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ateo poeta

las poesías de otros/as

swing

swing

 

 

What good is melody?
What good is music?
If it ain’t possessin’ something sweet
It ain’t the melody, it ain’t the music

There’s something else that makes the tune complete
It don’t mean a thing, if it ain’t got that swing
It don’t mean a thing all you got to do is sing

It makes no difference
If it’s sweet or hot
Just give that rhythm
Everything you’ve got
It don’t mean a thing if it ain’t got that swing

 

Irving Mills

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la primavera va por dentro

la primavera va por dentro

 

 

La semana pasada tuvo sus dosis cinematográficas con una reposición sesentayochista (La Chinoise, de Jean Luc Godard) y con una opera prima y estreno casi clandestino en el mítico cine Doré (bajo el auspicio de la Filmoteca Española) pues, al parecer, no tiene todavía distribución comercial: Nevando voy (Maitena Muruzábal y Candela Figueira, 2007). Sencilla, intensa y vitalista, esta película me recordó inicialmente a La soledad (de Jaime Rosales) y a Recursos Humanos (de Laurent Cantet), pero situada a virtuosa distancia de ambas. Se acerca el invierno en Pamplona y dos mujeres son contratadas, a través de una empresa de trabajo temporal, para reforzar la sección de embalajes de una fábrica. La empresa tiene unas grandes instalaciones y, entre otras cosas, produce cables y cadenas para colocar en las ruedas de los coches cuando nieva. La llegada y permanencia de la nieve, por lo tanto, estarán ligadas a la continuidad de Ángela y Karmentxu en esos precarios y anodinos empleos. Sus rutinas domésticas y laborales se muestran tan alienantes como las que tienen sus dos compañeros de la nave donde trabajan, Jairo y Javier. Pero una chispa estalla de repente y el cuarteto empieza a sonreír, a mirarse a los ojos, a hablar de sus vidas, a jugar y divertirse en el trabajo. Ángela, sin duda, es la instigadora de esa revolución. Todos parecen tan enamorados y felices que hasta el sol resplandece más radiante y, claro, sin nieve no hay trabajo y peligran, por ende, los contratos de las dos mujeres. Pero con la nieve llegan otras nubes y, también súbitamente, vuelven al grupo las caras agrias, el silencio y el vacío. ¿Cómo es posible ver la vida en positivo, llevar una primavera dentro, incluso en los lugares y circunstancias más deprimentes? Esa es la hermosa cuestión que va hilando los cambios de humor de los personajes al mismo tiempo que los claroscuros de los madrugones, la valla de la fábrica abriéndose y cerrándose, los semblantes de ordeno y mando, la hora del bocadillo, las esperanzas mullidas y frustradas. Buscando alguna luz. Sin resignación. Aunque todo alrededor y el temporal acechante no parecen de lo más propicio.

 

 

Equivocaciones, vocaciones

Equivocaciones, vocaciones

 

 

Casi todos los papeles que me nombran mienten.

Me he visto en fotografías que nunca me hicieron.

Los que me elogian o me insultan jamás han compartido el pan conmigo;

publican su veredicto sin mirarme a los ojos

como el que firma un contrato sin leerlo.

 

Yo mismo escribo en un idioma que aún no aprendí;

recuerdo ciudades que no he visitado;

tengo todavía en los labios el sabor de una mujer que tal vez no me besó.

 

Mis dedos aprietan el aire caliente que dejó su piel

como el que abraza el cadáver de un desconocido.

 

 

Juan Antonio Bermúdez, Compañero enemigo

 

 

 

 

 

 

Electrodomésticos

Electrodomésticos

 

 

La vida toma el amor y lo tritura

igual que una de esas máquinas

que transforma vegetales

en purés, picadillos y jugos.

 

Dos crean el manjar único del amor

con sabor a sí mismos

y hay un embeleso inicial

un gusto de papilas excitadas

Y sin embargo,

en la era de los aparatos eléctricos

la vida es la gran procesadora:

la cotidianeidad y sus rutinas

las manías

el hombre siempre intentando

la estúpida supremacía

hasta que llega la hora

del hambre y la necesidad

de recurrir a las sobras

reciclar lo que permanece

Otra vez la máquina procesadora

el puré

el picadillo

hasta que sólo queda el líquido espeso

y aquel olor

al banquete

como una fotografía magnífica e irreal

brillando en la memoria.

 

 

Gioconda Belli, Fuego soy, apartado y espada puesta lejos

 

 

 

El más alto erotismo

El más alto erotismo

 

 

Es la hora de la idea.

