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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

las once y un minuto

las once y un minuto

 

¡Me sufragas con tanto amor supremo, soberbio,

pan de leña, besos distraídos, extinción de fronteras

en lo que toca de tu piel a la mía!

 

Que hasta las orquídeas parecen inmortales

y nuestra voluntad y deseos se trenzan

sin remedio ni solución de continuidad,

ajenos a las órdenes, dueños de su insólita

naturaleza.

 

Ni las firmes placas tectónicas ni la más

hambrienta de las bestias resistirían el embate

de tanta florida abundancia. Sin una pizca de ruido.

Con ese rozamiento que sólo oímos porque

lo anhelamos.

 

Estoy en tus filamentos. En tus borrascas y

anticiclones también. No puedo irme a ningún

otro lugar imaginario pues soy mis raíces

en ti. Y no se puede seccionar lo que es totalidad

excepto como espurio ejercicio matemático o

como el salto de pértiga o del esquiador que

contemplas con el aliento en vilo.

 

Me afirmas y me persuades, aspiro cada partícula

de tu polvo de estrellas, lo ignoto se presenta

menos envalentonado y nos brotan músculos

de la simple alegría. Veo que son las once y un minuto

de la mañana y me pregunto por qué casi todo

lo demás carece de sentido.

 

cálculo de las turbulencias

cálculo de las turbulencias

 

En los meandros que investigo, y si la luz

de soslayo o transida me reclama.

 

Esa fina vara de equilibrio que se comba y regresa

a su centro,

después de ponerlo todo en entredicho.

 

En pie, en vela no. ¿Cuánta vida por delante?

¿Y cómo sostener el escrutinio?

 

Apostilla tras apostilla ese tosco pavimentar.

 

 

Presupuestos generales

Presupuestos generales

 

Pero no de alambicados teoremas.

 

Pero no de la escarcha nativa,

ni de los axiomas sin luz propia.

 

 

Peripecias

Peripecias

 

Asido a esos racimos de memoria que fructifican

según la ley de las probabilidades y el voto de mi paladar,

paciente, empero, al socaire de tanta provisión incierta

y artificial.

 

Por eso interrogabas a mi antiguo yo, otro enigma.

Cuál sea el espacio del genio, el territorio que guarece,

atañe a reglas manchadas de sangre.

Por eso me abstraía: ¿qué armas para el pueblo? O peor aún:

¿qué pueblo?

La piel se me tizna y arruga, como por arena de desierto, mientras

los estratos geológicos se estremecen y los cultos, quienes oran

o recolectan, hacen industria.

 

Un cúmulo de albedríos, de errantes venales.

Una cornucopia de ojos asombrados por la aurora y por

el declinar, en su dulzura no empalagosa.

Arqueólogos de alabastros y palimpsestos. Hebras de

azafrán, aromas escanciando tu apetito.

Sabes que puedes, que esa armonía indeleble, aunque espejismo,

mueve montañas.

 

Abastecido

con la casuística gemela de un sol nutritivo, con los méritos

de la simiente de probada fecundidad, me otorgo

derechos de tránsito.

 

 

Itinerante

Itinerante

 

Nunca la infancia fue ni patria ni matria.

Ni refugio mejor.

 

Si acaso, afluente hondo, reguero

que nutre el deseo insatisfecho.

 

O sedimento apenas.

 

Didácticas apócrifas

Didácticas apócrifas

 

