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ateo poeta

las poesías de otros/as

La conjura de la voz (un poema de Trinidad Gan)

La conjura de la voz (un poema de Trinidad Gan)

 

Esa ingenua tendencia a pelear

batallas de los otros,

el cuerpo exacto en su derrota

al recibir la luz,

la palabra encarnada en el tiempo,

la música sin límite,

la voz que, arena humana,

castillos de memoria,

de dolor y deseo

aparenta, levanta.

 

Reconocer el miedo, rebelarse,

poner los pies a tierra,

junto a una fina línea

de tus ojos quedarme

y amanecer después

sabiendo que tu risa

es la letra con que se inicia el alba.

 

Trinidad Gan, Fin de fuga

 

Ilustración: Marina Anaya

 

sospechosa (un poema de Ana Pérez Cañamares)

sospechosa (un poema de Ana Pérez Cañamares)

 

Levanto sospechas en la oficina

porque trabajo con la cabeza en otra parte

levanto sospechas entre mis amigos

porque desaparezco y callo durante días

levanto sospechas ante mi hija

porque en vez de hermanos o perros

sólo traigo a casa libros

 

sospechas ante mí misma porque mi independencia

se resquebraja cuando la tristeza da un golpe de estado

 

por eso me esmero cuando escribo:

aquí no quiero que me deseen otra

 

 

Ana Pérez Cañamares, Alfabeto de cicatrices

 

 


Lamento por el arbolito de Philip (un poema de Juan Gelman)

Lamento por el arbolito de Philip (un poema de Juan Gelman)

 

philip se sacó la camisa servil
llena de tardes de oficina y sonrisas al jefe
y asesinatos de su niño románticamente hablando
su niño operado cortado transplantado injertado
de bucólicas primaveras y Ginger Street volando alto verdadera
en la tarde de agosto gris

se quedó en pecho philip y cuando
se quedó en pecho hizo el recuento feliz de cuando:
le sacó la lengua al maestro (a espaldas del maestro)
le hizo la higa a la patria potestad (a espaldas de la patria potestad)
formó cuernitos con la mano contra toda invasión maternal (a espaldas
de toda invasión maternal)
se burló del ejército la iglesia (a espaldas del ejército la iglesia)
en general de cuando
ejerció su rebelde corazón (dentro de lo posible)
fortificó sus entretelas acostumbradas al vuelo (siempre que el tiempo lo permita)
engañó a su mujer (con permiso)
philip era glorioso en esas noches de whisky y hasta vino
exóticamente consumido con referencias a la costa del sol
una palabra encantadora lo retenía semanas y semanas a su alrededor
sol por ejemplo
o sol digamos
o la palabra sol
como si philip buscara lejos de la sociedad industrial
fuentes de luz fuentes de sombra fuentes

qué coraje hablar del sol

como suele ocurrir philip murió
una tarde lenta amarilla buena callada en los tejados
no hablaremos de cómo lo lloró su mujer (a sus espaldas)
o el ejército la iglesia (a sus espaldas)
o el mundo en particular y en general súbitamente de espaldas:
su viuda le plantó un arbolito sobre la tumba en Cincinnati
que creció bendecido por los jugos del cielo
y también se curvó

y si alguien piensa que lo triste es la vida de philip
fíjese en el arbolito le ruego
fíjese en el arbolito por favor

hay varias formas de ser mejor dicho
muchas formas de ser:
llamarse Hughes
hablar arameo mojarlo con té
estallar contra la tristeza del mundo
pero a ustedes les pido que se fijen
en el curvado arbolito
tiernamente inclinado sobre philip
su pecho en pena en piel como se dice

ni un pajarito nunca
cantó o lloró sobre ese árbol
verde todo inclinado
inclinado

 

Juan Gelman, Traducciones III. Los poemas de Sidney West (1968-1969)

 

(Fotografía: Adams Aspens)

 

 


otro poema de Roberto Juarroz

otro poema de Roberto Juarroz

 

A veces parece

que estamos en el centro de la fiesta.

