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ateo poeta

exámenes

exámenes

 

“(…) Ha pasado semanas preparando este examen del que, una vez más, depende la continuidad. Años atrás hubiese dicho que es un examen crucial, pero con el tiempo ha aprendido que todos los exámenes son cruciales, hasta el punto de que un examen que no fuese crucial no le parecería, no sería, un auténtico examen. Acaba de leer las cinco preguntas y respira tranquilo. De las cinco sabe cuatro a la perfección. Por lo tanto, puede ya considerarse aprobado (como mínimo). Gira la vista hacia los otros examinandos y ve cómo cunde el nerviosismo: la mayoría escribe deprisa; como si se les fuese a acabar el tiempo, llenan una hoja tras otra, con cara quebrada. Hay dos que piensan intensamente. Se nota porque miran hacia el techo, con el ceño fruncido; uno de ellos muerde, además, la punta del bolígrafo. Otro ha agachado la cabeza para esconderse de la vista del examinador y dirigirse al del pupitre de al lado: mueve los labios vocalizando lentamente una palabra, pero el del pupitre de al lado no le entiende; le responde arrugando la boca y levantando los hombros. El que vocaliza en silencio repite la palabra una y otra vez. Llevan así un buen rato, y continúan hasta que el examinador empieza a pasear por los pasillos que las tres filas de pupitres dejan entre sí. El que se agachaba se yergue con una seriedad exagerada y delatora. Como si a él también le pudiesen pillar en falta, el examinando se endereza también y decide empezar de una vez. Saca el capuchón del bolígrafo y escribe su nombre. Empieza a contestar la primera pregunta, con letra clara y equilibrada, una palabra tras otra, en líneas apretadas y rectas. Cuando acaba la primera pregunta empieza con la segunda. Pero a las pocas líneas se siente desfallecer de nuevo y deja de escribir. Está cansado. Pero sólo los últimos días de estudio intenso no le pueden haber causado tanto; quizá lo que le agota ya es el continuo de exámenes que ha tenido que ir superando desde la infancia, uno tras otro. Si como mínimo divisase el final. Pero después de aquel examen habrá otro, y tras ése, otro. Sabe que prepararse requiere esfuerzo, que de hecho nunca se sabe lo suficiente, ni se demuestra suficientemente cuánto se sabe, sea suficiente o no. Pero ese convencimiento no le impide preguntarse si habrá algún día un último examen. (…)

 

¿Por qué continúa examinándose? De hecho, ¿de qué le sirve y para qué le servirá? ¿No sería mejor dejarlo ya, inmediatamente? Igual que no recuerda los primeros exámenes, ha olvidado también el objetivo final que debe haber más allá del de convertirse, momentáneamente, en examinador. Sabe que los examinadores (que han tenido que superar la serie de exámenes por la que él pasa ahora) se examinan a su vez, pero no sabe para qué. ¿Para convertirse (¿momentáneamente también?) en examinadores de los examinadores? Ni tan sólo es seguro que convirtiéndose en examinador lo sepa. Igual que tampoco sabía, cuando empezó de niño, que el primer objetivo (ése al cual cree acercarse) es convertirse en examinador. Empezó, cree recordar, porque sus padres (como absolutamente todos los padres) querían que estudiase. (…)”

 

 

Quim Monzó, Tres bocetos

 

línea de fuga

línea de fuga

 

 

“(...) Con la libertad uno se engaña demasiado entre los hombres, ya que si el sentimiento de libertad es uno de los más sublimes, así de sublimes son también los correspondientes engaños. En los teatros de variedades, antes de salir a escena, he visto a menudo ciertas parejas de artistas trabajando en los trapecios, muy alto, cerca del techo. Se lanzaban, se balanceaban, saltaban, volaban el uno a los brazos del otro, se llevaban el uno al otro suspendidos del pelo con los dientes. ‘También esto’, pensé, ‘es la libertad para el hombre: ¡el movimiento excelso!’ ¡Oh, burla de la santa naturaleza! Ningún edificio quedaría en pie bajo las carcajadas que tamaño espectáculo provocaría entre la simiedad.

 

No, yo no quería libertad. Quería únicamente una salida: a derecha, a izquierda, adonde fuera. No aspiraba a más. Aunque la salida fuese tan sólo un engaño: como mi pretensión era pequeña el engaño no sería mayor. (…) Repito: no me cautivaba imitar a los humanos; los imitaba porque buscaba una salida; no por otro motivo. (…) Y aprendí, estimados señores. ¡Ah, sí, cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende de manera despiadada! (...)”

 

 

Franz Kafka, Informe para una Academia

 

 

 

Echo tanto de menos el aburrimiento. La mente

en blanco marfil, la consolación de la naturaleza.

Mucho más que el descanso, que vacaciones

programadas con sus fechas, horas de comidas, rutinas.

Un regazo, un remanso de paz bajo la piel

de cocodrilo, los lentos crepúsculos estivales.

Y aquellas ilusiones ópticas que salpicaban la noche

en que nos dimos las manos y la juventud a sorbos.

 

 

Hoy ha sido un buen día. He descubierto

que todas las tristezas son pasajeras y yo

sólo un polizón a bordo. Que no pierdo nada

por seguir aspirando a una vida sublime.

Y que el mar está lleno de peces que se besan

infinitamente sin la más mínima irritación.

