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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Otro día amargo y ritual

y, sin embargo, sabes

que no es el fin del mundo

porque el azar juega sus cartas

y te obsequia a cada paso

con la contemplación

y la lascivia y con los cuerpos

más sublimes que habitan

esta unidad cualquiera

de cosmos a la deriva.

 

 

Fotografía: Amilcar Moretti

 

 

 

Las relaciones muy

estrechas

tendían a hacerme daño

en los pies.

 

Para contrarrestar

optaba por el calzado

con uno o dos números

más de holgura,

lo cual generaba

otra suerte

de incidencias:

 

tropezones,

extravíos

y una anómala

desproporción.

 

Y si acaso me arrepentía,

ya estaba todo el género

liquidado

y era mi destino

deambular

a falta de prendas de vestir

menos defectuosas.

 

 

Ilustración: Violeta Camarasa

 

 

 

 

 

Tú optas

por la fidelidad,

el amor exclusivo

y dormir siempre

con la misma almohada.

 

Esa medicina a mí

suele provocarme

numerosos efectos

secundarios.

 

 

Ilustración: Malika Favre

 

 

 

No pretendo ser soez

ni adoptar pose de bohemio

pasado de rosca.

 

Sólo me hago eco

de la noticia:

se folla mejor

si se está enamorado.

No más, que conste.

Ni por un período indefinido.

 

Pero seguro que sí,

algo me suena.

Hace ya mucho tiempo

de aquellos accidentes

milagrosos.

 

 

Ilustración: Keith P. Rein

 

 

 

Supongo que ya te has quitado

de ese vicio de leer mis poemas

como quien mira la hora

o consulta el pronóstico

del tiempo.

 

Ironías del destino.

 

Cuando ya no les prestas

maldita atención

es cuando mejor calibro

sus engranajes

para recordar

tus grandes dotes

de ilusionista.

 

 

Ilustración: Alexa Meade

 

 

 

 

Por debajo del maquillaje

no somos más reales

ni mejores.

 

O eso estiman

quienes no cesan

de ponerse una capa

sobre otra.

 

Por muchos afeites que usemos

para cubrirnos

o por mucha desnudez

natural que exhibamos,

lo que más nos atrae

siempre salta

a la otra orilla.

 

 

Ilustración: Alexa Meade

 

 

 

 

Salimos a caminar por la montaña

y comprendimos que éramos

nosotros el objeto del safari.

Las aves rapaces regulaban

el tráfico desde el aire

por si acaso debían intervenir

los servicios de asistencia forense.

La autoridades productivas

de los hormigueros emitieron

su declaración de guerra

frente a las huestes de excursionistas.

Desde su ocioso y abundante paraíso,

y con no poca mofa, los macacos

aceptaban las dádivas y chucherías

en todo un gesto de compasión.

La asamblea de rumiantes encargada

de predecir los cambios climáticos

no alteró sus hocicos al paso

de las almas en pena.

Una serpiente bambú

espantó rauda a los compradores

ansiosos de parajes naturales.

Los controles de aduanas

a lo largo del trayecto

caían bajo la competencia

de insaciables arañas peludas.

Cuando los mochuelos tocaron

el silbato dando orden

de dispersarse, corrimos a las guaridas

donde nos estabulan

con nocturnidad.

Se han agotado ya todas las localidades

para que las manadas del bosque

vuelvan a aplaudirnos

desde las cunetas

en los días festivos.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Limpio la casa

no porque sea sábado

sino porque anhelo

que llegues en volandas,

que te deslices hasta aquí,

con tu pétalo y tu domingo,

a tomar el baño y extraer

el oro, a decir en voz

a tu medida lo intangible,

el rescoldo, la ráfaga

invitando a despertar.

 

Y si no vienes o ni siquiera

existes, por lo menos

ha quedado la tarea concluida.

 

 

 

 

Y solo queda la memoria

de sus manos poderosas

como alas, el infinito tejer

de sus manos en un vacío

que nunca más, el incendio

de las aguas en que me sumergía.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Enamorarse de una alumna

es un error garrafal.

 

Ante todo, porque casi nunca

va a ninguna parte.

