
Huye la esencia. ¡Invéntala! O déjala ir, con su rumor.
Sólo hay una esencia, al final, cuando la nada
te absorbe irreversiblemente. Las otras verdades,
interinas, son, no más, los olores de la vida.
El pulso.
El zumbido.
El resplandor.
La única institución, el único fluido.
El olvido níveo de las reglas áureas.
¡Vivir, vivir! Vivir
con síntesis y con muletas. Resistiendo al hielo,
combatiendo a la piedra y a los sentimientos fósiles.
Sólo gozar con la armonía
de lo intenso.
Batir las alas como las aves del litoral.
¡Que el silencio no te pese!

En el festival Cineuropa de Santiago de Compostela me he encontrado con esta inspiradora película: Megane (Gafas), dirigida por Naoko Ogigami (2007). La sinopsis oficial deja a la claras el argumento: “Es como pasar unas relajantes vacaciones en una playa japonesa, una historia que redescubre el placer de las cosas sencillas y lo estimulante que puede ser perder el tiempo contemplando el horizonte. Taeko, una profesora urbanita un tanto estresada, llega a un pequeño hotel junto al mar para pasar unas vacaciones. Regentado por el excéntrico Yuji, frecuentado por Haruna y espiritualmente inspirado por la misteriosa Sakura, el lugar funciona como un pequeño microcosmos donde los móviles no funcionan, echarse la siesta es casi obligatorio y la vida transcurre entre helados de judía roja, gimnasia matutina en la playa y cenas a base de langosta. Una película encantadora que deja una sonrisa permanente en los labios.” Hay muy poco drama en las escenas, escasos momentos de tensión, ausencia de conflictos serios. Sólo la turista perpleja ante la vida placentera que reina en el lugar suscita unos instantes de inquietud. Ella misma oculta las misteriosas causas que le impulsaron a retirarse a esa recóndita localidad costera donde la gente cultiva el campo, pesca y, sobre todo, come con delicadeza y deleite. La cámara de la directora se detiene una y otra vez en las comidas, en los silencios de las comidas, mostrando poéticamente toda su simplicidad, toda su necesidad. La señora Sakura sólo llega en primavera, antes de los monzones, sin equipaje alguno, y ofrece alegremente sus granizados a cambio de cualquier cosa que se le quiera dar en contraprestación, excepto dinero. También ameniza a diario una simpática especie de Tai-Chi compartida por nativos de todas las edades. Todo parece un prodigio de convivencia, de alimentos saludables y de meditaciones introspectivas contemplando la caída del sol. Eso es la vida y poco a poco asistimos a su redescubrimiento por la profesora visitante, por esa huésped que acaba abandonando su maleta de libros en una carretera y dejándose llevar por la cerveza compartida con una sonrisa, por los gestos de la reciprocidad. Todos han mirado en su pasado interior, en la muerte futura, en las ruinas de la civilización que les rodea no muy lejos de allí. Y, sin embargo, todos parecen darse cuenta de que la felicidad consiste en esa especie de “slow life”, de comunalidad respetuosa y del esfuerzo y los artificios imprescindibles para estirar el tiempo de vida. Ahí están los vasos comunicantes con el resto del mundo. Por eso no hay más huéspedes en los alojamientos turísticos de este humilde paraíso.

Una lluvia de almendras,
dos trenzas diminutas,
tres parapentes blancos,
cuatro cestas de frutas.
Cinco copas de hierro,
seis recuerdos heridos,
siete caminos largos,
ocho lirios partidos.
Nueve mareas altas,
diez sorbos de cerveza,
once alquimistas ciegos,
doce encinas que rezan.
Un día nos regala
como yo a ti te regalo ahora
alas, alas.
Trece viernes de dicha,
catorce desconocidos,
quince perfumes limpios,
dieciséis horas de olvido.
Diecisiete reyes de oro,
dieciocho decisiones,
diecinueve caballeros
con veinte preocupaciones.
