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ateo poeta

 

 

Agua helada y dura,
luna de enero,
tu madreperla
es el silencio.

 

 

En la noche rasa
y el desamparo
-pizarra limpia-,
yo escribo claro.

 

En el espejo ciego
me paro a ver
el dolor reflejado,
la verdad al revés.

 

Tanto he sufrido y tanto
he ido olvidando,
que cuando escribo
no sé a quién le hablo.

 

Para saber si existo
canto y no sé
si lo que soy ya fui
o si seré.

 

Gabriel Celaya, Canción

 

 

 

 

del letargo farragoso, incluso,

puede renacer la preciosa

corriente de ofrendas cristalinas,

oro líquido de tus manos a las mías,

de piel a piel, templo transparente,

reptando lenta, derritiendo nieve,

mi todo, pleno de luz, multitud

a grandes sorbos y bocanadas de aire

y dones siempre manando

crasos, fermentos jubilosos

a pesar de esta fe en nada,

de mi sol efímero, de nuestras derrotas,

de los cadáveres andantes, las letanías

y los sermones, qué sabemos, mi vida,

sino darnos sin mesura

ni cuentagotas, sólo regateos

de acuerdo a las leyes de la infancia,

somos su esqueje, un brote más

de ilusoria inmortalidad, somos

si nos entregamos las alas y aromas

del amanecer, el alumbramiento,

la conversión de hierbas en lenguaje,

la panacea, el poder ser,

por eso, mi astro danzante, esta celebración,

este presente de ternura,

este clamor

 

 

 

Mala gente

Mala gente

Al parecer, llevamos unos años (aproximadamente, desde 1996, sexagésimo aniversario del Golpe de Estado de Franco y sus secuaces contra el gobierno de la República española) de gran afluencia de libros en quioscos y librerías sobre aquella infame época de la mal llamada Guerra Civil y su “larga noche de piedra” subsiguiente. Nunca la obscenidad fue tan rampante. Después de tanto silencio, tanta desmemoria, tantas humillaciones oficializadas y tan insultante reproducción de las mismas fortunas y élites sociales, parece que ya se puede hablar, que hay libros para todos los gustos y que la “reconciliación nacional”, final y naturalmente, se da en ese inocente mercado literario y pseudohistórico. ¡Qué vergüenza que tantas generaciones hayan pasado por la escuela con ese vacío ignominioso en sus planes de estudios! ¡Y qué raquítica la legislación que ni siquiera ha venido a paliar un ápice todo ese terror infligido sistemáticamente por ese fascismo longevo y sanguinario que gobernó con plena impunidad internacional durante cuarenta años! Los que olvidan su historia, dicen, corren el riesgo de volver a repetirla...

 

Mala gente que camina (Benjamín Prado, 2006) era una más de ese montón de publicaciones que ya casi no tenía ganas ni de consultar, después de años de hacerme preguntas y escarbar por mi cuenta en algunos de esos pozos intocables, según nos indujeron a pensar. Pero ha sido un regalo de cumpleaños oportuno y gratificante (gracias, Cristina), con una buena historia que me ha intrigado desde el principio, aunque no es difícil adivinar su desenlace desde la mitad de esta voluminosa novela. Algunos personajes quizás están desarrollados y presentados un poco excesiva y formalmente, y la abundante información documental también abruma y hasta hace un poco pedantes algunos diálogos, pero el tono de denuncia política y la trama son interesantes. El narrador es un profesor de instituto que aparenta usar esta novela para contar en forma de ficción lo que no le permiten hacer en forma de ensayo histórico y filológico. Dedicado a estudiar la literatura de posguerra y, en particular, la de autores sutilmente díscolos con el Régimen del dictador como Carmen Laforet y Luis Martín-Santos, descubre a una escritora frustrada y olvidada que, sin embargo, fue astuta y tenaz en denunciar el rapto de hijos republicanos por el Estado y la Iglesia. El autor-narrador estima que más de 30.000 niños habrían sido extirpados de sus madres y familias, o repatriados forzosamente, después de fusilar o encerrar perpetuamente a sus progenitores. Y salpica la narración con las numerosas atrocidades a las que fueron sometidas las mujeres encarceladas por el Régimen e, incluso, las que sufrieron miles de aquellos niños en su vil trueque cuando no perecieron por pura alevosía de aquellos “cristianos” fundamentalistas. Apasionantes resultan también los excursos que hace para mostrar cuántos falangistas se intentaron reconvertir en paladines de la democracia después de haber escrito auténticos panfletos terroristas, y cuántos escritores exitosos secundaron aquella complicidad sin el menor remordimiento. De lo que se trataba era de mantener el poder, medrar, estar con los vencedores y hacer culpables a las víctimas. Y muy pocos fueron capaces de nadar y guardar la ropa, o de nadar entre dos aguas. En fin, como decía otro verso de Antonio Machado también citado en el libro (“mala gente que camina” es uno): “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

 

 

 

 

Implacable desprecio por el arte

de la poesía como vómito inane

del imberbe del alma

que inflama su pasión desconsolada

de vecinal nodriza con eólicas voces.

 

Implacable desdén por el que llena

de rotundas palabras, congeladas y crasas,

el embudo vacío.

 

Por el meditador falaz de la nuez foradada,

 

por el que escribe ¡ay! Y se pone peana,

 

por el decimonónico, el pajizo, el superfluo, el obvio,

 

por el que anda aún entre seres y nadas

flatulentos y obscenos,

 

por el tonto tenaz,

 

por el enano,

 

por el viejo poeta que no sabe

suicidarse a tiempo debajo de su mesa,

 

por el confesional,

 

por el patético,

 

por el llamado, en fin, al gran negocio,

 

y por el arte de la poesía ejercido a deshora

como una compraventa de ruidos usados.

