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ateo poeta

derecho al delirio

derecho al delirio

 

Benito Zambrano me ha vuelto a deslumbrar y a arrancar las lágrimas de cuajo. No lo tiene fácil. Soy un incrédulo y un criticón. Los romanticismos pasteleros me suelen causar aversión. Pero Zambrano, como Julio Medem, Montxo Armendáriz, José Luis Borau y tantos otros, mide los silencios, protesta contra las opresiones, aclama la belleza de las pequeñas cosas, nos desempolva la indiferencia ante los dilemas esenciales de la vida. Años después de su inolvidable Solas (1999), ayer vi Habana Blues (2005) en la televisión (como tantas veces, de la mano conductora de Cayetana Guillén Cuervo, sabia, optimista, seductora ¡la adoro!). En su día rechacé ir a su estreno en el cine pues lo que decían los periódicos irguió en mí el prejuicio de “vaya, ahora le ha dado por hacer un musical con el simple telón de fondo de la emigración cubana y seguro que sin un atisbo de distancia a su filocomunismo”. Para buenas historias de emigración, exilio, aviación, travesía, disenso interior o como se le quiera llamar, ya había visto el premiado documental Balseros o la más tremenda y autocrítica Fresa y Chocolate. No esperaba encontrarme nada novedoso. Craso error. Los tres personajes principales de Habana Blues -Tito, Ruy y Caridad- se pelean a tres bandas. Sacan a flote todas sus contradicciones, y las de la isla. Se aman, discuten, se alejan, se seguirán amando. Sus gestos son verídicos y profundos. En el último concierto del grupo de música protagonista, Ruy lo presenta reivindicando un ambiguo “derecho al delirio y a la utopía” y la canción de la traca final recalca que “no seas cautivo de idiomas o ideologías”. El guión de Zambrano hace equilibrismos entre su devoción y sus sutiles críticas al régimen, y a la sociedad cubana. El racismo soterrado, el machismo, el hambre, las camas compartidas, los empresarios españoles desembarcando con sus contratos leoninos y su arrogancia, la prostitución masculina y femenina, los mercados clandestinos, los músicos contestatarios de la escena alternativa, la lucha por partir. Sutiles pero atrevidas. Además de aquellos edificios en ruinas y de las noches ancladas en el pasado, recuerdo de mi única visita a La Habana aquel enorme cine en el que vi, en sesión continua, Todo sobre mi madre, de Almodóvar. Al final de la película, en el coloquio, lo he vuelto a ver lleno de espectadores que veían Habana Blues. Y en ese juego de espejos es imposible olvidarse de que somos parte de las buenas ficciones. Más en:

http://wwws.warnerbros.es/movies/habanablues/

 

 

Dr. Calypso

Dr. Calypso

 

Precedidos del grupo Transilvanians, el sábado actuaron en Bueu los ya veteranos Dr. Calypso. Estupendas dosis de ska, rock steady, soul, funk, reggae y, cómo no, calypsos. Sonidos añejos. Melodías amables y bailables. Uno de los cantantes con su camiseta antifascista. El otro, con gafas de sol setenteras y tatuajes en medio torso. Humo, sudor y cervezas. La sal marina todavía adherida a mi piel. La noche calma, casi de verano. Embriaguez de un tiempo dulce e inexorable.

 

 

 

El término “pasión” comprende significados que se bifurcan hasta llegar a la contradictio in terminis. Por un lado, la pasividad, el retraimiento, la procesión por dentro, el padecimiento compungido. Por otro, la acción frenética, obsesiva, vivir con todas las células, enamorarse de los propios deseos, perseguir fielmente lo que nos inunda. Es cierto que lo segundo puede desembocar en lo primero, pero también que la etimología de “pathos” remite a estados de ánimo no necesariamente patológicos o dolorosos.

 

Del dolor se puede aprender, pero su cultivo parece propio de mártires y salvadores. Quienes viven todo desapasionadamente pueden parecer patéticos y robóticos, pero también aportan su dosis de necesario pragmatismo y sus dotes analíticas. Como decía Pessoa, más tontos son los que nunca se han apasionado por nada.

 

 

pasión.

 

1. f. Acción de padecer.

3. f. Lo contrario a la acción.

4. f. Estado pasivo en el sujeto.

5. f. Perturbación o afecto desordenado del ánimo.

6. f. Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona.

7. f. Apetito o afición vehemente a algo.

