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ateo poeta

Los insólitos peces gato

(Claudia Sainte-Luce, México, 2011)

 

 

La compañía aérea censura

las imágenes que atentan

contra su religión, aunque puedo

seguir el argumento.

Tampoco es una película erótica

ni banal, ni de violencia a raudales

como las que ve de corrido

el pasajero portugués sentado

a mi derecha.

En menos de tres horas

ya se ha pimplado

tres whiskys dobles.

Debe de hacer acopio

de reservas por si se encuentra

con restricciones en Dubai.

Yo, como un tonto, he roto a llorar

por eso de las muertes,

los desamparos, las infinitas

o involuntarias crueldades.

Pero nadie se ha dado cuenta,

es lo normal, cada quien a lo suyo

y a un país distinto.

Y eso que las luces de la cabina

cumplían su función y no me daban

tregua.

Intuyo, además, que puede ser

beneficioso para limpiar

el órgano óptico.

Lo más sobresaliente

es que los personajes

apenas tropezaban con

sentimentalismos.

Acotación al margen: y no es

una película mexicana al uso

en cuanto a desgracias.

Ahora sobrevolamos Oriente Medio

y por las ventanas irreales

se contempla un hermoso crepúsculo,

como si ahí abajo no sucediera

un nudo sin desenlace.

Una franja de llamas quemando

el espacio que divide o une

la tierra negra como el petróleo y

un azul poderoso, paciente, desértico.

La cuestión, a fin de cuentas,

es por qué se necesitan Marta

y Claudia.

Y cómo sería la madre deseada

de la directora.

 

 

 

 

Nos miramos

con ganas

durante tres

días.

 

Ella era

nórdica

pero no aprecié

rastros de hielo

en su fulgir.

 

En mí quizá

solo halló

diez años menos

de la verdad.

 

No intercambiamos

ni una palabra

y se extinguió

un volcán

perezoso.

 

 

Ilustración: Serge Marshennikov

 

 

 

Hoy me he encontrado con tu marido.

Era un tipo simpático, muy alemán

pero ha visto mundo, sonreía.

Él no sabía que era tu marido

y tú pensarás que yo veo maridos alemanes

tuyos por todos los rincones.

 

Estábamos curioseando en el vestíbulo

de un museo emperifollado

sin decidirnos a entrar.

Yo acabé ahí porque llovía, porque en Lisboa

siempre llueve en algún momento y porque Lisboa

es una ciudad triste y yo leía dos libros tristes

y eso que mi alma sigue combustionando

en un incendio perpetuo. Y no creas que

quiero contagiarme, pero hay días así

que ni fu ni fa y en los que medito mucho

sobre ti y tu marido y me pregunto por qué

no cerráis el círculo de una vez

y os casáis y yo puedo seguir errando

en mi camino sin comerme tanto

la cabeza.

 

Como apenas lo conocía, le ofrecí

mi amistad interesada y entramos en el salón

de arte político y comprometido o quién sabe

porque el título de la exposición era tan

vago como algunas de las obras.

Dos hombres en un triángulo: enfrentándose

mutuamente y a la arista de la incertidumbre.

Las metáforas bélicas y del equilibrio,

los discursos del Che Guevara y Abdelkarim Al Khattabi,

cualquier imagen o instalación nos sirvió

como pretexto para templar nuestros sables

aunque él me dio la mano con un entusiasmo

tan fraternal que me avergoncé

de mis sucios pensamientos.

Si no lo conoces, seguro que te atraería.

 

A primera vista, claro, que tú eres de Madrid

de pura cepa, bañada en el fuego del Mediterráneo

y sé que saltan chispas cuando discutís

en un idioma con tantas declinaciones.

Yo no soy mejor, tal como se verifica.

Todos arrastramos el sueño de una luz

y así limpio mi conciencia.

Luego me quedé solo de nuevo y bajé

a ver las fotografías de otro artista

infiltrado en una estación aeroespacial.

Me detuve con ternura en las notas a mano

de uno de los astronautas y la lista de grupos

musicales que se llevaba a los cielos,

siempre con la esperanza de volver a pisar

tierra firme. No te bajaría la luna, eso seguro,

ni el alemán tampoco. A ella le dan igual

tantos preparativos y dispendios, como si no

hubiera nada mejor en qué gastar.

Es poderosa, la luna, sin vacilaciones y nosotros

y nuestro amor una simple millonésima parte

del polvo cósmico. Por eso casi ni existe

y tú sigues creyendo que existe en alguna

infinitesimal proporción más elevada con tu pareja

o marido o proyecto de no sé qué

intercultural.

 

Podría mantenerme indiferente

pues todo esto ya era de mi incumbencia.

Pero no es tan fácil.

 

Creo que no le hizo gracia o sospechó

de mis puntualizaciones al margen.

Sus facciones eran idénticas a las de tu

marido y yo no te invité a cenar porque

los acordes de Led Zeppelin seguían

torpedeándome desde dentro y tú debías

estar ocupada con las traducciones.

 

 

 

 

Otra ciudad nublada,

otro congreso soporífero,

otro hotel vacío de luz.

 

Pero que no cunda el pánico:

tengo suficiente trabajo

para aburrirme

durante horas eternas

mientras los turistas corren

diligentes a hacer el suyo:

 

dejando su rastro perfumado

por las calles en cuestión,

cancelando su idioma inútil

en la viscosa ingenuidad

de su privilegio

como paseantes.

 

Si tú hubieras venido

o si emergieras de la nada

como una profecía rota,

alzaríamos los caballos

hasta beber el blanco y negro

que nos rodea.

 

 

Fotografía: Miguel A. Martínez

 

 

 

 

 

Te hago un hueco

en mi cama.

 

Aunque no te llame

ni tú me esperes.

