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ateo poeta

 

Me gusta ser

su capricho.

 

Ya sé que así

no vamos

muy lejos.

 

Pero a veces

edificamos

sublimes

quimeras.

 

 

Ilustración: Robert Schultz

 

 

 

 

 

También me hace feliz

emular a los niños,

siempre tan dispuestos

a aprender lo que sea

con tal de disfrutar

un poco más.

 

 

 

 

Pensar en ella

todo el rato.

 

Esas obsesiones

de antes que ahora

me agotan

enseguida.

 

 

Fotografía: Brassai

 

 

 

Si estuvieras conmigo

no trabajaría tanto

o sólo a la vez que tú.

 

Esas distracciones

y lujos sí me los puedo

permitir.

 

 

Ilustración: Pedro Peinado

 

 

 

 

No es que yo sea un inútil

que no sabe poner un parche,

es que los mecánicos

de bicicletas

son simplemente ángeles

de precisión

duchos en los más

endiablados

secretos

de ese prodigio

que me hace volar

cada día.

 

 

 

Hay una edad

en la que tanto

la madre

como la hija

están igual

de apetecibles.

 

Cada una

sugiriendo

sus propias

potencialidades.

 

 

Fotografía: Grete Kolliner

 

 

 

La boca abierta

para comerse

el mundo y todos

sus manjares,

dulces y salados,

crudos o sometidos

al fuego

purificador.

 

La boca abierta

expidiendo

las palabras ardientes

y los juegos de palabras

que inventan otro

mundo para suplir

lo que falla

en el presente.

 

La boca abierta

para morder

y besar

los cuerpos con alas,

los cuerpos inasibles

por muy fuerte

que los abracemos.

 

Me temo que poco

pueden incitar

al respecto

las terapias

de pareja.

 

 

Fotografía: Dennis Zhou

 

 

 

 

Mujeres

que te conducen

por el lado oscuro,

te van dando a probar

lo más exquisito,

se desmelenan

y tocan el cielo

con la miel

de sus labios.

 

Con ellas

es fácil salir

de la reclusión

habitual.

 

 

Fotografía: Michael G. Magin

 

 

 

Cuando una flor

se marchita

es muy socorrido

pensar que anuncia

lo inevitable

en otros órdenes

de la vida.

 

Yo no suelo hacer

caso alguno

de la superstición,

pero es una fiesta

comprobar

que hasta

en la más delicada

pueden surgir

brotes nuevos

y hojas

que recuperan

el verdor.

 

Quizá, ni muertas

vivientes

ni prodigiosos

milagros.

Tan solo ciclos

pasajeros antes

de la derrota

final.

 

 

Fotografía: Luiza Potiens

 

 

 

 

 

Lo llevo mal

y me entristece:

otra planta

cuyo tallo

se seca.

 

Y no es

por falta

de agua,

ni por exceso.

 

Será la luz,

el abono

de la tierra

o que no

le canto

a su gusto.

 

 

Fotografía: Vika Yasinkaya

 

 

 

¿Qué puedes hacer

con el dolor

del mundo?

 

¿En qué bolsillo

lo vas a guardar

hoy?

 

El dolor

inabarcable,

sucio,

interesado.

 

Me niego

a atribuirle

los adjetivos

“intrínseco”

y “natural”.

 

Es mi única

trinchera.

 

 

Ilustración: Wendy MacNaughton

 

 

 


 

El escritor

tiene su público.

 

Si no lo elige,

será el formado

por otros

escritores,

críticos o

aduladores

y asiduos

a las veladas

literarias.

 

Ese pequeño

círculo

de su misma

condición.

 

La inercia

a reproducir

los códigos

de la estructura

de clases.

 

Si lo que elige

es inyectar

su virus

en los desposeídos

de las tecnologías

de la palabra

o en sus víctimas

por indigestión,

nada le asegura

el éxito

pero huirá,

en el lapso

de un sueño,

de las cadenas

habituales.

 

Tanta soledad,

qué se había

creído,

también tiene

un precio.

 

 

Huyo siempre que puedo

de esos que se comprometen

a echar una mano

hasta que te descuidas

y, de pronto,

te han echado

el brazo al cuello

y te hunden y ahogan

y chapotean y miran

hacia otro lado

jactándose

de sus hazañas.

 

A menudo es

demasiado tarde

y a uno no le queda

más remedio

que bucear

y contener la respiración

hasta que se esfumen

tan voluntariosos

cooperantes.

 

Esos que te ayudan

y te dan más trabajo

son como los amores

que te matan

y nunca recuerdan

cómo.

 

 

 

 

Generosidad

y amarse a uno mismo

para que no te descalabres

con demasiada

frecuencia.

