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ateo poeta

Lavapiés (Madrid)

Lavapiés (Madrid)

 

Mundolavapiés es un Libro DVD participativo, que habla del barrio y sus habitantes, pero en el que, sobre todo, los habitantes hablan de su barrio, que es otra forma de hablar del mundo, de los muchos mundos que habitan Lavapiés. Este es el objetivo del libro, y es lo que ha determinado su elaboración. Sin subvenciones ni dependencias, buscamos abrir un proceso en el que pudiera participar todo el que quisiera. Más de mil carteles de convocatoria, asambleas, presentaciones, búsquedas, venta de postales, difusión directa y en medios, desde la calle misma. Se trataba de crear un documento vivo, plural, una muestra medianamente sugerente y significativa de la diversidad de gentes, iniciativas y experiencias de este barrio: sus habitantes de hoy y del pasado, sus paseantes, pero también los colectivos de todo tipo, asociaciones, artistas, colegios, músicos, niños y niñas, los con papeles, los sin papeles, con o sin residencia, en un intento de poner en común y comunicar el trabajo de gentes de todas las edades, de todos los lenguajes y modos de expresión: valía con aportar una frase cortita, un poema, una propuesta, una historia, una imagen...” A veces ocurre lo inesperado: que algunos documentos (textos desde muchas voces, imágenes desde muchos puntos de vista, músicas desde los márgenes del mercado) te fascinen por su forma, por su gestación y por su sustancia. Un acercamiento antropológico y popular a un barrio que deja huellas indelebles a quien lo ha vivido rascando alguna vez por debajo de la superficie. (Autoedición de www.mundolavapies.net, 2006)

 

resistencias

resistencias

 

 

 

 

Chilavert recupera” es un documental realizado por el Colectivo Alavío (www.alavio.org) sobre una de las múltiples experiencias de “reapropiación” de fábricas argentinas por parte de los trabajadores. Después de más de un año sin pagarles su salario y después de décadas exigiéndoles sacrificios por el “bien de la empresa” y horas extra gratuitas, el empresario se disponía a vender toda la maquinaria de la imprenta, declarando la quiebra y dejando a los operarios en la calle. En ese momento, éstos reaccionan de forma espontánea impidiendo la salida de las máquinas y ocupando las instalaciones. Cuando llega la policía para desalojarles, el “baño de sangre” es evitado gracias a la concentración de personas solidarias con su situación, en gran parte provenientes del movimiento villero (de las “villas miseria”) y asambleario surgido después de diciembre de 2001. Aprendiendo de otras experiencias semejantes, los trabajadores adoptan el lema “ocupar, resistir y producir”, iniciando los trámites legales para conseguir la expropiación estatal de la empresa y su cesión (aunque no indefinida) a la cooperativa que han formado. ¿Por qué no se habían rebelado antes contra el empresario que los explotaba? ¿Siempre hay que esperar a que el drama sea irreversible, a la gota que colme el vaso, para reaccionar al robo organizado por las clases dominantes? ¿Podrá subsistir con dignidad la nueva cooperativa bajo la amenaza del propietario estatal y las inclemencias del mercado en el que son un débil peón? Y, sin embargo, las preguntas terribles no pueden empañar del todo las lágrimas de emoción ante esas pequeñas batallas ganadas.

 

 

 

(tristes) idealizaciones

(tristes) idealizaciones

 

 

El verano es el momento ideal para darse un atracón de lecturas. En la feria del libro antiguo y de ocasión de Vigo encontré unas cuantas joyas y siento lo rápido que corre el tiempo antes de que pueda sumergirme en cada libro. Unas semanas atrás, también me surtí de otros textos “alternativos” en Traficantes de sueños. Sin mucho orden ni concierto paso de uno a otro: libros de política e historia (un recorrido por la ideología de la democracia de Luciano Canfora), de sociología urbana (un ensayo hipercrítico de Jean Pierre Garnier) y de paleoantropología (una revisión del evolucionismo por Juan Luis Arsuaga), el interminable libro de aforismos de Marcos Lorenzo siempre en la mesilla de noche, y, cómo no, merodeo y picoteo en todo lo que de poesía y narrativa cae en mis manos y que tenga algún viso de despertarme alguna pasión sobrecogedora (esa quimera…). ¿Será que la vida no tiene sentido? ¿Que sólo buscamos excusas con las que tapar su vacío de fondo, su final frío y cierto? Quizás la angustia procede sólo de buscar conocimiento, poder y seguridad ante los miedos que nos asolan, en lugar de simplemente dejarse llevar, divertirse, sentir nuestra animalidad sin trascendencia alguna –con los libros o con lo que sea. ¿Por qué, a pesar de todo, me arrebatan esas personas vitalistas y apasionadas¿ ¿Es que no se dan cuentas de la ilusión en la que estamos sumergidos?

