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Una lluvia de almendras,
dos trenzas diminutas,
tres parapentes blancos,
cuatro cestas de frutas.
Cinco copas de hierro,
seis recuerdos heridos,
siete caminos largos,
ocho lirios partidos.
Nueve mareas altas,
diez sorbos de cerveza,
once alquimistas ciegos,
doce encinas que rezan.
Un día nos regala
como yo a ti te regalo ahora
alas, alas.
Trece viernes de dicha,
catorce desconocidos,
quince perfumes limpios,
dieciséis horas de olvido.
Diecisiete reyes de oro,
dieciocho decisiones,
diecinueve caballeros
con veinte preocupaciones.
Veintiuna albercas de agua
con veintidós pensamientos,
veintitrés pasos perdidos,
veinticuatro sentimientos.
Pablo Guerrero, Alas

The mouth of flowering’s finished. The fruit’s in,
Eaten or rotten. I am all mouth.
October’s the mouth for storage.
This shed’s fusty as a mummy’s stomach:
Old tools, handles and rusty tusks.
I am at home here among the dead heads.
Let me sit in a flowerpot,
The spiders won’t notice.
My heart is a stopped geranium.
If only the wind would leave my lungs alone.
Dogbody noses the petals. They bloom upside down.
They ruttle like hydrangea bushes.
Mouldering heads console me,
Nailed to the rafters yesterday:
Inmates who don’t hibernate.
Cabbageheads: wormy purple, silver-glaze,
A dressing of mule ears, mothy pelts, but green hearted,
Their veins white as porkfat.
O the beauty of usage!
The orange pumpkins have no eyes.
These halls are full of women who think they are birds.
This is a dull school.
I am a root, a stone, an owl pellet,
Without dreams of any sort.
Mother, you are the one mouth
I would be a tongue to. Mother of otherness
Eat me. Wastebasket gaper, shadow of doorways.
I said: I must remember this, being small.
There were such enormous flowers,
Purple and red mouths, utterly lovely.
The hoops of blackberry stems made me cry.
Now they light me up like an electric bulb.
For weeks I can remember nothing at all.
Silvia Plath, From ’Poem for a Birthday’
(Traducción de Jesús Pardo:
Floreal término. Cayó la fruta,
pudrióse o fue comida. Sólo boca
soy. En octubre, mes de almacenaje.
El cobertizo huele a tripa rancia
de momia: herramientas, colmillos, moho.
En casa estoy, entre cabezas muertas.
Dejadme que me siente en este tiesto,
ninguna araña lo verá, paróse
mi corazón como un geranio.
Ojalá el viento deje mis pulmones.
Los pétalos nasales. Boca abajo
las flores, sonoras como hortensias.
Cabezas putrescentes me consuelan,
ayer clavadas a las vigas: de estos
pupilos no será el invierno.
Repollos: plata mate, agusanada
púrpura, piel comida, oreja aguda,
corazón verde. Venas de tocino.
¡Oh, belleza del hábito! No tiene
ojos la calabaza. Estas estancias
hierven de chicas que se piensan pájaros.
Monótono colegio. Soy raíz,
piedra, plumón de búho,
vivo sin sueños de ninguna clase.
Madre, tú eres el mes único
de quien yo fuera lengua. Madre de aire,
cómeme. Sombra de dinteles vanos.
Dije: me acordaré, pues soy pequeña.
Había flores tan enormes,
bocas rojas y púrpura, bellísimas.
Los tallos de las moras me hacen daño.
Ahora me encienden como una bombilla.
Desde hace días no recuerdo nada.)

Ahora esconde las manos.
Esas manos buenas de mi abuela
con las que me acariciaba el pelo
y me llamaba rosa
vida, ángel rubio y guapo.
Esas manos.
Esas manos sabias de mi abuela
que hicieron cálido el invierno tejiendo
mantas mejores que las de cualquier
Penélope, que convertían la tristeza en risa
sólo con dejarme la caja de botones
para jugar.
Esas manos.
Hoy se apuntó a un curso de internet
y no quiere
que nadie vea esas manos,
dice que están viejas, feas, oscuras
de tanto trabajar en el campo.
Ahora, mi abuela, esconde las manos
y no se atreve a tocar el teclado del ordenador.
Y yo, tan lejos como sigo estando de mí misma,
no le digo que esa manos
me hicieron creer en la vida tantas veces,
no le digo que son las manos
más hermosas que jamás tocaron
la tierra.
Sofía Castañón, 23 Pandoras
Abandona el cuarto y se abandona a la ducha,
prendiendo a conciencia su olor en las baldosas.
Se asoma silenciosa antes de marcharse del todo.
Él duerme.
Ya descubrirá de día que las princesas madrugan.
Carmen Ruiz Fleta, 23 Pandoras
...Todo lo demás está comprobado.
Todo menos los pequeños trozos de papel
Rasgado en el cenicero.
Cosa tuya, supongo. Tenemos suerte
esa suerte del principiante,
todavía
hay abundancia de alimentos en el frigorífico
Como si conmemorásemos el nacimiento del placer
abrimos y cerramos las puertas blancas, la piel en la nuca
de pronto tensa, nos miramos riendo
y no habitamos en el horror ni en el adversario,
Tenemos el resuello de los héroes,
no nos molesta ya
la flaca verbigracia de las niñas y sus paréntesis
ni ese aire tremendo de agotamiento en las cortinas
Autoritarias y voraces, levantando en sus lenguas
Solicitando
Por defecto.
También los libros educados por colores
El ritmo de los lo en la cocina por la tarde
Y la lógica dialéctica de un enfermo
Muy
Enfermo.
Y la porción de un abismo apagado en la bola
Del mundo.
La contienda del azar, las puertas con sus candados
Los pasatiempos del periódico el orgullo de un pájaro
El ojo como un hueso clavado en la garganta.
Este vínculo de articulaciones por la noche y en la
Cama.
Los mensajes morse de unos párpados que tiemblan.
Safrika, 23 Pandoras
Me sorprende que todos os empeñéis
en ser mis madrastras,
mis enanitos,
mis espejitos mágicos,
mis manzanas venenosas.
Soy la Blancanieves negra
inmune a vuestro cianuro,
que escupe
a esos príncipes perfectos
plastificados y púberes.
Soy la Blancanieves
menstruante,
la princesita preñada,
la impúdica y casquivana
Blancanieves de taberna.
La niña despierta,
mientras se hace la dormida.
La Blancanieves
de látigo húngaro,
de katana japonesa
y de puño americano.
La Blancanieves con metralleta.
La princesa de la voz agria,
la de los gritos duros,
la de la cerveza amarga.
Blancanieves sin madrastra,
sin príncipe,
sin enanos.
Sonia San Román, 23 Pandoras
No soy dueña de nada
mucho menos podría serlo de alguien.
No deberías temer
cuando estrangulo tu sexo,
no pienso darte hijos ni anillos ni promesas.
Toda la tierra que tengo la llevo en los zapatos.
Mi casa es este cuerpo que parece una mujer,
no necesito más paredes y adentro tengo
mucho espacio:
ese desierto negro que tanto te asusta.
Miriam Reyes, 23 Pandoras
LA REPONEDORA MURIEL
sólo tú haces de un día vacío todo el día
eres el demiurgo sencillo de un universo diminuto
arrastrando en el círculo sexto sección láctea
todo el palé de la tristeza
repones el ansia con el ansia
y el tiempo con el tiempo
sólo tú tienes la contradicción misma
de los dioses
te vanaglorias de un orden
que será siempre destrozado
y al levantarte con el cuerpo tan antiguo
miras los pasillos inexactos
sección deseo llena de realidad
sección verdad llena de historia
a una simple voz tuya todas la bandejas dicen carne
los mostradores revelan la verdad subconsciente de sus 10 grados
se alinean las hileras
surgen anaqueles rebosantes de todo lo que pueda desearse
sólo tú tienes como todas las mañanas
tres horas justas para crear un día
María Eloy García, 23 Pandoras
VIVIENDAS FUNDACIÓN BENÉFICO-SOCIAL
(Sector Sur, Córdoba, 1961-1965). Arquitecto: Rafael de la Hoz
Teníamos un tiesto con claveles,
las coplas dedicadas por la radio
y un corazón de periferia
con vistas a la diáspora y al tizne.
Yo contaba dos años, tan blanca la memoria
que no recuerdo nada, pero he visto mi barrio
en una exposición de arquitectura
que muestra las vanguardias y el enjambre moderno.
La vivienda social era una huida
de los asentamientos marginales.
Así, pensando en los más pobres
y en nuestra natural inclinación
al revoltijo y a la bronca,
nos construyó el franquismo un polígono
de casas protegidas, de refugios al margen,
como nidos aislados de hipoteca.
En medio de un solar sin jardineras,
ni césped verde ni inglés ni toboganes,
se edificó una urdimbre de bloques tan idénticos,
con sus cubiertas de teja a dos aguas,
como idénticas jaulas de tristeza
para pájaros torpes o vidas que no logran
alzarse, y a ras de asfalto se mueven
con sus muros de carga paralelos.
Viviendas solidarias, dijeron los ministros.
No dijeron más dignas que nosotros,
criaturas sin modales ni costumbre,
casi bestias del campo a la intemperie.
Porque un techo no basta. Porque no hay dignidad
ni en la pobreza ni en el hambre.
Teníamos un cielo lapislázuli,
igual que en las películas.
Y un corazón a dos aguas de cauce turbulento,
y un corazón a dos lavas de volcán siciliano,
y un corazón a dos sangres fluyendo por los días.
Teníamos un arte de realismo puro:
fachadas de ladrillo visto,
polvaredas del natural,
secuencias al estilo de Vitorio de Sica.
Y un corazón al revés, a dos aguas.
Pero con una sola muerte.
Isabel Pérez Montalbán, 23 Pandoras

Las campanas en flor no se han hecho para los senos de oficina
ni el tallo esbelto de los lápices remata en cáliz de condescendencia.
La presencia de la muerte
se hace cristal de roca discreta
para no estorbar el intenso olor a envidia joven
que exhalan los impermeables.
Y yo quiero romper a hablar a hablar
en palabras de nobles agujeros dominó del destino.
Yo quiero hacer del eterno futuro
un limpio solo de clarinete con opción al aplauso
que salga y entre libremente por mis intersticios de amor y de odio
que se prolongue en el aire y más allá del aire
con intenso reflejo en jaspe de conciencias.
Ahora que van a caer oblicuamente
las últimas escamas de los llantos errantes
ahora que puedo descorrer la lluvia
y sorprender el beso tiernísimo de las hojas y el buen tiempo
ahora que las miradas de hembra y macho
chocan sonoramente y se hacen trizas
mientras aguzan los árboles sus orejas de lobo
dejadme salir en busca de mis guantes
perdidos en un desmayo de cielo acostumbrado a mudar de pechera.
La vida es favorable al viento
y el viento propicio al claro ascendiente de los frascos de esencia
y a la iluminación transversal de mis dedos.
Un álbum de palomas rumoroso a efemérides
me persuade al empleo selecto de las uñas bruñidas.
Transparencia o reflejo
el amor diafaniza y viaja sin billete
de alma a alma o de cuerpo a cuerpo
según todas las reglas que la mecánica canta.
Ciertamente las campanas maduras no saben que se cierran como los senos de oficina
cuando cae el relente
ni el tallo erguido de los lápices comprende que ha llegado el momento de coronarse de gloria.
Pero yo sí lo sé y porque lo sé lo canto ardientemente.
Los dioses los dioses miradlos han vuelto sin una sola cicatriz en la frente.
Gerardo Diego, Continuidad

Bajo la sensación del cloroformo
me hacen temblar con alarido interno,
la luz de acuario de un jardín moderno
y el amarillo olor del yodoformo.
Cubista, futurista y estridente,
por el caos febril de la modorra
vuela la sensación, que al fin se borra,
verde mosca, zumbándome en la frente.
Pasa mis nervios, con gozoso frío,
el arco de lunático violín;
de un si bemol el transparente pío
tiembla en la luz acuaria del jardín,
y va mi barca por el ancho río
que divide un confín de otro confín.
Ramón María del Valle-Inclán, Rosa de Sanatorio

Te deshojé, como una rosa,
para verte tu alma,
y no la vi.
Mas todo en torno
-horizontes de tierras y de mares-,
todo, hasta el infinito,
se colmó de una esencia
inmensa y viva.
**
Tú me has dado tu alma
con tus ojos abiertos
-¡oh jardín estrellado!-
a tu cuerpo.
**
¡Qué dulce esta tierna trama!
Tu cuerpo con mi alma, amor,
y mi cuerpo con tu alma.
**
¡Qué débil el latido
de tu corazón leve
y qué hondo y qué fuerte su secreto!
¡Qué breve el cuerpo delicado
que lo envuelve de rosas,
y qué lejos, desde cualquiera parte tuya
-y qué no hecho-
el centro de tu alma!
Juan Ramón Jiménez, Diario de un poeta casado

Estábamos los dos en el cine. En vez de mirar la película la miraba a ella. Le tocaba los cabellos y le alisaba las pestañas. Luego le besé las rodillas y le puse sobre el pubis una pajarita de papel que había hecho con las entradas.
Ella miraba la película y reía. Entonces le acaricié los pechos y cada vez que apretaba su seno salía un pez azul.
***
-Te quiero.
Ella rió.
-Te quiero.
Ella rió.
-Te quiero.
Ella rió a carcajadas.
El tiempo de las muchachas en flor revelaba las 1.000 camas infinitamente mediums.
-Te quiero.
Ella lloró.
-Te quiero.
Ella lloró.
-Te quiero.
Ella lloró y sollozó.
El tiempo de las muchachas en flor revelaba las 1.000 camas infinitamente mediums. Sí.
***
Lunes:
Me duele mucho la cabeza -la nuca-. He observado que la gente, por la calle, habla una lengua que no comprendo. Todas las emisoras de radio que he podido sintonizar hablan en esta lengua desconocida.
Martes:
Un niño de unos diez años, con un molinillo de papel en la mano, me ha hablado en la lengua desconocida y yo le he respondido en la misma lengua. A pesar de que no comprendía sus preguntas, hemos estado conversando unos minutos.
Miércoles:
En cuanto puse los pies en la calle me puse a hablar la lengua incomprensible.
Jueves:
La cabeza -la nuca- me duele más que nunca y me he dado cuenta de que, a lo largo del día, he recitado frases (?) en esa lengua, incluso ya en casa.
Molkerte’’
Vadonserve ent llica mossoreglas teiner milu artem tersijilomen gualen sarpe sy yo on prencomder.’’
***
Carta a los sabios del mundo entero.
Muy señores míos:
Antes de morir quiero a hacerles a Vds. una revelación importante para que tomen las medidas que se imponen.
Durante los fortísimos dolores que he padecido por causa de la operación que he sufrido, he logrado identificar en los momentos de “sublimación del dolor” a unos “seres espirituales”. Estos seres, pude darme cuenta de que se “alimentan de mi dolor”.
He llegado pues, tras múltiples experimentos, a esta conclusión: en nuestro ambiente viven unos seres que, por simple instinto de conservación, tienden a fomentar el dolor entre los humanos. Para ello intentan incrementar tanto las desgracias llamadas espirituales como los sufrimientos físicos.
A veces, cuando, encerrado en mi habitación, logro ver mi miedo (es una masa de agua que flota), mi esperanza (es una mano cortada) y mi imaginación (es una caja pequeña de cuero de la que sale humo) también veo a estos seres espirituales que son como unos pañuelos de papel que vuelan.
Espero que, gracias a mis datos, puedan luchar contra esta terrible plaga de la humanidad.
Les saluda muy cordialmente...
Fernando Arrabal, La piedra de la locura