 

las palabras justas

las palabras justas

 

Si Aki Kaurismäki se expresa así, no debería yo abusar del verbo al presentarlo. En Luces al atardecer (2006) como en sus anteriores películas (la otra que me emocionó sobremanera fue El hombre sin pasado, 2002), el finlandés usa guiones parcos en palabras. A cambio, llena la pantalla de abundantes colores y contrastes. Las emociones guían los hechos. Pero están congeladas detrás de personajes sobrios. Fuman y beben compulsivamente. Los perdedores miran hacia el horizonte. Koistinen, el guardia de seguridad protagonista, dice que su trabajo es temporal porque quiere crear su propia empresa de vigilancia. Pero los sueños de los subordinados se hacen añicos constantemente. La insania viene de muchos frentes. No sólo de los banqueros que no dan créditos a cualquiera. Ni de los empresarios que despiden sin contemplación basados en cualquier rumor. Ni de ladrones de guante blanco que encargan palizas pero que repudian el asesinato dentro de sus negocios. La soledad errática acaba cediendo ante cualquier tentación. Sobre todo si llega en forma de rubia despampanante. Y arrastra a las víctimas del capitalismo hacia un destino ya escrito en su origen. Cámaras fijas. Inmensos silencios. Sentimientos nucleares de amor y odio. Deja tiempo para pensar. Para pensar en cómo rebelarnos ante esos excesos de vacío que nos acechan.

 

 

hay ciudades tan saturadas de turistas

que me olvido de aquellas lecciones enciclopédicas

de los profesores de latín y de historia,

con sus sonrisas satisfechas de saber

y de saber que les prestaba atención con mi cándida

avidez, sin sospechar qué futuro me deparaban

mis extravagancias, esta constante ingenuidad,

la incredulidad, el solipsismo, no sé, este uso tan etéreo

de la ciencia, fijándome en la gente que vuelve a casa,

en las facturas sangrantes de los restaurantes,

en los ojos azules y el vino rojo como el comunismo

que nunca existió, respondiendo que necesito más tiempo

para entender los planos, y luego desaparecer

tras el rastro de otro nicho anónimo, de la esperanza

de amores verdaderos e imposibles, con la única

certeza de que sólo los desesperados viven sin prisa,

conocen la brutalidad a la vuelta de la esquina,

desconfían de los escaparates y del funcionario,

me hacen gracia, de verdad, todos esos turistas

agolpados junto a los monumentos, quemando

el tiempo, cumpliendo fielmente las rutinas,

ignorando los derechos, la vida minuciosa

entre frutas, vecinos y bicicletas, olvidando,

tras la última digestión, todas esas informaciones

inútiles que dictan las agencias de viajes y los

especuladores, y, sin embargo, echo de menos a aquellos

profesores a quienes interrogaba extenuante,

que no censuraban mis disensos, que escuchaban

a los inmuebles y conversaban con nativos y foráneos

en vez de de posar para fotografías de sobremesa,

tal vez es sólo un remordimiento de clase media,

querer renunciar a los privilegios, una intención vaga

de ser ciudadano, habitante, miembro de esa amalgama

contradictoria, no sé, me pierdo, es difícil poner

un punto y final, hay barreras por doquier

y formas de esquivarlas, de residir en la ausencia,

la proximidad siempre se halla perforada

por soledades intangibles y por tácitas confianzas,

pero esto no es un ensayo, ya está bien, sólo quería

declamar bien alto que el halo poético del consumo,

del urbanismo y que etcétera, etcétera

no conducen a nada más que a estos insulsos

arrebatos de vanidad y nostalgia en los hoteles

 

sexualidades

sexualidades

 

“Sexualidades” es el título que le han adjudicado en Portugal a la película sueca-danesa “A Soap” (Pernille Fischer Christensen, 2006). (La verdad es que en el cine-estudio del Teatro Campo Alegre de Oporto estábamos sólo tres personas en la sala. Me entristece pensar que algún día puedan cerrar este cuarto oscuro donde se proyectan tantas maravillas.) Los únicos escenarios en donde transcurre la acción son los dos apartamentos de Charlotte y Verónica, y las escaleras que los unen. Charlotte es propietaria de una tienda de cosmética y se ha trasladado a ese barrio modesto huyendo de su marido, un médico recién estabilizado y con el que iba a comprar una casa después de cuatro años de relación. Verónica es un joven transexual que ha huido de sus padres y que espera una carta en la que le autoricen a realizar la operación de cambio de sexo gracias a la que se podrá “ver” como una “auténtica” mujer. Ambos están sumidos en la tristeza y la confusión. Las visitas del ex-marido de Charlotte y de la madre de Verónica (a la que sigue llamando Ulrick) acentúan aún más sus penurias. Por medio de unos reveladores gestos y símbolos llegamos a entender el dolor y el atisbo de amor que surge, a trompicones, entre las dos vecinas. Charlotte vive en el piso de arriba y se ha entregado a un frenesí de encuentros sexuales con todo tipo de hombres que hablan y hablan sin que a ella le importen lo más mínimo. La mayor parte de sus enseres siguen empaquetados en cajas de cartón. Los reencuentros con el ex–marido suscitan una tensión in crescendo. A Verónica la visita regularmente su madre. Le trae patés y revistas. Sin embargo, acude de incógnito pues no quiere que lo sepa el padre de Verónica, mientras que ésta insiste en que se lo diga. La madre siempre se queda en el umbral de la entrada. Verónica, incluso, llegó a comprar un regalo para el cumpleaños de su padre. Mientras, ejerce ocasionalmente, y sin mucho entusiasmo, la prostitución, y sigue puntualmente una telenovela… Por esa desacralización de la sexualidad y por la ternura y comprensión que inspiran los personajes, me ha recordado a otra brillante historia que he visto este año, Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006), aunque ésta última más colorida, lúdica y explícita. Pueden parecer típicas historias de amor para un público gay y queer (transgénero), pero la verdad es que también tienen la enorme virtud de cuestionar arraigados prejuicios a partir de conmovedoras experiencias cotidianas. Por cierto, la delicada música (Thomas Dybdahl, Antony and The Johnsons…), los flashes en blanco y negro con voz en off, y los recurrentes almendros en flor, son agradables aditamentos de la trama. Página oficial (sólo en danés): http://www.ensoap.dk/.

 

Reggae en Roma

Reggae en Roma

 

El viernes tocó durante dos horas largas el grupo “Radici nel Cemento”. Fue en el Centro Social Okupado “Villagio Globale” (también llamado Ex-Mattatoio) de Roma. Según el cantante del grupo, el mejor espacio para conciertos de toda la ciudad. Seguramente se trataba de un elogio apropiado, y no sólo de la típica arenga a la afición local (no se dan cuenta muchos cantantes de lo desfasado que a menudo suena eso de “¿qué tal la gente de Vigo (o de la ciudad que corresponda)?” o “me encanta venir a esta ciudad…”, cuando cada vez hay más foráneos y nómadas acudiendo a los conciertos). El Villagio Globale es, ciertamente, enorme. Bajo la carpa del concierto acogería, de forma aproximada, a más de 5000 personas holgadas, y eso que durante la actuación central el público la llenaba a rebosar. En el edificio principal había varios espacios (biblioteca, habitaciones para talleres, bares, patio con mesas, etc.) y, entre ellos, otra sala acondicionada como “dance hall” con su DJ particular, algo más ecléctico en cuanto a las canciones que mezclaba, pero regresando a temas clásicos del reggae a cada poco. También antes y después del concierto amenizaron aquella noche sin fin magníficos DJs que hacían flotar al personal administrando sabiamente los efluvios de todas las cosechas del reggae. Radici nel Cemento debe ser un grupo bastante veterano en la escena alternativa italiana y, a juzgar por lo visto, moviliza a miles de seguidores por todo el país. Los tres de la sección de metales se lo pasaban en grande representando sus coreografías y el cantante principal bordaba las canciones. Entre una mayoría de melodías reggae introdujeron trepidantes ritmos skas y raggas (con algunos amagos rockeros a la sazón) que hacían vibrar a tantos fieles incondicionales. Y no podían faltar las exaltaciones de la filosofía pacifista, junto con otras llamadas a la “desobediencia”, a la libertad de un preso político kurdo y a la despenalización de la marihuana. Todo muy dentro de los cánones. Para mí, sin grandes innovaciones musicales con respecto a tantos otros grupos semejantes (y, en el género mestizo, a gran distancia de aquellos conjuntos tan imitados como Los Fabulosos Cadillacs o Mano Negra), pero con una puesta en escena sin mácula, armónica, contundente y bailable hasta la extenuación. Por cierto, mucha más mezcla étnica e interclasista en la audiencia que, por ejemplo, la que había (mucho más pija) en el festival de música electrónica independiente al que asistí en otro centro social (ya no okupado, aunque lo mantengan en el nombre, el Rialto). Y los precios en el Villagio Globale, bastante asequibles: la entrada, 7 € (5 si se llegaba antes de las 22,30 h.), y los zumos y botellas de medio litro de agua a 1 €. Las actividades musicales de los centri sociali de Roma aparecen en la guía del ocio semanal de venta en los kioscos: Roma c’è. Las de carácter más social y político, como la semana zapatista en el antiguo manicomio llamado Ex Lavanderia, hay que buscarlas por otros medios: un listado de websites, por ejemplo, se puede consultar en http://matteoroma.altervista.org/.

 

devocionario psicodélico

devocionario psicodélico

In the greatest sessions

One does not know that there is a guide

 

In the next best sessions

One praises the guide

 

It is worse when

One fears the guide

Or when one pays him

 

If the guide lacks trust in the people

The trust of the people will be lacking

 

The wise guide guards his words

And sits serenely

 

When the greatest session is over

The people will say:

“It all happened naturally”

“It was so simple, we did it ourselves”

 

 

                .....

 

 

When the harmony is lost

Then come clever discussions and

“Wise men” appear

 

When the unity is lost

Then come “friends”

 

When the session is plunged

Into disorder

Then there are “doctors”

 

 

Timothy Leary. Psychedelic Prayers & Other Meditations

 

 

 

ejercicio de eternidad

ejercicio de eternidad

No importa lo que creas.

Tan sólo actúa dentro de ti.

Con la lentitud del manantial en la cumbre.

Reconoce la paz cristalina que te habita ahora.

No importa mañana.

Desanuda las trabas que te impiden caminar.

Deja a un lado las culpas que obturan tu hálito.

Tu aurora es ahora.

Puedes asir las manos cálidas.

Las que te acarician la conciencia de infinitud.

Disipan el ocaso.

Liman las aristas.

Puedes nutrirte de la belleza del horizonte.

El universo entero es abundante y generoso.

Todo lo que vive, morirá.

Todo lo que vive nace de lo que feneció.

Todo lo que muere, se regala.

No necesitas forzar esas mutaciones.

Sólo goza en tu austeridad.

Hasta olvidar lo que duele y se debilita.

Estos instantes son los que importan.

Cuando reúnes la virtud de traducir.

Y te hermanas con lo imprevisto.

Te deslizas suavemente.

Tu luz da.

Compartes el banquete de dicha.

En el silencio oyes el crujir de las hojas.

Y el vientre del cosmos que te engendró.

Sólo así sientes tu libre albedrío.

Es un sueño hilvanado con el tiempo.

Coraje solar.

Semillas de voluntad.

Deseos de ser.

 

parece cine

parece cine

 

Cuando en su momento vi la magnífica “Dogville” (Lars von Trier, 2003) ya dejé huérfano a este blog de mis impresiones. Ahora, después de ver la última película del mismo director, “El jefe de todo esto” (2006), no puedo prolongar más la indiferencia. Y, ante todo, lo que me gustaría resaltar es que las dos son narraciones perturbadoras y brillantes. Reconstruyen de forma verosímil varios conflictos morales en torno a la ayuda, el abuso, la venganza, la manipulación… Y son brillantes, además, porque discurren al modo clásico de “presentación, nudo y desenlace”, pero con originales e inesperados detalles en cada escena y escenario. Ahora bien, parecen cine; pero parecen, mucho más, teatro. El mismo director ha declarado hace poco que cada vez es menos dogmático con respecto a los principios del movimiento cinematográfico Dogma que contribuyó a abanderar hace más de una década. Pero en ambas películas todo se concentra en los personajes y los diálogos. A su alrededor, el paisaje crudo. Para el consumidor masivo de productos audiovisuales, la ausencia de abalorios en estas películas -de música, de movilidad geográfica y de peripecias artificiosas con la cámara- genera inquietud, pero también concentración en el relato. Puro teatro. Lo mejor de “El jefe de todo esto” es el humor que destilan los absurdos acontecimientos que le van sucediendo al insólito protagonista: un fracasado actor que es utilizado por el dueño de una empresa de informática para representar el papel de director de la empresa. Puro metateatro. El dueño ha pasado años oculto entre el resto de empleados para así ejercer mejor su dominio sobre ellos: inmiscuyéndose impunemente en sus sentimientos más íntimos (y manipulables). Ahora quiere vender la empresa a una firma islandesa y en la transacción será despedido todo el personal sin ninguna compensación. Los daneses representan el papel de los “sentimentales” habitantes del “sur” nostálgicos de su imperio colonial sobre los islandeses, ahora bajo el prototipo de más disciplinados, productivos y con mayor racionalidad empresarial. Otro metarrelato. El actor descubre un público inesperado para sus dotes interpretativas, pero también una oportunidad para ser fiel a su ética. Fiel hasta la suma contradicción. Como todos los demás. Y las consecuencias finales, inesperadas y dramáticas, ya no parecen responder a la voluntad de ninguno de los personajes en particular. Pura sociología.

 

lo que se esfuma

lo que se esfuma

 

Puede ser que no me entiendan.

 

Ya estoy acostumbrado. Esas palabras tan raras.

 

Pero no puedo evitarlo: esas ferias tan kitsch,

esos razonamientos tan naïve.

 

A un loco sólo le entiende otro loco.

 

Por eso la mímesis, el camaleón. Aun

antropomórfica.

 

Y el chucrut, el esperanto, Kandinsky, el tantra, los sms,

el trip-hop. Esos códigos.

 

En fin: sólo quería reparar esta cremallera, que se atasca.

 

(¿Amor a los silogismos? Podría ser un título.)

 

 

Silvia

Silvia

 

Es muy tarde. Tarde en la noche. Tarde en mi vida. A los cuarenta y cinco ya sabes cómo digerirlo todo. Tragas y expulsas. Conclusión: conoces a la perfección tu vacío interior. Y aquella niña me maravillaba por eso. Por crearte la ilusión de que aún no sabes muchas cosas. Pero ella tenía veintidós. Era mi alumna, aunque a la mayoría de futuras ingenieras informáticas esto de las matemáticas les suele parecer un simple divertimento. A mí me daba igual. Lo que no soportaba era aquella corriente eléctrica. No, no era la del aula de ordenadores. Era el chispazo, el calambre que me aturdía cada vez que me encontraba con aquella niña a menos de un metro de distancia. Incluso más lejos. Cada vez que cerraba los ojos y la veía. La erección era inmediata y vergonzante. La quería evitar a toda costa. Mis principios éticos me obligaban a no traspasar esos límites. Es cierto que somos adultos. Es cierto que otros profesores no tienen escrúpulos de ningún tipo. Es cierto que no perdía nada por insinuarle algo. Pero debía ser al finalizar el curso, sin notas ni posibles chantajes emocionales por medio. Justo cuando todas se olvidan de que existes. Cuando ingresas en la categoría de los viejos profesores. Con un pesado cargamento a cuestas, tal vez invisible, pero más que evidente para esas tiernas criaturas. No hay más que ver sus elecciones de juventud: todo está por hacer, se juntan con quien no es nada, pero tampoco pierden nada si se desjuntan. Es mejor así. No me hago ilusiones. Nunca me las hice, de todos modos. Y casi nunca, pues, se daban las oportunidades para las insinuaciones. Tras la revisión de exámenes borraba todas las huellas. En el caso de Silvia, sin embargo, me pasé una larga hora contemplando fijamente su ficha antes de destruirla. Su teléfono y su correo electrónico. Podría proponerle ayuda para alguna investigación. Pero sería un burdo engaño. Todas mis investigaciones son teóricas y esotéricas. Rehuyo todo trabajo en equipo. No sirve más que para aparentar y entorpecer. Me basto a mí mismo. Pensé que en la universidad me dejarían en paz con mis especulaciones. A duras penas, no obstante, conservo mis oasis para leer y pensar. Lo que no puedo controlar de ninguna manera son las explosiones de magnetismo como las que me asolaban con Silvia. Nunca sabré si ella experimentaba algo semejante. Y eso me duele. Más por curiosidad científica que otra cosa. La verdad es que no tengo ni idea de qué es eso de enamorarse, aunque sospecho que no es nada de lo que me ocurría con Silvia. El atractivo que irradiaba no era enfermizo, estoy seguro. Podía haber cometido alguna torpeza si la hubiese llamado o invitado a tomar algo, pero poco más. Lo único que deseaba era seguir ahí electrocutado, a su lado, eternamente. Lo más probable es que de forma asintótica, para qué engañarnos. Hasta que el aburrimiento, el desgaste, el aumento de la entropía, la vida misma nos volviese a separar. Lo que ocurre es que a mi edad y en mi decadente estado, una simple reciprocidad como aquella me hubiese parecido el regalo más milagroso de la naturaleza. No me importa la soledad, no me hace daño, hay cosas peores. Ahora ya es tarde. Ahora me doy pena a mí mismo. Soy tan inepto. Al desaparecer Silvia es como si me hubieran extirpado una vértebra. Tal vez me lo merezca.

 