La hora del más alto erotismo,

del cuerpo reflexivo

meditando los trasiegos:

la materia hecha elixir

el sexo vertiendo olor a biblioteca

olor a libro antiguo

y delicioso.

Lees mi piel ahora

como una Biblia leída y vuelta a releer

que contuviera todas las posibles oraciones

necesarias para la humana salvación.

Con los ojos cerrados

sabes llegar al capítulo del clímax

al fragmento más lírico

o a las aún indescifrables profecías.

 

Es la hora del sabio escriba

que con la pluma de tinta húmeda y

la mano sin temblores

traza el placer

con la caligrafía exacta.

 

 

Gioconda Belli, Fuego soy, apartado y espada puesta lejos

 

 

 

 

¿De dónde soy?

Soy de lo que leo,

estanterías viejas

de libros y selvas,

páginas de tierra ensangrentada

por los disparos que agujerean las paredes

y le cierran los ojos a la vida.

 

¿Dónde está mi geografía,

mi pedazo de mundo?

No siento la patria,

ninguna historia se escribe con mayúsculas,

sólo un susurro extraño

de ventilador y horas inmóviles,

tardes prostituidas,

negocios sudorosos

y las manos atadas a la espalda.

 

Ana Merino, La voz de los relojes

 

La antena

La antena

 

Esta película de Esteban Sapir, La Antena (2007), es una sorprendente y lúdica experimentación estética y una pretendida fábula política, algo cándida y caricaturizada, pero no exenta de aciertos y poesía. Como advertencia previa para navegantes: el metraje es casi mudo y las imágenes en blanco y negro (o sea, en grises varios). Los constantes guiños a Metrópolis de Fritz lang y a otros clásicos del cine negro del cómic, no le restan un ápice a los inventivos juegos gráficos con las palabras impresas en la pantalla y que se mueven junto a los gestos de los personajes o de las agujas del reloj, por ejemplo. Audaz, pues, en las formas e hiperexpresiva en las facciones de los actores que lo dan todo por las exigencias dramáticas del guión. Todo envuelto en una atmósfera urbana brumosa y decadente, como si de los años ´30 se tratase. El mensaje de la película, demasiado obvio y redundante en ocasiones, es la recuperación de la voz y de las palabras (distinción que se irá revelando crucial en la lucha de resistencia que emprenden los protagonistas “salvadores”) que un malvado magnate de los medios de comunicación y de la alimentación ha usurpado a la población de una ciudad en permanente invierno con maquiavélicos planes para hipnotizarla y oprimirla. Sólo una hermosa cantante sin rostro y su hijo sin vista quedan como resquicios de la posibilidad de hablar en voz alta. El azar, la curiosidad de una niña y su amistad con el niño, descubrirán este secreto antes de que el malo malísimo logre exterminarlos. Los padres de la niña, hasta entonces separados, se unirán en la búsqueda de la antena desde la que poder emitir la voz del niño al resto de los habitantes en aras de conseguir que se emancipen del robo de la palabra que padecen. Pero, ¿lo conseguirán? ¿se reunificará la familia durante su epopeya? ¿cuántos deberán morir en el intento? Atrévete a descubrirlo junto a minuciosos objetos de toda índole que te harán sonreir constantemente (recuerdo ahora, entre otros muchos, una escafandra con las siglas CCCP; la esvástica nazi y la estrella judía, por el contrario, más bien parecen simbologías algo fuera de lugar) y a una magia igual de embriagadora que cuando leías historias de superhéroes.

 

 

Amor idiota

Amor idiota

 

Por hastío de historias románticas simplonas e insulsas, el título de esta película siempre me había parecido repulsivo y en el video-club lo esquivaba sistemáticamente. Pero anoche caí rendido en el sofá después del trabajo y en Versión Española (los viernes, en La 2) proyectaron esta formidable cinta. “Amor idiota”, dirigida por el siempre agudo y sutil Ventura Pons, no hace justicia a la etimología griega de la palabra “idiota” (los ciudadanos que, pudiendo, no querían participar en la gestión de la res pública, en la política), pero la verdad es que no podemos sino resignarnos ante la degeneración del término después de siglos de uso su vulgar y de la aplicación a todo tipo de especímenes humanos. Pere Lluc, el protagonista de la historia, sin embargo, se siente orgulloso de su idiotez y se recrea en ella hasta tal punto que puede llegar a conquistar la complicidad de quienes lo observamos. Es sólo un simple idiota enamorado de la forma más idiota posible y escéptico militante, a sus 35, a raíz de todas sus aventuras amorosas pasadas y frustradas. Pero como no se avergüenza de su recaída, comienza a perseguir y a espiar a Sandra, una vallisoletana emigrada a Barcelona y que está casada con el dueño de una empresa dedicada a la colocación de banderolas en postes y farolas de la vía pública.

