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ateo poeta

Tokio

Tokio

 

Haiku, karaoke, origami, hatcho miso... pero también harakiri y kamikaze. Al llegar a Tokio comprendes que el japonés no es un dialecto del vasco, y que sus cinco vocales son nítidas y cristalinas como las nuestras. La memoria de las palabras perdidas siempre facilita la inmersión.

 

Tras la paz milenaria del bambú

se yerguen gélidos rascacielos de luz.

 

A vista de pájaro, la melancolía.

En la multitud: buscar una salida.

 

No se agota la fuente

que se nutre de las tormentas.

 

Circulan al contrario, por la izquierda. Leen los libros al revés, o de arriba abajo. Otro tanto pensarán de nosotros.

En sus mapas, sus islas aparecen en el centro del mundo. Un poco al norte. También hay países del sur que dibujan los mapas invertidos. Pero no se alteran las demás coordenadas.

 

Tokio es la ciudad global más densa del mundo. Y la que menos trabajadores inmigrantes admite. Apenas alzan la voz en exceso. Y miran absortos a sus cachivaches electrónicos. Se saludan inclinando gentilmente la cabeza, algunos incluso sonriendo. Formalismos, seriedad y el metro a reventar en las horas punta. (¡Por cierto, el gesto de la cabeza es indefectiblemente contagioso!)

 

Las mujeres se rebajan el volumen de sus cejas y se maquillan abundantemente. Algunas imitan la inocencia de los dibujos animados. Los hombres son lampiños, mayoritariamente. El pelo negro y liso de casi todos sólo muda con las canas y con los teñidos color caoba.

 

¿Por qué tendrán las tasas de suicidios más altas del planeta? ¿Tan difícil es encontrar tu lugar en el mundo? Toda cultura esconde su secreto inconsciente.

 

En la rueda de la fortuna

encuentras la templanza de un haiku.

 

Un amor en construcción, sin canon,

sólo se deja habitar por libélulas.

 

Ahora se desdibujan nuestros caminos.

Seguiremos anhelando melodías inspiradas.

 

 

 

melodías obsesivas

melodías obsesivas

 

 

Muchas veces me ocurre que una canción se incrusta en mi cerebro y suena una y otra vez, una y otra vez, durante días. Me gusta esa sensación. La melodía suele ayudarme a sentir con más clarividencia mi estado de ánimo. I’ll bet you thought I’d never find you de Jon Hendricks (http://media.putfile.com/Ia-ll-bet-you-thoug), tiene esas cualidades propias de una oruga en el cerebro. Combina sabiamente esas dosis de alegría y de tristeza que precisas para mantener el rumbo en aguas turbulentas. Una especie de astrolabio sonoro, un refugio íntimo. Cuando la obsesión hubo amainado, busqué sin éxito el texto exacto de la composición. Pero en internet debe haber tanta sobrecarga y redundancia de convenciones como en nuestros contornos más inmediatos.

 

Fui tarareando aquella canción muchas noches y mañanas, de camino al Malaya. Al pasar habitualmente por la Plaza del Ángel vi que en uno de los cafés actuaba todas las noches, durante una semana, otro de los magos del jazz, Ben Sidran. Recordé, de súbito, su concierto para García Lorca (http://media.putfile.com/aint-necessarily-so_Ben-Sidran http://media.putfile.com/Ben-Sidran_Look-here). El disco lo había grabado en mi ordenador cuando lo descubrí, hace unos años, en la casa de una amiga alemana en Amsterdam. Y me había conmovido e hipnotizado desde la primera audición. Más melodías arrebatadoras para los tiempos muertos. Creo que las entradas eran de un precio abusivo, veinticinco euros o más, y mi economía no está para excesos. Además, la experiencia casi surrealista y poética de defender aquel palacio centenario de las garras de los especuladores inmobiliarios, aún a costa del sueño sagrado, me resultaba mucho más enriquecedora.

 

El Malaya fue desalojado el primer día de diciembre por los lacayos policiales y judiciales a sueldo de mafiosos o, cuando menos, cómplices de sus hurtos y tretas. A mi edad ni siquiera siento rabia, lo analizo con frialdad, pero, irremediablemente, acabo cambiando de sintonía mental. La noche del desalojo ya no estaba sumergido en aquella niebla de fantasmas. Me había encerrado unos días en casa, lejos de Madrid, a finalizar varios trabajos que ya no podían demorarse más y a estar con mis hijos. Entonces es cuando Ben Sidran vino a visitarme de nuevo. Esa elegía alegre, esa memoria de la injusticia envuelta en blues y humo. En su homenaje, el viejo jazzman nos hace revivir el optimismo del poeta en Nueva York, lo que nunca muere por mucho que maten los cerebros embotados de vacío y mercenarios.

 

Siempre me ha sentado bien escuchar música o la radio mientras trabajo. Para tomarme un respiro, o para desconfiar de esa concentración enajenadora a la que te arrastra todo esfuerzo intelectual, por mucho que te gratifique a su vez. Comporte clarividencia o sensaciones más pasajeras, es asombroso cómo se entrecruzan todos estos hilos. (Claro que esto no sé a quién le puede importar un pimiento -¿a un posible torturador, quizás? Pero es que es domingo por la tarde, espeso y encapotado, y el trabajo no anda muy ligero. Así que me aprovecho de este espejito para dar rienda suelta a la búsqueda de cómplices en la perplejidad. Disculpen las molestias.)

 

 

 

Ciudad sin sueño (Nocturno del Brooklyn Bridge)

Ciudad sin sueño (Nocturno del Brooklyn Bridge)

 

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Las criaturas de la luna huelen y rondan las cabañas.

Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan

y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas

al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

 

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Hay un muerto en el cementerio más lejano

que se queja tres años

porque tiene un paisaje seco en la rodilla

y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto

que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

 

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda

o subimos al filo de la nieve con el coro de dalias muertas.

Pero no hay olvido ni sueño:

carne viva. Los besos atan las bocas

en una maraña de venas recientes

y al que le duelo su dolor le dolerá sin descanso

y el que teme la muerte la llevará sobre los hombros.

 

Un día

los caballos vivirán en las tabernas

y las hormigas furiosas

atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día

veremos la resurrección de las mariposas disecadas

y aun andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos

veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.

 

¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,

a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente

o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,

hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,

donde espera la dentadura del oso,

donde espera la mano momificada del niño

y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.

 

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Pero si alguien cierra los ojos

¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos

y amargas llamas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

Ya lo he dicho.

No duerme nadie.

Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,

abrid los escotillones para que vea bajo la luna

las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

 

 

Federico García Lorca, Poeta en Nueva York

 

hundimientos

hundimientos

 

Otra noche más, intempestiva. Hurtándole al sueño la paz reparadora que demanda desde hace semanas. A la hora convenida, el turno de vigilancia. La calle Atocha es larga y fría. Con viandantes variopintos, incluso bien entrada la madrugada. Borrachos y coches de policía son los móviles más frecuentes. El frío, la somnolencia espumosa, la mirada perdida a uno y otro lado de la calle, aunque simulando interés y alerta. Los pasillos tenebrosos. Los salones señoriales, fantasmagóricos, con sus decoraciones pomposas y desteñidas, sus techos altísimos y las molduras doradas. Atravesarlos a media noche o al alba era siempre como una despedida. Y tropezar con todo tipo de cachivaches y mobiliario dispuesto para las barricadas o para el abandono definitivo.

 

Esperar un desalojo es más desolador que heroico. La disciplina militar que se acuerda en las interminables asambleas, se disipa a medida que nos envuelven la noche y las pesadillas. Es como esperar a un fantasma más de estas ruinas, aunque proceda del exterior. Nadie sabe cuánto seguiremos así. Velando esta fachada esplendorosa y decadente, pero que se ha preñado de tantas vidas durante estos meses. Aguardando el hundimiento de este barco. O será el otro barco más general, ese que dicen que está en crisis, el que de verdad va a la deriva. Es curioso que una noche me encontré entre las cajas volcadas y los libros añosos desperdigados por el suelo, aquel viejo poemario de Enzensberger: El hundimiento del Titanic. También un voluminoso tomo bilingüe de Walt Whitman, aquel gran oso lírico. Los hojeé con una sonrisa escéptica, como quien se encuentra con entrañables amigos al cabo de mucho tiempo y reconoce que la complicidad esencial permanece.

 

Nos hundirán otra vez, es posible. Pero se seguirán hundiendo sus transatlánticos podridos de explotación y avaricia hasta atragantarse. O eso nos gustaría pensar: amenazarles, demostrarles cuán libres podemos respirar cuando nos unimos, cuando entramos en sus lujosos inmuebles y levantamos el velo de sus leyes taimadas. La calle Atocha suele estar concurrida y bulliciosa, por eso tardan tanto. En este mismo Palacio tenían un despacho los abogados laboralistas que asesinaron los facinerosos impunes al abrigo de la inercia dictatorial. Cada noche y cada mañana que me levanto de mi colchón provisional, se me hiela por un momento la memoria. Permanecer en estos balcones y sumar nuestra presencia, me da una templanza que no tiene precio.

 

“El iceberg pasa silencioso, se desliza junto al barco resplandeciente, y se pierde en la oscuridad.” Sé que algunos preferirían una narración más lineal, sin la ruptura del aliento que supone designar un verso. Pero a mí cada una de esas pausas me evoca mi propia vida. Incluso estas noches tan irreales, observando el horizonte vacío y luego saliendo pronto a trabajar, desatrancando ritualmente el portal magnífico de una madera gruesa y vetusta. Eso es lo que ocurre por las noches. El resto de los días se zambulle en la deliberación, en los cuerpos insurrectos y en la fiesta. La noche que lleguen desapareceremos hasta colarnos en sus insomnios, contemplando el hundimiento desde lejos, desde otra casa expropiada a los ladrones de guante blanco.

 

 

 

hundimientos

hundimientos

 

Hay alguien que escucha muy cerca de aquí,

espera, retiene el aliento.

Dice: Es mi voz la que habla.

 

Nunca más, dice él,

va a estar todo tan tranquilo,

tan seco y cálido como ahora.

 

Se escucha a sí mismo

en su cabeza burbujeante.

Dice: No hay nadie más.

 

Aquí. Ésta tiene que ser mi voz.

Espero, retengo el aliento,

escucho. El rumor distante

 

en mis oídos, antena

de carnes suaves, no significa nada.

Es tan sólo el latido

 

de la sangre en las venas.

He esperado mucho tiempo

con el aliento retenido.

 

Rumor blanco en los auriculares

de mi máquina del tiempo.

Sordo zumbido cósmico.

 

Ni un sonido, ninguna llamada de auxilio.

La radio permanece muda.

O éste es el fin,

 

me digo, o es que

ni siquiera hemos comenzado.

¡Aquí sí! ¡Ahora!

 

Se oye un rasguido, un crujir, algo

que se desgarra. Aquí está. Una uña helada

que araña la puerta y se queda quieta.

 

Algo cruje.

Un lienzo largo e interminable,

una inmaculada tela blanca

 

que se desgarra, lentamente al principio

y luego más y más deprisa,

se rasga en dos pedazos con un silbido.

 

Esto es el principio.

¡Escuchad! ¿No lo oís?

¡Agarraos bien!

 

Y regresa el silencio.

Sólo se oye un sutil tintineo

en los aparadores,

 

el temblor del cristal,

más y más tenue

hasta desaparecer.

 

¿Quieres decir que

eso fue todo?

Sí. Todo pasó.

 

Eso fue sólo el principio.

El principio del fin

es siempre discreto.

 

A bordo son ahora

las once cuarenta. Hay una grieta

de doscientos metros

 

en el caso de acero,

bajo la línea de flotación,

abierta por un cuchillo gigantesco.

 

El agua corre

hacia las escotillas.

Emergiendo treinta metros,

el iceberg pasa silencioso,

se desliza junto al barco resplandeciente,

y se pierde en la oscuridad.

 

 

Hans Magnus Enzensberger. El hundimiento del Titánic

 

 

 

Epístola

Epístola

 

¿Has oído el rumor de esas aguas subterráneas nuevas:

las que absorbe la edad, las que oxigenan los filamentos

que enhebran la cordura con la locura -ahora, que sobrevivimos?

 

¿Y el canto del invierno arremolinándose en las fisuras

de celosías y paramentos blindados? ¿Como los acantilados

contiguos a tu sed de amor, siempre objeto del látigo:

firmes, indigentes, dueños de esa luz de mar primitivo?

 

Nunca nos consignamos a efemérides apenas. Vagamos

entre veredas minadas de imperativos kantianos y girasoles

quemados por la impotencia utópica.

 

(Aprendimos a designar los refugios para sustraernos al ostracismo.)

 

Necesitaba tus reflejos -tantas veces cristalinos y severos-

para mis preguntas cubistas. Y permanece nuestra savia inconforme.

Ese laxante cómplice a través de largos meses y kilómetros

de silencios.

 

Ha pasado mucho tiempo. El ser humano es diletante:

añora explicaciones, toma aire y se sumerge en un magma

de arrebatos pasionales. Hay quien se ocupa de los manjares.

 

Algunos van olvidando a quién interpelar con coraje

-porque el tiempo y las algas los envuelven y arrastran lejos.

Nosotros sobrevivimos, empero.

 

(Cuanto más políglota, más descubro el idioma de mi infancia.)

 

 

 

El cuerno de la abundancia

El cuerno de la abundancia

 

 

Me gustó el título de esta película: tantas ideologías y religiones han prometido paraísos, tanta sangre derramada por una vida sin ninguna dependencia de la naturaleza. Y supuse enseguida que tratándose de Cuba, habría mucho de reír para no llorar (no sé por qué, pero sospecho que la misma expresión me vino a la mente con Habana Blues y con Guantanamera). Como en las viñetas de Quino, pero con más hilaridad y desesperación. Porque entre la picaresca caribeña y el hambre post-revolucionario caben infinitas prosas. Como en otras hermanas isleñas del mismo género cómico, aquí se recurre a la parábola para retratar a una comunidad. Una comunidad con sus más y sus menos. Con sus líderes y sus aprovechados. Con los que se quedan y los que se van. Estos últimos, por varios e inescrutables caminos. La parábola: no importa de dónde venga el maná si al final llega para aliviar nuestras penurias. Es curioso que las monjas y piratas del pasado, o los bancos que han perdurado secularmente como sanguijuelas y en los que fue a recaer la herencia en disputa del cuento, no sean objeto de mayor debate. Y eso que no cejan de debatir y hablar y pelearse y fornicar (o intentarlo) y vivir con tanto sol y pasión que en nuestro paralelo parecemos osos polares. La técnica narrativa en círculo y la banda sonora aderezada por Lucio Godoy aderezan más que dignamente esta lograda tragicomedia de Juan Carlos Tabío (2008).

 

 

 

La desconocida

La desconocida

 

Giuseppe Tornatore nos vuelve a encoger el corazón con “La desconocida” (2006). Las desgracias sufridas no justifican que se le inflijan desgracias a terceros. Las cadenas de explotación se reiteran a todas las escalas y van dejando un rosario de cómplices y de corrupción social generalizada. ¿Cómo sobrevivir dignamente? ¿Es el amor tan sólo un espejismo fugaz, irreversible e irrepetible? ¿Por qué necesitamos obsesiones y objetos de ternura para darle un sentido a vidas tan magulladas? Tornatore exprime soberbiamente la magia de las sombras morales tras ese telón de luces y tiempo comprimido (y expandido) que llena la pantalla. Lo que otros obvian o apostillan demagógicamente, aquí es infiltrado e incorporado en cada grano de oro que preside la mirada. Todo esto por debajo de su argumento trágico y ambivalente: una mujer que escapó de las redes de la prostitución ucranianas intentará reconstruir su ser a través de su misteriosa incursión en la vida de unos joyeros de Trieste. La música de Ennio Morricone, por fin, envuelve, con todo lujo de evocaciones,  este conmovedor relato.

 

 

 

Argumento

Argumento

 

 

El hombre huye de la asfixia.

El hombre, cuyo apetito, que desborda la imaginación, se calafatea sin terminar de aprovisionarse, se liberará por las manos, ríos en súbita crecida.

El hombre que se despunta en la premonición, que tala su silencio interior y lo reparte en teatros, este segundo es el hacedor de pan.

Para unos, la prisión y la muerte. Para los otros, la trashumancia del Verbo.

Desbordar la economía de la creación, acrecentar la sangre de los gestos, deber de toda luz.

Asimos la argolla a que están encadenados, uno al lado del otro, el ruiseñor diabólico, por una parte, y la llave angélica, por otra.

Sobre las crestas de nuestra amargura se adelanta la aurora de la conciencia y deposita su limo.

Sazón. Una dimensión atraviesa el fruto de la otra. Dimensiones adversarias. Desterrado de la yunta y de las bodas, bato el hierro de los cierres invisibles.

 

René Char, Furor y misterio

 

 

 

Escandinavia

Escandinavia

 

Salgo sobrecogido de contemplar

los soles y pájaros de Max Ernst

y, en las salas contiguas de esos museos

en una isla de Estocolmo,

las cuadrículas sin esquinas

en ángulo recto de Ildefonso Cerdà

-esos nombres propios y tópicos

que se pueden citar, polizones convencionales.

 

Pero no menos que con esos colores parduscos

amarilleando hayas y castaños, degradando

los inmensos verdes y vertiendo sus hojas muertas

en las sendas. O con esos mástiles recios

y envejecidos aguardando el doloroso frío polar

en estos canales tan terapéuticos

para la imaginación y los horizontes poblados.

 

Me abstraigo entre las penumbras de un libro

sobre teorías de la racionalidad –y a quién le importan

las teorías, el ser, el discernir los haces de luz-

mientras recién nacidos y niños risueños

y madres devotas por doquier deambulan

con todo tipo de facilidades a su alcance

para mayor gozo de sus pechos universales.

 

Toda esa belleza –relámpago- me arranca de cuajo

esas pústulas irracionales que azoraban

mi respiración. Supongo que es el ciclo natural:

anhelar, preferir, la inmersión, luego todas esas

inevitables desafecciones, la vida cruda y cruel,

la asfixia, hasta que asciende ufana la lujuria,

de nuevo, la aspiración hasta el último alvéolo,

compartir aun sólo sea una pizca del alma

o de la dicha esquiva a pesar de esa rocosa y severa

intimidad -pero eso es lo de menos: sólo intentamos

sustraernos a ese ritmo de la producción general,

a ese dilapidar el tiempo de la nada.

 

Quién nos puede conocer: hasta la médula,

hasta la materia última y ese cuerpo

que nos empeñamos en obliterar. Nuestro

extraño acompañante. No perderlo. Acariciarlo

como el acto más hermoso. Nunca desgajar

de la memoria estos otoños arrebatadores

de violentos resuellos y gloria impasible.

 

 

 

Viajando con Zenón

Viajando con Zenón

Al filo de la hora de cierre, en el supermercado del barrio, secciones de embutidos y carnicería: tres empleadas sueñan estentóreas en voz alta, si les tocase la lotería viajarían lejos, unas a lugares exóticos, otras a exquisitos parajes y balnearios; pero que toque mucho, concuerdan, como para jubilarse.

 

Lo peor serian unas migajas, que la ilusión siga royéndoles de por vida.

 

A mi izquierda, en el avión, una joven sueca y rubia y madre por segunda vez: sigue cobrando el noventa por cien de su, sospecho, abultado salario, durante dieciséis meses; antes viajaba sola una vez por semana a las embajadas suecas por todo el mundo, y lo echa de menos.

 

Le hace pedorretas a su bebé y sueña con volver a cabalgar los cielos. Un azafato que le da el relevo comenta que en este vuelo han despachado más menús, de pago, que de costumbre.

 

En las reclusiones físicas sólo cabe la evasión interior.

De las cárceles invisibles pensamos que podemos huir a algún exterior, el que sea.

 

Pero el movimiento, si no es paradójico, produce constantes ‘jet lags’ y mareos.

 

(Por cierto, ¿cuántos sentidos de la vida cobijarían todos aquellos turistas?)

 

 

Canción del despertar

Canción del despertar

 

De mis brazos

pende el aliento,

el solitario humo

de tu vida. Observo

así el fugitivo nacer

de tu edad cada mañana,

el asombro de mi corazón

que teje en sábanas de invierno

la historia de dos

en el cotidiano duelo

de la carne. Te nombro

y abres más tus ojos.

¡Qué savia tu voz

en mi tronco! ¡Qué latido

involuntario te delata!

De mis brazos

brotan espigas y andamios,

dedos que buscan

la columna, la fiebre

entregada a su oficio

en el deseo. Mi voluntad

cruje como nieve

ante la huella callada

que tu mano deja

sobre el azul temor

de la mañana. Y tirito

ante tu aroma, y busco

la arquitectura de tu amor

en mis brazos, el proyecto

de tu sombra

en los límites de mi ciudad

sin forma. Así acojo tu aliento

en mi regazo, pronto,

antes de que el amanecer

sea reino único de las aves,

en la celebración primera del canto,

antes, para que la luz hunda

sus brazos en tu misterio salado.

 

Callada así para siempre

la noche en su triunfo

esculpirá nuestros brazos

como trenzas

sobre la piel de los tejados.

 

 

Alberto Santamaría, Notas de verano sobre ficciones del invierno

 

 

 

No Replay

No Replay

 

Vuelven a los escenarios los trajes negros con corbata de nudo flojo, y algún que otro sombrero a lo Blues Brothers. Vuelven músicos devotos a su público ávido de swing, rock steady y de alegría. Músicos reverenciales con clásicos del jazz o del pop italiano de hace cincuenta años. Jóvenes skatalíticos sin prejuicios y con muchos metales en la sección delantera. Nueve, nada más y nada menos, y con invitados intermitentes a los bongós y a las voces rapeadas. Sin parar de jugar entre ellos, saltando y acuclillándose. Quizás no son virtuosos implacables, quizás la multinacional que los apadrina acabe arañando su ingenua modestia. Pero sus conciertos elegantes y divertidos, dos en una misma semana en Madrid, no serán fáciles de olvidar. Por si queréis probarlos sin la nata del directo: http://myspace.com/noreplayorchestra

 

 

máquinas y almas

máquinas y almas

 

En el Museo Reina Sofía (de Madrid) está todavía abierta (hasta el 10 de octubre) una curiosa exposición con toda clase de sorprendentes artilugios tecnológicos. Entre los que me han resultado más conmovedores me gustaría destacar “Listening Post” (Ben Rubin y Mark Hasen: http://www.earstudio.com/). Como se puede apreciar en el vídeo promocional (http://www.museoreinasofia.com/s-artistas-contemp/home.php) por encima de una melodía cadenciosa y casi nostálgica, se van vertiendo palabras y frases entresacadas de conversaciones que están teniendo lugar en todo el planeta a través de internet (eso sí, sólo las que discurren en inglés). Al mismo tiempo, todos esos fragmentos robados en el ciberespacio son visualizados con un verde fosforito como el de las primeras pantallas de ordenador, a lo largo de decenas de cajitas negras (231) alineadas hipnóticamente en filas y columnas. Un momento sublime para la contemplación de todas nuestras propias conversaciones, como si también estuvieran ahí, objetivadas y troceadas.

 

 

 

contra las máquinas de la impaciencia

contra las máquinas de la impaciencia

 

 

¿Dónde la fuerza para la ignición vertical? ¿Dónde el arrojo más blanco para la desnudez?

 

¿De verdad no soportamos nada? Yo tengo que avanzar hasta aquel tajo, donde las cigarras asierran el vacío con tal denuedo que se pone en marcha el motor de lo imposible.

 

(Atención, existe también la coquetería del vacío y el narcisismo de lo imposible.)

 

¿Entonces? Azotar, quizá, con vara verde las nalgas del sistema simbólico.

 

(Sistemas, empalizadas: convocatoria al salto. Hay puentes para salvar el vacío, y puentes para saltar al vacío.)

 

Amigo, ¿no te está obsesionando demasiado la sequedad vocálica del otro? Mira cómo aquella cigüeña levanta lentamente la pata izquierda. En el instante preciso de comenzar a hablar, ¿dónde nos apoyamos?

 

La poesía, motor de vida. La vida, motor de sí misma.

 

Hilo: el que cose los párpados es, a veces, el mismo que guía fuera del laberinto.

 

(Atención, el tatuador soñaba con los esquemas del exterminio.)

 

Entre el polo del vacío y el de la senda exhausta, una enérgica deflagración libera fresca fuerza para el cambio.

 

Tatuaje u oración de la espesura: vivir con poco para amar con todo.

 

 

Jorge Riechmann, Conversaciones entre alquimistas

 

 

 

Una palabra tuya

Una palabra tuya

El principal aliciente para ver Una palabra tuya (Ángeles González-Sinde, 2008) era, simplemente, una película anterior de la misma directora que me sorprendió en su día por muchas de sus virtudes (La suerte dormida, 2003). En esta ocasión desconfiaba inicialmente del tipo de historia que pudiera narrar pues la novelista de la que se ha surtido, Elvira Lindo, no es especialmente santa de mi devoción. Pero, la verdad, pocos novelistas y pocos directores se arriesgan a retratar a la clase obrera, con sus disyuntivas, apuros y anhelos. Y, sólo por eso, ya merece la pena asomarse a la ventana que le brindan las cámaras. (Sin concesiones, eso nunca, a la exigencia artística de conmoción y evocación.) En esta película dos mujeres acaban trabajando como barrenderas nocturnas en las calles de Madrid. Una de ellas, Rosario, incluso había comenzado una carrera universitaria y quizás fueron, más que nada, las frustraciones personales que vivió en su familia, al filo de la clase media, las que le condujeron a ese destino laboral. La otra, Milagros, procedía de una aldea montañesa y de una prematura orfandad que la llevó a vivir en la ciudad con un pariente taxista. Rosario padece una lacerante falta de autoestima y la carga sobrevenida de cuidar sola a su madre anciana, convaleciente y agriada. Trabaja, casi a escondidas, limpiando en el Banco de España. Milagros sobrelleva su soledad y su desconsuelo con una desinhibición exagerada, canturreando y bailando en cualquier lado. Conduce, un poco a lo loco y sin carnet, el taxi de su tío. Mientras la primera vive ensombrecida y amargada, la segunda esconde sus sombras y deseos con actitudes precipitadas... Es una pena que se resuelvan con torpeza y recurriendo a manidos tópicos sentimentales (la maternidad por azar o el emparejamiento-a-falta-de-algo-mejor) el dilema central: cómo se fraguan la amistad (y el amor unilateral), entre ambas protagonistas, con todo el lastre moral y de subsistencia personal que arrastra cada una. Como me ocurrió en su día con Mataharis (Icíar Bollaín, 2007) o con En un mundo libre (Ken Loach, 2007), pensaba obviar este comentario al no salir de la sala oscura con una sensación sublime, pero al ver otras películas realistas tan condescendientes con el despreocupado “encanto de la burguesía” (pienso en la destacable Caos Calmo -de Antonello Grimaldi, 2008- con todo un alarde narrativo minucioso que nos induce a comprender las vicisitudes de un alto ejecutivo), no tengo duda de hacia dónde orientar mis recomendaciones.

 

 

 

microantología (de cuatro) de Valente

microantología (de cuatro) de Valente

 

ACUÉRDATE DEL HOMBRE QUE SUSPIRA...”

 

 

En el centro de la ciudad o del mundo,

en su jadeante corazón,

en sus plazas,

en las brillantes avenidas

de Nueva York o París,

pulidos escuadrones

se suceden, discuten, empapelan

el destino del mundo.

 

También hablan de mí;

en ruso o en inglés

hablan de mí,

de mi miseria o de la guerra, dicen

que no quiero morir.

 

Yo muerdo una manzana,

escupo, estoy tranquilo,

allí me representan,

saben que no quiero morir.

 

En las asambleas, en los

congresos,

en las reuniones periódicas,

en la primavera o el otoño

los oradores se levantan.

No son hombres,

son los representantes

de América, el Polo Norte o la ciudad de Saint-Louis.

 

En las plazas,

en el centro de la ciudad o del mundo,

sobre su fragante corazón fatigado,

el reino de la voz que no descansa:

los que hablan en representación

de la tierra,

de la cultura occidental,

del Pacto Atlántico,

de los que tienen un solo ojo

o de los que tienen tres.

 

Allí y aquí me representan.

Todos me representan.

Soy feliz.

Muerdo mi breve fruto

o mi importante vida; ya no sé.

Estoy tranquilo.

Sueño.

Hay que salvar al hombre.

 

Me parcelan. Dividen mis derechos

y los defienden por igual.

Ellos, los poderosos

o los santos

o los profesores

o los poetas

o los arzobispos

o los políticos,

los que suelen hablar

en representación de todo el mundo

o quién sabe de quién.

En representación de mí,

que tengo hambre o como

o lloro (¿en representación de quién?),

de mí tan singular, tan oscuro y diario

que me toco, río y muero a la vez

y en representación de mí mismo solamente

amo la vida así.

 

José Ángel Valente, A modo de esperanza

 

 

 

ENTRADA AL SENTIDO

 

 

La soledad.

El miedo.

Hay un lugar

vacío, hay una estancia

que no tiene salida.

Hay una espera

ciega entre dos oleadas

de vida hay una espera

en que todos los puentes

pueden haber volado.

Entre el ojo y la forma

hay un abismo

en el que puede hundirse la mirada.

Entre la voluntad y el acto caben

océanos de sueño.

Entre mi ser y mi destino, un muro:

la imposibilidad feroz de lo posible.

 

Y en tanta soledad, un brazo armado

que amaga un golpe y no lo inflige nunca.

En un lugar, en una estancia -¿dónde?

¿sitiados por quién?

 

El alma pende de sí misma sólo,

del miedo, del peligro, del presagio.

 

José Ángel Valente, Poemas a Lázaro

 

 

 

LA SEÑAL

 

Porque hermoso es al fin

dejar latir el corazón con ritmo entero

hasta quebrar la máscara del odio.

 

Hermoso, sí, de pronto, sin saberlo,

dejarse ir, caer, ser arrastrado.

 

Tal vez la soledad, la larga espera,

no han sido más que fe en un solo acto

de libertad, de vida.

 

Porque hermoso es caer, tocar el fondo oscuro,

donde aún se debaten las imágenes

y combate el deseo con el torso desnudo

la sordidez de lo vivido.

 

Hermoso, sí.

Arriba rompe el día.

Aguardo sólo la señal del canto.

Ahora no sé, ahora sólo espero

saber más tarde lo que he sido.

 

José Ángel Valente, La memoria y los signos

 

 

 

 

SEGUNDO HOMENAJE A ISIDORE DUCASSE

 

Un poeta debe ser más útil

que ningún ciudadano de su tribu.

 

Un poeta debe conocer

diversas leyes implacables.

 

La ley de la confrontación con lo visible,

el trazado de líneas divisorias,

 

la de colocación de un rompeaguas

y la sumaria ley del círculo.

 

Ignora en cambio el regicidio

como figura del delito

y otras palabras falsas de la historia.

 

La poesía ha de tener por fin la verdad práctica.

 

Su misión es difícil.