 

Hablar mucho

cuando ha sido larga

la zambullida

en el silencio.

 

Mantener viva

la lumbre

porque nunca se sabe

cuándo puede caer

una helada.

 

 

 

Lo único

agradable

del trabajo aburrido

es toda la excitación

subyacente

que se va generando

como un antídoto

eficaz.

 

Pergeñas

las aventuras

que deseas emprender.

Los cuerpos y placeres

que aguardan ahí,

al alcance

de la mano.

 

Después, acabas

la tarea

y los sueños, sin el menor

remordimiento,

se largan a buscar

otra víctima

propiciatoria.

 

 

Salimos a cenar

a un restaurante egipcio

(al que dudo que vuelva

después de ver la factura).

Mis acompañantes

se enfrascan en discutir

sobre política internacional

con una pasión

que me hace brillar los ojos.

Que si la democracia

o la dictadura.

Que si se vota con dinero,

que si reyes y generales,

que si recursos estratégicos

para las grandes potencias.

Parece una competición

a ver quién ha digerido

más noticias

en las últimas semanas.

Dicen “poder”

y “derecho a resistir”,

“capitalismo” y

“falsa armonía” con tanta

naturalidad

que me quedo fascinado

por su elocuencia

(y no son profesionales

del ramo, por si cabía

alguna duda).

Sin embargo, no hay un solo

argumento

con el que pueda disentir

o al que mostrar

mi más rotunda

adhesión.

Más que la racionalidad,

se nota que les excita

jugar a las tertulias,

con su controlada

vehemencia

y no menores dosis

de seducción.

Podrán equivocarse,

pero yo disfruto

con la amistad

de esos rostros bellos

que se preocupan

por el mundo

en lugar de tantos otros

que se ahogan

en las naderías

del conformismo

para ocultar, en el fondo,

una existencia

miserable.

Opinar,

tomar partido,

afinar el juicio

crítico

son materias

tan esenciales

como deleitarse

con las más sensibles

manifestaciones

artísticas.

Renunciar a ello

es exponerse

a ser carne de cañón

o cómplice

de las más variopintas

carnicerías.

La deliberación política

poco tiene que ver

con un zafio

proselitismo

o con la cínica

indiferencia

con piel de cordero

que tanto me repugnan.

Pero no es plan

de pontificar

a cada rato.

Habitualmente

confío en el espíritu

insumiso

de la gente

y me place

la escucha,

participar al ritmo

de la conversación,

conocer

los distintos

puntos de vista.

Es el territorio

de la palabra

tan solo,

pero tan relevante

para entender

e implicarse

en la acción,

que no se debería

desdeñar

a la ligera.

Y como esto

ya ha dejado

de parecerse

a un poema

al uso,

mejor me voy

con la música

a otra parte.

 

 

 

 

 

La promiscuidad,

tan a regañadientes

con la paz de espíritu.

 

 

Ilustración: Suzanah Sinclair

 

 

 

 

Las chicas más guapas

van a los lugares más caros,

dicen las mayores idioteces

y, encima, fuman.

 

Si no fuera por las excepciones,

las observaría a todas

con sumo desdén.

 

 

Fotografía: Bill Brandt

 

 

 

 

Doy un paseo por los jardines

como rutina saludable

de sobremesa, espero,

y cierro los ojos unos minutos

tumbado en un banco violeta

de formas sinuosas, escuchando

canciones animadas y celebro

cada golpe de brisa que rebaja

un poco la temperatura

sofocante.

 

Me complace esta

tranquilidad y la evasión

y sé que estoy lejos,

muy lejos,

incluso para quienes

comparten estos lugares

conmigo aquí

y ahora.

 

Por un instante desfilan

por el recuerdo los amores

que nunca llegaron a ser,

los que se quedaron

a media cocción

y aquellos más explosivos

cuya caída a tierra fue

no menos

estrepitosa.

 

Y entonces me reafirmo

en mis trece, en que hay más

cosas en la vida: esta

música sublime, por ejemplo,

o esos pájaros a su aire

y las flores pintonas,

o el tiempo lento y leve,

el que nunca falla,

y sé que estoy lejos,

muy lejos,

porque lo único que haré

hoy será escribir algo

y reconciliarme

con cada uno

de esos amores

en tinieblas.

 

 

Fotografía: Bunny Yeager

 

 

 

Cada vez comprendo

mejor a los célibes.

 

Todos sus conflictos

se reducen a no caer

en la tentación.

 

(Es más, puede que ni siquiera

conozcan el concepto

de "tentación", el cual,

en mi caso

y para mi desgracia,

posee raíces

harto profundas.)

 

 

Fotografía: Limisrsmath