Tu espléndido rostro,
sonriente,
con plena indiferencia
a que el reloj marque
las siete y media
de la mañana:
mejor que el escaparate
de una confitería.
Tu espléndido rostro,
sonriente,
con plena indiferencia
a que el reloj marque
las siete y media
de la mañana:
mejor que el escaparate
de una confitería.
Cada amor define un territorio,
sus propias nubes, un clima,
la red fluvial de los pensamientos
que se encarnaron en palabras,
días y gestos que lo decían todo
incluso sin hablar.
Sabíamos que ese mundo residía
dentro de un mundo mayúsculo
y abríamos con curiosidad
las cartas con noticias
que llegaban desde el otro lado
de la frontera.
Sólo mucho después, en el retorno
a nuestro fuego, cuando despertamos
silbando y el porvenir nos regala
cerezas y tu cuerpo sigue ahí,
próximo y latente,
reconocemos cuánta ciega
confianza nos permitió andar
por un suelo tan poco firme.
La confianza existe
hasta que deja de existir.
Fotografía: Nina Leen
Me senté a descansar en el borde
con las piernas dentro del agua,
unas olas inofensivas refrescaban
las decenas de azulejos pequeños
alrededor de mis manos, miles
de brazadas perseguían su destino
y salpicaban al unísono, por doquier,
una bañista nadando armónica
en el líquido elemento toca la pared
bajo mis pies, los observa por unos
segundos, toma impulso y su cuerpo
húmedo se aleja buceando,
alargado y hermoso, desfigurando
el tiempo, sin nada más que decir.
Fotografía: Adriana Varejao
Como vivía en un país extranjero
y la mayoría no hablaban mi idioma,
empecé a tramar argucias de toda índole
con tal de escuchar el timbre, el acento,
los bucles y las improvisaciones
que ni la palabra escrita ni la ficción
audiovisual eran capaces de producir
con idéntico placer.
Todos aquellos encuentros banales
no eran más que pretextos para cometer
mi fechoría, relamerme en la contemplación
de aquel botín de ecos y voces apagándose,
saciar una sed olvidada como la criatura
que reclama su leche debida, su ansia
de mundo.
Fotografía: Luego
Posiblemente sea así por mucho tiempo,
no es tan fácil cambiar, expresarse con otros
automatismos:
las flores de loto miden la paciencia,
las lechuzas proyectan su sombra
al amparo de esa luna helada,
aquella retahíla de justificaciones morales
no zanjó el dolor de lúgubres victorias,
hay una puerta abierta
y desde el quicio asoma un manojo de llaves.
En el fondo, sólo quería esclarecer
los secretos púrpuras donde todo estalla,
el porqué de mi derecho a unos labios
antagónicos al silencio y a la nieve,
si merece reverencia
una urdimbre invisible, escabrosa,
qué frutos, qué adobe, cómo esculpir.
Solicito que el silencio
me rodee
con sus rumores
sin transcendencia
y ese ápice
de murmullo lejano
garantizando
que no ha caído
ninguna bomba
nuclear.
Solicito que el silencio
no se aposente
ni se apoltrone,
ni me exija servidumbre,
ni le ponga coto
a lo borroso
y parpadeante
que vislumbra
el pensamiento.
En tales circunstancias
expongo, para que conste
donde haga falta,
que todo sucede como
coser y cantar.
Ni Oriente ni Occidente.
Mi dilema es cómo sortear
lo inhóspito.
Me conformaría, incluso,
con amortiguar
los golpes.
Ver en cada espejo
a Alicia
y las mil maravillas
retando al orden
inconsciente.
Las princesas
del tipo Blancanieves
son ñoñas
a más no poder.
Ilustración: John Tenniel
La palabra puede curar
si la dices a tiempo y se enhebra
con los rotos y descosidos
de la angustia,
con la sed aventurada,
si participa del grito mudo.
De no aplicarse con diligencia
hay un riesgo de estampida
dentro de una cacharrería.
Se requieren altas dosis
de paciencia
y una franja de cielo
en la retaguardia
de la mirada.
Ese estado de ánimo
permite esgrimir
razones como puñales.
Cada poema nos obliga
a mostrarnos descarnados,
con crudeza,
en la justa vibración.
Más que una verdad,
obtenemos un falso
espejo del deseo
con sus afeites
y florituras.
Fotografía: Yulia Gorodinski
Un vez que desembarcas,
que haces las paces
con tu nueva morada:
sólo necesitas unos aperos
de cocina, unas frases
de aliento, olvidar
las lesiones.
Fotografía: Ana Nieto
Por despiste he archivado
los poemas en la carpeta
de economía doméstica.
Será que estaban ateridos
por residir siempre
a la intemperie.
Donde quiera que vayas
los fragmentos,
las ruinas
y los pecios
sin norte
te indicarán
la ardua tarea pendiente.
Recomponer la belleza.
Recobrar la integridad
después de cada fracaso.
Fotografía: Nan Goldin
El amor es tan cansado.
Siempre echando leña
para avivar la llama.
Incluso cuando no lo aconseja
la temperatura ambiente.
Aquellos generales
nunca cesaban
de remover sus legajos
y de expresar sentencias
altisonantes.
Todo para arrastrarnos
al mismo teatro
de operaciones.
Vistieron al régimen
con un nombre común
y rubricaron su firma
los hombres de paja.
Ninguna máquina
paró su actividad
en las catacumbas.
Ilustración: Emma Kunz
Recibo un mensaje
de la China meridional:
le esperamos, no tarde,
buen viaje.
Y sigo haciéndome
cábalas.
Fotografía: Mariko Okada
¡Cómo me gusta levantarme
inspirado y subversivo!
Fotografía: Ana Nieto