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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Los estuches metálicos de pastillas

de toda índole yacían consumidos

en la basura.

 

Los encontré por casualidad, al irme.

 

Tenía una sonrisa joven y carnosa.

De los muros colgaban sus propios cuadros:

colores intensos, piezas rotas, enigmas.

 

Caminé despacio sobre la madera, sin hacer

ruido, abandonando aquel país.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

¿Puede más la inercia

que nos arrastra?

 

¿O marcamos citas, eventos,

formas de auto contención

al objeto único de soslayar

la incertidumbre?

 

¿De qué ráfaga, de la voluntad

de qué cuerpos creciendo hacia

el límite podemos extraer

lúcidas analogías?

 

El vapor y el aroma del té a mi lado

que así aleccionan.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

La gacela de puntillas hasta tocar

las peras en el frío.

Con ese azul que parpadea

reminiscente.

 

Tu piel mulata y dorada arraiga

en la entraña de la naturaleza viva.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Por el cauce hasta la indivisa raya

en la desembocadura.

Antes de que amanezca el mercado

y se imponga la calima del valor.

 

He seguido al compás del ayuno.

Expansión y recogimiento.

 

Alguien debería anunciárselo

a los fósiles.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Sé que apenas es la longitud

de la piel aguardando y mecida.

 

Ni el rocío, ni la propiedad

de la fragancia, ni el disputado oasis.

 

Tampoco es la ignición

de la musculatura cuyas fuerzas

se oponen a un dolor oscuro.

 

El éxtasis de tu ser procede

de otras cumbres.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Lecho enlodado que subyace

a la corriente.

 

Materia de peso óptimo

para conocer la deriva.

 

Mañana volveré a tu cauce

de aguas bravas y aristas

cortantes.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 


 

Despejar un claro silencioso.

Auxiliar a la palabra a salir

del fango.

 

En la conversación: el anhelo

de que erupcione un atisbo

de novedad y brisa.

 

He sorteado cráteres inevitables

y el hundimiento.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

Desentumecer los entresijos, los pliegues

acartonados.

 

Mi alianza con los tallos del bosque.

Salir de la cáscara a la nuez.

 

Airear esta memoria de huéspedes

viva en cada mancha.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

Yo era el zascandil. Saltaba la verja

para refutar la hipótesis del aire

y del sabor al otro lado.

 

La significación pendía de un hilo.

Toda transparencia: el escenario

de una tela de araña.

 

Y regresar sudando a la espesura

con mi tesoro intangible.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

Eras el humo o la perla, o las aguas profundas

del extremo oriental.

 

Enseguida se evaporó el aroma lánguido

de las infusiones de té.

 

En mi buzón de correos: el aviso urgente

para retirar las flores mustias

que no llegaron a su destino

en las antípodas.

 

Eras el resplandor que nunca llegaré

a adivinar.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

No son verdad las piscinas, las tortugas,

los talones de Aquiles.

No es verdad el adiós.

No es verdad la verdad, artera,

imprescindible.

No son verdad los momentos brevísimos

de gloria, lo incorpóreo, la sal

de tu boca.

No es verdad el anonimato ni la ciudad.

No es verdad que haré concesiones,

no antes de acopiar el aliento y

el azul con los que seguir

a nado.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

Con el clamor de la pureza

enseguida se desenvainan

las espadas,

se osifican los ideales

y nos duele la razón, el trigo,

la salud invisible del aire.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

Los iris inmaculados en los que galopan

corceles sin necesidad de riendas.

 

Un anochecer de plata y plomizo, cierto

e inexorable, a tenor de la hora de cierre

de las casas de apuestas y las joyerías

olímpicas donde garantizan el antídoto

para cualquier fracaso terrenal.

 

La multitud en trance de hoy saboreando

las uvas como si pudiéramos acceder

al paladar ajeno.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

 

Cuántas veces hemos colocado

piedra encima de piedra y de esa forma

erigir nuestra sublime construcción

o la morada chica en la que continuar

trazando planos, la ingente tarea

del orden mayúsculo aunque

a nuestros pies siga postrada

una inquietud, el temblor

de un suelo poco firme.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

Como esa donación de la cabriola

que se ejecuta al saltar del trampolín,

 

así los desafíos de quienes claman

con su rostro histórico, con su aliento

glaciar, con la soldadura de lo disperso

y débil tan sólo desde la perspectiva

de lo irreversible.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

Dirimir adónde conduce

el desequilibrio, la inevitable

expiración de la armonía,

la herida luminosa del deseo.

 

Cuando en la ciudad se obstruya

el tránsito premeditado

y decidamos hasta qué límite

escarbar en la nada.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

Llamarle pobreza a aquel olvido del mundo

por causa de la catarata vertiginosa

que en lo insólito sucede

y por la fe solidaria en el desierto

de las mutuas aproximaciones

o la omisión de banderas

en esta superficie nocturna pero habitable,

 

es propio de gramáticas con una imperiosa

necesidad de cuidados extremos.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

Lo extraordinario es lo crudo,

la rugosidad, la amalgama.

La luz del deseo desprovista

de superfluos oropeles.

 

La fractura que nos une

en el tránsito herrumbroso.

Hallarte cómplice, en asedio

a todos los ángulos

de la finitud.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

Qué otro resplandor más beneficioso

que el del cuchillo clavado en el hielo,

como si el rojo abdicase en el relente

que se coagula en las esperanzas

de los insomnes.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

Su verbo desatado, ciñéndose a la ráfaga,

de austera alimentación.

 

Acumulaba sabiduría y dignidad: ir al trote

y sostener la flor amarilla como ejemplo

de una luz que enturbia lo caduco.

 

Las revoluciones y sus ocasos y los estudiantes

que vuelven a sembrar la duda acerca

de la voracidad del tigre.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto