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ateo poeta

 

¿Qué poderes te podrían dar

el maquillaje o los tacones altos

que no tengas ya de sobra

con ese genio único

para domar leones?

 

Con el látigo

de tu desnudez creas

una fiera insaciable

en mí.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Voy a echar de menos

los juegos de magia

con los que me hacías

desaparecer.

 

La ventaja es que ya no

necesitaré aparentar más

lo bien que me sentaban

tus cadenas.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Aunque ahora tomamos

rumbos opuestos,

en realidad seguimos huyendo

hacia el mismo lugar

incomprensible.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Lo único que puedo amar

de ti con absoluta locura

no eres tú,

 

sino esa posibilidad

que señalas, aún latente,

de que yo sea.

 

Es cruel y voraz, lo sé,

pero es también tu derecho.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Mientras estuvimos juntos

no cesé de investigar

tu secreto, tu secreto

velado

 

más allá de las cenizas

de mi territorio.

 

Como en una pesadilla:

 

tras cruzar una frontera

aparecía otra, incisiva, armada,

no menos intrigante.

 

Y al despertar ya no estabas,

siempre te ibas pronto al trabajo.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Lo único que me interesaba

repetir era, tan solo, ese momento

de sorpresa golpeándome.

 

Ante cada nueva palabra

emitida por sus labios

en las cumbres nevadas

del placer.

 

Ante cada gesto sombrío

al vestirse,

o al contrario,

de acuerdo

a la temperatura ambiente,

 

Ante cada uno de sus pasos

desnudos

para ir a beber agua

o al cuarto de aseo.

 

Antes de despedirse

de mí, lacónica,

hasta no saber

cuándo.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

 

Te dije que me gusta

estar solo.

 

No me imaginé

que lo interpretarías

tan al pie de la letra.

 

Y si no te hubiera

dicho nada, seguro

que tampoco habríamos

acertado a encontrar

el punto medio.

 

Los dos somos animales

muy hirientes.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

 

¿Cuándo volverás a ese columpio

donde tus piernas aleteaban?

 

Mucho antes del otoño las besaré.

 

Ni la corriente imparable servirá

como espejo.

 

Eres la medida del resplandor

y del presente, por eso crujen

las dudas al pisarlas

por el camino.

 

Hemos de beber más.

 

 

Ilustración: Gabriel Viñals

 

 

 

Sabes que estás solo.

En última instancia.

 

Después de atravesar la luz,

las palabras comunes,

la espesura del mundo.

 

¿Es que, acaso, las ramas

de la ciudad

o los techos helados

de la montaña

pueden guarecer?

 

Todo recae sobre tu núcleo

e interpela.

 

Por eso desconfío

cuando me dices “para siempre”,

infinito amor”,

el único”.

 

 

Ilustración: Gabriel Viñals

 

 

 

Lloro de alegría y de placer

al retirar la corteza

de esos lychees magníficos

y comprobar su textura

perfecta y jugosa,

su pulpa exquisita, dulce,

celestial.

 

Un blanco impuro y húmedo

protegido por un rojo fuerte

y rugoso.

 

Esos dones de temporada,

tan extraordinarios.

 

Y dejo, por ahora, las metáforas

carnales al margen.

 

 

Ilustración: Gabriel Viñals

 

 

 

 

Yo nunca lucho por el amor.

 

Si me rechazas supongo

que lo tendré merecido.

 

Además, son de agradecer

estos golpes de realidad

en los músculos bien

entrenados.

 

Siempre me recuerdas

que soy más vulnerable

de lo que aparento.

 

 

 

 

Concluir una charla animada

con la acusación

de ser un pesimista.

 

Me ocurre a menudo

y me decepciona.

 

Son formas simples

de atajar las disputas

racionales.

 

Mis desafíos críticos tan solo

pretenden que encaremos

lo peor que ya existe

o que puede suceder.

 

Pero si sigo luchando y debatiendo

es porque las cosas están

muy poco claras.

 

Y porque algún faro continúa

encendido en la oscuridad.