Qué envidia, sí señor. Y qué ejemplo: sumergirse,

tener agallas, hacer gorgoritos, gimnasia pasiva.

No sé cuánto durará este optimismo ultramarino, pero

congelaré una ración para tiempos de escasez.

Ayer sólo deseaba ternura. Es cursi, ya lo sé.

Podría decir: un masaje después de sacar músculo,

o caricias de calentamiento. Pero prefiero ternura.

Es más inconmensurable, infinita, no irritante.

Y de momento no la anuncian por ahí, que yo sepa,

a la venta en cápsulas rojas de atractivo placebo.

Así que cerré los ojos y le pregunté a Ángel González,

ese poeta que cita su propio nombre en los poemas

y que se parece, en lo prosaico, al mío: Miguel Martínez.

Ojalá fuéramos alter egos. Le volveré a preguntar

la próxima vez. Mientras esperaba las respuestas

hoy he descubierto que era el funk de James Brown,

sonando por la radio, lo que aplastó del todo

mi crisis existencial. Bien pensado, también es un nombre

prosaico. Qué paradoja, pues: esos locos prosaicos

inventando sustancias para la inmortalidad, trances

psicoactivos, soles de amor propio en almas reacias

a la soledad. Hoy se ha disipado el dolor.

Como las nieblas del aeropuerto y esos bonos regalo

de miles de kilómetros. Y te abrazo toda la noche

aunque también te desvanezcas como el humo,

maldita mi suerte, un buen día cualquiera.

 

 

Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.

 

(Antonio Gamoneda, Libro del frío)

 

la vida de los otros

la vida de los otros

Berlín Este. 1984 (no por casualidad). En un periódico, bien avanzada la narración, aparece Gorbachov. En otro momento, unos intelectuales críticos de la República Democrática Alemana simulan escribir una obra de teatro conmemorando los 40 años del régimen socialista. La película: La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006). El protagonista, Wiesler (Ulrich Mühe), es un diligente mando de la Stasi, la siniestra policía política. Su misión: vigilar individualizadamente, uno por uno (aspiración totalitaria no exenta de incertidumbre), a toda la población potencialmente sospechosa de desafección a la razón de Estado. Los interrogatorios, torturas, encarcelamientos, asesinatos, delaciones, confidencias y ultrajes de todo tipo constituían los “procedimientos”, su manual de uso. Muchos estaban tentados a saltar al otro lado del muro, o a arriesgarse a las ráfagas de metralleta si los descubrían escondidos en los bajos del coche. En lugar de mostrarnos abiertamente toda esa crueldad, el director opta por sugerirla tangencialmente. A cambio, nos ofrece, de forma más explícita, una historia más apasionante: el proceso de resensibilización del protagonista. Por su propia iniciativa y por su sagacidad para detectar personajes sospechosos, se le encarga el seguimiento y control de un escritor que vive con una atractiva actriz y que se codea con un nutrido y bohemio círculo de artistas. El escritor y su mujer se aman profundamente. Además, eran admirados como intelectuales del pueblo y respetados por el Partido.

 

Wiesler en su anodina vida como espía de esas vidas ajenas, comienza a emocionarse, a identificarse con sus ideales (la perfectibilidad humana, la capacidad de cambiarse a uno mismo y a los otros…) y a comprenderlos. Comienza a cuestionar su propio trabajo y, en un desliz de su férrea formación policial, a intentar ayudar a la pareja. Pero sus ayudas incrementan las calamidades que todos van a padecer. En la trama del relato, un ministro de cultura perseguirá y chantajeará a la actriz. El escritor se implicará en la redacción de un artículo publicado en el Oeste denunciando que en el Este no hay estadísticas de suicidios, a raíz del que acaba de cometer un director de teatro primero ensalzado y después censurado por el Partido. La engrasada maquinaria represiva del Estado se encarna en sucesivos personajes robotizados, en una cadena de obediencias, ambiciones y recíprocas suspicacias que se vienen a romper, precisamente, por el eslabón del protagonista. Wiesler muestra las contradicciones y la fragilidad de un sistema que no deja títere con cabeza. A todo el que criticase no sólo al gobierno, sino a cualquier instancia del Estado, se le preguntaba el nombre. Las bromas políticas eran un pasaporte seguro a las mazmorras o a la degradación profesional. Una mirilla de la puerta de una vecina. Un niño con un balón en un ascensor. Un experto en máquinas de escribir. Unos sótanos donde se registran las cartas. Un cielo de invierno con ramas desnudas. No hay una sola escena que deje de emocionarte y de envolverte en esa atmósfera de “gran hermano”. Al final, la reunificación de las dos Alemanias no cesa de inquietarnos al comprobar cómo continúan dichas y desdichas desigualmente repartidas.

 

La película brilla con luz propia al mostrar de una forma sutil y elegante los distintos flancos desde los que se criticaba, desde dentro, al régimen socialista o, también llamado, capitalista de Estado. Y cuida magistralmente el suspense, los detalles escénicos y las semillas de humanidad que se destilan entre tanta vida gris. Más de dos horas sin pausa para preguntarse por las relaciones entre la política y nuestro sistema nervioso.

 

 

Antes de que nuestros signos se tornen fósiles

y comulguen con la extinción de las especies.

 

Antes de que las garantías procesales urdan

una mueca armada de sentencias implacables.

