
El dolor maúlla en lo oscuro.
Quiebra los filamentos de seda
que instaban a la luz, deja solitario
sus rasguños.
Periclitará, no obstante, bajo
la duna y su austera geometría.
Hay que dejarlo correr, indivisible,
hasta que sedimente y calcifique
su voluntad
que declina.
Fotografía: Marta Rebón

No es prosa, no,
encadenamiento de sintagmas,
lugares comunes o tristes,
acción en busca de un sentido,
epopeyas,
vanas glorias,
escaparates de reliquias
históricas, pretensiones
de pueriles embustes,
no ficción,
no verdad,
ninguna figura simbólica.
Es sólo mi cuerpo extraño.
Ilustración: Javier Olivares

Regresa a ti,
a tu aleación,
a la conciencia
de las fisuras que entretejen
el vacío, pues, si no,
se deformará
tu palabra pensada,
sedimentará
en las turbias salinas.
Antes de que se aneguen
los círculos,
antes de la crecida
del tiempo ebrio,
del lúpulo trenzado,
de la nostalgia por
cabalgar hasta los mares
de alfalfa y ocaso,
regresa a ti
pues sólo desde tu sed
infinita,
desde tus ojos
zozobrantes, en el
filo de tu amargo
paladar,
donde se masca
la ausencia y pelean
las contradicciones
por una limosna de luz,
puedes recobrar
algún corpúsculo
del vano amor.
Fotografía: Jim Campbell

Sobre el fuego leo tus palabras.
Las palabras se disuelven frente al ocaso,
y los verbos irregulares.
He conseguido una envidiable palidez para leer tu carta.
En ocasiones el mar palpita dentro de mí. Detesto su protagonismo.
Escupo una ola.
Y ya escupo otra ola.
Soy incapaz de distinguir sus movimientos. Mis ensoñaciones, atrapadas en las sístoles y diástoles del mar, me impiden distinguir la quebradiza horizontalidad de las aguas.
También yo sufro todos los Jueves Santos.
También yo envidio el don de alas,
las vertiginosas trampas del funambulista.
Recuperar sus labios en el aire.
El mundo -me digo- empieza en los otros, ellos son mi exilio.
Rafael Pérez Estrada, Bajo el cielo indeciso (2004, póstumo)
Ilustración: Rafael Pérez Estrada

Amables aves de la costumbre,
cuando viajo soy el que vuelve.
La distancia es sólo la nostalgia:
la añoranza más breve entre dos puntos.
Guardadme la levedad del humo,
su imperceptible nube,
la prisa de los paisajes,
los adioses de puntillas,
la sorpresa de infinitas paralelas.
¡Viejos trenes de entonces,
más audaces que nunca!
Rafael Pérez Estrada, Bajo el cielo indeciso (2004, póstumo)
Fotografía: Jaroslav Rossler

Ajenas al paseo marítimo,
angosto y tedioso como el domingo,
dos jóvenes sirenas con cuerpo de ola
emergen de la belleza turbulenta
donde habitan fósiles y crustáceos,
los seres flotantes de la bajura
y la caricia helada y azul
de las postrimerías.
Como caracolas que me regalan
el despliegue de sus fruncidos
por la virtud de la danza,
así sus extremidades perfilan
el boceto del horizonte luminoso.
Sus besos salados apenas se rozan
y nadie repara en sus gestos gráciles
ahítos de una alegría nueva,
del placer en el nado.
Los cabellos enredados e indecisos,
aún húmedos y olorosos a la libertad
plateada de las profundidades,
con el verdín de las algas adherido
a sus manos deseantes,
con el fulgor de las veleidades
oceánicas más ágiles que las estrellas,
esos espejismos que no remiten
ni debajo de las pamelas.
Su caligrafía amorosa evoca
lo insaciable, sus pieles de invierno
sólo aguardan el abrazo de marfil,
el tigre de seda junto al que
lloverán nuestros sueños.
Fotografía: Erwin Blumenfeld