Sería por el 79, cuando aún no había cumplido los 9 añitos de edad. Me lo ha recordado la canción de Violeta Parra. El profesor de religión nos propuso escribir un poema-canción con la misma estructura de estrofas, comenzando siempre con un “gracias a la vida”. Quizás fue mi primera escritura en verso, quién sabe. Aquel profesor todo bondad y con una piel ora pálida, ora sonrosada, que no parecía ni tres cuartos el revolucionario que llevaba dentro. Recuerdo otra de sus clases sobre sexualidad cuando una niña le preguntó con voz alta y clara “¿qué significa masturbarse?” y él respondió con una prestancia y nitidez no menos llana, sin un atisbo de oscurantismo. Y las pocas notas que sé extraer de una armónica se deben a los recreos en los que nos instruía o jugaba al ajedrez con nuestros ávidos instintos mientras a mí me empezaba a preocupar seriamente la amenaza de guerra nuclear que leía a todo color en la revista “Muy interesante”. Supongo que aquella mezcla fue agitando los constantes diálogos interiores con el Dios que me había inventado o que, simplemente, había adoptado de aquel mundo de creyentes con sus distintas veleidades. Enseguida lo fui arrojando a la cuneta quedándome sólo con la metafísica literaria o con la de las noticias de actualidad. Más que un lirismo abrumador, a mi alrededor, según mi memoria de aquella época, campaban a sus anchas los conflictos familiares y las mudanzas imprevistas. Pero los ojos de un niño no dejan de deslumbrarse por los destellos de la primavera y las cerezas, por el fulgor silencioso de la nieve y, sobre todo, por el viento de libertad que obligaba a entornar los ojos cuando descendías en bicicleta, a toda velocidad, junto a aquellas imponentes montañas de carbón. Y en verano los campos de espigas y los trillos, los cangrejos americanos asados a la orilla del mismo río donde los capturábamos. Dios, desde luego, no estaba presente en ninguna de esas sensaciones sublimes y sencillas. Más bien me parece ahora el ornamento con el que mucha gente se vestía para cubrir sus angustias, para no ver ni sentir la plenitud de la vida. Espero que pronto desaparezcan definitivamente las clases de religión de todas las escuelas, pero ojalá que sigan existiendo maestros de la vida y de la poesía como aquel hombre que nos abrió tantas vetas de conocimiento.

Artes culinarias

Artes culinarias

 

Técnica literaria:

1 podar, en invierno, las palabras superfluas,

2 fotosíntesis y alimentar el humus de la vida.

 

 

Resuello

Resuello



 

No abusar del silencio.

Pausa,

serenidad.

La antinomia de lo compulsivo. Lo más salvaje

y cósmico, más

que el gruñido.

Te amenaza de muerte, te carcome como la

muerte misma.

Escúchalo, escucha su aliento.

Hasta pronunciarlo desasosiega

como cuando la galaxia, de nuevo, explota,

finge, y renace el sentido.

Silencio ufano.

Pausa,

serenidad íntima.

Aprender del albor.

Mimbres

Mimbres

 

Ni convencional ni tópico. Lo ostensible,

al unísono, es fruto de un lento hervor.

 

 

Huelga general

Huelga general

 

Deconstruir los relatos de quienes nos mutilan.

 

Con argamasa y poesía, hilanderas y materias primas,

parques fluviales y atletismo, la conciencia de nosotros

y los laberintos como pasatiempos:

 

no cejar, argüir la ciudad emergente, mostrar los frutos

ya maduros,

                     que no falten cantos ni proclamas,

que abunden los legados y los sanos juicios.

 

                     ¡A la levadura del deseo, hacer venir!

Con el trance y con la mano, o por la luz radiante

de la serenidad.

 


Envite primordial

Envite primordial

 

La aritmética de la felicidad no pierde

el resuello. Baila y baila como un naufragio,

oye marimbas y vientos como sólo los idos.

Nosotros también oíamos alucinaciones

que curtían nuestra piel arenosa.

Noches de fósforo.

La musicalidad de palabras extranjeras

que sólo interpelaban al caos de estrellas

en nuestra oscuridad.

Recítale poesía a un extranjero que sólo balbucee

tu lengua y verás cómo danza ajeno.

El significado sólo despierta a los jaguares.

Por más que lo descifro

sólo encuentro metal contra metal. O me engulle

la serenidad de un jardín inmóvil,

la lisura del tiempo.

Todo podría reducirse a un simple prisma:

estar con la persona a la que amas y que ella

te sonría (no importa dónde).

El resto es soberbia y física,

rodamientos, arreglos y juventud.

Del fulgor sedoso y de las arcillas cromadas

se desprende expectorante

nuestra vida entera. A veces proyectamos leves

y perplejos nuestra vida entera.

Y el aleteo de las imágenes pasantes

deja la huella del sueño,

la materia del atlas con el que te invoco

a surtir de dicha cada resurrección.

 

 

Lectura constructivista

Lectura constructivista

 

Fenece la realidad que no ha pasado

la prueba del amor. Cuando no se atraviesa

el umbral del eclipse, la piel aterida,

el rumor de la tormenta.

Súbita la encarnación

celebra el viento disforme, la sabia

circulación de las extremidades.

Titilan los luceros como tótems que

nos circundan. ¿Por qué me embarga,

por qué esa simple placidez

que se escabulle a la teleología?

Ingrávido,

fetichista,

tenaz hasta confundirme

con el paroxismo de tu luz.

Extraes de mis cavidades un deseo

mineral, la reconstrucción

sensual de un orden amaneciendo.

En esa calidez, en los estertores de lo gélido,

te proclamo en primera persona.

Interrogo a los mapas de fuego.

Racionalizo el milagro de tanta belleza

y sé que esos rescoldos serán diamantes

sólo en el reino de la memoria.

 

Pasos a nivel

Pasos a nivel

 

 

En la piragua celeste surcamos el olvido

de la fábrica de nieve y los peces epicúreos comen

en nuestras manos ligeramente saladas.

 

Rompemos olas y aguas. Quebramos nuestras

cinturas de un placer subliminal y sonoro.

Las algas intrépidas vigilan nuestras lenguas

ya saladísimas y picantes.

 

Dormito dos horas en la orilla de tu mirada

mientras la cronología nos observa a conciencia

y no hay voz poética ni unívoca que pueda resistirse.

Los cangrejos ubicuos reparten autógrafos.

 

Me muerdes los pezones residuales en cada nuevo

catre que nos vuelve locos de especie. Nadas

en mi vacío y me llenas de cometas libérrimas.

Predicen un blanco firmamento para las

próximas invasiones de coral.

 

Exudamos una escuela semiótica, nunca sádica

ni masoquista, cuando no hace frío y la vida es

un acordeón.

 

 

Zahoríes

Zahoríes

 

 

Con los tributos de tantas manos y vidas anheladas

se construyeron estos paisajes donde nos inspiramos,

a bocanadas.

Arbóreas estancias donde bullen mensajes, aves

y almas en incienso para dejar constancia del

tesoro de nuestros pechos:

radiantes, bruñidos, sudorosos.

Arena de las reglamentaciones

que se deshacen entre la simbiosis y

el aire propicio que me regalas. Albaceas,

simiente, útero del sentido.

¿Vinimos a este archipiélago de pináculos

para comprender la belleza

contra el tiempo?

La belleza que se enajena del curso del tiempo:

vacío, transparencia,

premonición.

Dicha u orgasmo, tantas veces. Evasión del

trabajo y del tiempo muerto,

sólo, tantas otras.

Lento aprendizaje de los átomos de luz

que traban el amor,

los vínculos elegidos, las premisas.

Voy a ti por la ciudad de la infancia.

En el humus remanente, fértil,

afloran y se solean nuestros equilibrios,

una línea de horizonte pleno,

madera a flote de la racionalidad.

¡Bogar, bogar!

¡Cuán obvio es este deseo!

 

 

 

En los oasis de la inmanencia

En los oasis de la inmanencia

 

 

Vivir ahora, contigo, como en lo absoluto,

en la costumbre del beso y de la caricia dulcísima

despejando los claroscuros.

Imprimiendo una inercia mentolada,

en el pasar de orquídeas y brisas

templadas, al escalofrío de

tu sonrisa a tiempo, en hora cierta.

Ni la languidez del abrazo carnal, ni la

promiscuidad de mariposas enlazando

nuestra voz, pueden mitigar o desvanecer

estas huellas. Hondas huellas, nativas

y cristalinas. Vida arracimada al vino

de tus ojos, vida vernácula y

lúcida, retorno del despertar.

Nada distinto

podría añorar.

 

 

 

¿De dónde brotaba la tristeza de García Lorca en Nueva York?

¿De dónde brotaba la tristeza de García Lorca en Nueva York?

 

El último puertorriqueño que nos sonrió, con sus más

de doscientas libras morenas, vendía bicicletas y sólo

cuando nacieron sus cuatro hijos morenos y joviales

se salió del gang del barrio.

Eran otros tiempos. Ahora, dice, hay blancos y bares,

bares y blancos que compran bicicletas y habrán subido

doscientas o más veces a uno de esos rascacielos

que perfilan el horizonte brumoso.

Los niños morenos y joviales, y los negros y joviales niños

chapotean

chapotean

chapotean

entre las cortinas de agua tibia de los parques de juegos

enjaulados.

Algunas de esas mañanas con el calor húmedo y pegajoso,

con las bombas de calor a presión que los escupe de las bocas

del metro, y al redil de jóvenes voluntariosos

blancos y morenos, morenos y negros jóvenes, con sus camisetas

azules y verdes y amarillas que los hacen a todos iguales

por un instante,

por un breve y cósmico instante,

algunas de esas mañanas también jugarán entre

las ardillas y los lagos verdes caimán.

Enseguida medrarán y se plancharán el pelo crespo y rebelde

y se irán con la música a todas partes,

por todos los pasillos, por todos los laberintos,

subiendo y bajando todos los peldaños posibles

que permitan las fuerzas del orden.

Los miro al volver de la playa, de la playa donde

se reúnen casi todas las clases sociales.

Y miro a una mujer alta y castaña que solloza

en la fila de enfrente, que no puede evitar

sollozar a pesar del ruido tormentoso de las estaciones,

a pesar de los vagones metálicos y plateados como espejos,

a pesar de las miradas esquivas de todos.

¿Por qué?

¿Por qué ahora?

¿Por qué nos interroga ahora a los demás viajeros?

Con lo largas e inescrutables que son estas líneas

del metro. Con tanto tiempo para no mirar,

no pensar, no preguntar

adónde, cómo, si en un mar de reliquias,

si en descripciones atómicas, con qué hálito

radiante cada despertar.

Vuelvo, necesito volver, a ese denso hormigueo

de rostros inescrutables, rostros asiáticos, rostros latinos,

árticos y polares

quemados por ese sol de justicia, vago y ciego.

A pocas millas de aquí, tan sólo, residen

quienes prefieren las sombras del desierto.

Siempre estos desniveles,

siempre estas desembocaduras.

 

Desplazamientos

Desplazamientos

 

 

Minucioso andar, orientarse en la mirada,

replegar las alas. La ciudad densa

y granizada que hemos preferido por mor

de una inercia común.

Nos da un tiempo húmedo y pájaros rojos

como incendiados.

Incendiados conductos subterráneos donde

exhalan nuestros pulmones,

donde la ternura está en suspenso

o las almas vuelven de su tierra prometida,

nunca encontrada.

Me das una ruta

cataclísmica, me recompones

a continuación.

Necesitaba desgranar este augurio

de vivir en círculos, contigo, en el

consenso de las cataratas mejores.

Puentes, túneles, diagonales, pasos de

cebra, senderos arbóreos y

el pulso rítmico de la urbanidad.

A tus brazos me remito. Vigor que

desflorará en la búsqueda,

en la puntuación y las señales.

Salid, dioses sin cabeza,

del verdín viscoso que os apresa.

Dejad huellas, ralentizad

los humores enfebrecidos.

Nuestra rala sabiduría

proseguirá los nudos, nos amarrará.

Ten por cierto

el proseguir.

 

Aerodinámica

Aerodinámica

 

Saliendo de la ausencia,

a la escucha del silbo y de la flauta

que timbran en tu noche, desbrozando

los segundos restantes de tantas sombras

peregrinas.

Desayuné semillas de amapola y cielos

boreales y azulados

en noches que huían de las noches,

meciendo, agridulces.

El jardín botánico se abría en canal

al paso y a la danza de elefantes mansos,

de la mansedumbre

desempleada. Acristalados

invernaderos albergando los fundamentos

ontológicos de la gracia y

de una lágrima jubilosa, consternada.

El silencio del ser guarecido

al aire libre,

diletante, reverencial hacia el amor

que desvela tu plenitud.

¿Cómo no absorber todo lo que me venía

de ti, el jugo de tus besos, el relieve

de tus deseos volátiles,

el almizcle y el limón arrogándose tus cabellos?

Oliendo tus cabellos como ido.

