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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

Me han encargado un poema

políticamente incorrecto

para colgar en las paredes

de una reputada galería

de un país cualquiera

donde se ríe y se aplaude

y corre el champán

y la gente luce sus mejores

galas y hasta parece feliz

con toda esa carnaza

que les hemos arrojado.

 

 

Fotografía: Mathew Rolston

 

Los alegatos a favor

de la revolución

siempre me parecieron

un abrigo de talla

extra grande

y me quedaban,

la más de las veces,

sobradamente holgados.

 

Por mucha necesidad

que tengamos de desinfectar

la cabina de mando

y de repartir

la abundancia

de este insólito paraíso,

no puedo evitar preguntarme:

 

¿quién cocinará y no sólo

por devoción o salario?

¿quién limpiará todos

los espacios

que habitamos?

¿y quién dará de beber

a las plantas de cualquier

edad y condición

-sí, también metafóricamente

hablando?

 

En fin,

¿cómo nos amaremos,

con qué delicadísima

ética de lo cotidiano?

 

 

No hay peor mística

que la que exalta

la revolución

traicionada

o fracasada.

 

La que se está cociendo

siempre tiene

más gracia.

 

 

Fotografía: Wayne Miller

 

A eso también

os acostumbraréis.

 

Toda novedad

llega igualmente

a periclitar.

 

 

Fotografía: Jorge Henriques

 

 

Hay estadísticas robustas

que, sin embargo, deparan

la misma frialdad inexacta

que aquellos dogmas

y banderas ondeando al viento

de la prehistoria política

de hace tan solo dos días.

 

 

Ilustración: Juan Kalvellido

 

 

 

Llueve y casi nieva.

También ha sucedido

otras mañanas de enero,

en esta ciudad mesetaria.

 

El tambor de la lavadora

gira a varios cientos

de revoluciones por minuto

y es la única música

vigente en la estancia.

 

En estos mismos instantes

alguien estará ayudando

a morir o a matar

a alguien.

 

 

Fotografía: Dimitry Terrov

 

 

 

¿Por qué línea de puntos

recortar el boceto de la vida?

 

 

 

El poema

como realización

del deseo.

 

Ante todo,

o después.

 

O como única

alternativa.

 

 

 

Los domingos por la tarde

transcurren sin prisa

y sin sobresaltos,

preferimos el refugio

ermitaño o la palabra

aromática y dulce

-con tres cucharadas,

por favor- en lugar

de rebelarnos por anticipado

contra la semana forzosa

que amenaza

con cumplirse de nuevo.

 

Pero ayer fue distinto

y me sumí en el trabajo

urgente, el que se debía

a un plazo ya caduco

y que vino a robar

las horas al deseo artero

y a la belleza afín

hasta bien entrada

la noche y cuando solo

aguardaba más noche

a la salida de la luz.

 

Entonces me llamaste

y lo dejé todo manga

por hombro y me fui

corriendo a tu casa

con mis ojos turbios

imaginando tus ojos

solitarios y tus ojos

nocturnos y el aullido

de tus caderas y llevé

mi sed en volandas

y mi fiebre de ti

sin reparar ni un minuto

en las calles apagadas

ni en los corazones

dispersos por un barrio

de parca iluminación.

 

Cuando arribé

a las orillas de tu cuerpo,

ya dormías y tu amor

era un tesoro enterrado

o un sueño azul o verde

o destellos plateados

según ordenase el reflejo

de la bóveda celestial,

y nos dejamos mecer

por el oleaje y por el silencio

de los animales y volviste

a respirar profundamente

entre mis brazos mientras

yo escrutaba lo oscuro

de aquellas paredes,

la geometría de la luna

cayendo en picado

sobre los edificios,

el sentido de ese lugar

donde yacíamos

con una felicidad tan

sencilla, asequible

y horizontal.

 

Ahora ha llegado el lunes

con su poema de lunes

y con la sola perspectiva

de que pasen las horas,

livianas y sinónimas,

a su debido tiempo.

 

 

 

Llego tarde y me alegro

de comprobar que todo

sigue su curso

y me puedo adherir

a esa leve construcción

de castillos en el aire.

 

No me pronuncio

hasta reconocer qué siento

hoy, qué temperatura

y clima se han adueñado

hoy de mis palabras

emergentes.

 

Cedo la voz,

renuncio a mi turno,

no acepto la inercia

del sobreentendido.

 

Primero, que se disipen

la certeza y el consenso

naturales.

 

A lo lejos, si solo apremia

el querer confluir,

una línea en común,

un fragmento de texto

a menudo sin tinta

ni papel.

 

 

Ilustración: Brion Gysin

 

 

 

 

 

Nos reunimos para decir

más que para hacer,

aunque toda asamblea pivota

sobre el frágil equilibrio

de decidir qué hacer

en un futuro

muy condicional.

 

También hacemos mucho

en la forma de decir

y en el modo de estar

mientras abrimos sendas

en la selva virgen

de vetos y disensos

obstruyendo el atisbo

de una muy merecida

luz.

 

Y al involucramos

en esa vida de acción

descubrimos que casi todo

era ya un decir:

ofrecer un ejemplo,

invitar a sumarse,

esparcir rosas y semillas

de una muy lírica

subversión.

 

Esta política enamora

con sus trenzados

imposibles

entre las obras y razones

y los hilos imprevistos

de un muy, pero que muy

escueto devenir.

 

 

 

Ilustración: Erick Beltrán

 

Ocupamos el tiempo con acciones

superfluas, con recados prescindibles,

con miradas insípidas.

