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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

poemas en blanco

poemas en blanco

 

Tus dedos salados.

Tus dedos salados

que relamo.

Tónico para despertar.

Lo bebo.

Como bebo en tu pelo

lacio

e infructuoso.

Lo líquido no está ahí.

Está en tu boca

y en las palabras gaseosas

que salen de tu boca.

Que salen de tu boca sólida

como salen esas pompas

de jabón o de chicle

cuando me miras.

Como brota la espuma

salada.

Salada como tus uñas.

Salada como tus dedos

y tu mar de piel

que relamo.

Que relamo

en esta tierra interior.

En esta tierra

de agua dulce.

 

 

**

 

Me llenas.

Me llenas y me desbordo.

Me desbordo tanto

que me vacío.

Y me vacío

con vértigo

a no llenarme nunca más.

A no tener vértigo

nunca más.

Y con vértigo

a llenarte como me llenas.

Gota a gota.

Como te desbordas

sobre mí

gota a gota.

Y temes como temo yo

el precipicio.

A precipitarnos.

A llenarnos precipitadamente

hasta los labios.

Hasta los labios amoratados.

Los labios que no saben

cuánto hay dentro

que grita.

Que grita por salir.

Por llenarte

de nuevo.

Por llenarme

y quedar de nuevo

tan desnudos.

Como siempre.

 

 

 

Sermón de la montaña

Sermón de la montaña

 

 

Un curtido y joven escalador está a punto de morir

en una montaña de Pakistán a más de 6.000 metros de altitud.

 

Con los huesos quebrados tras precipitarse al vacío,

ahora suspendido sobre el vacío gracias a los arneses resistentes y encallados

en alguna muesca de las rocas justo en el momento de la caída,

enfrentado al vacío final de su vida desde esa cornisa inmanente y esa pared

invencible a las hazañas, divisando los fondos inmensos y diminutos

de la cordillera cuando la ventisca gélida y célere aplaca

sus mordidas batientes.

 

            Las hemorragias y el dolor le golpean por dentro.

Es una tortura implacable que sólo amaina por momentos, como la ventisca,

al perder toda noción de consciencia, quién sabe si atisbando ese nirvana

ideado por lo monjes de aquellos santuarios no muy lejos de allí,

en las cimas del mundo.

 

            Sabe que ya no tiene sentido preguntarse: ¿por qué estoy aquí?

¿ha merecido la pena vivir de esta manera, llegar hasta aquí?

¿a quién le podré transmitir ahora mis conocimientos de las cumbres,

del método de ascender, de la voluntad de resistir a las inclemencias?

¿a quién la humanidad vislumbrada, la humanidad mínima, el eslabón

perdido que sólo emerge con la ayuda mutua de quienes suman

sus fuerzas a los mismos desafíos?

 

Tal vez otros lo harán, tendrán tiempo para preguntarse, dudar

y meditar sus respuestas. Allí, inmóvil sobre una cornisa de la cara virgen

del Latok II, ya no es posible crear más tiempo, seguir siendo dueño

y señor de la propia vida, construir su esencia y su espíritu, comoquiera

que eso sea. Allí ya no hay tiempo, el tiempo se agota objetivamente,

fluye indiferente a ese dolor, a cualquier esperanza como en las clepsidras

y los relojes de arena que aún se ven en los museos, sin ninguna

consideración afectiva, sin teleología, firme y concluyente

como una ley natural.

 

            La expedición de rescate que envió el gobierno ha claudicado

en sus intentos y nadie sabe si se recuperarán los restos físicos

del escalador en caso de mejorar las circunstancias ambientales

por lo que se honrarán las exequias sin su presencia.

 

Me encuentro a más de 6.000 kilómetros de distancia de aquel lugar,

contemplando el amanecer al oriente desde el pico del Teide, a más de

3.700 metros sobre el nivel del océano Atlántico, en una de las llamadas

Islas Afortunadas o Elíseas o Paradisíacas. Se ubican al noroeste rico del hambriento

continente africano, rodeados por un mar de cámaras de vigilancia

y guardacostas que impiden las migraciones de aquellos cuyo pasaporte

no va acompañado de una tarjeta de crédito o débito con fondos abundantes.

 

            Hemos ascendido de madrugada con una temperatura fría pero suave,

no más de hora y media de pendiente desde el refugio veinte euros la noche,

sin apenas material de montaña especializado, siguiendo a los franceses, rusos,

vascos y catalanes más adelantados, perdiendo las huellas de sus linternas,

alumbrados sólo por la luna escueta en cuarto creciente. Leves dolores

en los cuádriceps, abductores y gemelos, pero soportables y pasajeros.

La respiración y los pálpitos cardiacos más acelerados de lo habitual, pero

sólo es un día más de turismo antes de volver a tomar el sol y las olas

en las playas de arena negra y salpicadas de rocas volcánicas.

 

            Sobre las nubes que rodean la isla de La Gomera se proyecta

la sombra piramidal del Teide instantes después del alba y de que todos

se tomen las fotografías de rigor y de sonrisas por un día más de vida y ocio.

Me pregunto por qué hemos subido hasta allí. Es más: ¿qué motivaría

al primer ser humano a subir hasta allí, a dejarse quemar su piel y sus ojos

(el cristalino, los nervios ópticos, la retina), a invertir su tiempo de vida

escasa en una proeza incierta y gratuita o incluso ingrata? ¿qué calzado

y qué abrigo, por necesidad austeros, usarían? ¿cómo superarían

las amenazas de sus dioses trascendentes, del mundo animista

que tendría en el propio volcán a una de sus expresiones más magníficas

y fantásticas de omnipotencia? ¿y qué buscamos los observadores

actuales de estos desiertos mostaza y piedras porosas dentro de

nuestras propias cavidades, latencias y erupciones posibles?

