Hay despedidas
en las que no sabes
ni qué decir
y tus gestos
son confusos,
a tu pesar.
Todas las palabras
te parecen
ajadas, imprecisas
y torpes
dado el abismo
que se avizora
por delante.
Fotografía: Bill Brandt
Hay despedidas
en las que no sabes
ni qué decir
y tus gestos
son confusos,
a tu pesar.
Todas las palabras
te parecen
ajadas, imprecisas
y torpes
dado el abismo
que se avizora
por delante.
Fotografía: Bill Brandt
El sexo, apenas
un instrumento más
del amor.
Incluso
de su añoranza.
Lo sé por defecto
de una de las partes,
o de ambas,
según los días.
Fotografía: Yoshiichi Hara
El primer beso
de la primera noche
siempre es concluyente
de una primera fase.
A partir de ahí
se pasa a otra
mucho más repetitiva.
Por una parte, me digo:
cuántas mujeres hermosas
a su manera,
y qué diferentes
y cómo sería sucumbir
a su tentación.
Por otra parte, pienso:
cuántas complicaciones
hasta llegar
a entendernos,
y qué efímeras
las oleadas de placer
y la noción
de eternidad.
Fotografía: Leonard Freed
Nunca disfruté
la caída
y el fracaso
con tanta
delectación.
Por apuntar lejos,
a la médula
de lo imposible,
conocí a las más
sugerentes
compañías.
Fotografía: James Jean
Turista:
especie deambulante
con predisposición
a recibir un sablazo
a cambio de cualquier
baratija.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Estás en una vieja estación
de Praga donde los trenes
siempre van con retraso
e intentas leer
pero no hay manera
de concentrarse.
Fotografía: Hana G.
Lo que me mantiene vivo
y alerta
es la repetición de lo idéntico
en los lugares
más insospechados,
y la anomalía refulgente
que me acelera
el corazón.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Y si el paraíso
tan solo consistiese
en un domingo de mayo
en Villa Pamphili
donde los niños juegan
sin perder el resuello,
como corredores de fondo,
y los amantes se besan
con ardiente pasión
y las ganas contenidas.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Ese sentimiento que duda
entre la alegría y la tristeza
al escuchar los gemidos
de placer
en la habitación colindante.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Los más jóvenes discuten
acerca de la palabra
más certera.
Y en cada elección
parece que les va
la vida en ello.
Harán lo posible
para disentir a la mínima
en que se les toque un pelo
de la identidad.
Lo siento, pero no encontré
nada erótico el aire que se agita
tras el velo de las mujeres
invisibles en lo profundo
de sus vestimentas
negras como el carbón.
Me he mudado a Roma
a buscar
la flor de Estambul.
Fotografía: Ho Ryon Lee
Un poema anti-capitalista
no consiste en
contemplar las dos orillas del Bósforo
con su azules y esplendor
porque el 13 de mayo en Soma, Turquía,
unos 300 mineros fallecieron
en un accidente evitable
(y yo deambulaba por las calles
de Estambul).
Un poema anti-capitalista
no determina las causas
de la muerte por asfixia,
de los informes oficiales que dos meses
antes daban el visto bueno
a las condiciones de seguridad
e higiene en el puesto de trabajo
porque es inaceptable que la suprema
autoridad del país declarase,
horas después,
que este tipo de sucesos
son frecuentes
y naturales.
Un poema anti-capitalista
no enarbola banderas ni levanta
barricadas de fuego ritual
porque es la población enfurecida
la que le planta cara
al gas pimienta y a los camiones
acorazados y a las fuerzas
de choque
solo para señalar que lo ocurrido
debería tildarse de asesinato.
Un poema anti-capitalista
no pretende
indicar el camino de la lucha
ni contabilizar los cadáveres acumulados
a lo largo del año
y de los diversos sectores de actividad
mediante sangrantes estadísticas
comparadas
porque no soportaríamos el peso
de tanta evidencia.
Un poema anti-capitalista
no divaga sobre la ley del valor
y el sacrosanto beneficio
del capital
que aquí y ahora todo lo justifica
porque los tratados internacionales
que el gobierno no firmó
o las comisiones parlamentarias
abortadas
antes de llegar a suscitarse
apenas aliviarían
los conflictos de intereses
sustantivos.
Un poema anti-capitalista
no se conforma
con exigir responsabilidades políticas
o un código de ética empresarial
o nacionalizar los recursos comunes
que antes se cedieron
a las amistades estratégicamente
situadas
porque la emancipación de los trabajadores
será obra de ellos mismos
mientras vivan esta vida
y no aspiren
a promesas de eternidad.
Un poema anti-capitalista
no dilucida la estética apropiada
ni se arroga facultades
premonitorias
ni tampoco puede resarcir
a quien lo escribe
de sus ambivalentes
condiciones de producción
porque tan lamentable es
permanecer de rodillas
como pasar página después
de expresar nuestras
más sentidas
condolencias.
Fotografía: Angel García
Es época de exámenes, mayo.
Otra universidad. Es mi destino más
frecuente. O la treta para conocer
ciudades.
En esta ocasión es Estambul.
El recinto es un viejo mastodonte
de jardines y edificios al lado
del Gran Bazar, en Beyazit.
El casco histórico. Un hormigueo
de transeúntes y no menos
sedentarios.
Las Facultades de Derecho
y de Ciencias Políticas
están situadas frente a frente.
Saquen sus consecuencias.