Lo que nunca debí hacer fue confesarle a Pierre mi debilidad. Lo supo tres meses después de que comenzásemos a encontrarnos regularmente en su casa. Él es también profesor. De historia de la música, aunque eso es lo de menos. Joven, ambicioso, seguro de sí mismo, el que desprecia los abismos interiores. Pero también sensible y enigmático. Conocía a Silvia desde el instituto. Fue ella misma quien me lo presentó. Venían juntos a preguntar alguna minucia burocrática. A Silvia le brillaron los ojos pícaros y sus labios carnosos de vampiresa se movieron juguetones y cadenciosos mientras me decía el nombre de su amigo. Debió sospechar que yo era homosexual. De igual modo que, al parecer, estaba segura de que esa era la condición de Pierre. Salí con él durante cuatro meses. Una relación iniciática, simplemente. Me lo puso fácil, me lo ofreció todo. Y no perdía nada por probar. Apariencias y prejuicios me importan un rábano. Y, por otro lado, ligar o, más bien, intentarlo desesperadamente, me resulta una pérdida absurda de tiempo. Si con el sexo opuesto no puede ser, por qué no con el mismo sexo. Pierre era experto y atractivo, pero me sedujo con su compañía y su conversación provocadora. Retando siempre mi lógica y mis absurdas preocupaciones algorítmicas. Tenía algo de artista y de erudito a la vez. Lo que ocurrió fue lo habitual. No me enamoré, no sentí nada nuevo y decidí dejarlo. Cerrar el círculo. Volver a mi reclusión. A la espera de milagros. El de Silvia ya lo daba por perdido. Y más cuando la vi de nuevo con Pierre. Pero esta vez no se mostraban sólo como amigos. Para Pierre debía ser la primera vez que se emparejaba con una chica, aunque esta aventura parecía más un alarde de despecho que una verdadera inquietud emocional. Pero era hábil y seductor. Eran jóvenes, con muchas incertidumbres en los intestinos. Lo comprendía perfectamente, pelillos a la mar. Lo que me ha destrozado por dentro es la noticia de la muerte de Silvia. No llevaban ni quince días juntos. Nadie sospecha que pudieran reñir, tan amigos y fraternales desde hacía años. Nadie sabe que Silvia era uno de mis deseos de infinitud. Nadie percibió mi intimidad con Pierre. Todo discurrió de forma muy discreta. Los periódicos sólo dijeron que una escaladora había sufrido un accidente mortal en compañía de su novio. Un deporte arriesgado. Los que buscan su interior en las alturas de las montañas. Pierre, consternado. Aparentemente. No lo quise aceptar, no soy tan crédulo. Algunos accidentes tienen causas si se sabe buscarlas. Y yo era el culpable último de que se apagasen los latidos de aquella dulce incógnita. No puedo dormir. Es muy tarde. Nada ahí fuera tiene las respuestas.

 

listas hiperrealistas

listas hiperrealistas

 

cosas que me ponen contento:

 

olvidarme del día de la semana que es hoy

porque no dejo de pensar en sus labios

lujuriosos

 

sentarme en la playa a contemplar mujeres

joviales y esplendorosas mientras leo un libro

de epistemología

 

salir a correr con Luis hacia esos crepúsculos rosados

de primavera y que Luis me diga que repito

mucho la palabra ‘paradojas’

 

aquellas manifestaciones donde se coreaban

canciones embriagadoras y por las que mamá

temía una peligrosa revolución

 

hacer planes, improvisar, deshacer los planes,

provocar, convocar y revocar los desconchones

del alma

 

ver películas líricas, tener sueños eróticos,

escribir listas

utopías

utopías

 

Los últimos libros que he leído no son literatura al estilo clásico. Pero me permiten jugar a deslizarme desde la realidad a la ficción y viceversa, como si resbalara por una banda de Moebius. Por una parte he rescatado de la marginación “Walden Dos” de Benjamin F. Skinner (1948). Marginación en mis estanterías, pues los psicoanalistas y freudomarxistas lo asediaban implacables y lo mantenían en el ostracismo desde el día en que lo encontré en alguna librería de viejo. Skinner era un psicólogo conductista que, sin embargo, creía firmemente en la perfectibilidad humana y en un mundo futuro armonioso, cooperativo y guiado por simples principios científicos. Y así escribió “Walden Dos” que, todo hay que decirlo, no es ningún prodigio literario, al revés que ocurre, por ejemplo, con dos de las contrautopías que sí figuran entre las narraciones imprescindibles del siglo pasado: “1984” (de George Orwell) y “Un mundo feliz” (de Aldoux Huxley). Alguna otra utopía que a mí también me asombró fue “Ecotopía”, de Ernest Callenbach, quizás por su crudeza realista ante las cuestiones ecológicas y bélicas. Walden Dos es menos desalentador de lo que suponía y comparte muchos elementos con las distintas versiones de comunismos igualitaristas, aunque deja muchas lagunas de ambigüedad en manos de supuestas ingenierías de la conducta, de la cultura, del gobierno, etc. El segundo libro que, sin embargo, me ha dejado mejor sabor de boca es el relato de las aventuras y desventuras de una comuna que intentó seguir al pie de la letra las especulaciones de Walden Dos. Se trata de “Un experimento Walden Dos. Los cinco primeros años de la comunidad Twin Oaks” (Kathleen Kinkade, 1973). En este caso la historia se presenta como una crónica verdadera y la prosa es mucho más fluida. No pude evitar sonreír con frecuencia, quizás debido a que me acordaba de muchos otros libros semejantes que leía con fruición hace años (los de Pepe Riba y Keith Melville, por ejemplo) y de tantas experiencias urbanas y rurales que siempre me han apasionado. El pasado fin de semana visité, precisamente, a unos amigos que llevan unos años iniciando un nuevo intento de vida en común en las cumbres de la sierra del Suído (Pontevedra). Y en unos meses iré a un congreso sobre utopías en Plymouth (Inglaterra). Así que no debo estar tan inmunizado como pensaba. Lo que me sigue fascinando es el poder performativo de algunas palabras, de algunas historias de ficción y hasta de sociedades completamente inventadas. ¿Por qué son tan persuasivos esos “cuentos” que impelen a actuar, a creerlos y a hacerlos realidad? ¿O por qué hay gente que se deja persuadir? ¿O por qué vemos una persuasión donde sólo hay experimentos vitales que cogen algo de unos libros, algo de sus propias vidas y algo de muchas otras vidas a su alrededor? La realidad, no obstante, es más tozuda y 40 años más tarde Twin Oaks no parece haberse atenido mucho al espíritu y letra de Walden Two (http://www.twinoaks.org/clubs/walden-two/bastard.html).