 

            Tendremos mucho tiempo más para seguir preguntando

y para meditar y para aplazar sine die las respuestas. Podremos, incluso,

elevar nuestras aspiraciones e invertir en equipos técnicos más

profesionales e intentar alcanzar los techos del mundo más nobles

para regresar a los mismos interrogantes y sentir dolores más intensos

y angustias más verdaderas. Con nuestros pasaportes y tarjetas de débito

y crédito podremos llegar a los paisajes donde habitan aquellos que carecen

de esa misma documentación para hacer el viaje a la inversa y para poder

aspirar a subir sus cumbres sagradas y preguntarle a sus dioses

las mismas cuestiones que atenazan a cualquier creador de tiempo.

 

            Al descender hasta la Montaña Blanca, donde quedó aparcado

el coche alquilado al borde de la pista forestal, se avistan innúmeros lagartos

y lagartijas al paso -esta es su verdadera patria- inmunes a las colinas

áridas, a los valles silenciosos y a las lenguas de lava que callan las heridas

que infligieron sin premeditación en cualquiera de las convulsiones

del pasado. Pasamos por la base del teleférico y allí se arremolinan

cientos de turistas esperando su turno para ascender por veinticinco euros

sin el menor esfuerzo físico, pero con sus particulares vacíos

metafísicos, a los miradores desde los que se otean los confines de la isla,

los mares de nubes y el sol abrasador del mediodía (sólo en horario de nueve

de la mañana a cuatro de la tarde).

 

            Algunos han leído o escuchado las noticias del escalador fallecido

en las alturas del continente asiático, mas el rayo gélido atravesando

la espalda es olvidado rápidamente en pos de la única y auténtica vida

cotidiana. Es agosto y estamos de vacaciones.

 

Poética, ¿por qué no?

Poética, ¿por qué no?

 

¿Escribir poéticas es una traición a la poesía? ¿Una recaída en las avenidas de la racionalidad en vez de seguir por caminos secundarios, sendas cortadas, curvas y atajos no reglados? Pero, ¿no es igualmente deleznable la inescrutable teorización de quien lo oculta todo tras una tortuosa desconstrucción? ¿Y qué decir de quienes elevan esta bella arte al supremo olimpo de los bardos sin mácula, separándola de otras artes, de la vida, de sus prosaicas subjetividades? Para mí la poesía es una forma más de interrogar al mundo en toda su inabarcable materialidad, a nuestros congéneres informes o concretos, y, por supuesto, a nuestro propio devenir oscilante y mortal. Interrogar e interpelar. Con la conciencia inconformista ante la objetividad gélida y ante la arbitraria individualidad. Empero, atrapados en sus redes, en un ejercicio de éxodo de la insatisfacción. No es tan diferente, pues, de otros relatos de ficción. Sólo es necesario cantar, dejarse deslumbrar por las palabras cargadas de hermosa significatividad, componer versos con la mayor libertad sintáctica y gramatical de que seamos capaces sin pervertir nuestra voluntad de interrogación e interpelación. Cultivar la belleza del lenguaje incluso por encima, es verdad, de su contenido deíctico y referencial. Cultivar, por lo tanto, la evocación, lo soñado, lo no pensado, las plantas, los animales, las cosas y los seres que albergamos sin querer, o queriendo. Y el amor por la mutualidad, por los sentimientos del límite, aquellos que no se admiten en otros espacios o que se disipan en los divanes de los terapeutas. Poetizar la vida, vivirla con un sentido poético (se escriba o no “poesía”), es una gimnasia de los afectos ávidos por conocer su lugar en ella. ¿Por qué tantos empeños en cribar y categorizar a quienes se decantan por el “conocimiento” vis a vis con quienes, supuestamente, sólo se decantan por el lirismo, el formalismo, o el solipsismo? La poesía, a mi modesto entender, gana sus lides cuando combina todas las armas de ser, sentir y saber en diálogo implacable con otros cantos, con otras artes y con la fascinación de vivir. ¿O será, simplemente, que hoy he dejado a un lado de la cama vacía el nihilismo siempre acechante? No sugiero tanto que se divague en torno a la originalidad y autenticidad radicales como en formol de cada obra -pues todas están impregnadas de múltiples barnices adquiridos en lecturas, miradas y contemplaciones miméticas-, sino que se valore el vigor de esas combinaciones, de esas moradas reconstruidas en los umbrales de lo inexplicable. ¡Allá cada jurado sumarísimo con sus sentencias inapelables! Por último, ¿qué pensar ya sobre su poder cargado de futuro, sobre su inercia performativa, pragmática, incitante a la acción? Es muy sencillo: a muchos jamás les ha conmovido un pelo de su calvicie, a otros les ha atormentado hasta la indigencia; a mí me han maravillado algunos himnos de quienes se sublevaban frente a las opresiones pero no otros, ni todos los intentos solemnes que eximen a sus cantores. De nuevo, cada frontera trazada parece dejar tras de sí un rastro de muertos. ¡Subviertan las fronteras y el lenguaje dictados por los ebrios de poder y abundancia! ¡Sembrad flores, sed impredecibles, proliferad! ¡Regalen tiempo dichoso, manantiales de luz! ¿Qué más le podemos pedir a nuestras musas?

