Esas páginas del cuaderno
han perdido su tersura
a cambio de nuevas olas,
más tinta y la fundación
de una mirada
contingente.
Fotografía: poema de Karmelo Iribarren
Esas páginas del cuaderno
han perdido su tersura
a cambio de nuevas olas,
más tinta y la fundación
de una mirada
contingente.
Fotografía: poema de Karmelo Iribarren
Quizá allí también
me falten las horas, el niño,
los pájaros.
¿Se habrá esfumado
para siempre el tiempo
muerto?
Quiero que me comprendáis:
yo no soy mejor.
He odiado como la piedra inerte.
He desatado cabezas de tormentas
y me he suicidado
sin éxito
en incontables ocasiones.
Cuántas veces no
he mirado abajo y me tragué
la compasión.
Pero no os equivoquéis:
mucho más ruines
esos que cerraron los candados
de vuestras bocas.
Cualquiera lleva en su seno
al niño salvaje, la contradicción
del árbol sin corteza,
el repudio del principio de realidad
aplastante, moléculas expulsadas
a su ciclo involuntario,
ajada gramática del orden,
manifestación irreductible
de la raíz, de la química de fluidos,
de la piel lúcida y porosa.
Fotografía: Albert Londe
Yo no estoy aquí, yo no estoy muerto,
no estoy presenciando la muerte de la noche estrellada.
Yo no bebí la copa de sangre ni desenterré el hacha
de guerra con la motorización del crepúsculo y los legajos
infames.
Yo no les arranqué la piel roja porque yo no estoy aquí
ni soy menos paria.
Yo nunca he estampado mi firma para que las cucarachas
reinen sobre el azufre y éste hiele las pupilas apenas
nacidas al asombro.
Yo no regateo con las migajas de oro que valen el sudor joven
y la belleza prematura como si toda la masa del océano
fuese a la deriva.
Yo no doy fe, no comulgo, no soy nuevo en el resplandor
de los pensamientos de marzo varados en la floristería.
Yo no enjaezo la crin ni oculto los colmillos de piedra.
Yo no estoy arrojando ahora la bola de nieve
ni un desierto de limosna y de agua potable.
Yo aquí soy cómplice por omisión, una rabia sin estribos,
un dolor sabático, una función sin máquina, otra verdad
obsolescente.
Yo viajé a la historia rancia de las manos cansadas
y de las aves depredadoras surcando el infinito.
Yo no poseo, por suerte, ninguna melodía de la resignación.
Con el amor pasional
uno tiene la sensación
de estar dándose de cabeza
contra un muro,
una y otra vez,
olvidando el dolor
al minuto siguiente
y reconociendo
que la edad no es un grado.
Con el amor romántico,
más bien, parece
que no dejas de dar vueltas
en una noria
de esos acartonados
parques de atracciones
con sus empalagosas
chucherías.
A este respecto
algún dios sin escrúpulos
debió de proscribir
toda categoría
intermedia.
Fotografía: Julia Margaret Simon
Estoy harto
de los números
de cristal.
Harto, mucho,
de los planos
sobre papel
de estraza
o papel
cebolla.
Sólo.
Hoy la ciudad
supura.
La luz
no luce.
Y yo tengo
sed.
Ayer nuestra carne
era atravesada
por otra lucha.
De los privilegios
apenas arrancamos
unas gotas
de sangre.
Quién preconiza
multiplicar
los frentes,
y la adhesión.
Es en plural
y en las galerías
bajo tierra
donde se sustenta.
Un derecho
intermitente.
Estar allí, a tientas,
junto a los seres
que refulgen.
Fotografía: Paola Fernández
Coloco a un lado
los sueños inservibles.
Abro las ventanas.
Me lavo la cara y los ojos
con el agua fría,
a ver qué claridad
se presenta.
Continúo con la misma rutina
de siempre.
En algún momento
han de llegar las sorpresas
-me digo sin demasiada convicción.
Fotografía: Irving Penn
Abrazabas a los delfines
y qué lluvias torrenciales
en tus líneas
de la vida
si la luz a ráfagas
puede y este arrendamiento
de oxígeno y atmósfera
como destello
en el borde del precipicio
me siento
a invocar la navegación
o el cuerpo
invisible
amas a las abejas veloces
y germina
un aviso antiguo
de diamante y niñez
otros animales cantarían
no hay otro gozo
como si
inmiscuidos
como si
a florecer
vulnerable todo aquello
que pretendimos
asir.
Fotografía: Carl Westergren
Soy la mano de obra.
La mano a la que no
se le caen los anillos
por ponerse manos
a la obra.
La mano a la que no
le sobran los anillos
ni falta que le hacen.
La mano que se afirma
y la que niega
puño en alto.
La mano que sí
o la mano que no.
Soy la mano que guía
a la voz
hecha de nada
y a la voz a medio hacer.
La mano que no fuerza
al verso ni tampoco
a lo que albergue
de razón.
Soy la misma voz
que guía a la mano
porque los pies
ya caminan solos
y caminan lejos,
aunque no siempre
a un lugar mejor.
Los pies que sí
o los pies que no.
Soy el brazo partido,
el cuerpo sin columna
que fracturar,
el gesto con sed
y el gesto afónico
y helado
cuando clama y trabaja
y duerme y vuelve
a empezar
porque no hay justicia
que valga.
Soy el cuerpo a cuerpo,
extenuado,
el que sólo lucha.
El cuerpo que sí
y el cuerpo que no.
Fotografía: Edward Muybridge
Me agradan
esos desbordes
inesperados.
Fotografía: Martine Franck
Tal vez nuestro principal
cometido sea darnos
alegría.
Fotografía: Guillermo Asian
Aprovechar la incisión
ya existente.
Ha bastado con volver
a la lectura de poemas
como una excusa.
O frenar en seco.
Estaba muy saturado
de obligaciones.
Por una u otra razón
lo único seguro
es que ese invierno
empieza a remitir.
Fotografía: Matthias Werner
La muerte que no es ahora
pero que se insinúa,
nos da ejemplos,
amenaza.
La verdad que está de más,
perturba, a quién le puede
interesar sin afecto,
sin mesura.
Fotografía: Alvaro Minguito
Esperar a que la belleza vuelva a ti,
no tener prisa.
Las llagas cicatrizarán
con una mínima ayuda.
El exceso de información
disuelve los contornos.
Has sobrevivido ya
a múltiples naufragios.
Fotografía: Guillermo Asian
Esos rostros
tan alejados
del verbo claro
que albergan.
Fotografía: Guilherme Wisnik
Para escuchar con mimo.
Busqué lejos,
volví a intentarlo.
Siempre el dolor merece
la calma y la reparación.
Fotografía: Tatsuo Suzuki
En el territorio
de la complicidad,
en el encuentro,
en los lugares comunes
también arraigan
obstrucciones,
censuras,
fallas,
oquedades
de la forma
más abrupta.
Ilustración: Santiago Espeche