Barnízate
te quiero
genio del can-can
docena de flores.
Eres toda la tierra
docena de flores
música ciega,
eres todos los templos
todos los tigres
todos los días,
eres el número de teléfono de Dios.
Tus ojos azules azor de los ojos
tus manos cerradas y el campo abierto y amarillo,
sólo te echo de menos
cuando estás conmigo
cuando estás conmigo
cuando buscas agua en el desierto de mi boca
sólo te echo de menos
cuando estás conmigo,
entonces trago más humo
tengo más miedo
veo más luces.
Van Gogh quiere pintarte los labios antes de morir.
Eres un bosque de un solo árbol,
cuando me miras
estoy quieto y soy quietud
pero cuando no me miras
bailo tan salvajemente
clavo tantas navajas
pienso tan poco en ti
te echo de menos cuando estás conmigo
no existo cuando no estás,
te vas y me convierto en baile
te vas y me convierto en ala.
Si quemas mi tristeza con tu risa
te enamorarás de mí
y dejaré de subir
tantos montes de amargura.
Te escribo para decirte
que eres un almendro de fuego
te escribo para decirte
que no quiero decirte nada
que sólo quiero abrazarte
buscar el calor de tu vida.
Pedro Casariego

INTERVIEW
No es ninguna molestia
explicarle qué pienso
del infinito
el infinito es
sencillamente
un agrio viento frío
que eriza las mucosas
la piel
y las metáforas
le pone a uno en los ojos
lágrimas de rutina
y en la garganta un nudo
de sortilegio
seguramente usted ya se dio cuenta
en el fondo no creo
que exista el infinito.
Bueno sobre política
jesús
sobre política
mi bisabuelo era liberal
espiaba a las criadas en el baño
mi abuelo el reaccionario
extraviaba las llaves de sus deudas
mi padre el comunista
compraba hectáreas con un gesto de asco
yo soy poeta
señor
y usted debe saber que los poetas
vivimos a la vuelta de este mundo
claro que usted quizá no tenga tiempo
para tener paciencia
pero debe conocer que en el fondo
yo no creo en la política.
Por supuesto el estilo
qué pienso del estilo
una cosa espontánea que se va haciendo sola
siempre escribí en la cama
mucho mejor que en los ferrocarriles
qué más puedo agregar
ah domino el sinónimo
módico exiguo corto insuficiente
siempre escribo pensando en el futuro
pero el futuro
se quedó sin magia
me olvidaba que usted
ya sabe que en el fondo
yo no creo en el estilo.
El amor el amor
ah caramba
el amor
por lo pronto me gusta
la mujer
bueno fuera
el alma
el corazón
sobre todo las piernas
poder alzar la mano
y encontrarla a la izquierda
tranquila
o intranquila
sonriendo desde el pozo
de su última modorra
o mirando mirando
como a veces se mira
un rato antes del beso
después de todo
usted y yo sabemos
que en el fondo
el amor
el amor
es una cosa seria.
Por favor
esto último
no vaya a publicarlo.
(De Poemas del hoyporhoy 1958-1961)
SUBURBIA
En el centro de mi vida
en el núcleo capital de mi vida
hay una fuente luminosa un surtidor
que alza convicciones de colores
y es lindo contemplarlas y seguirlas
en el centro de mi vida
en el núcleo capital de mi vida
hay un dolor que palmo a palmo
va ganando su tiempo
y es útil aprender su huella firme
en el centro de mi vida
en el núcleo capital de mi vida
la muerte queda lejos
la calma tiene olor a lluvia
la lluvia tiene olor a tierra
esto me lo contaron porque yo
nunca estoy en el centro de mi vida.
(De Cotidianas 1978-1979)
DE ÁRBOL A ÁRBOL
Los árboles
¿serán acaso solidarios?
¿digamos el castaño de los campos elíseos
con el quebracho de entre ríos
o los olivos de jaén
con los sauces de tacuarembó?
¿le avisará la encina de westfalia
al flaco arce del tirol
que administre mejor su trementina?
y el caucho de pará
o el baobab en las márgenes del cuanza
¿provocarán al fin la verde angustia
de aquel ciprés de la mission dolores
que cabeceaba en frisco
california?
¿se sentirá el ombú en su pampa de rocío
casi un hermano de la ceiba antillana?
los de este parque o aquella floresta
¿se dirán copa a copa que el muérdago
otrora tan sagrado entre los galos
ahora es apenas un parásito
con chupadores corticales?
¿sabrán los cedros del líbano
y los caobos de corinto
que sus voraces enemigos
no son la palma de camagüey
ni el eucalipto de tasmania
sino el hacha tenza del leñador
las sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?
(De Cotidianas 1978-1979)
DEFENSA DE LA ALEGRÍA
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría
(De Cotidianas 1978-1979)
TODAVÍA
No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría
palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo
tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto
nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa
sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía
pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro
y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido
y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.
(De Poemas de otros 1973-1974)

El jardín de tus delicias
Flores, pedazos de tu cuerpo;
me reclamo su savia.
Aprieto entre mis labios
la lacerante verga del gladiolo.
Cosería limones a tu torso,
sus durísimas puntas en mis dedos
como altos pezones de muchacha.
Ya conoce mi lengua las más suaves estrías de tu oreja,
y es una caracola.
Ella sabe a tu leche adolescente,
y huele a tus muslos.
En mis muslos contengo los pétalos mojados
de las flores. Son flores pedazos de tu cuerpo.
De los pubis angélicos
Divagar
por la doble avenida de tus piernas,
recorrer la ardiente miel pulida,
demorarme, y en el promiscuo borde,
donde el enigma embosca su portento,
contenerme.
El dedo titubea, no se atreve,
la tan frágil censura traspasando
-adherido triángulo que el elástico alisa-
a saber qué le aguarda.
A comprobar, por fin, el sexo de los ángeles.
Ana Rossetti

En la suma de días indistintos
que la vida da al hombre, acaso hay uno
en que el destino, trágico y hermoso,
pasa por nuestro lado y el azar manifiesta
una insólita luz, un desusado
fulgor inconfundible.
Pero no has de dudar. Ten el coraje,
cuando llegue el momento,
de abandonar las cosas con que siempre
te engañó la costumbre, y sube pronto
a ese carro de fuego.
Poco dura
el milagro.
Después, si te negaras
a partir, sólo noche
merecerás. Y nunca, aunque quisieras,
podrás comprar la luz que despreciaste.
Eloy Sánchez Rosillo

Allá en el noroeste,
por la senda interior
¿Eres jardín que llega desde el mar?
¿Eres la luz del mar que llega hasta el jardín?
¿Quién eres o qué eres?
Acaso ese aroma enfermizo
de eucaliptos
que hierve al sol y la humedad corrompe,
aroma en que el pulmón de la floresta
se inflama, y nos parece que respira
en los colores antes nunca vistos
de las hortensias.
Sensación de sentir una llamada
junto a las barcas muertas,
en el granito que en el cementerio
muerde los rostros de los que se fueron.
Zurea una paloma,
nos abre
a la felicidad, la tarde,
cae,
va invadiendo despacio
el musgo
de las escalinatas
de los embarcaderos,
las negruzcas pizarras de los muros,
y se retira el mar en busca de la mar
(como yo de mí mismo).
¡Si contra este ardor llegase ahora
la lluvia verde, el murmullo verde
de la espesura, la hora
del trueno y de la lágrima,
esa que brilla y nunca cae del ojo!
No era fácil seguir por el sendero
que el río embriagaba con su música
y que el valle agreste
cegaba en sus umbrías.
Aunque alguien nos dijo que al final
de aquel sendero en llamas
podía haber un monasterio en ruinas
ahogado por zarzales.
(Desde él podríamos ver más inmensa esta mar
y mucho más sembrada de relámpagos.)
Me llamaba el sendero,
pero yo no seguí su llamada
porque acaso podría llevarme a un extravío
doble, interminable.
Me quedé aquí: junto a la piedra muerta,
junto al aroma muerto
que sepultan castaños,
en el límite de las praderas,
donde el jardín difunde
(laberintos de boj, estanques de agua muerta)
la imagen de las almas.
Yo buscaba un camino a lo largo del día
sin saber que el camino no existía,
pues el camino estaba
en mi interior.
Quieto ahora, acallado,
pruebo a seguir (en mí) ese camino
mientras no sé si esta noche muda
desciende temblorosa
o asciende cual marea que respira
la música callada de las piedras,
piedras que ya no son escalinatas
tras de las verjas frías.
Del pazo van llegando voces muertas.
Detrás de una ventana se ha encendido
una luz muy morada.
Sentirse suspendido
en aire verdinegro.
Miro a mis manos:
se han tornado cárdenas.
No sé si mi cabeza
es de humo o de mármol.
Flotan ojos de oro en aguas negras.
Todo tiende a lo negro.
Hasta el aroma de los eucaliptos
se condensa en lo oscuro
como fósforo negro.
Sin embargo, parece que el camino
que sigo hacia dentro de mí mismo
va derecho a la luz.
Abismándome en él me iré librando
de cada extravío,
y ese alguien o algo que buscaba
por los montes en llamas
tiernamente me entrega en la quietud
(en el vacío lleno)
cada respuesta, disuelve mis dudas
con sus revelaciones
de silencio.
De repente, la noche es un piedra
de luz
que estalla entre mis manos.
Junto al muro
Vuelve tu rostro hacia el muro, cierra
los ojos y los labios: sólo escucha.
¿Es que no oyes la música que sana?
¿Está dentro de ti y no la sientes?
¿No sientes cómo te arrastra y te deshace
ideas y pasiones: tus heridas?
No es ella un palpitar de sangre, no es
la música que tiembla por tus nervios,
la música que suena por las venas,
el son del corazón bajo una mano.
Se trata de una música que arde
sin consumirse, que por siempre embriaga;
se trata de una música que suena
para aquel que no escucha, que le habla
a quien no habla y que muy dulcemente
le abre los ojos para siempre a aquel
que los tiene cerrados a la luz
porque se abisma en busca de otra luz.
Recógete, respira, pon las manos
y la frente encima de la piedra
y escucha el silencio, y escúchate.
¿No vas sintiendo suavemente cómo
es música secreta la que suena
fuera de ti, estando tan en ti?
Tu música y la música del mundo
son una sola música, pero hay
que arder para encenderla en tu interior,
que ser llama que escucha el vendaval.
Es música que enciende en plenitud
por siempre al que en su noche persevera.
Está dentro de ti: si das con ella
misteriosa resuena, ignota salva,
oscura te ilumina y te transforma
mientras que tú persigues cada día
músicas que jamás serán la música,
que al seguirlas te pierdes, no las oyes
aunque creas que oyes, y no saben,
aunque crean que saben, tus palabras.
Vuelve tu rostro hacia el muro, cierra
los ojos y los labios: sólo escucha.
¿Es que no oyes la música que sana?
Se trata de una música que está
dormida en tu interior, mas que despierta
con el silencio y arde muy adentro.
Si la oyeras, al fin conocerías
la alegría: el goce de ser llama.
Oirías el sonido de la luz.
Antonio Colinas, Desiertos de la luz

Fatiga de los materiales
El alma
es un material elástico.
Si se ejerce una fuerza sobre ella,
para evitar romperse se deforma.
Cuando las condiciones,
que han desencadenado este fenómeno,
ya no actúan, recobra
su estado original.
Este suceso puede repetirse
un limitado número de veces.
Con estas variaciones se producen
roturas microscópicas,
apenas perceptibles,
que cuando se acumulan
la hacen resquebrajarse.
Y todo este proceso se acompaña
de una inmensa tristeza.
Razones geométricas
“Esperar tras la línea, por favor”
me advierten unas letras en el suelo.
Ojeo la cartilla
y sumo con las uñas
el saldo que me queda de la última nómina.
De repente la línea me resulta
algo más que habitual,
e igual que hago balance de mis números
rememoro las rectas que acotaron mi vida.
Fueron cuadrículas las tardes más felices
de rayuelas sinuosas
y “balón prisionero” en el que mueres
si sales del contorno.
Y vendrían después
las partidas de damas, de billar
o la pista de baile
que era el área de un círculo prohibido.
Conduje en un carril entre continuas
mirando con deseo hacia el arcén
como una vez, confieso,
espié con cierto asombro
la cicatriz que tienes en el vientre.
No ha llegado mi turno.
Mientras tanto, acaricio con el pie
la raya fronteriza.
Inma Pelegrín, Óxido

“La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama. No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño.”
Manuel Vicent (4 de enero de 2009)

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan las cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de dalias muertas.
Pero no hay olvido ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duelo su dolor le dolerá sin descanso
y el que teme la muerte la llevará sobre los hombros.
Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aun andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llamas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
Federico García Lorca, Poeta en Nueva York

Hay alguien que escucha muy cerca de aquí,
espera, retiene el aliento.
Dice: Es mi voz la que habla.
Nunca más, dice él,
va a estar todo tan tranquilo,
tan seco y cálido como ahora.
Se escucha a sí mismo
en su cabeza burbujeante.
Dice: No hay nadie más.
Aquí. Ésta tiene que ser mi voz.
Espero, retengo el aliento,
escucho. El rumor distante
en mis oídos, antena
de carnes suaves, no significa nada.
Es tan sólo el latido
de la sangre en las venas.
He esperado mucho tiempo
con el aliento retenido.
Rumor blanco en los auriculares
de mi máquina del tiempo.
Sordo zumbido cósmico.
Ni un sonido, ninguna llamada de auxilio.
La radio permanece muda.
O éste es el fin,
me digo, o es que
ni siquiera hemos comenzado.
¡Aquí sí! ¡Ahora!
Se oye un rasguido, un crujir, algo
que se desgarra. Aquí está. Una uña helada
que araña la puerta y se queda quieta.
Algo cruje.
Un lienzo largo e interminable,
una inmaculada tela blanca
que se desgarra, lentamente al principio
y luego más y más deprisa,
se rasga en dos pedazos con un silbido.
Esto es el principio.
¡Escuchad! ¿No lo oís?
¡Agarraos bien!
Y regresa el silencio.
Sólo se oye un sutil tintineo
en los aparadores,
el temblor del cristal,
más y más tenue
hasta desaparecer.
¿Quieres decir que
eso fue todo?
Sí. Todo pasó.
Eso fue sólo el principio.
El principio del fin
es siempre discreto.
A bordo son ahora
las once cuarenta. Hay una grieta
de doscientos metros
en el caso de acero,
bajo la línea de flotación,
abierta por un cuchillo gigantesco.
El agua corre
hacia las escotillas.
Emergiendo treinta metros,
el iceberg pasa silencioso,
se desliza junto al barco resplandeciente,
y se pierde en la oscuridad.
Hans Magnus Enzensberger. El hundimiento del Titánic

