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ateo poeta

 

Se requieren altas dosis

de paciencia

y una franja de cielo

en la retaguardia

de la mirada.

 

Ese estado de ánimo

permite esgrimir

razones como puñales.

 

 

 

Cada poema nos obliga

a mostrarnos descarnados,

con crudeza,

en la justa vibración.

 

Más que una verdad,

obtenemos un falso

espejo del deseo

con sus afeites

y florituras.

 

 

Fotografía: Yulia Gorodinski

 

 

Un vez que desembarcas,

que haces las paces

con tu nueva morada:

sólo necesitas unos aperos

de cocina, unas frases

de aliento, olvidar

las lesiones.

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 

 

 

Por despiste he archivado

los poemas en la carpeta

de economía doméstica.

 

Será que estaban ateridos

por residir siempre

a la intemperie.

 

 

Donde quiera que vayas

los fragmentos,

las ruinas

y los pecios

sin norte

te indicarán

la ardua tarea pendiente.

 

Recomponer la belleza.

Recobrar la integridad

después de cada fracaso.

 

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

 

El amor es tan cansado.

Siempre echando leña

para avivar la llama.

 

Incluso cuando no lo aconseja

la temperatura ambiente.

 

 

 

Aquellos generales

nunca cesaban

de remover sus legajos

y de expresar sentencias

altisonantes.

 

Todo para arrastrarnos

al mismo teatro

de operaciones.

 

 

Vistieron al régimen

con un nombre común

y rubricaron su firma

los hombres de paja.

 

Ninguna máquina

paró su actividad

en las catacumbas.

 

 

Ilustración: Emma Kunz

 

 

Recibo un mensaje

de la China meridional:

le esperamos, no tarde,

buen viaje.

 

Y sigo haciéndome

cábalas.

 

 

Fotografía: Mariko Okada

 

 

 

¡Cómo me gusta levantarme

inspirado y subversivo!

 

 

Fotografía: Ana Nieto

 

 

 

Me han encargado un poema

políticamente incorrecto

para colgar en las paredes

de una reputada galería

de un país cualquiera

donde se ríe y se aplaude

y corre el champán

y la gente luce sus mejores

galas y hasta parece feliz

con toda esa carnaza

que les hemos arrojado.

 

 

Fotografía: Mathew Rolston

 

Los alegatos a favor

de la revolución

siempre me parecieron

un abrigo de talla

extra grande

y me quedaban,

la más de las veces,

sobradamente holgados.

 

Por mucha necesidad

que tengamos de desinfectar

la cabina de mando

y de repartir

la abundancia

de este insólito paraíso,

no puedo evitar preguntarme:

 

¿quién cocinará y no sólo

por devoción o salario?

¿quién limpiará todos

los espacios

que habitamos?

¿y quién dará de beber

a las plantas de cualquier

edad y condición

-sí, también metafóricamente

hablando?

 

En fin,

¿cómo nos amaremos,

con qué delicadísima

ética de lo cotidiano?

 

 

No hay peor mística

que la que exalta

la revolución

traicionada

o fracasada.

 

La que se está cociendo

siempre tiene

más gracia.

 

 

Fotografía: Wayne Miller

 

A eso también

os acostumbraréis.

 

Toda novedad

llega igualmente

a periclitar.

 

 

Fotografía: Jorge Henriques

 

 

Hay estadísticas robustas

que, sin embargo, deparan

la misma frialdad inexacta

que aquellos dogmas

y banderas ondeando al viento

de la prehistoria política

de hace tan solo dos días.

 

 

Ilustración: Juan Kalvellido

 

 

 

Llueve y casi nieva.

También ha sucedido

otras mañanas de enero,

en esta ciudad mesetaria.

 

El tambor de la lavadora

gira a varios cientos

de revoluciones por minuto

y es la única música

vigente en la estancia.

 

En estos mismos instantes

alguien estará ayudando

a morir o a matar

a alguien.

 

 

Fotografía: Dimitry Terrov

 

 

 

¿Por qué línea de puntos

recortar el boceto de la vida?

 

 

 

El poema

como realización

del deseo.

 

Ante todo,

o después.

 

O como única

alternativa.

 

 

 

Los domingos por la tarde

transcurren sin prisa

y sin sobresaltos,

preferimos el refugio

ermitaño o la palabra

aromática y dulce

-con tres cucharadas,

por favor- en lugar

de rebelarnos por anticipado

contra la semana forzosa

que amenaza

con cumplirse de nuevo.

 

Pero ayer fue distinto

y me sumí en el trabajo

urgente, el que se debía

a un plazo ya caduco

y que vino a robar

las horas al deseo artero

y a la belleza afín

hasta bien entrada

la noche y cuando solo

aguardaba más noche

a la salida de la luz.

 

Entonces me llamaste

y lo dejé todo manga

por hombro y me fui

corriendo a tu casa

con mis ojos turbios

imaginando tus ojos

solitarios y tus ojos

nocturnos y el aullido

de tus caderas y llevé

mi sed en volandas

y mi fiebre de ti

sin reparar ni un minuto

en las calles apagadas

ni en los corazones

dispersos por un barrio

de parca iluminación.

 

Cuando arribé

a las orillas de tu cuerpo,

ya dormías y tu amor

era un tesoro enterrado

o un sueño azul o verde

o destellos plateados

según ordenase el reflejo

de la bóveda celestial,

y nos dejamos mecer

por el oleaje y por el silencio

de los animales y volviste

a respirar profundamente

entre mis brazos mientras

yo escrutaba lo oscuro

de aquellas paredes,

la geometría de la luna

cayendo en picado

sobre los edificios,

el sentido de ese lugar

donde yacíamos

con una felicidad tan

sencilla, asequible

y horizontal.

 

Ahora ha llegado el lunes

con su poema de lunes

y con la sola perspectiva

de que pasen las horas,

livianas y sinónimas,

a su debido tiempo.

 

 

 

Llego tarde y me alegro

de comprobar que todo

sigue su curso

y me puedo adherir

a esa leve construcción

de castillos en el aire.

 

No me pronuncio

hasta reconocer qué siento

hoy, qué temperatura

y clima se han adueñado

hoy de mis palabras

emergentes.

 

Cedo la voz,

renuncio a mi turno,

no acepto la inercia

del sobreentendido.

 

Primero, que se disipen

la certeza y el consenso

naturales.

 

A lo lejos, si solo apremia

el querer confluir,

una línea en común,

un fragmento de texto

a menudo sin tinta

ni papel.

 

 

Ilustración: Brion Gysin