 

Es preciso negociar nuestro método hipotecario.

Por una razón de salud pública. Las epidemias

de vanidad son las amantes más fieles.

 

El método, pues: interrogantes como ¿para qué

quieres vivir? Preceptos como: te doy distinto

a lo que me das (si es que sabemos lo que nos damos).

Sueños: derecho inalienable (Freud dixit).

 

En mi página en blanco he escrito: no estoy conforme

con los animales bivalvos ni con las rémoras.

 

Quiero las perlas y los latidos en mi paladar,

y los quiero ahora. No me importa el interés.

 

la esquela

la esquela

 

Aquella mañana de domingo no dejó de sonar el teléfono. Con voz indecisa y apocada, transmitían sus más sentidas condolencias familiares, amistades y, con gran afluencia, gente del gremio: profesores, escritores y algunos cargos públicos con quienes el fallecido mantenía oscuros vínculos. Mantenía y seguía manteniendo, pues el finado sólo lo era a efectos periodísticos. A este lado del periódico, el supuesto fiambre contemplaba atónito la broma de mal gusto y, una y otra vez, se repeinaba con sus manos los mofletes y el pelo canoso con la ira del estafado y la obsesión de un cirujano plástico. Alguien con perversa ojeriza había insertado en la edición dominical una esquela con su nombre, su flamante cargo académico y toda una retahíla de sentidos pésames por parte de sus familiares y allegados. En realidad se trataba de tres esquelas, pues el autor de tan falsas plañideras lo había planificado todo con sumo cuidado. Una, firmada por la familia; otra, por compañeros de su departamento universitario; otra, por la asociación gallega de arte dramático a la cual “habría enaltecido” el difunto con sus “inolvidables piezas teatrales”. La retórica, no por convincente, debía faltar a la verdad, arguyó agazapado en su modesta ocurrencia el auténtico emisor y pagador –nunca mejor gastado, se reafirmó- de aquellos rectángulos ominosos. Recordaba al respecto un buen número de dramáticas reuniones de departamento insultantemente ensayadas y escenificadas por cada uno de los figurantes que le rendían pleitesía al ahora ya ex-director para tantos colegas de profesión que ni siquiera consideraron necesaria la llamada de rigor, pero a cuyo funeral no dudarían en asistir –¡menudo acto social, no se puede faltar! Él siempre daba sus órdenes antes de la función: con palabras parcas pero con todos los gestos de su cuerpo anunciando el chantaje de turno. A buen entendedor… solía recalcar con su cara de póquer. Pero ese domingo, aún con las legañas vigentes de buen padre de familia, las tostadas con mermelada se le habían atragantado. Nunca imaginó tamaña venganza. Sobre todo ahora, justo cuando su hija mayor, aún universitaria pero a la que todos le auguraban ya la misma senda de éxitos literarios y académicos marcada por su progenitor, había contraído una súbita e implacable parálisis facial.

 

Me cago en su padre, se lamentó con su exquisita educación de ilustre familia burguesa. Será hijo de perra, regurgitó ya con los ademanes que le caracterizaban cuando se disponía a descuartizar a una de sus humildes presas: aspirantes a profesor, en su gran mayoría; aunque una docena de ingenuas becarias –siempre jovencitas, sólo mujeres, son las más listas- también habían sentido en sus carnes la presión de aquella personalidad trituradora. Rápidamente hizo un repaso de todos los malnacidos a los que se les podría haber ocurrido aquel atentado contra las leyes de la demografía. La lista era larga, muy larga, muchos años de ejercicios de cintura para mantener en alto el buen nombre de la institución que representaba, su propia imagen de intelectual comprometido y llegar, por fin, a la cumbre: a la cátedra, primero, que ya pronto dejaría de resistírsele, y a alguna vicerrectoría, después, en un futuro no muy lejano. Entre un manojo y otro de nombres entonaba su rutinaria letanía de hombre sensato: si hubieran sabido negociar y trabajar en equipo no se tendrían que haber marchado, aquellos niñatos eran ambiciosos y mimados, no tenían ni idea del trabajo duro que nos ha tocado padecer a algunos para abrirnos camino… lo que nadie podrá negar es que he conseguido consolidar un grupo bien majo de profesores donde hace veinte años tan sólo había un desierto… La universidad española es así. Dura lex, sed lex. Sólo que una ley de hierro no escrita: tramar alianzas, reunir acólitos, transaccionar con favores, despedir a los díscolos, y, sobre todo, contratar a dedo. ¿Por qué habrá tanto filólogo con ansias de celebridad pero tan analfabeto y poco razonable con las cosas cotidianas? Así no van a ir a ninguna parte -esos integristas, me cago en su estampa-, tarde o temprano daré con él, será alguno de los que recurrieron en tribunales. Aunque todos perdieron, se tranquilizó por momentos con su típica satisfacción alexitímica. Ahora, muchos de aquellos que fueron expulsados del departamento se dedicaban profesionalmente a la literatura, tenían sus bitácoras en internet o habían logrado colocarse en otras universidades, repartidos por medio mundo. Alguna pista le delataría, ya caerá.

