Hay jerarquías
que se disfrazan
de ausencia
y no por ello resultan
menos insidiosas.
En cuanto te descuidas
recibes su aliento
resolplándote
en la nuca.
Fotografía: Santiago Sierra
Hay jerarquías
que se disfrazan
de ausencia
y no por ello resultan
menos insidiosas.
En cuanto te descuidas
recibes su aliento
resolplándote
en la nuca.
Fotografía: Santiago Sierra
Te adhieres a la inercia
de otro día mudo,
a la urdimbre cálida, todavía,
de una atmósfera a punto
de desaparecer.
Y este golpe de conciencia
vale menos que un instante.
Fotografía: Tatsuo Suzuki
Caminar a trompicones
por los pasillos del museo.
¡Qué deporte tan amorfo!
Los vigilantes parecen hastiados,
consultan el reloj a menudo.
Te prohíben fotografiar las obras.
En otro lugar del mundo, lejos de aquí,
otro ser humano puede sentir o padecer
algo muy semejante.
Mímica. Universalidad. Ceguera etnocéntrica.
Decidimos entrar en el museo
¿para huir de la rutina? ¿para escondernos?
¿para contemplar cómo huyen y se esconden
otros supuestos congéneres?
¡Cuánta abundancia helada!
Nadie me prohíbe escribir, es una suerte.
Me excita. Me alarma.
Es invierno, todavía.
¿Acabarán mis colecciones entrañables
o subversivas en un museo?
Donarlo todo, órganos y prótesis:
es el único destino.
Hay mujeres bellas, pero deambulan
como idas.
Más que bellas, solo deseables.
Las salas son amplias, cabrían millones
de objetos.
No obstante, prefieren mutilar los conjuntos
en aras del espectáculo.
Como un bocado en plato grande
que alimenta el alma
y el ego del cocinero que deviene autor.
Una muestra es suficiente. Un botón.
Aquí la verdad no existe. Cualquiera
puede alardear.
Insurrección. Invierno. Sábado por la tarde,
gratis.
Delirio de las sombras. Miniaturas.
Proclaman demoler las paredes
conservando las ventanas en su sitio.
Los empleados del museo se distinguen
por unas tarjetas de identidad plastificadas
que les cuelgan del cuello.
Observan a los visitantes
que les observan a ellos a la vez
entre vistazo y vistazo
al resto del paisaje.
Observar es todo un arte. ¿El único, quizá?
Pero aquí la apuesta es política:
un ejercicio de memoria histórica.
Un examen de los confines tolerados
del régimen.
Politizar el duelo inacabado.
El deseo inacabado.
Ofuscarse. Palidecer. Enterrar el optimismo.
Si no fuera por esos cuerpos bellos,
por esas miradas insaciables.
Aspiro a saber quién soy, quién puedo ser.
Sobre la tortura cosificada:
¿perdemos el tiempo afligiéndonos?
Habrán tenido que restaurar esas filmaciones
con técnicas muy avanzadas.
Vago ebrio. Anticipo el vértigo desde la azotea.
El círculo vicioso: ¿sólo es arte el preguntarse
por la definición de arte?
Registrar muestras. Andar hacia atrás como un cangrejo.
Las huellas como táctica de supervivencia.
Convicciones, a pesar de todo.
¿Quién se puede arrogar el enunciado
de lo invisible?
Las más bellas esquivan la exposición
sobre las dictaduras. Circulan veloces.
Si emigro a las antípodas: ¿dónde yacerán
mis recuerdos?
Si emigro, ya sólo será ligero de equipaje.
No lo planeamos, íbamos a dar un paseo
por el Retiro y cambiamos de opinión.
República de los fragmentos.
Orden desmilitarizado. Tregua.
Imprecación a conferirle algún sentido
a todo esto.
Habíamos comido, follado, dormido
y luego íbamos a dar un paseo al Retiro.
Las mujeres con rasgos asiáticos
no se detienen a escuchar el poema
"no hay cadáveres".
Claro que no. ¡Oh, no!
Me duele un párpado y la planta del pie,
pero no me muero. Es una suerte. Por ahora.
Pienso en la máscara que vestiré
cuando recite este poema.
Ilustración: Herbert Rodríguez
Con sus rostros desconocidos
fijamente clavados en mí,
con su apariencia distraída
mas sólo persiguiendo
su mala suerte,
su genio incomprendido,
sus fantasmas interiores,
el transcurrir vacío
de los días.
Se congregaban
ritualmente
en ese bar contubernio
de poetas e ilusionistas,
de musas y pajaritos,
de lenguas ebrias
y amores insaciables
donde cabían los tormentos
y la celebración banal
de lo efímero.
Y me llegó el turno
de quitarme la ropa,
de pasar revista
a sus pupilas escrutadoras
e implacables,
de proyectar la voz
y modularla engatusando
como canto celeste
o sermón sísmico
o primer deshielo
o inocencia marchita.
Por muchas tablas
que uno haya pisado,
aquel trago fue peor
que una cirugía
a corazón abierto
y sin anestesia.
