Escucho
música,
tonalidades,
orígenes,
influencias,
me extraño,
voces,
modulación,
negritud,
en qué
capas
de memoria,
cuál
se arracimará
contigo.
Fotografía: Bill Henson
Escucho
música,
tonalidades,
orígenes,
influencias,
me extraño,
voces,
modulación,
negritud,
en qué
capas
de memoria,
cuál
se arracimará
contigo.
Fotografía: Bill Henson
Ajusto
mi hora
a la tuya,
silbo,
más
presencia
que un lugar,
el tiempo
sin cuenta,
mirarnos
en el reflejo
del reflejo.
A la cumbre
en avanzadilla
llegas.
Escalones,
rompiente
de un mar
lúcido,
se acaracola
tu cabello,
bate,
eres el
vértice,
un cielo
encapotado,
dialogar
con el
extremo,
lentitud,
labios
que piden
agua
y labios.
Fotografía: Edward Weston
Dentro
de ti,
la soberanía,
lo mejor,
farolillos,
sal y
pimienta,
órbitas,
elipses,
la gota
que cae,
dudas,
hilos,
un alud,
el albor,
espuma,
ebriedad,
el tacto,
la única
ley.
Fotografía: Marc Sijan
En la mejilla
el poema
te toca.
Y desciende
grados
de latitud.
Al margen
de tiempo
y entorno,
de acuerdo
a tu
intención.
Después
ya podremos
dormir.
Fotografía: Dennis Soap
Para que
continúes
ahí.
Contra viento
y marea.
O a favor,
según
se tercie.
Más que
suelo.
Más que
corazón.
Más que
corriente,
refugio,
complicidad.
Por lo
insólito
y lo sublime.
Por lo
que incitas
a nacer.
Repercusión.
Horadar
lo que
obstruye.
Calizas.
Asfalto.
Abandono.
Exceso.
Por lo
fértil, contra
el ubicuo
dolor.
Fotografía: Bill Brandt
El poema es
para regalarte
los oídos.
Pluma.
Tacto.
Brisa.
Marea.
Para debajo
de tu ropa.
Tatuaje.
Dactilar.
Poema práctico.
Ungüento.
Lana.
Mascota.
Iluminación.
Puedes
abrazarme
con el poema.
Fotografía: Jordan Sullivan
Esta dedicación al cultivo de ti
-paisaje, amor, belleza.
Rutina, perplejidad.
Servicio público.
Fotografía: Tono Carbajo
Una semana hecho añicos.
Piezas desencajadas que se interrogan
qué es
lo que las une. Si es
o cuándo.
Árbol, nudos, frío.
Fotografia: Tono Carbajo
Dios
no trabaja por ti.
Aunque puedo entender
que tú quieras trabajar para Dios.
Dios
no te da los medicamentos
que necesitas.
Eres libre, eso sí, de pensar que fue su mente
la que iluminó a quienes investigaron su química
hasta el insomnio.
Dios
no paga tus facturas ni tus impuestos.
Esos asuntos menores, dirás,
solo interfieren
en nuestro camino seguro hacia el paraíso.
Donde nadie los reclamará.
O serán perdonados. (Pelillos a la mar.)
Dios misericordioso no salva
a las miles y los millones de criaturas
que perecen a cada minuto en esta tierra, la que es.
Dios
incluso
anima a algunos a persistir
con la carnicería.
Me irrita Dios.
No quienes se aferran a su idea infinita
sin otros daños colaterales.
Dios
que funda escuelas, conventos, empresas, ejércitos
y no se apea de la boca de presidentes.
Dios
como negocio de las almas, ofuscación, axiomática.
Me irrita
porque he visto los daños.
Y porque no pretendo barrerlo de un plumazo de esta faz
ni de las cavidades de ultratumba en donde han nacido todas
sus máscaras.
Que se las arreglen como puedan
con sus divinidades.
Y que dejen de dar la murga con el susodicho.
Para mí Dios solo puede existir cerca o dentro de ti.
Vacío la papelera con un golpe seco de click.
Sin mirar qué había dentro.
Atrás.
No vaya a ser que te encuentre
también ahí.
De momento, un peso menos en la memoria.
Ilustración: Fredeik Ratzen
Tal vez han pasado veinte años desde que leí sus cuentos y poemas.
Madrid era pequeño en mi cabeza.
Alquimistas iluminados, hermeneutas, viajeros impenitentes.
Brechas
en el tedio, ansiedad por explicar guerras civiles, traumatismos.
Barruntar los límites de la ciencia sin caer en la mística ni en fuegos
artificiales.
Pero Borges es un taimado narrador de cábalas y paradojas,
enrevesadas trayectorias que conducen a la nebulosa del presente.
Amores de los que solo fallece el cuerpo.
“El mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior.”
“El Aleph es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes.”
“Para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.”
“Aleph es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos.”
“Aleph es el nombre de la primera letra del alfabeto.”
“No preciso erigir un laberinto cuando el universo ya lo es.”
“Un dios sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna palabra articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo.”
El libro se ha humedecido de sudor mientras andaba al trote
por las montañas.
Es una edición amarillenta de 1968, impresa en Buenos Aires, aunque la fecha
original data de 1957. En ninguna de las dos yo había nacido.
Las ficciones del pasado, en definitiva, pretenden contener
los pensamientos del futuro.
¿Soberbia, omnipotencia?
Acabo la lectura en la cafetería del cine. La película japonesa (Still the Water, Naomi Kawase)
señala la necesidad de la aceptación de la muerte. Hay tifones, un chiringuito
en la costa, romanticismo adolescente.
Me pregunto cómo las ficciones propias y ajenas me contienen. Sobre todo hoy,
un día aciago.
Me pregunto si lo que escribo correrá la misma suerte
que esas hojas de pasta de papel más vieja que yo,
destinadas a desintegrarse poco a poco, como todos
nosotros.
Fotografía: Edmund Kesting
Que me
busques
y me
encuentres.
Si te
acercas
en son
de paz.
Que de
peleas
a librar
ya estoy
bien
servido.
Fotografía: Lars Botten
El fabulador Borges no pretende
sentar cátedra en torno a la teología
y sus disquisiciones de principio,
los crímenes y sus tramas,
los mitos de la civilización,
las bifurcaciones
violentas
de la historia.
Sin embargo, no duda en lanzar
sus perlas líricas y metafísicas
como balas envueltas
en algodón:
“En el cuarto no quedaban colores vivos;
el último crepúsculo se agravaba.”
“Somos las sombras de un sueño.”
“Ensayaba continuas metamorfosis,
como para huir de sí misma.”
“Cualquier moneda es, en rigor,
un repertorio de futuros posibles.”
Un tipo, se me antoja, bien apartado
de la economía política.
Ilustración: Peter Chadwick
Glosando de nuevo la sociología fantástica del maquinador
Borges, en la Historia del guerrero y de la cautiva
opta por sentenciar: “todos los individuos son únicos
e insondables” al mismo tiempo que cada cual
responde “al tipo genérico que de él y de otros muchos
como él ha hecho la tradición, que es obra del olvido
y de la memoria.”
Emplea el artificio con el mero propósito de insinuar
los paralelismos ignotos de las vidas más singulares
y extravagantes.
Por lo que en lugar de añadir mi nota a pie de página
o ilustrar con patetismo mis cuitas indiscernibles,
me limitaré a señalar la conjetura del escritor
al cierre de su relato: “a los dos los arrebató
un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón,
y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran
sabido justificar.”
Ilustración: Peter Chadwick
De acuerdo con el personaje que conoció
la inmortalidad en El Aleph de Borges
“no hay cosa que no esté compensada con otra”
y “en los juegos de azar las cifras pares y las cifras
impares tienden al equilibrio”.
Ceteris paribus, las especulaciones filosóficas
acerca del devenir y de la ignorancia de la razón
son el contrapunto idóneo a las rutinas minuciosas
que se inmiscuyen en la totalidad del ser
sin complejos ni atributos universales.
Valga de casuística la inevitable adaptación
a la finita soledad que sume al cetáceo
varado en la orilla después de haber surcado
dichoso el éxtasis natatorio en compañía
de sus amados congéneres.
Para otros preceptos de similar dialéctica
el argentino abastece de munición
en los capítulos a seguir.
Fotografía: Daido Moriyama
Que
lo bello
me rodee,
me asalte
por sorpresa,
me dé
la luz,
me toque,
me penetre,
me
radicalice,
me sea
capilar,
ubicuo,
arañazo,
sima,
góndola,
erupción,
placebo,
brutalidad.
¿Y qué
puedo con
el margen,
lo sucio
y compasivo,
el abandono,
lo real
en su
crudeza,
la aplastante
cotidiana
umbral
saturación
al filo
de la
necesidad
que grita
y
su
ruido
fulgor
donde
no hay
justicia?
Principios
de lo
ambivalente.
Ilustración: Kelly Ellsworth
La masajista thailandesa
que habla en chino cantonés.
La liturgia del silencio.
Sus manos y brazos y pechos
poderosos.
Los ungüentos aromáticos.
Mi resaca emocional.
Dormir como un bendito.
Pensar en versos.
Fotografía: Margaret Bourke
Pensar en versos.
La masajista thailandesa.
Sus manos celestiales ordenando
la malla invisible del cosmos.
Me ganará también en una decena más
de años y en prender la chispa
de un silencio sostenido en el aire.
Mientras despeja las piedras
de mi calzada y pasa cierta la hora
en el minúsculo cuarto en penumbra.
Flor de la virtud.
No didactismo.
Pensar en versos.
Ilustración: Guillermo Martín Bermejo
Dos equipos femeninos de voleibol
combaten en materia deportiva:
la selección nacional
de la República Popular China versus
las elegidas por la República Islámica de Irán.
No entiendo los subtítulos en la pantalla
y hasta me felicito por no reconocer
buena parte de la publicidad
que puntea el graderío.
Así presto atención
a lo que importa cada vez
que miro de reojo.
En este punto el lector o lectora
planteará una legítima cuestión:
que se manifieste,
que lo suelte ya.
¿Se trata de su rijosa perversión
por los cuerpos lozanos?
¿O de una mera afirmación liberal
y políticamente correcta: hay mujeres
en las canchas, en los estudios de televisión,
en el circo de la política, vean, son muchas
y capaces?
¿Acaso quiere incidir
en que los pañuelos sobre las cabezas
de las iraníes
y sus piernas y brazos a resguardo
de la intemperie lasciva
contribuyen al pluralismo
religioso?
¿O dirá, mejor, que “en realidad”,
“pese a las apariencias”,
“fíjense en los entrenadores
masculinos”,
“el encarnado color de la vestimenta”,
“la fuerza de sus rostros” o
"la primavera llama a las puertas
del estadio”?
¿Pretende hacer poesía
con el fácil recurso
a la crónica de banalidades
y chascarrillos?
¿Cuál es su altura lírica?
¿Odia, ama?
¿Es un pusilánime desertor del rugby?
¿En qué han acabado
las revoluciones en esas dos potencias
asiáticas?
¿Concluirá el poema
sin proporcionar un digno
colofón?
Fotografía: Henry Leutwyler
Aprender a andar en sentido contrario.
Quizá es el único modo de mitigar
esta resaca afectiva.
La devastación. Lo árido.
¿Por qué tanta torpeza
con ese lenguaje?
Ilustración: Guillermo Martín Bermejo