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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

 

Este es un proyecto de canción.

 

¿Soy un poema

o una mercancía?

 

¿Cuántas veces debemos leer

y escuchar, leer y escuchar,

escuchar y leer

con cuidado?

 

Por el bien

de la salud mental.

 

Como expresión

de rechazo a un dócil

lavado de cerebro.

 

¿Comprarías un poema

o una mercancía?

 

Ocaso de los formularios.

Declive

de los manipuladores.

 

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

Representar el beso que ya es

fraguado de historia.

 

Perduran las violetas.

Imprescindible un colofón

o un deseo errante.

 

Ama (a sujetos de carne y hueso

y encefalograma alpino)

sobre todas las cosas.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

 

 

Tan solo unas notas de perfume,

alguna planta de otoño, ebriedad

incontenible.

 

Todavía soy un niño.

 

En la quietud hay una fiesta.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

Dejar atrás la nostalgia. El cuerpo sísmico,

lo que no es susceptible de imitación.

 

Eres un mar hoy.

 

A lo lejos, los cálculos, la elasticidad

del tiempo, cómo se nutren las fuerzas

que emergen.

 

Disipar la parálisis del misterio.

Coágulos, la piel salada.

 

Me invitas a tomarme un baño.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

Hermética dulzura. Siete de la mañana,

escalofríos. Otro día incierto.

 

Me escribes tu última carta y ahí

concluye un amor. Se disipa la niebla.

La revancha del azar.

 

Sabes aún a café, lo transpiras.

La misma ensoñación ahora

que ya no, que el amanecer

es diáfano y refrescante.

 

Y me digo, esta levedad, el mundo

horadado, las palabras que forjamos,

la persistencia.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

UNIVERSOS PARALELOS

 

Al acabar el acto oí cómo un profesor le comentaba a un joven ayudante “es de lo más aburrido, año tras año, igual.” Rutinas institucionales. Y no hay escapatoria. Al llegar estas fechas es ineludible el acto de graduación. Nos ataviamos con un traje negro de frunces aterciopelados y un birrete que parecen extraídos de la prehistoria eclesiástica. Caminamos en procesión solemne, poco menos que funeraria. Y el personal al cargo nos instruye acerca del asiento que debemos ocupar en el escenario con el que han remozado la pista de baloncesto. ¿Cuántos estarán ahora consultando su teléfono móvil? Contándome a mí, me refiero. Yo lo he ocultado entre las páginas del programa de festejos. Disimulo de la misma manera que lo hacen mis alumnos en clase. Es una técnica depurada, similar a la que se adopta cuando se hacen trampas en un examen. Cara de póquer. Ni mucho entusiasmo, ni una sospechosa desidia. Me distrae también la insólita concentración en el ritual de una colega en otra fila, a mi costado izquierdo. Durante la marcha hacia el polideportivo me dijo que era primeriza en este tipo de eventos. Esa distancia de varios metros, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, después de un rápido contacto, desenfadado, bajo el pretexto de cualquier conversación banal, promete atracciones fatales. Ya veremos. Reincido en mi cara de póquer.

 

En el curso pasado hubo que desalojar a toda prisa por un aviso de bomba. Todos los indicios apuntaban a alguna venganza pasional, a saber entre qué partes implicadas. Qué mejor oportunidad para mostrar el agravio con familiares y autoridades de todo rango presentes. ¿No se celebran acaso los matrimonios a voz en grito y con toda fanfarria? ¿Por qué iban a ser menos los desamores, con más razón si son escandalosos e intolerables a los ojos de la mansedumbre? Fuera como fuere, la sangre no llegó al río y nos obligaron a desfilar de nuevo.