Veintiuna albercas de agua
con veintidós pensamientos,
veintitrés pasos perdidos,
veinticuatro sentimientos.
Pablo Guerrero, Alas

The mouth of flowering’s finished. The fruit’s in,
Eaten or rotten. I am all mouth.
October’s the mouth for storage.
This shed’s fusty as a mummy’s stomach:
Old tools, handles and rusty tusks.
I am at home here among the dead heads.
Let me sit in a flowerpot,
The spiders won’t notice.
My heart is a stopped geranium.
If only the wind would leave my lungs alone.
Dogbody noses the petals. They bloom upside down.
They ruttle like hydrangea bushes.
Mouldering heads console me,
Nailed to the rafters yesterday:
Inmates who don’t hibernate.
Cabbageheads: wormy purple, silver-glaze,
A dressing of mule ears, mothy pelts, but green hearted,
Their veins white as porkfat.
O the beauty of usage!
The orange pumpkins have no eyes.
These halls are full of women who think they are birds.
This is a dull school.
I am a root, a stone, an owl pellet,
Without dreams of any sort.
Mother, you are the one mouth
I would be a tongue to. Mother of otherness
Eat me. Wastebasket gaper, shadow of doorways.
I said: I must remember this, being small.
There were such enormous flowers,
Purple and red mouths, utterly lovely.
The hoops of blackberry stems made me cry.
Now they light me up like an electric bulb.
For weeks I can remember nothing at all.
Silvia Plath, From ’Poem for a Birthday’
(Traducción de Jesús Pardo:
Floreal término. Cayó la fruta,
pudrióse o fue comida. Sólo boca
soy. En octubre, mes de almacenaje.
El cobertizo huele a tripa rancia
de momia: herramientas, colmillos, moho.
En casa estoy, entre cabezas muertas.
Dejadme que me siente en este tiesto,
ninguna araña lo verá, paróse
mi corazón como un geranio.
Ojalá el viento deje mis pulmones.
Los pétalos nasales. Boca abajo
las flores, sonoras como hortensias.
Cabezas putrescentes me consuelan,
ayer clavadas a las vigas: de estos
pupilos no será el invierno.
Repollos: plata mate, agusanada
púrpura, piel comida, oreja aguda,
corazón verde. Venas de tocino.
¡Oh, belleza del hábito! No tiene
ojos la calabaza. Estas estancias
hierven de chicas que se piensan pájaros.
Monótono colegio. Soy raíz,
piedra, plumón de búho,
vivo sin sueños de ninguna clase.
Madre, tú eres el mes único
de quien yo fuera lengua. Madre de aire,
cómeme. Sombra de dinteles vanos.
Dije: me acordaré, pues soy pequeña.
Había flores tan enormes,
bocas rojas y púrpura, bellísimas.
Los tallos de las moras me hacen daño.
Ahora me encienden como una bombilla.
Desde hace días no recuerdo nada.)

La última película del argentino Juan José Campanella, El secreto de sus ojos (2009), juega en los umbrales de varios géneros (thriller, drama y comedia) hasta permitirnos tocar la médula de su narración: la memoria de oprobios y frustaciones. Consigna el director: “Me fascina la memoria. Cómo repercuten hoy en día decisiones que hemos tomado hace veinte, treinta años. La memoria que también puede ser la de una nación. (…) Quizá pueda ser una historia como ésta, una historia de crimen, pero principalmente de amor. De un amor en estado puro. De un amor que se terminó cuando era puro capullo, sin darle tiempo a haberse marchitado.” Pero no son suficientes ingredientes tan extremos: los actores nos hacen vibrar con sus rutinas y sus osadías, los amores cercenados son muy distintos cuando dependen de elecciones propias y cuando los causan brutalidades ajenas, los sentidos de la justicia discurren por caminos tortuosos. Más allá de interpretaciones tan verosímiles y de personajes tan viscerales, la película emociona, estremece y apela a nuestras dudas con sutileza. Y nos recuerda las trampas que tiene todo esfuerzo titánico por reconstruir la memoria de lo que todavía nos constituye.

