
Como si se acabase el mundo
y clavásemos nuestras uñas
en este lado, aquí donde restaba
tanto por conocer, donde la rabia
colosal ante la estupidez humana
se teñía de esas ráfagas de estupor,
de los destellos de la dicha, de los ojos
preñados de unas olas dóciles.
Como si nos despidiésemos para siempre
porque los calendarios se humedecieron,
porque las líneas rectas nunca nos agasajaron
con certeza alguna, porque viramos
el rumbo de nuestra peonza con el silbido
lánguido, porque los presagios,
porque la infancia, porque la luz
se cernían con sus enigmas.
Como animales heridos por el filo
de la trascendencia nuestro amor salvaje
escarbaba el alma, se adhería al infinito
que un cuerpo asible apenas musita,
tan entrelíneas, ultrasónico, ávido,
como el murmullo cauto de las algas
en su reserva frágil e inconsciente.
Porque el solsticio de la vida no sufraga
la equidistancia y el deseo se precipita
con violencia, muerde con sus incisivos
en el corazón y en sus intermediarios,
tala sin concesiones todo lo superfluo,
comba la chata ley, exige su viático
y rezuman sus labios el néctar de la naranja.
Porque tu pubis cósmico y tus baños de jazmines
y el tráfico de tus estrellas y tu prisa
y tu demora y el beso cáustico a carcajadas
y el ósculo cataclísmico y recorrer
el abecedario de tu piel buscando un verso,
una epopeya, una señal, un fruncido.
Porque sólo unas horas después,
ya te echo de menos.

Transitando
generamos
la luz.
**
Dotación
de la escala
perpleja.
**
Sólo arraiga
y envejece
lo híbrido.
**
Improvisar
el incipiente
naufragio.
**
A lo inhóspito
que nos sufraga,
nos debemos.
**
Intuyo poco,
pero qué arrebatos
de misticismo.
**
¿Por qué me miran
inconmensurables
tus piernas?
Fotografía: Alvaro Minguito

Una porción de espacio en la que conjugar
tu temblor,
tu sed,
tu resonancia,
tu penumbra,
tu tapiz,
tu probabilidad.

Exhortar al cuchillo a seleccionar con tino las cabezas
que merecen el sacrificio de acuerdo a estrictos criterios
de justicia distributiva y evitarle, así, a la mano ejecutora
tamaña responsabilidad.
Que la maleable historia de nuestra naturaleza deje
de amargarnos la cena.
Fotografía: Ruth Franken

Darnos tiempo y espacio para la mutación,
dejar de ser para ser, que nuestro rostro se enardezca
de nuevo.
Darnos transparencia a medida de la luz que somos capaces
de digerir.
Darnos la sucinta y leve forma de la libertad, la bandera
blanca.
Darnos música como flores, palabras como ternura,
soledad necesaria como el exilio de la mariposa
en el volcán dormido.

Lo que está completo, sin resquicios,
está muerto.
Hicimos muchos vacuos planes
y declinaron.
Fieles a su virtud.
Para converger momentáneamente,
para amarse:
lo inacabado,
atravesar
la tierra de nadie.

En la cumbre de tu tez
me has dicho tres veces:
precipicio,
precipicio,
precipicio.
No me salves,
arrójame a tu limonada.
Un orgasmo con antifaz sólo es una brisa violenta
que agita las espigas de la cebada.
No hay dinero que pueda pagar una dentadura
deseante como la tuya. Ni papel de plata ni crema
hidratante.
He escuchado el manantial de tu sexta sinfonía.
He meditado sobre tu plan B y la hora H
a la que siempre llegamos tarde.
He sembrado las amapolas mórbidas y ágiles
como las industriosas nalgas.
Disciplinados hacia la eclosión. Adheridos al vértigo
de esa alborada de calendario que nos quema
los ojos doloridos y náufragos.
Hallaremos los diamantes en la garganta púrpura,
succionaremos las olas derramadas después.
Ilustración: Alberto Mielgo

Fragmentado el tiempo hasta la saciedad.
Entonces colisionan como lenguas glaciares
los bloques que amalgaman los restos diminutos,
esas sedes sin nombre donde murió el beso,
el milagro del silbo en trance
revoloteando.
¿Por qué insistir en hurtarle un hueco
a esa poderosa avalancha?
Fotografía: Elia Costa
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