiciones de desempeño. Por lo demás, se trata de un excelente ejercicio que pone de relieve algunos de los intersticios del “sistema” dominante.



14/12/2007 12:10. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

documentales sobre anarquismo

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El pasado miércoles asistí en los cines Golem de Madrid a la proyección de tres documentales sobre el anarquismo gracias a las invitaciones que recibí gentilmente del programa de Radio 3 “El séptimo vicio”. Ante todo, mis más sinceros agradecimientos a Tolentino y a sus compañeros cinéfilos por ese programa que nos dan lo que en materia literaria (y sabrosa teatralidad radiofónica) nos quitaron ya hace años en esa emisora, flor y nata de mi adicción desde la adolescencia.



Casas Viejas”, de Basilio Martín Patino, reconstruye los sucesos de 1933 en los que más de una veintena de personas fueron brutalmente masacradas por la Guardia Civil después de que en esa aldea de jornaleros andaluces proclamaran el “comunismo libertario”. Aquella valiente e ingénua revuelta acabó en una matanza que escandalizó al país entero cuando se conoció con algún detalle, y hasta una comisión parlamentaria se desplazó al lugar de los hechos para escuchar los testimonios de los supervivientes. No obstante, sus responsables militares y políticos quedaron impunes, igual de ufanos que los señoritos terratenientes a quienes éstos defendían. El documental no escatima en imágenes que ponen el dedo en la llaga y utiliza el original recurso de combinar entrevistas a ancianos y a un cineasta británico que vivieron aquel acontecimiento, reconstrucciones por parte de dos catedráticos de historia (uno, mi ex-profesor Antonio Elorza) y de un histórico líder de la CNT (García Rúa), con amplios recortes del metraje que en su día grabó con fervor propagandista el director soviético Ehrenburg y que Stalin decidió ocultar en algún sótano de la Historia.

14/12/2007 12:04. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

La pasión de Michel Foucault

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El libro que me ha atrapado durante los últimos dos meses es una obra, ante todo, densa, espesa y extensa: La pasión de Michel Foucault (James Miller, 1993). Se trata de una biografía del filósofo francés en la que se alternan exégesis de sus principales ideas y un relato a trompicones de algunos de sus acontecimientos vitales más significativos. Me lancé a esta lectura sin reparar un instante en sus implicaciones. Podía hacerlo simplemente para seguir afinando mi dominio de las teorías que Foucault propuso en sus intrincadas publicaciones (Las palabras y las cosas, Vigilar y castigar, Historia de la sexualidad, etc.) y que tan afanado me tuvieron durante años (desencriptando, primero, y evaluando, después). Pero también podía tomarme la lectura con un distanciamiento literario, dejándome llevar por la curiosidad hacia vidas ajenas, por el carácter sorprendente y novelado de un personaje singular del siglo pasado. Posiblemente fueron ambas cosas las que me motivaron, pero no menos lo hicieron numerosos interrogantes acerca de mí mismo que ese espejo desnudaba desde la primera página.


Del Foucault “activista” frente al sistema carcelario y la homofobia tenía vagas noticias y, más que nada, una simple e ingénua admiración. A este respecto Miller muestra cómo se va gestando tardíamente su politización, los gestos públicos que adopta y su progresivo distanciamiento del izquierdismo más guerrillero. Del Foucault “académico” Miller presenta de forma algo simplificada, pero precisa, las principales tesis de cada una de sus obras. Lo mejor es que las emplaza en una red de complicidades filosóficas y literarias (entre las que destacan las figuras de Nietzsche y de Gilles Deleuze) que el propio Foucault se encargará de destejer con sus habituales ademanes escurridizos. Me resultó curioso, no obstante, comprobar cuán diferente fue en su día mi lectura sociológica de los libros de Foucault y por momentos me resistía a aceptar en la biografía confeccionada por Miller esa ausencia de subrayados en el método y en las proposiciones teóricas que de forma tan brillante aportó, a mi entender y al de muchos, al análisis sociológico.


Pero lo que sin duda constituye la fuerza motriz de este libro es la recomposición “humana” de Foucault como alguien fascinado y siempre al borde de “experiencias-límite”. La muerte, la locura, la violencia y el sadomasoquismo son algunos de los ejes que, al parecer, nutrían cada uno de sus actos solitarios y sociales. Su fallecimiento a causa del SIDA, posiblemente a raíz de sus temerarias prácticas sexuales en el “mundo del cuero”, va hilando la narración hasta culminar con las disquisiones últimas del filósofo -aparentemente contradictorias con todas sus provocaciones anteriores- acerca de los límites éticos de la violencia y del conocimiento de la verdad sobre uno mismo. Este maestro de la desconstrucción crítica de los conceptos convencionales poseía, además, un magnético don para envolver sus escritos artísticamente, con ficciones estéticas y sugerencias líricas, fruto evidente de sus propias convicciones acerca de las lábiles fronteras entre distintas formas de pensamiento. Nunca imaginé, pues, que se tratara de un hombre tan excesivamente serio, tan excesivamente irreverente, tan excesivamente inquieto, y discretamente apasionado. Tan excesivo, en definitiva. Por todo ello (corolario) encuentro conmovedor este relato sobre su vida y su obra, superando con creces a muchas novelas al uso con las que te distraes en el metro y, sobre todo, poniendo de relieve cuestiones espinosas (acerca de la libertad, la ciencia o el placer, por ejemplo) que cualquier persona inconformista y sensible se suele plantear.



Padre nuestro

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Los relatos fílmicos también deben apasionarte. Como tantas cosas en la vida. Si no, ¿qué nos aportan? ¿con qué presupuestos las vamos a interpretar, a integrar, a darles sentido? El conflicto puede surgir, evidentemente, con valoraciones objetivas. Pero en las obras artísticas el margen para la valoración objetiva parece más estrecho que para la apreciación subjetiva... La película “Padre nuestro” (Christopher Zalla, 2006) posee indudables valores cinematográficos de uno y otro costal: ritmo y acción, diálogos ricos, personajes consistentes, escenas inesperadas... Además, como buen relato realista (recuérdense otras películas recientes de su género como Tsotsi, Pan y Rosas, El Jardinero Fiel, Crash, etc.), plantea dilemas morales meridianos. La sinopsis es orientativa pero puede ser engañosa de los grandes logros de esta filmación: un joven mexicano analfabeto y cuya madre ha fallecido, viaja clandestinamente a New York a la búsqueda de su padre que, supuestamente, ha acumulado una fortuna después de más de una decena de años como inmigrante. La riqueza del padre, en efecto, existe, pero escondida en los fondos de una miserable vivienda de Brooklyn en la que el hombre se intoxica de alcohol, de soledad y de horas extras cosiendo flores de tela. El joven es asaltado y humillado nada más darse de bruces con el suelo neoyorquino. Su identidad, para más colmo, es suplantada por otro joven mexicano con amplias dotes delincuenciales que pondrá al servicio de su taimada relación con su recién adoptado falso padre. La ingenuidad y arrojo de uno, las artimañas e inmerecidos beneficios de otro, la paradójica frustración del inmigrante perpetuamente ilegal e invisible, o el eslabón que representan una prostituta y otros trabajadores inmigrantes, se nos ofrecen no sólo como descripciones dramáticas de un submundo, sino como ejes de unos eventos que van a transformar la vida de cada uno de ellos. Cada imagen y cada escena iluminan esas transformaciones. Las palabras no sobran ni faltan. El corazón te palpita hasta el último momento.



02/11/2007 20:19. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

qué tan lejos

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En la 8º semana de cine solidario de Logroño este año han proyectado películas tan acertadas como “Qué tan lejos” de Tania Hermida (2006). Las dos protagonistas se alían, casualmente, en un viaje lleno de peripecias desde Quito hasta Cuenca (Ecuador). Esperanza es una joven española aparentemente ingénua, siempre dispuesta a hacer amigos y coleccionista de postales de todos los lugares del mundo a donde se escapa siemrpe que puede gracias a los descuentos que le proporciona el trabajar en una agencia de viajes en Barcelona. Teresa se le presenta a Esperanza con el nombre de Tristeza: una ecuatoriana aparentemente fría y altiva de clase acomodada que estudia filología en la universidad, lee con fruición a Octavio Paz y cree que se halla enamorada de, y correspondida por, un biólogo “mochilero” como ella que se va a casar con otra chica por, supuestamente, presiones familiares. A raíz de una huelga indígena que ha cortado las carreteras, ambas se apean del autobús y comienzan a caminar y hacer auto-stop para alcanzar su destino lo antes posible. En el camino se encontrarán con, y se acompañarán de, Jesús, un actor aparentemente huraño que lleva en una urna las cenizas de su abuela recién fallecida a Cuenca, para cumplir su última voluntad. Nadie es lo que parece y en su periplo van a emerger cariños y aprendizajes esenciales para cada uno. Son especialmente deliciosos los juegos de lenguaje y malentendidos, o sobreentendidos, que aparecen entre el idioma español de Esperanza y el propio, y a veces ininteligible para la primera, de los ecuatorianos. También la crítica velada al trabajo infantil, representada por brillantes niñas llenas de chispa, y la presentación del desparpajo con que los terratenientes se pasean en sus coches todoterreno por el país. Los estremecedores paisajes están sacados a propósito del marco de postal que busca la turista ávida de cosificaciones. Los personajes, finalmente, se desenmadejan con naturalidad y cada uno llega, sin traumas, a un estadio más de su vida. A muchas ideas previas en contra del machismo o a favor del indigenismo, por ejemplo, se les da bruscamente la vuelta obligándonos a cuestionarlas con más radicalidad. Y todo ello bajo la apriencia de una “road movie” sencilla y sin estruendo. Pero, ya os lo decía, nada es lo que parece.