 

José Ángel Valente, Breve son

 

 

 

No Smoking

No Smoking

 

Emir Kusturica -el genial director de películas inolvidables como La vida es un milagro o Gato negro, gato blanco- es el guitarrista de una banda iconoclasta: la No Smoking Orchestra. El pasado domingo actuaron en Vigo y lograron que miles de cuerpos comulgaran con sus agitaciones desenfrenadas, con sus irreverencias folkpunk y que repitieran al unísono “fuck you MTV” (entre otras ininteligibles proclamas, probablemente alguna en contra de la reciente independencia de Kosovo). Toda una fiesta cargada de simpatía, teatralidad, ritmo y bailes que recomiendo a cualquiera que tenga la oportunidad de cruzarse en el camino con estos músicos cargados de saludable gamberrismo.

 

 

 

Leer Lolita en Teherán

Leer Lolita en Teherán

 

 

“Me obsesiona una fantasía que tengo sobre la adición de un nuevo artículo a la declaración de derechos del ciudadano: el derecho a la imaginación. He llegado a la conclusión de que la auténtica democracia no puede existir sin libertad de imaginar ni sin el derecho a utilizar obras de la imaginación sin restricción alguna. Para tener una vida completa, hemos de tener la posibilidad de formar y expresar públicamente mundos, sueños, pensamientos y deseos privados, de tener acceso continuo a un diálogo entre los mundos público y privado. ¿De qué otra manera podemos saber que hemos existido, sentido, deseado y temido?

 

(...) ’Yo no puedo acostumbrarme’, dijo Manna un día. Y yo no podía culparla. Seguíamos siendo desdichadas, comparábamos nuestra situación con nuestra propia capacidad y nuestras propias posibilidades, con lo que podíamos tener, y había poco consuelo en el hecho de que millones de personas fueran más infelices que nosotras.

 

(...) -Aprende de nosotras -dijo Azin. ¿Para qué necesitas casarte? -Había recuperado el tono insinuante-. No te tomes en serio a esos individuos: sal con ellos y pásalo bien.

Mi amiga la abogada tenía muchos problemas con Azin. Al principio ésta se había mostrado inflexible con lo del divorcio. Diez días después había acudido al bufete con su marido, su suegra y sus cuñadas. Pensaba que la reconciliación era posible. Poco después se presentó sin cita previa; estaba cubierta de magulladuras y dijo que la había vuelto a golpear y que había dejado a su hija en casa de la madre de él. Por la noche, él se había arrodillado al lado de su cama, llorando y suplicándole que no lo abandonara. Mientras hablábamos, Azin rompió a llorar otra vez, diciendo que él le quitaría a la niña si seguía adelante con el divorcio. Aquella niña era toda su vida, ’y ya conocéis a los tribunales, la custodia de los hijos siempre se la dan al padre’. Azin sabía que él sólo quería a la niña para hacerle daño a ella. Nunca se preocupaba por la niña y lo más probable era que la mandase a casa de su madre. Azin había solicitado un visado para Canadá, pero aunque habían aceptado la solicitud, no podía abandonar legalmente el país sin el permiso del marido. ’Sólo si soy dueña de mi propia vida podré obrar sin el permiso de mi marido’, dijo, desesperada y dramáticamente.

 

(...) Cuando me preguntan por la vida en la República Islámica de Irán, no soy capaz de separar los aspectos más personales y privados de nuestra existencia de la mirada del censor ciego. Pienso en mis chicas, que procedían de diferentes clases sociales. Sus dilemas, independientemente de su clase y sus creencias, eran comunes y procedían del expolio, a manos del régimen, de sus momentos más íntimos y de sus aspiraciones privadas. Este conflicto se encuentra en el centro de la paradoja creada por el Gobierno islámico. Ahora que los ulemas gobernaban el país, la religión se utilizaba como instrumento de poder, como ideología. Este enfoque ideológico de la fe diferenciaba a los que estaban en el poder de los millones de ciudadanos de a pie, creyentes como Mashid, Manna y Yassi, que descubrieron que la República Islámica era su peor enemigo; las personas como yo odiaban la opresión, pero los otros tenían que contender con la traición. Sin embargo, también a ellos les afectaban más directamente las contradicciones e inhibiciones de la vida privada que los grandes asuntos de la guerra y la revolución. Aunque viví en la República Islámica durante dieciocho años, no conseguí captar por completo esta verdad durante los primeros años de agitación, durante las ejecuciones públicas y las manifestaciones sangrientas, ni durante los ocho años de guerra, con la alternancia de las sirenas blancas y rojas, mezcladas con el rugido de los cohetes y las bombas; sólo después de la guerra y de la muerte de Jomeini vi con claridad que éstos eran los dos factores que habían mantenido al país unido a la fuerza, impidiendo que las voces discordantes y las contradicciones salieran a la luz.

 