 

 

 

astros

astros

 

Moriría consumido por tus llamas,

por tu navío en llamas, por tus muslos incandescentes

si no nos concediésemos el asueto sabático

que se merecen nuestros frágiles

                                                          engranajes.

                                                          En tu lago de ósculos,

en el umbral de dejar de ser

                                                 (entrar y salir como en un abracadabra)

en el umbral de ser a la par

                                                 y perecer por el fulgor

que desprenden nuestras vísceras existenciales

expuestas: ahí levantamos nuestros andamios.

 

Amo tus senos, desvestirlos,

                                                  tu lamer mis vuelos

                                                  tu navegar en mi risa

                                                  cuando erecto me lames

                                                  sonrosado el ocaso.

 

Ornamentas cada instante humeante donde amasas

el marfil

la paz

el orgasmo postergado

el orgasmo precoz

tu piel luminosa

las cianobacterias primigenias

que hicieron posible este y cualquier amor

(insólitos, disipativos)

esta turgencia

este futuro granado

el lado oscuro

el lado salvaje

el lado cósmico y el telúrico lado

lo que nos hace sudar

hasta el éxtasis del boogie boogie.

 

                                            Ahora estoy embarazado

                                            de tu progenie virtual,

de tus pupilas enfocando el piano y el contrabajo

recorriendo tu columna vertebradora y tu coxis,

un son en tus caderas, una rosa embriagadora.

 

Amo tu luna astronómica, ornamentas cada amanecer ajazminado.

¿Son los labios carnosos -de la boca, del pubis- el tercer ojo?

¿Soy un sueño para ti: una escafandra de astronauta o de submarinista?

 

Amor, amo el champú de tu pelo, tu lengua viva preñada

de buganvillas y una ley vetusta con la que parlamentamos

                                              muy diplomática y vorazmente.

 

En el día de tu cumpleaños araño los arañazos de la vida:

soy la succión de las caricias analgésicas, robo todas las frutas

de los vergeles en aras de la persistencia, me persigo

y te encuentro.

                          (Y según ordenan nuestros engranajes

                          nos damos el descanso imprescindible.)

                          (¿Qué significará echarse de menos?)

 

 

 

cirugía cardiovascular

cirugía cardiovascular

 

Abrir el corazón

es una operación de alto riesgo

pero, también, con benignas propiedades.

La palabra sincera,

la que vincula y entrega,

es suficiente para exponer el pálpito.

 

                                  (No hay prisas

                                  ni una rutina.)

 

Ese músculo milagroso, esa vida única

vale todo por sí misma.

Sabrá cuándo ha llegado el momento justo.

 

Nos abriremos el corazón

y una mano exquisita recogerá

                                                     las verdades

                                                     en su cuenco.

                                                     Escuchará

la corriente fluvial

de la alteración de la conciencia.

 

Se trata de una comprensión

filosófica.

La séptima maravilla de la sanación.

Operemos, pues, con discreta delicadeza

como si estuviese en juego

el mecanismo rotatorio de la tierra.

 

Meditando

                  desde la baliza donde equidistan

                  nuestra vejez y nuestra infancia.

Abrir

         nuestra carta de navegación

         y nuestras ilusiones necesarias.

        (Ese tesoro.)

 

Y sentirnos unidos y enraizados,

ligeros y floridos

                             (materia transcendente).

                             Una estirpe híbrida

fruto de tantas transfusiones.

 

Esperando pacientes

el momento justo.

La palabra fiel

como la sangre que mueve

nuestras fuerzas prodigiosas.

 

En cualquier espacio

donde nos dispongamos

                                           al edén.

 

 

Jardín de las delicias

Jardín de las delicias

 

Para ingresar en el jardín botánico

se requieren credenciales simples:

voluntad de aspirar, euforia y canto.

 

Esparcirás en él tus secretos

a cuentagotas, como el riego preciso.

Y de las taxonomías tropicales

deducirás el ardor de cada día.

 

El jardín botánico es sólo el arte:

tú pones el brillo y los amores rupestres.

Entras en paz con tus vestigios y espadas.

Solidario con los insectos y los estanques,

consciente de lo efímero de tus raíces.

Das. Lates. Embelleces.

 

Para ingresar en la lujuria de las flores

se requiere libar el néctar prohibido:

una breve enajenación, suspender

la gravedad de las cosas, sonreír,

dejarse mecer. El éxtasis es contingente.

No puedes temer su finitud: se irá

y volverá por su propio pie.

 

Y el sol seguirá nutriendo tu ser

cálido y tenaz.

 

 

 

permutaciones

permutaciones

 

 

Casa vacía,

falanges despellejadas

por empaquetar los días.

 

Paredes diáfanas

y tristes como océanos

y ballenas y deudas de amor.

 

Conviene que se ventilen ahora

que nos mudamos.

Otra deriva, otra piel.

 

Reanudaremos

lo que nos acuciaba (¿ya evanescente?).

En nuevas estancias

de luz oriental y cenital, a espuertas.

 

Con reverencia

a la música celestial de cada noche.

Devolvemos las llaves.

 

 

 

dependencias

dependencias

 

 

Mi padre era un alcohólico.

 

Han pasado casi cuarenta años

y todavía me despierto a las cinco de la mañana

enunciando esa frase.

 

¿Un simple desasosiego, una clarividencia, un hecho?