cuentos japoneses

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Leer para quemar el tiempo de los viajes. Leer porque sales a la calle cada día con una luz distinta en tus ojos. Leer porque la curiosidad es más fuerte que tu voluntad. Entre los libros insólitos que he ido rebuscando en estanterías llenas de polvo y ferias de anticuarios, esta vez le ha tocado el turno a los cuentos japoneses de Lafcadio Hearn (1850-1904). Este greco-inglés acabó dando con sus huesos en Japón y de su enamoramiento de las delicadas costumbres niponas y de la hija de un samurai, surgió su devoción hacia la literatura de aquel país. Los cuentos de Kwaidan destilan fantasía, moralinas, budismo y feudalismo. Aunque el estilo narrativo puede parecer muy clásico para quien se encuentre ávido de innovaciones, la redacción nítida y la culta prosa que emplea (el traductor, por lo menos; es de suponer que siguiendo la estela originaria del creador) destilan una agradable sensación de placidez. Los personajes meditan, sueñan, son objeto de avatares sorprendentes y muchos parecen albergar una recia y ejemplar fortaleza de espíritu. Leer es también una forma de hacer amigos, de recrear los que tienes intercambiando las voces que leemos. Por eso Enrique me ha pasado otro libro del mismo Hearn que, sin duda, me abrirá nuevas ventanas al universo del Japón ancestral. Son sorprendentes los derroteros que va tomando la vida después de cada decisión que tomas, especialmente de aquéllas que son guiadas por una insaciable, y tal vez oscura, curiosidad.

 

 

 

 


La isla de los antropólogos

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“La isla de los antropólogos y otros relatos” es un libro escrito por Iban Zaldua (2002) que se deja leer con facilidad. La prosa no es ampulosa ni pedante; le basta la efectividad de una narración ajustada a los hechos. El lirismo, desde luego, no es para buscarlo en estas páginas. Casi todas las historias guardan una nota de humor o de drama macabro en su final, lo que las hace culminar con aceptable dosis de sorpresa para el lector. Inquietan algunas como la de un donante de sangre que accede a los experimentos de una médica sanguinaria y, a la vez, seductora. Un relato sobre la elaboración del primer censo deja en el aire la sospecha de que se matase a la población que no daba tiempo a ser contabilizada. Un relato con formato académico narra con sarcasmo las diatribas de los antropólogos que acuden una y otra vez a una isla del Pacífico donde los nativos han aprendido a darles imágenes distintas a los observadores. Un historiador económico, como el propio autor, descubre que la archivista de un pequeño ayuntamiento ocultaba turbias relaciones con anteriores investigadores. Un espía infiltrado en las filas enemigas muestra las miserias de su exitosa integración, sin mayor pena ni gloria. En fin, agradable juego de sombras para andar en la vida con un tercer ojo avizor.

 

Lavapiés (Madrid)

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Mundolavapiés es un Libro DVD participativo, que habla del barrio y sus habitantes, pero en el que, sobre todo, los habitantes hablan de su barrio, que es otra forma de hablar del mundo, de los muchos mundos que habitan Lavapiés. Este es el objetivo del libro, y es lo que ha determinado su elaboración. Sin subvenciones ni dependencias, buscamos abrir un proceso en el que pudiera participar todo el que quisiera. Más de mil carteles de convocatoria, asambleas, presentaciones, búsquedas, venta de postales, difusión directa y en medios, desde la calle misma. Se trataba de crear un documento vivo, plural, una muestra medianamente sugerente y significativa de la diversidad de gentes, iniciativas y experiencias de este barrio: sus habitantes de hoy y del pasado, sus paseantes, pero también los colectivos de todo tipo, asociaciones, artistas, colegios, músicos, niños y niñas, los con papeles, los sin papeles, con o sin residencia, en un intento de poner en común y comunicar el trabajo de gentes de todas las edades, de todos los lenguajes y modos de expresión: valía con aportar una frase cortita, un poema, una propuesta, una historia, una imagen...” A veces ocurre lo inesperado: que algunos documentos (textos desde muchas voces, imágenes desde muchos puntos de vista, músicas desde los márgenes del mercado) te fascinen por su forma, por su gestación y por su sustancia. Un acercamiento antropológico y popular a un barrio que deja huellas indelebles a quien lo ha vivido rascando alguna vez por debajo de la superficie. (Autoedición de www.mundolavapies.net, 2006)

 

resistencias

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Chilavert recupera” es un documental realizado por el Colectivo Alavío (www.alavio.org) sobre una de las múltiples experiencias de “reapropiación” de fábricas argentinas por parte de los trabajadores. Después de más de un año sin pagarles su salario y después de décadas exigiéndoles sacrificios por el “bien de la empresa” y horas extra gratuitas, el empresario se disponía a vender toda la maquinaria de la imprenta, declarando la quiebra y dejando a los operarios en la calle. En ese momento, éstos reaccionan de forma espontánea impidiendo la salida de las máquinas y ocupando las instalaciones. Cuando llega la policía para desalojarles, el “baño de sangre” es evitado gracias a la concentración de personas solidarias con su situación, en gran parte provenientes del movimiento villero (de las “villas miseria”) y asambleario surgido después de diciembre de 2001. Aprendiendo de otras experiencias semejantes, los trabajadores adoptan el lema “ocupar, resistir y producir”, iniciando los trámites legales para conseguir la expropiación estatal de la empresa y su cesión (aunque no indefinida) a la cooperativa que han formado. ¿Por qué no se habían rebelado antes contra el empresario que los explotaba? ¿Siempre hay que esperar a que el drama sea irreversible, a la gota que colme el vaso, para reaccionar al robo organizado por las clases dominantes? ¿Podrá subsistir con dignidad la nueva cooperativa bajo la amenaza del propietario estatal y las inclemencias del mercado en el que son un débil peón? Y, sin embargo, las preguntas terribles no pueden empañar del todo las lágrimas de emoción ante esas pequeñas batallas ganadas.

 

 

 

27/08/2007 13:09. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

(tristes) idealizaciones

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El verano es el momento ideal para darse un atracón de lecturas. En la feria del libro antiguo y de ocasión de Vigo encontré unas cuantas joyas y siento lo rápido que corre el tiempo antes de que pueda sumergirme en cada libro. Unas semanas atrás, también me surtí de otros textos “alternativos” en Traficantes de sueños. Sin mucho orden ni concierto paso de uno a otro: libros de política e historia (un recorrido por la ideología de la democracia de Luciano Canfora), de sociología urbana (un ensayo hipercrítico de Jean Pierre Garnier) y de paleoantropología (una revisión del evolucionismo por Juan Luis Arsuaga), el interminable libro de aforismos de Marcos Lorenzo siempre en la mesilla de noche, y, cómo no, merodeo y picoteo en todo lo que de poesía y narrativa cae en mis manos y que tenga algún viso de despertarme alguna pasión sobrecogedora (esa quimera…). ¿Será que la vida no tiene sentido? ¿Que sólo buscamos excusas con las que tapar su vacío de fondo, su final frío y cierto? Quizás la angustia procede sólo de buscar conocimiento, poder y seguridad ante los miedos que nos asolan, en lugar de simplemente dejarse llevar, divertirse, sentir nuestra animalidad sin trascendencia alguna –con los libros o con lo que sea. ¿Por qué, a pesar de todo, me arrebatan esas personas vitalistas y apasionadas¿ ¿Es que no se dan cuentas de la ilusión en la que estamos sumergidos?

 

El último relato corto que me he encontrado se titula “El hombre de mis sueños”. Su autora es Doris Dörrie, la cual también ha dirigido algunas películas con cierta repercusión (“Hombres, hombres”, por ejemplo). La historia narra la soledad en la que se encuentra una mujer joven, Antonia, que trabaja como modelo y que fue abandonando a sus amistades izquierdosas que criticaban su forma de vida superficial, manipulada y capitalista. Ella misma experimenta, al cabo de unos años, las frustraciones sentimentales que le depara su profesión y comienza a obsesionarse con la búsqueda del “hombre ideal”. Curiosamente, éste lo halla en un retrato de Boticelli que, por casualidad, se lo imagina proyectado en un hombre, Johnny, que pide limosna a las puertas de unos grandes almacenes. El susodicho resulta que ha estudiado sociología y ciencia política, y es otro izquierdoso más que ha renunciado a integrarse en el sistema, pero que sin mucha dificultad se acopla al enamoramiento incondicional, al modo de vida y a las rentas boyantes de Antonia. Para compensar ese evidente desequilibrio, Antonia propondrá hacer un viaje “mochilero” a Perú donde descubrirá lo doloroso de sus elecciones vitales y los interrogantes irresolubles acerca de sí misma como alguien que necesita a un “hombre ideal”… Para mayor confusión de Antonia, Johnny llegará a responderle con toda crudeza: “Lo único que quiero es vivir en paz y tirarme a una chica bonita de vez en cuando.” Aunque la historia pueda parecer algo inverosímil, los personajes y, sobre todo Antonia, son unos nítidos espejos de nuestras más comunes disquisiciones acerca de quiénes somos y a quién podemos querer. Y todo ello enmarcado magistralmente en un paisaje de aberrantes desigualdades y ruindades sociales. Lástima, o no, que el final nos deje con tantas dudas como al principio.