 

 

José Angel Valente, El inocente

 

 

 

La edad de la ignorancia

La edad de la ignorancia

 

El protagonista de La edad de la ignorancia (Denis Arkand, 2007) es un hombre maduro, funcionario, casado, con dos hijas y una vida de lo más normal. Precisamente esa normalidad anodina, alienante y patética es la fuente de sus desgracias. La sexualidad con su mujer se ha evaporado, sus hijas sólo escuchan sus propias músicas y pensamientos, su jefa ejerce de policía con manía persecutoria de sus retrasos por la mañana, de sus pitillos a escondidas y hasta de su lenguaje políticamente incorrecto. La rutina diaria es un suplicio diario. La única mujer con la que todavía tiene un vínculo de ternura, su madre, está moribunda, sola e ida en un hospital. Lo único que le queda para evadirse de esa vida absurda es la fantasía y, sobre todo, las fantasías eróticas: con una modelo-actriz, con una periodista que le entrevista cuando -en su imaginación- gana un premio literario, cuando es elegido candidato del partido quebecquois... Esas evocaciones con todo lujo de detalles y su mezcla constante con episodios cotidianos no menos absurdos (como cuando conoce a una pirada que se cree una princesa medieval) van plagando la historia de un humor delirante, de ese de reír para no llorar. Sublime es, en especial, la escena en la que una comisión laboral juzga al protagonista por haber usado la palabra “negro” y una experta jurista señala que ¡ha sido suprimida del diccionario de Canadá! Todas las frustraciones que desfilan magistral y sarcásticamente por este sainete no ocluyen, sin embargo, el esbozo de unos leves visos de esperanza para que este hombre dimita de todo lo que le hace infeliz.

 

 

 

Gran Vía

Gran Vía

 

“De hacerme algún día tarjetas de visita, debajo de Bernardino Suárez Atanor, de profesión, pondría paseante. No sé hacer otra cosa más que pasear y a eso me dedico, a pasear con ojo de águila serpentina y memoria fotográfica. Me encargan que localice algo, a alguien, lo que sea aunque sea abstracto, y yo lo localizo pateando la ciudad, en particular la Gran Vía y su alfoz, es mi territorio. Hay encargos de mal agüero pero que acepto por su extravagancia, soy de natural curioso y no me gusta repetir de oficio, como dijo en esa de aventuras Clark Gable o Paco Rabal, uno de ellos o quizá otro, ’nada peor que un sueldo’, porque el sueldo es la suprema repetición. El de aquel cuadro era un pésimo augurio pero más insólito imposible, al menos para mí. La pintura no era grande, medía 0,75 x 0,40, pero sí era un laberinto al óleo: tres franjas horizontales de azules diferentes, pongamos del mar al cielo, salpicadas de redondeles de todos los colores, pongamos a modo de lunares o planetas. Parecía la bandera de un país africano, de esas que sólo vemos por la tele cuando desfilan en los Juegos Olímpicos. Me lo encargó Tino, el de Astorga, un maragato bien instalado en el Círculo Mercantil, lo suyo es el naipe. Me dijo:

-Dino, tienes que localizarme a un coleccionista al que le chiflen estas rarezas, por lo visto este adefesio es un almasola, cosa fina.

Lo pregunté como el periodista al que le encargan un artículo de opinión pregunta si a favor o en contra de un asunto del que no tiene ni puta idea.

-¿Almasola pintor o Almasola título?

-Ni puta idea, por eso te voy a dar el doble de comisión.

El cuadro se lo había ganado al póquer a un guirigay, un turista milanés medio pardela, medio exquisito. A cambio de las cien mil pelas que ya no podía pagarle. El guiri le convenció con el cuento de la lechera: el cuadro no se cotizaba en las galerías de arte, pero por toda Europa pululaban adictos admiradores de esa pintura, coleccionistas fanáticos y secretos, capaces de pagar millones por una tela tan bien conservada con, por lo no visto, un gran encanto simbólico. Tino se dejó convencer porque ya le había exprimido lo suficiente y no merecía la pena hacerle un chirlo en la jeta, más sacaría con el adefesio si de verdad era antiguo y, si no lo era, como quien se pasa en la propina.”

 

Raúl Guerra Garrido, La Gran Vía es New York

 

 

Este libro es una auténtica joya de 500 nutridas páginas. Podría dejarlo aquí, lacónico, y bastaría con echar un vistazo a su exquisita prosa para apreciar la desbordante imaginación que Guerra Garrido despliega a partir de los más recónditos espacios de esta arteria única de Madrid. Diré, tan sólo, que es una literatura tan verosímil que no dejas un minuto de sospechar cuánto hay de documentación histórica, de indagación urbanística y de recreación ingeniosa acerca de las decenas de personajes rocambolescos que deambulan por sus páginas. Durante las semanas que he estado hipnotizado por esta soberbia lectura, volvía una y otra vez a la Gran Vía tratando de identificar los edificios, carteles, cines, restaurantes y mobiliario aludidos en el texto. Esperaba, tal vez, cruzarme con los camareros o con los guardias de seguridad o con los buscavidas de cuyas anécdotas no dejaba de sorprenderme. Muchas de las historias están ambientadas en el pasado, como aquélla tristemente heroica del correveidile de Arturo Barea (el autor de aquel mítico ’La forja de un rebelde’) cuando éste censuraba para la República, desde el edificio de Telefónica, las noticias que enviaban los corresponsales internacionales sobre la sangría fascista. Otras veces, cualquier excusa es válida para reconstruir los lugares, genealogías y periplos provocando que un militar acabe hospedado en la zona o una heredera suicida regente un hotel. Los lustrosos ejercicios de estilo no desmerecen ni se desequilibran al relatar las vidas de médicos o de prostitutas, de los fundadores de la Casa del Libro o de trileros de tres al cuarto, del pacifista Gonzalo Arias y su utopía inédita por derrocar al dictador o de un dibujante de La Codorniz. En fin, una auténtica delicia para los que tenemos veleidades sociológicas incrustadas en todos los sentidos.