 

No sabe cómo acabará, no le importa, casi no se atreve ni a hablar con Sandra las primeras veces que se cruzan sus miradas, no deja de hacer tonterías que podrían dañar a terceros o a sí mismo. Hace poco ha muerto su amigo argentino Nicco Zenone, un actor de personalidad arrebatadora que compensaba entrañablemente las lagunas de Pere Lluc. De hecho, en medio de su afligimiento etílico es cuando tropieza con una de las escaleras que usa Sandra en su trabajo nocturno. Pero el recuerdo incisivo de esa muerte y de esa amistad también le ayuda a Pere Lluc a buscarle un sentido a la vida. Sus dos otros amigos en la academia donde imparte clases, Alex y Jordina, conforman otro excelente contrapeso a sus excentricidades. Alex, felizmente casado, opina que el amor es una invención burguesa y condenada a su extinción, más o menos prematura. Jordina, separada y con una hija a su cargo, está enamorada de Alex y acaba aceptando los encuentros sexuales esporádicos que éste le ofrece. Da la impresión, por lo tanto, de que Pere Lluc nada entre esas dos aguas. Ni siquiera al final podemos suponer otra cosa. La amistad es lo que tiene: tus amigos te convencen, casi sin quererlo, de las virtudes y miserias de la vida (se erigen en tus consejeros metafísicos); tus amores te pueden dar una cierta estabilidad emocional y una confianza temporales (cuando se transforman en convivencia cotidiana); tus amantes tan sólo podrán agasajarte con altas y fugaces dosis de fantasía (más o menos encauzadas por la piel y otros artefactos corporales).

 

Ninguna respuesta es definitiva. Nadie se ofrece como ejemplo. Pero no podemos vivir solos. Ni dejarnos arrastrar por el absurdo que nos rodea. Somos un poco funambulistas y, entre número y número, nos agarramos a nuestras reflexiones y convicciones más radicales, las que sólo podemos escudriñar con un ejercicio activo de insumisión. La sexualidad, abundante y sugerente a lo largo de toda esta película, es sólo una vía más por la que circula nuestro tren de necesidades. Y cuando pensamos que ya sabemos descodificar el camino, resulta que ya empezamos a aproximarnos a la estación de destino. ¡Qué sarcasmo es esto de vivir! No es de extrañar que a menudo todos nos sintamos un poco idiotas, que no sepamos cómo hacer sencilla la vida y degustar los placeres y los días (gracias, Ramón, por evocarme a Cernuda la otra noche en Malasaña), y destejer, con fascinación infantil, los enigmas del mundo y las estúpidas imposiciones de la rutina.

 

cancioncita del día

cancioncita del día


Crossin' the river in a big old boat,

With a dollar bill in my hand.

Gonna go fishin' in the afternoon,

Got a simple plan.

Oh yeah, baby.

 

 

I got to hold on,

I got to be strong,

I got to live long,

And be with you.

 

 

Lonely nights and lonely days,

When I'm not with you.

Learned to trust and I learned to give,

Found a love that's true.

Oh yeah, baby.

 

 

I got to hold on,

I got to be strong,

I got to live long,

And be with you.

 

 

Girl it shouldn't be too hard,

To live with you.

It's really not complicated,

Until I get the blues.

 

Come on over and sit right down,

Let me take your hand,

I got a love gonna fill you up,

Take you to the promised land.

Oh yeah, baby, oh yeah.

 

 

I got to hold on,

I got to be strong,

I got to live long,

And be with you.

 

 

Be with you baby,

Be with you baby,

I got to be with you babe.

Be with you baby, oh alright.

 

Lonely nights, lonely days,

When I'm not with you babe.

Learned to trust and I learned to give,

Found a love that's true, babe.

Oh yeah, baby.

 

 

I got to hold on now,

Got to be strong now,

To be with you.

Be with you baby,

Be with you baby.