 

 

27/08/2007 12:49. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

La suerte de Emma

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Cuando era niño tenía un pensamiento recurrente: si en algún momento sé con certeza que voy a morir, haré todo lo posible para paliar el sufrimiento. Pensaba, sobre todo, en la morfina o en cualquier otra adormidera de los sentidos. O en alguna explosión de placer, incluso prohibida. Con el paso de los años, aquella íntima reflexión eutanásica ha ido modulándose. Películas como “Mar adentro”, “El jardinero fiel” o la que he visto la semana pasada, “La suerte de Emma” (Sven Taddicken, 2006) presentan esos estadios previos a la muerte henchidos de paz, armonía y consciencia. En esta última, el protagonista decide huir a un remoto paraíso centroamericano para beber el néctar de sus últimos días una vez que le diagnostican un cáncer irreversible. Para ello, toma todo el dinero negro amasado por él y su socio en un negocio de compra-venta de coches usados. Pero el socio le persigue y sufre un accidente del que, algo inverosímilmente, sale indemne. Es así, casi por los aires, como llega a la granja porcina de Emma. Esta huraña, solitaria y espontánea campesina se enamora inmediatamente del recién llegado, y ambos se enfrentarán a la muerte cierta agarrándose fuerte el corazón. Que nadie espere un canto sublime ni a la vida ni a su despedida. Lo que verás, simplemente, es un paisaje de luces al alba y al atardecer, de ternura y de animalidad. Todo ello al filo de nuestros apegos a lo que, necesariamente, desaparecerá.

 

derecho al delirio

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Benito Zambrano me ha vuelto a deslumbrar y a arrancar las lágrimas de cuajo. No lo tiene fácil. Soy un incrédulo y un criticón. Los romanticismos pasteleros me suelen causar aversión. Pero Zambrano, como Julio Medem, Montxo Armendáriz, José Luis Borau y tantos otros, mide los silencios, protesta contra las opresiones, aclama la belleza de las pequeñas cosas, nos desempolva la indiferencia ante los dilemas esenciales de la vida. Años después de su inolvidable Solas (1999), ayer vi Habana Blues (2005) en la televisión (como tantas veces, de la mano conductora de Cayetana Guillén Cuervo, sabia, optimista, seductora ¡la adoro!). En su día rechacé ir a su estreno en el cine pues lo que decían los periódicos irguió en mí el prejuicio de “vaya, ahora le ha dado por hacer un musical con el simple telón de fondo de la emigración cubana y seguro que sin un atisbo de distancia a su filocomunismo”. Para buenas historias de emigración, exilio, aviación, travesía, disenso interior o como se le quiera llamar, ya había visto el premiado documental Balseros o la más tremenda y autocrítica Fresa y Chocolate. No esperaba encontrarme nada novedoso. Craso error. Los tres personajes principales de Habana Blues -Tito, Ruy y Caridad- se pelean a tres bandas. Sacan a flote todas sus contradicciones, y las de la isla. Se aman, discuten, se alejan, se seguirán amando. Sus gestos son verídicos y profundos. En el último concierto del grupo de música protagonista, Ruy lo presenta reivindicando un ambiguo “derecho al delirio y a la utopía” y la canción de la traca final recalca que “no seas cautivo de idiomas o ideologías”. El guión de Zambrano hace equilibrismos entre su devoción y sus sutiles críticas al régimen, y a la sociedad cubana. El racismo soterrado, el machismo, el hambre, las camas compartidas, los empresarios españoles desembarcando con sus contratos leoninos y su arrogancia, la prostitución masculina y femenina, los mercados clandestinos, los músicos contestatarios de la escena alternativa, la lucha por partir. Sutiles pero atrevidas. Además de aquellos edificios en ruinas y de las noches ancladas en el pasado, recuerdo de mi única visita a La Habana aquel enorme cine en el que vi, en sesión continua, Todo sobre mi madre, de Almodóvar. Al final de la película, en el coloquio, lo he vuelto a ver lleno de espectadores que veían Habana Blues. Y en ese juego de espejos es imposible olvidarse de que somos parte de las buenas ficciones. Más en:

http://wwws.warnerbros.es/movies/habanablues/

 

 

sexualidades

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“Sexualidades” es el título que le han adjudicado en Portugal a la película sueca-danesa “A Soap” (Pernille Fischer Christensen, 2006). (La verdad es que en el cine-estudio del Teatro Campo Alegre de Oporto estábamos sólo tres personas en la sala. Me entristece pensar que algún día puedan cerrar este cuarto oscuro donde se proyectan tantas maravillas.) Los únicos escenarios en donde transcurre la acción son los dos apartamentos de Charlotte y Verónica, y las escaleras que los unen. Charlotte es propietaria de una tienda de cosmética y se ha trasladado a ese barrio modesto huyendo de su marido, un médico recién estabilizado y con el que iba a comprar una casa después de cuatro años de relación. Verónica es un joven transexual que ha huido de sus padres y que espera una carta en la que le autoricen a realizar la operación de cambio de sexo gracias a la que se podrá “ver” como una “auténtica” mujer. Ambos están sumidos en la tristeza y la confusión. Las visitas del ex-marido de Charlotte y de la madre de Verónica (a la que sigue llamando Ulrick) acentúan aún más sus penurias. Por medio de unos reveladores gestos y símbolos llegamos a entender el dolor y el atisbo de amor que surge, a trompicones, entre las dos vecinas. Charlotte vive en el piso de arriba y se ha entregado a un frenesí de encuentros sexuales con todo tipo de hombres que hablan y hablan sin que a ella le importen lo más mínimo. La mayor parte de sus enseres siguen empaquetados en cajas de cartón. Los reencuentros con el ex–marido suscitan una tensión in crescendo. A Verónica la visita regularmente su madre. Le trae patés y revistas. Sin embargo, acude de incógnito pues no quiere que lo sepa el padre de Verónica, mientras que ésta insiste en que se lo diga. La madre siempre se queda en el umbral de la entrada. Verónica, incluso, llegó a comprar un regalo para el cumpleaños de su padre. Mientras, ejerce ocasionalmente, y sin mucho entusiasmo, la prostitución, y sigue puntualmente una telenovela… Por esa desacralización de la sexualidad y por la ternura y comprensión que inspiran los personajes, me ha recordado a otra brillante historia que he visto este año, Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006), aunque ésta última más colorida, lúdica y explícita. Pueden parecer típicas historias de amor para un público gay y queer (transgénero), pero la verdad es que también tienen la enorme virtud de cuestionar arraigados prejuicios a partir de conmovedoras experiencias cotidianas. Por cierto, la delicada música (Thomas Dybdahl, Antony and The Johnsons…), los flashes en blanco y negro con voz en off, y los recurrentes almendros en flor, son agradables aditamentos de la trama. Página oficial (sólo en danés): http://www.ensoap.dk/.

 

