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ateo poeta

 

Arañas de espalda roja

y de cola blanca.

 

Serpientes con mandíbulas

venenosas.

 

El océano oscuro muriendo

en la espuma.

 

Albergo pocas ilusiones.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

 

¿Cuánto pesa el amor?

¿Son sus raíces aéreas o acuáticas?

¿Es una fruta madura o un mecanismo

a lubricar?

 

¿Lo merecen más la flora y ciertos

animales domésticos?

 

¿Qué se ocultan del mismo

el común de los mortales?

¿Es acaso un espíritu de época?

 

¿Sobreviviré a su carencia?

¿Con qué estado de ánimo cerco

su materialidad?

 

¿Reconoceré esa melodía después

de la próxima interrupción?

 

¿Conviene mejor tratarlo a modo

de hipótesis figurativa?

¿Quién lo pronuncia en vano?

 

¿Por qué se enfanga tan a menudo?

 

¿Soy algo más que una isla herida?

¿Qué doy para abatir lo inexpugnable?

 

¿Qué proporción le atribuyo

al cuerpo presente?

 

¿Extraigo consecuencias de cada

derrota?

¿A qué plato agridulce se asemeja

el amor?

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

Mi lengua habla sola y en sueños.

 

En todos los continentes que he visitado

olfateo un humo insignificante.

 

Cuando se me rompen los nudillos

me pregunto contra qué sigo

golpeando.

 

Vuelta a la posición de arranque. Lunes,

domingo, arenas movedizas.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

Clarividencia. Cumbre. Bifurcación.

Ojalá. Reconstruir la deriva

del ahora.

 

Tejidos. Cómo cicatriza y se relega

su primacía. Marca del daño.

 

A sopesar. Frutos.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

Porque la ficción puede adormecer.

 

Y la cruda realidad duele hasta

lo inimaginable.

 

Escribir. Solo escribir. Solo dialéctica.

Apelo a lo que deviene

y se recrea.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

Mis musas

son de carne y hueso.

 

Me visitan si cocino para ellas

hasta la saciedad.

 

Son golosas. Van a su aire.

 

Desnudan mis artificios

y torpezas. Aletean. Cumplen

su misión.

 

El amor, insisten, es perecedero.

 

Debería acostumbrarme

a la intemperie.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

 

Desagües de la luz. Filtración.

Apenas transito a una nueva

incertidumbre.

 

Auspiciar los módulos, las escalas.

Prevenir lo que fragmenta

la levedad.

 

Volumen de contradicciones.

 

Asir tu mano. Torso. Aire.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

Desde el subsuelo al infinito.

 

Nuestras alas ceden a la tentación

de aplacar las heridas.

 

Lentitud. Huesos. Articulaciones. A favor

de las corrientes.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

El deshielo. La rehidratación.

 

Volvernos a encontrar. Como dos

auténticos extraños.

 

¿Cuántos siglos por delante

para el lazo, el sosiego? Salvar

la distancia de esa plétora

de lugares comunes.

 

 

 Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

Me concierne. Redundancia.

El ojo que nada.

 

El imposible mecanismo desprovisto

de eternidad.

 

Acercarme a ti.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

 

Por muchas capas de cebolla

que lo cubran,

permanece su sensibilidad al frío,

su núcleo vulnerable.

 

Exposición. Baños de luz solar. Erotismo.

 

Mi poesía subterránea apenas

le ayuda a recordar.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

El avión se sumerge en la nube. Perdemos visibilidad. Las turbulencias golpean el casco exterior y se perciben dentro del fuselaje. (El límite del aislamiento de esta cápsula.) Estoy tranquilo. Solo un leve mareo. ¿Para qué tantas molestias? Aquí, a tantos miles de pies de elevación. Hacer y deshacer la mochila, comprar billetes, confirmar la identidad, el control policial. La vida puede ser más sencilla, seguro.

 

¿Cuál es el motivo cada vez? ¿Es posible disfrutar del trayecto si te ataca el sueño, la inquietud, las distracciones? Hay dos niñas gemelas celebrando su fiesta. Conocer el mundo. Esa imposible ambición.