 

 

 

aniversario y anti-definiciones

aniversario y anti-definiciones

 

 

Este es un “blog” donde doy rienda suelta a algunas de mis inquietudes artísticas. No es un blog autobiográfico, aunque está lleno de vetas por donde, a menudo, fluyen mis estados de ánimo y los de quienes leen y comentan las lecturas. Es, sobre todo, un regalo para quienes siento cerca, aunque la distancia física o mis torpezas en la comunicación más directa indiquen, por desgracia, lo contrario (que están lejos...). Un regalo de pequeños fragmentos de imaginación y realidad, expresados a través de la literatura, la música, el cine o la meditación de distinta índole discurriendo por sus entrañas. Ateopoeta es un palíndromo que nació de la perplejidad ante las sorpresas, terribles o hermosas, que se presentan en la vida. Y, por ende, busca desesperadamente a sus congéneres a lo largo y ancho del planeta, aunque sean pocos y dispersos. En fin, que es mi segundo cumpleaños virtual y el trigésimo octavo carnal, y que quería celebrarlo con vosotros/as, siempre jóvenes.

 

Ah, por cierto, al objeto de desentrañar la críptica clasificación de los contenidos en secciones, valgan las siguientes aclaraciones (o anti-definiciones):

 

Otras poesías: casi siempre, versos y canciones que van cruzándose en mi camino y que le ponen la guinda a un día o a una semana; ocasionalmente, algunas novelas, películas o experiencias que parecen dialogar contigo en ese lenguaje reflexivo, empático y cargado de belleza y emociones que te saca de la rutina hacia lo único y extraordinario.

 

Trans-fronterizos: algunos comentarios o extractos de los libros y creaciones cinematográficas que me ayudan a viajar por todos los países, culturas, sueños, individuos, terrenos de fantasía y de sentimientos universales, miserias humanas y límites arbitrarios; o sea, una auténtica e inexcusable pérdida de tiempo en leer, observar, escuchar y comprender a todos aquéllos que nos circundan, aunque sea a través de tantas mediaciones.

 

Léxico íntimo: sección casi huérfana y minoría relegada por desnutrición, aunque vio la luz entusiasta a raíz del estímulo de un “diccionario ilustrado” de la editorial Media Vaca (cuyo lema es “libros para niños ¡no sólo para niños!”) que se titula Mis primeras 80.000 palabras y con el que me agasajó Uxía en uno de mis aniversarios (el libro, si recuerdo bien, lo adquirió en una selecta librería del barrio de Monte Alto, en La Coruña); otro inquietante y cartográfico libro titulado The Atlas of Experience (de Louise Van Swaaij y Jean Klare) que compré en Chicago y que releía en Pekín con Xuefei cuando este blog se estaba gestando, contribuyó, no menos, a inaugurar este cofre del tesoro con algunas de las palabras que siempre me han deslumbrado; sirva esta prolífica justificación para persuadir a los incrédulos del futuro renacer de esta sección con más esplendor si cabe (se admiten sugerencias, claro; las conspiraciones, mejor colectivas: conspirar es respirar juntos).

 

Exhibicionismo: modestia aparte, aún no sé cómo me he atrevido aquí a castigar a mis amistades con la exhibición de los textos con pretensiones literarias que se me ocurre inventar de vez en cuando; digamos que son sólo fruto de una necesidad inefable, no de una profesión ni oficio suficientemente cultivados (otras obligaciones más prosaicas, de mera supervivencia, suelen interferir en las exigentes operaciones de sacar lustre y limar asperezas a las ficciones para que sean verídicas y sugerentes); pero ahí están, a falta de otra proyección en la industria editorial o en los premios de postín y alto copete, para que, al menos, lleguen a oídos de mi bienquerido público cautivo y poco dado a la crítica desalentadora en general.

 

Por supuesto, a quienes os habéis enredado conmigo en este espacio de lecturas libres, os agradezco sinceramente los comentarios y la complicidad, que espero seguir compartiendo. Eso sí, ¡ojo! Como decía el refrán: “primum vivere, deinde philosophare”. O, como ironizaba un poeta en un pin que regalaba en su recital: “leer os hará libros”.

 

 

Nazis en España

Nazis en España

 

 

La fabulosa iniciativa surgida entre activistas madrileños para organizar la “Muestra de Cine de Lavapiés” ha llegado a su quinta edición este año y en “El solar” okupado pudimos ver el miércoles pasado una de las mejores proyecciones y escuchar engatusados las profundas y precisas reflexiones de su director al final: El paraíso de Hafner (Günter Schwaiger, 2007).

 

Como señala la presentación de la Muestra: “Hafner, ex-criador de cerdos, inventor arruinado, amante insolente y, ante todo, antiguo oficial (teniente) de las SS, vive en España rodeado de amigos nazis y soñando con el advenimiento del IV Reich. A través del film nos introducirá, orgulloso y sin complejos, en su mundo oscuro y grotesco que ha fabricado a su medida y en el cual reina con aparente soberbia. Finalmente la realidad vendrá a su encuentro...” Y añade el director: “Esta película se me presentó a la vez como un desafío y un duelo. Desafío porque me enfrenté al triste pasado de mis orígenes, es decir, con el oscuro pasado de mi país, Austria. Pero lo hice desde la perspectiva más distante y fresca de mi nueva vida en España, donde llevo viviendo diez años. Y es un duelo porque enfrentarse a quien desprecia lo que uno más valora, resulta muy duro. Hablar, incluso en ocasiones sentir simpatía por alguien que no tiene ninguna compasión por el dolor ajeno, se hace insoportable. Hafner lo sabía y jugó con ello. Quiso quemar mi voluntad de resistir durante todo el rodaje, pero al final su silencio lo dice todo...”