Reggae en Roma

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El viernes tocó durante dos horas largas el grupo “Radici nel Cemento”. Fue en el Centro Social Okupado “Villagio Globale” (también llamado Ex-Mattatoio) de Roma. Según el cantante del grupo, el mejor espacio para conciertos de toda la ciudad. Seguramente se trataba de un elogio apropiado, y no sólo de la típica arenga a la afición local (no se dan cuenta muchos cantantes de lo desfasado que a menudo suena eso de “¿qué tal la gente de Vigo (o de la ciudad que corresponda)?” o “me encanta venir a esta ciudad…”, cuando cada vez hay más foráneos y nómadas acudiendo a los conciertos). El Villagio Globale es, ciertamente, enorme. Bajo la carpa del concierto acogería, de forma aproximada, a más de 5000 personas holgadas, y eso que durante la actuación central el público la llenaba a rebosar. En el edificio principal había varios espacios (biblioteca, habitaciones para talleres, bares, patio con mesas, etc.) y, entre ellos, otra sala acondicionada como “dance hall” con su DJ particular, algo más ecléctico en cuanto a las canciones que mezclaba, pero regresando a temas clásicos del reggae a cada poco. También antes y después del concierto amenizaron aquella noche sin fin magníficos DJs que hacían flotar al personal administrando sabiamente los efluvios de todas las cosechas del reggae. Radici nel Cemento debe ser un grupo bastante veterano en la escena alternativa italiana y, a juzgar por lo visto, moviliza a miles de seguidores por todo el país. Los tres de la sección de metales se lo pasaban en grande representando sus coreografías y el cantante principal bordaba las canciones. Entre una mayoría de melodías reggae introdujeron trepidantes ritmos skas y raggas (con algunos amagos rockeros a la sazón) que hacían vibrar a tantos fieles incondicionales. Y no podían faltar las exaltaciones de la filosofía pacifista, junto con otras llamadas a la “desobediencia”, a la libertad de un preso político kurdo y a la despenalización de la marihuana. Todo muy dentro de los cánones. Para mí, sin grandes innovaciones musicales con respecto a tantos otros grupos semejantes (y, en el género mestizo, a gran distancia de aquellos conjuntos tan imitados como Los Fabulosos Cadillacs o Mano Negra), pero con una puesta en escena sin mácula, armónica, contundente y bailable hasta la extenuación. Por cierto, mucha más mezcla étnica e interclasista en la audiencia que, por ejemplo, la que había (mucho más pija) en el festival de música electrónica independiente al que asistí en otro centro social (ya no okupado, aunque lo mantengan en el nombre, el Rialto). Y los precios en el Villagio Globale, bastante asequibles: la entrada, 7 € (5 si se llegaba antes de las 22,30 h.), y los zumos y botellas de medio litro de agua a 1 €. Las actividades musicales de los centri sociali de Roma aparecen en la guía del ocio semanal de venta en los kioscos: Roma c’è. Las de carácter más social y político, como la semana zapatista en el antiguo manicomio llamado Ex Lavanderia, hay que buscarlas por otros medios: un listado de websites, por ejemplo, se puede consultar en http://matteoroma.altervista.org/.

 

07/05/2007 09:31. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

parece cine

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Cuando en su momento vi la magnífica “Dogville” (Lars von Trier, 2003) ya dejé huérfano a este blog de mis impresiones. Ahora, después de ver la última película del mismo director, “El jefe de todo esto” (2006), no puedo prolongar más la indiferencia. Y, ante todo, lo que me gustaría resaltar es que las dos son narraciones perturbadoras y brillantes. Reconstruyen de forma verosímil varios conflictos morales en torno a la ayuda, el abuso, la venganza, la manipulación… Y son brillantes, además, porque discurren al modo clásico de “presentación, nudo y desenlace”, pero con originales e inesperados detalles en cada escena y escenario. Ahora bien, parecen cine; pero parecen, mucho más, teatro. El mismo director ha declarado hace poco que cada vez es menos dogmático con respecto a los principios del movimiento cinematográfico Dogma que contribuyó a abanderar hace más de una década. Pero en ambas películas todo se concentra en los personajes y los diálogos. A su alrededor, el paisaje crudo. Para el consumidor masivo de productos audiovisuales, la ausencia de abalorios en estas películas -de música, de movilidad geográfica y de peripecias artificiosas con la cámara- genera inquietud, pero también concentración en el relato. Puro teatro. Lo mejor de “El jefe de todo esto” es el humor que destilan los absurdos acontecimientos que le van sucediendo al insólito protagonista: un fracasado actor que es utilizado por el dueño de una empresa de informática para representar el papel de director de la empresa. Puro metateatro. El dueño ha pasado años oculto entre el resto de empleados para así ejercer mejor su dominio sobre ellos: inmiscuyéndose impunemente en sus sentimientos más íntimos (y manipulables). Ahora quiere vender la empresa a una firma islandesa y en la transacción será despedido todo el personal sin ninguna compensación. Los daneses representan el papel de los “sentimentales” habitantes del “sur” nostálgicos de su imperio colonial sobre los islandeses, ahora bajo el prototipo de más disciplinados, productivos y con mayor racionalidad empresarial. Otro metarrelato. El actor descubre un público inesperado para sus dotes interpretativas, pero también una oportunidad para ser fiel a su ética. Fiel hasta la suma contradicción. Como todos los demás. Y las consecuencias finales, inesperadas y dramáticas, ya no parecen responder a la voluntad de ninguno de los personajes en particular. Pura sociología.

 

23/04/2007 13:09. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

utopías

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Los últimos libros que he leído no son literatura al estilo clásico. Pero me permiten jugar a deslizarme desde la realidad a la ficción y viceversa, como si resbalara por una banda de Moebius. Por una parte he rescatado de la marginación “Walden Dos” de Benjamin F. Skinner (1948). Marginación en mis estanterías, pues los psicoanalistas y freudomarxistas lo asediaban implacables y lo mantenían en el ostracismo desde el día en que lo encontré en alguna librería de viejo. Skinner era un psicólogo conductista que, sin embargo, creía firmemente en la perfectibilidad humana y en un mundo futuro armonioso, cooperativo y guiado por simples principios científicos. Y así escribió “Walden Dos” que, todo hay que decirlo, no es ningún prodigio literario, al revés que ocurre, por ejemplo, con dos de las contrautopías que sí figuran entre las narraciones imprescindibles del siglo pasado: “1984” (de George Orwell) y “Un mundo feliz” (de Aldoux Huxley). Alguna otra utopía que a mí también me asombró fue “Ecotopía”, de Ernest Callenbach, quizás por su crudeza realista ante las cuestiones ecológicas y bélicas. Walden Dos es menos desalentador de lo que suponía y comparte muchos elementos con las distintas versiones de comunismos igualitaristas, aunque deja muchas lagunas de ambigüedad en manos de supuestas ingenierías de la conducta, de la cultura, del gobierno, etc. El segundo libro que, sin embargo, me ha dejado mejor sabor de boca es el relato de las aventuras y desventuras de una comuna que intentó seguir al pie de la letra las especulaciones de Walden Dos. Se trata de “Un experimento Walden Dos. Los cinco primeros años de la comunidad Twin Oaks” (Kathleen Kinkade, 1973). En este caso la historia se presenta como una crónica verdadera y la prosa es mucho más fluida. No pude evitar sonreír con frecuencia, quizás debido a que me acordaba de muchos otros libros semejantes que leía con fruición hace años (los de Pepe Riba y Keith Melville, por ejemplo) y de tantas experiencias urbanas y rurales que siempre me han apasionado. El pasado fin de semana visité, precisamente, a unos amigos que llevan unos años iniciando un nuevo intento de vida en común en las cumbres de la sierra del Suído (Pontevedra). Y en unos meses iré a un congreso sobre utopías en Plymouth (Inglaterra). Así que no debo estar tan inmunizado como pensaba. Lo que me sigue fascinando es el poder performativo de algunas palabras, de algunas historias de ficción y hasta de sociedades completamente inventadas. ¿Por qué son tan persuasivos esos “cuentos” que impelen a actuar, a creerlos y a hacerlos realidad? ¿O por qué hay gente que se deja persuadir? ¿O por qué vemos una persuasión donde sólo hay experimentos vitales que cogen algo de unos libros, algo de sus propias vidas y algo de muchas otras vidas a su alrededor? La realidad, no obstante, es más tozuda y 40 años más tarde Twin Oaks no parece haberse atenido mucho al espíritu y letra de Walden Two (http://www.twinoaks.org/clubs/walden-two/bastard.html).

 

 

 

11/04/2007 11:40. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

The Mother's House

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Entre las películas que se han presentado acerca de la dureza de las condiciones de vida en países africanos, “The Mother’s House” (Francois Verster, 2005) fue la que, sin duda, mejor calidad narrativa y fílmica demostró. Parecía una auténtica obra de ficción. Las protagonistas parecían ajenas a la presencia de las cámaras la mayor parte del tiempo. Se peleaban, lloraban, se intoxicaban como si de un “reality show” se tratase. A través de los dilemas y sufrimientos de Miché desde que cumple once años hasta que llega casi a los dieciséis, se nos muestran las dificultades de su madre seropositiva que tiene un nuevo bebé y que vive conflictivamente con su hermana, su sobrina y la matriarca de todas (madre de unas, abuela de otras). Ésta última, una operaria de cadena de montaje que no ha conocido más horizonte en su infancia que luchar contra el Apartheid y mantener una estricta disciplina en el seno de su familia. Pero la madre de Miché, abandonada por su marido y aún enclaustrada en la casa materna junto a sus propios hijos, descarga toda su ira sobre la pobre adolescente. Miché sólo piensa en abandonar cuanto antes esa familia opresiva y el propio gueto en el que viven, pero tras una breve estancia en Johannesburgo con una tía igual de autoritaria, regresa a casa y acabará cediendo a las tentaciones del cristal, la cocaína y la heroína que constituyen la primera afición de sus amigos más próximos. Aparte de una tímida tentativa final de Miché por acudir a un centro de desintoxicación, apenas hay aquí acciones que cambien radicalmente las circunstancias de vida. De nuevo parece que las personas se dejan arrastrar por la condición social que les ha tocado en suerte o, más precisamente, en desgracia. Ni siquiera en la democracia post-apartheid hay escapatoria. Y sospechamos que Miché no será nunca esa doctora que le gustaría ser de mayor para hacer algo que cure a su madre y con ello conseguir, por fin, que ésta la quiera.