 

El último relato corto que me he encontrado se titula “El hombre de mis sueños”. Su autora es Doris Dörrie, la cual también ha dirigido algunas películas con cierta repercusión (“Hombres, hombres”, por ejemplo). La historia narra la soledad en la que se encuentra una mujer joven, Antonia, que trabaja como modelo y que fue abandonando a sus amistades izquierdosas que criticaban su forma de vida superficial, manipulada y capitalista. Ella misma experimenta, al cabo de unos años, las frustraciones sentimentales que le depara su profesión y comienza a obsesionarse con la búsqueda del “hombre ideal”. Curiosamente, éste lo halla en un retrato de Boticelli que, por casualidad, se lo imagina proyectado en un hombre, Johnny, que pide limosna a las puertas de unos grandes almacenes. El susodicho resulta que ha estudiado sociología y ciencia política, y es otro izquierdoso más que ha renunciado a integrarse en el sistema, pero que sin mucha dificultad se acopla al enamoramiento incondicional, al modo de vida y a las rentas boyantes de Antonia. Para compensar ese evidente desequilibrio, Antonia propondrá hacer un viaje “mochilero” a Perú donde descubrirá lo doloroso de sus elecciones vitales y los interrogantes irresolubles acerca de sí misma como alguien que necesita a un “hombre ideal”… Para mayor confusión de Antonia, Johnny llegará a responderle con toda crudeza: “Lo único que quiero es vivir en paz y tirarme a una chica bonita de vez en cuando.” Aunque la historia pueda parecer algo inverosímil, los personajes y, sobre todo Antonia, son unos nítidos espejos de nuestras más comunes disquisiciones acerca de quiénes somos y a quién podemos querer. Y todo ello enmarcado magistralmente en un paisaje de aberrantes desigualdades y ruindades sociales. Lástima, o no, que el final nos deje con tantas dudas como al principio.

 

 

hablo contigo

hablo contigo

 

 

Hablo contigo, ignoro dónde estás, hasta qué luz busca mi Ser el eco en que te escucho.

 

No hay usura en tu voz, yo sé que un aire limpio te respira, que algo redentor, alguna claridad que arrastra el río lleva el pensamiento tuyo.

 

Hablo contigo, una intacta pasión vive en tu fósforo, una única luz que no se apaga mientras la muerte fluye, mientras la muerte sufre esta palabra.

 

Y hablo, hablo contigo alrededor de un hueco, alrededor de mí como el que gira mutuo, como aquel que dentro de nosotros es próximo y se acerca con su haz luminoso de pureza.

 

Hablo ante el destino que imagina el hombre, eso de desvalido, eso de delirante y turbio hablo contigo. Y es de noche, es de noche en los dos como metal oscuro, como largamente la verdad extiende su único hilo de saliva, un único alfabeto en el rumor de todos.

 

Hablo contigo, oh bondad compartida de quien es silencioso, sombra de esa sombra que aletea y es vuelo de semejante elocuencia, el que escribe, el que escucha, el que lámina a lámina va enhebrando en el eco una voz que responde, esa voz en mí mismo, la que nos alumbra y persuade desde más allá de la muerte.

 

 

Juan Carlos Mestre (La poesía ha caído en desgracia)

 

La suerte de Emma

La suerte de Emma

 

Cuando era niño tenía un pensamiento recurrente: si en algún momento sé con certeza que voy a morir, haré todo lo posible para paliar el sufrimiento. Pensaba, sobre todo, en la morfina o en cualquier otra adormidera de los sentidos. O en alguna explosión de placer, incluso prohibida. Con el paso de los años, aquella íntima reflexión eutanásica ha ido modulándose. Películas como “Mar adentro”, “El jardinero fiel” o la que he visto la semana pasada, “La suerte de Emma” (Sven Taddicken, 2006) presentan esos estadios previos a la muerte henchidos de paz, armonía y consciencia. En esta última, el protagonista decide huir a un remoto paraíso centroamericano para beber el néctar de sus últimos días una vez que le diagnostican un cáncer irreversible. Para ello, toma todo el dinero negro amasado por él y su socio en un negocio de compra-venta de coches usados. Pero el socio le persigue y sufre un accidente del que, algo inverosímilmente, sale indemne. Es así, casi por los aires, como llega a la granja porcina de Emma. Esta huraña, solitaria y espontánea campesina se enamora inmediatamente del recién llegado, y ambos se enfrentarán a la muerte cierta agarrándose fuerte el corazón. Que nadie espere un canto sublime ni a la vida ni a su despedida. Lo que verás, simplemente, es un paisaje de luces al alba y al atardecer, de ternura y de animalidad. Todo ello al filo de nuestros apegos a lo que, necesariamente, desaparecerá.

 

aniversario

Aniversario. (Del lat. anniversarĭus, que se repite cada año).

1. adj. p. us. anual.

2. m. Día en que se cumplen años de algún suceso.

 

 

Hace un año, aproximadamente, que nació esta bitácora. Sabía que mi afán por escribir sobre las cosas hermosas del mundo podía encontrar aquí un medio para emerger y mezclarse con los deseos de quienes lo leéis. Lo que no sabía es que este nuevo tejido de complicidades me iba a suministrar a mí, de vuelta, otras savias, espejos y retazos de vidas inesperadas.

 

De alguna manera, gozo con estas persistencias contra viento y marea. Nada que perder, todo por ganar. Aunque nada de lo ganado tenga precio. En mi contabilidad añado ahora la palabra ‘aniversario’ como un nuevo descubrimiento de esos tesoros volátiles, aún sin dueño. Y es un descubrimiento porque me resistía siempre a las celebraciones vacuas y conscriptivas. Ahora, sin embargo, creo que merecen la pena aquellos rituales íntimos, sencillos y que le dan algún sentido a tu lugar en el mundo, por muy paradójico que éste sea en tantas ocasiones.

 

Este último mes ha vuelto a ser dichoso y pletórico. La amargura es sólo un sabor de las frutas fuera de temporada, de la carencia de sentido del humor y de la infidelidad con uno mismo. En este aniversario, pues, celebro todos esos desafíos a la amargura que ocurren más allá de las palabras, aunque éstas nos acompañan a menudo de una forma tan salvaje, embriagadora e imprescindible. Ojalá siga contando con vuestros reflejos.