 

Neil Young

 

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La inmortalidad

La inmortalidad


El libro de Milan Kundera “La inmortalidad” lo voy a subir a uno de mis altares literarios porque ha logrado agitarme e inquietarme con sus preguntas, jugar con la ficción y con la realidad, mantener la intriga del argumento y desvelar la incómoda situación del lector cuando ya dispone de todas las claves de la historia y, sin embargo, todavía le queda mucho por leer. La preocupación por la inmortalidad nos la presenta Kundera como propia de aquellas personas que con sus obras de arte, o con su proximidad a los artistas, son conscientes en vida de que muchas otras personas hablarán de ellas una vez que hayan muerto. El hecho cierto de la muerte de cada uno y del recuerdo que dejará en nuestro círculo más próximo o, en algunos casos, en otros círculos más amplios, se proyecta de alguna forma sobre toda nuestra vida. Nos obliga a pronunciarnos: persiguiendo abiertamente esa trascendencia, declarando abierta y obscenamente la angustia ante la seguridad de que no existirá, o rumiando silenciosamente los días como si sólo la paz interior y la más radical soledad pudieran proporcionar la única trascendencia realmente valiosa, la que acontece antes de la muerte.


El propio Kundera habla en este libro como Kundera, escritor de “La insoportable levedad del ser” y otras novelas: como un personaje más. En sus encuentros con el profesor Avenarius va revelando cómo ha acccedido al conocimiento de la vida de Agnes y de su hermana Laura. Ambas nacieron en Suiza y se mudaron sucesivamente a París por razones diferentes. Agnes, como un paso más en su huída interior hacia los perfumes y el sosiego del alma. Laura, en pos de su hermana y de la pasión de su cuerpo siempre insatisfecho y en lucha contra el no retorno. Reincidiendo en una imagen predilecta de Kundera, la primera aparición de Agnes es en una piscina llena de cuerpos entre vapores, lirismo y cruda realidad. El modo en que Agnes contempla a otras personas y sus gestos sobrios y gráciles conducen a los dos observadores a reconstruir la muerte melancólica y austera del padre de Agnes, a distintos episodios de su vida sentimental y a la relación con su hermana, su marido y su única hija. ¿Podemos volcar nuestras aspiraciones a la inmortalidad en el enamoramiento efervescente, en el amor apacible o en la sexualidad intempestiva? Aunque el primer don apenas parece agraciar a los personajes de este relato, con el resto de sus experiencias de cariño o deseo nos quedamos sospechando que es más el miedo a la muerte, y a la muerte en vida, lo que motiva sus respectivas atracciones.


En raros momentos de la novela, además, encontramos una nítida unidad de acción. El autor experimenta con narraciones colaterales y con anécdotas, más o menos inventadas, de artistas universales hasta desembocar de nuevo en el desvelamiento de algunos de los tipos de inmortalidad que, como una niebla, parece que nos susurran a todos con sigilo. Goethe y Hemingway, por ejemplo, conversan una vez muertos acerca de sus avatares. Y la vida erótica de un pintor frustrado, llamado Rubens, nos ayuda a entender por qué Agnes tuvo un amante con quien sólo se reunía dos o tres veces al año. Kundera dice en un capítulo que gracias a esta programada ruptura del relato tal vez ningún director de cine se atreva a hacer una película del mismo y, así, se garantizaría la singularidad inimitable de la novela, su necesidad para una civilización decadente. La novela tendría la virtud de diseccionar las vivencias y valoraciones personales de tal modo que el autor puede sugerir y filtrar subrepticiamente su propia visión del mundo a través de las palabras de variados personajes: sus marionetas, a fin de cuentas. Es una tentativa, por lo menos aquí, de construir una ética polifónica, de urgirnos a que no sucumbamos al vacío circundante. Por ello, quizás, a menudo sobran en esta obra tantas generalizaciones sobre la naturaleza humana, aunque de algunas nos deslumbre su clarividencia. En todo caso, quizás no existan otros medios tan placenteros como las novelas para aproximarnos a entender la vida de nuestros semejantes, aunque nos separen muchas cosas de los hábitos de los personajes aburguesados que las suelen poblar.



jam sessions

jam sessions


Algunas amistades me extraen una sonrisa complaciente cuando me dicen que siguen este blog de vez en cuando. Es evidente que pocas veces dejan rastro de sus visitas. (No me extraña, soy muy mal anfitrión: siempre me olvido de dejar unas pastas de té por aquí). Pero son visitas de agradecer. Modales discretos que me dan la sensación de estar siempre tejiendo vínculos invisibles. Secretos compartidos. Ojalá que sean perdurables. Como los ojos llenos de vida y de lucidez. Como la agilidad de las manos y los horizontes sin cables entorpecedores.


