Todos los corazones
están rotos.
Esa es su naturaleza.
Orificios por los que entran
y salen
los nutrientes.
Ilustración: Paula Bonet
Todos los corazones
están rotos.
Esa es su naturaleza.
Orificios por los que entran
y salen
los nutrientes.
Ilustración: Paula Bonet
La mujer ideal
se escabulle, incluso,
de todo intento
de idealización.
Hasta que el fuego
en los labios no me deje
olvidarte, dolorosa, áspera,
torbellino negro
del corazón.
Ave que apenas te has saciado
en la rasante de las aguas.
Fotografía: Estefanía García
Vuelvo a ser pez y cigarra
y turbulencia.
Resucito en el lodo.
Soy carne de lejanía
con la sazón
que tus labios quisieran.
De la bruma permanente
se nutre
lo memorable.
Fotografía: Sofía Santaclara
Te dije que mi compromiso radical
es con el mundo asediado
y fugitivo. Nada que ver con esas
lamentables torres de marfil.
Y luego está toda esa belleza a punto
de nacer, humeante, la que transpira
desde lo subterráneo.
En necesaria intersección, claro.
Fotografía: Rebeca Mateos
Eras de grieta y corriente
a sorbos que obtenía
la traducción.
Fotografía: Sofía Santaclara
Se sentó a mi lado, cerró los ojos
y su cabeza iba tambaleándose
como un muelle unido
al resto del cuerpo.
Acabó reposando en mi hombro
y creo que los dos elaboramos
sueños muy fértiles
y deliciosos.
El mundo llegó a su fin
cuando salió disparada
con su maleta en una
de tantas estaciones
posibles.
Fotografía: Sofía Santaclara
Creo que son mayoría
las historias que se acaban,
antes de empezar,
con un beso agridulce.
Ese contacto que detona
una mística revelación.
En el silencio de los pasillos
en época de vacaciones
oigo cómo zumban los misiles
que irrumpen en los tejados
de Gaza.
Mis párpados cansados de leer
ven cómo caen, uno tras otro, los cuerpos
calcinados desde ese avión comercial
derribado en el azulísimo cielo
de Ukrania.
Hay un espectáculo de danza
y una tramitación de impuestos
y gatos serios que deambulan
y la ceremonia del té
como si representaran un escenario
posible para todos
los ametrallados en Sudán,
Iraq, Libia, Nigeria o Egipto.
Contemplo la vida en la playa
y los trajes de baño coloridos,
la virtud de la pesca de bajura
y los fósiles a pesar de la erosión
y desentierro los cadáveres
de las almas milenarias
en Siria.
Me quitan el sueño los sobresaltos
mortales en las calles de Tegucigalpa
y de San Salvador, el infierno
en los trenes que van hacia el norte,
las violaciones en la India
tan llena de luces y sombras.
No tendría espacio para enumerar
todas las cárceles donde reinan
los crímenes más impunes,
todos los grupos armados
que instauran sus regímenes
de aquí mando yo y punto,
todas las formas de esclavitud
que no han sido abolidas
por la evolución
de nuestra especie.
No nos veíamos desde hacía
años y en lugar de declararte
mi amor platónico, te hablo,
en un tren de Tokyo
abarrotado, de todos los dolores
y muertos próximos
o lejanos
que me atormentan.
Fotografía: Aurora Pintado
No son muchas.
Digamos, para redondear,
que una por cada mil.
En cualquier latitud.
Pueden adoptar colores
más oscuros o satinados
en su piel, es lo de menos.
Su magnetismo radical
no deja indiferente, pero araña
las convenciones.
Resiste las etiquetas.
Si se agolpan varias al unísono,
estás de suerte porque es baldío
ponerse a contar.
Te asaltan y laminan.
Son la belleza del discurso,
el átomo en su acrobacia.
Las diosas que no exigen
oración.
Fotografía: Sofía Santaclara
Invocar tu presencia
desde este ángulo muerto:
los rastros y signos
que dejaste inconexos
antes de partir
y que podría recolectar
como si los vínculos no estuvieran
ya enmarañados
para siempre.
Fotografía: Sofía Santaclara
Según las ambiciones:
se puede evocar con modestia
o señalar sin pudor.
De algún modo debe emerger
lo múltiple
y lo barrido por siglos debajo
de la alfombra.
La borrosa apariencia
de rostros y voces acalladas
sin éxito en la cacofonía.
De algún modo producir
la reconfiguración en lo próximo
del poder y la palabra.
Fotografía: Miguel A. Martínez
A primera vista
es fácil deslumbrarnos
y sucumbir a los aparentes
encantos
como nos rendimos
al trino celestial.
Pero como no reserves tiempo
para excavar, dragar, reconstruir
las galerías subterráneas
y comprender la ciencia
de la minería,
dudo que se comuniquen
ambos mundos.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Puedo entender que moderen
sus pasiones, la frialdad calculada
para no acabar malheridos.
Esa pragmática actitud
ante el fuego y la ola y la espuma
que son capaces de congelar
en sus acuarelas
de luz efusiva, sin miembros
ni dolor.
Las que me siguen escamando
son sus extremas válvulas
de escape.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Todos los trenes que salen de Tsurumi
paran en Yokohama,
pero no todos los trenes que parten de Yokohama
se detienen en Tsurumi.
Por eso en el viaje de vuelta
a esta minúscula habitación ubicada en Tsurumi
me confundo a menudo de línea
y entablo conversaciones surrealistas
con los residentes locales.
Sus gestos de sorpresa,
su respetuosas inclinaciones
y su amplio espacio de privacidad
se añaden a las sombras y pliegues
de la noche cuando todos regresamos
medio vivos del trabajo.
No hay rastros del cataclismo
y sospecho que sus ojos irradiarán
más brillo en la época
de los cerezos en flor.
Foto: Miguel A. Martínez
¿Qué poderes te podrían dar
el maquillaje o los tacones altos
que no tengas ya de sobra
con ese genio único
para domar leones?
Con el látigo
de tu desnudez creas
una fiera insaciable
en mí.
Fotografía: Sofía Santaclara
Voy a echar de menos
los juegos de magia
con los que me hacías
desaparecer.
La ventaja es que ya no
necesitaré aparentar más
lo bien que me sentaban
tus cadenas.
Fotografía: Sofía Santaclara
Aunque ahora tomamos
rumbos opuestos,
en realidad seguimos huyendo
hacia el mismo lugar
incomprensible.
Fotografía: Sofía Santaclara
Lo único que puedo amar
de ti con absoluta locura
no eres tú,
sino esa posibilidad
que señalas, aún latente,
de que yo sea.
Es cruel y voraz, lo sé,
pero es también tu derecho.
Fotografía: Sofía Santaclara
Mientras estuvimos juntos
no cesé de investigar
tu secreto, tu secreto
velado
más allá de las cenizas
de mi territorio.
Como en una pesadilla:
tras cruzar una frontera
aparecía otra, incisiva, armada,
no menos intrigante.
Y al despertar ya no estabas,
siempre te ibas pronto al trabajo.
Fotografía: Sofía Santaclara