Sin embargo

en el centro de la fiesta no hay nadie,

en el centro de la fiesta está el vacío.

 

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

 

Roberto Juarroz, Duodécima poesía vertical (1991)

 

 Ilustración: J.F. Naumann

 

un poema más de Roberto Juarroz

un poema más de Roberto Juarroz

 

Buscar una cosa

es siempre encontrar otra.

Así, para hallar algo,

hay que buscar lo que no es.

 

Buscar al pájaro para encontrar a la rosa,

buscar al amor para hallar el exilio,

buscar la nada para descubrir un hombre,

ir hacia atrás para ir hacia delante.

 

La clave del camino,

más que en sus bifurcaciones,

su sospechoso comienzo

o su dudoso final,

está en el cáustico humor

de su doble sentido.

 

Siempre se llega,

pero a otra parte.

 

Todo pasa.

Pero a la inversa.

 

Roberto Juarroz, Duodécima poesía vertical (1991)

 

70 (otro poema de Roberto Juarroz)

70 (otro poema de Roberto Juarroz)

 

Dejar de fabricar estas cosas u otras

y fabricar en cambio más espacio

para agregar al que ya existe.

 

Más espacio para lo que está detrás de las cosas,

para lo que se agazapa en el amor o la mueca,

para lo que se cae sin nadie hacia el pasado,

para lo que se hunde como se hunden los muertos.

 

Crear más espacio para nuestros misterios

y nuestros deslumbramientos,

para desituar lo situado,

para lo que extraviamos entre un día y una noche,

para enmarcar los tiempos mudos,

para aquello que siempre arrastramos en sordina,

para lo que no empieza aquí ni acaba aquí

pero tiene su nombre aquí,

para los pensamientos deshojados,

para las palabras que sólo pueden estar solas,

como huérfanas desprendidas

del asilo protector del lenguaje.

 

Y llegar a crear más espacio

para que todo sea nada más que intervalo,

sin necesidad de ningún acto previo

y ningún desenlace,

intervalo ensanchado más allá de la obra,

hasta hallar la textura cabalmente homogénea

de un intervalo entre intervalos.

 

Roberto Juarroz, Décima poesía vertical (1987)

 

Fotografía: Carlos Pérez

 

41 (un poema de Roberto Juarroz)

41 (un poema de Roberto Juarroz)

 

Sacudir el cuerpo como lo haría un animal,

pero quitándose de encima mucho más que el animal:

el polvo que deja el pensamiento,

las rigideces que enrolan a la muerte,

las manchas del amor y de las lluvias sucias

que caen de las cornisas

y también de un cielo turbio, envenenado.

 

Y quitarse de encima los andrajos del tiempo,

las contraseñas de los cuartos grises,

los moretones de la dicha,

los restos pegajosos del banquete,

las macabras serpentinas del dolor.

 

Y en un día de calculados estremecimientos

quitarse uno de encima hasta su sombra,

hasta eso que llamamos uno mismo,

hasta esos roces que llamamos los otros.

 

Y otro día sacudirse de encima

la eternidad desfigurada de la vida,

como si fuera otra capa de polvo.

 

Roberto Juarroz, Novena poesía vertical (1987)

 

Fotografía: Marta Rebón

 

II-26 (otro poema de Roberto Juarroz)

II-26 (otro poema de Roberto Juarroz)

 

Dónde hallar una piel para cubrir las cosas,

la epidermis diestramente sensible

a través de la cual puedan ellas sentirnos.

La piel que nos permita

recorrerlas de veras,

encontrar su calor olvidado,

tatuar sobre su espuma seca

una pasión de esmalte no tan súbito,

un amor más conciso,

un alfabeto con menos historia,

un pasaje que no cuente el día.

 

Esa piel de las cosas

la he hallado hoy en mis dedos,

pero mañana bajará del aire.

 

Roberto Juarroz, Tercera Poesía Vertical (1965)

 

 

II-20 (un poema de Roberto Juarroz)

II-20 (un poema de Roberto Juarroz)

 

A veces comprendemos algo

entre la noche y la noche.