 

 

llegas como un arcano

a este solaz

de la historia natural

donde se reúnen los fósiles

y nuestros deseos de futuro,

 

aceptas el envite

de crear seres gigantes y preñados

de rotación y traslación

y pupilas con luz propia

a merced de la meteorología,

 

y añadirás a tu ajuar secreto

las perlas de dicha y la donación,

la lavanda, la palabra

y las raíces cuadradas,

la memoria precisa

de nuestra bella ilusión óptica

 

 

Hay miedos como las estaciones,

los solsticios y los equinoccios.

Siempre llegan.

La muerte cierta, la muerte a plazos,

con interés fijo o variable.

La ausencia.

Los puntos suspensivos.

El miedo a esa maldita oscuridad

de ideas, del tiempo.

Del tiempo presente, ese sofisma.

Algunos, aún no lo entiendo,

padecen el miedo a su propia libertad.

Sin darse cuenta.

Sin hacer cuentas.

Son muchos números en juego.

Hoy subí en la moto de mi hermano,

de paquete.

Con mis miedos a cuestas.

Pero era hermoso: el cielo rosado,

las primeras luces en las calles de Londres,

las curvas meciéndome.

Me dijo que el seguro había caducado.

No importa, uno más.

Aquí todavía podemos sumergir los miedos

en una pinta de cerveza.

Es un privilegio naïve.

Hasta que acuciemos a nuestros

enemigos.

Y los niños disipen el dolor

con su papiroflexia.

 

 

La soledad (Jaime Rosales, 2007) es una película cruda, hiperrealista, que deja hablar a una realidad anodina y zafia que envuelve a todos sus personajes, que nos envuelve a todos los que la vemos, que nos acecha porque ya ha sido parte de nuestras vidas. Necesito más dosis de belleza y trascendencia al llegar a casa, por eso escucho un disco melancólico y dulce de Marc Ribot y los cubanos postizos. La soledad me recordó películas como El pisito (Marco Ferreri, 1958), ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (Pedro Almodóvar, 1984) y En construcción (José Luis Guerin, 2001): películas sociales, sobre los dramas de la rutina, donde una fuerza invisible parece aplastar cualquier atisbo de vitalidad, de genialidad, de transgresión. Necesito más dosis de ironía y distanciamento al llegar a casa, por eso gasto las últimas fuerzas del día leyendo un libro en catalán de Sergi Pàmies, Si menges una llimona sense fer ganyotes. En La soledad emergen la enfermedad y la muerte como unas hebras más del paso del tiempo, de los diálogos insulsos, de las discusiones sobre minucias, de los hospitales, de los asesinatos colectivos, de las hipotecas, de los viajes sin deseo. Yo no quiero morirme de desidia, de aburrimiento, de vacíos, por eso me quedé deleitando aquella palabra, la “galbana”, que dijo uno de los personajes y que me recordó aquellas tardes de verano en el pueblo de León. Pero sólo me quedo con la música de la palabra, la música que faltaba en La soledad con sus bofetadas de voyeurismo, de planos atravesados por una pared o por los marcos de puertas y ventanas frenando nuestra identificación con esas vidas enclaustradas. Gracias a las sugerencias y comentarios de Irene G. Rubio en el periódico Diagonal (nº57), www.diagonalperiodico.net, volví a sumergirme en esos cines de Vigo, los de vía Norte, que siempre están a punto de extinguirse por culpa de proyectar películas arriesgadas, difíciles, que exigen toda la pasión ética del espectador para interpretarlas. Es como si siempre hubiera alguien cerca que te diera la mano para invitarte a conocerte a ti mismo (sólo tienes que dejarte); si pudieras, esa poderosa ilusión.

 

camisetas (serie III)

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ONOMATOPEYA

 

 

YA ESTÁ

BIEN

 

 

PATATÍN

PATATÁN

 

 

STOP

WARS

 

 

SHOULD

I STAY

 

 

LAPSUS

 

más camisetas

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TODOS

somos

EXTRAÑOS

 

 

Lazos

sin

Sangre

 

soy

SUJETO y

OBJETO

 

 

entrada y salida

LIBRES

 

 

La ciénaga

 

 

primum vivere,

deinde filosofare

 

 

mis LABIOS,

mi FRONTERA

 

 

DI

VERSOS

 

camisetas

camisetas

 

sólo son

RUMORES

 

 

OBJETO

porque soy

SUJETO

 

no estoy

SUJETO

cuando

OBJETO

 

 

 

la vida es un

JUEGO

de

PING-PONG

 

 

Harto

de

MITOS

 

meditaciones prenatales

meditaciones prenatales

 

Ya llevo meses aquí encerrado. Al menos, eso es lo que dicen ahí fuera. No es una cárcel, al parecer, sino que “aquí estoy como Dios”. Aunque yo, dentro y ellos, fuera; de eso no me cabe duda. Aún no tengo claro el significado de muchas de esas palabras. Tampoco soy capaz de emitirlas por mí mismo. Aunque a ellos no creo que les importe. Esperan que eso ocurra dentro de unos años, dicen. Me hacen gracia. Me tratarán casi como si fuera sordomudo. Bueno, así me dejarán más a mi bola. Con mis gorgoritos y pedorretas. Es un placer. ¿Será lo mismo a lo que ellos llaman vacaciones?