(...) Nassrin me habló de su temporada en la cárcel. Todo había sido un accidente. Recuerdo lo joven que era; todavía iba al instituto. ’Temíamos exagerar cuando les atribuíamos canalladas -dijo-, pero ahora sabemos que casi todo lo que oímos sobre la cárcel era cierto. Lo peor era cuando gritaban nombres a media noche. Sabíamos que las llamaban para ser ejecutadas. Decían adiós y, poco después, oíamos el sonido de las balas. Sabíamos el número de fusilados en una noche concreta por los tiros de gracia que se oían invariablemente después de las descargas. Había una chica allí cuyo único pecado era su asombrosa belleza. La habían encerrado porque algunos la habían acusado falsamente de inmoralidad. La retuvieron durante un mes y la violaron repetidas veces. Se la pasaban de un guardia a otro. La historia recorrió rápidamente la cárcel, porque la chica ni siquiera estaba allí por motivos políticos, con las presas políticas. Casaban a las vírgenes con los guardias, que más tarde las ejecutaban. La filosofía que había detrás de todo esto era que si eran ejecutadas siendo vírgenes, iban al cielo. Hablas de traiciones. Por lo general, obligaban a las que se habían convertido al Islam a disparar el último tiro en la cabeza de sus camaradas, para demostrar su lealtad al régimen. Si yo no hubiera sido una privilegiada -dijo con rencor-, si no hubiera estado bendecida con un padre que tenía su misma fe, Dios sabe dónde estaría ahora; en el infierno con el resto de vírgenes violadas, o quizá sería de las que pusieron la pistola en la cabeza de alguien àra demostrar su lealtad al Islam.’

 

(...) -Una novela no es una alegoría -dije cuando la clase estaba a punto de acabar-. Es la experiencia sensorial de otro mundo. Si no entras en ese mundo, contienes la respiración con los personajes y te involucras en su destino, no habrá empatía, no habrá identificación, y la identificación está en el corazón de la novela. Así es como se lee una novela: inhalando la experiencia. Así que empezad a respirar. Sólo quiero que recordéis esto.

 

(...) La clase transcurrió sin novedad y las siguientes ya fueron más fáciles. Yo era entusiasta, ingenua e idealista, y estaba enamorada de mis libros. Los alumnos sentían curiosidad por mí y por el doctor K, el joven de cabello rizado con el que había tropezado en el despacho del doctor A, extraños fichajes de última hora en un período en que casi todos los estudiantes querían expulsar a sus profesores: todos eran contrarrevolucionarios, término que abarcaba desde trabajar con el régimen anterior hasta utilizar un lenguaje obsceno en clase.

Aquel primer día les pregunté a mis alumnos cuál era el objeto de la literatura, por qué hemos de molestarnos en leer literatura. Fue una manera extraña de empezar, pero conseguí atraerme su atención. Expliqué que durante el semestre leeríamos y comentaríamos a varios autores que sólo tenían en común el hecho de haber sido subversivos. Unos, como Gorki o Gold, eran abiertamente subversivos por sus objetivos políticos; otros, como Fitzgerald y Mark Twain, eran en mi opinión más subversivos, aunque no se notara tanto. Les dije que volveríamos sobre esta palabra porque para mí su significado era ligeramente distinto de la definición habitual. Escribí en la pizarra una frase de T. W. Adorno que me gustaba mucho: ’La más alta forma de moralidad es sentirse extraño en la propia casa.’ Expliqué que la finalidad de casi todas las grandes obras de imaginación era hacer que nos sintiéramos como extraños en nuestra propia casa. La mejor literatura siempre nos obligaba a cuestionarnos lo que dábamos por sentado. Ponía en duda las tradiciones y las esperanzas cuando parecían inmutables. Les dije a mis alumnos que quería que al leer aquellas obras pensaran en cómo les afectaban, les inquietaban, les hacían mirar alrededor y ver el mundo, como Alicia en el País de las Maravillas, con otros ojos.”

 

Azar Nafisi, Leer Lolita en Teherán. Una historia de amor, libros y Revolución

 

 

 

Blades, Manecas y Deluxe

Blades, Manecas y Deluxe

 

 

El verano siempre nos gratifica con música y cine al aire libre. De lo primero, las tres últimas raciones han sido algo variopintas: Rubén Blades, Manecas Costa y Deluxe. Los dos primeros, en Vigo: el panameño en el acogedor y popular anfiteatro de Castrelos, el guineano en el entrañable corazón del casco viejo. Lo de Xoel López y sus acólitos fue casi una improvisación institucional de última hora en Tui para ponerle el broche final a un concurso de bandas jóvenes. Rubén Blades, actualmente ministro de turismo de su país después de años de presentarse como candidato presidencial, sigue trovando con buena voz y caribeña orquestación su Pedro Navaja, su Caminando, su Camaleón y muchas otras historias cotidianas de gentes humildes, esperanzas sencillas e injusticias corrientes. Bailar salsa con estas letras, por fortuna, no te sumerge en la indiferencia ni te escandaliza como tantas otras proclamas machistas del género. Y la sección de vientos y metales, tan bien coordinada con el resto, sonaba sublime. Me alegró también compartirlo con Elías y con esos cientos de personas anónimas que congrega tan maravilloso auditorio... Unos días después, el cartel festivo de Vigo nos regaló con la visita de un genial guineano-portugués que con sólo su guitarra y su hermosa actitud nos acariciaba los oídos y nos mecía todos los sentidos. Ya lo había escuchado antes enlatado gracias a algunas de las emisiones especiales de Cuando los elefantes sueñan con la música (en Radio 3), pero seguro que andaré tras su pista con más atención en el futuro... La descarga pop-rock del grupo coruñés Deluxe era harina de otro costal. Aunque no es uno de mis estilos preferidos, no tengo prejuicios y sí, más bien, mucha curiosidad por grupos como este con tan estupendas referencias del pasado. Las canciones sonaban contundentes, pegadizas y con sus toques de delicadeza oportuna. Desde luego, más originales y con menos aires de superestrellas que otros grupos de la escena pop-rock comercial a los que no soporto ni un minuto. Así que estupendos bailes y melodías para salpimentar la temporada estival.