 

27/03/2007 10:39. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Kha-Chee-Pae

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Kha-Chee-Pae” (Miroslav Janek, 2005) es, sobre todo, una obra poética, un difícil juego de funambulistas entre los sentimientos de ausencia de los niños de un orfanato checo. Entre los niños hay ternura y agresiones, fantasías desbocadas, juego e incertidumbre. Lo mejor del relato es que los mimbres se van tejiendo con sorpresas continuas para el espectador. Unas veces son los propios niños los que filman e inventan sus propios cuentos. Otras veces parece que los cineastas les regalaron historias de animación a los niños. Las entrevistas directas a los niños son breves, nada condescendientes por parte de los entrevistadores, y no se acumulan académicamente. Lo primero era jugar y grabar jugando. Los adultos casi no se dejan ver, pero sabemos que están por ahí, detrás de las cámaras, por sus sombras, acciones y referencias. Los niños, finalmente, no aparecen como dulces angelitos o tristes víctimas de situaciones familiares trágicas. Son muy distintos entre ellos, más o menos activos, conscientes de sus vínculos con otros niños y con sus propias ficciones. No se trata sólo de una descripción de un recinto institucional de reclusión, sino de ir destapando velos y conflictos gracias a una actitud de entrega al juego por parte del director (y suponemos que también del resto de su equipo) del documental. Toda una lección de arte participativo. Y en medio de la penumbra anoté dos frases que me recorrieron la columna vertebral como un escalofrío: ¿Habéis visto toda la belleza que hay alrededor? Llenad las horas de felicidad como un jardín de flores.

 

27/03/2007 10:27. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Estrellas de la Línea

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En “Estrellas de la línea” (Chema Rodríguez, 2006) se vuelve al manido tema de la prostitución. En este caso es un barrio de la capital de Guatemala. Las prostitutas parecen ejercer por libre, sin patrón por medio. Pero también sin amparo legal ninguno, sufriendo abusos policiales, clientes violentos, la tiranía de sus toxicomanías, las necesidades de sus hijos, el aislamiento de sus familiares, el encarcelamiento de sus parejas. Una línea de ferrocarril es el centro de la calle y en ella juegan al fútbol el hijo y marido de una de las prostitutas. Una mujer anciana que también fue prostituta en el pasado y ahora es alcohólica, casi ciega y a la que el huracán Mitch le dejó sin sus paredes y techos de cartón, les vende condones a las prostitutas jóvenes y les lava la ropa. Y canta boleros divinamente. Y tiene un compañero también anciano que la quiere y le está reconstruyendo un nuevo habitáculo. Lo fascinante de la historia es que un joven homosexual anima a las prostitutas a constituir un equipo de fútbol y a aprovechar los partidos para exigir respeto y denunciar sus calamidades ante el resto de la sociedad. Las chicas se entrenan, juegan, pierden casi todos los partidos, se divierten, viajan y entre medias nos van relatando sus penurias, sus conflictos inacabables, enredados en múltiples elementos ajenos e inherentes, a la vez, a su voluntad. No hay ningún final feliz. Eso es lo más estremecedor del relato. Los momentos de felicidad son tan escasos y milagrosos que constantemente esperas alguna resolución sorprendente. Pero no. La vida sigue ahí enredada, el barrio convertido en un gueto con sus muros invisibles. Han intentado cambiar algo en sus vidas, no hay duda, y han recibido ayudas externas que las respetaban y las dejaban decidir, y todo eso es ejemplar. Pero las losas sobre esas vidas son duras y pesadas. El director del documental se va desolado, nos deja desolados. Un capítulo más del feminicidio mundial que no parece indignar a gobernante alguno, ni en Guatemala, ni en México, ni en Tailandia, ni en España.

 

 


27/03/2007 10:15. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

play-doc

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Esta tercera edición del festival Play-doc me ha venido como anillo al dedo. Si ya me había fascinado la programación de documentales sociales los dos años anteriores, en esta ocasión me he sumergido en casi todas las proyecciones a modo de terapia. El desencanto con la realidad académica no me desangra, no paraliza mis inquietudes con las realidades urgentes, invisibles y estremecedoras que nos atraviesan. En un festival como este, además, no se trata sólo de relatos en una pantalla sino de un encuentro social donde compartir comentarios, conocer algunos detalles y opiniones de quienes idearon las filmaciones, reconocer a quienes se reúnen junto a ti para aceptar la interpelación de esas historias. Historias muchas de ellas distantes y dolorosas, casi todas alejadas del preciosismo naturalista, a buen seguro fruto del agudo criterio de los organizadores que con tanto afán se entregaron a convocar, difundir y seleccionar las obras. Me produjo una tremenda empatía sólo atemperada por la distancia que siento ante cualquier evento que exija mucho dinero, hoteles y consumo ostentoso. Pero habilitaron un bar con precios muy asequibles, derrocharon música y amabilidad a raudales, subvirtieron las vallas publicitarias de la ciudad, nos regalaron juegos de luces y de signos mínimos para nuestros sentidos, invitaron a gentes extravagantes a compartir sus vanguardias. La terapia, como se ve, es sólo eso: una bocanada de aire fresco, de sociedad, arte y denuncia de este miserable mundo que aplasta tantas vidas.

 

Y los documentales que me maravillaron: “Estrellas de la línea” (Chema Rodríguez, 2006), “Kha-Chee-Pae” (Miroslav Janek, 2005), “The Mother’s House” (Francois Verster, 2005), “Pensando en soledad” (Marcos Nine, 2006), “Bullshit (Pea Holmquist y Suzane Khardalian, 2005) y “Popaganda: The Art and Crimes of Ron English” (Pedro Carvajal, 2005). Más información en www.play-doc.com

 

exámenes

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“(…) Ha pasado semanas preparando este examen del que, una vez más, depende la continuidad. Años atrás hubiese dicho que es un examen crucial, pero con el tiempo ha aprendido que todos los exámenes son cruciales, hasta el punto de que un examen que no fuese crucial no le parecería, no sería, un auténtico examen. Acaba de leer las cinco preguntas y respira tranquilo. De las cinco sabe cuatro a la perfección. Por lo tanto, puede ya considerarse aprobado (como mínimo). Gira la vista hacia los otros examinandos y ve cómo cunde el nerviosismo: la mayoría escribe deprisa; como si se les fuese a acabar el tiempo, llenan una hoja tras otra, con cara quebrada. Hay dos que piensan intensamente. Se nota porque miran hacia el techo, con el ceño fruncido; uno de ellos muerde, además, la punta del bolígrafo. Otro ha agachado la cabeza para esconderse de la vista del examinador y dirigirse al del pupitre de al lado: mueve los labios vocalizando lentamente una palabra, pero el del pupitre de al lado no le entiende; le responde arrugando la boca y levantando los hombros. El que vocaliza en silencio repite la palabra una y otra vez. Llevan así un buen rato, y continúan hasta que el examinador empieza a pasear por los pasillos que las tres filas de pupitres dejan entre sí. El que se agachaba se yergue con una seriedad exagerada y delatora. Como si a él también le pudiesen pillar en falta, el examinando se endereza también y decide empezar de una vez. Saca el capuchón del bolígrafo y escribe su nombre. Empieza a contestar la primera pregunta, con letra clara y equilibrada, una palabra tras otra, en líneas apretadas y rectas. Cuando acaba la primera pregunta empieza con la segunda. Pero a las pocas líneas se siente desfallecer de nuevo y deja de escribir. Está cansado. Pero sólo los últimos días de estudio intenso no le pueden haber causado tanto; quizá lo que le agota ya es el continuo de exámenes que ha tenido que ir superando desde la infancia, uno tras otro. Si como mínimo divisase el final. Pero después de aquel examen habrá otro, y tras ése, otro. Sabe que prepararse requiere esfuerzo, que de hecho nunca se sabe lo suficiente, ni se demuestra suficientemente cuánto se sabe, sea suficiente o no. Pero ese convencimiento no le impide preguntarse si habrá algún día un último examen. (…)

 

¿Por qué continúa examinándose? De hecho, ¿de qué le sirve y para qué le servirá? ¿No sería mejor dejarlo ya, inmediatamente? Igual que no recuerda los primeros exámenes, ha olvidado también el objetivo final que debe haber más allá del de convertirse, momentáneamente, en examinador. Sabe que los examinadores (que han tenido que superar la serie de exámenes por la que él pasa ahora) se examinan a su vez, pero no sabe para qué. ¿Para convertirse (¿momentáneamente también?) en examinadores de los examinadores? Ni tan sólo es seguro que convirtiéndose en examinador lo sepa. Igual que tampoco sabía, cuando empezó de niño, que el primer objetivo (ése al cual cree acercarse) es convertirse en examinador. Empezó, cree recordar, porque sus padres (como absolutamente todos los padres) querían que estudiase. (…)”

 

 

Quim Monzó, Tres bocetos

 

19/03/2007 13:52. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

línea de fuga

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“(...) Con la libertad uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, he visto a menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los trapecios, muy alto, cerca del techo. Se lanzaban, se balanceaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendidos del pelo con los dientes. ‘También esto’, pensé, ‘es la libertad para el hombre: ¡el movimiento excelso!’ ¡Oh, burla de la santa naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que tamaño espectáculo provocaría entre la simiedad.