Un día me propuse que esta bitácora serviría para trazar algunas regiones de mi atlas de experiencias. Más o menos artísticas, pero sin ánimo de exhaustividad. Unas crónicas sin pies ni cabeza. Puntuales, pero ocasionales. Puntuales, pero suspensivas. Por eso a veces me abandono y me entierro debajo de montañas de obligaciones y libros que traicionan, a mi pesar, el reanimante sentido poético de la vida. Hasta que todo vuelve a brotar.


Al margen, pues, de los insípidos platos burocráticos de cada día, los paisajes del alma se han nutrido en las últimas semanas de algunas exquisitices. Dos de ellas las incorporo a la categoría mnemotécnica de “jam sessions”. Una ocurrió en Barcelona, en la sala Area, una escuela de danza. Durante varias horas tres músicos improvisaban embriagadoras melodías mientras decenas de personas improvisaban bailes de contacto. Me quedé estupefacto ante tanta belleza de mezclas, pasos, sudores, miradas perdidas, sonrisas, cuerpos livianos, arpegios, punteos, sombras, todo el suelo recorrido. No se puede decir que aquéllo fuera plenamente espontáneo, pues se percibían muchas horas detrás estirando y recogiendo los músculos, aprendiendo los recovecos de las parejas. Y, seguramente, toda esa ágil escultura del aire sólo está reservada para jóvenes criaturas (más o menos garridas, aunque hasta las menos pueden dejarte atónito al mostrar cómo gozan de sus cuerpos). Lo más fascinante, en todo caso, era el ritual colectivo que se fraguaba. Con sus sutiles códigos latentes, pero cargado de sensualidad, de juego y de una dulce evasión del tiempo. Le debo a Chío llevarme de la mano hasta detrás de estas bambalinas, infinitas gracias.


De la otra “jam” de ayer, en la sala El Junco de Madrid, me reconozco el principal instigador. En principio íbamos allí a bailar música negra, funk y otras reminiscencias setenteras. Nuestra sorpresa fue encontrarnos con un delicioso concierto de blues-rock sin una banda fija. Del escenario entraba y salía todo tipo de músicos que no paraban de afluir al local a lo largo de la noche. De nuevo ese espíritu de camaradería, de círculo secreto, de complicidades, de entrega generosa de tu arte, de sentimientos arrancados de las entrañas y alimentando el aire que respiramos, de caderas cimbreantes, de percusiones sin tibiezas. Entonces, en la oscuridad, piensas en los momentos sublimes, en las casualidades, en la búsqueda casi instintiva de todo lo que puede acariciar tu alma. Sin hacer muchos esfuerzos. Sólo con la disposición a bucear. A entender lo que otros crean y, a la vez, lo que sintoniza con tus creaciones. Con tu placer en este mundo. Por muy efímero que sea. Entre el tedio y el cansancio de las grandes ciudades, este tipo de aventuras te proporcionan una cálida sensación de júbilo y de humanidad. Y un nuevo mapa de los puntos-manantial en los que te puedes surtir de inquietudes gemelas. Mi recomendación: emprende la travesía en buena compañía, que cada cual lo traduzca a su propio idioma.



Buñuelos y Rosas (un cuento de Polikárpov)

Buñuelos y Rosas (un cuento de Polikárpov)


No pasamos juntos más que unas pocas tardes. Algunos besos a destiempo y nada más. Después distancia, años, silencio. Sin embargo, desde los remotos mundos que habitamos, mandábamos a veces una carta.


Cambiamos de ciudades, de dirección, de casas, casi de vida. Cambiamos nosotros, las líneas de nuestro cuerpo, la forma de mirar el mundo o nuestra propia voz. Pero nunca rompimos el invisible hilo de las palabra. De vez en cuando, de año en año, tú seguías escribiéndome. Pocas veces nos vimos, siempre en lugares casuales, nunca solos. Quiero pensar que aplazamos el momento de volver a tocarnos, creo que por timidez más que por el temor de descubrir que ya éramos de verdad otros.


Nuestra cultura nos enseña a esperar, aplazar, dejar para el futuro, creer que el tiempo es una línea larga y recta. Tarde descubrimos que ese aprendizaje es la forma más perfecta de aniquilación. Eso pensé aquella madrugada en la que nos vimos en la calle Libertad. Nos echaron del bar y no encontramos ninguno más abierto. Madrid también ha cambiado. Me llevaste a tu casa. Ni siquiera al entrar encendiste la luz.