 

Lo que era evidente es que el daño ya estaba hecho. Y no podría contraatacar con esas mismas armas tan sucias. Ni tampoco perdería el tiempo ni el prestigio en preguntar en el periódico. La red de soplones es amplia, ya llegaría la revancha. Más que nada, para que aprenda de una vez, que escarmiente por el bien de todos, así no se puede ir por la vida, qué ejemplo vamos a dar. Lo peor de todo fue comprobar que muchos de quienes llamaron por teléfono aquella mañana dominical no hacían más que cumplir con el ritual esperado de interesarse por cualquier anomalía que les sucediese a sus colegas, como si de una cuenta corriente o de inversiones en Bolsa se tratase. Amigos, lo que se dice amigos, sólo le quedaban al difunto virtual los más ligeros de cascos, los que nunca departían acerca de las entrañas ni discutían sobre los trapos sucios, allá cada cual con los suyos. Esa barrera moral sin atisbo de conflicto entre las caravanas del camping de costumbre, sin una palabra de afecto más altisonante que otra. Esos moribundos en vida que se acompañaban cada fin de semana bebiendo vino y comiendo pulpo con los carrillos sonrosados. Los que siempre estarán ahí. Los que te dejan en paz para leer tu novela favorita, porque eres un tipo sensible, de eso no cabe duda, alguien importante que ha dado lo mejor de sus letras a la nación, a la organización universitaria, a una espléndida descendencia filial, ya quisieran otros. Y, de repente, se vio en el trance de improvisar una especie de discurso de despedida, haciendo balance, poniéndose nota, con las mismas artimañas que siempre le habían dejado bien parado en todo enjuiciamiento público, pero con los latidos acelerados, con una fuerte angustia en el pecho como si le fuesen a desconectar del oxígeno asistido de un momento a otro. Maldita la sombra que le parió.

 

 

1

Febrero nunca acaba.

 

Largas jornadas sin dueño y sin resuello,

ya consumidas antes de mediodía,

que me acaparan sin tenerme en cuenta.

 

Por encima

de la superficie:

le sobran entre tres y cinco millones de personas

a nuestro sistema productivo

y nuestro sistema productivo le sobra al mercado mundial.

 

Un buen adiestramiento, incluso uno mediano

puede hacer de cualquiera un asesino

profesionalmente eficiente

y ya no queda nadie que lo ignore.

 

Leviatán es idealista y hedónico, se muscula

en gimnasio, invierte en Bolsa, babea

su liturgia grasienta, su hierro de exterminio:

mientras que de momento el confort no disminuye

más que uno o dos grados sobre el nivel del mar

en las ensangrentadas capitales del Imperio.

 

Por debajo

de la superficie:

estás herida de muerte

y herida de la vida impredecible

 

mientras febrero

no acaba nunca.

 

2

La piel persiste intacta; mas bajo ella

el tajo es muy profundo.

¿Qué ojos, dedos, labios

escrutarán ese abismo de qué cuerpo?

 

 

Jorge Riechmann, Febrero interminable

 

 

Me alimento con las hierbas del olvido

y queso azul como un examen de analogías.

Remite la fiebre como si de fondo danzaran

las espadas arcanas en sus quimeras de ingenio.

Husmeo la primavera en el futuro imperfecto

que delatan los ánimos volubles y la menta.

Salto con pértigas por las calles. Aún es febrero,

hay témpanos y ese aroma a café tostado

que viene de la fábrica del río. Veo tu torso

desnudo y playas lánguidas en mis ojos.

Deseo acurrucarme en mi infancia, ese océano

de medicinas naturales sin domicilio.

Es hora del vientre que forjará armonías tenaces

y un firmamento donde se esparcen fortunas.

 

 

Jaione

Jaione

 

Apenas hay gente por los pasillos. Ya son casi las cuatro de la mañana. Me avisó un pelín tarde, es normal, pero hice lo posible por llegar cuanto antes. En esta planta no se observan tensiones. El personal parece tranquilo, aunque tampoco da la sensación de ser de noche. Hay tanta luz. Aquí no paran de trabajar, nunca es de noche. No sé cómo pueden estar así. A mí me dan ganas de morderme las uñas. La verdad es que no es para tanto. En algún rincón de mis tripas también comprendo esos gestos moderadamente optimistas. Los de los acompañantes y los de las enfermeras. No es la felicidad, pero sí una especie de inquietud comedida. Como si todos estuviésemos en un umbral. Sabiendo que estamos a punto de cruzar al otro lado, pero todavía en este. Imagino que hasta que no pasen a la habitación y escuchen los llantos de los bebés, no se apaciguarán del todo. O no. No sé. Es la primera vez. Y, encima, en estas circunstancias tan extrañas.

 

A Jaione no le han ido del todo mal las cosas. Acabó brillantemente la carrera en Deusto y después, sólo por gusto, comenzó el doctorado en un departamento de la universidad pública. No lo soportó ni tres meses. En cuanto se cercioró del veneno que se lanzaban unos a otros (hunos, solía recordar con sorna), se puso a preparar oposiciones a Hacienda. Y enseguida se colocó, para mayor satisfacción de sus padres. Era de una familia acomodada de Bilbao. Siempre habían confiado en ella, así que siempre le dejaron hacer a su modo. Hija única, eso sí. Un mundo que a mí, en todo caso, me quedaba muy lejos. Yo había llegado a Logroño casi de casualidad. Tuve una oferta laboral en un gimnasio y una buena excusa para abandonar los humos de Madrid. Venía del barrio de la Concepción, nada más y nada menos. Con todas sus calles de vírgenes, y yo siempre tan recalcitrantemente ateo. Pero que más da ahora. La primera vez que supe de la existencia de Jaione fue charlando en un bar con una amiga suya, Nuria. Habían estudiado juntas en Bilbao y se seguían encontrando varias veces al año. Nuria me gustó desde el primer día en que conversamos en el gimnasio. Pero Nuria acababa de ser mamá y sus hijas tenían a su papá, y ella tenía un nombre demasiado normal y todo un porte bien arraigado en la trama social de esta pequeña ciudad, que no me incitaron a arriesgarme. Así que tapamos todos esos deseos con mucha paja de agradable amistad.

