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ateo poeta

 

¿A cuántas

revoluciones

por minutos

podemos

centrifugar

este sistema?

 

 

 

¿Revelar

es velar

dos veces?

 

 

Fotografía: Saul Leiter

 

 

 

 

Lo siento

pero me veo en la obligación

de desvelaros este secreto.

 

Todo lo que veis apenas

constituye un fragmento más

de lo que intentáis

construir.

 

Si es que aún

sois capaces

de pasar página.

 

 

 

La heroicidad

de sobrevivir, de resistir

a la indiferencia

general.

 

 

 

Desde mi estancia de trabajo,

compartida con ocho profesores

y sólo recientemente ascendidos

dos pisos desde las catacumbas

a las que nos habían condenado,

veo a los chavales en el recreo

jugando como locos a una mezcla

de rugby y balonmano, en un patio

soleado y con tres grúas amarillas

de construcción al fondo,

muertas, paradas en seco,

sin cargamento que desplazar.

 

Serían una magnífica metáfora

de este país si no fuera porque

hoy se ha revelado el escándalo

de que el presidente del gobierno

recibía sobornos regulares

para mantener en funcionamiento

todos los engranajes.

 

A esos chavales no les extrañará

que también se formen melés

en las calles cuando salgamos

a jugárnosla.

 

 

Queridos estudiantes:

 

Debo anunciarles

la enésima reforma acaecida

en el currículo

y en los pilares últimos

de la didáctica.

 

A partir de su entrada en vigor

comprobarán su innovadora

eficacia y la atractiva seducción

de su retórica.

 

Como es lógico,

los cambios se percibirán

de manera progresiva

y con todo tipo de cautelas

pues debemos ajustarnos

a la escasez

de los recursos.

 

Si en un período prudencial

no se encuentran satisfechos,

no duden en quejarse

a las autoridades

competentes en la materia.

 

El sistema de enseñanza,

como bien conocen,

consiste en una óptima

organización

de su más tierna juventud

donde no se puede admitir

ningún cabo suelto.

 

Para todo lo demás,

incluidas sus más profundas

motivaciones

por huir de la ignorancia,

les recomiendo

unas largas y felices

vacaciones.

 

 

Fotografía: Friedrich Seidenstucker

 

 

 

La rebelión de los esclavos

es necesaria una y otra vez.

 

Los grilletes no cesan

de resurgir

a semejanza

de esas extremidades mutiladas

en los reptiles, cangrejos

y estrellas de mar.

 

 

Fotografía: Elia Costa

 

 

Poseías el don

de restaurar

mis apetitos.

 

 

Fotografía: Mathew Rolston

 

 

(Dentro de un paréntesis

(caben (muchos) otros)

más)

 

Tómate tu tiempo.

 

 

 

A esos caníbales

que son capaces

de devorar

a sus propios

hijos

 

no les daremos tregua

por más que sigan

en sus trece.

 

 

Fotografía: Waclaw Nowak

 

 

Tu espléndido rostro,

sonriente,

con plena indiferencia

a que el reloj marque

las siete y media

de la mañana:

 

mejor que el escaparate

de una confitería.

 

 

Cada amor define un territorio,

sus propias nubes, un clima,

la red fluvial de los pensamientos

que se encarnaron en palabras,

días y gestos que lo decían todo

incluso sin hablar.

 

Sabíamos que ese mundo residía

dentro de un mundo mayúsculo

y abríamos con curiosidad

las cartas con noticias

que llegaban desde el otro lado

de la frontera.

 

Sólo mucho después, en el retorno

a nuestro fuego, cuando despertamos

silbando y el porvenir nos regala

cerezas y tu cuerpo sigue ahí,

próximo y latente,

reconocemos cuánta ciega

confianza nos permitió andar

por un suelo tan poco firme.

 

 

 

La confianza existe

hasta que deja de existir.

 

 

Fotografía: Nina Leen

 

 

 

Me senté a descansar en el borde

con las piernas dentro del agua,

unas olas inofensivas refrescaban

las decenas de azulejos pequeños

alrededor de mis manos, miles

de brazadas perseguían su destino

y salpicaban al unísono, por doquier,

una bañista nadando armónica

en el líquido elemento toca la pared

bajo mis pies, los observa por unos

segundos, toma impulso y su cuerpo

húmedo se aleja buceando,

alargado y hermoso, desfigurando

el tiempo, sin nada más que decir.

 

 

Fotografía: Adriana Varejao

 

 

 

Como vivía en un país extranjero

y la mayoría no hablaban mi idioma,

empecé a tramar argucias de toda índole

con tal de escuchar el timbre, el acento,

los bucles y las improvisaciones

que ni la palabra escrita ni la ficción

audiovisual eran capaces de producir

con idéntico placer.

 

Todos aquellos encuentros banales

no eran más que pretextos para cometer

mi fechoría, relamerme en la contemplación

de aquel botín de ecos y voces apagándose,

saciar una sed olvidada como la criatura

que reclama su leche debida, su ansia

de mundo.

 

 

Fotografía: Luego

 

 

 

Posiblemente sea así por mucho tiempo,

no es tan fácil cambiar, expresarse con otros

automatismos:

las flores de loto miden la paciencia,

las lechuzas proyectan su sombra

al amparo de esa luna helada,

aquella retahíla de justificaciones morales

no zanjó el dolor de lúgubres victorias,

hay una puerta abierta

y desde el quicio asoma un manojo de llaves.

 

En el fondo, sólo quería esclarecer

los secretos púrpuras donde todo estalla,

el porqué de mi derecho a unos labios

antagónicos al silencio y a la nieve,

si merece reverencia

una urdimbre invisible, escabrosa,

qué frutos, qué adobe, cómo esculpir.

 

 

 

Solicito que el silencio

me rodee

con sus rumores

sin transcendencia

y ese ápice

de murmullo lejano

garantizando

que no ha caído

ninguna bomba

nuclear.

 

Solicito que el silencio

no se aposente

ni se apoltrone,

ni me exija servidumbre,

ni le ponga coto

a lo borroso

y parpadeante

que vislumbra

el pensamiento.

 

En tales circunstancias

expongo, para que conste

donde haga falta,

que todo sucede como

coser y cantar.

 

 

 

Ni Oriente ni Occidente.

Mi dilema es cómo sortear

lo inhóspito.

 

Me conformaría, incluso,

con amortiguar

los golpes.

 

 

 

Ver en cada espejo

a Alicia

y las mil maravillas

retando al orden

inconsciente.

 

Las princesas

del tipo Blancanieves

son ñoñas

a más no poder.

 

 

Ilustración: John Tenniel

 

 

 

La palabra puede curar

si la dices a tiempo y se enhebra

con los rotos y descosidos

de la angustia,

con la sed aventurada,

si participa del grito mudo.

 

De no aplicarse con diligencia

hay un riesgo de estampida

dentro de una cacharrería.