El hombre huye de la asfixia.
El hombre, cuyo apetito, que desborda la imaginación, se calafatea sin terminar de aprovisionarse, se liberará por las manos, ríos en súbita crecida.
El hombre que se despunta en la premonición, que tala su silencio interior y lo reparte en teatros, este segundo es el hacedor de pan.
Para unos, la prisión y la muerte. Para los otros, la trashumancia del Verbo.
Desbordar la economía de la creación, acrecentar la sangre de los gestos, deber de toda luz.
Asimos la argolla a que están encadenados, uno al lado del otro, el ruiseñor diabólico, por una parte, y la llave angélica, por otra.
Sobre las crestas de nuestra amargura se adelanta la aurora de la conciencia y deposita su limo.
Sazón. Una dimensión atraviesa el fruto de la otra. Dimensiones adversarias. Desterrado de la yunta y de las bodas, bato el hierro de los cierres invisibles.
René Char, Furor y misterio

De mis brazos
pende el aliento,
el solitario humo
de tu vida. Observo
así el fugitivo nacer
de tu edad cada mañana,
el asombro de mi corazón
que teje en sábanas de invierno
la historia de dos
en el cotidiano duelo
de la carne. Te nombro
y abres más tus ojos.
¡Qué savia tu voz
en mi tronco! ¡Qué latido
involuntario te delata!
De mis brazos
brotan espigas y andamios,
dedos que buscan
la columna, la fiebre
entregada a su oficio
en el deseo. Mi voluntad
cruje como nieve
ante la huella callada
que tu mano deja
sobre el azul temor
de la mañana. Y tirito
ante tu aroma, y busco
la arquitectura de tu amor
en mis brazos, el proyecto
de tu sombra
en los límites de mi ciudad
sin forma. Así acojo tu aliento
en mi regazo, pronto,
antes de que el amanecer
sea reino único de las aves,
en la celebración primera del canto,
antes, para que la luz hunda
sus brazos en tu misterio salado.
Callada así para siempre
la noche en su triunfo
esculpirá nuestros brazos
como trenzas
sobre la piel de los tejados.
Alberto Santamaría, Notas de verano sobre ficciones del invierno

¿Dónde la fuerza para la ignición vertical? ¿Dónde el arrojo más blanco para la desnudez?
¿De verdad no soportamos nada? Yo tengo que avanzar hasta aquel tajo, donde las cigarras asierran el vacío con tal denuedo que se pone en marcha el motor de lo imposible.
(Atención, existe también la coquetería del vacío y el narcisismo de lo imposible.)
¿Entonces? Azotar, quizá, con vara verde las nalgas del sistema simbólico.
(Sistemas, empalizadas: convocatoria al salto. Hay puentes para salvar el vacío, y puentes para saltar al vacío.)
Amigo, ¿no te está obsesionando demasiado la sequedad vocálica del otro? Mira cómo aquella cigüeña levanta lentamente la pata izquierda. En el instante preciso de comenzar a hablar, ¿dónde nos apoyamos?
La poesía, motor de vida. La vida, motor de sí misma.
Hilo: el que cose los párpados es, a veces, el mismo que guía fuera del laberinto.
(Atención, el tatuador soñaba con los esquemas del exterminio.)
Entre el polo del vacío y el de la senda exhausta, una enérgica deflagración libera fresca fuerza para el cambio.
Tatuaje u oración de la espesura: vivir con poco para amar con todo.
Jorge Riechmann, Conversaciones entre alquimistas

“ACUÉRDATE DEL HOMBRE QUE SUSPIRA...”
En el centro de la ciudad o del mundo,
en su jadeante corazón,
en sus plazas,
en las brillantes avenidas
de Nueva York o París,
pulidos escuadrones
se suceden, discuten, empapelan
el destino del mundo.
También hablan de mí;
en ruso o en inglés
hablan de mí,
de mi miseria o de la guerra, dicen
que no quiero morir.
Yo muerdo una manzana,
escupo, estoy tranquilo,
allí me representan,
saben que no quiero morir.
En las asambleas, en los
congresos,
en las reuniones periódicas,
en la primavera o el otoño
los oradores se levantan.
No son hombres,
son los representantes
de América, el Polo Norte o la ciudad de Saint-Louis.
En las plazas,
en el centro de la ciudad o del mundo,
sobre su fragante corazón fatigado,
el reino de la voz que no descansa:
los que hablan en representación
de la tierra,
de la cultura occidental,
del Pacto Atlántico,
de los que tienen un solo ojo
o de los que tienen tres.
Allí y aquí me representan.
Todos me representan.
Soy feliz.
Muerdo mi breve fruto
o mi importante vida; ya no sé.
Estoy tranquilo.
Sueño.
Hay que salvar al hombre.
Me parcelan. Dividen mis derechos
y los defienden por igual.
Ellos, los poderosos
o los santos
o los profesores
o los poetas
o los arzobispos
o los políticos,
los que suelen hablar
en representación de todo el mundo
o quién sabe de quién.
En representación de mí,
que tengo hambre o como
o lloro (¿en representación de quién?),
de mí tan singular, tan oscuro y diario
que me toco, río y muero a la vez
y en representación de mí mismo solamente
amo la vida así.
José Ángel Valente, A modo de esperanza
ENTRADA AL SENTIDO
La soledad.
El miedo.
Hay un lugar
vacío, hay una estancia
que no tiene salida.
Hay una espera
ciega entre dos oleadas
de vida hay una espera
en que todos los puentes
pueden haber volado.
Entre el ojo y la forma
hay un abismo
en el que puede hundirse la mirada.
Entre la voluntad y el acto caben
océanos de sueño.
Entre mi ser y mi destino, un muro:
la imposibilidad feroz de lo posible.
Y en tanta soledad, un brazo armado
que amaga un golpe y no lo inflige nunca.
En un lugar, en una estancia -¿dónde?
¿sitiados por quién?
El alma pende de sí misma sólo,
del miedo, del peligro, del presagio.
José Ángel Valente, Poemas a Lázaro
LA SEÑAL
Porque hermoso es al fin
dejar latir el corazón con ritmo entero
hasta quebrar la máscara del odio.
Hermoso, sí, de pronto, sin saberlo,
dejarse ir, caer, ser arrastrado.
Tal vez la soledad, la larga espera,
no han sido más que fe en un solo acto
de libertad, de vida.
Porque hermoso es caer, tocar el fondo oscuro,
donde aún se debaten las imágenes
y combate el deseo con el torso desnudo
la sordidez de lo vivido.
Hermoso, sí.
Arriba rompe el día.
Aguardo sólo la señal del canto.
Ahora no sé, ahora sólo espero
saber más tarde lo que he sido.
José Ángel Valente, La memoria y los signos
SEGUNDO HOMENAJE A ISIDORE DUCASSE
Un poeta debe ser más útil
que ningún ciudadano de su tribu.
Un poeta debe conocer
diversas leyes implacables.
La ley de la confrontación con lo visible,
el trazado de líneas divisorias,
la de colocación de un rompeaguas
y la sumaria ley del círculo.
Ignora en cambio el regicidio
como figura del delito
y otras palabras falsas de la historia.
La poesía ha de tener por fin la verdad práctica.
Su misión es difícil.
José Ángel Valente, Breve son

El verano siempre nos gratifica con música y cine al aire libre. De lo primero, las tres últimas raciones han sido algo variopintas: Rubén Blades, Manecas Costa y Deluxe. Los dos primeros, en Vigo: el panameño en el acogedor y popular anfiteatro de Castrelos, el guineano en el entrañable corazón del casco viejo. Lo de Xoel López y sus acólitos fue casi una improvisación institucional de última hora en Tui para ponerle el broche final a un concurso de bandas jóvenes. Rubén Blades, actualmente ministro de turismo de su país después de años de presentarse como candidato presidencial, sigue trovando con buena voz y caribeña orquestación su Pedro Navaja, su Caminando, su Camaleón y muchas otras historias cotidianas de gentes humildes, esperanzas sencillas e injusticias corrientes. Bailar salsa con estas letras, por fortuna, no te sumerge en la indiferencia ni te escandaliza como tantas otras proclamas machistas del género. Y la sección de vientos y metales, tan bien coordinada con el resto, sonaba sublime. Me alegró también compartirlo con Elías y con esos cientos de personas anónimas que congrega tan maravilloso auditorio... Unos días después, el cartel festivo de Vigo nos regaló con la visita de un genial guineano-portugués que con sólo su guitarra y su hermosa actitud nos acariciaba los oídos y nos mecía todos los sentidos. Ya lo había escuchado antes enlatado gracias a algunas de las emisiones especiales de Cuando los elefantes sueñan con la música (en Radio 3), pero seguro que andaré tras su pista con más atención en el futuro... La descarga pop-rock del grupo coruñés Deluxe era harina de otro costal. Aunque no es uno de mis estilos preferidos, no tengo prejuicios y sí, más bien, mucha curiosidad por grupos como este con tan estupendas referencias del pasado. Las canciones sonaban contundentes, pegadizas y con sus toques de delicadeza oportuna. Desde luego, más originales y con menos aires de superestrellas que otros grupos de la escena pop-rock comercial a los que no soporto ni un minuto. Así que estupendos bailes y melodías para salpimentar la temporada estival.

Agua helada y dura,
luna de enero,
tu madreperla
es el silencio.
En la noche rasa En el espejo ciego Tanto he sufrido y tanto Para saber si existo Gabriel Celaya, Canción
y el desamparo
-pizarra limpia-,
yo escribo claro.
me paro a ver
el dolor reflejado,
la verdad al revés.
he ido olvidando,
que cuando escribo
no sé a quién le hablo.
canto y no sé
si lo que soy ya fui
o si seré.

Implacable desprecio por el arte
de la poesía como vómito inane
del imberbe del alma
que inflama su pasión desconsolada
de vecinal nodriza con eólicas voces.
Implacable desdén por el que llena
de rotundas palabras, congeladas y crasas,
el embudo vacío.
Por el meditador falaz de la nuez foradada,
por el que escribe ¡ay! Y se pone peana,
por el decimonónico, el pajizo, el superfluo, el obvio,
por el que anda aún entre seres y nadas
flatulentos y obscenos,
por el tonto tenaz,
por el enano,
por el viejo poeta que no sabe
suicidarse a tiempo debajo de su mesa,
por el confesional,
por el patético,
por el llamado, en fin, al gran negocio,
y por el arte de la poesía ejercido a deshora
como una compraventa de ruidos usados.
José Angel Valente, El inocente

“Era tal la cantidad de transparencia que las cosas tenían en aquellos tiempos que a todo lo invadía la confusión y la debilidad. Rodaban los sentidos, tomados por un fulgor excesivo que acababa rindiéndolos y los enviaba a la desorientación. Venían así hacia nosotros las mordeduras de las impertinencias.
Eran los años de la casa familiar. La casa: Rumores siempre de sumandos. El oscuro murmullo de los decimales en los precios. Sumar y seguir. Coser y cantar. Olores comerciales. Abrir y cerrar todo. Las trapas y las puertas. La música de los tirafondos en los cajones y la sabiduría de los envoltorios para poner a dormir un poco más las cosas sin arañarlas. Los años de la casa, tensa como una fruta recién metida en la boca que sólo se apaciguaba si caía la cáscara sobre los contratos de los sueños. Olores honrados y hoscos. A pez. A cuero quieto. La casa, la casa: escalones forrados de hules flatulentos que pisábamos fuerte, con la gula de quien supone que algún día en vez del aire muerto se levantará la melodía de una redención.
Y nos untábamos las manos con aceite para que no parasen en ellas las cosas demasiado. Todo eran transacciones, todo deslizamientos. Entonces era entonces.
Y luego salimos de la casa en busca de lo propio.”
Tomás Sánchez Santiago, Entonces era entonces
(en la revista literaria leonesa The Children’s Book of American Birds, nº 2, 2006)

What good is melody?
What good is music?
If it ain’t possessin’ something sweet
It ain’t the melody, it ain’t the music
There’s something else that makes the tune complete
It don’t mean a thing, if it ain’t got that swing
It don’t mean a thing all you got to do is sing
It makes no difference
If it’s sweet or hot
Just give that rhythm
Everything you’ve got
It don’t mean a thing if it ain’t got that swing
Irving Mills

La semana pasada tuvo sus dosis cinematográficas con una reposición sesentayochista (La Chinoise, de Jean Luc Godard) y con una opera prima y estreno casi clandestino en el mítico cine Doré (bajo el auspicio de la Filmoteca Española) pues, al parecer, no tiene todavía distribución comercial: Nevando voy (Maitena Muruzábal y Candela Figueira, 2007). Sencilla, intensa y vitalista, esta película me recordó inicialmente a La soledad (de Jaime Rosales) y a Recursos Humanos (de Laurent Cantet), pero situada a virtuosa distancia de ambas. Se acerca el invierno en Pamplona y dos mujeres son contratadas, a través de una empresa de trabajo temporal, para reforzar la sección de embalajes de una fábrica. La empresa tiene unas grandes instalaciones y, entre otras cosas, produce cables y cadenas para colocar en las ruedas de los coches cuando nieva. La llegada y permanencia de la nieve, por lo tanto, estarán ligadas a la continuidad de Ángela y Karmentxu en esos precarios y anodinos empleos. Sus rutinas domésticas y laborales se muestran tan alienantes como las que tienen sus dos compañeros de la nave donde trabajan, Jairo y Javier. Pero una chispa estalla de repente y el cuarteto empieza a sonreír, a mirarse a los ojos, a hablar de sus vidas, a jugar y divertirse en el trabajo. Ángela, sin duda, es la instigadora de esa revolución. Todos parecen tan enamorados y felices que hasta el sol resplandece más radiante y, claro, sin nieve no hay trabajo y peligran, por ende, los contratos de las dos mujeres. Pero con la nieve llegan otras nubes y, también súbitamente, vuelven al grupo las caras agrias, el silencio y el vacío. ¿Cómo es posible ver la vida en positivo, llevar una primavera dentro, incluso en los lugares y circunstancias más deprimentes? Esa es la hermosa cuestión que va hilando los cambios de humor de los personajes al mismo tiempo que los claroscuros de los madrugones, la valla de la fábrica abriéndose y cerrándose, los semblantes de ordeno y mando, la hora del bocadillo, las esperanzas mullidas y frustradas. Buscando alguna luz. Sin resignación. Aunque todo alrededor y el temporal acechante no parecen de lo más propicio.