Sólo un loco dice: yo no estoy loco. Sólo
los mentirosos, los que se sienten seguros en sus verdades
improbables y en una vida corrediza como los seísmos.
Sólo una legión de dóciles afirmaría: todo se puede traducir,
transitar, transcender. Sólo los que callan y aplican
bálsamos a los susurros y a las palabras por pronunciarse.
Escuálidas, como el comercio
y la comunicación.
Sólo quienes tienen amputados los dedos de la melodía silbada
sobre una copa de agua. Sólo quienes ahuyentan la quietud
y nunca se han preguntado: ¿qué queda de lo común?
Esa ceremonia por deslindar las barricadas
de la artillería.
Sólo los solos en sus enjambres viven y mueren, malviven
mientras se malmueren, ahítos de certezas y de un mundo
siempre acabado, repleto, listo
para ser olvidado.

Hace unas semanas proyectaban en Madrid el documental “Let’s Get Lost”, dirigido por Bruce Weber en 1988, así que estrenado por aquí con más de 20 años de retraso (si es que no se trata de una reposición por pasar desapercibido por entonces). En estas semanas habré visto una decena de películas más, pero ninguna le llega ni a los talones a aquella obra. Cierto es que la adulación que uno siente por la voz dulce y romántica de Chet Baker, tanto como por sus fraseados inmensos a la trompeta, hace mella en cualquier valoración juiciosa acerca de las experiencias artísticas que se van inoculando en nuestra vida. El documental es más que un simple bio-pic del talentoso jazzman. Es, sobre todo, una hilación soberbia de verdaderas fotografías en blanco y negro, evocadoras de la tristeza y derivas del protagonista. Acaricia al espectador tanto como a la ficción. Acaricia la ficción: juega a contar las cosas como si cada personaje, cada escenario y cada anécdota compendiasen historias morales, dramas históricos, perlas narrativas cazadas al vuelo. Acaricia al espectador: no hay ningún misterio sobre el que aleccionar, sabemos desde el principio que Chet Baker se suicidó a los 58 años, sabemos que deambulaba entre hoteles y mujeres y una galopante y temprana toxicomanía, sabemos que estuvo en la cárcel y se olvidó de sus hijos, sabemos, no obstante, que aún no sabemos casi nada. Y nos vamos dando cuenta después de que todas esas cartas se han puesto descubiertas sobre la mesa.
No hay interrogatorios. Su madre, sus amantes, sus hijos, su esposa, sus compañeros de oficio: todos adoran al hombre que también se adora a sí mismo, o eso pretende hacernos creer delante del espejo narcisista de la cámara. Sin embargo, el director nos muestra una admiración más trascendental, la de aquellos que reconocen a un músico con una fortaleza estética extraordinaria y, a la vez, a un ser humano profundamente débil, dependiente, sensible y perdido. El “James Dean” del jazz lo llegaron a denominar. Uno de los pioneros del “cool” jazz. Nunca imaginé todo eso por debajo de esas canciones tan limpias y amorosas durante tantas noches en vigilia. En una de las canciones a las que Baker entrega toda su oscuridad interna transmutada en sentidas entonaciones, dice: “imagination is funny (…) imagination is crazy (…) imagination is silly”. Chet Baker, a fin de cuentas, no quiere hacer cuentas con nada ni con nadie. La imaginación no le importa porque sabe que todo está ya saldado. Sólo le aplaca el alma el milagro que se produce cuando le escuchan atentamente, cuando sus melodías parecen venir a él sin esfuerzo y ese es todo lo que nos puede ofrecer. Bruce Weber tan sólo viaja con él en sus últimos conciertos por antros y garitos de costa a costa. Nos reparte los retratos de su pasado y las arrugas prematuras del presente, y allá nosotros.