Como deteniendo la inercia loba

de lo demorado, de invocarte.

No célere.

Con el propósito de divisar

rutas y rutinas entre la emboscadura

y los grillos de la deriva.

Descubrir mi corazón.

Mostrar su posibilidad de sangre y de

melodía, de don, de esencia. Darte

los labios de luz, supremos,

pan de sésamo, alboradas en las que

creer.

Con buena letra y la justa exposición

a las máquinas predecibles,

meditar. Luego beber

el crepúsculo tinto del verano:

tu lascivia, tu liturgia.

Toda festiva nuestra carne y sus

lunares.

Porque sin tu relieve, sin tu océano, no oigo.

Tiritaría en la intemperie. Pero no,

me bañas y me siembras.

Hace cabriolas la vida y renacemos

cada vez.

Sólo las huellas en la nieve pura, ya lo

adivinaste, me indican el camino de vuelta

a tu vuelo y a tu sal, al idioma al que

me adhiero.

 

aproximaciones al vacío

aproximaciones al vacío

 

 

Palabras que visten grande, varias tallas

de más, grandilocuentes.

¿Quién las inventaría, en qué hora

se durmió el orfebre mañoso?

¿O fue la luna la que enloqueció

al insomne?

Diseccionar esas palabras, hurgar

en su savia lechosa, ver cómo corre,

si es que se inflama.

Si no, arrojarlas a las escombreras

de la historia junto al hollín y a los

discursos vanagloriosos.

¿Por qué siguen levantando polvareda?

¿Por qué esa hipnosis a la vuelta

de un chasquido? Como si quien las

pronuncia sedujese con lo que

oculta.

Y con lo que vuelve a ocultar tras lo que

desvela.

Así, la noria boba.

Nunca reptar, ni la cabeza gacha,

por respeto a las gardenias, a los tilos,

¡a la zarzamora, sí, alerta!

No te preguntaré por palabras de hierro;

mejor que musite el sueño, que mane

su enramada briosa.

¡Que se tiña de complementos e interjecciones!

Esa fonética propia y colorida

tan necesaria para alcanzar el hálito:

¿sólo entonces, después, vislumbraremos

lo inefable?

¿Vivimos de hablar y hablar sólo para

reconocer esa fuerza, raíz tozuda,

palpitar?

Noche esmeralda y fragante, contención

del caudal que ama y habla.

Habla mientras ama en ese lento

acordeón, letra tras letra,

cómplice de esa maravilla engendrándose.

¿Te acuerdas de aquel mar al sur

sin rastro de nieve?

Atributos del sueño encarnado

Atributos del sueño encarnado

 

Sólo llueve livianamente. Apenas perturba

la luz oblicua, el aire es cálido,

no tirito.

Entre los puentes de humedad, al resguardo

del ramaje, siguen las aves de pluma oscura

su picotear rústico, escarbando en pos de

tesoros.

Por lo intempestivo de las descargas

se diría que es un monzón tropical,

dádiva del cielo.

Enseguida escampa, empero, porque

en los fiordos hay nostalgia de nieve.

Si no, rayos salvíficos e impasibles

nenúfares ante los ojos amantes.

Lo sabías, lo leíste en mis dedos

inquietos en ti, cuando

añoraban y oraban el despertar.

Y al beber en tu cántaro, al

honrar la sed y empedrar el

manantial, sucede todo.

Se resuelve la costumbre, el cristal

transparenta lo único que merece

alegría.

Bebo ese recuerdo grácil, el anhelo

también. Sólo me alimento de esa

contemplación verde, a través de la

lluvia tenue y tibia.

Me empapo sin una sola arruga de

violencia. Ando vivo

a guarecerme como a tu

crisálida.

Este brillo del agua es el mismo de los

ojos para dentro, rumiantes,

con su firme piano en tono.

Firmes en su diminuto oasis que

marca la frontera de lo

concebido, y de los pasos sin pisar

el suelo.

De las guerras del frío, de los

sentimientos como icebergs, van

quedando menos restos.

Se deshielan o dan a luz grama,

dulces pétalos claros.

Piden más riego templado.

A la temperatura del alma,

con un siseo vivaz.

Es un ardua tarea.