Casi todos los papeles que me nombran mienten.
Me he visto en fotografías que nunca me hicieron.
Los que me elogian o me insultan jamás han compartido el pan conmigo;
publican su veredicto sin mirarme a los ojos
como el que firma un contrato sin leerlo.
Yo mismo escribo en un idioma que aún no aprendí;
recuerdo ciudades que no he visitado;
tengo todavía en los labios el sabor de una mujer que tal vez no me besó.
Mis dedos aprietan el aire caliente que dejó su piel
como el que abraza el cadáver de un desconocido.
Juan Antonio Bermúdez, Compañero enemigo

La vida toma el amor y lo tritura
igual que una de esas máquinas
que transforma vegetales
en purés, picadillos y jugos.
Dos crean el manjar único del amor
con sabor a sí mismos
y hay un embeleso inicial
un gusto de papilas excitadas
Y sin embargo,
en la era de los aparatos eléctricos
la vida es la gran procesadora:
la cotidianeidad y sus rutinas
las manías
el hombre siempre intentando
la estúpida supremacía
hasta que llega la hora
del hambre y la necesidad
de recurrir a las sobras
reciclar lo que permanece
Otra vez la máquina procesadora
el puré
el picadillo
hasta que sólo queda el líquido espeso
y aquel olor
al banquete
como una fotografía magnífica e irreal
brillando en la memoria.
Gioconda Belli, Fuego soy, apartado y espada puesta lejos

Es la hora de la idea.
La hora del más alto erotismo,
del cuerpo reflexivo
meditando los trasiegos:
la materia hecha elixir
el sexo vertiendo olor a biblioteca
olor a libro antiguo
y delicioso.
Lees mi piel ahora
como una Biblia leída y vuelta a releer
que contuviera todas las posibles oraciones
necesarias para la humana salvación.
Con los ojos cerrados
sabes llegar al capítulo del clímax
al fragmento más lírico
o a las aún indescifrables profecías.
Es la hora del sabio escriba
que con la pluma de tinta húmeda y
la mano sin temblores
traza el placer
con la caligrafía exacta.
Gioconda Belli, Fuego soy, apartado y espada puesta lejos

¿De dónde soy?
Soy de lo que leo,
estanterías viejas
de libros y selvas,
páginas de tierra ensangrentada
por los disparos que agujerean las paredes
y le cierran los ojos a la vida.
¿Dónde está mi geografía,
mi pedazo de mundo?
No siento la patria,
ninguna historia se escribe con mayúsculas,
sólo un susurro extraño
de ventilador y horas inmóviles,
tardes prostituidas,
negocios sudorosos
y las manos atadas a la espalda.
Ana Merino, La voz de los relojes

Esta película de Esteban Sapir, La Antena (2007), es una sorprendente y lúdica experimentación estética y una pretendida fábula política, algo cándida y caricaturizada, pero no exenta de aciertos y poesía. Como advertencia previa para navegantes: el metraje es casi mudo y las imágenes en blanco y negro (o sea, en grises varios). Los constantes guiños a Metrópolis de Fritz lang y a otros clásicos del cine negro del cómic, no le restan un ápice a los inventivos juegos gráficos con las palabras impresas en la pantalla y que se mueven junto a los gestos de los personajes o de las agujas del reloj, por ejemplo. Audaz, pues, en las formas e hiperexpresiva en las facciones de los actores que lo dan todo por las exigencias dramáticas del guión. Todo envuelto en una atmósfera urbana brumosa y decadente, como si de los años ´30 se tratase. El mensaje de la película, demasiado obvio y redundante en ocasiones, es la recuperación de la voz y de las palabras (distinción que se irá revelando crucial en la lucha de resistencia que emprenden los protagonistas “salvadores”) que un malvado magnate de los medios de comunicación y de la alimentación ha usurpado a la población de una ciudad en permanente invierno con maquiavélicos planes para hipnotizarla y oprimirla. Sólo una hermosa cantante sin rostro y su hijo sin vista quedan como resquicios de la posibilidad de hablar en voz alta. El azar, la curiosidad de una niña y su amistad con el niño, descubrirán este secreto antes de que el malo malísimo logre exterminarlos. Los padres de la niña, hasta entonces separados, se unirán en la búsqueda de la antena desde la que poder emitir la voz del niño al resto de los habitantes en aras de conseguir que se emancipen del robo de la palabra que padecen. Pero, ¿lo conseguirán? ¿se reunificará la familia durante su epopeya? ¿cuántos deberán morir en el intento? Atrévete a descubrirlo junto a minuciosos objetos de toda índole que te harán sonreir constantemente (recuerdo ahora, entre otros muchos, una escafandra con las siglas CCCP; la esvástica nazi y la estrella judía, por el contrario, más bien parecen simbologías algo fuera de lugar) y a una magia igual de embriagadora que cuando leías historias de superhéroes.

Por hastío de historias románticas simplonas e insulsas, el título de esta película siempre me había parecido repulsivo y en el video-club lo esquivaba sistemáticamente. Pero anoche caí rendido en el sofá después del trabajo y en Versión Española (los viernes, en La 2) proyectaron esta formidable cinta. “Amor idiota”, dirigida por el siempre agudo y sutil Ventura Pons, no hace justicia a la etimología griega de la palabra “idiota” (los ciudadanos que, pudiendo, no querían participar en la gestión de la res pública, en la política), pero la verdad es que no podemos sino resignarnos ante la degeneración del término después de siglos de uso su vulgar y de la aplicación a todo tipo de especímenes humanos. Pere Lluc, el protagonista de la historia, sin embargo, se siente orgulloso de su idiotez y se recrea en ella hasta tal punto que puede llegar a conquistar la complicidad de quienes lo observamos. Es sólo un simple idiota enamorado de la forma más idiota posible y escéptico militante, a sus 35, a raíz de todas sus aventuras amorosas pasadas y frustradas. Pero como no se avergüenza de su recaída, comienza a perseguir y a espiar a Sandra, una vallisoletana emigrada a Barcelona y que está casada con el dueño de una empresa dedicada a la colocación de banderolas en postes y farolas de la vía pública.
No sabe cómo acabará, no le importa, casi no se atreve ni a hablar con Sandra las primeras veces que se cruzan sus miradas, no deja de hacer tonterías que podrían dañar a terceros o a sí mismo. Hace poco ha muerto su amigo argentino Nicco Zenone, un actor de personalidad arrebatadora que compensaba entrañablemente las lagunas de Pere Lluc. De hecho, en medio de su afligimiento etílico es cuando tropieza con una de las escaleras que usa Sandra en su trabajo nocturno. Pero el recuerdo incisivo de esa muerte y de esa amistad también le ayuda a Pere Lluc a buscarle un sentido a la vida. Sus dos otros amigos en la academia donde imparte clases, Alex y Jordina, conforman otro excelente contrapeso a sus excentricidades. Alex, felizmente casado, opina que el amor es una invención burguesa y condenada a su extinción, más o menos prematura. Jordina, separada y con una hija a su cargo, está enamorada de Alex y acaba aceptando los encuentros sexuales esporádicos que éste le ofrece. Da la impresión, por lo tanto, de que Pere Lluc nada entre esas dos aguas. Ni siquiera al final podemos suponer otra cosa. La amistad es lo que tiene: tus amigos te convencen, casi sin quererlo, de las virtudes y miserias de la vida (se erigen en tus consejeros metafísicos); tus amores te pueden dar una cierta estabilidad emocional y una confianza temporales (cuando se transforman en convivencia cotidiana); tus amantes tan sólo podrán agasajarte con altas y fugaces dosis de fantasía (más o menos encauzadas por la piel y otros artefactos corporales).
Ninguna respuesta es definitiva. Nadie se ofrece como ejemplo. Pero no podemos vivir solos. Ni dejarnos arrastrar por el absurdo que nos rodea. Somos un poco funambulistas y, entre número y número, nos agarramos a nuestras reflexiones y convicciones más radicales, las que sólo podemos escudriñar con un ejercicio activo de insumisión. La sexualidad, abundante y sugerente a lo largo de toda esta película, es sólo una vía más por la que circula nuestro tren de necesidades. Y cuando pensamos que ya sabemos descodificar el camino, resulta que ya empezamos a aproximarnos a la estación de destino. ¡Qué sarcasmo es esto de vivir! No es de extrañar que a menudo todos nos sintamos un poco idiotas, que no sepamos cómo hacer sencilla la vida y degustar los placeres y los días (gracias, Ramón, por evocarme a Cernuda la otra noche en Malasaña), y destejer, con fascinación infantil, los enigmas del mundo y las estúpidas imposiciones de la rutina.

Crossin' the river in a big old boat,
With a dollar bill in my hand.
Gonna go fishin' in the afternoon,
Got a simple plan.
Oh yeah, baby.
I got to hold on,
I got to be strong,
I got to live long,
And be with you.
Lonely nights and lonely days,
When I'm not with you.
Learned to trust and I learned to give,
Found a love that's true.
Oh yeah, baby.
I got to hold on,
I got to be strong,
I got to live long,
And be with you.
Girl it shouldn't be too hard,
To live with you.
It's really not complicated,
Until I get the blues.
Come on over and sit right down,
Let me take your hand,
I got a love gonna fill you up,
Take you to the promised land.
Oh yeah, baby, oh yeah.
I got to hold on,
I got to be strong,
I got to live long,
And be with you.
Be with you baby,
Be with you baby,
I got to be with you babe.
Be with you baby, oh alright.
Lonely nights, lonely days,
When I'm not with you babe.
Learned to trust and I learned to give,
Found a love that's true, babe.
Oh yeah, baby.
I got to hold on now,
Got to be strong now,
To be with you.
Be with you baby,
Be with you baby.
Neil Young

El libro de Milan Kundera “La inmortalidad” lo voy a subir a uno de mis altares literarios porque ha logrado agitarme e inquietarme con sus preguntas, jugar con la ficción y con la realidad, mantener la intriga del argumento y desvelar la incómoda situación del lector cuando ya dispone de todas las claves de la historia y, sin embargo, todavía le queda mucho por leer. La preocupación por la inmortalidad nos la presenta Kundera como propia de aquellas personas que con sus obras de arte, o con su proximidad a los artistas, son conscientes en vida de que muchas otras personas hablarán de ellas una vez que hayan muerto. El hecho cierto de la muerte de cada uno y del recuerdo que dejará en nuestro círculo más próximo o, en algunos casos, en otros círculos más amplios, se proyecta de alguna forma sobre toda nuestra vida. Nos obliga a pronunciarnos: persiguiendo abiertamente esa trascendencia, declarando abierta y obscenamente la angustia ante la seguridad de que no existirá, o rumiando silenciosamente los días como si sólo la paz interior y la más radical soledad pudieran proporcionar la única trascendencia realmente valiosa, la que acontece antes de la muerte.
El propio Kundera habla en este libro como Kundera, escritor de “La insoportable levedad del ser” y otras novelas: como un personaje más. En sus encuentros con el profesor Avenarius va revelando cómo ha acccedido al conocimiento de la vida de Agnes y de su hermana Laura. Ambas nacieron en Suiza y se mudaron sucesivamente a París por razones diferentes. Agnes, como un paso más en su huída interior hacia los perfumes y el sosiego del alma. Laura, en pos de su hermana y de la pasión de su cuerpo siempre insatisfecho y en lucha contra el no retorno. Reincidiendo en una imagen predilecta de Kundera, la primera aparición de Agnes es en una piscina llena de cuerpos entre vapores, lirismo y cruda realidad. El modo en que Agnes contempla a otras personas y sus gestos sobrios y gráciles conducen a los dos observadores a reconstruir la muerte melancólica y austera del padre de Agnes, a distintos episodios de su vida sentimental y a la relación con su hermana, su marido y su única hija. ¿Podemos volcar nuestras aspiraciones a la inmortalidad en el enamoramiento efervescente, en el amor apacible o en la sexualidad intempestiva? Aunque el primer don apenas parece agraciar a los personajes de este relato, con el resto de sus experiencias de cariño o deseo nos quedamos sospechando que es más el miedo a la muerte, y a la muerte en vida, lo que motiva sus respectivas atracciones.
En raros momentos de la novela, además, encontramos una nítida unidad de acción. El autor experimenta con narraciones colaterales y con anécdotas, más o menos inventadas, de artistas universales hasta desembocar de nuevo en el desvelamiento de algunos de los tipos de inmortalidad que, como una niebla, parece que nos susurran a todos con sigilo. Goethe y Hemingway, por ejemplo, conversan una vez muertos acerca de sus avatares. Y la vida erótica de un pintor frustrado, llamado Rubens, nos ayuda a entender por qué Agnes tuvo un amante con quien sólo se reunía dos o tres veces al año. Kundera dice en un capítulo que gracias a esta programada ruptura del relato tal vez ningún director de cine se atreva a hacer una película del mismo y, así, se garantizaría la singularidad inimitable de la novela, su necesidad para una civilización decadente. La novela tendría la virtud de diseccionar las vivencias y valoraciones personales de tal modo que el autor puede sugerir y filtrar subrepticiamente su propia visión del mundo a través de las palabras de variados personajes: sus marionetas, a fin de cuentas. Es una tentativa, por lo menos aquí, de construir una ética polifónica, de urgirnos a que no sucumbamos al vacío circundante. Por ello, quizás, a menudo sobran en esta obra tantas generalizaciones sobre la naturaleza humana, aunque de algunas nos deslumbre su clarividencia. En todo caso, quizás no existan otros medios tan placenteros como las novelas para aproximarnos a entender la vida de nuestros semejantes, aunque nos separen muchas cosas de los hábitos de los personajes aburguesados que las suelen poblar.