La semana pasada me encontré la biografía de Chet Baker en italiano en el hostal de un hospital psiquiátrico de Milán. Había unos veinte ejemplares a disposición de los huéspedes ocasionales. Sólo unos días después de ver la película, así que me animé a la lectura. Pero lo que más me sorprendió fue el lema que presidía el hostal y el hospital en general: “Da viccino nessuno é normale” (De cerca, nadie es normal). Una herencia de las corrientes de la anti-psiquiatría, muy probablemente. ¿Cuánto de cerca podemos llegar a conocer a alguien? ¿Cuán probable es desequilibrarnos a las primeras de cambio? Nadie es normal, todos somos extraños. Nuestras búsquedas, además, están salpicadas por los momentos sublimes de los que consideramos menos cuerdos y fiables. Convivir con las contradicciones será todo un arte, al menos si ellas aceptan convivir con nosotros en idéntica proporción.

Tus dedos salados.
Tus dedos salados
que relamo.
Tónico para despertar.
Lo bebo.
Como bebo en tu pelo
lacio
e infructuoso.
Lo líquido no está ahí.
Está en tu boca
y en las palabras gaseosas
que salen de tu boca.
Que salen de tu boca sólida
como salen esas pompas
de jabón o de chicle
cuando me miras.
Como brota la espuma
salada.
Salada como tus uñas.
Salada como tus dedos
y tu mar de piel
que relamo.
Que relamo
en esta tierra interior.
En esta tierra
de agua dulce.
**
Me llenas.
Me llenas y me desbordo.
Me desbordo tanto
que me vacío.
Y me vacío
con vértigo
a no llenarme nunca más.
A no tener vértigo
nunca más.
Y con vértigo
a llenarte como me llenas.
Gota a gota.
Como te desbordas
sobre mí
gota a gota.
Y temes como temo yo
el precipicio.
A precipitarnos.
A llenarnos precipitadamente
hasta los labios.
Hasta los labios amoratados.
Los labios que no saben
cuánto hay dentro
que grita.
Que grita por salir.
Por llenarte
de nuevo.
Por llenarme
y quedar de nuevo
tan desnudos.
Como siempre.

El título de este libro de Jorge Riechmann aparecido el año pasado, tiene un título cautivador: Bailar sobre una baldosa. Una pista para ir resolviendo el enigma: sólo unos pocos, muy pocos, hacen del gozo de vivir un ejercicio de belleza, de reflexión sobre el mosaico que habitamos, y de alerta ante las señales de nuestra finitud ecológica. Voluntad de minoría, sí, pero también de agitación de mayorías. Riechmann juega a dos bandas. En una despliega toda una artillería de datos y citas sobre la actual catástrofe ecológica nunca antes experimentada en nuestro planeta (al menos, con la presencia de los homínidos). En paralelo nos muestra retazos de su biografía, aforismos de caminante, guijarros de ética, política y poética. Dice que persigue el sueño de Walter Benjamin de escribir un libro sólo con citas, pero no se resiste a darle su sentido a toda la enciclopédica recolección que hace de autores de todas las extracciones intelectuales posibles (desde la literatura hasta la sociología, la física, la neurología, etc.). Su empeño y desvelo tienen un enorme mérito. Y nos provee con una caja de herramientas cargada de sabiduría sosegada y de honestidad con sus propias convicciones en todos los órdenes de la vida. La vida, por delante de todo. Pero dentro de los límites de la naturaleza. Y la justicia y la utopía igualitaria como hilos de conexión entre todas las piezas de este collage. Para los adeptos, además, los ecos de Albert Camus o de René Char, rezumando por las cuatro esquinas. Para muestra, algunos botones:
“Lo que la poesía hace incesantemente es aproximar lo lejano, conectar lo desconectado, establecer vínculos que antes no existían. (…) El poeta no es un agente del orden. (…) Crear es descubrir nuevas metáforas.” (p.158)
“Hemos follado con diosas (que es lo que son todas y cada una de las mujeres durante un buen coito); y vamos a morir. Ante estos dos datos básicos de la existencia humana (mutatis mutandis para mujeres heterosexuales o varones homosexuales), todo lo demás palidece un poco.