 

En efecto, el director se presenta sincero y a cuerpo descubierto. Aunque en las antípodas ideológicas de su personaje, éste acepta el envite y pasa a contar y mostrar su vida. Defiende sin atisbo de duda a Hitler y desprecia los registros oficiales del Holocausto, el genocidio judío. Se codea entre los falangistas españoles y Fuerza Nueva. La dictadura franquista lo acogió, al igual que a otros cientos de oficiales nazis, con los brazos abiertos para que se instalaran en España tras la Segunda Guerra Mundial y pudieran crear empresas con todo tipo de beneficios. Su impunidad y ocultamiento, incluso hoy en día, son otra de esas vetas de ignominia en la memoria histórica en nuestro país. Hafner, además, es un anciano fornido y tan dogmático como acostumbraba. A pesar de su inflamado verbo autoritario, en la película ofrece un rostro humano, cierta agudeza mental y hasta una taimada simpatía senil. Sólo el abandono de sus amigos nazis de Marbella, las inesperadas acusaciones de antisemitismo que le hace una amiga suya hija de un general franquista, y sus parálisis cruciales cuando acepta presenciar un documental sobre el Holocausto y conversar con Hans Landauer, un ex-brigadista internacional en la Guerra Civil y posterior superviviente del campo de concentración de Dachau donde Hafner trabajó... consiguen abrir unos resquicios en la coraza de indignidad con la que el protagonista se disfrazaba. Los planos, algunas selectas imágenes y los pertinentes silencios, desde el punto de vista técnico, sólo pueden merecer elogios. Schwaiger ha compuesto una obra intensa, emotiva y de una incisiva provocación reflexiva acerca del fascismo y de las personas concretas que lo abanderan. Imprescindible.

 

Los invisibles

Los invisibles

 

 

“nosotros debemos decidir qué es lo que más nos conviene para el crecimiento y el reforzamiento de este movimiento y entonces el problema más importante para nosotros no está en conservar el Almacén a cualquier precio el problema está en que debemos conservar la fuerza que hemos conseguido y para ello tenemos que rechazar la evacuación voluntaria que nos proponen pero también tenemos que decidir autónomamente nosotros cuándo y cómo desocupar si nosotros desocupamos por decisión autónoma nuestra conservamos intacta nuestra fuerza política y mañana podremos desarrollar de nuevo las luchas de este movimiento para la conquista de un espacio social podremos llevar a cabo otras ocupaciones y otras luchas si por el contrario vamos al enfrentamiento hoy aquí nos lo jugamos todo y en mi opinión lo perdemos todo”

 

Nanni Balestrini, Los invisibles

 

 

 

 

Esta novela fue publicada en 1987 en italiano, en 1988 en castellano por la editorial Anagrama y en 2007 ha sido reeditada por Traficantes de Sueños (http://www.traficantes.net/index.php/trafis/editorial/catalogo/historia/los_invisibles) con la misma traducción de Joaquín Jordá. No obstante, ficciona una serie de acontecimientos políticos que tuvieron lugar en distintas ciudades italianas en la segunda mitad de la década de 1970. Los protagonistas pertenecen al ’movimiento autónomo’ que intentó radicalizar los ideales comunistas, aplicarlos asamblearia y horizontalmente a la realidad inmediata, y enfrentarse a todo tipo de opresiones laborales, sexuales, mediáticas y políticas. Los centros sociales okupados, las huelgas salvajes, los hurtos selectivos y la autoorganización feminista fueron algunas de las intensas experiencias que aún prolongan su influencia hasta nuestros días. Sin embargo, muchas de aquellas luchas descarrilaron hacia acciones armadas insensatas y, en consecuencia, la represión policial y judicial fue feroz. Tanto que algunos, como el propio autor de la novela y varias centenas más, se exiliaron durante años en Francia ante la carencia de garantías que ofrecían en Italia las detenciones, torturas y juicios. El libro traza con hábil e impresionista síntesis algunos de los momentos vitales más significativos de los jóvenes que se iban involucrando en el movimiento y los dilemas a los que tenían que hacer frente cada día, sus tácticas, sus conflictos y sus diletancias. La falta de puntuación, por su parte, invoca a una cierta creatividad del lector y a su concentración en el discurrir de los hechos narrados. La vida en prisión del principal protagonista, sufriendo todo tipo de agresiones a la vez que mostrando la capacidad colectiva de organizarse y rebelarse incluso en condiciones tan totalitarias, ocupa una buena parte del relato y conduce a una sensación de desasosiego y de derrota de esos movimientos sociales. Pero esa es sólo una técnica para envolvernos en los pensamientos y avatares de los personajes porque, en el fondo, nos interpela constantemente acerca de las huellas que pudieron dejar todas aquellas reivindicaciones, las posibles lecciones a aprender de sus propósitos, de sus prácticas y de sus evidentes defectos. Por eso es una novela apasionante y sólidamente anclada en el magma de aquella realidad sísmica y del mismo capitalismo extenuante con el que coexistismos en la actualidad.

 

 

Entonces

Entonces

 

 

“Era tal la cantidad de transparencia que las cosas tenían en aquellos tiempos que a todo lo invadía la confusión y la debilidad. Rodaban los sentidos, tomados por un fulgor excesivo que acababa rindiéndolos y los enviaba a la desorientación. Venían así hacia nosotros las mordeduras de las impertinencias.

 

Eran los años de la casa familiar. La casa: Rumores siempre de sumandos. El oscuro murmullo de los decimales en los precios. Sumar y seguir. Coser y cantar. Olores comerciales. Abrir y cerrar todo. Las trapas y las puertas. La música de los tirafondos en los cajones y la sabiduría de los envoltorios para poner a dormir un poco más las cosas sin arañarlas. Los años de la casa, tensa como una fruta recién metida en la boca que sólo se apaciguaba si caía la cáscara sobre los contratos de los sueños. Olores honrados y hoscos. A pez. A cuero quieto. La casa, la casa: escalones forrados de hules flatulentos que pisábamos fuerte, con la gula de quien supone que algún día en vez del aire muerto se levantará la melodía de una redención.