 

Desde que abrí los ojos sigo muy atento todas las conversaciones y movimientos de los de ahí afuera. La piel de mamá es muy transparente. Un poco cóncava o convexa, no sé, según se mire. Sospecho, en todo caso, que veo las cosas con más curvas que ellos. A menudo hablan de pantallas planas, encefalogramas planos y cosas parecidas. Pero ya digo que aún no he atado todos los cabos. Ya habrá tiempo, que de eso me sobra. Ellos, por el contrario, no paran de quejarse de que les falta tiempo para todo, que quieren tiempo para ellos solos y que no saben qué hacer con el tiempo libre. Una curiosa entidad filosófica esa del tiempo, no cabe duda. Habrá que seguir investigando en el futuro.

 

A veces he probado a mirarlos fijamente. Pero nada. Hacen como si no se dieran cuenta y esquivan mi inocente interpelación. Yo también me hago el dormido cuando me conviene. En realidad, es una travesura. Eso exclama la ginecóloga con su gran sonrisa latina. En cuanto la veo acercar la cámara esa al vientre, cierro los ojos y me chupo el dedo. Piensan que duermo. La foto queda perfecta y se reparten las copias: una para la colección de la doctora y otra para el álbum familiar. Me gusta posar para las ecografías. Aunque la verdad es que me paso mucho tiempo durmiendo, estar aquí solo es un poco soporífero. Estoy empezando a practicar unos pasos de baile y a tocarme otras partes del cuerpo para comprobar si estoy completo. Lo que pasa es que no hago pie fácilmente y debo parecer, más bien, una especie de astronauta saludando al resto de terrícolas subyugados por la ley de la gravedad.

 

En los últimos o primeros meses -que, al caso, son lo mismo- también ha habido algunos sobresaltos. Lo sé por las pulsaciones aceleradas de mamá y por la escenita que presencié. Nos presentamos en la oficina del jefe. Los tres, frente a frente: el jefe, mamá y yo. Aunque todos pretenden ignorarme, en este caso estoy seguro de que mi presencia era muy importante porque no dejaban de hablar de mí. Mamá no dio su brazo a torcer. “Me voy a pedir la baja anticipada, te guste o no. Y si no me renuevas el contrato, te pondré una denuncia que te cagas. Por discriminación sexual.” ¡Caramba, vaya genio! ¡Y luego dicen que los niños somos escatológicos! En los días siguientes el tema fue objeto de animado debate entre distintas personas con distintos vínculos con mamá; incógnitas todas que ya despejaré más adelante. De momento retengo los rostros y las entonaciones. Siempre que mamá no se pone un vestido demasiado grueso que no me deja ver u oír con claridad o nitidez (“hablemos con propiedad”, por favor). Entonces protesto dando algunas pataditas. Pero nada. Ella sonríe a la vez que se siente compungida: gajes del oficio. ¿Será que ya empezamos a no entendernos?

 

Por lo demás, la vida de un prenatal transcurre en cierta soledad. Te deja mucho tiempo para reflexionar. O para atesorar las reflexiones de otros. Por algo habrá que empezar ¿no? Muy distinto debe ser el caso de los mellizos. ¡Qué hacinamiento! Deben pasar la mayor parte del encierro peleando por un hueco en la placenta. En este sentido no sé si sentirme un privilegiado o alguien con una reducida vida social. Me temo que esta cuestión también entraña profundos dilemas con lo que entretenerse en los años venideros. Ahora voy a hacerme el dormido que ya veo venir a la matrona. Hoy toca salir afuera. Ya lo tienen todo preparado. Yo, a agarrarme bien, que las contracciones vienen agitando las aguas.

 

La verdad es que ya tengo ganas de que me cambien la dieta, para variar un poco. Y de entrar en la fiesta de ahí fuera, a ver si voy resolviendo enigmas. Aquí no se está mal, pero no soporto ese dicho tan carca de “todo tiempo pasado fue mejor”. También tiene sus incomodidades. Sobre todo para mamá, que se lo pregunten a ella. Yo me pregunto si algún día hablaré de todo esto con ella o con mis hijos. Si tendré tiempo. Me apetece contemplar sus ojos. Directamente, por mí mismo, sin filtros. Hasta ahora tenía que estirar mucho el cuello o conformarme con su reflejo en los espejos. Le preguntaré cuánto nos queda de vacaciones juntos. No sé si me entenderá. Tendré que ir perfeccionando mis gorgoritos.

 

 

 

Some things in life are bad
They can really make you mad
Other things just make you swear and curse.
When you're chewing on life's gristle
Don't grumble, give a whistle
And this'll help things turn out for the best...

 

And...always look on the bright side of life...
Always look on the light side of life...

 

If life seems jolly rotten
There's something you've forgotten
And that's to laugh and smile and dance and sing.
When you're feeling in the dumps
Don't be silly chumps
Just purse your lips and whistle - that's the thing.

 

And...always look on the bright side of life...
Always look on the light side of life...

 

For life is quite absurd
And death's the final word
You must always face the curtain with a bow.
Forget about your sin - give the audience a grin
Enjoy it - it's your last chance anyhow.

 

So always look on the bright side of death
Just before you draw your terminal breath

 

Life's a piece of shit
When you look at it
Life's a laugh and death's a joke, it's true.
You'll see it's all a show
Keep 'em laughing as you go
Just remember that the last laugh is on you.

And always look on the bright side of life...
Always look on the right side of life...
(Come on guys, cheer up!)
Always look on the bright side of life...
Always look on the bright side of life...
(Worse things happen at sea, you know.)
Always look on the bright side of life...
(I mean - what have you got to lose?)
(You know, you come from nothing -

you're going back to nothing.
What have you lost? Nothing!
)

Always look on the right side of life...