 

Este año el protocolo ha vuelto a saltar por los aires. Y, lo reconozco, estos incidentes me causan una íntima satisfacción. Tras la tediosa entrega de diplomas, los aplausos intermitentes y las fotografías de rigor subió al escenario una estudiante. Se colocó delante del micrófono en el atril y procedió a declamar su discurso de despedida. En realidad, todo estaba amañado de antemano. De hecho podíamos seguirlo al pie de la letra pues se hallaba impreso junto al resto de formalidades que nos facilitaron. Mis ensoñaciones en ese momento se regocijaban con la memoria de una profesora casada con la que estuve liado durante largos meses. ¿Qué pensaría ella de todo este tinglado? ¿Nos mofaríamos de toda esa seriedad impostada en alguna de nuestras escapadas clandestinas? ¿Daría pie a una sesuda discusión acerca del capital simbólico y del incierto mercado de trabajo al que abocamos a los recién titulados? En el auditorio calculé no menos de mil quinientas almas resignadas. La mayoría pendientes ahora del discurso en inglés de la estudiante elegida para la ocasión. Por supuesto, nadie expresó la más mínima mueca de incomprensión por más que tal idioma les resulte totalmente ajeno a un elevado porcentaje de las familias y amistades que acompañan a los graduados. La estudiante, en todo caso, poseía un notable dominio de la dicción en una lengua que no era la suya materna, pero que, como todo el mundo sabe, le otorga un indudable prestigio a la universidad para situarse en la liga global de instituciones semejantes. Sin perder la compostura comenzó a leer y en cada párrafo iba añadiendo una frase que no constaba en el texto distribuido, que es una forma suave de decir que había sido censurado con antelación. Que si “la lucha de los estudiantes”, que si “la libertad y la democracia”, que si “las injusticias sociales frente a las que debemos dirigir nuestro conocimiento”, que si “la desobediencia puede ser necesaria.” Me alegró el día. Todavía hay esperanza, me dije. Y, de súbito, para culminar, desplegó un paraguas de bolsillo como símbolo de uno de esos movimientos de protesta que están en boga. Todo lo cual le granjeó el eufórico aplauso de una buena parte del público, incluso del poco ducho en la mencionada lengua franca.

 

Benditos universos paralelos, pareció exclamar una voz interior en justa correspondencia. Mi amante se había mudado de país con toda su prole y era triste esa ausencia de complicidad cotidiana que solía aguardarme al volver a casa. A menudo, es verdad, solo a través de mensajes de texto. Pero ese arreglo a mí no me incomodaba. Siempre prometía algo más. Al caminar de vuelta a los vestuarios noté que los adustos profesores rompían filas con impaciencia y daban rienda suelta a la tensión acumulada con bromas y chascarrillos. La gente sonreía. Una brisa de cierta felicidad peinaba los cientos de rostros desconocidos. Concluyó la partida y prefiero no pensar en la que jugaremos en el próximo curso académico.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

 

 

 

UNIVERSOS PARALELOS

 

 

Al acabar el acto oí cómo un profesor le comentaba a un joven ayudante “es de lo más aburrido, año tras año, igual.” Rutinas institucionales. Y no hay escapatoria. Al llegar estas fechas es ineludible el acto de graduación. Nos ataviamos con un traje negro de frunces aterciopelados y un birrete que parecen extraídos de la prehistoria eclesiástica. Caminamos en procesión solemne, poco menos que funeraria. Y el personal al cargo nos instruye acerca del asiento que debemos ocupar en el escenario con el que han remozado la pista de baloncesto. ¿Cuántos estarán ahora consultando su teléfono móvil? Contándome a mí, me refiero. Yo lo he ocultado entre las páginas del programa de festejos. Disimulo de la misma manera que lo hacen mis alumnos en clase. Es una técnica depurada, similar a la que se adopta cuando se hacen trampas en un examen. Cara de póquer. Ni mucho entusiasmo, ni una sospechosa desidia. Me distrae también la insólita concentración en el ritual de una colega en otra fila, a mi costado izquierdo. Durante la marcha hacia el polideportivo me dijo que era primeriza en este tipo de eventos. Esa distancia de varios metros, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, después de un rápido contacto, desenfadado, bajo el pretexto de cualquier conversación banal, promete atracciones fatales. Ya veremos. Reincido en mi cara de póquer.