 

No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, adonde fuera. No aspiraba a más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como mi pretensión era pequeña el engaño no sería mayor. (…) Repito: no me cautivaba imitar a los humanos; los imitaba porque buscaba una salida; no por otro motivo. (…) Y aprendí, estimados señores. ¡Ah, sí, cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende de manera despiadada! (...)”

 

 

Franz Kafka, Informe para una Academia

 

 

17/03/2007 20:30. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

la vida de los otros

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Berlín Este. 1984 (no por casualidad). En un periódico, bien avanzada la narración, aparece Gorbachov. En otro momento, unos intelectuales críticos de la República Democrática Alemana simulan escribir una obra de teatro conmemorando los 40 años del régimen socialista. La película: La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006). El protagonista, Wiesler (Ulrich Mühe), es un diligente mando de la Stasi, la siniestra policía política. Su misión: vigilar individualizadamente, uno por uno (aspiración totalitaria no exenta de incertidumbre), a toda la población potencialmente sospechosa de desafección a la razón de Estado. Los interrogatorios, torturas, encarcelamientos, asesinatos, delaciones, confidencias y ultrajes de todo tipo constituían los “procedimientos”, su manual de uso. Muchos estaban tentados a saltar al otro lado del muro, o a arriesgarse a las ráfagas de metralleta si los descubrían escondidos en los bajos del coche. En lugar de mostrarnos abiertamente toda esa crueldad, el director opta por sugerirla tangencialmente. A cambio, nos ofrece, de forma más explícita, una historia más apasionante: el proceso de resensibilización del protagonista. Por su propia iniciativa y por su sagacidad para detectar personajes sospechosos, se le encarga el seguimiento y control de un escritor que vive con una atractiva actriz y que se codea con un nutrido y bohemio círculo de artistas. El escritor y su mujer se aman profundamente. Además, eran admirados como intelectuales del pueblo y respetados por el Partido.

 

Wiesler en su anodina vida como espía de esas vidas ajenas, comienza a emocionarse, a identificarse con sus ideales (la perfectibilidad humana, la capacidad de cambiarse a uno mismo y a los otros…) y a comprenderlos. Comienza a cuestionar su propio trabajo y, en un desliz de su férrea formación policial, a intentar ayudar a la pareja. Pero sus ayudas incrementan las calamidades que todos van a padecer. En la trama del relato, un ministro de cultura perseguirá y chantajeará a la actriz. El escritor se implicará en la redacción de un artículo publicado en el Oeste denunciando que en el Este no hay estadísticas de suicidios, a raíz del que acaba de cometer un director de teatro primero ensalzado y después censurado por el Partido. La engrasada maquinaria represiva del Estado se encarna en sucesivos personajes robotizados, en una cadena de obediencias, ambiciones y recíprocas suspicacias que se vienen a romper, precisamente, por el eslabón del protagonista. Wiesler muestra las contradicciones y la fragilidad de un sistema que no deja títere con cabeza. A todo el que criticase no sólo al gobierno, sino a cualquier instancia del Estado, se le preguntaba el nombre. Las bromas políticas eran un pasaporte seguro a las mazmorras o a la degradación profesional. Una mirilla de la puerta de una vecina. Un niño con un balón en un ascensor. Un experto en máquinas de escribir. Unos sótanos donde se registran las cartas. Un cielo de invierno con ramas desnudas. No hay una sola escena que deje de emocionarte y de envolverte en esa atmósfera de “gran hermano”. Al final, la reunificación de las dos Alemanias no cesa de inquietarnos al comprobar cómo continúan dichas y desdichas desigualmente repartidas.

 

La película brilla con luz propia al mostrar de una forma sutil y elegante los distintos flancos desde los que se criticaba, desde dentro, al régimen socialista o, también llamado, capitalista de Estado. Y cuida magistralmente el suspense, los detalles escénicos y las semillas de humanidad que se destilan entre tanta vida gris. Más de dos horas sin pausa para preguntarse por las relaciones entre la política y nuestro sistema nervioso.

 

crítica a los test...

20070113121245-fractalsylvie1.jpgCrítica a los test de parejas por internet: si alguna vez has tenido la tentación de asomarte a esas páginas web que auguran contactos sentimentales para los ávidos por encontrar su media naranja, habrás percibido, a poco que te asole una mínima intranquilidad poética, que hay muchas ausencias, fallas y simas volcánicas, en los llamados “perfiles personales” (un interrogatorio policial más, una simplificación más, papel de lija, erosión de lo que deviene); aquí va una lista incompleta de algunas de ellas:

 

-forma de colocar el cepillo de dientes

-modo de usarlo, ¿salpica?

-olor corporal, en las zonas más erógenas y en las menos

-sensibilidad en la comisura de los labios

-hora del día en la que prefiere fornicar

-espacio de la cama empleado para dormir

-apego físico, o desapego, durante las horas de sueño

-número de veces que puede soportar la cama deshecha

-irritación con las formas y aspectos de otros enseres domésticos

aunque cada cual pague su hipoteca o alquiler respectivos

-tasa de tolerancia, adaptación y sacrificio

ante las preferencias invariables del otro

-grado de autocrítica y, a la inversa, de autocomplacencia

-coincidencia léxica básica en torno a conceptos como ‘amor’,

‘sexo’, ‘amistad’, ‘in-fidelidad’ y otros más escabrosos

-número de horas de soledad, y tipo,

que no está dispuesto a compartir con nadie

-ídem que sólo compartiría con terceros

-secretos sólo confesables bajo coacción

-deseos y fantasías que no comportarían ruptura marital

-partidos políticos por los que nunca tomaría partido

-formas de mirar a amigos y demás miembros del mismo

o diferente sexo en cada escenario de interacción

-pasión, o vicio, por el maquillaje, el deporte,

las compras, el trabajo, el dinero, etcétera

-grado actual de desintoxicación y tendencias emergentes

-gusto por hablar durante los prolegómenos orgásmicos

-traumatizaciones y dramatizaciones infantiles

-incredulidad acerca de las estadísticas de separaciones

y divorcios

-confianza ciega en que el amor, o como se llame, no es imposible.

 

Nota anexa importante: Los creyentes impenitentes alegarán, por supuesto, que todo es subsanable, antes o después, lo importante es contactar. Los escépticos nihilistas sospechan que esa nueva simulación también está abocada al fracaso: tales rasgos ni se pueden poner por escrito, ni decidir unilateralmente de antemano. De ahí la gracia por descubrir en vivo y en directo al sujeto de deseo. Lo otro, el negocio del emparejamiento cibernáutico, es sólo una zarandaja.

 

13/01/2007 12:06. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

León y Olvido

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Marta Larralde es la co-protagonista, junto a Guillem Jiménez, de León y Olvido, dirigida por Xavier Bermúdez y que vio la luz, después de largos empeños, en 2005. Es una película ambientada en La Coruña, pero sin pompa, austera, cruda y conmovedora. Apenas se escucha alguna melodía a lo largo de la proyección. León tiene síndrome de Down y convive con su hermana, Olvido, la cual trabaja en un taller textil desde que ambos se quedaron huérfanos. Lejos de una parábola psiquiátrica o pedagógica acerca de la condición de vivir con síndrome de Down, el relato va enmadejándose a partir de las intensas ambivalencias que suponen su mutua convivencia y dependencia, y sus respectivas aspiraciones. Nada es fácil y todo está a punto de quebrarse. La inestabilidad laboral, los abusos de autoridad y la libido de todos los personajes, son finamente implantados como marcapasos de corazones frágiles y fuertes a la vez. Ni complacencia, ni conmiseración: León y Olvido luchan por no caer por el acantilado de las adversidades. Pocas veces se ven regalos de flores, silencios y declaraciones de amor con tanta sinceridad. A Marta Larralde la recordaba por otra gratificante película, tres años atrás, rodada en Vigo: Lena (dirigida por Gonzalo Tapia, 2001). Allí también era huérfana de madre y también estaba empleada en una fábrica portuaria, y también le tocaba cargar con las miserias de su padre alcohólico. Allí también intentaba abrir pequeñas vetas para su libertad aunque todo a su alrededor se pusiera en contra. A través de sus ojos y de esas ciudades cercanas, puedo reconstruir mis paisajes humanos, afilar mis dientes, llenar de aire los flotadores. No aptas, pues, para almas pusilánimes.