Después de meditar un rato sobre la causa de mi desvelo,

decido masturbarme para volver al descanso.

Al día siguiente se lo relato a mi hermana

(el desasosiego, no las fantasías inducidas para la eyaculación precoz).

Quizás lo que era ya no es, me dice,

o no era igual para ella que para mí, o para mamá, o para otros.

Ahora ya es viejo, no hay nada que temer.

 

Los siguientes días repaso todo lo evocado

por ese cráter en mis sueños.

“Mi padre era” hasta que decidí que dejara de ser.

Sin ceremonias, alejándome con parsimonia.

Y aunque nunca matas esa sombra de una vez por todas

ni la fratria conspiradora puede disolver el tabú,

el olvido es oxidante y corrosivo.

 

Mi hermana dice que ya no es tanto,

pero yo sólo veo a mamá en retrospectiva. Sus armarios

llenos de medicamentos, sus dietas, sus vacíos.

Y nuestras mudanzas precipitadas, la ausencia de raíces

excepto en aquellos largos veranos de sol mesetario y regadío,

sumido en mis cábalas, con todo el tiempo del mundo por delante.

 

“Un alcohólico”, sigo sistematizando como aquel niño aplicado

que acababa los deberes antes de llegar a casa

para luego respirar a pleno pulmón la libertad de las tardes

y el cine de los domingos.

El alcoholismo es una enfermedad. Punto. Y el tabaquismo,

y la mala vida. Allá él si no quiso poner remedio.

Era uno más, una víctima más de su tortuosa filosofía infantil:

no hay nada que hacer, sólo consumirlo todo.

Y de un país de abundancia para tanto funcionario sin rumbo:

qué fácil era llenarse la boca de izquierdismo

y maltratar a su mujer, arruinarla, suicidarse lentamente.

 

Yo no probé el alcohol hasta que empecé a sacudirme

esa memoria mortecina. Siempre construyendo una réplica inversa

a aquel escombro de paternidad, inventando una desde la nada.

El odio puede alimentar la creatividad, puede,

aunque camine y corra sobre un suelo de melancolía.

Mis hijos me lo repiten en el coche: esas canciones, papá, son tristes,

da igual el estilo de música, su olfato es perspicaz y atinado.

Yo, subyugado por mi narcisismo, me niego a reconocerlo:

soy feliz, soy feliz, soy el arquitecto satisfecho de mi vida,

he superado metas, danzo, bebo alcohol con moderación.

Hasta que hace mella la tregua terrible de las obligaciones,

la soledad propiciada y oracular.

Hasta que te das de bruces con el nihilismo:

¿cómo esclarecer el fin de tantas carreras?

¿qué culpa tienen mi padre y su alcoholismo de mi estética nómada?

¿de mi tímido izquierdismo? ¿de mis sentimientos escépticos?

¿de esa obscena voluntad de poder?

 

Han pasado casi cuarenta años

y, afortunadamente, a efectos estadísticos, la mayor parte de las noches

no padezco pesadillas.

 

 

 

Tokio

Tokio

 

Haiku, karaoke, origami, hatcho miso... pero también harakiri y kamikaze. Al llegar a Tokio comprendes que el japonés no es un dialecto del vasco, y que sus cinco vocales son nítidas y cristalinas como las nuestras. La memoria de las palabras perdidas siempre facilita la inmersión.

 

Tras la paz milenaria del bambú

se yerguen gélidos rascacielos de luz.

 

A vista de pájaro, la melancolía.

En la multitud: buscar una salida.

 

No se agota la fuente

que se nutre de las tormentas.

 

Circulan al contrario, por la izquierda. Leen los libros al revés, o de arriba abajo. Otro tanto pensarán de nosotros.

En sus mapas, sus islas aparecen en el centro del mundo. Un poco al norte. También hay países del sur que dibujan los mapas invertidos. Pero no se alteran las demás coordenadas.

 

Tokio es la ciudad global más densa del mundo. Y la que menos trabajadores inmigrantes admite. Apenas alzan la voz en exceso. Y miran absortos a sus cachivaches electrónicos. Se saludan inclinando gentilmente la cabeza, algunos incluso sonriendo. Formalismos, seriedad y el metro a reventar en las horas punta. (¡Por cierto, el gesto de la cabeza es indefectiblemente contagioso!)

 

Las mujeres se rebajan el volumen de sus cejas y se maquillan abundantemente. Algunas imitan la inocencia de los dibujos animados. Los hombres son lampiños, mayoritariamente. El pelo negro y liso de casi todos sólo muda con las canas y con los teñidos color caoba.

 

¿Por qué tendrán las tasas de suicidios más altas del planeta? ¿Tan difícil es encontrar tu lugar en el mundo? Toda cultura esconde su secreto inconsciente.

 

En la rueda de la fortuna

encuentras la templanza de un haiku.

 

Un amor en construcción, sin canon,

sólo se deja habitar por libélulas.

 

Ahora se desdibujan nuestros caminos.

Seguiremos anhelando melodías inspiradas.