La oscuridad, cuando apenas faltan dos horas para el amanecer se puede comer, dicen que es alimento de fieras y alimañas, también de aquellos que han descubierto que comer, la risa, los cuerpos, el agua, el bosque, una ciudad, son las únicas patrias que nos hacen humanos. Sobre todo la risa y la sonrisa en la oscuridad de esa madrugada primera y de otras muchas. No puedo decir que me guste cocinar, no puedo decir que me guste escribir o amar. Gustar no es la palabra. Cocinar, escribir, leer, amar, son la cultura, la humanidad entera en cuatro palabras. Y son mi vida.


Esa era también tu especialidad, pasar a palabras las mil formas que los hombres y las mujeres han adoptado para vencer al paisaje o mecerse en él. Cansada de la llamada antropología urbana estudiabas desde hacía veinte años la íntima relación entre la humanidad y las plantas: etnobotánica llaman a esa extraña ciencia. Venga antropóloga lista, ¿cómo nombrar en dos palabras lo que tiene de cultura nuestra cocina?. Y tú, en un segundo, encuentras dos palabras, igual que has encontrado en dos minutos la forma de volverme loco. Dos palabras sólo para definir lo que tiene de cultura la cocina sin caer en Marvin Harris o Levy-Strauss. Aceite caliente. Me susurras al oído. Ahí está entera nuestra civilización en una sartén de aceite de oliva caliente a la espera de freír cualquier vianda. Esa fue mi tesis doctoral.


Habías pasado muchos años lejos, en selvas llenas de bichos y de barro, herborizando lianas y probando brebajes y elixires inmundos. Cada día descubría en tu piel nuevas cicatrices, señales por las que nunca me atreví a preguntar. Sin embargo tu cuerpo seguía teniendo esa apetecible delgadez, dureza, color de adolescente sana y cuidadosa. Aceite de oliva caliente.


Yo por el contrario trabajaba en un despacho, aplicando la antropología al consumo, el marketing, la publicidad. Visitaba los hogares de extraños que se prestaban a ello cámara y cuaderno de notas en ristre como si estuviera viviendo entre pigmeos o yanomamis. Analizaba el orden de sus neveras, la disposición y uso de la cocina, la casa o la forma de hacer la compra en el súper con los ojos alucinados y llenos de prejuicios de esos antropólogos locos que cogieron la malaria, una diarrea o unas buenas purgaciones en los Mares del Sur o el Amazonas. Microondas y plástico<, esas hubieran sido mis dos palabras para definir nuestra cultura hasta que tú apareciste.


Yo no traje nada de mi vida a tu casa y tú ni siquiera abriste las cajas que guardaban la tuya recién llegada a la ciudad. Cocinábamos despacio, como viejos amantes jubilados que han aprendido a dejar el deseo para el postre, pero comíamos el postre como niños glotones y golosos. ¿Qué somos sino aceite caliente? Olivares, aceituneros altivos, almazara, fritura de pescado, buñuelos, churros. Se notaba que hacía mucho tiempo que no pisabas esta tierra. Pero yo no era quién para nombrar la verdad.


Te gustaba que te hiciera rosas o buñuelos para desayunar. Aceite caliente.


Es un placer volar rápido por el cielo con la palanca del gas a tope o tirarse en bicicleta por la larga cuesta que baja de Yuste sin parar de dar pedales hasta que llega ese punto en el que el viento te impide ir más y más deprisa. Pero es un placer cocinar y amar muy despacio cuando han pasado veinte años del último beso. Metes tu dedo en el aceite y me das a chuparlo. A eso saben cinco mil años de cocina. Pero a mí no me sabe tan antiguo, sólo a presente, a pasear entre los olivos y asustar a los zorzales que se preparan ya para viajar a Siberia, sentir el tacto de tu mano, besar tus cicatrices de niña de la selva, abrir con cuidado tus álbumes de plantas y escuchar cómo era el lugar donde las recogiste, qué poder esconde su savia o desde cuándo el hombre descubrió sus secretos.


No sé cuándo te irás. Solo sé que te gustan los churros y las rosas de sartén que te hago en el aceite caliente y espero que te engorden un poco como engordan los pequeños malvices antes de cruzar volando toda Europa. Tú cruzarás el Atlántico y te perderás otra vez en el corazón de las tinieblas, en esa floresta peligrosa de la que arrancas sus secretos a cambio de que ella te arranque a ti también jirones de piel y te muerda. Y te pierda.


