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ateo poeta

 

Tus piernas

casi desnudas

y transparentes,

aún grabadas

a fuego

en mis pupilas.

 

 

Fotografía: Bill Brandt

 

 

 

 

Los días en los que pervives

en mi memoria

como una inundación

y yo sólo busco la manera

de salir a flote.

 

 

Fotografía: Lillian Bassman

 

 

 

El mundo no es

de color de rosa.

Qué te voy a contar

que tú no sepas.

 

Pero no hay un pozo

que nos saque

de otro pozo,

ni religiones

ni monsergas

que se han dado

tanto de bruces

contra los mismos

muros.

 

Esclavitudes

más o menos disimuladas.

 

Niños y niñas sometidos

en el fondo

de los más repugnantes

abismos.

 

Criminales de toda casta

y condición

llevando la batuta

de los asuntos públicos.

 

Inversores

sin escrúpulos

ante la sangre

que derraman.

 

Enfermedades curables

aunque no produzcan

rentabilidad

pecuniaria.

 

Torturas oficiales,

asesinatos impunes,

mujeres machacadas

en todas las esferas

de sus vidas.

 

El listado

de los horrores,

por desgracia,

podría extenderse

hasta el infinito.

 

Yo también doy

puñetazos en la mesa

y siento asco

y rabia

y no entiendo

por qué persisten

tantas aberraciones.

 

Ojalá tuviera más

respuestas

y las victorias pírricas

del pasado

me levantaran la moral

cada mañana.

 

Sólo te puedo decir

que en este sinuoso

camino, por lo menos,

siempre he hallado

almas gemelas,

cómplices

y compañeros

en las más variopintas

batallas.

 

A veces amistades,

a veces amores,

a veces personas

anónimas

pero ejemplares

o cuya ambigüedad

me servía

de espejo.

 

No es para tirar

cohetes,

ni se trata ahora

de pasarnos al bando

de un optimismo

psicotrópico

con el que te llevan

al matadero

en cuanto te descuidas.

 

Tú ya sabes

que necesitamos

pan y rosas

y que nadie

nos las va regalar

por nuestra cara

bonita,

aunque es hermoso

recordar

tanto trabajo

para que acontezca,

al fin,

lo extraordinario.

 

 

 

Este activismo

frenético

tan solo para mitigar

la abrumadora

desesperanza.

 

 

Fotografía: Angel García

 

 

 

Ojalá la belleza

pudiera apaciguar

a esa pléyade

de alimañas.

 

 

Fotografía: Peter Beard

 

 

 

Hay despedidas

en las que no sabes

ni qué decir

y tus gestos

son confusos,

a tu pesar.

 

Todas las palabras

te parecen

ajadas, imprecisas

y torpes

dado el abismo

que se avizora

por delante.

 

 

Fotografía: Bill Brandt

 

 

 

El sexo, apenas

un instrumento más

del amor.

 

Incluso

de su añoranza.

 

Lo sé por defecto

de una de las partes,

o de ambas,

según los días.

 

 

Fotografía: Yoshiichi Hara

 

 

 

El primer beso

de la primera noche

siempre es concluyente

de una primera fase.

 

A partir de ahí

se pasa a otra

mucho más repetitiva.

 

 

 

 

Por una parte, me digo:

cuántas mujeres hermosas

a su manera,

y qué diferentes

y cómo sería sucumbir

a su tentación.

 

Por otra parte, pienso:

cuántas complicaciones

hasta llegar

a entendernos,

y qué efímeras

las oleadas de placer

y la noción

de eternidad.

 

 

Fotografía: Leonard Freed

 

 

 

 

 

Nunca disfruté

la caída

y el fracaso

con tanta

delectación.

 

Por apuntar lejos,

a la médula

de lo imposible,

conocí a las más

sugerentes

compañías.

 

 

Fotografía: James Jean

 

 

 

 

 

 

Turista:

 

especie deambulante

con predisposición

a recibir un sablazo

a cambio de cualquier

baratija.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Estás en una vieja estación

de Praga donde los trenes

siempre van con retraso

e intentas leer

pero no hay manera

de concentrarse.