Algunas amistades me extraen una sonrisa complaciente cuando me dicen que siguen este blog de vez en cuando. Es evidente que pocas veces dejan rastro de sus visitas. (No me extraña, soy muy mal anfitrión: siempre me olvido de dejar unas pastas de té por aquí). Pero son visitas de agradecer. Modales discretos que me dan la sensación de estar siempre tejiendo vínculos invisibles. Secretos compartidos. Ojalá que sean perdurables. Como los ojos llenos de vida y de lucidez. Como la agilidad de las manos y los horizontes sin cables entorpecedores.
Un día me propuse que esta bitácora serviría para trazar algunas regiones de mi atlas de experiencias. Más o menos artísticas, pero sin ánimo de exhaustividad. Unas crónicas sin pies ni cabeza. Puntuales, pero ocasionales. Puntuales, pero suspensivas. Por eso a veces me abandono y me entierro debajo de montañas de obligaciones y libros que traicionan, a mi pesar, el reanimante sentido poético de la vida. Hasta que todo vuelve a brotar.
Al margen, pues, de los insípidos platos burocráticos de cada día, los paisajes del alma se han nutrido en las últimas semanas de algunas exquisitices. Dos de ellas las incorporo a la categoría mnemotécnica de “jam sessions”. Una ocurrió en Barcelona, en la sala Area, una escuela de danza. Durante varias horas tres músicos improvisaban embriagadoras melodías mientras decenas de personas improvisaban bailes de contacto. Me quedé estupefacto ante tanta belleza de mezclas, pasos, sudores, miradas perdidas, sonrisas, cuerpos livianos, arpegios, punteos, sombras, todo el suelo recorrido. No se puede decir que aquéllo fuera plenamente espontáneo, pues se percibían muchas horas detrás estirando y recogiendo los músculos, aprendiendo los recovecos de las parejas. Y, seguramente, toda esa ágil escultura del aire sólo está reservada para jóvenes criaturas (más o menos garridas, aunque hasta las menos pueden dejarte atónito al mostrar cómo gozan de sus cuerpos). Lo más fascinante, en todo caso, era el ritual colectivo que se fraguaba. Con sus sutiles códigos latentes, pero cargado de sensualidad, de juego y de una dulce evasión del tiempo. Le debo a Chío llevarme de la mano hasta detrás de estas bambalinas, infinitas gracias.
De la otra “jam” de ayer, en la sala El Junco de Madrid, me reconozco el principal instigador. En principio íbamos allí a bailar música negra, funk y otras reminiscencias setenteras. Nuestra sorpresa fue encontrarnos con un delicioso concierto de blues-rock sin una banda fija. Del escenario entraba y salía todo tipo de músicos que no paraban de afluir al local a lo largo de la noche. De nuevo ese espíritu de camaradería, de círculo secreto, de complicidades, de entrega generosa de tu arte, de sentimientos arrancados de las entrañas y alimentando el aire que respiramos, de caderas cimbreantes, de percusiones sin tibiezas. Entonces, en la oscuridad, piensas en los momentos sublimes, en las casualidades, en la búsqueda casi instintiva de todo lo que puede acariciar tu alma. Sin hacer muchos esfuerzos. Sólo con la disposición a bucear. A entender lo que otros crean y, a la vez, lo que sintoniza con tus creaciones. Con tu placer en este mundo. Por muy efímero que sea. Entre el tedio y el cansancio de las grandes ciudades, este tipo de aventuras te proporcionan una cálida sensación de júbilo y de humanidad. Y un nuevo mapa de los puntos-manantial en los que te puedes surtir de inquietudes gemelas. Mi recomendación: emprende la travesía en buena compañía, que cada cual lo traduzca a su propio idioma.
No pasamos juntos más que unas pocas tardes. Algunos besos a destiempo y nada más. Después distancia, años, silencio. Sin embargo, desde los remotos mundos que habitamos, mandábamos a veces una carta.
Cambiamos de ciudades, de dirección, de casas, casi de vida. Cambiamos nosotros, las líneas de nuestro cuerpo, la forma de mirar el mundo o nuestra propia voz. Pero nunca rompimos el invisible hilo de las palabra. De vez en cuando, de año en año, tú seguías escribiéndome. Pocas veces nos vimos, siempre en lugares casuales, nunca solos. Quiero pensar que aplazamos el momento de volver a tocarnos, creo que por timidez más que por el temor de descubrir que ya éramos de verdad otros.
Nuestra cultura nos enseña a esperar, aplazar, dejar para el futuro, creer que el tiempo es una línea larga y recta. Tarde descubrimos que ese aprendizaje es la forma más perfecta de aniquilación. Eso pensé aquella madrugada en la que nos vimos en la calle Libertad. Nos echaron del bar y no encontramos ninguno más abierto. Madrid también ha cambiado. Me llevaste a tu casa. Ni siquiera al entrar encendiste la luz.
La oscuridad, cuando apenas faltan dos horas para el amanecer se puede comer, dicen que es alimento de fieras y alimañas, también de aquellos que han descubierto que comer, la risa, los cuerpos, el agua, el bosque, una ciudad, son las únicas patrias que nos hacen humanos. Sobre todo la risa y la sonrisa en la oscuridad de esa madrugada primera y de otras muchas. No puedo decir que me guste cocinar, no puedo decir que me guste escribir o amar. Gustar no es la palabra. Cocinar, escribir, leer, amar, son la cultura, la humanidad entera en cuatro palabras. Y son mi vida.
Esa era también tu especialidad, pasar a palabras las mil formas que los hombres y las mujeres han adoptado para vencer al paisaje o mecerse en él. Cansada de la llamada antropología urbana estudiabas desde hacía veinte años la íntima relación entre la humanidad y las plantas: etnobotánica llaman a esa extraña ciencia. Venga antropóloga lista, ¿cómo nombrar en dos palabras lo que tiene de cultura nuestra cocina?. Y tú, en un segundo, encuentras dos palabras, igual que has encontrado en dos minutos la forma de volverme loco. Dos palabras sólo para definir lo que tiene de cultura la cocina sin caer en Marvin Harris o Levy-Strauss. Aceite caliente. Me susurras al oído. Ahí está entera nuestra civilización en una sartén de aceite de oliva caliente a la espera de freír cualquier vianda. Esa fue mi tesis doctoral.
Habías pasado muchos años lejos, en selvas llenas de bichos y de barro, herborizando lianas y probando brebajes y elixires inmundos. Cada día descubría en tu piel nuevas cicatrices, señales por las que nunca me atreví a preguntar. Sin embargo tu cuerpo seguía teniendo esa apetecible delgadez, dureza, color de adolescente sana y cuidadosa. Aceite de oliva caliente.
Yo por el contrario trabajaba en un despacho, aplicando la antropología al consumo, el marketing, la publicidad. Visitaba los hogares de extraños que se prestaban a ello cámara y cuaderno de notas en ristre como si estuviera viviendo entre pigmeos o yanomamis. Analizaba el orden de sus neveras, la disposición y uso de la cocina, la casa o la forma de hacer la compra en el súper con los ojos alucinados y llenos de prejuicios de esos antropólogos locos que cogieron la malaria, una diarrea o unas buenas purgaciones en los Mares del Sur o el Amazonas. Microondas y plástico<, esas hubieran sido mis dos palabras para definir nuestra cultura hasta que tú apareciste.
Yo no traje nada de mi vida a tu casa y tú ni siquiera abriste las cajas que guardaban la tuya recién llegada a la ciudad. Cocinábamos despacio, como viejos amantes jubilados que han aprendido a dejar el deseo para el postre, pero comíamos el postre como niños glotones y golosos. ¿Qué somos sino aceite caliente? Olivares, aceituneros altivos, almazara, fritura de pescado, buñuelos, churros. Se notaba que hacía mucho tiempo que no pisabas esta tierra. Pero yo no era quién para nombrar la verdad.
Te gustaba que te hiciera rosas o buñuelos para desayunar. Aceite caliente.
Es un placer volar rápido por el cielo con la palanca del gas a tope o tirarse en bicicleta por la larga cuesta que baja de Yuste sin parar de dar pedales hasta que llega ese punto en el que el viento te impide ir más y más deprisa. Pero es un placer cocinar y amar muy despacio cuando han pasado veinte años del último beso. Metes tu dedo en el aceite y me das a chuparlo. A eso saben cinco mil años de cocina. Pero a mí no me sabe tan antiguo, sólo a presente, a pasear entre los olivos y asustar a los zorzales que se preparan ya para viajar a Siberia, sentir el tacto de tu mano, besar tus cicatrices de niña de la selva, abrir con cuidado tus álbumes de plantas y escuchar cómo era el lugar donde las recogiste, qué poder esconde su savia o desde cuándo el hombre descubrió sus secretos.
No sé cuándo te irás. Solo sé que te gustan los churros y las rosas de sartén que te hago en el aceite caliente y espero que te engorden un poco como engordan los pequeños malvices antes de cruzar volando toda Europa. Tú cruzarás el Atlántico y te perderás otra vez en el corazón de las tinieblas, en esa floresta peligrosa de la que arrancas sus secretos a cambio de que ella te arranque a ti también jirones de piel y te muerda. Y te pierda.
Pero no pienso en volver al trabajo o a tu ausencia. Ahora estás aquí y sólo somos aceite caliente en donde hago filigranas con la masa de los buñuelos y sumerjo el hierro extraño empapado en la masa líquida que por arte de magia se convierte en una rosa crujiente. Me miras siempre en silencio cuando hago la masa de los buñuelos. Es muy fácil, te digo, mitad de agua y de leche templada, un pellizco de sal y luego sólo hay que ir echando la harina en el pequeño puchero de barro con el agujerito al lado. Echar harina y remover para que no se hagan grumos hasta que la masa esté a la vez pastosa y líquida. Sólo entonces añadimos media cucharadita de bicarbonato y seguimos removiendo hasta que el aceite está caliente y humea. Inclinas con cuidado el puchero y sale por el agujero una cuerda fina de masa líquida que se cuaja al instante al caer en el aceite. Formamos pequeñas roscas concéntricas en la sartén que cuando están doradas por un lado damos la vuelta y sacamos después, en pocos minutos, a un plato en donde tú las decoras con hilo fino de miel que dejas caer desde lo alto. Los haré a donde vaya y me acordaré siempre de tu sabor cuando me meta un pedazo de buñuelo con miel en la boca.
La masa de las rosas es un poco más difícil. El hierro parece un extraño y antiguo instrumento de tortura, algún invento maléfico para marcar a fuego a los proscritos. Pero es hierro de paz. Sólo sirve para dar forma a la masa frita de las rosas. Se hace también una masa semilíquida con dos huevos, leche, un chorrito de anís, una pizca de flor de vainilla machacada y poco menos de doscientos gramos de harina. Cuando la masa está fina y sin grumos, fluida pero no líquida, sumergimos el hierro que ya estaba en el puchero de aceite en la masa y volvemos a sumergirlo en el aceite. Nace al instante la rosa que se separa del utensilio y navega sola por el burbujeo hirviente. Cuando están apenas doradas las sacamos sobre un papel absorbente y sólo en el momento justo de comerlas las rocías con miel. Miel salvaje, ganadería de los insectos. Dices. Y seguro que las rosas son un invento de algún árabe listo del año setecientos. Seguro. Y después muchas generaciones hasta llegar aquí, a tus labios y a mis manos. No te digo el secreto. Tampoco te cuento mi decisión. Más adelante sabrás que me voy contigo a la selva a perseguir plantas sagradas y beber juntos zumo de liana. No me importan las escolopendras blancas, ni las víboras, ni los jejenes, ni las rayas o las pirañas de los igarapés. Me fascinaron de niño Quiroga y Kipling, sé cazar y pescar, pero, sobre todo sé hacer buñuelos y rosas de sartén. Hacer dulces sobre el aceite caliente y secreto de tu cuerpo.

Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.
Julio Cortázar, Último round

No es verdad.
Del otro lado del silencio
llega una espiga
oferente del grano más puro.
Amar es ser y ser
es esa entrega desnuda.
Del otro lado, aquí
deposita el consuelo
en mi boca
su palabra
tatuada en el oro del aire
y en la roca.
Y recobra su identidad la blancura
en la levedad inicial.
Guarda este árbol para mi vejez.
Pasa por sus raíces
tu fe constante.
Una hoja encierra el viático.
Yo estoy aquí,
todavía en el aire,
pero el camino secreto de la savia
es mi alegría
y la proximidad de tu luz
cierra mis ojos
en avance de eternidad.
Y cuando la marea de la sombra
cubre el crepúsculo,
la ecuación nocturna de los astros
rechaza la silente quietud del cero
y dibuja con dedos inquietos
el espectro de la posibilidad.
Clara Janés, Paralajes

Desde ahora mismo y aquí
hacia donde quiera que estés,
parte de mi alma
parte a tu encuentro.
Sabes que te llevo dentro mío
igual que yo sé que tú me llevas dentro.
Se trata de un leve pulsar
que se abre camino hacia ti
cruzando las estaciones, constelaciones,
los momentos.
Digo que esta vida es llevadera
sólo porque sientes tú
lo que yo siento.
Donde tú estás
yo tengo el Norte,
y no hay nada como tu amor
como medio de transporte.
En este instante,
precisamente,
más canto y más te tengo yo
presente,
más te tengo yo presente.
Jorge Drexler, Transporte

Te echo de menos, le digo al aire
te busco, te pienso, te siento y siento
que como tú no habrá nadie
y aquí te espero, con mi cajita de la vida
cansada, a oscuras, con miedo
y este frío, nadie me lo quita.
Tengo razones, para buscarte
tengo necesidad de verte, de oírte, de hablarte
porque no creo que haya en el mundo nadie más a quien ame
tengo razones, razones de sobra
para pedirle al viento que vuelvas
aunque sea como una sombra
tengo razones, para no quererte olvidar
porque el trocito de felicidad fuiste tú quien me lo dio a probar.
El aire huele a ti, mi casa se cae porque no estás aquí
mis sábanas, mi pelo, mi ropa te buscan a ti
mis pies son como de cartón
que voy arrastrando por cada rincón
mi cama se hace fría y gigante
y en ella me pierdo yo
Mi casa se vuelve a caer
mis flores se mueren de pena
mis lágrimas son charquitos
que caen a mis pies.
Te mando besos de agua
que hagan un hueco en tu calma
te mando besos de agua
pa que bañen tu cuerpo y tu alma
te mando besos de agua
para que curen tus heridas
te mando besos de agua
de esos con los que tanto te reías.
Bebe, Razones

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería al fin aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu,
como leños perdidos que el mar anega o levanta,
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.
Tú justificas mi existencia.
Si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
Luis Cernuda, Los placeres prohibidos

El libro de Manuel Vicent, Cuerpos sucesivos (2003), es uno más de los varios que he leído de este autor a lo largo de los años (Balada de Caín, Tranvía a la Malvarrosa, etc.). Uno más que no me ha dado grandes sorpresas ni emociones (¡excepto la de citar algunos poemas de Salinas o de Cernuda con quienes, precisamente, me estaba deleitando en estos últimos meses!), pero que se deja leer plácidamente gracias a esa lírica aplastante que le imprime a cada frase y a su ritmo entusiasta, ávido por contagiarte la inquietud de la historia que te cuenta. Para algunos, tanto lirismo puede parecer engolado, un abalorio prescindible. A mí sólo me disgusta cuando te hace naufragar ante la profundidad de los personajes y del mundo en el que viven, pasando como sobre ascuas por ella (a mí, personalmente, no me atraen de buenas a primeras la vida de un convencional profesor de literatura y de una violoncelista masoquista). Esta es una historia, pues, concisa y, a la vez, evocadora, pero no busquéis en ella una completa disección del alma humana. Además, el alma de los protagonistas del libro que pueblan el trío amoroso central contiene muchas sombras y tinieblas que no dejan vislumbrar más que una trágica combinación de líbido y dolor. Como parábola erótica, en consecuencia, mil veces más recomendable y sugerente que otras obras ostentosamente “pornográficas”. Como parábola ética, nos muestra que la libertad sentimental y sexual, por desgracia, es un camino espinoso y al que la madurez puede llegar demasiado tarde.


Clara corriente fluyendo
clara corriente fluyendo
Tu agua es luz
en mi boca
Y una luz para mi seco cuerpo
Tu fluir
Música
en mis oídos. Libre,
Fluyendo libre
Contigo
en mí.
Gary Snyder, La mente salvaje

La primera vez que lees su nombre, Jay-Jay Johanson, te quedas estupefacto. Su rostro, con apariencia de ingénuo, no te deja menos perplejo. La forma de cantar y las bases electrónicas de muchas de sus canciones suenan, cuando menos, originales: llenas de sutilezas y calidez. Las letras, sin embargo, están cargadas de desamor y tristeza. Anoche fuimos a verlo actuar en Barcelona, a dejarnos mecer, casi bailar. Delicado, sensible y concentrado, bebía agua y whiskey, dando a entender que muchas de sus canciones las ha vivido en primera persona. En la sala Salamandra, además, los fumadores debían retirarse para hacer sus necesidades a un recinto aparte. Así que respiramos a fondo cada una de las canciones y nos fuimos a casa recordando la mirada lánguida y las melodías de Jay-Jay. Un placer.
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Heaven, I’m in heaven
And my heart beats so that I can hardly speak
And I seem to find the happiness I seek
When we’re out together dancing cheek to cheek
Heaven, I’m in heaven
And the cares that hung around me through the week
Seem to vanish like a gambler’s lucky streak
When we’re out together dancing (swinging) cheek to cheek
Oh I love to climb a mountain
And reach the highest peak
But it doesn’t thrill (boot) me half as much
As dancing cheek to cheek
Oh I love to go out fishing
In a river or a creek
But I don’t enjoy it half as much
As dancing cheek to cheek
(come on and) dance with me
I want my arm(s) about you
That (those) charm(s) about you
Will carry me through...
(right up) to heaven, I’m in heaven
And my heart beats so that I can hardly speak
And I seem to find the happiness I seek
When we’re out together dancing, out together dancing (swinging)
Out together dancing cheek to cheek
Irving Berlin

Sed de ti que me acosa en las noches hambrientas.
Trémula mano roja que hasta tu vida se alza.
Ebria sed, loca sed, sed de selva en sequía.
Sed de metal ardiendo, sed de raíces ávidas.
Hacia dónde, en las tardes que no vayan tus ojos
en viaje hacia mis ojos, esperándote entonces?
Estás llena de todas las sombras que me acechan.
Me sigues como siguen los astros a la noche.
Mi madre me dio lleno de preguntas agudas.
Tú las contestas todas. Eres llena de voces.
Ancla blanca que cae sobre el mar que cruzamos.
Surco para la turbia semilla de mi nombre.
Que haya una tierra mía que no cubra tu huella.
Sin tus ojos viajeros, en la noche, hacia dónde.
Por eso eres la sed y lo que ha de saciarla.
Cómo poder no amarte si he de amarte por eso.
Si ésa es la amarra cómo poder cortarla, cómo.
Cómo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos.
Sed de ti, sed de ti, guirnalda atroz y dulce.
Sed de ti que en las noches me muerde como un perro.
Los ojos tienen sed, para qué están tus ojos.
La boca tiene sed, para qué están tus besos.
El alma está incendiada de estas brasas que te aman.
El cuerpo incendio vivo que ha de quemar tu cuerpo.
De sed. Sed inifinita. Sed que busca tu sed.
Y en ella se aniquila como el agua en el fuego.
Pablo Neruda, en El hondero entusiasta

Dance me to your beauty with a burning violin
Dance me through the panic 'til I'm gathered safely in
Lift me like an olive branch and be my homeward dove
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Oh let me see your beauty when the witnesses are gone
Let me feel you moving like they do in Babylon
Show me slowly what I only know the limits of
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Dance me to the wedding now, dance me on and on
Dance me very tenderly and dance me very long
We're both of us beneath our love, we're both of us above
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Dance me to the children who are asking to be born
Dance me through the curtains that our kisses have outworn
Raise a tent of shelter now, though every thread is torn
Dance me to the end of love
Dance me to your beauty with a burning violin
Dance me through the panic till I'm gathered safely in
Touch me with your naked hand or touch me with your glove
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Leonard Cohen

Yo no necesito tiempo
para saber quién eres:
conocerse es el relámpago.
¿Quién te va a ti a conocer
en lo que callas, o en esas
palabras con que lo callas?
El que te busque en la vida
que estás viviendo, no sabe
más que alusiones de ti,
pretextos donde te escondes.
Ir siguiéndote hacia atrás
en lo que tú has hecho, antes,
sumar acción con sonrisa,
años con nombres, será
ir perdiéndote. Yo no.
Te conocí en la tormenta.
Te conocí, repentina,
en ese desgarramiento brutal
de tiniebla y luz,
donde se revela el fondo
que escapa al día y la noche.
Te vi, me has visto, y ahora,
desnuda ya del equívoco,
de la historia, del pasado,
tú, amazona en la centella,
palpitante de recién
llegada sin esperarte,
eres tan antigua mía,
te conozco tan de tiempo,
que en tu amor cierro los ojos,
y camino sin errar,
a ciegas, sin pedir nada
a esa luz lenta y segura
con que se conocen letras
y formas y se echan cuentas
y se cree que se ve
quién eres tú, mi invisible.
Pedro Salinas

En directo, esta banda son auténticos caballos salvajes. Se miran a los ojos, saltan vallas imaginarias, enardecen las guitarras. Toda una descarga de acordes soul y funk envueltos en un río frenético de rock y blues. La Iguana Club, Vigo, 22 de septiembre de 2007. http://www.myspace.com/therightons

Desvelada por el eco resonante del pozo de la noche,
en mi tierra fustigada por la lluvia,
rompe nudos la memoria del rayo.
Ahuyentados los mantos del olvido
se oculta el alarido en las voces del búho
y, pulso en llamas,
los cuatro vientos surca en pos de tu ventana.
Allí, desde lo verde,
palma con palma, en cruz,
su sangre te murmura
y el vértigo trasiega del ansia que le abrasa.
Anhelo delirante que rebasa los párpados cerrados
por el sedoso pétalo ferviente
del incendio del cuerpo enamorado.
Clara Janés

17/09/07, mañana debemos madrugar, Mario tiene cita con el foniatra, y casi nos hemos quedado dormidos los tres viendo esa película lentísima sobre Berlín, pero yo no dejaba de bucear en mi vida haciéndome preguntas, un poco absorto, como queriendo entresacarle el sentido a cada instante, a cada anécdota del día… así que no me he podido ir a dormir, en la radio ya era la hora de “Cuando los elefantes sueñan con la música”, me he tomado un bocadillo de plátano y un yogur mientras los niños se acostaban, y el corazón me ha dado otro salto de gigante al leer ese mensaje de amor en el móvil, no me podía ir a dormir, aunque escribir no ordene necesariamente las cosas, ni acorte las distancias ni nada parecido… el protagonista de la película decidió dejar de ser simplemente un benefactor de los demás para arriesgarse él mismo a sentir y a padecer, en medio del muro de la vergüenza que separaba las dos Alemanias dice “voy a lanzarme al río, a observar al nivel de los ojos en lugar de hacerlo desde arriba”, y la chica protagonista, dejándose mecer durante un concierto de Nick Cave, piensa que ha soñado con alguien que no conoce y a quien espera confiada en que la casualidad los reúna plácidamente, sin esfuerzo, como si estuviera leyendo las románticas intenciones del guionista… llevo semanas con el antiguo ordenador averiado y, mientras tanto, se han ido descolocando los archivos, dispersándose y mezclándose entre copias de seguridad y memorias virtuales, se han sucedido los desplazamientos por aeropuertos, se han aplazado los trabajos más urgentes y ya se agolpan otros nuevos en la fila de espera, poco a poco desaparecerán los días de playa y yo sólo retendré, casi con lágrimas en los ojos, los momentos más terriblemente poéticos de la vida, las palabras voraces del deseo, ese murmullo sincero de dulce serenidad interior… el “ángel” de la película acababa reconociendo que sólo volviéndose mortal, vulnerable y sensible, había llegado a comprender por qué las personas se pueden admirar mutuamente, y eso le maravillaba, le empapaba de la belleza simple de la gente con la que de forma un poco ingenua se iba cruzando, aunque él, desde luego, acaba gozando de la recompensa que le reserva el guionista enamorado de los finales felices: la hermosa acróbata de circo vestida de rojo que se le acerca y le entrega incondicionalmente los besos que todo lo inauguran, cuando todo empieza por primera vez, y la edad o el pasado importan muy poco… admirarse mutuamente, no es mucho más lo que puede definir el amor sin abalorios, admirarse tan sólo puede parecer frío pero entraña comprensión por la virtud ajena, por eso tal vez sea uno de los ingredientes esenciales de lo que te llena y te deleita, como aquel anciano en el Mercat de Sant Antoni recomendándonos sus libros preferentes de poesía, o el partido de baloncesto con Luis esta tarde emulando a los jugadores del España-Rusia de ayer, o las conversaciones culinarias con las dependientas del supermercado, también ahí nos admiramos mutuamente y, en un acceso fugaz de inmortalidad, nos creemos que volamos por los aires…

Libros que me apasionen desde la primera línea. Que cuenten verdades, o que las imiten, o que las inventen. Que me hagan vibrar de emoción con las injusticias históricas, hasta la consternación. Y que te arranquen sonrisas las disquisiciones de un hombre perplejo. Que no oculten al escritor, sus ideas, sus contradicciones: ¿qué es un buen escritor? ¿sobre qué o quién debe escribir? ¿cuánto ha de persistir en sus sueños? por ejemplo. La trama de “Soldados de Salamina” de Javier Cercas, cumple todo eso. Una búsqueda terca, por voluntad propia, sin encargo alguno. El protagonista busca y se busca: el sentido de guerras pasadas, el legado de nuestros viejos, la necesidad de la memoria. El estilo, y el cambio de estilo, de la escritura es fluido y envolvente. Para leer sin contener la respiración. Como esas conversaciones contigo mismo que te vuelven huraño y tierno, melancólico y sabio. Que nadie se lleve a engaño: no es sólo un brillante relato sobre la Guerra Civil y la disipadora Transición.

Vuelta al “Festival da Poesía”, un año más. Cada vez más músicas, más películas, otras poesías. También, como siempre, chiringuitos políticos. Muchos, nacionalistas; pero también mis afines del Ateneo Libertario “Lume negro”, de Ponteareas, con su campaña por la apostasía. Y artesanos, malabaristas, libreros y escépticos deambulantes. Proyectaron los cortometrajes ganadores de Cans (Porriño, pas de France): “Sin Plomo” de Jorge Saavedra, 2006 (un ingenioso ensayo de finales posibles al atraco de una gasolinera coruñesa), “Carreras secretas” de Antón Coucheiro, 2006 (una colorida y simpática aproximación a los desvaríos de un joven de Rio de Janeiro que se autoimpone retos absurdos) y “Promesa” de Fernando Cortizo, 2007 (una parábola, mediante animación con plastilina, acerca de los futuros clónicos que nos pueden aguardar). También videopoemas de muy desigual factura. Los mejores: uno, lamentando las campanas atroces que quiebran la paz de los domingos por la mañana; otro, lamentando la lluvia impertérrita, tenaz, implacable. La exposición sobre la represión fascista a los marineros gallegos organizados sindicalmente hasta el alzamiento militar del ‘36, impresionante. Por fin, los conciertos de Galegoz y Boom Club. Hip-hop, funk, reggae… arengas para “trabajarse la fiesta”, ironías saludables, baile sin fin. Todo un gozo. Del punk-rock de los Peste & Sida apenas pude catar unos acordes, los niños ya tenían sueño. Los recitados al uso, al día siguiente, este año me pillaron haciendo las maletas.

un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza y retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,
un caminar entre las espesuras
de los días futuros y el aciago
fulgor de la desdicha como un ave
petrificando el bosque con su canto
y las felicidades inminentes
entre las ramas que se desvanecen,
horas de luz que pican ya los pájaros,
presagios que se escapan de la mano,
una presencia como un canto súbito,
como el viento cantando en el incendio,
una mirada que sostiene en vilo
al mundo con sus mares y sus montes,
cuerpo de luz filtrada por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías,
roca solar, cuerpo color de nube,
color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo,
es transparente por tu transparencia,
(...)
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos,
los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
(...)
el mundo nace cuando dos se besan
(...)
amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres
(...)
-¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuándo somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida –pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos-,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos,
Octavio Paz (Piedra de Sol)

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabiera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.”
Julio Cortázar (Rayuela)

Me sobran las palabras. Sólo recuerdo aquellas descargas frenéticas. Metidas hasta el sueño. Hasta rebosar. Bailamos como exige la naturaleza efervescente. Vitaminas de rock electrónico. Meis (Pontevedra), Dolorock, 25 agosto de 2007.

Hablo contigo, ignoro dónde estás, hasta qué luz busca mi Ser el eco en que te escucho.
No hay usura en tu voz, yo sé que un aire limpio te respira, que algo redentor, alguna claridad que arrastra el río lleva el pensamiento tuyo.
Hablo contigo, una intacta pasión vive en tu fósforo, una única luz que no se apaga mientras la muerte fluye, mientras la muerte sufre esta palabra.
Y hablo, hablo contigo alrededor de un hueco, alrededor de mí como el que gira mutuo, como aquel que dentro de nosotros es próximo y se acerca con su haz luminoso de pureza.
Hablo ante el destino que imagina el hombre, eso de desvalido, eso de delirante y turbio hablo contigo. Y es de noche, es de noche en los dos como metal oscuro, como largamente la verdad extiende su único hilo de saliva, un único alfabeto en el rumor de todos.
Hablo contigo, oh bondad compartida de quien es silencioso, sombra de esa sombra que aletea y es vuelo de semejante elocuencia, el que escribe, el que escucha, el que lámina a lámina va enhebrando en el eco una voz que responde, esa voz en mí mismo, la que nos alumbra y persuade desde más allá de la muerte.
Juan Carlos Mestre (La poesía ha caído en desgracia)

La soledad (Jaime Rosales, 2007) es una película cruda, hiperrealista, que deja hablar a una realidad anodina y zafia que envuelve a todos sus personajes, que nos envuelve a todos los que la vemos, que nos acecha porque ya ha sido parte de nuestras vidas. Necesito más dosis de belleza y trascendencia al llegar a casa, por eso escucho un disco melancólico y dulce de Marc Ribot y los cubanos postizos. La soledad me recordó películas como El pisito (Marco Ferreri, 1958), ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (Pedro Almodóvar, 1984) y En construcción (José Luis Guerin, 2001): películas sociales, sobre los dramas de la rutina, donde una fuerza invisible parece aplastar cualquier atisbo de vitalidad, de genialidad, de transgresión. Necesito más dosis de ironía y distanciamento al llegar a casa, por eso gasto las últimas fuerzas del día leyendo un libro en catalán de Sergi Pàmies, Si menges una llimona sense fer ganyotes. En La soledad emergen la enfermedad y la muerte como unas hebras más del paso del tiempo, de los diálogos insulsos, de las discusiones sobre minucias, de los hospitales, de los asesinatos colectivos, de las hipotecas, de los viajes sin deseo. Yo no quiero morirme de desidia, de aburrimiento, de vacíos, por eso me quedé deleitando aquella palabra, la “galbana”, que dijo uno de los personajes y que me recordó aquellas tardes de verano en el pueblo de León. Pero sólo me quedo con la música de la palabra, la música que faltaba en La soledad con sus bofetadas de voyeurismo, de planos atravesados por una pared o por los marcos de puertas y ventanas frenando nuestra identificación con esas vidas enclaustradas. Gracias a las sugerencias y comentarios de Irene G. Rubio en el periódico Diagonal (nº57), www.diagonalperiodico.net, volví a sumergirme en esos cines de Vigo, los de vía Norte, que siempre están a punto de extinguirse por culpa de proyectar películas arriesgadas, difíciles, que exigen toda la pasión ética del espectador para interpretarlas. Es como si siempre hubiera alguien cerca que te diera la mano para invitarte a conocerte a ti mismo (sólo tienes que dejarte); si pudieras, esa poderosa ilusión.