Déjame que te hable en esta hora
de dolor con alegres
palabras. Ya se sabe
que el escorpión, la sanguijuela, el piojo,
curan a veces. Pero tú oye, déjame
decirte que, a pesar
de tanta vida deplorable, sí,
a pesar y aun ahora
que estamos en derrota, nunca en doma,
el dolor es la nube,
la alegría, el espacio,
el dolor es el huésped;
la alegría, la casa.
Que el dolor es la miel,
símbolo de la muerte, y la alegría
es agria, seca, nueva,
lo único que tiene
verdadero sentido.
Déjame que con vieja
sabiduría, diga: a pesar, a pesar
de todos los pesares
y aunque sea muy dolorosa y aunque
sea a veces inmunda, siempre, siempre
la más honda verdad es la alegría.
La que de un río turbio
hace aguas limpias,
la que hace que te diga
estas palabras tan indignas ahora,
la que nos llega como
llega la noche y llega la mañana,
como llega a la orilla la ola:
irremediablemente.
Claudio Rodríguez

Leo en el periódico que dentro de 5.000 millones de años
el Sol se convertirá en una gigante roja
cuyas llamaradas se tragarán Marte y la Tierra
y, entonces, un puñado de lágrimas me ascienden hasta
la mirada del revés y todo ese devenir de desolación
se prefigura nítido y diáfano como un infierno
en el que nunca creí.
¿De qué me sirve, me pregunto, toda esa conciencia
de un futuro tan devastador?
¿Contribuye con alguna partícula relevante
de invisible polvo cósmico a la certeza
de mi propia muerte no mucho más tangible
aunque sí más próxima en la imaginación
de probabilidades victoriosas?
¿A qué animal le causaría congoja el abismo
que separa el riesgo siempre latente de que se
extinga la singularidad de su ser y la gruesa estimación
del áureo vacío en que se sumirá toda la vida templada
que ahora le rodea?
¿Quién puede afirmar con la exactitud de las mareas
que es rápido o lento el ritmo con el que nos
abocamos como totalidad hacia la convulsión
de nuestra estrella madre, y que su imperio
nos obliga a la contemplación estática de la efímera
belleza o que su inexorable sentencia es, por sí,
indiferente a los estragos torpes de
nuestras manos impotentes, al fin y al cabo?
¿Habría, acaso, alguna palabra que se pudiera
oponer a ese silencio ufano y seguro que viene?
¿No es mejor callar ante lo inefable?
¿O prefiero seguir como si nada, ignorar esa fuerza
pantanosa que reclama la descomposición
de mi cuerpo, que succionará todo vínculo solidario
con los entes que residen en mi cercanía?
¿Por qué otra materia del universo merece menos
estima a pesar de su probada longevidad?
¿Y qué valor posee una gota de tristeza astronómica
que apenas llegaría a asomar otro día cualquiera,
leyendo otra noticia o esquela o defunción tanto o más
ingrata y que, de inmediato, sería neutralizada
con una dosis no menos pasajera de euforia o de
hambre o de deseo o de la paz incolora y amarga
que produce el estado de abandono?
Fotografía: Ernst Haas

I
Enamorarse es un lujo,
un manjar exquisito.
De ahí a pasar hambre
media un abismo.
II
Enamorarse es un milagro
semejante a un premio
de lotería.
¿Por qué concitará a legiones
de creyentes?
¿Por qué a tantos ateos
embaucados?
III
Al enamoramiento llegamos
por accidente.
Incluso por accidente premeditado,
sin reparar en qué
cuidados paliativos
precisarán las víctimas
de la colisión.
IV
Del sobresalto
del enamoramiento
no hay reposición
instantánea.
Demanda un trabajo a tiempo completo
aunque el contrato estipule
duración determinada.
V
Esta teoría es insaciable e irritante:
se recomienda adoptar las precauciones
pertinentes en los ojos, extremidades
y otros órganos no identificables
en caso de proceder
a su empírica
verificación.
Fotografía: Jaroslav Rossler

I
Detrás de los falaces paraísos
convocar esas cosas olvidadas:
un juego de manos, un viejo truco
que pretende hacer carne la memoria.
II
Dominar sin dolor los laberintos.
Atender sus señales tan extrañas.
Escuchar en los silencios del viento
y los ecos de la vana palabra.
Recordar antiguos placeres
hasta reconocerlos con la boca.
Y que el agua se dé por añadidura.
Trinidad Gan, Fin de fuga
Fotografía: Jacques Henri Lartigue
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