 

La mecánica de las alas. (Soberbias alas siempre desplegadas.) Los motores poderosos. El tren de aterrizaje. Los neumáticos. Pueden fallar, sí, pero ocurre en pocas ocasiones. Ya no me causan aquel pavor infantil. Miro con insistencia cómo se flexionan los alerones y pienso también en cuáles serían las últimas palabras de quienes sufrieron accidentes aéreos y en el enorme salto histórico de estos ingenios que nos suspenden en la atmósfera, que nos precipitan al vacío. (Obras de arte, por qué no. El futuro ya está aquí. Y no es la felicidad, precisamente.) ¿Qué pensarán ahora mismo los pilotos y cada miembro del cuerpo de azafatas? ¿En qué idioma?

 

Aún estoy insomne. Desconozco el poema que advenirá hoy. (Devenir, invocar, insinuarse.) Se han secado las gotas de agua en la ventanilla y sobrevolamos islotes. Islas unidas por lo que las separa o por erupciones naturales, lenguas de tierra, o mediante puentes y barcos. El sudeste asiático. La lentitud desde aquí arriba. Una pura ilusión óptica. Un exceso de movilidad consigue que desparezca el suelo bajo tus pies. Ahora. ¿Quién soy sin suelo? ¿Cómo he llegado tan lejos? ¿Qué haré en el lugar de destino? ¿Es esta una buena forma de envejecer o, simplemente, de seguir viviendo? ¿Marca el amor un precio demasiado alto?

 

Continúo con la lectura en inglés. Es sobre espacios y políticas. Me la aplico como una crema de manos: ¿Qué puede excitar mi reflexión y la rebeldía? ¿Dónde? Huir de los desiertos. Pero buscar refugios. También. Apacibles. Bellos y desbordantes de belleza, trance, tensiones. La permanencia no es menos agotadora.

 

Los cuestionarios de inmigración, el visado, que el pasaporte no expire antes de seis meses. De un azul intenso, estival. Abajo. Punteado por manchas blancas. Condensación. Metáfora. El océano.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

¿Y si no consiste más que

en tejer, poco a poco, nociones

significativas?

 

O, con más modestia, en abonar

el terreno donde el amor pueda

ser fértil.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

Aún no he embarcado y ya percibo

la inestabilidad. Fluidez. Turbulencias.

 

Llamas a mi cubículo. Qué mecanismos

obligan a mis órganos. Emprendo

el ejercicio de traducción.

 

Extraer de mí. Descentrar.

Brazadas rítmicas.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

El vigor del mundo más que permanecer

afuera: su intersección consumando

la llama, la inercia, el desequilibrio

que no cesa de germinar.

 

No soy ajeno. Núcleo. Observador

cónico. Dos tercios me atraviesan,

otro se queda en mí.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

Me sostienes. Catapultas. Amor es predecir.

Brecha. Fronteras de la identidad. Que el cuerpo

se desprenda de sus palabras, lastres.

Hendir, curar.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 



Mastico la luz que emite tu piel

elocuente y rosada. Colofón ebrio

del domingo.

 

Debemos dar y desprendernos. Dar lo valioso,

arrojar lo que petrifica. O así o el confinamiento

me asfixiará con su almohada.

 

¿Cómo resiste lo frágil sino con el cuerpo tenaz,

desvelando, en giro?

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

A ti, ya ajado y caído de todos los cielos:

mi líquido no te levantará.

 

La doctrina incubada en el dolor de la sombra

apenas se vierte.

Polinización, espesura, quiénes empuñarán

el mástil.

 

Anuncio un pretérito de vendajes

y operaciones para mantener a flote

los huérfanos.

 

Sé mi complicidad. Barrunto

que un arder de esencias se desvive.

 

Habla tu número en carne, huella.

 

En el presente laberinto se alza

el humo del pasado.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 

 

 

El desconcierto produce esta música.

 

Formas de amanecer, trayectos por el aire,

soledad.

 

No armonía. Solo templanza, vericuetos,

dispersión.

 

 

Fotografía: Chema Madoz

 

 

 


 

Has dado la batalla. El mundo ahí fuera

no es un jardín de rosas o por qué

primero, siempre, las espinas.

 

Si te admiro es porque no has malgastado

ni una bala de ternura.

 

 

Fotografía: Chema Madoz