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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Soy la mano de obra.

La mano a la que no

se le caen los anillos

por ponerse manos

a la obra.

La mano a la que no

le sobran los anillos

ni falta que le hacen.

La mano que se afirma

y la que niega

puño en alto.

La mano que sí

o la mano que no.

 

Soy la mano que guía

a la voz

hecha de nada

y a la voz a medio hacer.

La mano que no fuerza

al verso ni tampoco

a lo que albergue

de razón.

Soy la misma voz

que guía a la mano

porque los pies

ya caminan solos

y caminan lejos,

aunque no siempre

a un lugar mejor.

Los pies que sí

o los pies que no.

 

Soy el brazo partido,

el cuerpo sin columna

que fracturar,

el gesto con sed

y el gesto afónico

y helado

cuando clama y trabaja

y duerme y vuelve

a empezar

porque no hay justicia

que valga.

Soy el cuerpo a cuerpo,

extenuado,

el que sólo lucha.

El cuerpo que sí

y el cuerpo que no.

 

 

Fotografía: Edward Muybridge

 

 

Me agradan

esos desbordes

inesperados.

 

 

Fotografía: Martine Franck

 

 

 

Tal vez nuestro principal

cometido sea darnos

alegría.

 

 

Fotografía: Guillermo Asian

 

 

 

Aprovechar la incisión

ya existente.

 

 

 

Ha bastado con volver

a la lectura de poemas

como una excusa.

 

O frenar en seco.

Estaba muy saturado

de obligaciones.

 

Por una u otra razón

lo único seguro

es que ese invierno

empieza a remitir.

 

 

Fotografía: Matthias Werner

 

 

 

La muerte que no es ahora

pero que se insinúa,

nos da ejemplos,

amenaza.

 

La verdad que está de más,

perturba, a quién le puede

interesar sin afecto,

sin mesura.

 

 

Fotografía: Alvaro Minguito

 

 

 

Esperar a que la belleza vuelva a ti,

no tener prisa.

 

Las llagas cicatrizarán

con una mínima ayuda.

 

El exceso de información

disuelve los contornos.

 

Has sobrevivido ya

a múltiples naufragios.

 

 

Fotografía: Guillermo Asian

 

 

 

Esos rostros

tan alejados

del verbo claro

que albergan.

 

 

Fotografía: Guilherme Wisnik

 

 

Para escuchar con mimo.

Busqué lejos,

volví a intentarlo.

 

Siempre el dolor merece

la calma y la reparación.

 

 

Fotografía: Tatsuo Suzuki

 

 

 

En el territorio

de la complicidad,

en el encuentro,

en los lugares comunes

 

también arraigan

obstrucciones,

censuras,

fallas,

oquedades

de la forma

más abrupta.

 

 

Ilustración: Santiago Espeche

 

 

 

Hay jerarquías

que se disfrazan

de ausencia

y no por ello resultan

menos insidiosas.

 

En cuanto te descuidas

recibes su aliento

resolplándote

en la nuca.

 

 

Fotografía: Santiago Sierra

 

 

 

 

Te adhieres a la inercia

de otro día mudo,

a la urdimbre cálida, todavía,

de una atmósfera a punto

de desaparecer.

 

Y este golpe de conciencia

vale menos que un instante.

 

 

Fotografía: Tatsuo Suzuki

 

 

Caminar a trompicones

por los pasillos del museo.

 

¡Qué deporte tan amorfo!

 

Los vigilantes parecen hastiados,

consultan el reloj a menudo.

 

Te prohíben fotografiar las obras.

 

En otro lugar del mundo, lejos de aquí,

otro ser humano puede sentir o padecer

algo muy semejante.

 

Mímica. Universalidad. Ceguera etnocéntrica.

 

Decidimos entrar en el museo

¿para huir de la rutina? ¿para escondernos?

¿para contemplar cómo huyen y se esconden

otros supuestos congéneres?

 

¡Cuánta abundancia helada!

 

Nadie me prohíbe escribir, es una suerte.

Me excita. Me alarma.

 

Es invierno, todavía.

 

¿Acabarán mis colecciones entrañables

o subversivas en un museo?

 

Donarlo todo, órganos y prótesis:

es el único destino.

 

Hay mujeres bellas, pero deambulan

como idas.

 

Más que bellas, solo deseables.

 

Las salas son amplias, cabrían millones

de objetos.

 

No obstante, prefieren mutilar los conjuntos

en aras del espectáculo.

 

Como un bocado en plato grande

que alimenta el alma

y el ego del cocinero que deviene autor.

 

Una muestra es suficiente. Un botón.

 

Aquí la verdad no existe. Cualquiera

puede alardear.

 

Insurrección. Invierno. Sábado por la tarde,

gratis.

 

Delirio de las sombras. Miniaturas.

 

Proclaman demoler las paredes

conservando las ventanas en su sitio.

 

Los empleados del museo se distinguen

por unas tarjetas de identidad plastificadas

que les cuelgan del cuello.

 

Observan a los visitantes

que les observan a ellos a la vez

entre vistazo y vistazo

al resto del paisaje.

 

Observar es todo un arte. ¿El único, quizá?

 

Pero aquí la apuesta es política:

un ejercicio de memoria histórica.

 

Un examen de los confines tolerados

del régimen.