 

Y dejando al margen consideraciones

de índole moral que no suelen revestir

mayor interés,

 

lo peor son las secuelas que deja

muchos años más tarde, cuando

ella todavía te sonríe y te manda

ambiguas cartas de amor.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

Hace tiempo que no arrecia

una huelga, ni desfilan las uvas

por tu boca de nubes.

¿O es que, acaso, has planeado

una función astronómica

en recuerdo de la marea

que fuimos?

En pos de la migración

que auguran las letras caninas,

sucumbiré a la paz exprimida

por la madrugada.

 

Surgías de un trance.

El oscuro relato ganaba

adeptos y una aureola púrpura.

Tu cuerpo dictó un plebiscito

y vuelve a ser urgente trazar

los contornos del mapa

deshilachado.

 

 

 

En realidad, todo esto

del arte tan solo es

otra máscara

para cubrir

lo que de verdad

necesito,

el niño que

persiste,

el hombre

que aún no,

la muerte

que nunca.

 

Es la última

y la mejor

adherida.

La más difícil

de arrancar

pues se confunde

con la propia

piel.

 

Tampoco

se caen solas

las máscaras

que la anteceden.

 

 

Ilustración: Guillermo Martín Bermejo

 

 

 

Otra poética

es posible.

 

 

Ilustración: poema de Ape Rotoma

 

 

 

Escribo porque

estoy solo

y tengo tiempo

para decir

mis reflexiones

y evitar

que se las lleve

la corriente.

 

Escribo porque

estoy harto

de muchas cosas

y porque intuyo

que es un buen

antídoto

cada día

la búsqueda

de la belleza

o la ilusión

de tratarla

como amiga

íntima.

 

Escribo porque

tú existes

y sospecho

que nunca

nos conoceremos

más allá

de los cuatro

tópicos

en que se suele

caer.

 

 

Ilustración: poema de Rodrigo Garrido

 

 

 

Me fastidian

las reglas del juego.

 

Me fastidia,

en particular,

cómo persisten ellas

y las ignoramos

el resto.

 

Me fastidian, tanto o más,

las reglas usadas

para definir

las reglas del juego.

 

Esa secreta

metafísica

en segundo plano.

 

Y me fastidian,

en primera instancia,

los intereses pequeños

y avaros

de quienes juegan

a ponernos

las reglas.

 

En este punto

siempre surge

una bifurcación:

librarnos de ellas

o jugar a otra cosa.

 

 

Ilustración: Violeta Camarasa

 

 

Los insólitos peces gato

(Claudia Sainte-Luce, México, 2011)

 

 

La compañía aérea censura

las imágenes que atentan

contra su religión, aunque puedo

seguir el argumento.

Tampoco es una película erótica

ni banal, ni de violencia a raudales

como las que ve de corrido

el pasajero portugués sentado

a mi derecha.

En menos de tres horas

ya se ha pimplado

tres whiskys dobles.

Debe de hacer acopio

de reservas por si se encuentra

con restricciones en Dubai.

Yo, como un tonto, he roto a llorar

por eso de las muertes,

los desamparos, las infinitas

o involuntarias crueldades.

Pero nadie se ha dado cuenta,

es lo normal, cada quien a lo suyo

y a un país distinto.

Y eso que las luces de la cabina

cumplían su función y no me daban

tregua.

Intuyo, además, que puede ser

beneficioso para limpiar

el órgano óptico.

Lo más sobresaliente

es que los personajes

apenas tropezaban con

sentimentalismos.

Acotación al margen: y no es

una película mexicana al uso

en cuanto a desgracias.

Ahora sobrevolamos Oriente Medio

y por las ventanas irreales

se contempla un hermoso crepúsculo,

como si ahí abajo no sucediera

un nudo sin desenlace.

Una franja de llamas quemando

el espacio que divide o une

la tierra negra como el petróleo y

un azul poderoso, paciente, desértico.

La cuestión, a fin de cuentas,

es por qué se necesitan Marta

y Claudia.

Y cómo sería la madre deseada

de la directora.

 

 

 

 

Nos miramos

con ganas

durante tres

días.

 

Ella era

nórdica

pero no aprecié

rastros de hielo

en su fulgir.

