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ateo poeta

 

Nos reunimos para decir

más que para hacer,

aunque toda asamblea pivota

sobre el frágil equilibrio

de decidir qué hacer

en un futuro

muy condicional.

 

También hacemos mucho

en la forma de decir

y en el modo de estar

mientras abrimos sendas

en la selva virgen

de vetos y disensos

obstruyendo el atisbo

de una muy merecida

luz.

 

Y al involucramos

en esa vida de acción

descubrimos que casi todo

era ya un decir:

ofrecer un ejemplo,

invitar a sumarse,

esparcir rosas y semillas

de una muy lírica

subversión.

 

Esta política enamora

con sus trenzados

imposibles

entre las obras y razones

y los hilos imprevistos

de un muy, pero que muy

escueto devenir.

 

 

 

Ilustración: Erick Beltrán

 

Ocupamos el tiempo con acciones

superfluas, con recados prescindibles,

con miradas insípidas.

 

Cuando al final estamos solos

no sabemos debajo de qué alfombra

esconder nuestro miedo

a la vida.

 

 

 

Por los valles y trazados sinuosos

de esta página en blanco

está de más cualquier perturbación

de su armonía antigua,

de la morada de aquellas palabras

que se pronunciaron en sus públicas

avenidas o en los márgenes

de lo suficientemente

conocido.

 

Por eso confío en ir escribiendo

el camino, en la dación singular

de un paisaje acorde a su intrínseca

forma, en amar tus gestos

vernáculos, tus cultivos

fértiles que enmiendan

la voluntad del milagro.

 

Es la única reverencia,

el espacio tangible que ofusca

los círculos viciosos,

la línea roja del horizonte

en donde irradia toda

posibilidad.

 

Más allá de estos parámetros

me declaro incapaz de decir

un poema con sentido.

 

 

 

Me agota un exceso

de vida social, de discursos

y manejos calculados

de las distancias cortas

y de los espacios de estudiada

intimidad. Esa disciplina

de los consensos velados

y los insólitos fulgores

en el simulacro de la noche

donde todos los gatos

son pardos.

 

Por contra, puedo flotar

durante horas y días sumido

en mis nubes imaginarias,

hablando con las plantas

en sosiego, riéndome

con desparpajo de mis

torpezas y ambiciones,

haciendo la colada

y conmoviéndome como un

chiquillo con la abundante

luz y la belleza

que acontecen en las más

minúsculas cosas.

 

En uno y otro ámbito

siempre me acabo

topando contigo.

 

 

Ilustración: Michele del Campo

 

 

Hemos salido pronto de casa,

sobre las 7:30, todavía adormilados

aunque tú ya te has vestido

con tu mejor sonrisa para afrontar

los estertores de la noche

y el día en ciernes.

 

A estas horas yo prefiero escribir

algo antes de empezar la jornada

y escuchar la radio y pensar

en esos rostros igual de adormilados

que se dirigen al metro sin demora

pero ninguno con una sonrisa

tan óptima como la tuya.

 

Y así me enfrento al día gris

con su lluvia lenta

y con la guerra perdida

y sin apenas esfuerzo

me sorprendo

con un agradable

buen humor.

 

 

Han sucedido témpanos y estaciones.

Hemos atravesado el frío, la materia oscura,

los injertos en las palabras inexactas.

Aquello que se disipaba en el silencio

volvía a reunirse en la seguridad

de un cuerpo vulnerable.

 

Para el resto del fulgor

ya vendrán nuevos episodios

extraordinarios.

 

 

Fotografía: Mathew Rolston

 

 

 

Esta oscilación,

este equilibrio

imposible,

ir y venir,

de una luz

esclarecedora

a las tinieblas

del alma,

de una a otra

anomalía

salvaje,

de la fuerza

brutal

del deseo

a la necesidad

apaciguadora,

a una rutina

dulce y en flor,

este persistir

en lo evidente

e inalcanzable,

esta bifurcación,

este sujeto

que se escinde

y se constituye.

 

De alguna manera

estamos abocados

a ponernos

de acuerdo.

 

 

Ilustración: Salvador Dalí

 

 

 

 

Recuerdo con nitidez algunas tardes

en aquel pueblo a la orilla del Órbigo,

con el olor a muebles viejos y a madera

rancia, con las manzanas y los mantecados

en la despensa, y la abuela previniéndonos

de la solana, que durmiéramos la siesta

o que, por lo menos, jugáramos a las cartas

al fresco de la escalera, sobre aquella

geografía hipnótica y veteada de manchas

que se replicaban en cada baldosa.

 

Luego nos remojábamos en la presa

y buscábamos cangrejos americanos

en los cilindros huecos de los ladrillos,

porque el cauce apenas superaba

nuestras rodillas negras de niños,

nuestras rodillas siempre con cicatrices

o con heridas abiertas que libaban las moscas

en cuanto te quedabas quieto.

 

También íbamos a las eras, a través

de aquellas perfumadas plantaciones

de lúpulo y de los surcos húmedos

de los campos de alubias o remolacha,

y recogíamos los caballos al filo del crepúsculo

y guardábamos las estacas y nos sentíamos

ufanos por no ser del todo niños de ciudad

y aparentar que participábamos

plenamente de aquella vida coral y lenta

hasta el aburrimiento, de la cosecha

del verano, de lo que iba desapareciendo

al mismo ritmo que nuestra

inocencia.