 

El nombre de Jaione me resultó exótico desde el primer momento. Y de Bilbao sólo tenía lejanas reminiscencias de un viaje familiar en mi infancia. Humos, niebla y una ría ennegrecida en el centro. Nada que ver con la primera visita consciente de hace ya casi un año. Edificios esplendorosos y el mismo hormigueo del metro que en Madrid. Tal vez un poco menos cosmopolita. Me pareció. Eso sí, los ojos verdosos y el pelo agresivamente castaño y arrubiado de Jaione me dejaron sin aliento desde el primer instante. Ella nunca quiso decir qué le parecía yo. Era parte de su declaración de independencia. La había cultivado con mimo. Nadie se la arrebataría. Tenía treinta años recién cumplidos e iba tomando sus decisiones una a una. Sin prisas. Lo celebramos hasta bien entrada la noche. Las calles, encharcadas, recibiendo la primavera. Al llegar a su casa, Nuria se despidió sin dilaciones. Jaione, tentadora y firme como una diosa, me invitó a su habitación. Para qué perder el tiempo bebiendo un par de horas más.

 

Comenzamos a encontrarnos de forma sistemática, casi rutinaria. Cada semana o cada quince días. Eres un lobo solitario, y peligroso, fue casi todo lo íntimo que me dijo. Pero ella no quería ataduras. Yo tampoco. Ocho años emparejado me habían dejado mella. En Madrid me había negado a tener hijos. No era el lugar. Se respiraban los cuchillos en el aire, la velocidad en las venas. Al final, mi antigua compañera encontró a un hombre menos pesimista, con su cuenta corriente más saneada, más sibarita, qué se yo. Jaione me estaba rescatando de mi pozo de máquinas de fitness, mancuernas y una mayoría de usuarios monótonos, siete horas al día. Pero después de quedarse embarazada ya sólo nos vimos en un par de ocasiones. Para ultimar los detalles.

 

Cuando Nuria me habló de la posibilidad de ser algo así como un “padre de alquiler”, me sorprendió. Y me hizo reflexionar. ¿Cómo lo haría, si es que lo haría? Desde luego, Nuria tenía chispa. Nunca te aburrías con ella, siempre excitaba tu curiosidad, tus principios éticos. Yo puse mis condiciones. Aquel día, entre risas y con una incipiente complicidad. No quería convertirme en un padre anónimo. Desaparecer. Es un derecho conocer a quien, finalmente, a pesar de los pesares, has decidido crear. Asumir tu humilde dosis de autoría y de ejemplaridad en este mundo. Y al decirlo, se me desató un ancestral nudo en el estómago. Jaione quería el niño para ella sola. Para ser ella la responsable, la sustentadora principal, como dicen los abogados. Tampoco quería un padre anónimo, extraído al azar de un banco de semen. Le parecía repugnantemente industrial. Así que nuestro trato fue transparente. Yo podría visitar al niño, o la niña, un día cada tres meses, pero nada más. Y ella respetaría los deseos del niño, o la niña, por estar más tiempo con su padre, a medida que creciera. Nada más. Pero Jaione sería la única que ejercería de madre y de padre a la vez. Esa era su constitución. Y debió confiar en mi juramento.

 

No sé si hay niños preciosos o no. Todo en ellos está por decidir. Son como muñecos con muchas vidas que se bifurcan. Sigo nervioso. Jaione sí que estaba preciosa, como siempre. Menos mal que no han venido sus padres. Nos hemos puesto a sonreír y a llorar como dos magdalenas. Todo ha ido bien. Era de esperar, dado el brillante currículo de Jaione. Me sorprende que la libertad dé estos frutos. No he podido evitarlo. Después de balbucear varias frases sin sentido, la he abrazado y le he dicho un tímido “te quiero”. Era la primera vez. Luego, me he marchado. Con una mezcla de jugos en las entrañas. No es la felicidad, pero no está mal. Hay poca gente por los pasillos de la planta. He llamado a Nuria, para que avise a los padres de Jaione. Esto sí que es un umbral. Ahora no albergo ninguna duda. Cumpliré mi juramento. Esas dos hermosas criaturas se lo merecen todo.