 

Es ancha de sobra

por si cambias

de opinión.

 

En todo caso

los dos sabemos

qué significa

abrazar el silencio.

 

 

Ilustración: Serge Marshennikov

 

 

 

 

Aunque veas

los escaparates llenos

de libros

de autoayuda,

tú ni caso.

 

Es conveniente

seguir y explorar

las virtudes

de la ayuda

mutua.

 

 

Ilustración: Kerry James Marshall

 

 

 

 

 

El amor hace aguas, se oxida, trastabillea

con las fechas olvidadas y las cumbres

de tanto por ciento. Se muere

en la ducha, es un panteón de insignes

caídos por un imposible, el barbecho,

la reconfortante ausencia de madre.

Vaga y solicita auspicio forense o es que

acaso podría hacer virtud de una necesidad

imperiosa y siempre traicionada.

Dice la palabra seca y en cualquier

momento purifica.

No hay mejor boceto de la santa

locura de cada día.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

 

Son los primeros días de septiembre

y se nota en las caras.

 

Aunque las temperaturas rondan

los treinta y cinco grados,

quién puede apagar

un escalofrío de enajenación.

 

Si he huido a una imposible

existencia clandestina

por qué esa luz y esos labios.

 

En lo remoto, en la pulpa almibarada

caducando: la intermitencia,

la opacidad, nuestros caminos

que se cruzan.

 

 

Ilustración: Pedro Peinado

 

 

 

Hay países ricos

porque se escribe

mucha poesía.

 

Hay países pobres

porque se lee

poca poesía.

 

Hay algunos

perplejos

donde coinciden

los dos

anteriores.

 

 

Fotografía: Daniel Arsham

 

 

 

Escribo a solas

pero la belleza

se crea en común.

 

 

Fotografía: Serge Marshennikov

 

 

 

Después de tantos viajes,

¿has vislumbrado un lugar

donde se respire la mesura

y se cultive para la flor

de todas las especies?

 

¿Acaso un recóndito y humilde

conjunto de almas que sepan

sobrevivir cuando se quiebren

las ambiciones y sea nada

la carísima aventura

de la destrucción?

 

¿Optarás por el resguardo al pie

de los últimos árboles

y los olvidados, o por reparar

el territorio de los verbos

hundidos en el fango?

 

 

Fotografía: Agustín Hurtado

 

 

 

 

Siempre nos vamos lejos, a los glaciares,

a los puños cerrados, a una palabra que suena

exótica porque es embrión y justicia

horaria donde escampa un aguacero

estival.

 

Los nativos exponen su filosofía

de las cosas menudas y los dientes intactos

que atesoran la previsión

de lo irremediable, ante lo cual debemos

plegarnos con humildad y reconocer

cómo crepita la luz salada.

 

Me amarías si fuese otro animal

con alas y mitológico, la nuez

de las respuestas que yacen sin

preguntarse, pero apenas atisbo

las costuras del dolor.

 

 

Fotografía: Nat Farbman

 

 

 

 

 

 

Se acostumbró tanto

a decir

lo que el jurado esperaba

de él,

 

las frases oportunas

para ganarse

el favor del público,

 

a callar

todas las afrentas

delante

de los superiores,

 

que se acabó olvidando

de la utilidad

de su palabra.

 

 

Ilustración: Guillermo Martín Bermejo

 

 

 

 

 

 

El mar acercó su albedrío

a tu cuerpo que no cesaba

de brillar.

 

Regreso al pez del tamaño

de tus deseos, por si muere

el azul.

 

Eres dichosa e influyes

en la brisa que peina.

 

 

 

Ilustración: Pedro Peinado

 

 

 

 

 

 

Vuelves a cerrar

todas las puertas

y ventanas.

 

Ya tienes

lo que querías.

 

Un amor

que se pliegue

bien,

sin arrugas,

dócil.

 

Al alcance

de la mano,

junto a los otros

alimentos

de la alacena.

 

Me lo dices

por mensaje

de texto,

en previsión

de futuras

aproximaciones.

 

Me alegro

por ti,

pero no me pidas

que deje

de aullar

como siempre.

 

 

Ilustración: Guillermo Martín Bermejo

 

 

 

 

 

 

No tengo ni idea

de bailar

como bien sabes,

pero doy

los mejores pasos

y la música

me impele

a insólitas

acrobacias

sólo para seguir

tu ritmo

infernal.

 

 

Ilustración: Malika Favre

 

 

 


 

En tus manos soy

ese juguete

siempre sometido

a la rotura

o al abandono

en un futuro

próximo.

 

Es simpática

tu dulce manera

de conseguir

que lo acepte

de forma

natural.

 

Cuantos más

deseos y planes

se te ocurren,

más cerca sé

que estamos

de firmar el acta

de defunción.

 

 

 

 

Es tozuda

la interrogación

y no admite

una respuesta

fácil:

 

¿Por qué sigo

enamorándome

de las causas

perdidas?

 

Y lo confirmo,

para evitar

suspicacias:

sí me parecen

imprescindibles

los vínculos

profundos

y duraderos.

 

 

Fotografía: Vika Yasinkaya

 

 

 


 

Vuelves a casa tarde,

poco antes del último

metro.

 

No puedes esquivar

todos los charcos

que ha dejado

el chaparrón.

 

Las luces,

el tráfico,

el fondo negro

del cielo,

la gente caminando

deprisa

como si tuvieran

un compromiso

ineludible.

 

No hay un relato

en tu garganta.

 

Mascullas

cuánto tiempo

podrás vivir

así.

 

Por qué esta

suerte,

buena o mala,

qué más da,

a la que me aferro

con los puños.

 

 

 

Los ojos de la muerte

ardiendo,

satisfechos.

 

Y el coro de compinches

que aplauden

el solemne discurso

oficial.