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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

llueve sobre mojado

llueve sobre mojado

 

Prefiero los veranos templados, verdosos y

húmedos como el inquietante deseo que

traslucen tus iris. El paso de ciclistas con

sus axiomas metódicos y antiguos tranvías azules

a una velocidad media, sin mayores estridencias.

Prefiero el coro de todas las brisas que mecen

a los solos y a los soleados. Desde cualquier punto

de vista, inclusive el del tiránico corazón. Demasiada

calma contradice la clarividencia del espíritu,

la floración de sus invenciones, de sus humores

y finos desacuerdos. Prefiero a los cánidos que pasean a

sus omnívoros dueños, pero eso ocurre en todas

las estaciones y el principito no tiene quien le escriba.

Prefiero un poco de lluvia que alegre lo seco y

dar un poco sin pedir a cambio porque también

se llega peleando a la plata o al bronce. Soy

caprichoso, tengo apetitos, puedo, incluso, amarte

a lo lejos sin un plan preconcebido para resistir

al invierno. Pero también soy proclive al ascetismo,

a veces torpe, y a la incrédula contemplación. Por eso

me confieso: ¡vivan las aves migratorias y las bayas

silvestres! ¡calcúlense las áureas proporciones de las

onomatopeyas! ¡cuelguen sus hábitos los carceleros

del desierto! ¡que nos reciban abundantes las fuentes

de nuestros destinos!

 

cabalgan a sus anchas

cabalgan a sus anchas

 

Lucho contra esas huestes de ruido y

oropeles en su resecar y olvido. Lucho sin

luchar como se respira y se embalsa el vacío,

esperando paciente su acoso en consigna, alerta

a su rúbrica de seducción inane. Se agazapan y se

disfrazan, se embridan a la jalea de la soledad

con su doble rostro al azar. Cuando llega el recaudador

huyo campo a través y oficio mi lavativa ante la

claridad de la luna y el aullido del miedo. Febril

y taciturno sé que demora su triunfo el corcel dorado

con el que me incitas a residir en el delirio,

ausente del rocío rapaz. Te reivindico, sólo eso.

No cejaré en el empeño de encontrar la voz aunque

haya que perderse en un lánguido horizonte azul

turquesa. Esperaré atento a que me inunde el instinto.

No hay animal más audaz que el que simula

seguir la corriente. De presa en presa bebe y se

dulcifica. Desconfía de quirománticos y mendigos.

Como un impulso a sortear las hierbas venenosas,

también las que medran en mis sienes. ¿Podremos

conferirnos el júbilo de desgranar, capítulo a capítulo,

las premisas de la buenaventura? ¿Nos daremos el

banquete de los montaraces cuando contemplemos

el refulgir de nuestro sosiego victorioso? Hebras de

armonía como la resurrección de la primavera, socorro

mutuo ante el enigma de la desbordante belleza por

doquier. Sólo hay que dejarse tallar por su diligencia,

volverse memorable, punto cardinal, espacialidad en

ascenso, trabajar menos, hincarse en la tierra.

Sólo lucho, primero, contra mis propios ciclones.

 

incitación a la persistencia

incitación a la persistencia

 

A la sombra del rayo, el reposo íntimo

y la humilde paz del verso aéreo.

 

En la llegada fermenta la vida mejor y cuido

de las raíces al raso. Sólo saber estar concede

la próspera delicadeza de la brisa.

 

¿Para qué, si no, mudar sin hacer surco, sin

despejar el ramaje del tránsito con la conciencia

de la amanecida?

 

aleaciones

aleaciones

 

¿Qué podemos aprender del dolor esparcido?

¿Qué podemos aprender de los instantes de euforia?

¿Acaso brota en ese suelo la belleza?

 

¿Es todo una fruta amarga, una errática confusión de

atmósferas y veleidades?

 

Si me dices que amas el discurrir lento del agua en

deshielo, me lo creeré.

Si me pides una mística de lo pretérito para enarbolar

un concepto natural, te la proporcionaré con mil cantos.

No habrá sitio para otras deudas.

 

Los animales sólo necesitan la caverna para guarecerse

de los temporales y para conciliar el sueño.

 

 

blanco sobre negro

blanco sobre negro

 

 

Brotarán hiedras verdes y vigorosas, mansos pétalos

suscitando la atracción de la vida, trinos afinados.

Entre las ruinas brotarán opúsculos hedonistas o la

ciencia de quienes abrazaron al tiempo. Brotarán

los murmullos del silencio, frutos suculentos, pupilas

húmedas con la armonía de los gatos.

 

El epílogo de una época de quimeras tiránicas es

exactamente idéntico al preludio de una humanidad

clemente y lúcida. Austera y cósmica, abundante de

dicha y de alimentos infantiles.

 

Enterradas unas quimeras, ¿tendremos derecho a la

arquitectura de vínculos blancos? ¿Nos saciaremos con

versos añejos y dulces licores? ¿Sabré regalarte rosas sin

espinas?

