Podrás matar
a una hormiga,
pero no es tan fácil
descubrir
el hormiguero.
Fotografía: Xyza Cruz
Podrás matar
a una hormiga,
pero no es tan fácil
descubrir
el hormiguero.
Fotografía: Xyza Cruz
Ya lo veía venir:
de las erupciones
sabes cuándo
empiezan
pero nunca
si acabarás sepultado
bajo tanto exceso
de pasión.
Fotografía: Bill Brandt
Fue necesario el estallido
del volcán
para que salieran a la luz
tus diamantes.
Fotografía: Bill Brandt
Con esos ojitos
y esas dotes de seducción,
puedes venderme
la biblia en verso
que te la compraría.
Fotografía: Miguel A. Martínez
El tirano se jactaba
de su delicada sensibilidad
hacia las bellas artes.
Promovía la danza en concurridos
festivales,
instaba a erigir suntuosas
edificaciones y jardines
donde abundaban esculturas
exquisitas, tapices y frescos
de gran talla.
Creadores de todos los confines
eran invitados
a enriquecer el reino
con sus hábiles dotes
y variadas estilísticas.
La música sonaba a cualquier
hora tanto en los salones
de alta alcurnia
como en las plazas
habitadas por la población
más modesta.
Incluso la máxima autoridad
se permitía el lujo
de escribir versos floridos
en los momentos
de melancolía, después
de promulgar
la ley.
Muchos observadores
confirmaron lo útil
de aquellas veleidades
para que los súbditos
aceptasen, con ambivalencia,
eso sí,
aquel régimen
donde todo estaba atado
y bien atado.
Me ofrecí a posar desnudo
para que dibujasen de mí
lo que desconozco, la sombra
desde sus no menos críticos
puntos de vista.
Ya no era joven ni mi piel
tan tersa, ni mis músculos
sobresalientes, los defectos
más acusados, de existir
un canon que ni falta hace.
Pasé las horas sin ceder
a los pensamientos eróticos
para darle a mis pliegues
la aceptación del objeto
contemplado, útil, sedente,
para darles el hombre en paz
y el hombre en guerra
que jamás han hallado
armonía.
Luego salí a la lluvia
rotunda y poderosa
que me caló por completo
y me uní a los últimos
manifestantes en pie,
movidos por convicciones
que chocan siempre
contra un muro.
Los sueños envolvieron
mi garganta dolorida
y recordé cuando
comíamos las cerezas
subidos al árbol.
Ilustración: Malika Favre
Ya ha sucedido
otras veces
y me voy
acostumbrando.
Me anuncias
que tu agenda
es apretada
y que no sabes
si podremos
encontrarnos.
Y así transcurren
noches y días
y aunque recibo
muchos mensajes
de ternura,
apenas se te ve
el pelo.
Esa, la conozco
muy bien,
es la medicina
que yo siempre
administraba.
Fotografía: Yasuzo Nojima
Nadie quiere acabar
como un juguete roto
cuando ya es
demasiado tarde.
Por eso muchos
se retiran
a las primeras
de cambio.
Lo sublime
y el amor
siempre empujan
a un abismo
y a la ley
de la gravedad.
Fotografía: Vika Yasinkaya
Delegar en los asuntos
fundamentales
es como ponerte una soga
al cuello.
Para todo lo demás es mejor
compartir
las tareas agradecidas
no menos que las engorrosas.
Ilustración: Banksy
Te podrías ahorrar
muchas de esas lindas
palabras y planes de futuro.
Levantan demasiada polvareda
y luego toca limpiarlo todo
en profundidad.
¿Y si en lugar
de tantas supersticiones
dotáramos al amor
tan solo de su poder
para lo extraordinario?
Fotografía: Oli Sansom
¿Pueden soñar
y amar los robots?
Depende, claro,
de cómo definas
los verbos
(y hasta el sustantivo
tal como están
nuestros cuerpos
y almas
de hibridados
con tecnología).
Lo que sí pueden,
con una básica
programación,
es servirte
de animal
doméstico.
El punto de intimidad
se lo otorga cada uno,
mientras no se instale
un virus destructivo
en el sistema.
¿Y acaso sabemos
cómo sueñan
el resto de los humanos
si apenas nos relatan
los detalles
menores?
¿Y qué son, sino,
esos amores
virtuales
con los que
nos entretenemos?
¿Frutas de un día
que exprime
la máquina?
En fin, ya sé
que estas disquisiciones
poco aplacan
los estados pasajeros
de fiebre amatoria
o necesidad carnal,
pero, al menos, ayudan
a que no te salte el corazón
cada vez que alguien
te envía
un mensajito.
Me gustas tanto
que prefiero
no preguntarte
si fumas
ni seguir así
con la serie
de impertinencias
que tan bien
se me dan.
Ya se romperá
el cascarón
por sí solo.
Fotografía: Christian Coigny
Lo peor que podías hacer,
en este momento,
era escuchar
esos boleros melosos
y despechados.
Como si no tuvieras
ya ración suficiente.
Cuanto más inteligentes
y más chispa tienen,
más arrebato sexual
me provocan.
Aunque ellas
suelen inclinarse
por seguir charlando
y haciendo planes
para poner esta vida
del revés.
Y yo archivo o aplazo
mi lujuria hasta
que no aguanta más
y revienta
o se aplaca
por otros medios,
todo por amor
a la sintonía
de las ideas.
En cambio, qué tristes
resultan aquellos
cuerpos que son solo
libido, consumación
carnal y rehenes
del placer.
Después del vicio
queda ese enorme
desierto sin palabras
que me aleja
para siempre
de cualquier posible
reincidencia.
Fotografía: Christian Coigny
Al filo de cumplir 44
ha llegado la hora
de rebautizarme.
El nombre artístico
no puede ser
pretencioso
pero sí una ruptura
con las convenciones
molestas.
Acudo al linaje
materno
y a la tierra natal
por si acaso
hay reminiscencias
y simientes
encarnando
lo invisible.
Y encuentro cerros,
rápidos caudales,
riberas exquisitas
para la mansa
ganadería,
manantiales
que descienden
con ímpetu,
troncos
centenarios,
piezas de sostén
y el vigor
necesario
para resistir
sin claudicar.
No es mucho
pero mis ambiciones
son ya una íntima
materia.
No es poco
y promete.
Fotografía: Bill Brandt
Me volvía loco
tu actitud
pizpireta
y esa pasión
irrefrenable
por las pequeñas
cosas.
Eso sí, me lo pusiste
bien difícil
para seguir
el ritmo.
Ilustración: Malika Favre
Hay tres maneras
de estar desnudo:
a tu lado,
tiritando de frío
porque estás lejos,
sudando la gota gorda
porque hace un calor
de mil demonios
(y vuelvo a estar solo).
Ilustración: Malika Favre
Te quiero más
cuanto más libre
eres.
Fotografía: Bill Brandt
Cada uno tiene sus fetichismos
políticamente
incorrectos.
Los míos pretenden celebrar
las potencias deseantes
y la rebeldía.
Pero hay límites
que no alcanzo por más
que insisto hasta bien entrada
la noche.
Fotografía: Ed Ros