Pero no pienso en volver al trabajo o a tu ausencia. Ahora estás aquí y sólo somos aceite caliente en donde hago filigranas con la masa de los buñuelos y sumerjo el hierro extraño empapado en la masa líquida que por arte de magia se convierte en una rosa crujiente. Me miras siempre en silencio cuando hago la masa de los buñuelos. Es muy fácil, te digo, mitad de agua y de leche templada, un pellizco de sal y luego sólo hay que ir echando la harina en el pequeño puchero de barro con el agujerito al lado. Echar harina y remover para que no se hagan grumos hasta que la masa esté a la vez pastosa y líquida. Sólo entonces añadimos media cucharadita de bicarbonato y seguimos removiendo hasta que el aceite está caliente y humea. Inclinas con cuidado el puchero y sale por el agujero una cuerda fina de masa líquida que se cuaja al instante al caer en el aceite. Formamos pequeñas roscas concéntricas en la sartén que cuando están doradas por un lado damos la vuelta y sacamos después, en pocos minutos, a un plato en donde tú las decoras con hilo fino de miel que dejas caer desde lo alto. Los haré a donde vaya y me acordaré siempre de tu sabor cuando me meta un pedazo de buñuelo con miel en la boca.


La masa de las rosas es un poco más difícil. El hierro parece un extraño y antiguo instrumento de tortura, algún invento maléfico para marcar a fuego a los proscritos. Pero es hierro de paz. Sólo sirve para dar forma a la masa frita de las rosas. Se hace también una masa semilíquida con dos huevos, leche, un chorrito de anís, una pizca de flor de vainilla machacada y poco menos de doscientos gramos de harina. Cuando la masa está fina y sin grumos, fluida pero no líquida, sumergimos el hierro que ya estaba en el puchero de aceite en la masa y volvemos a sumergirlo en el aceite. Nace al instante la rosa que se separa del utensilio y navega sola por el burbujeo hirviente. Cuando están apenas doradas las sacamos sobre un papel absorbente y sólo en el momento justo de comerlas las rocías con miel. Miel salvaje, ganadería de los insectos. Dices. Y seguro que las rosas son un invento de algún árabe listo del año setecientos. Seguro. Y después muchas generaciones hasta llegar aquí, a tus labios y a mis manos. No te digo el secreto. Tampoco te cuento mi decisión. Más adelante sabrás que me voy contigo a la selva a perseguir plantas sagradas y beber juntos zumo de liana. No me importan las escolopendras blancas, ni las víboras, ni los jejenes, ni las rayas o las pirañas de los igarapés. Me fascinaron de niño Quiroga y Kipling, sé cazar y pescar, pero, sobre todo sé hacer buñuelos y rosas de sartén. Hacer dulces sobre el aceite caliente y secreto de tu cuerpo.




Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.


Julio Cortázar, Último round



para empezar el año con amorosos versos

para empezar el año con amorosos versos



No es verdad.

Del otro lado del silencio

llega una espiga

oferente del grano más puro.

Amar es ser y ser

es esa entrega desnuda.

Del otro lado, aquí

deposita el consuelo

en mi boca

su palabra

tatuada en el oro del aire

y en la roca.

Y recobra su identidad la blancura

en la levedad inicial.



Guarda este árbol para mi vejez.

Pasa por sus raíces

tu fe constante.

Una hoja encierra el viático.

Yo estoy aquí,

todavía en el aire,

pero el camino secreto de la savia

es mi alegría

y la proximidad de tu luz

cierra mis ojos

en avance de eternidad.



Y cuando la marea de la sombra

cubre el crepúsculo,

la ecuación nocturna de los astros

rechaza la silente quietud del cero

y dibuja con dedos inquietos

el espectro de la posibilidad.



Clara Janés, Paralajes



ciclo_ascenso

ciclo_ascenso


Desde ahora mismo y aquí
hacia donde quiera que estés,
parte de mi alma
parte a tu encuentro.
Sabes que te llevo dentro mío
igual que yo sé que tú me llevas dentro.

Se trata de un leve pulsar
que se abre camino hacia ti
cruzando las estaciones, constelaciones,
los momentos.
Digo que esta vida es llevadera
sólo porque sientes tú
lo que yo siento.

Donde tú estás
yo tengo el Norte,
y no hay nada como tu amor
como medio de transporte.

En este instante,
precisamente,
más canto y más te tengo yo
presente
,
más te tengo yo presente.


Jorge Drexler, Transporte

 

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ciclo_descenso

ciclo_descenso


Te echo de menos, le digo al aire
te busco, te pienso, te siento y siento
que como tú no habrá nadie
y aquí te espero, con mi cajita de la vida
cansada, a oscuras, con miedo
y este frío, nadie me lo quita.