 

 

 

melodías obsesivas

melodías obsesivas

 

 

Muchas veces me ocurre que una canción se incrusta en mi cerebro y suena una y otra vez, una y otra vez, durante días. Me gusta esa sensación. La melodía suele ayudarme a sentir con más clarividencia mi estado de ánimo. I’ll bet you thought I’d never find you de Jon Hendricks (http://media.putfile.com/Ia-ll-bet-you-thoug), tiene esas cualidades propias de una oruga en el cerebro. Combina sabiamente esas dosis de alegría y de tristeza que precisas para mantener el rumbo en aguas turbulentas. Una especie de astrolabio sonoro, un refugio íntimo. Cuando la obsesión hubo amainado, busqué sin éxito el texto exacto de la composición. Pero en internet debe haber tanta sobrecarga y redundancia de convenciones como en nuestros contornos más inmediatos.

 

Fui tarareando aquella canción muchas noches y mañanas, de camino al Malaya. Al pasar habitualmente por la Plaza del Ángel vi que en uno de los cafés actuaba todas las noches, durante una semana, otro de los magos del jazz, Ben Sidran. Recordé, de súbito, su concierto para García Lorca (http://media.putfile.com/aint-necessarily-so_Ben-Sidran http://media.putfile.com/Ben-Sidran_Look-here). El disco lo había grabado en mi ordenador cuando lo descubrí, hace unos años, en la casa de una amiga alemana en Amsterdam. Y me había conmovido e hipnotizado desde la primera audición. Más melodías arrebatadoras para los tiempos muertos. Creo que las entradas eran de un precio abusivo, veinticinco euros o más, y mi economía no está para excesos. Además, la experiencia casi surrealista y poética de defender aquel palacio centenario de las garras de los especuladores inmobiliarios, aún a costa del sueño sagrado, me resultaba mucho más enriquecedora.

 

El Malaya fue desalojado el primer día de diciembre por los lacayos policiales y judiciales a sueldo de mafiosos o, cuando menos, cómplices de sus hurtos y tretas. A mi edad ni siquiera siento rabia, lo analizo con frialdad, pero, irremediablemente, acabo cambiando de sintonía mental. La noche del desalojo ya no estaba sumergido en aquella niebla de fantasmas. Me había encerrado unos días en casa, lejos de Madrid, a finalizar varios trabajos que ya no podían demorarse más y a estar con mis hijos. Entonces es cuando Ben Sidran vino a visitarme de nuevo. Esa elegía alegre, esa memoria de la injusticia envuelta en blues y humo. En su homenaje, el viejo jazzman nos hace revivir el optimismo del poeta en Nueva York, lo que nunca muere por mucho que maten los cerebros embotados de vacío y mercenarios.

 

Siempre me ha sentado bien escuchar música o la radio mientras trabajo. Para tomarme un respiro, o para desconfiar de esa concentración enajenadora a la que te arrastra todo esfuerzo intelectual, por mucho que te gratifique a su vez. Comporte clarividencia o sensaciones más pasajeras, es asombroso cómo se entrecruzan todos estos hilos. (Claro que esto no sé a quién le puede importar un pimiento -¿a un posible torturador, quizás? Pero es que es domingo por la tarde, espeso y encapotado, y el trabajo no anda muy ligero. Así que me aprovecho de este espejito para dar rienda suelta a la búsqueda de cómplices en la perplejidad. Disculpen las molestias.)

 

 

 

hundimientos

hundimientos

 

Otra noche más, intempestiva. Hurtándole al sueño la paz reparadora que demanda desde hace semanas. A la hora convenida, el turno de vigilancia. La calle Atocha es larga y fría. Con viandantes variopintos, incluso bien entrada la madrugada. Borrachos y coches de policía son los móviles más frecuentes. El frío, la somnolencia espumosa, la mirada perdida a uno y otro lado de la calle, aunque simulando interés y alerta. Los pasillos tenebrosos. Los salones señoriales, fantasmagóricos, con sus decoraciones pomposas y desteñidas, sus techos altísimos y las molduras doradas. Atravesarlos a media noche o al alba era siempre como una despedida. Y tropezar con todo tipo de cachivaches y mobiliario dispuesto para las barricadas o para el abandono definitivo.

 

Esperar un desalojo es más desolador que heroico. La disciplina militar que se acuerda en las interminables asambleas, se disipa a medida que nos envuelven la noche y las pesadillas. Es como esperar a un fantasma más de estas ruinas, aunque proceda del exterior. Nadie sabe cuánto seguiremos así. Velando esta fachada esplendorosa y decadente, pero que se ha preñado de tantas vidas durante estos meses. Aguardando el hundimiento de este barco. O será el otro barco más general, ese que dicen que está en crisis, el que de verdad va a la deriva. Es curioso que una noche me encontré entre las cajas volcadas y los libros añosos desperdigados por el suelo, aquel viejo poemario de Enzensberger: El hundimiento del Titanic. También un voluminoso tomo bilingüe de Walt Whitman, aquel gran oso lírico. Los hojeé con una sonrisa escéptica, como quien se encuentra con entrañables amigos al cabo de mucho tiempo y reconoce que la complicidad esencial permanece.

 

Nos hundirán otra vez, es posible. Pero se seguirán hundiendo sus transatlánticos podridos de explotación y avaricia hasta atragantarse. O eso nos gustaría pensar: amenazarles, demostrarles cuán libres podemos respirar cuando nos unimos, cuando entramos en sus lujosos inmuebles y levantamos el velo de sus leyes taimadas. La calle Atocha suele estar concurrida y bulliciosa, por eso tardan tanto. En este mismo Palacio tenían un despacho los abogados laboralistas que asesinaron los facinerosos impunes al abrigo de la inercia dictatorial. Cada noche y cada mañana que me levanto de mi colchón provisional, se me hiela por un momento la memoria. Permanecer en estos balcones y sumar nuestra presencia, me da una templanza que no tiene precio.

