
De mis brazos
pende el aliento,
el solitario humo
de tu vida. Observo
así el fugitivo nacer
de tu edad cada mañana,
el asombro de mi corazón
que teje en sábanas de invierno
la historia de dos
en el cotidiano duelo
de la carne. Te nombro
y abres más tus ojos.
¡Qué savia tu voz
en mi tronco! ¡Qué latido
involuntario te delata!
De mis brazos
brotan espigas y andamios,
dedos que buscan
la columna, la fiebre
entregada a su oficio
en el deseo. Mi voluntad
cruje como nieve
ante la huella callada
que tu mano deja
sobre el azul temor
de la mañana. Y tirito
ante tu aroma, y busco
la arquitectura de tu amor
en mis brazos, el proyecto
de tu sombra
en los límites de mi ciudad
sin forma. Así acojo tu aliento
en mi regazo, pronto,
antes de que el amanecer
sea reino único de las aves,
en la celebración primera del canto,
antes, para que la luz hunda
sus brazos en tu misterio salado.
Callada así para siempre
la noche en su triunfo
esculpirá nuestros brazos
como trenzas
sobre la piel de los tejados.
Alberto Santamaría, Notas de verano sobre ficciones del invierno

Vuelven a los escenarios los trajes negros con corbata de nudo flojo, y algún que otro sombrero a lo Blues Brothers. Vuelven músicos devotos a su público ávido de swing, rock steady y de alegría. Músicos reverenciales con clásicos del jazz o del pop italiano de hace cincuenta años. Jóvenes skatalíticos sin prejuicios y con muchos metales en la sección delantera. Nueve, nada más y nada menos, y con invitados intermitentes a los bongós y a las voces rapeadas. Sin parar de jugar entre ellos, saltando y acuclillándose. Quizás no son virtuosos implacables, quizás la multinacional que los apadrina acabe arañando su ingenua modestia. Pero sus conciertos elegantes y divertidos, dos en una misma semana en Madrid, no serán fáciles de olvidar. Por si queréis probarlos sin la nata del directo: http://myspace.com/noreplayorchestra

En el Museo Reina Sofía (de Madrid) está todavía abierta (hasta el 10 de octubre) una curiosa exposición con toda clase de sorprendentes artilugios tecnológicos. Entre los que me han resultado más conmovedores me gustaría destacar “Listening Post” (Ben Rubin y Mark Hasen: http://www.earstudio.com/). Como se puede apreciar en el vídeo promocional (http://www.museoreinasofia.com/s-artistas-contemp/home.php) por encima de una melodía cadenciosa y casi nostálgica, se van vertiendo palabras y frases entresacadas de conversaciones que están teniendo lugar en todo el planeta a través de internet (eso sí, sólo las que discurren en inglés). Al mismo tiempo, todos esos fragmentos robados en el ciberespacio son visualizados con un verde fosforito como el de las primeras pantallas de ordenador, a lo largo de decenas de cajitas negras (231) alineadas hipnóticamente en filas y columnas. Un momento sublime para la contemplación de todas nuestras propias conversaciones, como si también estuvieran ahí, objetivadas y troceadas.

¿Dónde la fuerza para la ignición vertical? ¿Dónde el arrojo más blanco para la desnudez?
¿De verdad no soportamos nada? Yo tengo que avanzar hasta aquel tajo, donde las cigarras asierran el vacío con tal denuedo que se pone en marcha el motor de lo imposible.
(Atención, existe también la coquetería del vacío y el narcisismo de lo imposible.)
¿Entonces? Azotar, quizá, con vara verde las nalgas del sistema simbólico.
(Sistemas, empalizadas: convocatoria al salto. Hay puentes para salvar el vacío, y puentes para saltar al vacío.)
Amigo, ¿no te está obsesionando demasiado la sequedad vocálica del otro? Mira cómo aquella cigüeña levanta lentamente la pata izquierda. En el instante preciso de comenzar a hablar, ¿dónde nos apoyamos?
La poesía, motor de vida. La vida, motor de sí misma.
Hilo: el que cose los párpados es, a veces, el mismo que guía fuera del laberinto.
(Atención, el tatuador soñaba con los esquemas del exterminio.)
Entre el polo del vacío y el de la senda exhausta, una enérgica deflagración libera fresca fuerza para el cambio.
Tatuaje u oración de la espesura: vivir con poco para amar con todo.
Jorge Riechmann, Conversaciones entre alquimistas