 

Eric Idle, from Monty Python’s film Life of Brian

 

 

 

 

más leves

que la gravedad

nuestros brazos

al pálpito

abrazados

 

más eterno

que el tiempo viejo

nuestro gozo

nuevo

y a corto plazo

 

al candor

de las rosas empuñadas

al rocío

entre los pechos erguidos

se pliega la noche

cansada

en su feudo de alba

 

mañana

murmullos de caracolas

repicarán

sin cesar los gemidos

más y más

quiero más

que se ahogue el futuro

que salga a flote la sed

de los labios

cansados

de beber

 

un cuento erótico

un cuento erótico

 

El sol ya había caído. Con los últimos estertores de luz, las playas iban quedando desiertas. Unas playas mediterráneas que aun irradiaban en sus arenas el calor intenso de una típica jornada estival. Magda y Estrella caminaban descalzas. Atravesaron varias calas aprovechando el súbito y merecido frescor del atardecer. No hablaban mucho. En las viejas amistades los lugares comunes van dejando paso a las complicidades y los silencios apacibles. Esos que no incomodan aunque se dilaten durante muchos minutos. La cadencia de su paso era regular, pero sin urgencia. Cada regalo a la vista de aquel horizonte merecía su atención. Vivir a menudo es sólo eso, deleitarse con la belleza circundante. Ir a su encuentro. Componerla dentro de cada una. Ser comprendida.

 

Llegaron a uno de los arenales más largos y menos alterados por la codicia humana. Esa plaga sobre el mundo. A medida que avanzaban divisaron con más claridad al último bañista que aún no se había recogido. Parecía meditar en una de esas posturas orientales. Estaba completamente desnudo sobre su toalla. Cuanto más se acercaban las dos paseantes, más frecuentes eran las miradas del hombre hacia ellas. Enseguida se dieron cuenta de que tenía su pene erecto y lo agitaba suavemente con una mano. Magda y Estrella no dudaron en seguir caminando. Aquella escena no pareció importunarlas, según dedujeron de su rápido intercambio de miradas. Era su derecho. No tenían por qué sentirse agredidas. Tampoco especialmente halagadas. Hubiera dado igual que llevaran una túnica o ropa de montaña en lugar de sus ligeras vestimentas veraniegas. Aquel hombre supliría los obstáculos con su calenturienta imaginación. Eran dos figuras femeninas. Se movían con agilidad. Sus piernas descubiertas. Sus senos seguros. Intuidos. Mientras, el hombre proseguía diligente con su manipulación.

 

Al pasar a su lado, las siguió atento con la mirada. No dejó de masturbarse. Esperando, como si no quisiera llegar rápidamente al fin de su gozo. Magda y Estrella habían frecuentado playas nudistas y eso, en cierta medida, las predisponía a aceptar aquella situación sin preocuparse demasiado. Adoptaron, en todo caso, una espontánea actitud de defensa ante el comportamiento incierto del exhibicionista. Implícitamente convinieron en no devolverle la mirada. Magda tomó del brazo a Estrella y sonrió. Percibió la piel tibia de Estrella, más cálida que la suya. Por un instante, Estrella no pudo evitar la tentación y giró con naturalidad su cabeza hasta cruzarse con la mirada del hombre. En cuestión de segundos. Sin soltarse del brazo protector de Magda. Volviendo a reencontrarse con el gesto jovial de ésta. Con sus pechos grandes y sugerentes. El rostro de Estrella se sonrojó como si acabase de engullir pimientos picantes. La temperatura de su piel siguió ascendiendo. Siguieron caminando. El hombre permaneció sentado en el mismo sitio, devoto de su erección.

 

El vestido de Magda era flojo y ventilado, como de viscosa. La brisa lo adhería caprichosamente a sus curvas voluptuosas. Estrella, sin embargo, llevaba una camiseta de tirantes ajustada a sus pechos menudos y una falda blanca muy corta. Era de un talle más fino. Y de una voluptuosidad quizás más interior y tormentosa. En lugar de corresponderle la sonrisa a Magda, su mirada se desvanecía en un pozo de excitación. A cada paso sentía sus nalgas y sus caderas como si aquel hombre las estuviese dirigiendo con las palmas de sus manos. Y si Magda lo hubiese querido comprobar con sus propias manos, las podría haber sumergido en la copiosa humedad de las bragas de Estrella. No hizo falta. Mientras aminoraban el paso, Estrella la miró fijamente. Voy a ir. Sólo me preocupa una cosa: no tengo condones, y no creo que él tampoco tenga. Magda, sorprendida, se contuvo unos segundos antes de responder. Vete. Por los condones, no te preocupes. Esto no es verdad, sólo somos dos personajes de un cuento erótico. Vas a tener la suerte de hacer realidad una fantasía sexual. Aquí no hay enfermedades venéreas. Esto es literatura, no una película porno. Yo me quedaré por aquí cerca, por si acaso. Y la besó en aquella mejilla ruborizada a la vez que liberaba su brazo.

