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ateo poeta

 

Las disyuntivas perecen

o se ramifican más

en virtud del gesto

de aproximación.

 

Restituir la memoria

sombría que nada universal

justifica.

 

Amar a un elefante.

Que las hierbas sagradas

depositen su enunciado.

Duermen los niños

con su mochila de lobos

a los pies desnudos

de la efigie.

 

Quiero habitar

un bosque tallado

de inmanencias, un cuerpo

tácito que absorbe.

 

 

Ilustración: Robert Kipniss

 

 

 

 

El sujeto sospechoso,

el individuo acérrimo,

el ser concreto:

 

Infatigables

al llevar su música

a otra parte.

 

Desdeñan los aeroplanos

y los cinturones de seguridad.

 

No hay exactitud

que les complazca. Por ello,

apenas escatiman

a la hora de la contemplación

o por un bocado

de infinito.

 

 

Ilustración: Robert Kipniss

 

 

 

En esa geometría de esperanzas

volátiles lo que persiste

es un fuego de noche,

altura, rumor.

 

Me indicas los puntos donde

la luz se hace cuerpo. Y qué otra

premonición podríamos ser

en el remolino.

 

Continuidad y ruptura. Abatido

por el humo inercial

cuando devasta. Esquejes

en tus manos insinúan

lo fértil y sensible.

 

 

Ilustración: Nicole Eisenman

 

 

 

 

 

Que las nubes erosionen

los acantilados y la arena

se vuelva domingo.

 

En primera persona de plural

hallo el envés

de la cicatriz.

 

 

Ilustración: Nicole Eisenman

 

 

 

 

El hueso de la vida:

¿cómo roerlo?

 

La mora y la zarza

que celebran

el tiempo maduro.

 

¿Quién entregará

su dibujo inocente?

 

¿Quién lee

un gesto solícito?

 

Echar anclas.

 

Teñir. Solo interpreto

la dirección.

 

 

Ilustración: Nicole Eisenman

 

 

 

Mis maestros, mis hermanos

de espíritu, mis amantes

siempre elogiaron

los intersticios.

 

Y mi mente se aceleraba

cual torbellino

ebrio de tanta verdad.

 

La pausa, lo impredecible,

lo que sucede mientras y durante,

el hueco que nos da la luz

mínima, la respiración.

 

Amar el ahora como a un sueño.

Que resurja lo insólito

de lo invernal.

 

Memoria, fermento, bosque,

hospedaje.

 

 

Ilustración: Nicole Eisenman

 

 

 

 

He visto la ternura.

La palabra ternura inscrita

en la incapacidad de decir.

 

En el cuerpo doblegado,

en la resignación al trance

de la pérdida.

 

Ternura en éxtasis

porque siempre hay

un escenario peor, una estrella

muerta, un envés de lija,

hielo.

 

Lamerse, olfatearse, domésticos

sin importar el número

que juzga. La he visto

y ansiado antes de la cierta

debacle.

 

 

Ilustración: Nicole Eisenman

 

 

 

 

 

 

Me aplico algodones tibios

en el párpado. No quiero ver.

Quiero ver.

 

Membrana que separa y une

los ángulos del dolor.

 

Hidratar, que emerjan aquí,

estoy dispuesto a enfocarlo

de otra manera.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

La conversación genuina ocurre

si me desdoblo y repliego y le doy

la justa voz

a la continuidad.

 

Es a la búsqueda

de ese lúcido eclipse,

fondo subalterno donde hablamos

sin el lastre de la pregunta

a cada respuesta.

 

Reconocer la anestesia, el óxido,

lo erradicado.

 

Qué escasez monstruosa

en la simetría

y aclamar una próspera

cosecha.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

 

¿Cómo hablar sin prótesis

ni amortiguaciones?

 

De forma que la brisa

y el agua templada en el rostro

imitaran mis palabras.

 

Cuarzos, aristas, ramaje.

Arañar la locución superflua

hasta la crudo.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

Súbditos de la atmósfera a las ocho

de la mañana.

 

Porque encierra un secreto.

 

Si no, sería inútil besar

lo púrpura. El aguijón

extemporáneo, la férrea luz.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

Hoy no voy a trabajar

porque los caballos en el cielo

relinchan y la numerología

de las almas destila un dulce

licor de alambique.

 

Voy a robarle a un ladrón

de guante blanco ajeno a la ley

de las armonías celestiales,

cruel con su sonrisa fúnebre

en lecho carbonizado.

 

Subjetividad, nutrir, grado

cero del placer onírico.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

Persistir en el umbral y en el deseo

gracias al cual florece la noche.

 

Tomar partido y que la escisión

heredada no maquille

la memoria del futuro.

 

Me brindas tu piel, la luz,

la incógnita.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

La esencia del desierto y de la nieve

y del océano -cuánto dejarían

que desear, si acaso.

 

Contigo, en tu mañana,

mientras disputas el terreno

a los abismos y un pasado

se prodiga en ti.

 

Solo me arrebatan las condiciones,

saber cómo nace otra posibilidad

de cuerpo y naturaleza.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

El desierto que se extiende y abarca,

alrededor, adentro.

 

Ni siquiera un conjunto informe

de silencio, arena, acumulación.

 

Adquiere una apariencia de vacío

estéril. Condiciones áridas

del subsistir. Simulacros

de felicidad.

 

Lo reconoces por estar en la grieta.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

 

 

Esta noche he pensado

trescientas veces tu nombre.

 

La bahía encrespada por el vendaval.

Los edificios luminosos

cayendo en picado

sobre la ausencia.

 

Ya no me hago ilusiones.

Solo el afecto ahora

puede humedecer mis ojos.

 

Si no estuvieras en las antípodas

hoy celebraríamos

el aniversario.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

Solo podemos cultivar

después de la irrupción.

 

Anticiparse

es papel mojado.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

Sin menoscabo de la satisfacción

que proporcionan las simetrías.

 

En los pliegues, en cuclillas,

bajo los párpados: torsiones

y lo indomable.

 

Este mundo ofrece escasa

racionalidad.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

Mi rosa no era mía. Es mejor así.

 

Lo que pensaba antes de derrochar

todo su fulgor.

 

Más fiel a su ciclo y pulsaciones

que a mi concepto de belleza.

 

El amor solo se cultiva más tarde.

 

Distingo aún su mensaje incoloro.

Después de muerta.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

La amistad de la rosa desprendida

y convaleciente.

 

El tiempo es limitado. Mis raíces

también se fracturan.

 

Huimos de la domesticación.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki