Cada palabra que no digo
te cede el turno.
Nadie completa a nadie.
Somos los vástagos de las dunas.
Fotografía: Masao Yamamoto
Cada palabra que no digo
te cede el turno.
Nadie completa a nadie.
Somos los vástagos de las dunas.
Fotografía: Masao Yamamoto
Degollan. Linchamientos. Ejecuciones
sumarias. Vendar la mirada a la raíz
y al seno donde la canción primera.
Renacen las cuerdas vocales
sin el estigma, pero cómo sostener
su poder curativo.
Fotografía: Masao Yamamoto
Habito en la sombra de los desplazados:
los privados de continuidad.
Los oigo hablar desde lejos,
al acostarme entre sus sábanas.
Un murmullo inconfundible. No es
tráfico ni hedor a muerte. Cada
amanecer es una lucha.
Fotografía: Sarah Moon
¿Somos mejores que la inercia
del péndulo? Guerra y paz
de las verdades mutiladas.
Ojo por diente.
Por eso la hibernación y el delfín.
La diáspora. El sufragio
de los cuerpos con otro tipo de alma.
Fotografía: Maso Yamamoto
En trance de germinar, fiel
al punto de apoyo, encarnación
del movimiento que se opone
a la escasez.
Y dilucidas con maestría
los confines de cada juego.
Fotografía: Masao Yamamoto
En la primera línea, la conclusión.
Qué desaliento. A qué charca irán a beber
los zorzales. Los veranos y las encinas
pertenecen a los niños. Es absurdo determinar
lo único del alba y del horizonte.
Desconocemos las premisas
y los silogismos marcados a hierro.
Fotografía: Masao Yamamoto
Nadar en la superficie
puede ser penoso. La inmersión,
mortal, si excesiva. Los dioses
sólo vuelan hasta que el sol carboniza
sus alas.
Lo que nos es dado: un estrecho margen
de esfuerzos alternativos.
Suceder mientras el amor
toma sus decisiones.
Fotografía: Masao Yamamoto
Nombrar. Con lentitud, como aprendiendo
cada vez el sustrato. Con parsimonia,
incluso, aunque sea exasperante.
Y darle un giro de peonza intencionado
que aúne sus matices. Hasta que se rinda
la velocidad.
Fotografía: Masao Yamamoto
En caliente, en el momento del rasguño
ni siquiera percibes que ha ocurrido.
Eres un vector de la lucha. Saliva
de la estrategia, carne erizada.
Un sacrificio por el bienestar
del océano.
Ya en el silencio, el dolor visible
y qué animal se acercará a lamer
la herida.
Fotografía: Masao Yamamoto
Los cuerpos despiden fuego y nostalgia.
A más de lo primero, más de lo último.
Es la ley de la combustión. Sucinta.
Inapelable.
Memoria o reflejo del abismo celeste.
Al lapso que nos ocupa a menudo
lo acompaña una cierta hipnosis
musical.
Fotografía: Masao Yamamoto
No me escondía por afán de erigir
un monumento a lo clandestino.
Escuchar los axiomas, si los hubiera.
La voz secreta: si mía. Ver el punto
de fractura de la rama.
Menos que un antojo, vocación.
Para dar a luz los residuos
del metabolismo.
Fotografía: Masao Yamamoto
Las ausencias perfilan una sonrisa.
¿Por qué nos obligamos a lo urgente?
¿Qué entrañan? Al cabo de periplos
o meses regresas de esa nada y quién
sabe lo que ha proliferado.
Fotografía: Masao Yamamoto
Está lejos del alcance de la mano
el ave de la comprensión única,
esclarecida, la del ojo que enfoca
sin trastorno. Porque los rizos del vuelo,
la edad a cuentagotas, las ligeras
y esenciales mutaciones.
No debo interferir ni dañar.
Al contrario: alinearme
con quien rejuvenece
la dulzura y la espiga.
Que antes de la próxima lluvia
se reseque el rencor.
Fotografía: Masao Yamamoto
El método de conseguir que lo inolvidable
perdure unos segundos más. Nuestras quimeras
son limitadas, al menos en comparación
con las fuerzas hiperrealistas.
Leer tus labios. Expandiéndose.
Una luminosidad que apaga las vanidades.
Fotografía: Masao Yamamoto
No se precisan soberbios ingredientes
para la dieta espiritual o para expedir
el certificado de salvoconducto.
Basta con dar rienda suelta
a la generosa sedimentación tras
la película de hielo o entumecida
en el revés de las costuras.
Fotografía: Masao Yamamoto
¿Cómo desbrozar el camino tortuoso
si cae simultáneo el aguacero y acucia
el silbido que vence a la serenidad?
Si el espesor de la nieve nos rebasara,
el blancor no nos otorgaría un propósito
más limpio.
Fotografía: Masao Yamamoto
Todos los pensamientos geniales
que afloraron durante el día
eran incluso más breves
que esta lápida.
Descansen en paz.
The Second Tower of Babel. Butoh in the Kowloon Walled City (Hong Kong, 2014)
Es de noche y el recinto teatral
está aún en mayor penumbra
pero tus manos arañan la luz.
No has cambiado desde que nos vimos
en Tokyo, sólo tienes más largo el pelo
y la furia de tu corazón ensordece
a un público desconcertado.
Nos vapuleáis las esperanzas dóciles,
un hombre con el torso desnudo
canta conmigo los números en español
y juega a piedra, papel o tijera.
Yo no soy sino un espectro.
Nadie vivió con dulzura aquella ciudad
sin ley o con la ley del más fuerte.
Pero subimos a ver la noche y morir
por aquellos que murieron y las madres
en sus cocinas nos observan y no dan
crédito a estas muertes de pacotilla.
Nadie subvenciona su lucha
porque el arte es el más allá.
Vestías de rojo, con tutú y corset,
en recuerdo de aquellas prostitutas
lo cual no es nada romántico.
Y mi boca temblaba de ausencia.
Diez pisos de escaleras de servicio
en una torre industrial y volver
a la calle impregnados de cuerpo,
de tráfico, de hormigas sin futuro.
Llovían chuzos la primera tarde
y ahora me informas de la nuez
que preña lo oscuro.
Toda esa juventud sangra en mí.
Llega septiembre
y me digo que es el momento
de empezar una nueva etapa.
No es la primera vez
que sucede.
Ya debería estar acostumbrado
a estas salidas de tono.
Porque, a continuación,
siempre surge la duda:
¿dónde estarán las piezas
de esos malditos
cimientos?
Regalar un bolígrafo
a quien todavía le convence
una hoja de papel,
un reloj a quien suspira
por la escasez
del tiempo libre,
una cartera donde guardar
lo que hay, más o menos,
sin desperdigarse
por el bolsillo,
una pulsera o un collar,
lo que conserve
la adherencia al cuerpo,
lo que suelas usar
cada día como la taza
o el cepillo de dientes.
Esas nada sutiles
maneras de obligarme
a que te recuerde
aunque haya acontecido
una eternidad
desde entonces.