 

“El iceberg pasa silencioso, se desliza junto al barco resplandeciente, y se pierde en la oscuridad.” Sé que algunos preferirían una narración más lineal, sin la ruptura del aliento que supone designar un verso. Pero a mí cada una de esas pausas me evoca mi propia vida. Incluso estas noches tan irreales, observando el horizonte vacío y luego saliendo pronto a trabajar, desatrancando ritualmente el portal magnífico de una madera gruesa y vetusta. Eso es lo que ocurre por las noches. El resto de los días se zambulle en la deliberación, en los cuerpos insurrectos y en la fiesta. La noche que lleguen desapareceremos hasta colarnos en sus insomnios, contemplando el hundimiento desde lejos, desde otra casa expropiada a los ladrones de guante blanco.

 

 

 

Epístola

Epístola

 

¿Has oído el rumor de esas aguas subterráneas nuevas:

las que absorbe la edad, las que oxigenan los filamentos

que enhebran la cordura con la locura -ahora, que sobrevivimos?

 

¿Y el canto del invierno arremolinándose en las fisuras

de celosías y paramentos blindados? ¿Como los acantilados

contiguos a tu sed de amor, siempre objeto del látigo:

firmes, indigentes, dueños de esa luz de mar primitivo?

 

Nunca nos consignamos a efemérides apenas. Vagamos

entre veredas minadas de imperativos kantianos y girasoles

quemados por la impotencia utópica.

 

(Aprendimos a designar los refugios para sustraernos al ostracismo.)

 

Necesitaba tus reflejos -tantas veces cristalinos y severos-

para mis preguntas cubistas. Y permanece nuestra savia inconforme.

Ese laxante cómplice a través de largos meses y kilómetros

de silencios.

 

Ha pasado mucho tiempo. El ser humano es diletante:

añora explicaciones, toma aire y se sumerge en un magma

de arrebatos pasionales. Hay quien se ocupa de los manjares.

 

Algunos van olvidando a quién interpelar con coraje

-porque el tiempo y las algas los envuelven y arrastran lejos.

Nosotros sobrevivimos, empero.

 

(Cuanto más políglota, más descubro el idioma de mi infancia.)

 

 

 

Escandinavia

Escandinavia

 

Salgo sobrecogido de contemplar

los soles y pájaros de Max Ernst

y, en las salas contiguas de esos museos

en una isla de Estocolmo,

las cuadrículas sin esquinas

en ángulo recto de Ildefonso Cerdà

-esos nombres propios y tópicos

que se pueden citar, polizones convencionales.

 

Pero no menos que con esos colores parduscos

amarilleando hayas y castaños, degradando

los inmensos verdes y vertiendo sus hojas muertas

en las sendas. O con esos mástiles recios

y envejecidos aguardando el doloroso frío polar

en estos canales tan terapéuticos

para la imaginación y los horizontes poblados.

 

Me abstraigo entre las penumbras de un libro

sobre teorías de la racionalidad –y a quién le importan

las teorías, el ser, el discernir los haces de luz-

mientras recién nacidos y niños risueños

y madres devotas por doquier deambulan

con todo tipo de facilidades a su alcance

para mayor gozo de sus pechos universales.

 

Toda esa belleza –relámpago- me arranca de cuajo

esas pústulas irracionales que azoraban

mi respiración. Supongo que es el ciclo natural:

anhelar, preferir, la inmersión, luego todas esas

inevitables desafecciones, la vida cruda y cruel,

la asfixia, hasta que asciende ufana la lujuria,

de nuevo, la aspiración hasta el último alvéolo,

compartir aun sólo sea una pizca del alma

o de la dicha esquiva a pesar de esa rocosa y severa

intimidad -pero eso es lo de menos: sólo intentamos

sustraernos a ese ritmo de la producción general,

a ese dilapidar el tiempo de la nada.

 

Quién nos puede conocer: hasta la médula,

hasta la materia última y ese cuerpo

que nos empeñamos en obliterar. Nuestro

extraño acompañante. No perderlo. Acariciarlo

como el acto más hermoso. Nunca desgajar

de la memoria estos otoños arrebatadores

de violentos resuellos y gloria impasible.

 

 

 

Viajando con Zenón

Viajando con Zenón

Al filo de la hora de cierre, en el supermercado del barrio, secciones de embutidos y carnicería: tres empleadas sueñan estentóreas en voz alta, si les tocase la lotería viajarían lejos, unas a lugares exóticos, otras a exquisitos parajes y balnearios; pero que toque mucho, concuerdan, como para jubilarse.

 

Lo peor serian unas migajas, que la ilusión siga royéndoles de por vida.

 

A mi izquierda, en el avión, una joven sueca y rubia y madre por segunda vez: sigue cobrando el noventa por cien de su, sospecho, abultado salario, durante dieciséis meses; antes viajaba sola una vez por semana a las embajadas suecas por todo el mundo, y lo echa de menos.

 

Le hace pedorretas a su bebé y sueña con volver a cabalgar los cielos. Un azafato que le da el relevo comenta que en este vuelo han despachado más menús, de pago, que de costumbre.

 

En las reclusiones físicas sólo cabe la evasión interior.

De las cárceles invisibles pensamos que podemos huir a algún exterior, el que sea.

 

Pero el movimiento, si no es paradójico, produce constantes ‘jet lags’ y mareos.