 

22/12/2006 10:52. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

películas con adolescentes

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Little Miss Sunshine” pertenece al subgénero de películas que me permiten compartir buen cine con mis hijos sin tener que ceder, por mi parte, al bombardeo de superproducciones llenas de efectos especiales y dirigidas a “todos los públicos” infantilizados y atolondrados por la industria del espectáculo (tipo “King Kong”, “El señor de los anillos”, “Piratas del Caribe” y similares). Al verla, me acordé de otras películas que también ponen patas arriba esa dictadura del “éxito a toda costa”, esa división del mundo entre “triunfadores y fracasados”: “Las mujeres de verdad tienen curvas” o, la más reciente, “C.R.A.Z.Y.” Estas mismas películas, con su modesto presupuesto y su sabiduría a la hora de narrar historias mínimas y mimarnos con simpáticos detalles existenciales, son un ejemplo patente de lo poco que es preciso para “triunfar” en la vida, para ser alguien, para que tenga sentido, para que la sintamos acompañados. A veces, echo de más su excesivo énfasis en la unidad familiar, con esas frases estridentes del tipo “y recordad que, por encima de todo, somos una familia” (habitualmente pronunciadas por la mamá, última garante del viejo pacto de sangre). La familia como si fuese el único sustento social de las almas desamparadas o, simplemente, despistadas. Pero lo cierto es que cuanto más humor, sencillez y cariño se respiran en tales cintas, más a gusto me siento compartiéndolas con mis chicos ya casi adolescentes, con mi familia, a fin de cuentas. De hecho, los sábados por la tarde hemos recurrido con frecuencia a retrospectivas del sarcástico Woody Allen y de los no menos Monthy Python, y a otras simpáticas desventuras como aquella de los hermanos Cohen, “O Brother!”, o “Elling”, la de aquellos dos tiernos chiflados nórdicos que son externalizados de un hospital psiquiátrico y confrontados a vivir por sí mismos en un piso supuestamente tutelado (uno de ellos, para más sorna, regalaba sus poemas dejándolos en el interior de los alimentos envasados del supermercado).

 

En “Little Miss Sunshine”, la protagonista, podríamos decir, es una niña de siete años que desea fervientemente participar en un concurso de belleza. Pero es un poco gordita y viste, además, unas gafas que le cubren media cara. Su abuelo, que ha sido expulsado de la residencia de ancianos por esnifar heroína, le ha ayudado a preparar su actuación. Olive, la niña, tiene un hermano de unos quince años que lleva varios meses obcecado en no hablar, que odia a toda su familia y que sólo quiere ser piloto de aviones de combate. El padre anda a vueltas con un proyecto de escribir un libro sobre los diez pasos para ser un ganador (“refuse to lose”). De la madre, poco sabemos excepto que acaba de incorporar al hogar familiar a su hermano, un profesor especialista en Proust y homosexual que ha intentado suicidarse tras un desengaño amoroso. Todos se subirán a una vieja furgoneta a la que se le rompe la caja de cambios, entre otras averías, para acompañar a Olive a realizar su sueño en el ridículo hotel donde las niñas queman su infancia por emular a Miss California. Lo curioso es que el viaje irá también poniendo de manifiesto cuán ridículas o nimias son cada una de las aspiraciones de la singular trouppe familiar. Todo desembocará en una convulsiva transgresión de las convenciones y en la reanudación de los lazos familiares que aún subsisten, pues durante el periplo alguno se quedará por el camino. En fin, lo dicho, bonito manual de autoayuda para tomar con palomitas.

 

06/12/2006 17:44. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

canciones

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687 kilómetros conduciendo pueden ser una eternidad o una simple etapa de un viaje hacia no se sabe dónde. Poco después de pasar Haro hay dos señales que indican distancias a numerosas ciudades, todas muy alejadas de Logroño, mi punto de destino. 693 kilómetros a Alicante, decía. Y me acordé de mis amigos allí y de los amigos de otros amigos y de quien se pasa la vida en la carretera de un lado a otro. Es curioso, todo continúa. ¿Qué señalizaciones excéntricas habrá en Alicante: Huelva, Faro, Port Bou, Ámsterdam…?

 

El domingo había amanecido radiante en Galicia. Un domingo templado, otoñal, imprescindible. Desde que se inició el crepúsculo del día, adelantado ahora a poco más de las seis de la tarde por mor de los designios tecnocráticos, una luna llena, repleta, saciada y sublime, se dejaba vislumbrar entre algunas nubes veloces y regalaba, por su cuenta, toda su luz a raudales. Durante todo el viaje, como siempre, me dediqué a rastrear músicas entre las bolsitas de los “cds” y a adivinar en qué momento y con qué frecuencia se resintonizaría de nuevo “radio 3” después de Ourense, antes del Padornelo, entre Benavente y León, el vacío mesetario al atravesar Palencia, 94.3, 99.9, 101… Otras veces, cuento y recuento velocidades medias, minutos por kilómetro, kilómetros entre ciudades, sólo para no dormirme.

 

Después de escuchar viejos temas de los Doors, Fela Kuti, Lou Reed y Van Morrison, me pasé a la sección de skatalíticos y alter-latinos, desde Los Fabulosos Cadillacs, Manu Chao y Amparanoia, hasta otras cancioncillas de grupos menos conocidos como Ki Sap, Nen@s da Revolta, Os Diplomáticos de Monte Alto y los inimitables, e irrepetibles, Hechos contra el Decoro. Sería por la luna, sería por las meditaciones que provoca todo viaje, dos canciones me laceraban las cuerdas vocales, como si las estuviese inventando yo mismo. Como si el tiempo no les hiciera mella: “Antídoto” de Potato y “La huella sonora” de Juan Perro.

 

06/11/2006 01:40. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

vía verde

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En Logroño comenzaron las fiestas de San Mateo el sábado. Toda una orgía de vino y sangre de toro. Me fui a Calahorra, a cuya entrada un cartel la presentaba como “la capital de la verdura”. A los pocos kilómetros de pedalear por la vía verde, comencé a mirar fijamente hacia aquellos montes arcillosos y secos que bordean los ríos. Para los geólogos son conglomerados depositados allí por las aguas hace millones de años, no verdaderos montes, cárcavas sometidas a una intensa erosión. Para mí, eran sólo nichos de buitres leonados, sombras fijas y sombras móviles que te acompañarían todo el trayecto. Cuanto más silencio y majestuosidad me inspiraban, más comenzaban a ronronear los pensamientos. Nunca hago estas rutas demoledoras para huir, sino para encontrarme. Para medir mis fuerzas, tomarle el pulso a la soledad, examinar el curso de mi vida y de sus sedimentos. También para impregnarme del conocimiento local, de los pueblos que aún respiran. La vera del río Cidacos me hizo recordar los nombres de esos botes de conserva que conoces desde la infancia. Al igual que todas esas naves industriales de Autol donde cultivan champiñones. Son palabras y lugares que hasta entonces sólo eran etiquetas abstractas de alimentos. Septiembre está ya muy avanzado. En las higueras muchos frutos han fermentado y su alcohol dulce atrae a los depredadores más tardíos. Me empacho poco a poco de ese regalo salvaje, y de las últimas moras casi decrépitas. Sonrío, tomo velocidad y la mente se me obnubila. Los olivos, los nogales, los manzanos, las matas de lúpulo, los almendros con sus vulvas abiertas, y toda esa milagrosa maleza de ribera van quedando atrás hasta que me adentro en nuevas huertas y no puedo evitar inundar mi paladar con uno de esos tomates hirviendo al sol del mediodía. Entre Arnedo y Arnedillo el río desaparece entre un lecho de guijarros. Y me pregunto si eso es otra metáfora. Crecidas de agua y sequías transitorias, remontar el río hasta sus orígenes a pesar de los espacios vacíos. El paisaje está dentro de uno, sólo hay que leerlo. Junto a las aguas termales busqué un lugar con vistas para comer y a mi lado se sentaron una familia de marroquíes, primero, todo hombres, y de ecuatorianos, después, esta mixta y también de todas las edades. Y furgonetas con música. Subir a la montaña siempre gratifica, pero no son necesarios los sermones. Sólo la contemplación serena del afuera y del adentro, de cada una de las sílabas que le dan sentido. Volví a descender atravesando aquellos tenebrosos túneles por los que circuló el ferrocarril antes de que lo liquidaran. Ahora todos aspiran a su todoterreno y a convertir las huertas en piscinas y los senderos en chiringuitos con parque municipal adyacente. A medio camino la bicicleta se averió. Las horas de gozo nunca duran eternamente, pero el percance lo interpreté tan sólo como una advertencia del destino para correr menos, para dejarme guiar por las oropéndolas y por los silbidos de la brisa.

 

madres

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el cortometraje “Madres” (Mario Iglesias, 2005) ganó el “Festival de Cans” en su edición de 2006, no sé si merecidamente pues no pude asistir, pero de lo que no cabe duda es de que la historia estremece, emociona, hace pensar, ¿y qué más le podemos pedir a la ficción?