El principal aliciente para ver Una palabra tuya (Ángeles González-Sinde, 2008) era, simplemente, una película anterior de la misma directora que me sorprendió en su día por muchas de sus virtudes (La suerte dormida, 2003). En esta ocasión desconfiaba inicialmente del tipo de historia que pudiera narrar pues la novelista de la que se ha surtido, Elvira Lindo, no es especialmente santa de mi devoción. Pero, la verdad, pocos novelistas y pocos directores se arriesgan a retratar a la clase obrera, con sus disyuntivas, apuros y anhelos. Y, sólo por eso, ya merece la pena asomarse a la ventana que le brindan las cámaras. (Sin concesiones, eso nunca, a la exigencia artística de conmoción y evocación.) En esta película dos mujeres acaban trabajando como barrenderas nocturnas en las calles de Madrid. Una de ellas, Rosario, incluso había comenzado una carrera universitaria y quizás fueron, más que nada, las frustraciones personales que vivió en su familia, al filo de la clase media, las que le condujeron a ese destino laboral. La otra, Milagros, procedía de una aldea montañesa y de una prematura orfandad que la llevó a vivir en la ciudad con un pariente taxista. Rosario padece una lacerante falta de autoestima y la carga sobrevenida de cuidar sola a su madre anciana, convaleciente y agriada. Trabaja, casi a escondidas, limpiando en el Banco de España. Milagros sobrelleva su soledad y su desconsuelo con una desinhibición exagerada, canturreando y bailando en cualquier lado. Conduce, un poco a lo loco y sin carnet, el taxi de su tío. Mientras la primera vive ensombrecida y amargada, la segunda esconde sus sombras y deseos con actitudes precipitadas... Es una pena que se resuelvan con torpeza y recurriendo a manidos tópicos sentimentales (la maternidad por azar o el emparejamiento-a-falta-de-algo-mejor) el dilema central: cómo se fraguan la amistad (y el amor unilateral), entre ambas protagonistas, con todo el lastre moral y de subsistencia personal que arrastra cada una. Como me ocurrió en su día con Mataharis (Icíar Bollaín, 2007) o con En un mundo libre (Ken Loach, 2007), pensaba obviar este comentario al no salir de la sala oscura con una sensación sublime, pero al ver otras películas realistas tan condescendientes con el despreocupado “encanto de la burguesía” (pienso en la destacable Caos Calmo -de Antonello Grimaldi, 2008- con todo un alarde narrativo minucioso que nos induce a comprender las vicisitudes de un alto ejecutivo), no tengo duda de hacia dónde orientar mis recomendaciones.