Some things in life are bad
They can really make you mad
Other things just make you swear and curse.
When you're chewing on life's gristle
Don't grumble, give a whistle
And this'll help things turn out for the best...
And...always look on the bright side of life...
Always look on the light side of life...
If life seems jolly rotten
There's something you've forgotten
And that's to laugh and smile and dance and sing.
When you're feeling in the dumps
Don't be silly chumps
Just purse your lips and whistle - that's the thing.
And...always look on the bright side of life...
Always look on the light side of life...
For life is quite absurd
And death's the final word
You must always face the curtain with a bow.
Forget about your sin - give the audience a grin
Enjoy it - it's your last chance anyhow.
So always look on the bright side of death
Just before you draw your terminal breath
Life's a piece of shit
When you look at it
Life's a laugh and death's a joke, it's true.
You'll see it's all a show
Keep 'em laughing as you go
Just remember that the last laugh is on you.
And always look on the bright side of life...
Always look on the right side of life...
(Come on guys, cheer up!)
Always look on the bright side of life...
Always look on the bright side of life...
(Worse things happen at sea, you know.)
Always look on the bright side of life...
(I mean - what have you got to lose?)
(You know, you come from nothing -
you're going back to nothing.
What have you lost? Nothing!)
Always look on the right side of life...
Eric Idle, from Monty Python’s film Life of Brian

El miércoles José Miguel López, del programa Discópolis (en Radio 3), volvió a recordar una curiosa historia que ya ha contado en otras ocasiones (después de casi 20 años escuchando Radio 3, ya me empiezan a sonar repetidas algunas anécdotas, ¿me estaré haciendo viejo?). Se trata de cómo la canción de Lluís Llach L’estaca (1968) fue apropiada por el sindicato polaco Solidaridad como himno de resistencia ante el gobierno comunista (de Estado) de la misma forma que se había erigido antes en canto antifranquista en España, y de ahí pasó a ser reproducida (y modificada en su letra) en otros lugares del mundo. Incluso, en esas reproducciones pocas veces se reconoce la autoría original. Se borraron las huellas y las fronteras. La obra ultrapasó al autor. A mí me sigue haciendo vibrar igual que aquellas canciones no menos míticas de Pete Seeger o de Víctor Jara. Como si de verdad hubiera asistido alguna vez a los conciertos donde comulgaba tanta gente en sus aspiraciones de libertad. La única grabación que tengo de la canción de L’estaca está en un reciente disco de Homenaje a los Brigadistas Internacionales que combatieron junto a la República en la llamada “Guerra Civil” española (realmente, un golpe de Estado militar contra el régimen republicano). No me gusta mucho, en general, el resto de la obra de Lluís Llach, pero siempre he admirado su coraje al apoyar sinceramente, y cuando todos los intelectuales miraban para otro lado, causas como la de la insumisión al servicio militar obligatorio o la okupación del cine Princesa en Barcelona. Tal vez por todo eso junto, estos versos los escucho como una operación a corazón abierto.
L'avi Siset em parlava
de bon matí al portal,
mentre el sol esperàvem
i els carros vèiem passar.
Siset, que no veus l'estaca
a on estem tots lligats?
Si no podem desfer-nos-en
mai no podrem caminar!
Si estirem tots ella caurà
i molt de temps no pot durar,
segur que tomba, tomba, tomba,
ben corcada deu ser ja.
Si jo l'estiro fort per aquí
i tu l'estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem alliberar.
Però Siset, fa molt temps ja
les mans se'm van escorxant
i quan la força se me'n va
ella es més forta i més gran.
Ben cert sé que està podrida
i és que, Siset, pesa tant
que a cops la força m'oblida,
torna'm a dir el teu cant
Si estirem tots ella caurà
i molt de temps no pot durar,
segur que tomba, tomba, tomba,
ben corcada deu ser ja.
Si jo l'estiro fort per aquí
i tu l'estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem alliberar.
L'avi Siset ja no diu res,
mal vent que se'l va emportar,
ell qui sap cap a quin indret
i jo a sota el portal.
I, mentre passen els nous vailets,
estiro el coll per cantar
el darrer cant d'en Siset,
el darrer que em va ensenyar.
Si estirem tots ella caurà
i molt de temps no pot durar,
segur que tomba, tomba, tomba,
ben corcada deu ser ja.
Si jo l'estiro fort per aquí
i tu l'estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem alliberar.
Lluís Llach, L’estaca

Meriendo algunas tardes:
no todas tienen pulpa comestible.
Si estoy junto a la mar
muerdo primero los acantilados,
luego las nubes cárdenas y el cielo
-escupo las gaviotas-,
y para postre dejo las bañistas
jugando a la pelota y despeinadas.
Si estoy en la ciudad
meriendo tarde a secas:
mastico lentamente los minutos
-tras haberle quitado las espinas-
y cuando se me acaban
me voy rumiando sombras,
rememorando el tiempo devorado
con un acre sabor a nada en la garganta.
Ángel González

Precedidos del grupo Transilvanians, el sábado actuaron en Bueu los ya veteranos Dr. Calypso. Estupendas dosis de ska, rock steady, soul, funk, reggae y, cómo no, calypsos. Sonidos añejos. Melodías amables y bailables. Uno de los cantantes con su camiseta antifascista. El otro, con gafas de sol setenteras y tatuajes en medio torso. Humo, sudor y cervezas. La sal marina todavía adherida a mi piel. La noche calma, casi de verano. Embriaguez de un tiempo dulce e inexorable.

Si Aki Kaurismäki se expresa así, no debería yo abusar del verbo al presentarlo. En Luces al atardecer (2006) como en sus anteriores películas (la otra que me emocionó sobremanera fue El hombre sin pasado, 2002), el finlandés usa guiones parcos en palabras. A cambio, llena la pantalla de abundantes colores y contrastes. Las emociones guían los hechos. Pero están congeladas detrás de personajes sobrios. Fuman y beben compulsivamente. Los perdedores miran hacia el horizonte. Koistinen, el guardia de seguridad protagonista, dice que su trabajo es temporal porque quiere crear su propia empresa de vigilancia. Pero los sueños de los subordinados se hacen añicos constantemente. La insania viene de muchos frentes. No sólo de los banqueros que no dan créditos a cualquiera. Ni de los empresarios que despiden sin contemplación basados en cualquier rumor. Ni de ladrones de guante blanco que encargan palizas pero que repudian el asesinato dentro de sus negocios. La soledad errática acaba cediendo ante cualquier tentación. Sobre todo si llega en forma de rubia despampanante. Y arrastra a las víctimas del capitalismo hacia un destino ya escrito en su origen. Cámaras fijas. Inmensos silencios. Sentimientos nucleares de amor y odio. Deja tiempo para pensar. Para pensar en cómo rebelarnos ante esos excesos de vacío que nos acechan.

In the greatest sessions
One does not know that there is a guide
In the next best sessions
One praises the guide
It is worse when
One fears the guide
Or when one pays him
If the guide lacks trust in the people
The trust of the people will be lacking
The wise guide guards his words
And sits serenely
When the greatest session is over
The people will say:
“It all happened naturally”
“It was so simple, we did it ourselves”
.....
When the harmony is lost
Then come clever discussions and
“Wise men” appear
When the unity is lost
Then come “friends”
When the session is plunged
Into disorder
Then there are “doctors”
Timothy Leary. Psychedelic Prayers & Other Meditations

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, luz de agonías.
Adiós a las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
J.L. Borges

Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.
(Antonio Gamoneda, Libro del frío)

1
Febrero nunca acaba.
Largas jornadas sin dueño y sin resuello,
ya consumidas antes de mediodía,
que me acaparan sin tenerme en cuenta.
Por encima
de la superficie:
le sobran entre tres y cinco millones de personas
a nuestro sistema productivo
y nuestro sistema productivo le sobra al mercado mundial.
Un buen adiestramiento, incluso uno mediano
puede hacer de cualquiera un asesino
profesionalmente eficiente
y ya no queda nadie que lo ignore.
Leviatán es idealista y hedónico, se muscula
en gimnasio, invierte en Bolsa, babea
su liturgia grasienta, su hierro de exterminio:
mientras que de momento el confort no disminuye
más que uno o dos grados sobre el nivel del mar
en las ensangrentadas capitales del Imperio.
Por debajo
de la superficie:
estás herida de muerte
y herida de la vida impredecible
mientras febrero
no acaba nunca.
2
La piel persiste intacta; mas bajo ella
el tajo es muy profundo.
¿Qué ojos, dedos, labios
escrutarán ese abismo de qué cuerpo?
Jorge Riechmann, Febrero interminable

En los estertores de la noche, algunos domingos fríos por la mañana, arrebujado entre las sábanas, en los tiempos muertos de los viajes en tren, voy quemando los ojos con novelas y poemas sin orden. Según caen en mis manos por mor de un capricho, una ilusión o una vaga expectativa. Al acabarlos, muchos pasan a los almacenes subterráneos, a las estanterías más plebeyas. Otros te dejan un fuerte sabor en la boca, como una guindilla, la imaginación oscilando como un péndulo. “El dios de las pequeñas cosas”, escrito por Arundhati Roy (1997), me exasperaba al principio. Un exceso de descripciones minuciosas. Saltos en el tiempo: más que sorprendentes, acrobáticos. Repeticiones alrededor de un mismo tótem, desvelado desde el principio. Fragmentos posmodernos. No había ya nada que esperar y, sin embargo, poco a poco me dejé envolver (los libros sustitutos, los libros como mantas, los libros como arquitectura). Siento una empatía tierna y empalagosa con quien disfruta presentándote el mundo como un conjunto de infinitos detalles fijados en la memoria de forma singular, con sus metáforas y combinaciones irrepetibles, con la coherencia dubitativa de quien no ha dejado de preguntarse por la coherencia de las cosas. La levedad del tiempo y el peso de la historia. Los sentimientos como duros surcos en la tierra y la sombra asesina de las jerarquías sociales. Aunque la necesidad literaria del crimen, del amor materno-filial o de las transgresiones sexuales de las convenciones sociales, no me dicen nada nuevo, esta novela parece más bien un sistema de venas, arterias y vasos comunicantes. Empresarios comunistas que dicen creer en la sociedad sin clases pero que no saben qué hacer con las castas de intocables, creyentes religiosas que transmutan su amor carnal por sacerdotes en odio hacia su propia sangre, niños ricos y privilegiados que también sufren las violencias de la cruda realidad, el repudio y el silencio. Es en Kerala, la India. La mejor guía de viajes. Una invocación a recrear los dioses de las pequeñas cosas que llevamos dentro, a no dejarse engullir por las pirañas del río ni por las corrientes traicioneras del monzón.

For you dear, I was born
For you I was raised up
For you I've lived and for you I will die
For you I am dying now
You were my mad little lover
In a world where everybody fucks everybody else over
You who are so far from me
Far from me
So far from me
Way across some cold neurotic sea
Far from me
I would talk to you of all matter of things
With a smile you would reply
Then the sun would leave your pretty face
And you'd retreat from the front of your eyes
I keep hearing that you're doing best
I hope your heart beats happy in your infant breast
You are so far from me
Far from me
Far from me
There is no knowledge but i know it
There's nothing to learn from that vacant voice
That sails to me across the line
From the ridiculous to the sublime
It's good to hear you're doing so well
But really can't you find somebody else that you can ring and tell
Did you ever
Care for me?
Were you ever
There for me?
So far from me
You told me you'd stick by me
Through the thick and through the thin
Those were your very words
My fair-weather friend
You were my brave-hearted lover
At the first taste of trouble went running back to mother
So far from me
Far from me
Suspended in your bleak and fishless sea
Far from me
Far from me
Nick Cave & The Bad Seeds, The Boatman's call

El viernes, ración doble en La Fábrica de Chocolate. Me sorprende la constante y variada programación de conciertos de este local vigués, enhorabuena. Hay unos cuantos más en la ciudad, pero en éste he recalado con cierta asiduidad en los últimos meses. Por el módico precio de cuatro euros tocaron dos grupos franceses: Buough! y Blindsight. No tengo ni idea de cómo clasificarlos. Los primeros tocaron sin pausa un único tema de casi tres cuartos de hora en una especie de punk psicodélico a machete, sólo con bajo, guitarra y batería, y letras ininteligibles. Los segundos practicaban una especie de punk-glam-rock que incitaba a un verdadero trance desarticulador de complejos. Tal vez sea más la simpatía con esas actitudes transgresoras que la delectación por melodías sólo ocasionalmente insinuadas, lo que me atrae de los conciertos filopunk. Después, no era extraño encontrar a aquellos jóvenes del público (mis años y los de algún otro marciano, seguramente, incrementarían ligeramente su edad media post-adolescente) por otros locales de la zona, como el Candela y O Koxo, con el telón de fondo de clásicos de los Ramones, La Polla Record o Kortatu.
Los dos días siguientes los dediqué a revisar la discografía completa de Nick Cave & the Bad Seeds -el trabajo solo, sin música, me resulta muy aburrido. Un amigo me la había pirateado recientemente, a petición, y ahí la tenía aparcada. Pero aquellos conciertos de principiantes me habían despertado el interés por ese más experimentado mago surrealista que ha ido evolucionando hasta parecer un auténtico oráculo de sensualidades. También el punk, el rock (algunos lo han adjetivado como gótico) y el glamour asoman irruptivamente en algunos de sus discos, pero las baladas misteriosas –algunas bien mórbidas- y toda una sugerente poética en las letras que alcanzo a entender, hacen que Cave rebose una suerte de vanguardismo bastante original e inclasificable. Así hasta que una canción de más de 14 minutos me deja estupefacto, ido, enamorado. Se titula “Babe, I’m on fire” y está incluida en la obra “Nocturama”, de 2003. Nada más que añadir. Sólo bailar, gritar, dejarse mecer.

