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ateo poeta

 

Relees los poemas

escritos hace dos años,

en plena luna de miel,

y te parecen

un bodrio

infumable.

 

La enajenación transitoria

es, desde luego,

un hecho contrastado.

 

 

Fotografía: Alan Laboile

 

 

 

Y después está la legión

de maniquíes

con el cerebro lleno

de serrín

o banalidades

de tres al cuarto.

 

Solo una aguda

tristeza

puede explicar

que tengan tanto

éxito.

 

 

 

 

Por mucho

que te interrogo

y por muchas hipótesis

que formulo,

 

sé que apenas

llego a conocerte.

 

Uno de los dos

mantiene bien erguidas

sus alambradas.

 

 

 

Es cierto:

todos necesitamos

amor.

 

Lo cual no

significa:

que debamos perder

el tiempo

detrás

de amores

imposibles.

 

 

 

Esas mujeres listas

y meridianas.

Sutiles cuando no toca

desbordarse.

Veloces

como un alfil.

Cuyos labios adivino

tiernos y dolorosos

y con los que no

me atrevo si ella

no dice "adelante".

 

Esas mujeres

a las que nunca

pregunto

si tienen novio,

ni me importa

-casi mejor.

 

Esas mujeres

para las que yo

no suelo entrar

en sus planes.

 

A menos que haya

un cambio de rumbo

inesperado.

 

 

Fotografía: Klavdij Sluban

 

 

 

El Rey es un fantoche.

Mayúsculo.

 

Practicar el regicidio

como una de las bellas

artes.

 

Parecen cosas

del pasado. Pero no.

¿Larga vida?

 

Y si nos amenazan

por la vía legal:

digamos

que la hipérbole

es un recurso

de la ficción, y allá

cada cual

con sus actos.

 

Que, por lo menos,

él también

se siente

en el banquillo

de los acusados.

 

 

Ilustración: Debbie Millman

 

 

 

¿Y quedarán huecos

que rellenar

entre el bando

de la conciencia

y el de la existencia?

 

¿Y en qué margen ubicarán

a quienes les traen

sin cuidado tamañas

y espurias

distinciones?

 

¿O nos mandarán

al resto

a freír espárragos

en Siberia?

 

 

 

No vale decir:

es que no me sale nada

desde hace meses;

sólo escribo

por necesidad.

 

Pensando que está dentro,

que llama

y se le recibe

con entusiasmo.

 

El poema.

El látigo.

La palabra hiriente.

 

Acopio de materiales,

constancia.

Entrega obsesiva.

Borrón

y cuenta nueva.

 

Con el amor,

por el contrario,

es más fácil tomarse

unas largas

vacaciones.

 

 

 

 

Sustancia

altamente

inflamable.

 

Esa advertencia

que logra alejar

a más de uno

para siempre.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

 

Tan pocas verdades.

Y, encima,

tan quebradizas.

 

 

Fotografía: Todd Hido

 

 

 

 

De ese par de semanas

en el solaz

del Mediterráneo,

echo de menos

el amor

y aquellos tomates

que sabían

a paraíso

-en idéntica medida.

 

(Momentos pasajeros

en los que claudicar

a la nostalgia.)

 

 

Ilustración: Paula Bonet

 

 

 

 

Ya se me ha pasado el arroz.

De todas esas jovencitas

me separa un abismo

infranqueable,

por mucho que tonteemos.

 

Habrá llegado la hora, supongo,

de deleitarse a distancia

-sin menoscabo

de la ternura.

 

Aprender de ellas,

no hay otro sentido:

de su afán

por romper moldes.

 

 

 

Y cuando dejas de estar ahí

y eres sólo el ausente,

emergen toda clase

de malentendidos.

 

La descomposición.

Los recuerdos parciales,

más parciales aún

que de costumbre.

 

Cuerpo con la cabeza

cortada.

 

Y no hay modo

de expresar

que en el silencio

y en lo oscuro

también se cultiva.

 

 

Ilustración: Debbie Millmnan

 

 

 

Lo contrario del amor

no es el silencio.

 

¿Dónde, si no,

cultivar

la llama

de lo posible?

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

En las despedidas

y en los reencuentros

pueden estallar

las pasiones

desaforadas.

 

Y todavía hay

quien insiste

en querer compartir

las cenizas

un día tras otro.

 

 

Fotografía: Miguel A.Martínez

 

 

Casi prefiero

no ponerle nombre.

 

Después de tropezar

tantas veces

con la misma piedra,

lo peor es

que no escarmiento.

 

¿Cómo serían

los caminos despejados,

además de una mera

ilusión?

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Todos los poemas

son poemas de amor.

 

Tal vez.

 

Pero en los poemas

de desamor

hay que escarbar

muy a fondo

para hallar

alguna raíz

viva.

 

 

Fotografía: Masao Yamamoto

 

 

 

El joven y maduro poeta

yankee

se presentó en la fiesta

con aire campechano

y una amabilidad exquisita,

con inusitado interés

en todas las conversaciones

y zigzagueando

como pez en el agua

entre los trotamundos

que residimos

en este apéndice

oriental.

 

La vida cuanto más lejos,

mejor, para merecer

la virtud

de la escritura:

un interminable bullir

de anécdotas

dignas de incorporarse

a la próxima obra

ya en ciernes,

ahora que su primer

y flamante libro

publicado caducaría

en un corto plazo,

dada la penosa

memoria

del mercado editorial.

 

Mientras hacía alarde

de sus reflejos

al vuelo

con el nombre del marido

de Sylvia Plath,

recordó a otros autores

en mi lengua

e incluso afirmó

haber conocido

en cuerpo ajado

y alma generosa

y múltiple,

a ese hombre enigmático,

Raúl Zurita,

declamando

su verdad

aunque se le resista

la comprensión

de cada uno de sus gloriosos

versos.

 

Sin atisbos de inconsciencia

regresamos en el último

ferry

donde unos hombres blancos

nadaban en alcohol

amados por sus chicas

de ojos rasgados,

y los vaivenes de las olas

y las luces artificiales

nos señalaban

que también hay

flotadores y chalecos

salvavidas

para los lunáticos

de toda calaña.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Por enésima vez,

esto del amor

es como repetir

el entretenimiento

de lanzarse

por el tobogán:

 

un descenso acelerado

que culmina

de forma precipitada

en el solar de siempre

o en un nuevo

chapuzón.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

Mi fórmula secreta

no tiene ningún

misterio:

 

hasta ahora

tan solo he ido

sustituyendo

unas obsesiones

por otras.

 

 

Fotografia: Miguel A. Martínez