 

Y nos untábamos las manos con aceite para que no parasen en ellas las cosas demasiado. Todo eran transacciones, todo deslizamientos. Entonces era entonces.

 

Y luego salimos de la casa en busca de lo propio.”

 

Tomás Sánchez Santiago, Entonces era entonces

(en la revista literaria leonesa The Children’s Book of American Birds, nº 2, 2006)

 

 

Elegy

Elegy

 

 

La última entrega de Isabel Coixet, Elegy (2008), vuelve a poner el dedo sobre la llaga de las turbulencias sentimentales: amor, enfermedad, muerte... Él (Ben Kingsley): un profesor neoyorquino de más de sesenta años pero bien conservado físicamente, exitoso en su mundillo intelectual, independiente, divorciado desde hace décadas, atractivo y sexualmente prolífico. Ella (Penélope Cruz): una joven menor de treinta, alumna del susodicho, de familia cubana enriquecida, atractiva e inexperta, supuestamente inteligente, y entregada sin la menor duda al amor con su profesor una vez que es seducida por él (en principio, sólo para copular con ella... la táctica: al acabar el curso, el profesor organiza una fiesta en su casa eludiendo así las prohibiciones de acoso sexual que imperan en el recinto universitario notoriamente visibles a través de placas y carteles por doquier). El guión nos puede sonar algo recurrente y estereotipado: se enamoran pero, debido a su diferencia de edad y a otros inconvenientes sociales, sufren y se separan. Es menester preguntarse, por lo tanto: ¿qué nos aporta de novedoso este típicamente desequilibrado y algo convencional affair? (Convencional por cuanto, en las sociedades machistas, los hombres mayores siempre han tenido más oportunidades para emparejarse con jovencitas en un intercambio de la salud y belleza de éstas por el supuesto bienestar económico y protección física de aquéllos). Me inclino por la hipótesis del “viejo testarudo”. Quiero decir que, a pesar de los dolores de ella (más o menos trágicos según la etapa de la película), me da la impresión de que todo el peso de la narración recae sobre los principios normativos de él (de hecho, la historia se basa en una novela de Philip Roth). O sea, que él no se apea de su tren de vida ni aunque le atraviese a hierro la musa más carnal y hermosa que se hubiera imaginado.

 

Su tren de vida y su código ético consisten, simplemente, en un individualismo radical: no comprometerse nunca (más) en un proyecto de convivencia con otro ser que pueda erosionar alguna capa de su pacientemente cultivada intimidad. Sus amantes le hacen sentir hermoso y deseado. Sus alumnos y audiencias le hacen sentir culto y admirado. ¿Para qué, entonces, reducirse a una vida en pareja que pudiera rebajar considerablemente sus atributos? “No atravesar la frontera” (del matrimonio, de reconocerse enamorado, de compartir sus cuatro paredes durante más de un día): esa parece ser su máxima. Y su amigo el poeta, igual de anciano y promiscuo que él, no hace más que complacerle en su mutuo carpe diem. ¿Podrán las advertencias de la muerte y de la enfermedad hacerle cambiar de idea? Nada de eso, nuestro viejo testarudo se aferra a su suerte y a su vida contemplativa pase lo que pase. Desde su celoso presenteísmo nos intenta convencer con un pronóstico de fuerte realismo: si me uno a esa mujer extraordinaria, parece decirnos, toda esta gloria (de ambos) se transformará en sufrimiento (mío) pues ella es joven y me abandonará antes o después; ergo, mejor me olvido de esta pasión suicida y me conformo con la dicha breve o con la ruptura segura (y sufrimiento mutuo, aunque pequeño) en cuanto se percate de mi falta de entusiasmo... Todas esas tribulaciones no hacen mella en el fondo metódico y mineral de nuestro héroe, aunque sus silencios y parcas reafirmaciones de sus fuentes de afecto nos hagan sospechar, por momentos, lo contrario.

 

 

El señor Ibrahim

El señor Ibrahim

 

 

En pantalla chica y con la cena en bandejas -en los mismos sofás donde acompaño a mis hijos adolescentes a seguir los partidos de la Eurocopa, venciendo mis renuencias prejuiciosas ante el deporte televisado y pasando un buen rato con ellos- vimos esta semana El señor Ibrahim y las flores del Corán (François Dupeyron, 2003). Mis chavales me advirtieron antes de empezar: “sólo nos quedamos si es entretenida”. Su primer requisito de entretenimiento es que no la visualicemos en su francés original: cedo. A partir de ahí, sólo temo al síndrome de somnolencia adquirida o a la súbita aparición de otros entretenimientos simultáneos a la proyección. Y nada de eso ocurre: me alegro. Desde los primeros hasta los últimos acordes del “no matter, no matter what color, you’re still my brother... tell me why, why can’t we live together?” su pensamiento parece absorbido por el devenir de Momo, el chaval judío de 13 años que encuentra en Ibrahim, el tendero turco de su barrio, a un amigo y segundo padre. Puede ser que la edad del joven protagonista y sus peripecias fueran suficiente acicate para que mis niños se viesen reflejados, identificados y cuestionados, y así no perder comba de los sucesos. Momo vive solo con su amargado padre para quien cocina y hace la compra habitualmente. A su tierna edad se inicia en la sexualidad gracias a las prostitutas de la Rue Bleu donde vive, en un denso y bullicioso barrio viejo del París de los años ’60. También se enamorará y desenamorará de una vecina pelirroja, y se hará amigo e hijo adoptivo del sorprendente señor Ibrahim. A éste le robaba latas de conserva hasta que el anciano y sabio musulmán le reprendió comprensivamente y le fue atrayendo hasta su particular filosofía vitalista (y a la lectura del Corán), a pesar de su ya avanzada vejez y su rutina comercial aparentemente sombría. Juntos se contagiarán la sonrisa y hasta emprenderán un viaje en coche (¡del que sólo veremos las nubes!) hasta la Turquía natal de Ibrahim (región de Anatolia, si no recuerdo mal). ¿No deberían ser así todas las “paternidades”: amistosas, estimulantes del conocimiento, ejemplos de autonomía y felicidad? No sé exactamente en qué pensaban Mario y Luis (¡tan concentrados y metidos en la piel de los personajes como me suele ocurrir a mí!), pero estoy seguro de que su mirada atenta hasta el final no les dejó indiferentes. Y todas esas contundentes canciones de rock y música negra de la época (junto a alguna francesa como Nouvelle Vague), tan bien trabadas y coloristas (como el Sunny, La Bamba, o Sweet Little Sixteen), seguro que también contribuyeron lo suyo a que se sintieran “entretenidos”. Es difícil, pero cada día voy aprendiendo más a ver buen cine juntos. O sea, a convivir y a crecer juntos, entrando en universos comunes de reflexión (es curioso, pero últimamente hasta se animan a leer algunas cosas de los periódicos que yo devoro con fruición...).