Nos vemos de pronto parados debajo de una torre

tan fina como el signo del adiós

y nos pesa sobre todo desconocer si lo que no sabemos

es adónde ir o adónde regresar.

Nos duele la forma más íntima del tiempo:

el secreto de no amar lo que amamos.

 

Una oscura prisa,

un contagio de ala

nos alumbra una ausencia desmedidamente nuestra.

Comprendemos entonces

que hay sitios sin luz, ni oscuridad, ni mediaciones,

espacios libres

donde podríamos no estar ausentes.

 

Roberto Juarroz, Tercera Poesía Vertical (1965)

 

 

 

(un poema de Roberto Juarroz)

(un poema de Roberto Juarroz)

 

El fondo de las cosas no es la vida o la muerte.

Me lo prueban

el aire que se descalza en los pájaros,

un tejado de ausencias que acomoda el silencio

y esta mirada mía que se da vuelta en el fondo,

como todas las cosas que se dan vuelta cuando acaban.

 

Y también me lo prueba

mi niñez que era pan

anterior a la harina,

mi niñez que sabía

que hay humos que descienden,

voces con las que nadie habla,

papeles donde el hombre está inmóvil.

 

El fondo de las cosas no es la muerte o la vida.

El fondo es otra cosa

que alguna vez sale a la orilla.

 

Roberto Juarroz, Poesía vertical

 

 

contra la muerte (un poema de Gonzalo Rojas)

contra la muerte (un poema de Gonzalo Rojas)

 

Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.

No quiero ver ¡no puedo! Ver morir a los hombres cada día.

Prefiero ser de piedra, estar oscuro,

a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír

a diestra y a siniestra con tal de prosperar en mi negocio.

 

No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad

en mitad de la calle y hacia todos los vientos:

la verdad de estar vivo, únicamente vivo,

con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo.

 

¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras máquinas

a la velocidad del pensamiento, demonios: qué sacamos

con volar más allá del infinito

si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir

fuera del tiempo oscuro?

 

Dios no me sirve. Nadie me sirve para anda.

Pero respiro, y como, y hasta duermo

pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme

de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá abajo.

 

No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,

pero no puedo ver cajones y cajones

pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto

llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver

todavía caliente la sangre en los cajones.

 

Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro

la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento

de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,

porque yo mismo soy una cabeza inútil

lista para cortar, por no entender qué es eso

de esperar otro mundo de este mundo.

 

Me hablan de Dios o me hablan de la Historia. Me río

de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre

que me devora, el hambre de vivir como el sol

en la gracia del aire, eternamente.

 

Gonzalo Rojas, Materia de Testamento

 

Ilustración: Juan Carlos Mestre

los días van tan rápidos (un poema de Gonzalo Rojas)

los días van tan rápidos (un poema de Gonzalo Rojas)

 

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación

se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure

en mis pulmones

una semana más, los días van tan rápidos

al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro

y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

 

Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera

nadie allá, voy corriendo a la materna hondura

donde termina el hueso, me voy a mi semilla,

porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas

y en el pobre gusano que soy, con mis semanas

y los meses gozosos que espero todavía.

 

Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse

de haber entrado en este juego delirante,

pero el espejo cruel te lo descifra un día

y palideces y haces como que no le crees,

como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo

allá en el fondo.

 

Si eres mujer te pones la máscara más bella

para engañarte, si eres varón pones más duro

el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,

y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:

así es que lo mejor es ver claro el peligro.

 

Estemos preparados. Quedémonos desnudos

con lo que somos, pero quememos, no pudramos

lo que somos. Ardamos. Respiremos

sin miedo. Despertemos a la gran realidad

de estar naciendo ahora, y en la última hora.