 

(Por cierto, ¿cuántos sentidos de la vida cobijarían todos aquellos turistas?)

 

 

 

del letargo farragoso, incluso,

puede renacer la preciosa

corriente de ofrendas cristalinas,

oro líquido de tus manos a las mías,

de piel a piel, templo transparente,

reptando lenta, derritiendo nieve,

mi todo, pleno de luz, multitud

a grandes sorbos y bocanadas de aire

y dones siempre manando

crasos, fermentos jubilosos

a pesar de esta fe en nada,

de mi sol efímero, de nuestras derrotas,

de los cadáveres andantes, las letanías

y los sermones, qué sabemos, mi vida,

sino darnos sin mesura

ni cuentagotas, sólo regateos

de acuerdo a las leyes de la infancia,

somos su esqueje, un brote más

de ilusoria inmortalidad, somos

si nos entregamos las alas y aromas

del amanecer, el alumbramiento,

la conversión de hierbas en lenguaje,

la panacea, el poder ser,

por eso, mi astro danzante, esta celebración,

este presente de ternura,

este clamor

 

 

 

 

 

 

Asedio de lo frágil:

por lo frágil, a lo frágil,

con lo frágil.

 

Desde ese punto de equilibrio,

de austeridad.

Como si el universo se plegara

en esa inflexión.

Y no morir. No morir al palparlo,

aun hacia su sima.

 

Estas guerras locales:

armaduras, corazas, ignorancia.

Pasarán, amigo.

No volverán nuestras células

muertas. Ni los hijos.

Ni aquellas ilusiones carnales e infinitas

que incendiaban nuestros cuerpos.

Y rubricamos la defunción

de las heroicidades vanas.

 

¿Asedio?

¿Con qué derechos, blandiendo

qué argucias?

La luz cenital y las bayas dulces

están pletóricas, no hay fosos.

Tus pinceles designan y renombran.

El que crea, no descansa.

Revive cada mañana

de acuerdo al contrato natural:

ni gana ni pierde.

Nadie le representa.

 

Lo frágil, me recordaste, no es la debilidad.

Ahí le ganamos una partida

al cirujano, siempre al borde del precipicio.

Siempre hay un próximo instante.

Ni asirlo con fuerza,

ni dejarlo caer de golpe en el suelo del olvido.

Lo dicen del amor que se rompe

siempre. Lo más frágil

y lo más difícil.

 

Bebernos el limón de los días.

Bebernos los buenos y los malos tragos

y hacer caso omiso

a la moral de los pusilánimes.

Frente al asedio:

beber y brindar con nuestro enemigo interior,

el más mortífero de todos.

 

 

letras utilitarias

letras utilitarias

 

 

En una de las últimas librerías que he visitado, de esas con estantes llenos de libros de segunda mano con páginas amarillentas y olor a humedad, me encontré con una joya literaria que contenía las siguientes inscripciones grabadas con uno (o varios) de esos viejos sellos de caucho que se embadurnaban en la esponja de un tintero, fabricado ex profeso para los fines de su propietario.

 

 

Aviso para navegantes

 

Este libro es tan sólo una más de las extremidades indolentes que constituyen la biblioteca de Juan González con cuya sombra y tal vez también, por aviesa fortuna, con cuyo hueso simbólico de inquietudes intelectuales, habrás podido interaccionar en alguna ocasión de tu vida no menos fugaz que la suya. Allá donde me portes, bajo el polvo en el que me sepultes, indiferente a los lamparones de grasa que pringuen mis páginas, a los monigotes con que me ilustres o a las esquinas que me pliegues, recuerda tu deuda: revertirme, sin demora ruín, a ese cuerpo de sueños y legajos anacrónicos al que pertenezco y del cual tu amor pasajero e ilusorio me arrebató en aras de manos y miradas paradisiacas cuyo obsequio nunca compensará suficientemente el sacrificio de mi separación primordial. Que la belleza y la sabiduría te acompañen, viajero, siempre que cumplas con esta cabal restitución y que te sustraigas al celo, la codicia, la pereza y la vil tentación que acechan a los espíritus indignos de hospitalidad y préstamo.

 

 

Last but not least

 

Me veo obligado a imprimir este recordatorio en la solapa final de la presente obra en prevención de que libreros sin escrúpulos o ex-amigos sin remordimientos de conciencia arranquen de cuajo la primera página de advertencia en la que se insta (o instaba) a devolver con urgente apremio este ejemplar a su adquisidor original y coleccionador sentimental, Juan González.”

 

 

Curiosamente, ambos textos, con su peculiar tinta morada y desgastada de forma casi impresionista, aparecen cruzados con dos trazos de bolígrafo rojo. Al final del segundo, alguien añadió esta lacónica nota bene manuscrita (también con tinta roja): “N.B. No se aplica. Reventa.”

 

 

 

 

¿Quién soy? ¿En qué pierdo o gano la vida?

¿Y si sólo me atraviesa y de nada sirve tejer,

dar ejemplo, sentir con plenitud

en un tiempo cósmico?

Todo procede de la infancia.

La infancia larga, añorada, robada, violenta,

preñada de unos pocos algoritmos

con los que leer el mundo.

Aquel niño incrédulo y expectante.

Aquella piel fronteriza, siempre ese recinto

de soledad, ese axioma, ese interrogante.

¿Por qué tanta demora

en reconciliarme con esa criatura?

Con estas credenciales no me extraña

que me confundan mis alumnos.

