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ateo poeta

 

¿Y no es mucho más

sensato esperar

a que las cosas

caigan por su propio

peso?

 

No digo que vayan

a aterrizar

con suave elegancia,

que casi nunca

es el caso.

 

Pero tampoco

hay por qué

acelerar la inercia

de la caída

y regocijarse

con lo lejos

que rebotan

los añicos.

 

 

 

 

Todavía me quedo

estupefacto

con esas mujeres

que cambian,

a la velocidad

de la luz,

de parecer.

 

Donde hace

unos segundos

afirmaban

"te quiero tanto"

ahora cuelgan

el cartel de

"ciao,

no me convienes."

 

Quizá sea

comprensible,

pero a mí

me provocan

numerosos

cortocircuitos.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

No os hagáis

ilusiones.

 

Lo del poliamor

no sale gratis.

 

Cuesta sus buenos

dolores

de cabeza.

 

Y es sabido

que la época

de rebajas

es un engañabobos

para liquidar

el género

sobrante.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Hacen un frente común. Gozan

de la libertad renegada por enésimo

número.

 

Se acoplan a las aristas

de un espejo distorsionado.

 

Nuestras nociones

que residen en varios puntos

de la línea de metro.

 

 

Fotografía: Eduardo Momenhe

 

 

 

 

Hoy me quedo en casa

interrogando al aire púrpura,

al metal, a la composición del verbo

extraído de la raíz.

 

El libro me lee y me reseña

con una nota al margen.

 

 

Ilustración: Paula Bonet

 

 

 

 

Todos los corazones

están rotos.

 

Esa es su naturaleza.

 

Orificios por los que entran

y salen

los nutrientes.

 

 

Ilustración: Paula Bonet

 

 

 

 

La mujer ideal

se escabulle, incluso,

de todo intento

de idealización.

 

 

 

 

Hasta que el fuego

en los labios no me deje

olvidarte, dolorosa, áspera,

torbellino negro

del corazón.

 

Ave que apenas te has saciado

en la rasante de las aguas.

 

 

Fotografía: Estefanía García

 

 

 

Vuelvo a ser pez y cigarra

y turbulencia.

 

Resucito en el lodo.

 

Soy carne de lejanía

con la sazón

que tus labios quisieran.

 

De la bruma permanente

se nutre

lo memorable.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

 

Te dije que mi compromiso radical

es con el mundo asediado

y fugitivo. Nada que ver con esas

lamentables torres de marfil.

 

Y luego está toda esa belleza a punto

de nacer, humeante, la que transpira

desde lo subterráneo.

 

En necesaria intersección, claro.

 

 

Fotografía: Rebeca Mateos

 

 

 

 

Eras de grieta y corriente

a sorbos que obtenía

la traducción.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Se sentó a mi lado, cerró los ojos

y su cabeza iba tambaleándose

como un muelle unido

al resto del cuerpo.

 

Acabó reposando en mi hombro

y creo que los dos elaboramos

sueños muy fértiles

y deliciosos.

 

El mundo llegó a su fin

cuando salió disparada

con su maleta en una

de tantas estaciones

posibles.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

 

Creo que son mayoría

las historias que se acaban,

antes de empezar,

con un beso agridulce.

 

Ese contacto que detona

una mística revelación.

 

 

 

 

En el silencio de los pasillos

en época de vacaciones

oigo cómo zumban los misiles

que irrumpen en los tejados

de Gaza.

 

Mis párpados cansados de leer

ven cómo caen, uno tras otro, los cuerpos

calcinados desde ese avión comercial

derribado en el azulísimo cielo

de Ukrania.

 

Hay un espectáculo de danza

y una tramitación de impuestos

y gatos serios que deambulan

y la ceremonia del té

como si representaran un escenario

posible para todos

los ametrallados en Sudán,

Iraq, Libia, Nigeria o Egipto.

 

Contemplo la vida en la playa

y los trajes de baño coloridos,

la virtud de la pesca de bajura

y los fósiles a pesar de la erosión

y desentierro los cadáveres

de las almas milenarias

en Siria.

 

Me quitan el sueño los sobresaltos

mortales en las calles de Tegucigalpa

y de San Salvador, el infierno

en los trenes que van hacia el norte,

las violaciones en la India

tan llena de luces y sombras.

 

No tendría espacio para enumerar

todas las cárceles donde reinan

los crímenes más impunes,

todos los grupos armados

que instauran sus regímenes

de aquí mando yo y punto,

todas las formas de esclavitud

que no han sido abolidas

por la evolución

de nuestra especie.

 

No nos veíamos desde hacía

años y en lugar de declararte

mi amor platónico, te hablo,

en un tren de Tokyo

abarrotado, de todos los dolores

y muertos próximos

o lejanos

que me atormentan.

 

 

Fotografía: Aurora Pintado

 

 

 

 

No son muchas.

Digamos, para redondear,

que una por cada mil.

 

En cualquier latitud.

Pueden adoptar colores

más oscuros o satinados

en su piel, es lo de menos.

 

Su magnetismo radical

no deja indiferente, pero araña

las convenciones.

Resiste las etiquetas.

 

Si se agolpan varias al unísono,

estás de suerte porque es baldío

ponerse a contar.

Te asaltan y laminan.

 

Son la belleza del discurso,

el átomo en su acrobacia.

 

Las diosas que no exigen

oración.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Invocar tu presencia

desde este ángulo muerto:

 

los rastros y signos

que dejaste inconexos

antes de partir

y que podría recolectar

como si los vínculos no estuvieran

ya enmarañados

para siempre.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Según las ambiciones:

 

se puede evocar con modestia

o señalar sin pudor.

 

De algún modo debe emerger

lo múltiple

y lo barrido por siglos debajo

de la alfombra.

 

La borrosa apariencia

de rostros y voces acalladas

sin éxito en la cacofonía.

 

De algún modo producir

la reconfiguración en lo próximo

del poder y la palabra.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

A primera vista

es fácil deslumbrarnos

y sucumbir a los aparentes

encantos

como nos rendimos

al trino celestial.

 

Pero como no reserves tiempo

para excavar, dragar, reconstruir

las galerías subterráneas

y comprender la ciencia

de la minería,

dudo que se comuniquen

ambos mundos.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

Puedo entender que moderen

sus pasiones, la frialdad calculada

para no acabar malheridos.

 

Esa pragmática actitud

ante el fuego y la ola y la espuma

que son capaces de congelar

en sus acuarelas

de luz efusiva, sin miembros

ni dolor.

 

Las que me siguen escamando

son sus extremas válvulas

de escape.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 


Todos los trenes que salen de Tsurumi
paran en Yokohama,
pero no todos los trenes que parten de Yokohama
se detienen en Tsurumi.

Por eso en el viaje de vuelta
a esta minúscula habitación ubicada en Tsurumi
me confundo a menudo de línea
y entablo conversaciones surrealistas
con los residentes locales.

Sus gestos de sorpresa,
su respetuosas inclinaciones
y su amplio espacio de privacidad
se añaden a las sombras y pliegues
de la noche cuando todos regresamos
medio vivos del trabajo.

No hay rastros del cataclismo
y sospecho que sus ojos irradiarán
más brillo en la época
de los cerezos en flor.

 

Foto: Miguel A. Martínez