Sin menoscabo de lo ya escrito hasta la saciedad:
el valor sin nombre de lo que apenas se puede pronunciar,
de lo que circula desfigurado, sin dueño
que le pueda dar caza.
Fotografía: William Klein
Sin menoscabo de lo ya escrito hasta la saciedad:
el valor sin nombre de lo que apenas se puede pronunciar,
de lo que circula desfigurado, sin dueño
que le pueda dar caza.
Fotografía: William Klein
Sabes que no eres
sino un mero cruce de caminos,
una suerte de confluencias
en un tiempo que
pudo no ser.
¿A través de qué piedras resbaladizas
puedes vadear la corriente,
desafiar su violento
canon?
Tu cuerpo caliente e irredento
sigue un rastro,
se embosca, encuentra
melodías
entre los ecos amorfos.
Y enciende la llama, para
empezar de nuevo.
Fotografía: Rafael Pérez Cortés
Ubicar la tristeza ahí a la vista, obscena,
sin tapujos.
Donde se seque al sol
con sus arrugas, donde se airee
junto al resto de la colada.
Que vengan otras voces
a usurparla
que a mí ya me ha dado
bastante juego.
Fotografía: Álvaro Minguito
Fisonomía del milagro
Descubrimos que somos minas potenciales de dolor,
kamikazes inseguros con su carga de daño.
Podrías romperme con una palabra,
mi cuerpo esconde todo el llanto,
y sin embargo,
cada día,
flores y peces en la boca y en las manos.
La historia interminable
Todas nosotras,
Ícaro,
lo entendemos bien.
Intentábamos alcanzar el amor y acabamos,
siempre,
con las alas quemadas.
Laura Casielles, Los idiomas comunes (2010)
Fotografía: Rafael Navarro
La certeza del agua
Conoces
el manantial. Sabes
que hay agua.
Tienes agua siempre
que tienes sed.
Si no te descuidas,
tienes agua
antes
incluso
que sed.
Algunas noches apartas las cortinas
y lo miras fijamente.
Lo tapan los árboles, las rocas, un viajero,
pero hace tiempo que has memorizado
su ubicación exacta.
Conoces el manantial.
Sabes que hay agua.
Esa fe
no se quiebra. Tu sed
es dulce.
La levedad del pájaro
Aprender la levedad del pájaro.
Sacar los pies del nido y encontrar
que fuera el mundo es limpio
y el cielo es amplio
y no nos queda nada
por lo que valga la pena no amar.
Aprender
la levedad del pájaro. Respirar.
Sentir cómo pasa el aire
por todas las esquinas del cuerpo,
lo más parecido a volar
que puede hacer una mujer
como yo,
con el corazón
pegado a la tierra.
Desafiar
la gravedad
como quien desafía
una norma, aprender
la levedad del pájaro.
Olvidar que las cosas pesan
y echarlas al aire,
quedarse quieta y ver
cómo les nacen alas.
Lo más parecido a volar
que puedo hacer,
yo que tengo
los pies
de plomo.
Aprender
la levedad
del pájaro.
Laura Casielles, Los idiomas comunes (2010)
Ilustración: Shiko Munakata
Amo las rutinas
y la introspección,
tanto como la deriva
refrescante
y la escucha fiel a quienes
resuenan en la cavidad
filosófica.
¿Por qué concentrar el amor
en un solo cuerpo
y momento?
¿Quién podría disputarnos ahora
las reglas de nuestro juego
cíclico?
Sé que es difícil repetir
un hogar
de estrellas danzantes,
por muy vulnerables
que sean sus cimientos
no pronunciados.
Y que la edad
avanza por las ramas,
fruto tras fruto,
a través de ese vacío
atmosférico.
Mas nunca podemos regresar
al origen de toda belleza
esquiva.
Tan solo nos es dado
hacerla nacer de nuevo,
beber siempre
de su turbulencia.