 

 

 

 

 

 

Asedio de lo frágil:

por lo frágil, a lo frágil,

con lo frágil.

 

Desde ese punto de equilibrio,

de austeridad.

Como si el universo se plegara

en esa inflexión.

Y no morir. No morir al palparlo,

aun hacia su sima.

 

Estas guerras locales:

armaduras, corazas, ignorancia.

Pasarán, amigo.

No volverán nuestras células

muertas. Ni los hijos.

Ni aquellas ilusiones carnales e infinitas

que incendiaban nuestros cuerpos.

Y rubricamos la defunción

de las heroicidades vanas.

 

¿Asedio?

¿Con qué derechos, blandiendo

qué argucias?

La luz cenital y las bayas dulces

están pletóricas, no hay fosos.

Tus pinceles designan y renombran.

El que crea, no descansa.

Revive cada mañana

de acuerdo al contrato natural:

ni gana ni pierde.

Nadie le representa.

 

Lo frágil, me recordaste, no es la debilidad.

Ahí le ganamos una partida

al cirujano, siempre al borde del precipicio.

Siempre hay un próximo instante.

Ni asirlo con fuerza,

ni dejarlo caer de golpe en el suelo del olvido.

Lo dicen del amor que se rompe

siempre. Lo más frágil

y lo más difícil.

 

Bebernos el limón de los días.

Bebernos los buenos y los malos tragos

y hacer caso omiso

a la moral de los pusilánimes.

Frente al asedio:

beber y brindar con nuestro enemigo interior,

el más mortífero de todos.

 

 

mimos

mimos

 

 

“La nalga es una epifanía y nunca una culminación. Es, como diría mi amigo Jacinto, un sine qua non que encierra la promesa de un cetro soberano que puede ser acariciado, contemplado, besuqueado, palpado... o de un torso para ser recorrido con la lengua o unas tetillas que responden. Lo normal, vamos. Pero son las nalgas como preámbulo las que me descomponen. Así de simple.

        Les decía al principio que no es lo mismo desear que ser deseado. Y yo, a partir de aquel día, tenía un punto peligroso de comparación, un nuevo dato sobre mí y mi cuerpo, que ponía un velo de oscuras perplejidades en mi matrimonio. Tenía que beber más, casi hasta la borrachera, para poder abrazar aquel cuerpo -el de mi marido, digo- que nunca antes me había desagradado. Y creo que él se daba cuenta.

        Con el tiempo y algunas experiencias he aprendido algo que no te explican los manuales y que casi nadie te cuenta. Cuando la química, el flechazo, no funciona, el goce es un goce mermado, limitado. Porque lo de menos -y ahí nos han engañado, os lo aseguro- es el... Es una palabra tan horrible que no la voy a emplear. Pónganla ustedes y evítenmela porque me suena a medicina y consultorio del psicoanalista... Sí, lo que están pensando: esa palabra técnica que empieza por o... Uno de mis amantes preguntaba: ’¿Tuviste mimos?’ Pues eso, mimos. Les contaba que lo de menos son los mimos. Mimos se tienen con cualquiera y una sola puede provocárselos. Y el mimo solitario o el mimo compartido con aquel a quien uno no desea es simplemente una descarga física, gratificante, pero... ¿cómo explicarles?... local, por decirlo de algún modo.

        En cambio, cuando eres tú la que deseas, con mimos o sin mimos, se produce una transfiguración que es física y psíquica: un calambre que te atrapa de la cabeza a los pies, que te aturde y te traslada a otra dimensión. Y eso no se provoca. Es un estado de desvalimiento que convierte tu cuerpo en una cuerda afinadísima -la metáfora es simplona, lo sé, pero me sirve-, capaz de vibrar al menor roce, desde la punta de los dedos hasta el último cabello. Con mis maridos siempre he tenido ’mimitos’ placenteros. Y, en cambio, con mis amantes -sobre todo con esos amantes esporádicos, como el tipo aquel de las gafitas, el de la ensaimada, que acabo de contarles- a veces no... Pero no importa nada. Lo que está prendido puede luego apagarse, y si no se apaga puede irse durmiendo despacito dejando todo el cuerpo en un rescoldo. Pero no hay ’mimo’ del mundo que yo estuviera dispuesta a cambiar por ese estado que es realmente un estado de gracia, un soplo de la vida que modifica los colores, las formas y agiganta las sensaciones.”