Qué hermosa la etimología de follar: viene de la palabra latina follicare, respirar, jadear (derivada de follis, fuelle). De la misma raíz: holgar, holganza, huelga. Y de esta última la variante andaluza juerga.” (p. 388)
“Siempre habrá alguien a mi izquierda que me denuncie como derechista.” (p. 394)
“¿No convendría reparar en algo así como lo que -tentativamente- podríamos llamar acuerdo consigo mismo y con el cosmos? Esa especie de armonía, ¿no debería pesar mucho más que el aprecio o censura por nuestros méritos e iniciativas que recibamos por parte de la sociedad?
¿No deberían considerarse criterios decisivos de éxito o fracaso vital la veracidad con que uno vive su propia vida? ¿El grado en que contribuye a hacer mejor o peor la vida de la gente más cercana? ¿La felicidad subjetiva, el disfrute en la cotidianidad? (…) La pregunta decisiva es, a la postre: qué significa para mí vivir bien.” (p. 634)

Ahora esconde las manos.
Esas manos buenas de mi abuela
con las que me acariciaba el pelo
y me llamaba rosa
vida, ángel rubio y guapo.
Esas manos.
Esas manos sabias de mi abuela
que hicieron cálido el invierno tejiendo
mantas mejores que las de cualquier
Penélope, que convertían la tristeza en risa
sólo con dejarme la caja de botones
para jugar.
Esas manos.
Hoy se apuntó a un curso de internet
y no quiere
que nadie vea esas manos,
dice que están viejas, feas, oscuras
de tanto trabajar en el campo.
Ahora, mi abuela, esconde las manos
y no se atreve a tocar el teclado del ordenador.
Y yo, tan lejos como sigo estando de mí misma,
no le digo que esa manos
me hicieron creer en la vida tantas veces,
no le digo que son las manos
más hermosas que jamás tocaron
la tierra.
Sofía Castañón, 23 Pandoras
Abandona el cuarto y se abandona a la ducha,
prendiendo a conciencia su olor en las baldosas.
Se asoma silenciosa antes de marcharse del todo.
Él duerme.
Ya descubrirá de día que las princesas madrugan.
Carmen Ruiz Fleta, 23 Pandoras
...Todo lo demás está comprobado.
Todo menos los pequeños trozos de papel
Rasgado en el cenicero.
Cosa tuya, supongo. Tenemos suerte
esa suerte del principiante,
todavía
hay abundancia de alimentos en el frigorífico
Como si conmemorásemos el nacimiento del placer
abrimos y cerramos las puertas blancas, la piel en la nuca
de pronto tensa, nos miramos riendo
y no habitamos en el horror ni en el adversario,
Tenemos el resuello de los héroes,
no nos molesta ya
la flaca verbigracia de las niñas y sus paréntesis
ni ese aire tremendo de agotamiento en las cortinas
Autoritarias y voraces, levantando en sus lenguas
Solicitando
Por defecto.
También los libros educados por colores
El ritmo de los lo en la cocina por la tarde
Y la lógica dialéctica de un enfermo
Muy
Enfermo.
Y la porción de un abismo apagado en la bola
Del mundo.
La contienda del azar, las puertas con sus candados
Los pasatiempos del periódico el orgullo de un pájaro
El ojo como un hueso clavado en la garganta.
Este vínculo de articulaciones por la noche y en la
Cama.
Los mensajes morse de unos párpados que tiemblan.
Safrika, 23 Pandoras
Me sorprende que todos os empeñéis
en ser mis madrastras,
mis enanitos,
mis espejitos mágicos,
mis manzanas venenosas.