“ACUÉRDATE DEL HOMBRE QUE SUSPIRA...”
En el centro de la ciudad o del mundo,
en su jadeante corazón,
en sus plazas,
en las brillantes avenidas
de Nueva York o París,
pulidos escuadrones
se suceden, discuten, empapelan
el destino del mundo.
También hablan de mí;
en ruso o en inglés
hablan de mí,
de mi miseria o de la guerra, dicen
que no quiero morir.
Yo muerdo una manzana,
escupo, estoy tranquilo,
allí me representan,
saben que no quiero morir.
En las asambleas, en los
congresos,
en las reuniones periódicas,
en la primavera o el otoño
los oradores se levantan.
No son hombres,
son los representantes
de América, el Polo Norte o la ciudad de Saint-Louis.
En las plazas,
en el centro de la ciudad o del mundo,
sobre su fragante corazón fatigado,
el reino de la voz que no descansa:
los que hablan en representación
de la tierra,
de la cultura occidental,
del Pacto Atlántico,
de los que tienen un solo ojo
o de los que tienen tres.
Allí y aquí me representan.
Todos me representan.
Soy feliz.
Muerdo mi breve fruto
o mi importante vida; ya no sé.
Estoy tranquilo.
Sueño.
Hay que salvar al hombre.
Me parcelan. Dividen mis derechos
y los defienden por igual.
Ellos, los poderosos
o los santos
o los profesores
o los poetas
o los arzobispos
o los políticos,
los que suelen hablar
en representación de todo el mundo
o quién sabe de quién.
En representación de mí,
que tengo hambre o como
o lloro (¿en representación de quién?),
de mí tan singular, tan oscuro y diario
que me toco, río y muero a la vez
y en representación de mí mismo solamente
amo la vida así.
José Ángel Valente, A modo de esperanza
ENTRADA AL SENTIDO
La soledad.
El miedo.
Hay un lugar
vacío, hay una estancia
que no tiene salida.
Hay una espera
ciega entre dos oleadas
de vida hay una espera
en que todos los puentes
pueden haber volado.
Entre el ojo y la forma
hay un abismo
en el que puede hundirse la mirada.
Entre la voluntad y el acto caben
océanos de sueño.
Entre mi ser y mi destino, un muro:
la imposibilidad feroz de lo posible.
Y en tanta soledad, un brazo armado
que amaga un golpe y no lo inflige nunca.
En un lugar, en una estancia -¿dónde?
¿sitiados por quién?
El alma pende de sí misma sólo,
del miedo, del peligro, del presagio.
José Ángel Valente, Poemas a Lázaro
LA SEÑAL
Porque hermoso es al fin
dejar latir el corazón con ritmo entero
hasta quebrar la máscara del odio.
Hermoso, sí, de pronto, sin saberlo,
dejarse ir, caer, ser arrastrado.
Tal vez la soledad, la larga espera,
no han sido más que fe en un solo acto
de libertad, de vida.
Porque hermoso es caer, tocar el fondo oscuro,
donde aún se debaten las imágenes
y combate el deseo con el torso desnudo
la sordidez de lo vivido.
Hermoso, sí.
Arriba rompe el día.
Aguardo sólo la señal del canto.
Ahora no sé, ahora sólo espero
saber más tarde lo que he sido.
José Ángel Valente, La memoria y los signos
SEGUNDO HOMENAJE A ISIDORE DUCASSE
Un poeta debe ser más útil
que ningún ciudadano de su tribu.
Un poeta debe conocer
diversas leyes implacables.
La ley de la confrontación con lo visible,
el trazado de líneas divisorias,
la de colocación de un rompeaguas
y la sumaria ley del círculo.
Ignora en cambio el regicidio
como figura del delito
y otras palabras falsas de la historia.
La poesía ha de tener por fin la verdad práctica.
Su misión es difícil.
José Ángel Valente, Breve son

Emir Kusturica -el genial director de películas inolvidables como La vida es un milagro o Gato negro, gato blanco- es el guitarrista de una banda iconoclasta: la No Smoking Orchestra. El pasado domingo actuaron en Vigo y lograron que miles de cuerpos comulgaran con sus agitaciones desenfrenadas, con sus irreverencias folkpunk y que repitieran al unísono “fuck you MTV” (entre otras ininteligibles proclamas, probablemente alguna en contra de la reciente independencia de Kosovo). Toda una fiesta cargada de simpatía, teatralidad, ritmo y bailes que recomiendo a cualquiera que tenga la oportunidad de cruzarse en el camino con estos músicos cargados de saludable gamberrismo.