 

Lourdes Ortiz, Las nalgas: la confesión

 

 

Entre mis últimas incursiones en la literatura erótica -un género que prodigo y recomiendo vehementemente también como saludable pedagogía sexual- me he entregado con curiosidad al volumen colectivo Verte desnudo editado por la misma escritora, Lourdes Ortiz, de quien he extraído los anteriores párrafos de su particular contribución al libro. Ante todo, no me ha gustado mucho esa compartimentación tan médica y mecánica del cuerpo masculino en cada capítulo, posiblemente sugerida por la editora al conjunto de escritoras para dotar de coherencia al conjunto. Pero la mirada femenina pícara, extravagante o fantasiosa constituye siempre un universo refrescante para entendernos mejor en ese campo de juegos y placeres que mueve nuestras células como pocas otras cosas. Aunque algunas historias derivan por inverosímiles vericuetos (como la de Emma Cohen sobre la adolescente que se enamora del “hombre de la gabardina”) y otras caen en la trampa editorial del fetichismo (como el relato de Cristina Peri Rossi sobre la homología entre el cuello y el sexo), es de agradecer el brillante vocabulario empleado, cargado de oropeles y recreaciones ávidas de sensualidad. En el caso de mi alabada poetisa Clara Janés (“La boca: el banquete”) y en alguna otra, llega incluso hasta el paroxismo, suplantando a la trama y a los personajes. En todo caso, la suma de variados matices, perspectivas y lubricantes sugerencias de todas las autoras nos regala un nutrido inventario de palabras perfumadas, de esas palabras etéreas pero imprescindibles, de esas palabras que se amalgaman, sin solución de continuidad, con la piel, los mimos, el deseo y la eternidad.

 

 

swing

swing

 

 

What good is melody?
What good is music?
If it ain’t possessin’ something sweet
It ain’t the melody, it ain’t the music

There’s something else that makes the tune complete
It don’t mean a thing, if it ain’t got that swing
It don’t mean a thing all you got to do is sing

It makes no difference
If it’s sweet or hot
Just give that rhythm
Everything you’ve got
It don’t mean a thing if it ain’t got that swing

 

Irving Mills

boomp3.com

la primavera va por dentro

la primavera va por dentro

 

 

La semana pasada tuvo sus dosis cinematográficas con una reposición sesentayochista (La Chinoise, de Jean Luc Godard) y con una opera prima y estreno casi clandestino en el mítico cine Doré (bajo el auspicio de la Filmoteca Española) pues, al parecer, no tiene todavía distribución comercial: Nevando voy (Maitena Muruzábal y Candela Figueira, 2007). Sencilla, intensa y vitalista, esta película me recordó inicialmente a La soledad (de Jaime Rosales) y a Recursos Humanos (de Laurent Cantet), pero situada a virtuosa distancia de ambas. Se acerca el invierno en Pamplona y dos mujeres son contratadas, a través de una empresa de trabajo temporal, para reforzar la sección de embalajes de una fábrica. La empresa tiene unas grandes instalaciones y, entre otras cosas, produce cables y cadenas para colocar en las ruedas de los coches cuando nieva. La llegada y permanencia de la nieve, por lo tanto, estarán ligadas a la continuidad de Ángela y Karmentxu en esos precarios y anodinos empleos. Sus rutinas domésticas y laborales se muestran tan alienantes como las que tienen sus dos compañeros de la nave donde trabajan, Jairo y Javier. Pero una chispa estalla de repente y el cuarteto empieza a sonreír, a mirarse a los ojos, a hablar de sus vidas, a jugar y divertirse en el trabajo. Ángela, sin duda, es la instigadora de esa revolución. Todos parecen tan enamorados y felices que hasta el sol resplandece más radiante y, claro, sin nieve no hay trabajo y peligran, por ende, los contratos de las dos mujeres. Pero con la nieve llegan otras nubes y, también súbitamente, vuelven al grupo las caras agrias, el silencio y el vacío. ¿Cómo es posible ver la vida en positivo, llevar una primavera dentro, incluso en los lugares y circunstancias más deprimentes? Esa es la hermosa cuestión que va hilando los cambios de humor de los personajes al mismo tiempo que los claroscuros de los madrugones, la valla de la fábrica abriéndose y cerrándose, los semblantes de ordeno y mando, la hora del bocadillo, las esperanzas mullidas y frustradas. Buscando alguna luz. Sin resignación. Aunque todo alrededor y el temporal acechante no parecen de lo más propicio.

 

 

letras utilitarias

letras utilitarias

 

 

En una de las últimas librerías que he visitado, de esas con estantes llenos de libros de segunda mano con páginas amarillentas y olor a humedad, me encontré con una joya literaria que contenía las siguientes inscripciones grabadas con uno (o varios) de esos viejos sellos de caucho que se embadurnaban en la esponja de un tintero, fabricado ex profeso para los fines de su propietario.

 

 

Aviso para navegantes

 

Este libro es tan sólo una más de las extremidades indolentes que constituyen la biblioteca de Juan González con cuya sombra y tal vez también, por aviesa fortuna, con cuyo hueso simbólico de inquietudes intelectuales, habrás podido interaccionar en alguna ocasión de tu vida no menos fugaz que la suya. Allá donde me portes, bajo el polvo en el que me sepultes, indiferente a los lamparones de grasa que pringuen mis páginas, a los monigotes con que me ilustres o a las esquinas que me pliegues, recuerda tu deuda: revertirme, sin demora ruín, a ese cuerpo de sueños y legajos anacrónicos al que pertenezco y del cual tu amor pasajero e ilusorio me arrebató en aras de manos y miradas paradisiacas cuyo obsequio nunca compensará suficientemente el sacrificio de mi separación primordial. Que la belleza y la sabiduría te acompañen, viajero, siempre que cumplas con esta cabal restitución y que te sustraigas al celo, la codicia, la pereza y la vil tentación que acechan a los espíritus indignos de hospitalidad y préstamo.

 

 

Last but not least

 

Me veo obligado a imprimir este recordatorio en la solapa final de la presente obra en prevención de que libreros sin escrúpulos o ex-amigos sin remordimientos de conciencia arranquen de cuajo la primera página de advertencia en la que se insta (o instaba) a devolver con urgente apremio este ejemplar a su adquisidor original y coleccionador sentimental, Juan González.”

 

 

Curiosamente, ambos textos, con su peculiar tinta morada y desgastada de forma casi impresionista, aparecen cruzados con dos trazos de bolígrafo rojo. Al final del segundo, alguien añadió esta lacónica nota bene manuscrita (también con tinta roja): “N.B. No se aplica. Reventa.”