Bailabas, sí, bailabas incluso sin
despeinarte, siempre volviendo al
equilibrio contingente, nada podía
arrebatarte aquella soberanía del licor,
tu derecho al trance, la celebración
de los ecos y reflejos y pálpitos que
de la vida soluble apenas atisbamos,
antes de que todo periclite y se marchite,
con tu mirada desnuda y tus labios
sustitutos de la lactancia perdida,
bailabas, sí, dulcemente mecida por
las sombras de la gravedad, leyendo
el mundo al revés, desde la instancia
sublime donde todo adquiere su sabor
y desaparece la ley de la tristeza,
desde la guía luminosa y vocal sin
texto ni guión ni hermenéutica,
abrazándote al aire naranja y al
infinito espacio emergente de tus
movimientos, del agua salada que
expelía tu divinidad, de la noche
clara y difusa en tu refugio cobrizo,
antes de que ya no seamos, antes de
que todo silencio nos enmudezca.
Cada mañana
mi sobrino lloraba
y lloraba hasta
el agotamiento,
sumergido en la
densa oscuridad
de sus deseos
insondables.
Después, sus ojos
se adherían a la luz
absoluta
y vagaba a tumbos
por todos los rincones,
su mirada aún
bajo el secuestro
de un impaciente
latiguillo.
Sólo unos meses atrás
se le había negado,
para siempre,
la leche prodigiosa
del pecho materno:
la quimérica fuente
que saciaba
sus sueños.
Cada juego y
cada palabra,
a partir de entonces,
sólo representarían
una huella de esa
y sucesivas privaciones,
la rabia
frente a los vínculos rotos
no obstante, enseguida
reanudados.
La prueba muda de
que todo conduce,
indefectiblemente,
a una soledad
un poco más fría.
Si recojo tu llanto
en mis cóncavas
manos,
si bailo contigo
al son de la dicha
que vas descubriendo
y si sonrío
cuando sonríes
sin propósito claro,
es, tan sólo, porque
me recuerdas
lo frágil y milagroso
que supone seguir
vivo,
queriendo vivir aquí
y lejos, de algún
u otro modo
que sortee la bruma
y que nos acerque
los labios
a la nieve fundida.
A medida que esparzo huellas en la nieve
y me alejo del tumulto,
soy partidario de la flor radical:
¿y qué puede augurar un reflejo fiel
a las vibraciones de un cuerpo sin rémoras?
¿Por qué sembraremos escarcha
en nuestro círculo de injerencias?
En lugar de la prolongación del silencio
y su herrumbre,
siempre cabe rendirse al abrazo
incondicional, innato.
¿Por qué dudar si sólo la miel
más generosa procedía
de tus pechos tras la floración
del tomillo?
Ante la perspectiva de un abismo
ninguna estructura vidriosa u opaca
puede contenerme, vuelvo
a la espesura. Y a intentar
el auspicio
de un equilibrio.
¿Cómo podré compensar tu claridad?
¿Cómo seguirás aleteando
dentro de mi sed?
Impugnar la distancia artera con
la amalgama,
el paso firme
(en un suelo agrietado),
la atención a lo
que descolla
(y a lo sutil),
la conjugación
en presente indicativo.
Fotografía: Philip-Lorca diCorcia
Podría pagarse un taxi pero prefiere echar un vistazo a las catacumbas de la ciudad. Son más de las 11 de la noche y algunas ratas ya campan sin reparos por los andenes. La penumbra y la decoración de azulejos ocres en esas galerías parecen ancladas en décadas pretéritas. Cargada con su cámara a cuestas, ha tomado el metro en Christopher Street y se dirige al sur de Brooklyn pues le han soplado que por allí han aparecido nuevas áreas de prostitución. Alejadas del centro, desplazadas por la presión policial, pero nunca confinadas sino cada vez más móviles, cambiando de año en año, o en cuestión de meses. Es cierto que ahora cada vez más el negocio se hace “on line” y a domicilio; sin embargo, la calle no ha perdido sus alicientes. Caras conocidas, dotes de seducción, clientes incluso andando a pie, sin la barrera del vehículo distante, y cierta solidaridad de grupo, al menos mientras no merodean los matones de gatillo flojo.