 

tramas

tramas

 

En los estertores de la noche, algunos domingos fríos por la mañana, arrebujado entre las sábanas, en los tiempos muertos de los viajes en tren, voy quemando los ojos con novelas y poemas sin orden. Según caen en mis manos por mor de un capricho, una ilusión o una vaga expectativa. Al acabarlos, muchos pasan a los almacenes subterráneos, a las estanterías más plebeyas. Otros te dejan un fuerte sabor en la boca, como una guindilla, la imaginación oscilando como un péndulo. “El dios de las pequeñas cosas”, escrito por Arundhati Roy (1997), me exasperaba al principio. Un exceso de descripciones minuciosas. Saltos en el tiempo: más que sorprendentes, acrobáticos. Repeticiones alrededor de un mismo tótem, desvelado desde el principio. Fragmentos posmodernos. No había ya nada que esperar y, sin embargo, poco a poco me dejé envolver (los libros sustitutos, los libros como mantas, los libros como arquitectura). Siento una empatía tierna y empalagosa con quien disfruta presentándote el mundo como un conjunto de infinitos detalles fijados en la memoria de forma singular, con sus metáforas y combinaciones irrepetibles, con la coherencia dubitativa de quien no ha dejado de preguntarse por la coherencia de las cosas. La levedad del tiempo y el peso de la historia. Los sentimientos como duros surcos en la tierra y la sombra asesina de las jerarquías sociales. Aunque la necesidad literaria del crimen, del amor materno-filial o de las transgresiones sexuales de las convenciones sociales, no me dicen nada nuevo, esta novela parece más bien un sistema de venas, arterias y vasos comunicantes. Empresarios comunistas que dicen creer en la sociedad sin clases pero que no saben qué hacer con las castas de intocables, creyentes religiosas que transmutan su amor carnal por sacerdotes en odio hacia su propia sangre, niños ricos y privilegiados que también sufren las violencias de la cruda realidad, el repudio y el silencio. Es en Kerala, la India. La mejor guía de viajes. Una invocación a recrear los dioses de las pequeñas cosas que llevamos dentro, a no dejarse engullir por las pirañas del río ni por las corrientes traicioneras del monzón.

 

far from me

far from me

For you dear, I was born
For you I was raised up
For you I've lived and for you I will die
For you I am dying now
You were my mad little lover
In a world where everybody fucks everybody else over
You who are so far from me
Far from me
So far from me

Way across some cold neurotic sea
Far from me

I would talk to you of all matter of things
With a smile you would reply
Then the sun would leave your pretty face
And you'd retreat from the front of your eyes
I keep hearing that you're doing best
I hope your heart beats happy in your infant breast
You are so far from me
Far from me

Far from me

There is no knowledge but i know it
There's nothing to learn from that vacant voice
That sails to me across the line
From the ridiculous to the sublime
It's good to hear you're doing so well
But really can't you find somebody else that you can ring and tell
Did you ever
Care for me?
Were you ever
There for me?

So far from me

You told me you'd stick by me
Through the thick and through the thin
Those were your very words
My fair-weather friend
You were my brave-hearted lover
At the first taste of trouble went running back to mother
So far from me
Far from me
Suspended in your bleak and fishless sea
Far from me
Far from me

 

Nick Cave & The Bad Seeds, The Boatman's call

 

inmovilidad

inmovilidad

 

Al subirse al vagón, contoneándose con los gestos de torpeza que se esperan de quien acarrea algunas bolsas de equipaje e intenta conservar el equilibrio frente al traqueteo y la inercia del movimiento, le preguntó con una voz tímida y educada:

 

-Perdona, ¿sabes si es necesario ocupar el asiento que está numerado en el billete? Es que habiendo tantas plazas vacías…

 

Y dejó la frase a medias, indecisa, frugal, como si albergase la esperanza de que esa nube en el aire fuera rellenada con algo más que con una respuesta tajante y funcional. Acabaron sentándose juntos. Al principio, eran las frases de ida y vuelta las que parecían torpes, tambaleadas por el ajetreo del tren y por el movimiento fugaz, inquieto, explorador, de los ojos. Después, comenzaron a lanzarse envites de silencios, muecas, insinuaciones. Él se remangaba mostrando sus antebrazos desnudos, como si le abrasara el calor artificial del escenario. Ella bajó la cremallera de su chaqueta como el presentador de un circo que va mostrando con repiques de tambor, poco a poco, el cuello de una jirafa, descendiendo hasta el umbral de unos senos dulces y discretos. Ninguno quería dar una señal inequívoca, el banderín de salida, ruido de motores. Tan sólo un pensamiento difuso se percibía flotando entre sus dos cavidades imaginarias: cerrar los ojos, acariciar lo prohibido, apagar la voz superflua.

 

Fue ella quien comenzó a auscultar los pechos de él, rozando suavemente con las yemas de sus dedos cada pliegue, cada fibra y ligamento, justo por debajo del jersey fino, algo ajustado y de cuello alto, que vestía. No los territorios más fáciles, las piernas, el pelo, las manos, no la sonrisa codificada, repetida. Desde la última palabra que había cortado el tiempo, había sido necesario un esfuerzo de concentración por mantener la densidad de los hilos de cristal que habían tejido. A la vez que sentía los cambios de temperatura a lo largo y ancho del abdomen y de su mullido humus pectoral, se iba encontrando con matojos de minúsculos pelos erizados como por una brisa de otoño, esos días grises al lado del río, y él le ayudaba tragando saliva, repartiendo su aliento sin brusquedad para evitar que se alejasen los pájaros de su corazón. Pero la música celestial que les aisló automáticamente del entorno se convertía en arena cada vez que sus abrazos explotaban con el temor añadido a desgastar la frágil superficie de sus labios, a anudar demasiado fuerte las velas, a encallar. Enseguida recordaban ese juramento hipocrático llevado a sus últimas consecuencias, al regalo del placer, a insuflar vida como un fuelle a un brasero, ese juramento redactado en la complicidad de su efímera soberanía. Y las arenas volvían a erguirse en fortalezas, juegos de manos, armisticios, erecciones, acoplamientos como arabescos, el resto del tren a lo suyo. Los aceros al rojo vivo y la velocidad aliñaban con su máscara de algodón.

