Juegan a las adulaciones.
Adulan para que les adulen.
Aplauden, transigen, asienten
para recibir cumplidos
equiparables.
Lejos queda ya el tiempo,
aquella vez, en que osaron
disentir con todo el dolor
de su conciencia.
Ilustración: Rosalie Gascoigne
Juegan a las adulaciones.
Adulan para que les adulen.
Aplauden, transigen, asienten
para recibir cumplidos
equiparables.
Lejos queda ya el tiempo,
aquella vez, en que osaron
disentir con todo el dolor
de su conciencia.
Ilustración: Rosalie Gascoigne
Los marxistas me llaman anarquista.
Los anarquistas me llaman marxista.
Y no se equivocan:
siempre escogí el mejor color
de cada casa.
Los conservadores me llaman delincuente.
Los delincuentes me llaman conservador.
Y me persiguen por turnos:
quienes nadan en la impunidad
de sus crímenes de guante blanco
y quienes se ufanan de transgredir
toda prescripción ética.
Los liberales me llaman ecologista.
Los ecologistas me llaman liberal.
Y a mí sólo me preocupa
la política de la vida
en su dulce
finitud.
Ni siquiera el eclecticismo nos libra
de tales malentendidos.
Cuando llegas así
a mis brazos,
fresca y resplandeciente
como un esqueje de luz
y una promesa
que ha sobrevivido
otro invierno,
leve y dicharachera
sin el peso del día laborable
a tus espaldas,
vertiendo sobre mi sed
tu belleza destilada
y tu propia sed
de inmanencia,
compruebo, entonces,
lo equivocado
que estaba al cultivar
tanto escepticismo.
Y no llegas al hueso,
a la pregunta crucial
que empañaría
todo este vivir
frenético.
Fotografía: Martine Franck
Sólo permanecerás en la retina
de unos pocos seres,
y no por mucho tiempo.
El resto, la mayoría, olvidará
tu existencia, incluso pronto,
ayer mismo.
Nada que objetar.
Es ley de vida.
Para las flores igual
que para los animales
más vanidosos.
Fotografía: Gloria Rodríguez
Diré que doblegarse cual bufón
puede ser un ejercicio saludable
para la columna y que, a la vez,
permite mantener a buen recaudo
el puñal que todavía no.
No hay ningún dilema.
Dejo de leer y de escribir
en cuanto asoma imprevista
tu lujuria.
Quizá también se halle
en bucólicos
paisajes
donde la quietud
y la brisa
te embargan,
pero no está menos
la belleza
en esos instantes
de la ciudad
en crepúsculo,
cuando paseas
entre los cuerpos
y las palabras perdidas,
pretendiendo siempre
ir de camino
a tu refugio.
Me gustaría mucho
verte desnuda
aunque, debo reconocerlo,
no hay mayor placer
que imaginarlo.
Amarse,
incluso de la forma
más salvaje,
no es suficiente.
Nos exigimos, además,
una sublime
representación
de las más perversas
fantasías.
Fotografía: Martine Franck
Después de cometer
tantos crímenes de tapadillo,
su caída de bruces
por un tropiezo tonto
nos concedió, por lo menos,
una merecida dosis
de justicia poética.
Ilustración: Rosalie Gascoigne
¿Qué grietas
y resquicios
para practicar
la rebeldía
conocerán
esos chavales
de apenas
siete años
que van
mendigando
por los bares
de Atenas
ofreciéndote
rosas?
En todo caso,
ya he perdido
toda confianza
en tanto
discurso
redentor.
Fotografía: Steve McCurry
Una mujer mayor
y triste
se nos acerca
a vendernos
pañuelos
de papel.
Casi nadie
le compra
y todos siguen
tomando su café
y conversando
envueltos
en humo.
Fuman mucho
en los bares
de Atenas.
La señora
descansa
en una mesa
esquinada,
pensando
en el dinero
que le queda
hoy
en el bolsillo
y nos mira
como un juez
impotente
para ejecutar
su sentencia.
Fotografía: Constantine Manos
Con qué facilidad
nos dejamos
arrastrar
por la cabeza
de la tormenta.
Es una suerte
que a su paso
deje más rastros
fértiles
que señales
de la devastación.
Asciendes
a lo más alto
y obtienes
una panorámica
general
sobre la ciudad:
con esa vista
de pájaro
comprendes
tu levedad
e insignificancia,
pero no remueves
ni un solo
cimiento.
Fotografía: Ana Nieto
¿Cómo recorrer
y atravesar
cada una
de las escalas
de lo posible?
¿Y cómo percibir
su propio alcance,
su necesaria
fugacidad
de nube,
de aire,
de suelo raso,
de una lengua
subyacente
e inconclusa?
Vivir
podría ser
tomar
las riendas
del tiempo,
concederle
atributos
al espacio,
dislocar
los espejos
y sueños
del rostro.
Ojalá, por qué no.
Fotografía: Edouard Boubat
Cada cierto tiempo
no queda más remedio
que regresar al nivel
de los principiantes.
Fotografía: Edouard Boubat
A mi derecha,
salvando el cordón
sanitario
del pasillo,
una pasajera
que se dirige
a la tripulación
con su perfecta
dicción inglesa,
ojea una gruesa
revista de moda.
Pasa las páginas
sin perder el tiempo
pero prestando
una medida atención
a los anuncios
de ropa, joyas
y perfumes
de lujo
que acaparan
el noventa por ciento
del volumen
y se exhiben
junto a modelos
delgadísimas,
hieráticas,
tersas
y dotadas
de singulares
atributos
físicos.
Hay trabajos
más penosos
en esta vida,
sin duda,
pero no deberíamos
menospreciar
todo ese esfuerzo
por estar al día
y seleccionar,
entre tanta oferta
distinguida,
qué comprar,
qué vestir,
qué complementos
añadir
a esta efímera
existencia.
Visto lo visto,
ni siquiera
acumulando tanto
se ejerce de verdad
el derecho
a la pereza.
El directivo de banco
que entabló conversación
conmigo durante el vuelo
no tenía ni idea del tipo
peligroso de pasajero
que soy.
No me faltaron palabras
para lanzarle a la yugular.
Que si su hija estudiaba
en un colegio religioso
y privado, que si la culpa
del desaguisado se debe
al estado de las autonomías,
que si veraneaba con dos
premios nobel, que si
le obligaban a viajar
a Brasil un día y volver
al día siguiente...
Mostró cierto interés
en mis razonamientos
acerca de las clases sociales,
como si se tratase
de ciencia punta.
Le recomendé, en fin, la película
El Capital, pero ni se inmutó
mientras le desvelaba la trama.
Menos habría entendido
de V de Vendetta,
eso seguro.