 

Las palabras de Magda la dejaron un poco confusa y aliviada a la vez. Estaría bromeando. Pero no osó replicarla. Dio media vuelta y se dirigió con resolución hacia donde estaba el hombre aún friccionando su miembro. No siempre ocurrían estas cosas en la vida. Por qué eludirlas. Así que se plantó delante del hombre sin poder ocultar el candor de su piel y los ojos brillantes como un manantial. Él no dudó un instante en indicarle que se diera la vuelta. Ni siquiera necesitó erguirse para quitarle las bragas empapadas. Estrella sintió como descendían por sus piernas. Cerró los ojos. Sabía lo que vendría inmediatamente después. Las manos del hombre comenzaron a hurgar por debajo y por fuera de la falda. Se recreaban en cada pliegue. Sus dedos se insinuaban ocasionalmente por los labios vaginales. En cualquier momento la penetraría. Estaba oscureciendo y la brisa era más intensa. El salitre y las algas putrefactas mezclaban sus sabores con las dos respiraciones jadeantes. Antes de clausurar sus párpados, de llevarse su propia mano a la boca y de agitar su melena lacia, vio sentada a Magda a una distancia de unos cien metros. Por qué no se iría. A fin de cuentas, sólo se trataba de una fantasía. Y cuanto más riesgo, mejor. Para su regocijo, el hombre besó dos veces sus pantorrillas. Luego, sus dedos gruesos recorrieron con impaciencia las piernas suaves y aún extendidas de Estrella. Por fin, ya sin ningún género de dudas, el hombre acabó por atraer las caderas de Estrella hacia el pene que seguía firme e hinchado.

 

Se acoplaron sin dificultad. Él marcaba la pauta de las operaciones. Evitaba los gestos violentos, pero su cuerpo era fuerte y estaba decidido a apretar sin prejuicios a aquella mujer desconocida. Volvió a besarla. Ahora en el cuello, antes de deshacerse de su camiseta y de encerrar sus pechos entre las manos. Estrella se mordió los dedos. Gimió ostensiblemente, sin temor a quebrar el silencio de aquella playa, aquel crepúsculo de grillos. Ya era bastante atrevido fornicar allí a la vista de su mejor amiga. Sin preservativo. Con un hombre del que sólo tenía vagos indicios de su vida. Los que rodeaban a su desnudez, una toalla grande y rizada, una mochila discreta. Un hombre instrumento de sus deseos prohibidos. O ella como instrumento de los deseos de él, daba igual. Los gemidos dejaron paso a gritos más efusivos. Sus propios dedos se movían cada vez con más frenesí por su clítoris. La minifalda estorbaba un poco, pero ya era tarde para intentar desprenderse de ella. La verga estaba totalmente sumergida en su marea de secreciones. La percibía llegando muy adentro, rozando millones de terminaciones nerviosas. Era imparable. Llegaba, llegaba. Sus pezones hervían de placer. El sudor manaba febril de sus torsos. Magda llegó a escuchar los gritos más prolongados de los dos fornicadores. Consecutivos, no muy alejados uno del otro. Sus onomatopeyas finales.

 

No hubo muchas más caricias antes de separarse. Estrella recogió su camiseta de asas y sus braguitas rebozadas en arena. Y se alejó con el mismo mutismo con que se había aproximado. Idéntica discreción había profesado aquel compañero intempestivo. Como si hubiera prevalecido una simetría artística en todo momento. Era una locura, lo sabía. Estaba segura, no obstante, de que Magda no la iba a censurar por eso. Tampoco le pediría explicaciones ni detalles, ni se lo recordaría con burla en el futuro. Como si no hubiese ocurrido. Como si todo hubiese sido sólo una fantasía literaria que se habían querido contar con algo más que con palabras aquella tarde de verano. Todo eso se lo dijeron en una mirada fugaz de reconciliación. Después de muchos años de compañía y transacciones sentimentales. Volvieron a tomarse del brazo y prosiguieron su ruta. Estaba oscureciendo. La amistad debe ser eso, compartir los límites de la realidad y los manjares que proporciona la naturaleza.

 

L'estaca

L'estaca

El miércoles José Miguel López, del programa Discópolis (en Radio 3), volvió a recordar una curiosa historia que ya ha contado en otras ocasiones (después de casi 20 años escuchando Radio 3, ya me empiezan a sonar repetidas algunas anécdotas, ¿me estaré haciendo viejo?). Se trata de cómo la canción de Lluís Llach L’estaca (1968) fue apropiada por el sindicato polaco Solidaridad como himno de resistencia ante el gobierno comunista (de Estado) de la misma forma que se había erigido antes en canto antifranquista en España, y de ahí pasó a ser reproducida (y modificada en su letra) en otros lugares del mundo. Incluso, en esas reproducciones pocas veces se reconoce la autoría original. Se borraron las huellas y las fronteras. La obra ultrapasó al autor. A mí me sigue haciendo vibrar igual que aquellas canciones no menos míticas de Pete Seeger o de Víctor Jara. Como si de verdad hubiera asistido alguna vez a los conciertos donde comulgaba tanta gente en sus aspiraciones de libertad. La única grabación que tengo de la canción de L’estaca está en un reciente disco de Homenaje a los Brigadistas Internacionales que combatieron junto a la República en la llamada “Guerra Civil” española (realmente, un golpe de Estado militar contra el régimen republicano). No me gusta mucho, en general, el resto de la obra de Lluís Llach, pero siempre he admirado su coraje al apoyar sinceramente, y cuando todos los intelectuales miraban para otro lado, causas como la de la insumisión al servicio militar obligatorio o la okupación del cine Princesa en Barcelona. Tal vez por todo eso junto, estos versos los escucho como una operación a corazón abierto.

 

L'avi Siset em parlava
de bon matí al portal,
mentre el sol esperàvem
i els carros vèiem passar.

 

Siset, que no veus l'estaca
a on estem tots lligats?

Si no podem desfer-nos-en
mai no podrem caminar!