Continúo con la sobredosis de té,
ahora a la sombra de un toldo
con franjas amarillas y blancas.
Aquí observo menos mujeres
con pañuelos en la cabeza.
Recuerdo que el Presidente turco
quería imponer el atuendo
tradicional, islámico,
en todos los centros educativos.
Las tensiones latentes, el orgullo
cosmopolita, el cruce de caminos.
No se suprimen las libertades
de un plumazo.
¿Cuántos periodistas permanecerán
arrestados?
Ozan y Eser insisten en las acusaciones
que recibieron
cuando las batallas en el parque de Gezi:
terroristas, terroristas.
No era solo la defensa de tres árboles.
La gente joven a mi alrededor
conversa, revisan apuntes, subrayan
libros, fuman,
juegan al baloncesto.
Yo marco en rojo las páginas impresas
que llevo en la mochila
para matar el tiempo.
Sin prisas. Soy dueño de mis cadenas
y el olor de las flores templadas
es un privilegio.
Hay más rostros
en los que se presiente
una voluntad de evasión.
La luz de los cuerpos es más
adictiva
en primavera,
por mucho que recen
en las mezquitas,
por mucha transacción
comercial
aquilatando valores
y necesidades.
El Bósforo. Asia y Europa.
Guerras de religión,
en apariencia.
Transiciones. Puentes.
La leyenda del orientalismo.
¿Es una actitud moderada
el cruzar
de un extremo a otro?
Hay congresos soporíferos
y letales.
Mis ideas reclaman otros
caldos de cultivo.
Sobre la hierba se esparcen
columnas quebradas
de piedra gris o cemento.
Alegorías. Se les da
un buen provecho
como muebles
para el reposo.
Me recuerdan a las ruinas
del imperio. A las potencias
coloniales y sus embajadas
prepotentes.
A los golpes de Estado
tantas veces protagonizados
por el Ejército. Y a la caza
de brujas y revolucionarios.
A la entrada del campus
los vigilantes supervisan
las pruebas
de identidad.
Una súbita manifestación.
Pancartas, consignas.
Policías con sus cascos
colgando de los brazos,
a cierta distancia.
En el campus no hay niños
sirios o kurdos buscándose
la vida.
Restos de sandías. Mazorcas
de maíz por una lira.
Inmigración, pobreza, barrios
decadentes esperando
las excavadoras, Tarlabasi.
Turismo.
En el tranvía escucho los nombres
de las estaciones de una forma
que prejuzgo no literal.
Para eso viajamos.
Para reconocer
la literalidad de cada idioma
según su punto de vista.
Y los amplios márgenes
de interpretación. Y los
contextos.
Desde fuera solo nos
atiborramos de lecturas.
Los cuerpos reales dicen
lo que las palabras
no pueden.
O constituyen
alguna mutualidad.
Articulaciones óseas, gestos,
heridas, sudor.
Un ecosistema
que no da tregua
a la soledad
ni a las obsesiones.
Por eso me inclino
por las fotografías
en blanco y negro.
Nunca sé lo que finalmente
revelarán.
Fotografía: Miguel A. Martínez
Los aviones
y los aeropuertos
ayudan mucho
a la transcendencia.
Te preguntas por qué
tan a menudo eres
un extraño,
un forastero.
Por qué miras desde
otro mundo igual
de inestable.
Las certezas, el amor,
el idioma
se disuelven
como en el té
los azucarillos.
Pero puedes confiar
en mí.
Hay una sed
de humanidad
y de armonía
que me avala.
Lo que no puedo
dar
es lo que no soy.
He visto la sangre
innecesaria
y soy ajeno.
Quise huir pero ya sé
que todo
está unido.
Ascender a las nubes
precipita la caída.
Mis pies siempre
regresan
a lo que ha muerto.
Mis labios no son
los de ayer.
He visto el ensañamiento
y no comulgo.
Piedras vivas, animales
de ciudad.
Un tiempo gastado.
Incluso los nómadas
precisan agarrarse
a una afirmación.
Tomar tierra, decidir.
Fotografía: Alvaro Minguito
¿Y qué culpa tengo yo
de que inefables
aberraciones
se apoderen
de mi pensamiento
en el culmen
de la excitación?
Ojalá volviese aquella
mística de juventud
y paraísos naturales
que una vez
nos inundó.
Fotografía: María Sánchez
Nunca pensé
que tendría agujetas
en los dedos
después de tanto
masturbarte.
Fotografía: Bob Carlos Clarke
La mentira duele.
La verdad duele.
El silencio duele.
En un mundo
donde hay tanto
dolor
apenas hay refugios
para escapar
de la violencia
simbólica.
Las palabras,
en su mayoría,
incluso las ausentes,
también nacen,
sufren y mueren.
Me esfuerzo
todo lo posible
en atender
las conversaciones,
en fijarme
por donde piso,
en cumplir
las tareas
con diligencia.
Pero el poema
continúa
rumiando
por detrás,
como raíz
sedienta
y urgente,
reclamando
su ración
de luz.
Cuando llueve a cántaros
uno espera que cambie
el régimen político
o, al menos, las parcelas
grises de la vida
cotidiana.
Así lo sugerían entre líneas
aquellas canciones
de hace décadas,
pero la crueldad presente
tampoco da tregua.
Por lo único que nos afligimos
cuando llueve a cántaros
es por la estrechez
de las aceras
y los paraguas enredando
la circulación.
Fotografía: Michael Blann