 

En el curso pasado hubo que desalojar a toda prisa por un aviso de bomba. Todos los indicios apuntaban a alguna venganza pasional, a saber entre qué partes implicadas. Qué mejor oportunidad para mostrar el agravio con familiares y autoridades de todo rango presentes. ¿No se celebran acaso los matrimonios a voz en grito y con toda fanfarria? ¿Por qué iban a ser menos los desamores, con más razón si son escandalosos e intolerables a los ojos de la mansedumbre? Fuera como fuere, la sangre no llegó al río y nos obligaron a desfilar de nuevo.

 

Este año el protocolo ha vuelto a saltar por los aires. Y, lo reconozco, estos incidentes me causan una íntima satisfacción. Tras la tediosa entrega de diplomas, los aplausos intermitentes y las fotografías de rigor subió al escenario una estudiante. Se colocó delante del micrófono en el atril y procedió a declamar su discurso de despedida. En realidad, todo estaba amañado de antemano. De hecho podíamos seguirlo al pie de la letra pues se hallaba impreso junto al resto de formalidades que nos facilitaron. Mis ensoñaciones en ese momento se regocijaban con la memoria de una profesora casada con la que estuve liado durante largos meses. ¿Qué pensaría ella de todo este tinglado? ¿Nos mofaríamos de toda esa seriedad impostada en alguna de nuestras escapadas clandestinas? ¿Daría pie a una sesuda discusión acerca del capital simbólico y del incierto mercado de trabajo al que abocamos a los recién titulados? En el auditorio calculé no menos de mil quinientas almas resignadas. La mayoría pendientes ahora del discurso en inglés de la estudiante elegida para la ocasión. Por supuesto, nadie expresó la más mínima mueca de incomprensión por más que tal idioma les resulte totalmente ajeno a un elevado porcentaje de las familias y amistades que acompañan a los graduados. La estudiante, no obstante, poseía un notable dominio de la dicción en una lengua que no era la suya materna, pero que, como todo el mundo sabe, le otorga un indudable prestigio a la universidad para situarse en la liga global de instituciones semejantes. Sin perder la compostura comenzó a leer y en cada párrafo iba añadiendo una frase que no constaba en el texto distribuido, que es una forma suave de decir que había sido censurado con antelación. Que si “la lucha de los estudiantes”, que si “la libertad y la democracia”, que si “las injusticias sociales frente a las que debemos dirigir nuestro conocimiento”, que si “la desobediencia puede ser necesaria.” Me alegró el día. Todavía hay esperanza, me dije. Y, de súbito, para culminar, desplegó un paraguas de bolsillo como símbolo de uno de esos movimientos de protesta que están en boga. Todo lo cual le granjeó el eufórico aplauso de una buena parte del público, incluso del poco ducho en la mencionada lengua franca.

 

Benditos universos paralelos, pareció exclamar una voz interior en justa correspondencia. Mi amante se había mudado de país con toda su prole y era triste esa ausencia de complicidad cotidiana que solía aguardarme al volver a casa. A menudo, es verdad, solo a través de mensajes de texto. Pero ese arreglo a mí no me incomodaba. Siempre prometía algo más. Al caminar de vuelta a los vestuarios noté que los adustos profesores rompían filas con impaciencia y daban rienda suelta a la tensión acumulada con bromas y chascarrillos. La gente sonreía. Una brisa de cierta felicidad peinaba los cientos de rostros desconocidos. Concluyó la partida y prefiero no pensar en la que me toca jugar el próximo curso académico.

 

 

 

 

Aún era posible el agua templada

en los pies. Sal. Yacer en la arena.

Noviembre.

 

Los labios agrietados, la hipnosis

de la rasante sobre las olas,

besar. Gemir.

 

El tiempo pulverizado, fósil.

 

Nada traiciona la verdad

de tu cuerpo.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

Los gestos mínimos de solidaridad, también.

 

Han sido masacres. Y devastación y continúan.

Que los herederos sean consecuentes.

 

Nosotros, las cicatrices repartidas,

nunca subyugar.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

 

 

 

Las violetas perduran. Mes a mes, sin agua,

sus tallos recios y secos, ajados, firmes.

No muere su color.