 

Si estirem tots ella caurà
i molt de temps no pot durar,
segur que tomba, tomba, tomba,
ben corcada deu ser ja.

 

Si jo l'estiro fort per aquí
i tu l'estires fort per allà,

segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem alliberar.

 

Però Siset, fa molt temps ja
les mans se'm van escorxant
i quan la força se me'n va
ella es més forta i més gran.

 

Ben cert sé que està podrida
i és que, Siset, pesa tant
que a cops la força m'oblida,
torna'm a dir el teu cant

 

Si estirem tots ella caurà
i molt de temps no pot durar,

segur que tomba, tomba, tomba,
ben corcada deu ser ja.

 

Si jo l'estiro fort per aquí
i tu l'estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem alliberar.

 

L'avi Siset ja no diu res,
mal vent que se'l va emportar,
ell qui sap cap a quin indret
i jo a sota el portal.

 

I, mentre passen els nous vailets,
estiro el coll per cantar
el darrer cant d'en Siset,
el darrer que em va ensenyar.

 

Si estirem tots ella caurà
i molt de temps no pot durar,
segur que tomba, tomba, tomba,
ben corcada deu ser ja.

 

Si jo l'estiro fort per aquí
i tu l'estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem alliberar.

 

Lluís Llach, L’estaca

 

 

 

 

cómo podemos vivir

inmunes

a todos esos crímenes

ahí fuera,

cerca, lejos,

ubicuos,

y dormir en paz,

aspirar

este delirio de flores,

desear sin culpa

un nuevo trance

 

nuestras islas

y clanes

siempre a punto

de extinguirse

 

no sería tan absurdo

claudicar

ante este absurdo

 

si no fuera

por la aurora

de esos domingos

en que no abrimos la prensa

 

 

Meriendo algunas tardes:

no todas tienen pulpa comestible.

 

Si estoy junto a la mar

muerdo primero los acantilados,

luego las nubes cárdenas y el cielo

-escupo las gaviotas-,

y para postre dejo las bañistas

jugando a la pelota y despeinadas.

 

Si estoy en la ciudad

meriendo tarde a secas:

mastico lentamente los minutos

-tras haberle quitado las espinas-

y cuando se me acaban

me voy rumiando sombras,

rememorando el tiempo devorado

con un acre sabor a nada en la garganta.

 

Ángel González

 

escuela primaria

escuela primaria

 

Todavía duerme. Los domingos por la mañana nos gusta remolonear. A veces, como hoy, me despierto la primera y me quedo unos minutos pensando. Pongo un libro en mi regazo, por si se despierta. Hago como que leo. Para que no me pregunte en qué pienso. Es una pregunta irritante. Los pensamientos vienen y van mientras la luz vespertina se intuye tras las cortinas. En verdad, son los pensamientos los que me desentumecen bruscamente. Como si te asestaran un golpe de conciencia. Un golpe de timón: esta es tu vida, eres feliz, pero cuidado, todo lo que llega a inundarte se puede esfumar a la misma velocidad. Los domingos como hoy me gustaría ir a dar un paseo largo por un bosque fresco y húmedo. Pero vivimos en pleno centro de Madrid. Y, además, cuando Juan se despierte seguro que hacemos el amor. Como dos cachorritos que se van arrebujando mutuamente, con toda naturalidad. Sólo tengo que esperar a que los rayos de sol empiecen a herir sus párpados. Es el día de la semana en el que el tiempo es más lánguido, se estira y no consulta el reloj de mis pensamientos.

 

A lo que más vueltas le doy es a la idea del destino. Bueno, por llamarla de alguna manera. Algo así como: ¿Por qué estoy aquí, con este hombre maravilloso a mi lado? ¿Cómo voy a vivir lo que viene enseguida, en unas horas, mañana, en los próximos años? No siento pánico, ni mucho menos. Por mi edad aún podría permitirme ser arrogante y desafiar el futuro. Casi cuarenta, en lo mejor de la vida. Aunque desde niña sé que en cualquier momento la vida puede ser traicionera y todo puede acabar de repente. Soy precavida, incluso en el refugio de mis meditaciones. Es un milagro que esté aquí, ese cuerpo mecido por los sueños. Pero cualquier día puede dejar de estar. Por eso me gusta deleitarme con cada instante.

 

Juan ha sido un regalo reciente del destino. Hace sólo un año que vivimos juntos, pero nos conocemos de toda la vida. Es como si te reencontraras contigo misma, con todo lo que has sido. O, mejor, con todo lo que podías llegar a ser cuando tan sólo eras una niña. Juan iba a mi clase hasta sexto curso de primaria. En séptimo, sus padres se mudaron a León y lo hicieron desaparecer de mi infancia llena de pájaros en la cabeza. Casi no me di ni cuenta. Era lo normal, los niños venían y se iban, como los días, los cursos, los pensamientos y la regla, poco después. De Ponferrada, aquella pequeña ciudad de provincias con montañas de carbón amontonadas en cualquier lado, yo también me fui unos años más tarde. A estudiar sociología en Madrid. Pero regresaba regularmente a aquel vergel de cerezas resplandecientes y recuerdos de libertad. Juan había sido uno de aquellos niños con los que nos escapábamos con las bicicletas cruzando puentes y ascendiendo colinas. Terribles cuestas que hoy veo demasiado empinadas y lejanas. Aunque ahí siguen, inamovibles.