 

Gonzalo Rojas, Materia de Testamento

 

Profesor Bonaventura Bassegoda

Profesor Bonaventura Bassegoda


Le recuerdo alto y grueso,
procaz, sentimental. Usted, entonces,
era una autoridad en Cimientos Profundos.
Inició siempre nuestra clase así:
«Señores, buenos días.
Hoy hace tantos años, tantos meses
y tantos días que murió mi hija».
Y solía secarse alguna lágrima.
Teníamos veinte años, más o menos,
y el hombre corpulento que usted era
llorando en plena clase,
nunca nos hizo sonreír.
¿Cuánto hace ya que usted no cuenta el tiempo?
He pensado en nosotros y en usted,
hoy que soy una amarga sombra suya
porque mi hija, ahora hace dos meses,
tres días y seis horas
que tiene sus profundos cimientos en la muerte.

 

Joan Margarit, Joana

 

 

Love Should Grow Up Like a Wild Iris in the Fields

Love Should Grow Up Like a Wild Iris in the Fields

 

Love should grow up like a wild iris in the fields,
unexpected, after a terrible storm, opening a purple
mouth to the rain, with not a thought to the future,
ignorant of the grass and the graveyard of leaves
around, forgetting its own beginning.
Love should grow like a wild iris
but does not.
Love more often is to be found in kitchens at the dinner hour,
tired out and hungry, lingers over tables in houses where
the walls record movements, while the cook is probably angry,
and the ingredients of the meal are budgeted, while
a child cries feed me now and her mother not quite
hysterical says over and over, wait just a bit, just a bit,
love should grow up in the fields like a wild iris
but never does
really startle anyone, was to be expected, was to be
predicted, is almost absurd, goes on from day to day, not quite
blindly, gets taken to the cleaners every fall, sings old
songs over and over, and falls on the same piece of rug that
never gets tacked down, gives up, wants to hide, is not
brave, knows too much, is not like an
iris growing wild but more like
staring into space
in the street
not quite sure
which door it was, annoyed about the sidewalk being
slippery, trying all the doors, thinking
if love wished the world to be well, it would be well.
Love should
grow up like a wild iris, but doesn't, it comes from
the midst of everything else, sees like the iris
of an eye, when the light is right,
feels in blindness and when there is nothing else is
tender, blinks, and opens
face up to the skies.

 

Susan Griffin, Like the Iris of an Eye

 

 

Varsovia

Varsovia


Estoy tomando una cerveza
frente a lo que fue tu casa.
Ahora tu casa es un símbolo
y los símbolos no son habitables.
Para ti debió de ser
lo que nunca tendrían
que dejar de ser las casas:
entrechocar de platos
risas que estallan
sábanas estiradas para proyectar
la película velada del sol:
una película que habla de felicidad
o cuanto menos
de la seguridad de un refugio.
Refugio del trasiego y los ruidos de la calle
nunca del horror.
A través de los visillos
el horror no se presupone.

Me cuentan historias. Soldados
lanzando niños a través de las ventanas.
Soldados cortando barbas y patillas
a navaja, en la calle: carnavales de humillación.
Me cuentan historias, pero tu casa
no parece propiedad del infierno.
Está vieja, sí, y hay algún agujero de bala
bajo un alféizar, como marcas de los dedos de dios
al hundirse en barro sólido. Señalando
a los elegidos o a los condenados.
A pesar de todo, como todas las casas,
sigue teniendo algo
de tierno y de inexpugnable.

Estoy bebiendo una cerveza.
No a mi salud, ni a la tuya.
¿Qué podría decir de ti?
De ti no tengo recuerdos
y siento pudor de imaginarte.
Tengo memoria de la humanidad.
Aún la tengo. Y tengo también una casa.
La recuerdo ahora: los platos
las sábanas, las cortinas:

tesoros que me delatan como ilusa propietaria.

Una puerta blindada: el foso

que ningún ejército ha puesto a prueba.

Pero más allá o más acá de las casas
hay un lugar. Un lugar que
aunque queramos compartir
aunque quieran invadir
no es un territorio ni una ruina.
Es el lugar al que escapaste
un segundo antes de que la puerta
fuera derribada. O un segundo después.
Cuando comprendiste que las casas
pueden parecernos un universo
pero ni siquiera son un país.
Y un grito en otro idioma abre
de par en par las ventanas
que lo expulsan a la calle como un vómito.