Fotografía: Andrew Catlin
¿En qué sagradas creencias
se basa el régimen de nuestra justa
y óptima convivencia?
-interpeló el príncipe
a su súbdito.
Tras recitar la retahíla
de lugares comunes,
leyes vigentes
y alabanzas de rigor,
se despidió de la corte
inclinándose con reverencia
mientras sus majestades
proseguían celebrando
el banquete,
sus intrigas palaciegas
y los vicios
de la carne,
no sin antes maldecir
la retórica ladina
de la servidumbre,
tan poco de fiar.
El gobernante
no conciliaba el sueño
a sabiendas del motín
y las ansias de venganza
que se incubaban
entre los hambrientos.
A la plebe
también le carcomía
el miedo a la espada
y al fuego
que les reservaba la ira
de las autoridades
si fracasaba
la sedición.
Quién iba a pensar
que unas simples canciones,
con su sátira mordaz,
armarían tanto revuelo.
Ilustración: Fred Deltor
Me observas
fijamente
cuando me repliego
y no pierdes
detalle
cuando me exhibo
porque sólo
el movimiento
define lo visible,
la luz,
la revelación
de las reglas
del juego.
Y pugno
por que los versos
actúen
con idénticas
virtudes.
Ilustración: Mel Bochner
Sí se puede.
Incluso
en las más
adversas
circunstancias.
He ahí
el meollo
de toda
creación.
Fotografía: Joan Nogué
Escribir poemas
es una cuestión de vida
o muerte.
Aunque sean
poemas de humor.
Fotografía: Marcel Duchamp
Hoy en la comida
hablamos del arte,
de su vacuidad,
del sometimiento
al mercado y a la tiranía
del elogio,
del concepto
en lugar del artista,
de la epifanía
del silencio
y del gesto
insobornable,
como una mueca,
de quien rehúsa
cualquier disciplina
estética.
Mi contribución
al debate fue escasa:
no cesé de imaginarte
ciega,
sublime,
entregada
sin complejos
a la fuente más segura
de tu placer.
Fotografía: Victor Demarchelier
Esta mañana
nieva otra vez
en Madrid
creando la ilusión
de lo extraordinario
y de la nostalgia,
como si estuviéramos
en una ciudad europea
más septentrional,
muda y blanquecina,
donde se atesoran
a buen recaudo
las razones
y las armas
contra el fuego
de los pueblos.
Fotografía: Bernard Eilers
Tu belleza estaba esculpida
en los filamentos dorados
de las tardes y las playas
lánguidas al margen
del tiempo robado.
A tus palabras les precedía
un mar cristalino y verde,
aquel oráculo débil
donde sumergías
tu escéptico afán
de sentido.
Después del baño y del beso
y de ceñirme a tu piel
temblorosa, si la nieve
de hoy no divierte
mi memoria,
yacíamos exhaustos
sobre las piedras.
Fotografía: Stefan Radev
Cuán lejos no se hallarán
todos esos especímenes
de la más putrefacta
política dominante
con respecto a aquel viejo
antepasado:
el Tyrannosaurus Rex.
Ilustración: Rosalie Gascoigne
Persiguiendo
ese equilibrio frágil
y leve,
la comprensión
de la arena y la dicha
reversibles,
el destello insólito
y ajeno
a toda posesión,
lo que únicamente
se puede admirar.
Primero eran semanas
sin saber uno del otro,
después meses,
alguna llamada
al margen de cualquier
convención,
sabías de mi tendencia
a recluirme
en mis laberintos,
a huir de la fría
distancia
y a aceptarla
sin abalorios,
luego el polvo
de los años
y la escritura
ocultando, en fin,
la indolente
naturaleza
del silencio.
Fotografía: Tatsuo Suzuki
¿Por qué
esos gestos
obstinados
en ir y volver atrás
sobre las huellas
delebles,
superponiendo
figuras,
acopiando
memoria?
Fotografía: John Ciamillo
Después de todo
un domingo
en la cama
y de alimentarnos
hasta la saciedad
con manjares
sencillos
y de inundar
nuestros ojos
con la oscura luz
del deseo,
descubrimos
lo fácil que es
dejar los cuchillos
en la cocina.
Fotografía: Damon Loble
La habría invitado a casa
para seguir conversando
o consultar algún libro
o retratarla
ligera de ropa,
pero no tuve palabras,
como siempre,
y, además,
era muy joven.
Fotografía: Tatsuo Suzuki
Me ibas desnudando
poco a poco,
con cada ataque
de tu sonrisa.
Fotografía: Tatsuo Suzuki
Ahí llega
una muerte más.
A deshora,
injusta,
lenta,
sin antídoto
posible.
Es inútil
extraer una lección.
Siempre
ha rondado,
bien lo sabes,
y no por ello
has dejado
de vivir.
Fotografía: Enrique Maté
No trabajo para después
desahogarme.
No trabajo para después
evadirme
y desaparecer.
No trabajo para poder
justificar luego
mis frustraciones.
Lo que ocurre
es que me cuesta controlar
todos esos excesos,
en uno y otro
tiempo.
Fotografía: Steve McCurry