 

el festival de Cans se ha celebrado ya tres años en la localidad de Cans, en el ayuntamiento de O Porriño (Pontevedra) de forma paralela al de Cannes, y gracias al mismo, los premios otorgados allí sirvieron para que se proyectasen de nuevo las películas ganadoras en el “Festival da Poesía” de Salvaterra de Miño,

 

“Madres” presenta a una pintora artística que regenta una escuela de pintura en una localidad costera gallega, tiene una niña de unos tres o cuatro años todo el día pegada a ella, y también está embarazada de un nuevo retoño, sin que se haga ninguna mención en la narración a padre alguno, como si no fuese necesario ni importante para la crianza, pero sugiriendo una cierta tensión entre la autosuficiencia de la protagonista (Isabel Rey) y su extrema y solitaria sensibilidad,

 

un día se presenta una señora en el estudio solicitándole un retrato de un hijo de ocho años que murió junto a su padre en un accidente de tráfico, sin embargo, la señora no dispone de ninguna foto del hijo, sólo de una del marido a la edad de 38 años y le pide a la pintora que “le quite 30 años a esta foto”… el encargo no le deja dormir durante semanas tras todo tipo de intentos fallidos y de preguntas acerca de la evolución de alguien que no pudo llegar a ser, y de la vuelta atrás de alguien que ya fue…

 

no hay mucho más que decir sin desvelar lo que va sucediendo, todo parece una melodía de la naturaleza, de la forma en que la complicamos los humanos, de los cruces de caminos que nos plantea la vida y de cómo, al final, cuando no le damos la espalda, damos a luz algo que realmente merece la pena, también para nosotros

 

04/09/2006 19:30. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Verano en Berlín

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La formidable película dirigida por Andreas Dresen, Verano en Berlín (2005), resulta más verosímil si la ves en verano, en un verano caluroso, repleto de tiempos lentos, nunca muertos del todo. Pero que nadie se llame a engaño. Lo de menos es el verano. Lo que importa es la ternura, la vida pesada como una barra de acero que a veces se deja moldear, la sensación de que el tren pasa siempre a la misma hora. Los diálogos son tan sencillamente irónicos que te inundan de interrogantes: ¿cómo salir de los nudos en los que la amistad es puesta en entredicho? ¿qué deseas de una pareja y a qué estás dispuesto para tenerla cerca? ¿qué es la humanidad?

 

Cuando vi la cartelera pensé: “hummm, otra película sobre la vida cotidiana, puede ser interesante”. La mejor actitud desprevenida para que los impactos emocionales te golpeen por la derecha y por la izquierda, directamente al estómago, con un amago de gancho. Katrin (Inka Friedrich) busca trabajo, malvive con los que va encontrando, se deja caer en el alcohol, se deja salir del alcohol, tiene un hijo casi adolescente y casi enamorado (Max: Vincent Redetzki) que es su mejor raíz a este mundo, aunque sea sólo un lastre más para los empresarios que podrían contratar a una mujer de cuarenta años. Nike (Nadja Uhl) regala su trabajo cuidando a ancianos en sus domicilios, y lo regala porque les lee libros, les escucha su música, les acompaña con la misma ternura y convicción que espera recibir ella cuando envejezca. Y cuanto más se excede de su horario laboral, más reprimendas tendrá de sus jefes. Ambas son amigas, se quieren, tal vez se desean, y ambas desean a algunos hombres, a veces al mismo hombre, aunque casi ninguno da la talla. El balcón de Nike en un viejo edificio de Berlín Este es su atalaya contemplativa. Otros edificios simples, otros hombres simples, sus propias vidas llenas de complicaciones. Katrin pinta cuadros de esos edificios e intenta, sin éxito, vender uno para poder comprarle unas zapatillas de correr a Max. Max corre detrás de una niña que sale todos los días a correr ciudad arriba, ciudad abajo, para suplicio de ese niño que nunca la alcanzará. Ni siquiera invitándola a su atalaya particular, una buhardilla con viejos sofás y una azotea desde donde vuelven a verse edificios simples, sentimientos desnudos, el cielo diáfano.

 

Podría parecer una película bodegón, un realismo descarnado con unas gotas de atardeceres naranjas, noches de luna amarillenta, unas melodías aflamencadas, bicicletas, perros, cervezas, girasoles. O la vida complicada de dos mujeres que comparten su soledad con tres pisos, y muchos deseos, por medio. Pero no hay una sola escena que te deje indiferente. La vida está llena de perplejidades, de personas con necesidades vitales y necesidades de otras personas, y no puedes pasar por ella sin decidir, o decidiendo quedarte al margen. Te puedes hacer adicto al alcohol, a un ideal de hombre protector o, como le ocurre al camionero de alfombras (Ronald: Andreas Schmidt), a un modo de vida que se columpia sobre las debilidades de los demás. Quien ayuda, también necesita ayuda. No es necesario ser profesional, es más, la película muestra a más de un profesional con todas sus arbitrariedades. Las adicciones, como las contradicciones, son objeto de nuestra filosofía necesaria, debemos tener una caja de herramientas preparada en el armario. Como he leído en un comentario de otro espectador/a: “parece un grito para mujeres, abrid los ojos y aprended a quereos a vosotras mismas porque los cuentos de hadas no existen y, si existen, terminan irremediablemente”. Un grito, quererse, cuentos: lo cotidiano es siempre una amalgama de todo eso, de estaciones que se nos van pasando. Ni siquiera el conductor del tren viaja sobre seguro.

28/08/2006 10:26. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

Tsotsi

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ni el ganar un Oscar les sirve a muchas películas para salir de las catacumbas, aunque los cinéfilos clandestinos de todo el mundo hacen su labor sigilosamente y por 5 Yuanes / RMB (renminbí), 0,5 € al cambio, te la puedes encontrar pirateada (sólo con subtítulos en inglés, ¡oh sorpresa! no importa lo que constase en la carátula) en un puesto callejero de Pekín,

 

es del año 2005 y está dirigida por Gavin Hood, aunque es, sobre todo, la verosímil y versátil interpretación del protagonista, Presley Chweneyagae, la que estremece a medida que se suceden las imágenes,

 

narra la historia de un joven, Tsotsi, que vive en uno de esos guettos de Johannesburgo, el famoso Soweto, con casas hechas a remiendos, donde coexisten la máxima miseria, el analfabetismo, los ladrones de coches y personas que buscan su dignidad y supervivencia a pesar de las ruinas de esta civilización,

 

en el “trailer” de la película se presenta el guetto, de una forma harto sensacionalista, como “un lugar donde no hay esperanza”, donde “la vida no tiene sentido”; en un momento dado de la narración, un policía se pregunta cómo encontrar al joven delincuente en esa maraña de un millón de habitantes, aunque al final, gracias a la delación de una residente del guetto, acabarán dando con él,

 

pero Tsotsi no es sólo un joven delincuente con tres acólitos a su mando, su sangre fría tiene una explicación y las contradicciones morales de todos los implicados y del propio espectador emergen desde los primeros minutos, cuando el protagonista se hace cargo de un bebé, sin saber muy bien cómo…

 

la mayor virtud de la película es que te mantiene constantemente pegado a la pantalla y ni siquiera el final estremecedor te da un descanso,

 

de hecho, no hay una sola escena que no contenga una tensión dramática, un duelo moral, un trance vital ante las duras circunstancias en que se encuentran los más marginados (y también algunos privilegiados que, por azar, han sido objeto de su violencia),

 

todo ello sin necesidad de grandes efectos especiales, sólo una embriagadora luz y hermosos enfoques fotográficos, diálogos lacerantes y personajes que parecen más reales que la vida misma:

 

sirva de ejemplo cuando el mismo Tsotsi se enfrenta a un mendigo parapléjico, desahuciado por un sistema que le dejó sin recursos después de seccionarle las piernas en una mina de oro, y que toda su razón de vivir es, tan sólo, que le gusta sentir el calor del sol en sus manos… y es que, incluso en la miseria, todavía hay jerarquías sociales,


por desgracia, ni esperanza, ni salvación, ni redención, tal como pretende vendernos la publicidad del largometraje, son los futuros presumibles para esta historia, en la ficción o en su descarnado presente en innúmeras metrópolis del planeta, pero nos abre tantas puertas a la comprensión de la privación social y de nuestros recíprocos privilegios, que merece la pena asomarse a ellas

27/07/2006 08:29. ateopoeta #. otras inspiraciones artísticas No hay comentarios. Comentar.

atlas de experiencias

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en Chicago, hace casi dos años, rebuscando en las librerías de segunda mano, encontré uno de esos libros que alguna vez han sido algo así como “best sellers” y de los que ya nadie parece acordarse: “The Atlas of Experience”,

 

estaba cargado de aforismos, citas y rutas a través de ideas y sentimientos,

 

estos días, en Beijing / Pekín me encuentro con los mismos dilemas abiertos en vena por aquel libro: ¿qué buscas cuando viajas? ¿a quién buscas?

 

la primera vez que vine a este extremo oriente lo tenía muy claro: haré la compra, subiré en autobús, iré a las obras y a las oficinas, me levantaré a las horas de ir al trabajo,

 

en la película “El cielo protector” alguien decía que viajero es el que nunca sabe cuándo va a regresar a casa, y yo añadiría que es el que se mezcla hasta donde sus miedos le permiten,

 

y algo más: el que va trazando su mapa de experiencias, el que las busca y las recrea, los lugares son sólo excusas,

 

de hecho, sólo acabas recordando aquellos lugares que has vivido intensamente, el resto son postales,

 

turista debe ser cualquier otra cosa, una forma más de no ser parte de nada, de consumir la soledad, la extranjería,

 

ayer vi una camiseta con el siguiente slogan: “a world without strangers”, y por la noche un grupo de punk bastante experimental, “Hang on the Box”, me dejó igual de intrigado: ¿qué habrá dentro de la caja?


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