 

 

 

 

Esta noche soldados israelíes han matado a unas quince

personas que navegaban con víveres rumbo a Gaza.

 

Nadie puede negar el valor poético de la redundancia, así que

insisto: Esta noche soldados israelíes han matado a unas quince

personas que navegaban con víveres rumbo a Gaza.

 

No deja de dar vueltas en mi cabeza. Quiere anular todo mi

éxtasis. Nuestro esplendor sexual en el corazón de la tarde. El anís,

la luz a chorros inundando la alcoba, nuestros cuerpos ligeros como

gacelas deslizándose entre enjambres floridos.

 

Y no puede. No puedo dejar que pueda. Cada cual tiene su poder,

bien lo sabían quienes embarcaban rumbo a esa cortina de

silencio y formol que nos adormece y nos fulmina entre los

algodones de nuestra comodidad.

 

¿Debo estar triste o sólo ser realista? La política tiene sus muertos,

entra dentro de los cálculos. Son carne de una estructura contable parecida a

los hurtos en los grandes almacenes. Cada cuerpo enamorado o

triste, deudor de facturas o acreedor de esperanza, en tierra firme o

con un rayo de dignidad en su cerebro flotante,

vale menos de lo que vale su soplo de vida. No hay más atmósfera

que ésta.

 

Ese silencio. Esa mordaza. Nuestras noches locas, la poesía entre

bambalinas y recitales asépticos para jóvenes consumistas. Matar

sí que es un acto ilocutorio. Una muerte de toda palabra con las

palabras más falsas, las artimañas del terror, la doble lengua

de quien empuña la piedra y multiplica el dolor. Más silencio.

 

Me imagino la brisa fría de la noche y el tronar de los helicópteros

en aguas internacionales. No puedo quitármelos de la cabeza.

 

 

¿Qué nos hace seres complejos sino la mirada

clara, el cuidadoso cincelado desde lo subjetivo?

 

 

 

Si vivir fuese un milagro (porque lo hacemos,

porque lo agradecemos, por nuestra devoción)

 

los sueños dejarían de ser un delirio (vano,

evanescente, incapaz de restañar).

 

 

 

 

Un plano de realidad estriado:

 

exhausto, el recorrerlo punto a punto;

a vista de pájaro, la sospecha, el desasosiego.

 

 

 

 

Propugnamos la bonanza simpatética

y pluscuamperfecta para salvar los escollos.

 

 

 

 

 

¿Cómo puede volverse sólido lo que fluye,

ondula y se disipa?

 

¿Nos sacia su constancia, empero oscilante,

o instaura el mito y el enigma?

 

 

 

 

Las hojas secas. Los pétalos marchitos.

El mundo glacial.

 

Intrínsecas al devenir, las escalas temporales

y la finitud de ver.

 

 

 

 

¿De dónde vienen

quienes escrutan la reiteración:

 

los perplejos, los hipnóticos, los nómadas?

 

 

 

 

En la nada brillan sus filigranas.

 

 

 

 

 

Ya no tengo prisa. La perdí por el camino,

por causa de las prisas.

 

Y me paré en seco. Y seguí a mi ritmo,

meditabundo.

 

 

 

 

Enigma de lo breve: al alcance.

 

 

 

 

Tiempo para mascullar el poema.

Tiempo para engendrar la voluntad.

 

 

 

 

El tiempo todo lo cura.

El tiempo, todo locura.

 

 

 

 

Huye la esencia. ¡Invéntala! O déjala ir, con su rumor.

Sólo hay una esencia, al final, cuando la nada

te absorbe irreversiblemente. Las otras verdades,

 

interinas, son, no más, los olores de la vida.

El pulso.

El zumbido.

El resplandor.

La única institución, el único fluido.

El olvido níveo de las reglas áureas.

 

¡Vivir, vivir! Vivir

con síntesis y con muletas. Resistiendo al hielo,

combatiendo a la piedra y a los sentimientos fósiles.

Sólo gozar con la armonía

de lo intenso.

 

Batir las alas como las aves del litoral.

¡Que el silencio no te pese!

 

 

 

 

 

Sólo un loco dice: yo no estoy loco. Sólo

los mentirosos, los que se sienten seguros en sus verdades

improbables y en una vida corrediza como los seísmos.

 

Sólo una legión de dóciles afirmaría: todo se puede traducir,

transitar, transcender. Sólo los que callan y aplican

bálsamos a los susurros y a las palabras por pronunciarse.

Escuálidas, como el comercio

y la comunicación.

 

Sólo quienes tienen amputados los dedos de la melodía silbada

sobre una copa de agua. Sólo quienes ahuyentan la quietud

y nunca se han preguntado: ¿qué queda de lo común?

Esa ceremonia por deslindar las barricadas

de la artillería.

 

Sólo los solos en sus enjambres viven y mueren, malviven

mientras se malmueren, ahítos de certezas y de un mundo

siempre acabado, repleto, listo

para ser olvidado.