 

 

Fotografía: Xyza Cruz

 

 

 

El espacio de lo íntimo

que se disipa al intentar

nombrarlo.

 

Limaduras y fragmentos.

 

Hablar o solo sugerir

que la comunicación es fácil

y sensible.

 

Todo el cuerpo entregado

a comprender.

 

Las barreras de lo privativo

y de lo llanamente público

socavadas, disminuidas.

 

A la intimidad accedes

sin abalorios.

 

 

Ilustración: Malika Favre

 

 


 

A menudo yo no elijo

sobre qué escribir.

 

Es tan apabullante

lo que ocurre

a mi alrededor

que se me inocula

sin que pueda

evitarlo.

 

La muerte súbita

de una persona cercana

a unos amigos

de largo aliento.

 

El tumor cerebral

de la madre

de una mujer

a la que conocí

apenas unos días

pero que sigue

mostrándome

su corazón claro

de par en par.

 

Alguien recuerda

la paciencia y el coraje

de Frida Kahlo

lidiando con sus dolores

múltiples

después de un fatal

accidente

sin descuidar por ello

sus múltiples

amores.

 

Una poeta

que vuelve a casa

lamentando

la falta de recursos

en el hospital

donde palían

como pueden

el cáncer

de su madre

y sucumben no pocos

en los pasillos.

 

Y con este panorama

quién soy yo

para quejarme

de un simple

constipado,

por más que lleve

dos semanas

haciendo

de las suyas.

 

 

 

¿Se puede amar

en una lengua extranjera?

 

A ella no le importa

chapurrear algunas palabras

en la mía.

 

Me llama en femenino

y mezcla términos en francés

o sacados de canciones

brasileñas.

 

Le quita hierro al asunto.

 

Yo le traduzco simultáneamente

algunas películas cortas

o poemas

y aplaude y comenta al margen

como si una preciada verdad

filosófica hiciese

su aparición

en ese justo momento.

 

Después me quedo solo

con mi lengua

y ya no sé cómo pienso.

 

Hasta el ruido del tráfico

que sube de la calle

se mezcla

con mis lecturas.

 

Y divago y dudo

más de lo habitual

pero ella no puede percibir

que todo se debe

a estas tontas

preocupaciones,

a no ser

que le ocurra lo mismo.

 

 

Fotografía: Xyza Cruz

 

 

 

 

 

Primero suelo escribir

poemas de amor.

Más o menos místicos

y apasionados.

 

Luego, todo cambia,

y escupo a rabiar

poemas de desamor

como un poseso.

 

Los que menos

me satisfacen

son esos que titubean,

que no saben

si vienen o van.

 

A estos últimos

debería arrumbarlos

debajo de la alfombra,

por pusilánimes.

 

 

Fotografía: Erika Kokay

 

 

 

 

Es una mujer

que tiene un saco

sin fondo

lleno de ideas.

 

Necesitará

varias vidas

para llevarlas

adelante.

 

Pero mejor

no le digo nada.

Quién soy yo

para hacer siempre

el aguafiestas.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

Han sonado varias canciones

de Tom Waits

en la reproducción

aleatoria.

 

¿Qué mensaje me querrá

transmitir hoy

ese pícaro

nihilista?

 

¿No le parece bastante

con lo que ya tengo?

 

 

Fotografía: Miguel  A. Martínez

 

 

 

 

 

Dice Kundera

que se cae en las redes

del amor

cuando es más fuerte

el deseo de dormir

a tu lado

que el de follar

contigo.

 

Ojo, que no está

diciendo

que el amor

sea inocuo.

 

Eso lo sabemos bien

los que padecemos

de insomnio.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

 

Tallaba los diamantes

de acuerdo a las pautas

de los diseñadores

de la empresa,

por unos treinta euros

la hora.

 

Cada vez que recordaba

la sangre vertida

para extraerlos

y reunirlos ahí,

en su mesa de trabajo,

le entraban ganas

de vomitar.

 

 

Fotografía: Xyza Cruz