 

Ahora recuerdo que hace meses

que no voy por allí, que son muchos

más muertos los que añadir a mis espaldas,

que la vida delante de un ordenador

y de tablas estadísticas es tan solo

un simulacro de aquel afán por jugar

sin cadenas, por emular a los pájaros

y descubrir el amor, fuera lo que fuera

aquella esquiva sensación.

 

 

Fotografía: Ed Templeton

 

 

Parecen buenos chicos, jóvenes,

fornidos, sin pelos en la lengua,

seguros de sí mismos, quejándose

de lo mal que está el gimnasio

público.

 

Lástima que sean policías,

que su sexo viril aparezca

en una de cada tres palabras,

que se mofen de los pesos

pluma y que aboguen por

privatizar las instalaciones

municipales.

 

Si pudieran, te daban

el abrazo del oso.

 

 

Fotografía: Alvaro Minguito

 

 

contra refranero

contra refranero

 

Más vale lo bueno conocido.

 

Más vale pájaro volando.

 

 

Fotografía: Adriana Varejao

 

 

 

Están ahí,

al acecho,

guarecidas

en las sombras,

dejando asomar

su ruptura

de la normalidad,

incitando

al poema,

bellas

como el olvido,

oscilantes

como el brío

de un columpio,

respiran,

deletrean,

silban

las noticias

de tu pensamiento.

 

Las sin nombre,

las más

generosas.

 

 

Fotografía: Sibylle Bergeman

 

 

Que todos los ríos del conocimiento

sacien los cuerpos de todo ser

que bebe y llora y se limpia

en los ríos del conocimiento

que sacian los cuerpos de todo ser

que bebe y llora y se limpia.

 

Que todos los cauces e ideas

permitan adentrarse,

el cabotaje,

asirse a la orilla,

la inmersión,

cuidar de la enramada,

vadear los enigmas,

nadar juntos.

 

 

Fotografía: Alvaro Minguito

 

 

Por una parte, este mundo

ahíto de pensamiento y de formas

que lo dotan de sensibilidad

con algún que otro fogonazo

de inmemorial hermosura.

 

Por otra parte, las trabas

y nocturnidad que extienden

los villanos propietarios

cercando los campos comunes,

fiscalizando los vínculos

prósperos y promiscuos.

 

En medio de esa pugna,

no antes ni fuera del tiempo,

nuestros frágiles tejidos

y vigorosas miradas

construyendo desde todos

los ángulos.

 

 

 

 

 

Escribía sobre ti,

te disfrazaba

y te desnudaba

en el poema,

te invocaba

para hablar

contigo de otra

forma, sin

apremios,

sumergidos

en la intención

de la belleza,

y te ofrecía

el presente

indicativo

en este ahora

de nadie,

en estos versos

para cualquiera,

y ese era mi modo

de pensar en ti,

a veces fogoso,

a veces triste

y glacial,

pero siempre

ungido

de tus palabras

en flor.

 

 

Fotografía: Germaine Krull

 

 

 

En tiempo de rebajas

o en los centros comerciales

estamos rodeados

por un ejército anónimo

de infalibles

consumidores.

 

Nos vemos sorprendidos

en plena contienda

así que optamos

por extraer de sus bolsas

publicitarias

los objetos adquiridos

y esconderlos

en los macutos

que nos delatan

por igual.

 

Cada hormiguita ciega

desfila disciplinada

en pos de su botín

codiciado,

aprueba

a sus congéneres

y desprecia a los parias

que quedan al margen

de las hostilidades.

 

Cada transacción

económica

es un combate

en el que rinde sus armas

la clase desesperada

con sus variados

uniformes.

 

Hay una ciudad

devastada

y una ciudad que retiene

a las guarniciones

del trabajo odiado

y a las huestes

del deseo

cautivo.

 

 

 

Saboreo

cada una de las letras

de esos conceptos

sagrados,

esos valores últimos

y grandes ideales

que han inspirado

las luchas

más admirables.

 

Lo que no soporto

es la vaguedad

del relato,

el uso indiscriminado

de palabras hueras,

el ardid

del privilegiado

y el olvido

de quien sufre

todo el peso

de la pirámide.

 

Por eso es difícil evitar

un regusto amargo

después del banquete.

 

 

Ilustración: Agnes Martin

 

Mi vida

no se puede enquistar

en el mero instinto

de supervivencia.

 

Para vivir

con otros necesito

un compromiso

de mi dignidad

con la suya.

 

La cuestión

primera

es cómo desactivar

las minas explosivas

que han sembrado

en este terreno.

 

 

Ilustración: Ricardo Basbaum

 

 

 

 

Los cuerpos se amalgaman,

conspiran juntos y sucesivos,

casi unánimes, múltiples,

con ligeras pero esenciales

modulaciones de su voz,

cómplices en su intención

reparadora, radicalmente

abrazados.

 

Podría tratarse de amor

en la alcoba

o de política en la calle.

 

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

 

Me duele la garganta

por causa de tanto silencio

acumulado.

 

Debería dar un buen grito

más a menudo.

 

 

Fotografía: Nan Goldin

 

 

 

El movimiento no seguía

ninguna batuta

pues no estaba orquestado

por la mano invisible

de genes egoístas

ni obedecía sumiso

a los guantes de acero

o al carisma

de las efigies.

 

El movimiento agitaba

sus aspas

cual molino que aprovecha

el don de lo liviano

y del aire, cuando sopla

a favor,

para nutrir todas

las bocas y todas

las rosas

del pueblo.

 

Luego vendrían las épicas

cantando a la sangre

vertida por uno

u otro bando.

 

 

Ilustración: Zbynek Baladran