“Me obsesiona una fantasía que tengo sobre la adición de un nuevo artículo a la declaración de derechos del ciudadano: el derecho a la imaginación. He llegado a la conclusión de que la auténtica democracia no puede existir sin libertad de imaginar ni sin el derecho a utilizar obras de la imaginación sin restricción alguna. Para tener una vida completa, hemos de tener la posibilidad de formar y expresar públicamente mundos, sueños, pensamientos y deseos privados, de tener acceso continuo a un diálogo entre los mundos público y privado. ¿De qué otra manera podemos saber que hemos existido, sentido, deseado y temido?
(...) ’Yo no puedo acostumbrarme’, dijo Manna un día. Y yo no podía culparla. Seguíamos siendo desdichadas, comparábamos nuestra situación con nuestra propia capacidad y nuestras propias posibilidades, con lo que podíamos tener, y había poco consuelo en el hecho de que millones de personas fueran más infelices que nosotras.
(...) -Aprende de nosotras -dijo Azin. ¿Para qué necesitas casarte? -Había recuperado el tono insinuante-. No te tomes en serio a esos individuos: sal con ellos y pásalo bien.
Mi amiga la abogada tenía muchos problemas con Azin. Al principio ésta se había mostrado inflexible con lo del divorcio. Diez días después había acudido al bufete con su marido, su suegra y sus cuñadas. Pensaba que la reconciliación era posible. Poco después se presentó sin cita previa; estaba cubierta de magulladuras y dijo que la había vuelto a golpear y que había dejado a su hija en casa de la madre de él. Por la noche, él se había arrodillado al lado de su cama, llorando y suplicándole que no lo abandonara. Mientras hablábamos, Azin rompió a llorar otra vez, diciendo que él le quitaría a la niña si seguía adelante con el divorcio. Aquella niña era toda su vida, ’y ya conocéis a los tribunales, la custodia de los hijos siempre se la dan al padre’. Azin sabía que él sólo quería a la niña para hacerle daño a ella. Nunca se preocupaba por la niña y lo más probable era que la mandase a casa de su madre. Azin había solicitado un visado para Canadá, pero aunque habían aceptado la solicitud, no podía abandonar legalmente el país sin el permiso del marido. ’Sólo si soy dueña de mi propia vida podré obrar sin el permiso de mi marido’, dijo, desesperada y dramáticamente.
(...) Cuando me preguntan por la vida en la República Islámica de Irán, no soy capaz de separar los aspectos más personales y privados de nuestra existencia de la mirada del censor ciego. Pienso en mis chicas, que procedían de diferentes clases sociales. Sus dilemas, independientemente de su clase y sus creencias, eran comunes y procedían del expolio, a manos del régimen, de sus momentos más íntimos y de sus aspiraciones privadas. Este conflicto se encuentra en el centro de la paradoja creada por el Gobierno islámico. Ahora que los ulemas gobernaban el país, la religión se utilizaba como instrumento de poder, como ideología. Este enfoque ideológico de la fe diferenciaba a los que estaban en el poder de los millones de ciudadanos de a pie, creyentes como Mashid, Manna y Yassi, que descubrieron que la República Islámica era su peor enemigo; las personas como yo odiaban la opresión, pero los otros tenían que contender con la traición. Sin embargo, también a ellos les afectaban más directamente las contradicciones e inhibiciones de la vida privada que los grandes asuntos de la guerra y la revolución. Aunque viví en la República Islámica durante dieciocho años, no conseguí captar por completo esta verdad durante los primeros años de agitación, durante las ejecuciones públicas y las manifestaciones sangrientas, ni durante los ocho años de guerra, con la alternancia de las sirenas blancas y rojas, mezcladas con el rugido de los cohetes y las bombas; sólo después de la guerra y de la muerte de Jomeini vi con claridad que éstos eran los dos factores que habían mantenido al país unido a la fuerza, impidiendo que las voces discordantes y las contradicciones salieran a la luz.
(...) Nassrin me habló de su temporada en la cárcel. Todo había sido un accidente. Recuerdo lo joven que era; todavía iba al instituto. ’Temíamos exagerar cuando les atribuíamos canalladas -dijo-, pero ahora sabemos que casi todo lo que oímos sobre la cárcel era cierto. Lo peor era cuando gritaban nombres a media noche. Sabíamos que las llamaban para ser ejecutadas. Decían adiós y, poco después, oíamos el sonido de las balas. Sabíamos el número de fusilados en una noche concreta por los tiros de gracia que se oían invariablemente después de las descargas. Había una chica allí cuyo único pecado era su asombrosa belleza. La habían encerrado porque algunos la habían acusado falsamente de inmoralidad. La retuvieron durante un mes y la violaron repetidas veces. Se la pasaban de un guardia a otro. La historia recorrió rápidamente la cárcel, porque la chica ni siquiera estaba allí por motivos políticos, con las presas políticas. Casaban a las vírgenes con los guardias, que más tarde las ejecutaban. La filosofía que había detrás de todo esto era que si eran ejecutadas siendo vírgenes, iban al cielo. Hablas de traiciones. Por lo general, obligaban a las que se habían convertido al Islam a disparar el último tiro en la cabeza de sus camaradas, para demostrar su lealtad al régimen. Si yo no hubiera sido una privilegiada -dijo con rencor-, si no hubiera estado bendecida con un padre que tenía su misma fe, Dios sabe dónde estaría ahora; en el infierno con el resto de vírgenes violadas, o quizá sería de las que pusieron la pistola en la cabeza de alguien àra demostrar su lealtad al Islam.’
(...) -Una novela no es una alegoría -dije cuando la clase estaba a punto de acabar-. Es la experiencia sensorial de otro mundo. Si no entras en ese mundo, contienes la respiración con los personajes y te involucras en su destino, no habrá empatía, no habrá identificación, y la identificación está en el corazón de la novela. Así es como se lee una novela: inhalando la experiencia. Así que empezad a respirar. Sólo quiero que recordéis esto.
(...) La clase transcurrió sin novedad y las siguientes ya fueron más fáciles. Yo era entusiasta, ingenua e idealista, y estaba enamorada de mis libros. Los alumnos sentían curiosidad por mí y por el doctor K, el joven de cabello rizado con el que había tropezado en el despacho del doctor A, extraños fichajes de última hora en un período en que casi todos los estudiantes querían expulsar a sus profesores: todos eran contrarrevolucionarios, término que abarcaba desde trabajar con el régimen anterior hasta utilizar un lenguaje obsceno en clase.
Aquel primer día les pregunté a mis alumnos cuál era el objeto de la literatura, por qué hemos de molestarnos en leer literatura. Fue una manera extraña de empezar, pero conseguí atraerme su atención. Expliqué que durante el semestre leeríamos y comentaríamos a varios autores que sólo tenían en común el hecho de haber sido subversivos. Unos, como Gorki o Gold, eran abiertamente subversivos por sus objetivos políticos; otros, como Fitzgerald y Mark Twain, eran en mi opinión más subversivos, aunque no se notara tanto. Les dije que volveríamos sobre esta palabra porque para mí su significado era ligeramente distinto de la definición habitual. Escribí en la pizarra una frase de T. W. Adorno que me gustaba mucho: ’La más alta forma de moralidad es sentirse extraño en la propia casa.’ Expliqué que la finalidad de casi todas las grandes obras de imaginación era hacer que nos sintiéramos como extraños en nuestra propia casa. La mejor literatura siempre nos obligaba a cuestionarnos lo que dábamos por sentado. Ponía en duda las tradiciones y las esperanzas cuando parecían inmutables. Les dije a mis alumnos que quería que al leer aquellas obras pensaran en cómo les afectaban, les inquietaban, les hacían mirar alrededor y ver el mundo, como Alicia en el País de las Maravillas, con otros ojos.”
Azar Nafisi, Leer Lolita en Teherán. Una historia de amor, libros y Revolución