 

 

 

 

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

Ya no compartirás la clara luna

ni los lentos jardines. Ya no hay una

luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, luz de agonías.

Adiós a las mutuas manos y las sienes

que acercaba el amor. Hoy sólo tienes

la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)

sino lo que no tiene y no ha tenido

nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.

 

J.L. Borges

 

The Mother's House

The Mother's House

 

Entre las películas que se han presentado acerca de la dureza de las condiciones de vida en países africanos, “The Mother’s House” (Francois Verster, 2005) fue la que, sin duda, mejor calidad narrativa y fílmica demostró. Parecía una auténtica obra de ficción. Las protagonistas parecían ajenas a la presencia de las cámaras la mayor parte del tiempo. Se peleaban, lloraban, se intoxicaban como si de un “reality show” se tratase. A través de los dilemas y sufrimientos de Miché desde que cumple once años hasta que llega casi a los dieciséis, se nos muestran las dificultades de su madre seropositiva que tiene un nuevo bebé y que vive conflictivamente con su hermana, su sobrina y la matriarca de todas (madre de unas, abuela de otras). Ésta última, una operaria de cadena de montaje que no ha conocido más horizonte en su infancia que luchar contra el Apartheid y mantener una estricta disciplina en el seno de su familia. Pero la madre de Miché, abandonada por su marido y aún enclaustrada en la casa materna junto a sus propios hijos, descarga toda su ira sobre la pobre adolescente. Miché sólo piensa en abandonar cuanto antes esa familia opresiva y el propio gueto en el que viven, pero tras una breve estancia en Johannesburgo con una tía igual de autoritaria, regresa a casa y acabará cediendo a las tentaciones del cristal, la cocaína y la heroína que constituyen la primera afición de sus amigos más próximos. Aparte de una tímida tentativa final de Miché por acudir a un centro de desintoxicación, apenas hay aquí acciones que cambien radicalmente las circunstancias de vida. De nuevo parece que las personas se dejan arrastrar por la condición social que les ha tocado en suerte o, más precisamente, en desgracia. Ni siquiera en la democracia post-apartheid hay escapatoria. Y sospechamos que Miché no será nunca esa doctora que le gustaría ser de mayor para hacer algo que cure a su madre y con ello conseguir, por fin, que ésta la quiera.

 

Kha-Chee-Pae

Kha-Chee-Pae

 

Kha-Chee-Pae” (Miroslav Janek, 2005) es, sobre todo, una obra poética, un difícil juego de funambulistas entre los sentimientos de ausencia de los niños de un orfanato checo. Entre los niños hay ternura y agresiones, fantasías desbocadas, juego e incertidumbre. Lo mejor del relato es que los mimbres se van tejiendo con sorpresas continuas para el espectador. Unas veces son los propios niños los que filman e inventan sus propios cuentos. Otras veces parece que los cineastas les regalaron historias de animación a los niños. Las entrevistas directas a los niños son breves, nada condescendientes por parte de los entrevistadores, y no se acumulan académicamente. Lo primero era jugar y grabar jugando. Los adultos casi no se dejan ver, pero sabemos que están por ahí, detrás de las cámaras, por sus sombras, acciones y referencias. Los niños, finalmente, no aparecen como dulces angelitos o tristes víctimas de situaciones familiares trágicas. Son muy distintos entre ellos, más o menos activos, conscientes de sus vínculos con otros niños y con sus propias ficciones. No se trata sólo de una descripción de un recinto institucional de reclusión, sino de ir destapando velos y conflictos gracias a una actitud de entrega al juego por parte del director (y suponemos que también del resto de su equipo) del documental. Toda una lección de arte participativo. Y en medio de la penumbra anoté dos frases que me recorrieron la columna vertebral como un escalofrío: ¿Habéis visto toda la belleza que hay alrededor? Llenad las horas de felicidad como un jardín de flores.