 

 

Equivocaciones, vocaciones

Equivocaciones, vocaciones

 

 

Casi todos los papeles que me nombran mienten.

Me he visto en fotografías que nunca me hicieron.

Los que me elogian o me insultan jamás han compartido el pan conmigo;

publican su veredicto sin mirarme a los ojos

como el que firma un contrato sin leerlo.

 

Yo mismo escribo en un idioma que aún no aprendí;

recuerdo ciudades que no he visitado;

tengo todavía en los labios el sabor de una mujer que tal vez no me besó.

 

Mis dedos aprietan el aire caliente que dejó su piel

como el que abraza el cadáver de un desconocido.

 

 

Juan Antonio Bermúdez, Compañero enemigo

 

 

 

 

 

 

más desamores

más desamores

 

 

“Julia sólo quería marcharse cuanto antes de Barcelona. «Dejarlo todo. Dejarlo atrás.» Bajo amenaza de demanda, Gaspar acabó aceptando un borrador de mutuo acuerdo. Según este borrador Virginia se iba iba con su madre a Santiago, donde empezaría el nuevo curso, después de pasar el mes de julio con su padre. Julia había alquilado un piso por teléfono, la matriculó en un colegio cercano. De nada de esto Gaspar se quiso enterar. Todo le parecía espantoso, y lo único que quería era asegurarse las vacaciones íntegras del verano. Navidad y Semana Santa con la niña, verla en Santiago cuando le diera la gana, llevársela al extranjero. Introdujo una cláusula en su propuesta que a su abogado le dejó los ojos como platos: «La cónyuge no podrá moverse del estricto marco de la comunidad autónoma gallega.» Ésas eran las aspiraciones de Gaspar, de aquel demócrata de izquierdas, de aquel antifranquista, de aquel culto señor. Uno de los principios de la constitución española protege del derecho de sus ciudadanos a moverse libremente por su territorio, pero es que Julia no era una ciudadana libre, no al menos para Gaspar. Por descontado, la casa se la quedaba él, y el ajuar. Después de levantar dos casas, de poner en orden la vida de Gaspar, Julia se llevaba un hatillo de estudiante y una hija. No pidió más. Pero lo del verano lo discutió. Se peleó para que sólo fuera un mes; acabó cediendo todas las vacaciones sin restricción, para que aquella locura acabase de una vez. En medio de las delirantes deliberaciones, se encontraba con él por la casa. «Si sólo me abrazara, si sólo me dijera quédate, no te vayas.» Pero aquella frase nunca llegó. ¿Pensar en abrazar a Julia? ¿Pedirle que se quedara, que recapacitara? Ni por asomo se le pasaba por la cabeza. Aquella mujerzuela era una alimaña, ¿cómo no lo había podido intuir? ¿Cómo había podido enamorarse de una cosa tan baja? ¡Se había atrevido a separarse de él, a hurgar en su patrimonio! ¡Había investigado en sus papeles del registro! Cuánta razón tenía Frederic cuando hizo su diagnóstico. «Las chicas de ahora no son como las de antes, papá.» Eso le había dicho Frederic a Gaspar cuando Julia apareció en escena. Aquella niña que tanto había querido, por la que todo lo había dejado, su palacio de desahuciado, su vida de divorciado, ahora se descubría como una verdulera. ¡Hasta se había atrevido a mandarle a la mierda! ¡A él, a Gaspar Ferré! Aquella jovenzuela le había dado una hija y ahora lo dejaba plantado, arrancaba a Virginia de Cataluña, de su familia. Gaspar prefería no pensarlo, se sentía fatal.”

 

Luisa Castro, La segunda mujer

 

 

desamores

desamores

 

 

“El amor es un combate perdido de antemano.

 

Al principio, todo es hermoso, incluso tú. No das crédito a estar tan enamorado. Cada día trae consigo su liviana carga de milagros. Jamás nadie en el mundo había conocido tanta felicidad. La felicidad existe y es muy simple: consiste en un rostro. El universo sonríe. Durante un año, la vida no es más que una sucesión de soleadas mañanas, incluso cuando nieva por la tarde. Te dedicas a escribir libros sobre esta cuestión. Te casas, lo antes posible: ¿para qué reflexionar cuando uno es feliz? Reflexionar te entristece; la vida debe ganar la partida.

 

El segundo año, las cosas empiezan a cambiar. Te has vuelto más tierno. Te sientes orgulloso de la complicidad que se ha establecido en tu pareja. Comprendes a tu mujer con sólo medias palabras; qué felicidad conformar un todo. En la calle, confunden a tu mujer con tu hermana: eso te halaga pero te va desgastando. Hacéis el amor cada vez menos y consideráis que no es grave. Estáis convencidos de que el fin del mundo está lejos. Defendéis el matrimonio delante de vuestros amigos solteros, que ya no os reconocen. Tú mismo, sin ir más lejos, ¿estás realmente seguro de reconocerte cuando recitas la lección aprendida de memoria y resistes la tentación de fijarte en las señoritas ligeras de ropa que iluminan la calle?

 

El tercer año, ya no resistes la tentación de fijarte en las señoritas ligeras de ropa que iluminan la calle. Ya no hablas con tu mujer. Pasáis las horas en el restaurante escuchando lo que cuentan las mesas vecinas. Sales cada vez más: eso te proporciona la excusa para no tener que follar. Pronto llega el momento en que ya no puedes soportar a tu esposa ni un segundo más, ya que te has enamorado de otra. Sólo hay un punto en el que no te habías equivocado: efectivamente, la vida siempre tiene la última palabra. El tercer año trae consigo una noticia buena y otra noticia mala. La noticia buena: asqueada, tu mujer te abandona. La noticia mala: empiezas otro libro.”

 

 

Frédéric Beigbeder, El amor dura tres años