Las casas digieren mal
la violencia de los extraños.

Tiene que haber un lugar.
El lugar que no me revela tu foto.
El lugar que otros no destruyen
con palabras o con bombas.
Rata allí no significa nada.
El dolor puede nublarlo
pero no lo tapia.
Es el gueto que levantamos
dentro de nosotros.
La tumba que elegimos ocupar.
No la que nos señalan.

El búnker dentro de ti.

 

Ana Pérez Cañamares

 

 

Y digo (proclamo)

que los viajes son largos silencios

expropiados a la crueldad de los niños

y al tesón amurallado de las frentes;

someros paisajes de llanuras concéntricas,

gloriosos otoños en cristal tallado.

 

Tú, cuerpo casual, pierna contra mi pierna,

retén en la memoria aquella exacta piedra

que el justo azar ha elegido para no ser nada.

 

Agarra mi mano

(la misma que ayer no logró salvarte)

ella será la señal de que el tiempo corre

y tú serás siempre el preso de los astros.

 

Agarra mi mano

y multiplícala hasta hacerla todos los caminos.

Estas vías son mis brazos sacrificados

en honor a tu huida inútil,

a mi inútil fe sin paracaídas.

 

Ana Pérez Cañamares, Poemas que escribí con 20 años

 

 

 

¿Cuántas horas y cuántos años, siglos

milenios, qué universo

y qué mundo o galaxia,

cuántas lluvias, sequías, sol o cierzo,

cuántas bonanzas, temporales, noches,

qué ríos, qué desiertos,

cuántas luces y días

han hecho falta para traer tu gesto?

 

 

José Ángel Cilleruelo, Salobre

 

 

Tabla de aire

Tabla de aire

 

Consideremos que la imaginación fuera una invención

como lo es, que esta gran casa de aire

llamada Tierra fuera una invención, que este espejo quebradizo

y salobre ideado a nuestra imagen y semejanza llegara

más lejos y fuera la

invención de la invención, que mi madre

muerta y sagrada fuera una invención rodeada de lirios,

que cuanta agua

anda en los océanos y discurre

secreta desde la honda

y bellísima materia vertiente fuera una invención,

que la respiración más que soga y asfixia fuera

una invención, que el cine y todas las estrellas, que la música,

que el coraje y el martirio, que la Revolución

fuera una invención, que esta misma

tabla de aire en la que escribo no fuera sino invención

y escribiera sola estas palabras.

 

 

Gonzalo Rojas, Inconcluso

 

 

ardiente (III)

ardiente (III)

SONETO VOTIVO

 

Te adivino oscurísima en la hondura

que al cabo de tu vientre se escabulle;

entre tus muslos mi fervor intuye

la noche en vela de la selva oscura,

 

la salvaje quietud de su espesura,

su pantano que todo se lo engulle,

su sombra alzada para que farfulle

mi dicha en el pavor y la locura.

 

Pues invenciblemente me obsesiona

la incultivable y tenebrosa zona

que apartando tus piernas miraría

 

en su acre lujo, en su madurez ardiente,

donde sé que eres negra abismalmente,

ciega verdad donde anegar la mía.

 

 

Tomás Segovia, Noticia natural

 


ardiente (II)

ardiente (II)

 

Subes del mar, entras del mar ahora.

Mis labios sueñan ya con tus sabores.

Me beberé tus algas, los licores

de más escondida, ardiente flora.

Contigo no podrá la lenta aurora,

pues me hallará prendido a tus alcores,

resbalando por dulces corredores

a ese abismo sin fin que me devora.

Ya estás del mar aquí, flor sacudida,

estrella revolcada, descendida

espuma seminal de mis desvelos.

 

Vuélcate, estírate, tiéndete, levanta,

éntrate toda en mi garganta,

y para siempre vuélame a tus cielos.

 

 

Rafael Alberti, Canciones para Altair