 

Estrellas de la Línea

Estrellas de la Línea

 

En “Estrellas de la línea” (Chema Rodríguez, 2006) se vuelve al manido tema de la prostitución. En este caso es un barrio de la capital de Guatemala. Las prostitutas parecen ejercer por libre, sin patrón por medio. Pero también sin amparo legal ninguno, sufriendo abusos policiales, clientes violentos, la tiranía de sus toxicomanías, las necesidades de sus hijos, el aislamiento de sus familiares, el encarcelamiento de sus parejas. Una línea de ferrocarril es el centro de la calle y en ella juegan al fútbol el hijo y marido de una de las prostitutas. Una mujer anciana que también fue prostituta en el pasado y ahora es alcohólica, casi ciega y a la que el huracán Mitch le dejó sin sus paredes y techos de cartón, les vende condones a las prostitutas jóvenes y les lava la ropa. Y canta boleros divinamente. Y tiene un compañero también anciano que la quiere y le está reconstruyendo un nuevo habitáculo. Lo fascinante de la historia es que un joven homosexual anima a las prostitutas a constituir un equipo de fútbol y a aprovechar los partidos para exigir respeto y denunciar sus calamidades ante el resto de la sociedad. Las chicas se entrenan, juegan, pierden casi todos los partidos, se divierten, viajan y entre medias nos van relatando sus penurias, sus conflictos inacabables, enredados en múltiples elementos ajenos e inherentes, a la vez, a su voluntad. No hay ningún final feliz. Eso es lo más estremecedor del relato. Los momentos de felicidad son tan escasos y milagrosos que constantemente esperas alguna resolución sorprendente. Pero no. La vida sigue ahí enredada, el barrio convertido en un gueto con sus muros invisibles. Han intentado cambiar algo en sus vidas, no hay duda, y han recibido ayudas externas que las respetaban y las dejaban decidir, y todo eso es ejemplar. Pero las losas sobre esas vidas son duras y pesadas. El director del documental se va desolado, nos deja desolados. Un capítulo más del feminicidio mundial que no parece indignar a gobernante alguno, ni en Guatemala, ni en México, ni en Tailandia, ni en España.

 

 


play-doc

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Esta tercera edición del festival Play-doc me ha venido como anillo al dedo. Si ya me había fascinado la programación de documentales sociales los dos años anteriores, en esta ocasión me he sumergido en casi todas las proyecciones a modo de terapia. El desencanto con la realidad académica no me desangra, no paraliza mis inquietudes con las realidades urgentes, invisibles y estremecedoras que nos atraviesan. En un festival como este, además, no se trata sólo de relatos en una pantalla sino de un encuentro social donde compartir comentarios, conocer algunos detalles y opiniones de quienes idearon las filmaciones, reconocer a quienes se reúnen junto a ti para aceptar la interpelación de esas historias. Historias muchas de ellas distantes y dolorosas, casi todas alejadas del preciosismo naturalista, a buen seguro fruto del agudo criterio de los organizadores que con tanto afán se entregaron a convocar, difundir y seleccionar las obras. Me produjo una tremenda empatía sólo atemperada por la distancia que siento ante cualquier evento que exija mucho dinero, hoteles y consumo ostentoso. Pero habilitaron un bar con precios muy asequibles, derrocharon música y amabilidad a raudales, subvirtieron las vallas publicitarias de la ciudad, nos regalaron juegos de luces y de signos mínimos para nuestros sentidos, invitaron a gentes extravagantes a compartir sus vanguardias. La terapia, como se ve, es sólo eso: una bocanada de aire fresco, de sociedad, arte y denuncia de este miserable mundo que aplasta tantas vidas.

 

Y los documentales que me maravillaron: “Estrellas de la línea” (Chema Rodríguez, 2006), “Kha-Chee-Pae” (Miroslav Janek, 2005), “The Mother’s House” (Francois Verster, 2005), “Pensando en soledad” (Marcos Nine, 2006), “Bullshit (Pea Holmquist y Suzane Khardalian, 2005) y “Popaganda: The Art and Crimes of Ron English” (Pedro Carvajal, 2005). Más información en www.play-doc.com

 

 

No quiero morir en la carretera. Como todas esas

alimañas que yacen sobre el asfalto en su mancha roja.

No quiero morir. Aunque hay días que me siento

como si resucitara. Me han matado muchas veces

pero las balas me han atravesado. Y me miro perplejo.

Extrañado por los nuevos orificios y porque sigo

sobreviviendo a las balas, los días y los asesinos

de tres al cuarto. No sé si les falla la puntería o si

mi corazón va por libre y las esquiva ágil cual androide

de Matrix. En serio, no quiero morir. Ni contemplarme

horadado, ni enorgullecerme de mis fracasos como

ese edificio de Sanchinarro con el vientre perforado.

Y juro por Borges que no se trata sólo de mi yo poético

que ya sufre bastantes metástasis el pobre, a mi pesar.

Estoy harto de morir. De morir viajando, trabajando,

fracasando, denunciando, opositando. También es cierto

que, como buen inconformista, me hartaría fácilmente

de lo contrario. Así que no tomen esto como una queja.

Es sólo una declaración de amor.