Tengo razones, para buscarte
tengo necesidad de verte, de oírte, de hablarte
porque no creo que haya en el mundo nadie más a quien ame
tengo razones, razones de sobra
para pedirle al viento que vuelvas
aunque sea como una sombra
tengo razones, para no quererte olvidar
porque el trocito de felicidad fuiste tú quien me lo dio a probar.

El aire huele a ti, mi casa se cae porque no estás aquí
mis sábanas, mi pelo, mi ropa te buscan a ti
mis pies son como de cartón
que voy arrastrando por cada rincón
mi cama se hace fría y gigante
y en ella me pierdo yo
Mi casa se vuelve a caer
mis flores se mueren de pena
mis lágrimas son charquitos
que caen a mis pies.


Te mando besos de agua
que hagan un hueco en tu calma
te mando besos de agua
pa que bañen tu cuerpo y tu alma
te mando besos de agua
para que curen tus heridas
te mando besos de agua
de esos con los que tanto te reías.


Bebe, Razones

 

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libertad que me exalta

libertad que me exalta


Si el hombre pudiera decir lo que ama,

si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo

como una nube en la luz;

si como muros que se derrumban,

para saludar la verdad erguida en medio,

pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,

la verdad de sí mismo,

que no se llama gloria, fortuna o ambición,

sino amor o deseo,

yo sería al fin aquel que imaginaba;

aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos

proclama ante los hombres la verdad ignorada,

la verdad de su amor verdadero.


Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien

cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;

alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,

por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,

y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu,

como leños perdidos que el mar anega o levanta,

libremente, con la libertad del amor,

la única libertad que me exalta,

la única libertad por que muero.


Tú justificas mi existencia.

Si no te conozco, no he vivido;

si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.


Luis Cernuda, Los placeres prohibidos



cuerpos sucesivos

cuerpos sucesivos


El libro de Manuel Vicent, Cuerpos sucesivos (2003), es uno más de los varios que he leído de este autor a lo largo de los años (Balada de Caín, Tranvía a la Malvarrosa, etc.). Uno más que no me ha dado grandes sorpresas ni emociones (¡excepto la de citar algunos poemas de Salinas o de Cernuda con quienes, precisamente, me estaba deleitando en estos últimos meses!), pero que se deja leer plácidamente gracias a esa lírica aplastante que le imprime a cada frase y a su ritmo entusiasta, ávido por contagiarte la inquietud de la historia que te cuenta. Para algunos, tanto lirismo puede parecer engolado, un abalorio prescindible. A mí sólo me disgusta cuando te hace naufragar ante la profundidad de los personajes y del mundo en el que viven, pasando como sobre ascuas por ella (a mí, personalmente, no me atraen de buenas a primeras la vida de un convencional profesor de literatura y de una violoncelista masoquista). Esta es una historia, pues, concisa y, a la vez, evocadora, pero no busquéis en ella una completa disección del alma humana. Además, el alma de los protagonistas del libro que pueblan el trío amoroso central contiene muchas sombras y tinieblas que no dejan vislumbrar más que una trágica combinación de líbido y dolor. Como parábola erótica, en consecuencia, mil veces más recomendable y sugerente que otras obras ostentosamente “pornográficas”. Como parábola ética, nos muestra que la libertad sentimental y sexual, por desgracia, es un camino espinoso y al que la madurez puede llegar demasiado tarde.



Moondance

Moondance

Well, it’s a marvelous night for a Moondance
With the stars up above in your eyes
A fantabulous night to make romance
’Neath the cover of October skies
And all the leaves on the trees are falling
To the sound of the breezes that blow
And I’m trying to please to the calling
Of your heart-strings that play soft and low
And all the nights magic seems to whisper and hush

Can I just have one a’ more Moondance with you, my love
Can I just make some more romance with a-you, my love

Well, I wanna make love to you to-night
I can ’t wait til the morning has come
And I know now the time is just right
And straight into my arms you will run
And when you come my heart will be waiting
To make sure that you’re never alone
There and then all my dreams will come true, dear
There and then I will make you my own
And every time I touch you, you just tremble inside
And I know how much you want me that you can’t hide

One more Moondance with you in the moonlight
On a magic night
La, la, la, la in the moonlight
On a magic night
Can’t I just have one more dance with you my love


Van Morrison, Moondance


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Música de Agua Fluyendo II

Música de Agua Fluyendo II


 

 

Clara corriente fluyendo

clara corriente fluyendo


Tu agua es luz

en mi boca

Y una luz para mi seco cuerpo


Tu fluir

Música

en mis oídos. Libre,


Fluyendo libre

Contigo

en mí.



Gary Snyder, La mente salvaje