 

Con diez años ya jugábamos a darnos besos en los servicios del colegio y hasta en la capilla de aquel curioso colegio de monjas donde tuvimos nuestras primeras clases de educación sexual gracias a un profesor seglar que tocaba la armónica y parecía un santo. Eran unos besos inducidos. Fruto de un “a qué no te atreves”, “te toca besarte con Juan”, “se trata de besarse en silencio porque como nos pillen se nos cae el pelo”. Beso, verdad o consecuencia. Nunca me olvidaré de aquel cosquilleo entre las piernas y haciendo temblar todos los poros de mi cuerpo. Hasta que la sangre se concentraba en los pómulos sonrosados y ardientes como los de caperucita roja. En una de las excursiones campestres que se hacían para celebrar el magosto recuerdo que el guión marcado en el juego exigía besos con y sin lengua, breves y de varios minutos de duración, acompañados o no de caricias en aquellos muslos desnudos apenas cubiertos por nuestras faldas a tablas. Los días y los años transcurrían a velocidad de vértigo. Igual de fluctuantes eran los niños que te gustaban. Juan había estacionado en mis deseos por algún tiempo de aquel inestable transcurrir. Y un verano se evaporó de repente, aunque supongo que sus huellas seguían ahí varadas, inamovibles como aquellos gigantescos cucuruchos de carbón.

 

Más que suponerlo, hoy tengo la certeza de que nuestro reencuentro hace poco más de un año desanudó aquellos miles de cosquilleos de la infancia. Las miradas en clase. Los juegos a pillar en el patio. Los escondites entre las habitaciones perfumadas y prohibidas del colegio. Sus padres habían alquilado durante décadas la casa que dejaron en Ponferrada hasta que hace cinco años Juan volvió a ocuparla. Se había convertido en ingeniero agrónomo y los cerezos, los castaños o las vides del Bierzo, constituían una porción de su paraíso perdido que había decidido recuperar. Me dijo que había preguntado por mí a alguna compañera de escuela. Lo cierto es que ya no conocía a casi nadie y la misma ciudad, con nuevas zonas urbanizadas, se había tornado irreconocible y un poco extraña incluso para él que la tenía grabada en cada estría de su cerebro, categoría alevín. Quizás me lo dijo para halagarme. El día del reencuentro, con aquel fogonazo. Durante esos años yo casi no iba a visitar a mis familiares a Ponferrada, pues el trabajo me obligaba ya a bastantes viajes, cuando no me reclamaban mis amigas madrileñas para otros viajes o para curarnos mutuamente las heridas de la edad. Todas insistían en que la vida es corta y el mundo muy grande. Hay mucho que ver y “tú no puedes dejar de lucir tus ojazos de vampiresa”, me decían con su habitual picardía. Tenían razón. Romper con mi pareja después de una larga década de estéril noviazgo no sólo me había dejado unos kilos de más, realimentados en gran parte por los sucesivos viajes fundamentalmente gastronómicos. También una cierta sombra de desesperanza en la mirada. Alguien tendría que soplar lejos esos polvos de maquillaje.

 

A Juan le gustaba andar por el monte y los campos de cultivo. Curtiendo su piel al sol. O bajo la lluvia torrencial del otoño. En ese medio parece una suerte de zahorí, atento a cualquier signo de la naturaleza para contrastarlo con su libro secreto de taxonomías o para llevarse algo al paladar. En la ciudad, sin embargo, parece un niño grande y perplejo. Algo despistado. Así me lo encontré sentado en la terraza de una cafetería en la plaza de la Encina. Enfrascado en un libro, rodeado de varios periódicos y revistas desperdigados por la mesa. Quizás nos habíamos cruzado ya en varias ocasiones a lo largo de los años que él llevaba ya instalado en Ponferrada. Hasta podíamos habernos sentado antes espalda contra espalda en la misma plaza donde nos reconocimos después de tantas travesías. Quién sabe. Aunque me estremece sólo el pensarlo. Cuántos instantes le habríamos sacado de ventaja a los milagros de la vida. En cualquier caso, llegó para no marcharse. Y yo le ofrecí otra estancia en las ruinas de mi castillo, todavía con aquellas almenas de carbón en el fondo de un pasado cada vez más borroso y alejado. Nada en él destacaba especialmente. Sin embargo, no tuve ninguna duda de que era el viento que necesitaba, el abrazo seguro a una felicidad aletargada durante mucho tiempo.

 

Está a punto de despertarse. Las cafeteras de los vecinos silban a coro. Una aspiradora. Ambulancias. A veces me arrepiento de haberle extirpado de la ciudad de sus sueños. Aquí, el pobre, ha acabado trabajando en una editorial. Pero supongo que los dos nos necesitábamos. O, por lo menos, necesitábamos a alguien que replicase aquellos amores sencillos, descuidados y escalofriantes de la infancia. Nada más. Y no nos valían sucedáneos. En eso hemos sido intransigentes. O así me gusta pensarlo. O será que ahora, ante cualquier deriva o zozobra, sólo nos queda la esperanza de amarrarnos a nuestro pasado. Al que nos proporcionó la más salvaje sensación de dicha. No sé. Ya hemos andado mucho. Muchas aventuras y tentativas. Ahora tenemos este nicho. Sólo los domingos por la mañana parece que me doy cuenta de su verdadero valor. Luego, todo vuelve a desvanecerse en la rutina. Mientras, él sigue aquí. Ya empieza a rebullir. Se despereza. Posa sus dedos en lo más alto de mis muslos y me dice que hoy iremos a dar un largo paseo por un bosque fresco y húmedo. Y entonces me siento nadando en la abundancia.