 

 

Fotografía: Hana G.

 

 

 

Lo que me mantiene vivo

y alerta

 

es la repetición de lo idéntico

en los lugares

más insospechados,

 

y la anomalía refulgente

que me acelera

el corazón.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Y si el paraíso

tan solo consistiese

en un domingo de mayo

en Villa Pamphili

donde los niños juegan

sin perder el resuello,

como corredores de fondo,

y los amantes se besan

con ardiente pasión

y las ganas contenidas.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Ese sentimiento que duda

entre la alegría y la tristeza

al escuchar los gemidos

de placer

en la habitación colindante.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Los más jóvenes discuten

acerca de la palabra

más certera.

 

Y en cada elección

parece que les va

la vida en ello.

 

Harán lo posible

para disentir a la mínima

en que se les toque un pelo

de la identidad.

 

 

 

Lo siento, pero no encontré

nada erótico el aire que se agita

tras el velo de las mujeres

invisibles en lo profundo

de sus vestimentas

negras como el carbón.

 

Me he mudado a Roma

a buscar

la flor de Estambul.

 

 

Fotografía: Ho Ryon Lee

 

 

 

Un poema anti-capitalista

no consiste en

 

contemplar las dos orillas del Bósforo

con su azules y esplendor

 

porque el 13 de mayo en Soma, Turquía,

unos 300 mineros fallecieron

en un accidente evitable

 

(y yo deambulaba por las calles

de Estambul).

 

Un poema anti-capitalista

no determina las causas

 

de la muerte por asfixia,

de los informes oficiales que dos meses

antes daban el visto bueno

a las condiciones de seguridad

e higiene en el puesto de trabajo

 

porque es inaceptable que la suprema

autoridad del país declarase,

horas después,

que este tipo de sucesos

son frecuentes

y naturales.

 

Un poema anti-capitalista

no enarbola banderas ni levanta

barricadas de fuego ritual

 

porque es la población enfurecida

la que le planta cara

al gas pimienta y a los camiones

acorazados y a las fuerzas

de choque

 

solo para señalar que lo ocurrido

debería tildarse de asesinato.

 

Un poema anti-capitalista

no pretende

 

indicar el camino de la lucha

ni contabilizar los cadáveres acumulados

a lo largo del año

y de los diversos sectores de actividad

mediante sangrantes estadísticas

comparadas

 

porque no soportaríamos el peso

de tanta evidencia.

 

Un poema anti-capitalista

no divaga sobre la ley del valor

y el sacrosanto beneficio

del capital

que aquí y ahora todo lo justifica

 

porque los tratados internacionales

que el gobierno no firmó

 

o las comisiones parlamentarias

abortadas

antes de llegar a suscitarse

 

apenas aliviarían

los conflictos de intereses

sustantivos.

 

Un poema anti-capitalista

no se conforma

 

con exigir responsabilidades políticas

o un código de ética empresarial

o nacionalizar los recursos comunes

 

que antes se cedieron

a las amistades estratégicamente

situadas

 

porque la emancipación de los trabajadores

será obra de ellos mismos

 

mientras vivan esta vida

y no aspiren

a promesas de eternidad.

 

Un poema anti-capitalista

no dilucida la estética apropiada

ni se arroga facultades

premonitorias

 

ni tampoco puede resarcir

a quien lo escribe

de sus ambivalentes

condiciones de producción

 

porque tan lamentable es

permanecer de rodillas

como pasar página después

de expresar nuestras

más sentidas

condolencias.

 

 

Fotografía: Angel García

 

 

 


Es época de exámenes, mayo.

Otra universidad. Es mi destino más
frecuente. O la treta para conocer
ciudades.

En esta ocasión es Estambul.

El recinto es un viejo mastodonte
de jardines y edificios al lado
del Gran Bazar, en Beyazit.

El casco histórico. Un hormigueo
de transeúntes y no menos
sedentarios.

Las Facultades de Derecho
y de Ciencias Políticas
están situadas frente a frente.

Saquen sus consecuencias.