When you dance, do your senses tingle?
Then take a chance?
In a trance, while the lonely mingle
with circumstance?
I've got something to tell you
you make it show.
Let me come over, I know you know
When you dance I can really love.
I can love, I can really love, I can really love
Like a mountain that's growing
a river that rolls.
Let me come over, I know you know
When you dance I can really love.
Neil Young, When You Dance I Can Really Love

¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.
Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.
Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.
Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.
Julio Cortázar, Los amantes

en Madrid, hace años, conocí a unos cuantos cortazarianos a quienes he perdido el rastro, era de esperar, ya nos reencontraremos en el momento más inesperado
en Radio-3 nos han embelesado a menudo con las pocas palabras grabadas de aquel ilusionista del lenguaje apasionado y perplejo,
en mi última trashumancia obelixar, otro cómplice recreador de sentidos, me prestó un disco donde resonaban frescos y atemporales los recitados del argentino

La vida es real y surrealista a la vez. Lo real y lo irreal están comunicados sutilmente. El sábado por la noche Monalissa Rarajazz revivieron en La Galería de Vigo. A Mónica de Nut, su cantante, la había conocido en una de las “repichokas” hace años. Enseguida compartimos discos de Maria João y Mário Laginha, esos dos eclécticos del jazz afro-portugués. Días antes, yo acababa de ver a la João junto a Joe Zawinul en Oporto y aún no me había recuperado del trance. El sábado, nada más leer en el periódico la agenda de conciertos de la noche, en el disco de mp3 que llevaba en el coche sonó, por mor de la función de reproducción aleatoria, una canción de Maria João. Mónica hacía las mismas piruetas guturales, todas las diosas se reproducen. Por la noche, al acabar el concierto descubrí a Manolo Pipas entre las sombras y a otro viejo amigo insumiso. Salió este blog a relucir, un ejemplar físico del “viaxe ao país das nubes”, nuestros pasados comunes y nuestros presentes tangentes. Mónica había dejado en el aire todos sus juegos de voz, sus boleros free-style y sus “few favourite things”. Aspiramos ese humo de diamantes hasta que el sueño nos devolvió a nuestras guaridas flotando sobre los mapas.

Las pocas veces
que he sido feliz
he tenido un profundo miedo
¿cómo iba a pagar la factura?
Sólo los insensatos
-o los no nacidos-
son felices sin temor.
Tú querías que el placer fuera una casa
y vivir eternamente en su morada.
Pero el placer era un cuarto de alquiler.
Tú querías que el placer fuera un castillo
con anchos muros como ancas de mujer.
Pero el placer era agua
no era piedra
iba y venía
se secaba
como los cauces de los ríos antiguos.
Se busca musa. Abstenerse flacas
resentidas travestidos y envidiosas.
Sueldo escaso
noches de amor intenso
y libros como hijos.
Cristina Peri Rossi. Estrategias del deseo

os muros da finca
do consejo indigena
recibenme co mural
da comunitaria radio guetza
pero eses micros estan pechados
pola pinche represion
seis meses despois
a emisora subiu as comunidades
e segue livre no seu rincon
lembro
os chiquitos versos
de ángel gonzález
na voz de pedro guerra
como llevaba trenza
la llamabamos trencita
como llevaba trensa
la llamabamos trensita
güero güero
así me chamaban os presos
dende detras das reixas
cando ia polos pasillos
a visitar a jose
os güeros
somos de pel clara
e sempre levamos cartos
na foto
todas estamos
mais ou menos como somos
ocupando o noso lugar
nese tempo nese espacio
entre tantas culturas
e mestizos movimentos
pero agora
ollando a estampa
penso nos corpos que faltan
e penso en ti que non saes
porque estas detras da camara
de pura arcilla os camiños
el color de la madre tierra
puros soños dos meniños
mil estrelas sobre o planton
mil petates mil cobijas
mil abertos corazons
Manolo Pipas, viaxe ao país das nubes

si algo aborrezco de las críticas literarias sobre poesía es que no citen poemas enteros, que el comentario se convierta en una letanía ornamental y vacía, que no emerja ni una huella de las subjetividades biográficas de quien escribe, de quien lee, y de sus relaciones, por muy virtuales que sean,
“viaxe ao país das nubes” (editorial Chilacayote, Vigo –supongo-, 2006) es más que un libro de poemas: un relato de viajes en verso y en imágenes sobre la experiencia de su autor colaborando con el CIPO (Consejo Indígena Popular de Oaxaca) y con La Otra Campaña que ha circulado por México animada por el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional),
Manolo Pipas es el autor, un nombre artístico que comenzó como un apodo debido a su afición por cultivar calabazas y llevar habitualmente sus frutos en el bolsillo, que siempre ha defendido hablar y escribir en gallego, y con quien he compartido muchas vivencias en el MOC (Movimiento de Objeción de Conciencia) desde que llegué a Vigo en 1993, y después en otros espacios comunes como aquellos recitales iniciáticos -para mí, al menos- (“a repichoka”) que acontecían tan clandestina y cómplicemente en A Cova dos Ratos,
una persona para mí, pues, entrañable,
en blanco y negro (a excepción de las ilustraciones coloridas y mágicas de Pedro, otro libertario en las mismas redes de afinidad y solidaridad) acompaña un buen puñado de fotografías tiernas y melancólicas que él mismo fue atesorando,
me sorprende de Manolo su progresiva aceptación de los aparatos fotográficos, telefónicos, informáticos, aerotransportadores, él que nunca se olvidaba de portar lápiz y papel, y de mostrarlos con el alarde del hombre primitivo que ha alcanzado las más altas cumbres de la trascendencia, me sorprende que haya llegado a mezclar ese castellano mexicano con su gallego de siempre, militante, con indigenismos crujientes como el maíz, deslumbrantes y enigmáticos, como si fuera uno de esos poetas de la época beat que tan lejos le quedan, me sorprende que siga reacio a las normas ortográficas, a la acentuación, insumiso a las letras mayúsculas y capitales, algunas veces,
y debo decir que me gustan las personas que me sorprenden, y que este libro de viajes o de poemas, o de poemas y de viajes, consigue hacerte, poco a poco, uña y carne con todas esas vidas que lo nutren
Suave como el peligro atravesaste un día
con tu mano imposible la frágil medianoche
y tu mano valía mi vida, y muchas vidas
y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.
Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida
porque eras suave como el peligro,
como el peligro de vivir de nuevo.
Vosotros, todos vosotros, toda
esa carne que en la calle
se apila, sois
para mí alimento,
todos esos ojos
cubiertos de legañas, como de quien no acaba
jamás de despertar, como
mirando sin ver o bien sólo por sed
de la absurda sanción de otra mirada,
todos vosotros
sois para mí alimento, y el espanto
profundo de tener como espejo
único esos ojos de vidrio, esa niebla
en que se cruzan los muertos, ese
es el precio que pago por mis alimentos.
Digo yo si este espejo vale para que tú seas
frente a mi imagen arruinada, si este espejo
vale para los dos y si este cuerpo
canta en tu sexo y brilla
algo la cúpula bajo la cúpula del techo,
digo yo si tú quieres que mi vida sea,
ahora que mi alma se quiebra entre los dos,
como por un abrazo.
Te ofrezco en mi mano
los sauces que no he visto.
Leopoldo María Panero, Last River Together
El día anterior había visto “Bombón, el perro”, una película tierna y emocionante de Carlos Sorín, con actores no profesionales. Gente con muchas historias que contar, un director que les da palabras e historias, historias que necesitan personas para enriquecer nuestras vidas. Pero, sobre todo, poesía: un ritmo, unos gestos, unos trazos de color que abren en flor nuestros sentidos. Y parecía una película. Volví a la vida prosaica. Carretera, metro, un avión a una ciudad donde nunca he estado, otro avión a una ciudad más al norte, más trenes, frío polar. Los momentos perfectos para leer y dormir a plazos, sin acabar nunca de descansar. Escogí “Piazza d’Italia”, de Antonio Tabucci. Uno de esos libros viejos que nunca pasan de moda porque, tal vez, nunca lo estuvieron. Y volvió la poesía envuelta en guerras espeluznantes en las que siempre mueren los pobres, en rebeldes que dejan huellas y también llenan los cementerios, en dramas que parecen mágicos e inexplicables cuando la cosecha y la primavera han sido fructíferas. Las metáforas y símiles que usa Tabucci son deslumbrantes y simples, como si las hubiéramos pensado ya alguna vez en nuestra vida. Los saltos en el tiempo son juguetones como nuestra memoria, como los cachorros que se mordisquean. La Historia, con mayúsculas, es envuelta en historias de esperanzas y perdedores, en poesía. Y parecía una novela. En fin, ya he tomado la ración semanal que me exige mi dieta, en cualquier latitud del mundo. A ver qué sorpresas me reserva para el viaje de vuelta ese libro de Panero que parece poesía.
Alabados sean los pies del viajero
La huella sonora que persigo yo
Que se aleja y vuelve en alas del viento
Pájaro del ánima del pensador
A la media luna giró la fortuna
A la noche entera que el viento cambió
Y asoma la luz por la décima espera
Y besa la nube rosal trepador
Ay de mí morena que soy un espectro
Somos renegados, cautivos los dos
Y aprueba la luna su filo en el cielo
Oscura cadena, dorado eslabón
A la media luna giró la fortuna
A la noche entera que el viento cambió
Y asoma la luz por la décima espera
Y besa la nube rosal trepador
Bajo la muralla de Palma del Río
Hermosa cautiva me diste tu amor
Y soñamos hijos psicodélicos
Plaza de los tópicos utópicos
Peleando con los tiempos críticos
Ebrios del aroma de la eterna flor
A la media luna giró la fortuna
A la noche entera que el viento cambió
Y asoma la luz por la décima espera
Y besa la nube rosal trepador
Juan Perro
Ten cuidado, si te descuidas caes en manos de él
Poderoso es el pasado, para perderse en él
Bien lo sabe el vendedor de nostalgia
Pasa del vendedor de nostalgia
Sé forjador de sueños vivos
Mirando atrás, mirando al frente
Pisando en el presente, firmemente
Mirando atrás, mirando al frente
Pasando de uno a otro, sin quedarte
Ten cuidado, siempre caro es su precio
Pues te revende tus recuerdos a precio de futuro
Pinta sueños muertos el vendedor de nostalgia
Pasa del vendedor de nostalgia
Sé forjador de sueños vivos
Mirando atrás, mirando al frente
Pisando en el presente, firmemente
Mirando atrás, mirando al frente
Pasando de uno a otro, sin quedarte
El futuro es un veneno
Si no tienes el antídoto del pasado
El pasado es un veneno
Si no vives el presente
Mirando atrás, mirando al frente
Mirando atrás, mirando al frente
Pisando en el presente, firmemente
Potato

Siempre es difícil encontrar libros de poesía que merezcan la pena. Escuchando el programa de Radio 3 “La estación azul” escuché a José María Micó recitar algunos de sus poemas en su último libro, “La sangre de los fósiles” (editorial Tusquets, 2005), y me gustó su lenguaje prosaico, aforístico y circunspecto. El libro, al final, no me ha entusiasmado del todo ni me parece redondo, pero son recomendables algunos extractos.
oigo el mercado,
toco un cuerpo joven,
percibo mi propia juventud,
la que fue y ya no es,
la que estuvo y no está,
paseo sobre cáscaras de frutos,
entre los gases de los coches,
y veo y huelo y gusto y toco y oigo
sólo lo que está fuera de las cosas.
El fruto es siempre ausencia,
placer vaciado.
yo soy.
Tú eres.
Él es.
Nosotros somos.
Ellos son.
Pero si me creéis, allá vosotros.
el olor del jazmín es casi tacto.
algunas noches
las mujeres se suben
a la cabeza.
En la taberna,
el mundo vocifera,
tú me sonríes.
Esa sonrisa
es una de las formas
de la esperanza.
Es el instante,
y no un vodka con hielo,
lo que ahora apuro.
Cualquier esquina
en que bese tus pechos
será mi casa.
Si te desnudas
verás desanudarse
todas mis dudas.
No nos miremos.
Es hora de tocarse
sin miramientos.
Estamos solos,
y encima de esta cama
sobran los versos.

aunque la selección de poemas del libro de Storner es nutrida (Adrienne Rich, Ezra Pound, Jorge Luis Borges, Wallace Stevens, W.H. Auden, etc.), aquí transcribo sólo uno más de los sugerentes hallazgos en esa caja de alegorías espaciales: The Tunnel (de Mark Strand), e invito, de nuevo, a que alguien proponga una traducción para los no anglo-parlantes,
A man has been standing
in front of my house
for days. I peek at him
from the living room
window and at night,
unable to sleep,
I shine my flashlight
down to the lawn.
He is always here.
After a while
I open the front door
just a crack and order
him out of my yard.
He narrows his eyes
and moans. I slam
the door and dash back
to the kitchen, then up
to the bedroom, then down.
I weep like a schoolgirl
and make obscene gestures
through the window. I
write large suicide notes
and place them so he
can read them easily.
I destroy the living
room furniture to prove
I own nothing of value.
When he seems unmoved
I decide to dig a tunnel
to a neighbouring yard.
I seal the basement off
from the upstairs with
a brick wall. I dig hard
and in no time the tunnel
is done. Leaving my pick
and shovel below,
I come out in front of a house
and stand there too tired to
move or even speak, hoping
someone will help me.
I feel I’m being watched
and sometimes I hear
a man’s voice,
but nothing is done
and I have been waiting for days.

¿qué buscamos obsesivamente en los libros? ¿de qué huimos? ¿por qué no somos capaces de ir sin un libro debajo del brazo, en la mochila, en el pensamiento? ¿por qué cuando llegamos a un nuevo lugar nos ponemos enseguida a husmear en cualquier tienda o en cualquier rincón donde pueda haber novedades para nuestra sed de palabras?
cuanto más leemos en internet, menos imprescindibles parecen los libros como fuente de conocimiento manejable, con nuestras manos y vista, nada más; pero todavía siguen poseyendo una fuerza atractora: una especie de fetichismo, un estímulo provocándonos diálogos infinitos y, a veces, solipsistas, pero casi siempre en el más absoluto de los mutismos, hasta que los compartimos con alguien más,
en Pekín no es fácil seguir con el vicio, pero tampoco es imposible: desconociendo el idioma chino, sólo queda la opción del inglés y aunque libros en este idioma se encuentran por todo el mundo, su precio aquí es desorbitado, así que para los paseos por los parques y para matar las horas muertas, tan sólo me he provisto (en una librería de Dashanzi, el barrio fantasma de vanguardistas galerías de arte incrustadas en viejas fábricas) de una antología titulada “Poems for Architects” que ha editado con toda delicadeza y esmero Jill Storner,
invito a quien se quiera animar, a sugerir una traducción para una de las muchas piezas inquietantes y hermosas que contiene: One Art (de Elizabeth Bishop)
The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.
Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn’t hard to master.
Then practice losing farther, losing faster:
places, and names and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.
I lost my mother’s watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn’t hard to master.
I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent
I miss them, but it wasn’t disaster.
-Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look (Write it!) like disaster.
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/