Sharon empezó a entrevistar a prostitutas y queers hace quince años. En el West Village o, mejor dicho, en el Far West -la frontera salvaje- de Manhattan que pocos atravesaban. Sin mayores pretensiones, tan sólo para matar el tiempo, aquellas largas conversaciones durante las noches frías o las pausas indefinidas le permitieron trabar confianzas y complicidades que ninguna tarjeta de presentación conseguiría. A sus veintidós años pocas veces dudó al transitar entre las penumbras del viejo puerto y los desordenados aparcamientos de camiones. Uno más de los enclaves residuales e inhóspitos de la ciudad todavía entonces marcado por vallas rotas, antiguos almacenes ruinosos y una vía rápida atestada de tráfico. También emergían ya los primeros movimientos de tierras para construir un nuevo parque urbano donde pudiera llevar sus perros a pasear la gente acomodada que volvía a residir en el Village. A Sharon le habían encomendado informar sobre el SIDA, repartir preservativos y echar una mano en otras cuestiones básicas, siempre que se pudiera. Por horarios no había problema en compaginar aquel voluntariado con los estudios. Por localización tampoco podía quejarse: aún hoy sigue residiendo en el viejo estudio artístico de su primera amante en la ciudad, quien usa la ajustada renta del alquiler para vivir bien holgada en distintos países suramericanos.
Mientras el traqueteo metálico usurpa todo el sonido a su alrededor, vuelven a abrirse paso las mismas ráfagas de recuerdos. Hace sólo seis meses que Benjamin, su hermano pequeño, se suicidó. Muchos le conocían en internet como Harvey, pues a veces se presentaba así en velado homenaje a Harvey Milk, aquel valedor de los “gay rights”, los derechos de los homosexuales, que fue vilmente asesinado décadas atrás. Tal admiración, sin embargo, no hizo de Ben un activista político. A pesar de su indignación siempre buscó el retiro y los estudios de informática le proporcionaron la excusa perfecta. En el suburbio negro y humilde de Baltimore donde crecieron, cualquier atisbo de homosexualidad encontraba un rápido escarnio: padres que quemaban con cigarros la piel de sus hijos raros, amenazas de muerte o de mutilaciones entonadas por los acosadores del colegio cuando los chicos gays osaban vestir alguna prenda considerada femenina, o cuando ellas se hacían fuertes juntas, arrestos brutales y noches en la comisaría sólo por su inevitable pluma que se añadía, como en el caso de Ben y Sharon, al peligroso color negro y muy oscuro de su piel, ya que hasta en esas gradaciones cromáticas se repartían las humillaciones a discreción. Afortunadamente a Ben le acompañaba el halo protector de su hermana mayor, más curtida en las tácticas de supervivencia al ostracismo. El halo, no obstante, se esfumó cuando Sharon voló hacia el Village y Ben, con apenas catorce años, se encontró solo ante aquella hostilidad sistemática. Al final Ben también se fue tras ella en cuanto tuvo ocasión, pero nunca pudo alcanzar la jovialidad, la ironía y las ganas de bailar para las que Sharon siempre estaba disponible. Sólo una nube de mal agüero derivada de aquellos años de separación y silencio, de algo inexplicable y nunca confesado, se instalaba rutinariamente en su atmósfera privada.