Continúo con la sobredosis de té,
ahora a la sombra de un toldo
con franjas amarillas y blancas.

Aquí observo menos mujeres
con pañuelos en la cabeza.

Recuerdo que el Presidente turco
quería imponer el atuendo
tradicional, islámico,
en todos los centros educativos.

Las tensiones latentes, el orgullo
cosmopolita, el cruce de caminos.

No se suprimen las libertades
de un plumazo.

¿Cuántos periodistas permanecerán
arrestados?

Ozan y Eser insisten en las acusaciones
que recibieron
cuando las batallas en el parque de Gezi:
terroristas, terroristas.

No era solo la defensa de tres árboles.

La gente joven a mi alrededor
conversa, revisan apuntes, subrayan
libros, fuman,
juegan al baloncesto.

Yo marco en rojo las páginas impresas
que llevo en la mochila
para matar el tiempo.

Sin prisas. Soy dueño de mis cadenas
y el olor de las flores templadas
es un privilegio.

Hay más rostros
en los que se presiente
una voluntad de evasión.

La luz de los cuerpos es más
adictiva
en primavera,
por mucho que recen
en las mezquitas,
por mucha transacción
comercial
aquilatando valores
y necesidades.

El Bósforo. Asia y Europa.
Guerras de religión,
en apariencia.
Transiciones. Puentes.
La leyenda del orientalismo.

¿Es una actitud moderada
el cruzar
de un extremo a otro?

Hay congresos soporíferos
y letales.

Mis ideas reclaman otros
caldos de cultivo.

Sobre la hierba se esparcen
columnas quebradas
de piedra gris o cemento.
Alegorías. Se les da
un buen provecho
como muebles
para el reposo.

Me recuerdan a las ruinas
del imperio. A las potencias
coloniales y sus embajadas
prepotentes.

A los golpes de Estado
tantas veces protagonizados
por el Ejército. Y a la caza
de brujas y revolucionarios.

A la entrada del campus
los vigilantes supervisan
las pruebas
de identidad.

Una súbita manifestación.
Pancartas, consignas.
Policías con sus cascos
colgando de los brazos,
a cierta distancia.

En el campus no hay niños
sirios o kurdos buscándose
la vida.

Restos de sandías. Mazorcas
de maíz por una lira.

Inmigración, pobreza, barrios
decadentes esperando
las excavadoras, Tarlabasi.

Turismo.

En el tranvía escucho los nombres
de las estaciones de una forma
que prejuzgo no literal.

Para eso viajamos.
Para reconocer
la literalidad de cada idioma
según su punto de vista.

Y los amplios márgenes
de interpretación. Y los
contextos.

Desde fuera solo nos
atiborramos de lecturas.

Los cuerpos reales dicen
lo que las palabras
no pueden.

O constituyen
alguna mutualidad.

Articulaciones óseas, gestos,
heridas, sudor.

Un ecosistema
que no da tregua
a la soledad
ni a las obsesiones.

Por eso me inclino
por las fotografías
en blanco y negro.

Nunca sé lo que finalmente
revelarán.

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Los aviones

y los aeropuertos

ayudan mucho

a la transcendencia.

 

Te preguntas por qué

tan a menudo eres

un extraño,

un forastero.

 

Por qué miras desde

otro mundo igual

de inestable.

 

Las certezas, el amor,

el idioma

se disuelven

como en el té

los azucarillos.

 

Pero puedes confiar

en mí.

 

Hay una sed

de humanidad

y de armonía

que me avala.

 

Lo que no puedo

dar

es lo que no soy.

 

He visto la sangre

innecesaria

y soy ajeno.

 

Quise huir pero ya sé

que todo

está unido.

 

Ascender a las nubes

precipita la caída.

 

Mis pies siempre

regresan

a lo que ha muerto.

 

Mis labios no son

los de ayer.

 

He visto el ensañamiento

y no comulgo.

 

Piedras vivas, animales

de ciudad.

Un tiempo gastado.

 

Incluso los nómadas

precisan agarrarse

a una afirmación.

 

Tomar tierra, decidir.

 

 

Fotografía: Alvaro Minguito