Soy la Blancanieves negra
inmune a vuestro cianuro,
que escupe
a esos príncipes perfectos
plastificados y púberes.
Soy la Blancanieves
menstruante,
la princesita preñada,
la impúdica y casquivana
Blancanieves de taberna.
La niña despierta,
mientras se hace la dormida.
La Blancanieves
de látigo húngaro,
de katana japonesa
y de puño americano.
La Blancanieves con metralleta.
La princesa de la voz agria,
la de los gritos duros,
la de la cerveza amarga.
Blancanieves sin madrastra,
sin príncipe,
sin enanos.
Sonia San Román, 23 Pandoras
No soy dueña de nada
mucho menos podría serlo de alguien.
No deberías temer
cuando estrangulo tu sexo,
no pienso darte hijos ni anillos ni promesas.
Toda la tierra que tengo la llevo en los zapatos.
Mi casa es este cuerpo que parece una mujer,
no necesito más paredes y adentro tengo
mucho espacio:
ese desierto negro que tanto te asusta.
Miriam Reyes, 23 Pandoras
LA REPONEDORA MURIEL
sólo tú haces de un día vacío todo el día
eres el demiurgo sencillo de un universo diminuto
arrastrando en el círculo sexto sección láctea
todo el palé de la tristeza
repones el ansia con el ansia
y el tiempo con el tiempo
sólo tú tienes la contradicción misma
de los dioses
te vanaglorias de un orden
que será siempre destrozado
y al levantarte con el cuerpo tan antiguo
miras los pasillos inexactos
sección deseo llena de realidad
sección verdad llena de historia
a una simple voz tuya todas la bandejas dicen carne
los mostradores revelan la verdad subconsciente de sus 10 grados
se alinean las hileras
surgen anaqueles rebosantes de todo lo que pueda desearse
sólo tú tienes como todas las mañanas
tres horas justas para crear un día
María Eloy García, 23 Pandoras
VIVIENDAS FUNDACIÓN BENÉFICO-SOCIAL
(Sector Sur, Córdoba, 1961-1965). Arquitecto: Rafael de la Hoz
Teníamos un tiesto con claveles,
las coplas dedicadas por la radio
y un corazón de periferia
con vistas a la diáspora y al tizne.
Yo contaba dos años, tan blanca la memoria
que no recuerdo nada, pero he visto mi barrio
en una exposición de arquitectura
que muestra las vanguardias y el enjambre moderno.
La vivienda social era una huida
de los asentamientos marginales.
Así, pensando en los más pobres
y en nuestra natural inclinación
al revoltijo y a la bronca,
nos construyó el franquismo un polígono
de casas protegidas, de refugios al margen,
como nidos aislados de hipoteca.
En medio de un solar sin jardineras,
ni césped verde ni inglés ni toboganes,
se edificó una urdimbre de bloques tan idénticos,
con sus cubiertas de teja a dos aguas,
como idénticas jaulas de tristeza
para pájaros torpes o vidas que no logran
alzarse, y a ras de asfalto se mueven
con sus muros de carga paralelos.
Viviendas solidarias, dijeron los ministros.
No dijeron más dignas que nosotros,
criaturas sin modales ni costumbre,
casi bestias del campo a la intemperie.
Porque un techo no basta. Porque no hay dignidad
ni en la pobreza ni en el hambre.
Teníamos un cielo lapislázuli,
igual que en las películas.
Y un corazón a dos aguas de cauce turbulento,
y un corazón a dos lavas de volcán siciliano,
y un corazón a dos sangres fluyendo por los días.
Teníamos un arte de realismo puro:
fachadas de ladrillo visto,
polvaredas del natural,
secuencias al estilo de Vitorio de Sica.
Y un corazón al revés, a dos aguas.
Pero con una sola muerte.
Isabel Pérez Montalbán, 23 Pandoras
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