 

Cuando al final estamos solos

no sabemos debajo de qué alfombra

esconder nuestro miedo

a la vida.

 

 

 

Por los valles y trazados sinuosos

de esta página en blanco

está de más cualquier perturbación

de su armonía antigua,

de la morada de aquellas palabras

que se pronunciaron en sus públicas

avenidas o en los márgenes

de lo suficientemente

conocido.

 

Por eso confío en ir escribiendo

el camino, en la dación singular

de un paisaje acorde a su intrínseca

forma, en amar tus gestos

vernáculos, tus cultivos

fértiles que enmiendan

la voluntad del milagro.

 

Es la única reverencia,

el espacio tangible que ofusca

los círculos viciosos,

la línea roja del horizonte

en donde irradia toda

posibilidad.

 

Más allá de estos parámetros

me declaro incapaz de decir

un poema con sentido.

 

 

 

Me agota un exceso

de vida social, de discursos

y manejos calculados

de las distancias cortas

y de los espacios de estudiada

intimidad. Esa disciplina

de los consensos velados

y los insólitos fulgores

en el simulacro de la noche

donde todos los gatos

son pardos.

 

Por contra, puedo flotar

durante horas y días sumido

en mis nubes imaginarias,

hablando con las plantas

en sosiego, riéndome

con desparpajo de mis

torpezas y ambiciones,

haciendo la colada

y conmoviéndome como un

chiquillo con la abundante

luz y la belleza

que acontecen en las más

minúsculas cosas.

 

En uno y otro ámbito

siempre me acabo

topando contigo.

 

 

Ilustración: Michele del Campo

 

 

Hemos salido pronto de casa,

sobre las 7:30, todavía adormilados

aunque tú ya te has vestido

con tu mejor sonrisa para afrontar

los estertores de la noche

y el día en ciernes.

 

A estas horas yo prefiero escribir

algo antes de empezar la jornada

y escuchar la radio y pensar

en esos rostros igual de adormilados

que se dirigen al metro sin demora

pero ninguno con una sonrisa

tan óptima como la tuya.

 

Y así me enfrento al día gris

con su lluvia lenta

y con la guerra perdida

y sin apenas esfuerzo

me sorprendo

con un agradable

buen humor.

 

 

Han sucedido témpanos y estaciones.

Hemos atravesado el frío, la materia oscura,

los injertos en las palabras inexactas.

Aquello que se disipaba en el silencio

volvía a reunirse en la seguridad

de un cuerpo vulnerable.

 

Para el resto del fulgor

ya vendrán nuevos episodios

extraordinarios.

 

 

Fotografía: Mathew Rolston

 

 

 

Esta oscilación,

este equilibrio

imposible,

ir y venir,

de una luz

esclarecedora

a las tinieblas

del alma,

de una a otra

anomalía

salvaje,

de la fuerza

brutal

del deseo

a la necesidad

apaciguadora,

a una rutina

dulce y en flor,

este persistir

en lo evidente

e inalcanzable,

esta bifurcación,

este sujeto

que se escinde

y se constituye.

 

De alguna manera

estamos abocados

a ponernos

de acuerdo.

 

 

Ilustración: Salvador Dalí

 

 

 

 

Recuerdo con nitidez algunas tardes

en aquel pueblo a la orilla del Órbigo,

con el olor a muebles viejos y a madera

rancia, con las manzanas y los mantecados

en la despensa, y la abuela previniéndonos

de la solana, que durmiéramos la siesta

o que, por lo menos, jugáramos a las cartas

al fresco de la escalera, sobre aquella

geografía hipnótica y veteada de manchas

que se replicaban en cada baldosa.

 

Luego nos remojábamos en la presa

y buscábamos cangrejos americanos

en los cilindros huecos de los ladrillos,

porque el cauce apenas superaba

nuestras rodillas negras de niños,

nuestras rodillas siempre con cicatrices

o con heridas abiertas que libaban las moscas

en cuanto te quedabas quieto.

 

También íbamos a las eras, a través

de aquellas perfumadas plantaciones

de lúpulo y de los surcos húmedos

de los campos de alubias o remolacha,

y recogíamos los caballos al filo del crepúsculo

y guardábamos las estacas y nos sentíamos

ufanos por no ser del todo niños de ciudad

y aparentar que participábamos

plenamente de aquella vida coral y lenta

hasta el aburrimiento, de la cosecha

del verano, de lo que iba desapareciendo

al mismo ritmo que nuestra

inocencia.

 

Ahora recuerdo que hace meses

que no voy por allí, que son muchos

más muertos los que añadir a mis espaldas,

que la vida delante de un ordenador

y de tablas estadísticas es tan solo

un simulacro de aquel afán por jugar

sin cadenas, por emular a los pájaros

y descubrir el amor, fuera lo que fuera

aquella esquiva sensación.

 

 

Fotografía: Ed Templeton

 

 

Parecen buenos chicos, jóvenes,

fornidos, sin pelos en la lengua,

seguros de sí mismos, quejándose

de lo mal que está el gimnasio

público.

 

Lástima que sean policías,

que su sexo viril aparezca

en una de cada tres palabras,

que se mofen de los pesos

pluma y que aboguen por

privatizar las instalaciones

municipales.

 

Si pudieran, te daban

el abrazo del oso.

 

 

Fotografía: Alvaro Minguito

 

 

contra refranero

contra refranero

 

Más vale lo bueno conocido.

 

Más vale pájaro volando.

 

 

Fotografía: Adriana Varejao