 

Esa presencia obscena, cada día,

me interroga:

 

¿Quién eres tú? ¿Cómo

envejecer?

 

¿Qué rastros de belleza quedarán?

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

 

El día tiene visos de perecer

de acuerdo a todos los pronósticos

facilitados.

 

En la medida en que deje paso

a otro de su especie, no suscitará

mayores discrepancias.

 

Otro gallo nos cantaría si aconteciese

la excepción.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

Cáscaras, prótesis. ¿Cómo atravesar

ese barniz espeso y que persiste?

 

¿De dónde procede

lo que narran tus ojos, costuras,

a tumba abierta?

 

Un cuerpo sin esa irradiación

poco germinaría.

 

Testimonio.

¿Exquisitez?

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

El crepúsculo instiga.

Somos en un parpadeo: luz

afín, modalidades.

 

La ceremonia del té. Observar

cómo la resignación y cómo los ángulos

de sus flaquezas.

 

No busco más que reflejos

y matices a las mismas preguntas.

 

Constancia.

Onírico.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

 

Que las palabras poseían el don.

Lacias, trasunto de la verdad,

suficientes.

 

Cómo se desprenden de los labios

y caen o te alcanzan.

 

Me pides explicaciones, historias

superpuestas. Un atisbo

de lo lúcido bajo la piel.

 

En la suerte desnuda. Todo

el mensaje y el beneficio.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

Cuando no tienes fe, eriges

tus propios andamios, corazas,

revelaciones.

 

Dispuesto a la enmienda. Al ciclo,

a la corrupción de lo bello.

 

Es un poder acotado.

Intuyo

 

que razones prácticas y pasiones

tormentosas sabrán dirigir

el tráfico.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

Nos tomamos muy en serio y muy en broma

el asunto de la libertad.

 

Porque hay maniobras de aproximación.

 

Cabotaje. Nudos. Y nadie desea

un dogal amarrado

al cuello.

 

Porque cae la noche y hace frío aquí.

Y tú sabes lo que eso significa.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

Si te avasalla la tristeza. Si se desdibujan

el perfil del tiempo y las razones

que valen.

 

¿Cómo eran lo único y lo sublime?

Los ciclos de la maduración. La ráfaga

amorosa al morir la luz del día. El sabor

joven, el pensamiento más allá

de mí.

 

Moratoria. Poner límites sensibles,

apenas extraer. Mi continuidad

amortigua.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

Hacer memoria.

Romper el hielo. Desviar

la atención. ¿Qué prolonga

la llama y alienta a remitir

al eclipse?

 

Donde mueren como espuma

las carreras profesionales.

Redundancia, festejos, luz

canela.

 

Te encuentro ahí, siempre,

evitarás el naufragio.

Donante.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

 

 

Esa palabra teñida de sentido común,

de inflexiones. Enhebrando.

Que serpentea hasta el acento y tono

justos.

 

Para sanar. Después del libro. Cálida

y cuerpo del deseo. Percusión

sobre el niño que debió ser amado.

Pero nunca es tarde.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 


Esa palabra teñida de sentido común,
de inflexiones. Enhebrando.
Que serpentea hasta el acento y tono
justos.

Para sanar. Después del libro. Cálida
y cuerpo del deseo. Percusión
sobre el niño que debió ser amado.
Pero nunca es tarde.

 

Licor de ciruelas. Abstracción del mundo

que duele en cada órgano.

 

Acabará la carretera en un mar donde

llueve. Sé que mi idioma vernáculo

es insuficiente.

 

Trasiego en los túneles. En cuña:

el resplandor,

los labios alerta,

la sinopsis de lo inabarcable.

 

¿Cómo digerir tan escaso amor?

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki

 

 

 

 

El otoño que ventila.

Propicio. Los ojos a su quehacer.

 

Aperturas y diversiones en el corazón.

 

Puedo negar. Persistir

en la contracorriente al uso.

 

Que lo inercial y las ramas desnudas

me aproximen a donde irrumpe

la belleza.

 

 

Fotografía: Nobuyoshi Araki