 

En mí quizá

solo halló

diez años menos

de la verdad.

 

No intercambiamos

ni una palabra

y se extinguió

un volcán

perezoso.

 

 

Ilustración: Serge Marshennikov

 

 

 

Hoy me he encontrado con tu marido.

Era un tipo simpático, muy alemán

pero ha visto mundo, sonreía.

Él no sabía que era tu marido

y tú pensarás que yo veo maridos alemanes

tuyos por todos los rincones.

 

Estábamos curioseando en el vestíbulo

de un museo emperifollado

sin decidirnos a entrar.

Yo acabé ahí porque llovía, porque en Lisboa

siempre llueve en algún momento y porque Lisboa

es una ciudad triste y yo leía dos libros tristes

y eso que mi alma sigue combustionando

en un incendio perpetuo. Y no creas que

quiero contagiarme, pero hay días así

que ni fu ni fa y en los que medito mucho

sobre ti y tu marido y me pregunto por qué

no cerráis el círculo de una vez

y os casáis y yo puedo seguir errando

en mi camino sin comerme tanto

la cabeza.

 

Como apenas lo conocía, le ofrecí

mi amistad interesada y entramos en el salón

de arte político y comprometido o quién sabe

porque el título de la exposición era tan

vago como algunas de las obras.

Dos hombres en un triángulo: enfrentándose

mutuamente y a la arista de la incertidumbre.

Las metáforas bélicas y del equilibrio,

los discursos del Che Guevara y Abdelkarim Al Khattabi,

cualquier imagen o instalación nos sirvió

como pretexto para templar nuestros sables

aunque él me dio la mano con un entusiasmo

tan fraternal que me avergoncé

de mis sucios pensamientos.

Si no lo conoces, seguro que te atraería.

 

A primera vista, claro, que tú eres de Madrid

de pura cepa, bañada en el fuego del Mediterráneo

y sé que saltan chispas cuando discutís

en un idioma con tantas declinaciones.

Yo no soy mejor, tal como se verifica.

Todos arrastramos el sueño de una luz

y así limpio mi conciencia.

Luego me quedé solo de nuevo y bajé

a ver las fotografías de otro artista

infiltrado en una estación aeroespacial.

Me detuve con ternura en las notas a mano

de uno de los astronautas y la lista de grupos

musicales que se llevaba a los cielos,

siempre con la esperanza de volver a pisar

tierra firme. No te bajaría la luna, eso seguro,

ni el alemán tampoco. A ella le dan igual

tantos preparativos y dispendios, como si no

hubiera nada mejor en qué gastar.

Es poderosa, la luna, sin vacilaciones y nosotros

y nuestro amor una simple millonésima parte

del polvo cósmico. Por eso casi ni existe

y tú sigues creyendo que existe en alguna

infinitesimal proporción más elevada con tu pareja

o marido o proyecto de no sé qué

intercultural.

 

Podría mantenerme indiferente

pues todo esto ya era de mi incumbencia.

Pero no es tan fácil.

 

Creo que no le hizo gracia o sospechó

de mis puntualizaciones al margen.

Sus facciones eran idénticas a las de tu

marido y yo no te invité a cenar porque

los acordes de Led Zeppelin seguían

torpedeándome desde dentro y tú debías

estar ocupada con las traducciones.

 

 

 

 

Otra ciudad nublada,

otro congreso soporífero,

otro hotel vacío de luz.

 

Pero que no cunda el pánico:

tengo suficiente trabajo

para aburrirme

durante horas eternas

mientras los turistas corren

diligentes a hacer el suyo:

 

dejando su rastro perfumado

por las calles en cuestión,

cancelando su idioma inútil

en la viscosa ingenuidad

de su privilegio

como paseantes.

 

Si tú hubieras venido

o si emergieras de la nada

como una profecía rota,

alzaríamos los caballos

hasta beber el blanco y negro

que nos rodea.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

Te hago un hueco

en mi cama.

 

Aunque no te llame

ni tú me esperes.

 

Es ancha de sobra

por si cambias

de opinión.

 

En todo caso

los dos sabemos

qué significa

abrazar el silencio.

 

 

Ilustración: Serge Marshennikov