El verano siempre nos gratifica con música y cine al aire libre. De lo primero, las tres últimas raciones han sido algo variopintas: Rubén Blades, Manecas Costa y Deluxe. Los dos primeros, en Vigo: el panameño en el acogedor y popular anfiteatro de Castrelos, el guineano en el entrañable corazón del casco viejo. Lo de Xoel López y sus acólitos fue casi una improvisación institucional de última hora en Tui para ponerle el broche final a un concurso de bandas jóvenes. Rubén Blades, actualmente ministro de turismo de su país después de años de presentarse como candidato presidencial, sigue trovando con buena voz y caribeña orquestación su Pedro Navaja, su Caminando, su Camaleón y muchas otras historias cotidianas de gentes humildes, esperanzas sencillas e injusticias corrientes. Bailar salsa con estas letras, por fortuna, no te sumerge en la indiferencia ni te escandaliza como tantas otras proclamas machistas del género. Y la sección de vientos y metales, tan bien coordinada con el resto, sonaba sublime. Me alegró también compartirlo con Elías y con esos cientos de personas anónimas que congrega tan maravilloso auditorio... Unos días después, el cartel festivo de Vigo nos regaló con la visita de un genial guineano-portugués que con sólo su guitarra y su hermosa actitud nos acariciaba los oídos y nos mecía todos los sentidos. Ya lo había escuchado antes enlatado gracias a algunas de las emisiones especiales de Cuando los elefantes sueñan con la música (en Radio 3), pero seguro que andaré tras su pista con más atención en el futuro... La descarga pop-rock del grupo coruñés Deluxe era harina de otro costal. Aunque no es uno de mis estilos preferidos, no tengo prejuicios y sí, más bien, mucha curiosidad por grupos como este con tan estupendas referencias del pasado. Las canciones sonaban contundentes, pegadizas y con sus toques de delicadeza oportuna. Desde luego, más originales y con menos aires de superestrellas que otros grupos de la escena pop-rock comercial a los que no soporto ni un minuto. Así que estupendos bailes y melodías para salpimentar la temporada estival.

Agua helada y dura,
luna de enero,
tu madreperla
es el silencio.
En la noche rasa En el espejo ciego Tanto he sufrido y tanto Para saber si existo Gabriel Celaya, Canción
y el desamparo
-pizarra limpia-,
yo escribo claro.
me paro a ver
el dolor reflejado,
la verdad al revés.
he ido olvidando,
que cuando escribo
no sé a quién le hablo.
canto y no sé
si lo que soy ya fui
o si seré.
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