 

 

 

con este haz de ideas abigarradas

y sentires afligidos rondando la memoria

no sé qué hacer

 

cuando se truncan el tallo y el vuelo

apenas restan fuerzas y sólo amas el letargo

y los trazos quiméricos de horizontes

 

es muy tarde, infinitamente tarde, para rectificar

 

no teníamos un plan para lo sinuoso

ni para los cuidados paliativos, ocupados

en engendrar savia rebosante hasta las cimas

y espíritus solares

 

soldar el tiempo, amamantar a esa criatura

que vindica su centro -no sé qué hacer-

resucitar y transgredir

las señales de la ausencia -no sé-

 

siempre acabo como un amanuense:

escribiendo catálogos efímeros y tretas

para anestesiar la melancolía, tretas

y espacios en blanco, márgenes, refugios

 

como en esos centros urbanos

por los que paso desapercibido:

siempre es tarde, sólo amas los bálsamos

 

 

melancolía

melancolía

 

 

La realidad siempre me sorprende más que la ficción. Ahoga toda la fantasía. Estalla ante mis ojos como una explosión inesperada. Por eso, a menudo dejo que mis sentidos se empapen en la contemplación de seres ajenos. Como si las escenas que componen dieran sentido a mis propios sentimientos, como si los guiaran de una forma inconsciente y colectiva. Así se disipan mis tristezas y me parece que soy un especimen más entre una multitud a la deriva, con mis rarezas y corduras, como cualquiera. Sin mayor preocupación por la belleza o futilidad de lo que transcurre. Sólo palpando su materialidad con mi mirada, desde mi interior, como si yo fuera una parte más del engranaje. Cuanto más te metes en la piel de los otros, más se contaminan tus nervios de toda esa humanidad híbrida, y menos necesidad sientes de erigirte en un primate privilegiado. Todos podemos morir en cualquier momento. Pero sólo el miedo aisla, individualiza, te mata prematuramente por asocial.

 

Hoy coincidí en el metro con tres personajes, entre las varias decenas que sólo dejaron esas raspaduras fugaces en la memoria. Una chica joven, de más de treinta, se subió en la última estación de la línea 8, en la T-4 del aeropuerto. Llevaba una tarjeta al cuello que la identificaba como personal de alguna tienda del aeropuerto y enseguida empezó a hablar por teléfono con una compañera de trabajo gesticulando como una actriz profesional. Al parecer una cámara había registrado cómo introducía su mano en una caja registradora y su jefa la acusaba de haber sustraído dinero de la misma. “A mí no me trata nadie como una ladrona. Si me acusan de algo, que lo hagan en la comisaría.” No miraba a ningún viajero del vagón, pero hablaba alto y claro sin importarle que todos se dieran por enterados. Y movía sus manos como si la caja registradora estuviera allí mismo, en el aire. Y se retorcía en el asiento incomodando a su vecino, cruzaba las piernas con sus zapatos de puntera afilados y arrojaba con rabia el móvil en su bolso negro y voluminoso cada vez que se cortaba la conversación. Entre llamada y llamada, también retomaba como una autómata una de esas novelas de casi mil páginas en letra pequeña y con las tapas blandas y alguna horrible portada. En la misma línea, en la estación de Colombia, una pareja de jóvenes veinteañeros se daban un beso parco de despedida antes de que ella se subiese al vagón. Pero antes de que se cerrasen las puertas, se asoma entre ellas, interpone su bota montañera y le llama a él con voz deseperada: “¡Nacho!” Pero el aludido parece que ya se marchaba de la estación y ella regresa a su asiento casi sollozando, sin que sus cuatro rastas pudieran ocultar un gesto de desolación. Como si en cuestión de segundos hubiera cometido un error definitivo. Como si hubiera acelerado una separación irreversible. Mientras, el chico se volvía con la vista fija en el tren que se alejaba de la estación. Y ella recibe al poco una llamada que, sin embargo, no aplaca su intranquilidad. En el vagón adyacente y hasta que llegamos a Nuevos Ministerios viene un joven próximo a la treintena escuchando música bajo unos cascos de esos que cubren los pabellones auditivos y medio cogote con su alta fidelidad. Lleva pantalones vaqueros de pitillo, calzado de voleibol con una “x” dibujada y una hortera camisa de manga larga con cuello y botones a rayas azules cielo y fucsia. La barba desaliñada contrasta, sin embargo, con un pelo lacio, abundante y con una melena larga que le llega hasta la espalda. Buena parte del camino lo pasa agarrado a una columna de acero del vagón, golpeándola y bailando con ella como si estuviera poseído por los espíritus de Jimi Hendrix o de Led Zeppelin. Su cara arrugada al compás de las guitarras eléctricas que se intuyen rugiendo en su aparato reproductor de música digital, es todo un poema. Parece entusiasta.

 

Otros días me encuentro parejas maltratándose, rusos que salen de jornadas extenuantes de trabajo o los inextinguibles músicos tocando y pidiendo con urgencia estomacal. Pero hoy sólo me detuve en esos tres cuentos de soledades y compañías fantasmas. Como decía el director de documentales Lech Kowalski, al final te das cuenta de que tú eres todos y cada uno de esos personajes en los que te has fijado, con los que te has mezclado. Arriesgándote a estar, construyéndote mientras te sumerjes en las escenas. Desde tu vacío, tu melancolía, tu desnudez. Lo fácil es bajarte en tu parada y cambiar de tren. Y así, otra vez, hacia ninguna parte.