 

Cuando regresaron de aquel retrete aún no maltratado por demasiados viajeros y olores, y en donde encontraron cobijo los diamantes de su éxtasis y las frutas que mordieron en el clímax, todo se había paralizado. No había tripulación, ni usuarios del transporte público, ni maletas ni maletines, nada, ni tan siquiera movimiento. Podía ser un efecto óptico, que sus pupilas aún estuviesen impregnadas de rosas, canela, secreciones corporales y lujuria. Pero un golpe fresco de luz salada les anunció que hacía bastantes minutos que el tren había llegado a su destino y que alguien lo había abandonado con más pertenencias que las portadas al embarcar. Naufragaron en aquel robo de identidades, de tarjetas de crédito, de ropa interior y de cepillos de dientes. No sabían qué sentir. Aunque eso nunca se sabe, por eso se sentían bien y mal, de nieve y congelados, salvajes y elegantes, dignos como el desahuciado que vaga con la mirada acusadora y con la bondad del ido. Tampoco necesitaron mirarse mutuamente, ya se habían bebido todas las preguntas, uno las del otro, y viceversa, y su mezcla yacía plácida entre los jazmines de sus órganos digestivos. Acabaron abrigándose junto a ese niño emanado de su jardín inmóvil en un banco de la estación, cayendo en la somnolencia profunda del almíbar aún residente en sus paladares, hasta que llegó un guardia rudo y corpulento que les amenazó con el lenguaje de su porra: “aquí no se puede dormir, sólo podéis permanecer sentados”.

 

poema trash

poema trash

 

cuál será la obsesión de la próxima semana:

las uñas rotas, los codos secos, el medicamento

para regenerar el sistema inmunológico, aunque eso

es imposible desde fuera, sólo siento -sólo escucho-

rage against the machine, la novela de más de

cuatrocientas páginas interminable, la amnesia

de la televisión al volver exhausto del trabajo, boxeadores,

el mundo hecho una mierda, un veinte por ciento más

de países donde se violan los derechos humanos,

esto sólo es un refugio nuclear, estás al borde,

down, depressed, stressed, ella no te quiere, y tú para qué

quieres que te quieran, búscate otra obsesión,

obras de arte, gastar dinero, sushi, cada vez hay más

como tú, al borde de los cuarenta, de la crisis

de inmortalidad, justo ahora cuando empezabas

a creer en Parménides, en la repetición de cada gesto,

en el amor a la rutina, la forma de cerrarse la puerta,

el tiempo de encenderse la lámpara, los personajes

que te cruzas a la misma hora cada día, la asquerosa

fiebre de poder de todos esos zorros sin escrúpulos,

el camino de espinas, el opio de las religiones, los racistas,

todo tan natural, como el alba lacerante, como esa lluvia

milagrosa que no acaba de llenar los pantanos ocres,

como el pelo que crece y que te cortas, el mismo

ciclo de repeticiones, el pánico al vacío,

a las facturas, a las parejas, a la policía, al crimen,

pero es que no se dan cuenta de que la cárcel

está aquí fuera, incinerando las ilusiones,

esas miradas pálidas, arrugadas, sin chispa,

cómo pueden conformarse con esas migajas,

yo quiero ser un DJ, quiero ser un pinchadiscos

y susurrarte al oído que la libertad te dará

verdades, no aquellos lemas de muertos

 

crítica a los test...

crítica a los test...

Crítica a los test de parejas por internet: si alguna vez has tenido la tentación de asomarte a esas páginas web que auguran contactos sentimentales para los ávidos por encontrar su media naranja, habrás percibido, a poco que te asole una mínima intranquilidad poética, que hay muchas ausencias, fallas y simas volcánicas, en los llamados “perfiles personales” (un interrogatorio policial más, una simplificación más, papel de lija, erosión de lo que deviene); aquí va una lista incompleta de algunas de ellas:

 

-forma de colocar el cepillo de dientes

-modo de usarlo, ¿salpica?

-olor corporal, en las zonas más erógenas y en las menos

-sensibilidad en la comisura de los labios

-hora del día en la que prefiere fornicar

-espacio de la cama empleado para dormir

-apego físico, o desapego, durante las horas de sueño

-número de veces que puede soportar la cama deshecha

-irritación con las formas y aspectos de otros enseres domésticos

aunque cada cual pague su hipoteca o alquiler respectivos

-tasa de tolerancia, adaptación y sacrificio

ante las preferencias invariables del otro

-grado de autocrítica y, a la inversa, de autocomplacencia

-coincidencia léxica básica en torno a conceptos como ‘amor’,

‘sexo’, ‘amistad’, ‘in-fidelidad’ y otros más escabrosos

-número de horas de soledad, y tipo,

que no está dispuesto a compartir con nadie

-ídem que sólo compartiría con terceros

-secretos sólo confesables bajo coacción

-deseos y fantasías que no comportarían ruptura marital

-partidos políticos por los que nunca tomaría partido

-formas de mirar a amigos y demás miembros del mismo

o diferente sexo en cada escenario de interacción

-pasión, o vicio, por el maquillaje, el deporte,

las compras, el trabajo, el dinero, etcétera

-grado actual de desintoxicación y tendencias emergentes

-gusto por hablar durante los prolegómenos orgásmicos

-traumatizaciones y dramatizaciones infantiles

-incredulidad acerca de las estadísticas de separaciones

y divorcios

-confianza ciega en que el amor, o como se llame, no es imposible.