 

Politizar el duelo inacabado.

 

El deseo inacabado.

 

Ofuscarse. Palidecer. Enterrar el optimismo.

 

Si no fuera por esos cuerpos bellos,

por esas miradas insaciables.

 

Aspiro a saber quién soy, quién puedo ser.

 

Sobre la tortura cosificada:

¿perdemos el tiempo afligiéndonos?

 

Habrán tenido que restaurar esas filmaciones

con técnicas muy avanzadas.

 

Vago ebrio. Anticipo el vértigo desde la azotea.

 

El círculo vicioso: ¿sólo es arte el preguntarse

por la definición de arte?

 

Registrar muestras. Andar hacia atrás como un cangrejo.

Las huellas como táctica de supervivencia.

 

Convicciones, a pesar de todo.

 

¿Quién se puede arrogar el enunciado

de lo invisible?

 

Las más bellas esquivan la exposición

sobre las dictaduras. Circulan veloces.

 

Si emigro a las antípodas: ¿dónde yacerán

mis recuerdos?

 

Si emigro, ya sólo será ligero de equipaje.

 

No lo planeamos, íbamos a dar un paseo

por el Retiro y cambiamos de opinión.

 

República de los fragmentos.

 

Orden desmilitarizado. Tregua.

 

Imprecación a conferirle algún sentido

a todo esto.

 

Habíamos comido, follado, dormido

y luego íbamos a dar un paseo al Retiro.

 

Las mujeres con rasgos asiáticos

no se detienen a escuchar el poema

"no hay cadáveres".

 

Claro que no. ¡Oh, no!

 

Me duele un párpado y la planta del pie,

pero no me muero. Es una suerte. Por ahora.

 

Pienso en la máscara que vestiré

cuando recite este poema.

 

 

Ilustración: Herbert Rodríguez

 

 

Con sus rostros desconocidos

fijamente clavados en mí,

con su apariencia distraída

mas sólo persiguiendo

su mala suerte,

su genio incomprendido,

sus fantasmas interiores,

el transcurrir vacío

de los días.

 

Se congregaban

ritualmente

en ese bar contubernio

de poetas e ilusionistas,

de musas y pajaritos,

de lenguas ebrias

y amores insaciables

donde cabían los tormentos

y la celebración banal

de lo efímero.

 

Y me llegó el turno

de quitarme la ropa,

de pasar revista

a sus pupilas escrutadoras

e implacables,

de proyectar la voz

y modularla engatusando

como canto celeste

o sermón sísmico

o primer deshielo

o inocencia marchita.

 

Por muchas tablas

que uno haya pisado,

aquel trago fue peor

que una cirugía

a corazón abierto

y sin anestesia.

 

 

Fotografía: Andrew Catlin

 

 

 

 

¿En qué sagradas creencias

se basa el régimen de nuestra justa

y óptima convivencia?

-interpeló el príncipe

a su súbdito.

 

Tras recitar la retahíla

de lugares comunes,

leyes vigentes

y alabanzas de rigor,

se despidió de la corte

inclinándose con reverencia

mientras sus majestades

proseguían celebrando

el banquete,

sus intrigas palaciegas

y los vicios

de la carne,

no sin antes maldecir

la retórica ladina

de la servidumbre,

tan poco de fiar.

 

El gobernante

no conciliaba el sueño

a sabiendas del motín

y las ansias de venganza

que se incubaban

entre los hambrientos.

A la plebe

también le carcomía

el miedo a la espada

y al fuego

que les reservaba la ira

de las autoridades

si fracasaba

la sedición.

 

Quién iba a pensar

que unas simples canciones,

con su sátira mordaz,

armarían tanto revuelo.

 

 

Ilustración: Fred Deltor

 

 

 

Me observas

fijamente

cuando me repliego

y no pierdes

detalle

cuando me exhibo

porque sólo

el movimiento

define lo visible,

la luz,

la revelación

de las reglas

del juego.

 

Y pugno

por que los versos

actúen

con idénticas

virtudes.

 

 

Ilustración: Mel Bochner

 

 

Sí se puede.

Incluso

en las más

adversas

circunstancias.

 

He ahí

el meollo

de toda

creación.

 

 

Fotografía: Joan Nogué

 

 

Escribir poemas

es una cuestión de vida

o muerte.

 

Aunque sean

poemas de humor.

 

 

Fotografía: Marcel Duchamp

 

 

Hoy en la comida

hablamos del arte,

de su vacuidad,

del sometimiento

al mercado y a la tiranía

del elogio,

del concepto

en lugar del artista,

de la epifanía

del silencio

y del gesto

insobornable,

como una mueca,

de quien rehúsa

cualquier disciplina

estética.

 

Mi contribución

al debate fue escasa:

no cesé de imaginarte

ciega,

sublime,

entregada

sin complejos

a la fuente más segura

de tu placer.

 

 

Fotografía: Victor Demarchelier

 

 

 

 

 

 

Esta mañana

nieva otra vez

en Madrid

creando la ilusión

de lo extraordinario

y de la nostalgia,

como si estuviéramos

en una ciudad europea

más septentrional,

muda y blanquecina,

donde se atesoran

a buen recaudo

las razones

y las armas

contra el fuego

de los pueblos.

 

 

Fotografía: Bernard Eilers