 

Nota anexa importante: Los creyentes impenitentes alegarán, por supuesto, que todo es subsanable, antes o después, lo importante es contactar. Los escépticos nihilistas sospechan que esa nueva simulación también está abocada al fracaso: tales rasgos ni se pueden poner por escrito, ni decidir unilateralmente de antemano. De ahí la gracia por descubrir en vivo y en directo al sujeto de deseo. Lo otro, el negocio del emparejamiento cibernáutico, es sólo una zarandaja.

 

 

quienes han escarbado perseverantes en el humus de los litigios

primordiales hasta limar las asperezas de su propia piel

 

abrasan las venas de la especie insurgente

ante las sodomías del diluvio de mercancías

 

quienes han cruzado charcos y aduanas y epistemologías

con la ingenuidad invulnerable de los invertebrados

 

multiplican nuestras zancadas por una constante

universal que yace en el lecho de la razón onírica

 

quienes no entregan los niños a las policías del pensamiento

porque los saben montañas preñadas de arquitectura y melodía

 

inventan el astrolabio y el timonel de nuestros besos

entre arrecifes y campos minados y asientos contables

 

quienes pergeñan el pálpito y la ternura bajo las avalanchas

y las lenguas bífidas hasta la impugnación del sacrificio

 

nos ilustran acerca de la soberanía de lo que dignifica

y da esplendor y primaveras y gestos prolíficos

 

-nadie en exclusiva puede repartir esa dicha ni los cuidados

paliativos ni la rebeldía que la auspicia en su equilibrio-

 

new songs

new songs

 

El viernes, ración doble en La Fábrica de Chocolate. Me sorprende la constante y variada programación de conciertos de este local vigués, enhorabuena. Hay unos cuantos más en la ciudad, pero en éste he recalado con cierta asiduidad en los últimos meses. Por el módico precio de cuatro euros tocaron dos grupos franceses: Buough! y Blindsight. No tengo ni idea de cómo clasificarlos. Los primeros tocaron sin pausa un único tema de casi tres cuartos de hora en una especie de punk psicodélico a machete, sólo con bajo, guitarra y batería, y letras ininteligibles. Los segundos practicaban una especie de punk-glam-rock que incitaba a un verdadero trance desarticulador de complejos. Tal vez sea más la simpatía con esas actitudes transgresoras que la delectación por melodías sólo ocasionalmente insinuadas, lo que me atrae de los conciertos filopunk. Después, no era extraño encontrar a aquellos jóvenes del público (mis años y los de algún otro marciano, seguramente, incrementarían ligeramente su edad media post-adolescente) por otros locales de la zona, como el Candela y O Koxo, con el telón de fondo de clásicos de los Ramones, La Polla Record o Kortatu.

 

Los dos días siguientes los dediqué a revisar la discografía completa de Nick Cave & the Bad Seeds -el trabajo solo, sin música, me resulta muy aburrido. Un amigo me la había pirateado recientemente, a petición, y ahí la tenía aparcada. Pero aquellos conciertos de principiantes me habían despertado el interés por ese más experimentado mago surrealista que ha ido evolucionando hasta parecer un auténtico oráculo de sensualidades. También el punk, el rock (algunos lo han adjetivado como gótico) y el glamour asoman irruptivamente en algunos de sus discos, pero las baladas misteriosas –algunas bien mórbidas- y toda una sugerente poética en las letras que alcanzo a entender, hacen que Cave rebose una suerte de vanguardismo bastante original e inclasificable. Así hasta que una canción de más de 14 minutos me deja estupefacto, ido, enamorado. Se titula “Babe, I’m on fire” y está incluida en la obra “Nocturama”, de 2003. Nada más que añadir. Sólo bailar, gritar, dejarse mecer.

 

 

tallar, con esmero, cada segundo de éxtasis,

cada plegaria, congelar la luz, las esencias manando

de la nuca, entre los muslos, oficiar

la celebración del pálpito a borbotones, la lujuria,

moldear con escayola los pezones, la mirada

salina, cada espasmo de buenaventura, morder

los muslos, la luz tenue, la nuca, un pezón, dos plegarias,

tres latidos salvajes, dar tregua, reanudar las afinidades,

adivinar cuáles son las palabras tabú, la pragmática

prohibida, la gramática que inyecta la confianza

en vena, las mil imágenes de cada pronunciación,

beber agua

 

 

olor húmedo a mandarina

entre los dedos

saber quererse a uno mismo

sin método

-esa titánica asignatura-

deseo de un abrazo desnudo

fuerte

como un cinturón con pinchos

gorriones resistentes

a las primeras heladas líricas

epístolas

cronómetros

vida de chatarra

-suspendida y cuarteada-

 

en el festín de tu sublime iridiscencia

renace la savia frente al precipicio de la nada