Ahora ya casi no hay prostitución en el Hudson River Park. Al menos muy poca de la ejercida por los más vulnerables que Sharon distingue bien por la calidad de su ajuar, por el color de su tez y, sobre todo, por la improbabilidad de poseer las llaves de alguna puerta tras la que exista algo parecido a un hogar. Su documental de graduación narraba algunas de estas vidas deambulantes de travestis y jóvenes queers cada vez más obligados a la dispersión. Su mera presencia devaluaba el mercado inmobiliario. Y lo hacía justo en una época en que el pintoresco Village se erigía en uno de los más deseados por quienes podían vivir con todo tipo de lujos. Aquella “familia callejera” no pudo resistir el embate. El sol poniente sobre las costas de New Jersey ya no sería nunca más su austero privilegio. Poco a poco, el cerco se estrechó sobre sus cuerpos, tantas veces magullados, y los estragos del SIDA, simplemente, completaron el resto de la faena. Allá donde vayan, en cualquier caso, Sharon seguirá acudiendo y acompañándolos, pues de algún lugar ella también precisa sacar arrestos para erguirse cada día.
Todavía hay tiempo para invocar
la desnudez aleccionadora.
Tiempo para perseverar en la matriz
donde crepitan las dádivas
y sus océanos de cuerpos flotantes.
Hay muchos días inalienables y noches
de blanca bóveda para la fidelidad
con la sustancia y la llama.
Mis manos pueden temblar, es lo justo,
y pueden leer a tientas al ser virtuoso
que amaron, su piel húmeda
en la memoria indeleble.
Lo que nadie puede arrebatarme, empero,
es la coagulación del néctar,
el inagotable albedrío.
Queda mucho tiempo -nadie puede concluir
un juicio contable- tiempo para jalonar
de deseo y sabiduría cualquier
gesto de cansancio.
Fotografía: Francesca Jane Allen
En esa fotografía todo es tuyo:
la edad plena, la sonrisa justa,
el marco, acaso soslayado, y mi
mirada torrencial que cultiva,
silente, tu algodón nativo.
Porque divergen las trayectorias
como el polvo en el borde de
la materia, porque he adiestrado
los anhelos por necesidad de
un animal de compañía:
puedo conformarme con el
préstamo de tu luz en ese instante
subjetivo. La imagen del amor
propio desprende una inmanencia,
olorosa y estupefaciente, que
envidio con ardor. Desde el gesto
dulce gobiernas el caudal y las
crecidas, es suficiente, te alimentas
de un cereal eterno, rebosa de
confianza tu carnalidad, me
someto a esa respiración fácil.
Fotografía: Jacques-Henri Lartigue
Hace tiempo que estoy entristecido
porque mis palabras no entran en tu corazón.
Muchos días estoy entristecido
porque tu silencio entra en mi corazón.
Hay veces que estoy triste a tu lado
porque tú sólo me amas con amor.
Muchos días estoy triste a tu lado
porque tú no me amas con amistad.
Todos los hombres aman mucho la libertad.
¿Sabes tú lo que es vivir ante una puerta cerrada?
Yo amo la libertad y te amo a ti.
¿Sabes tú lo que es vivir ante un rostro cerrado?
Antonio Gamoneda, Blues castellano (1961-1966)
Fotografía: ateopoeata (C-Squat, New York City)
Amé hasta las espinas.
Haciendo caso omiso
de las advertencias.
Nunca peregriné
en pos del fuego.
Porque el fuego es
mi único trayecto viable,
y mi único atlas
es hipodérmico.
Cada bifurcación
me antecede:
es la grieta, el retículo,
la herida átona
de la especie.
¿Cómo pretender cercar
lo que se ama y refulge?
¿Obturar su movimiento
inverosímil?
Amé las llagas
y las cicatrices,
el humo del olvido
que ya no duele,
el mes de enero
y la intemperie.
Este certificado
negro sobre blanco,
blanco sobre negro,
así lo atestigua.
Y que conste
donde corresponda.
Fotografía: Harry Callahan
Cuerpo de limón
que te aproximas
a mi lengua
con una melodía
que nunca hiere.
Fotografía: Jacques-Henri Lartigue
Se desliza
por lo mínimo
y lo recóndito
sin más ley
que el rozamiento
delicado
y lo volátil,
mientras desafía
a la corriente
y al frío azul,
mientras se entrega
a la cálida vecindad
de la lenta
y hasta inmóvil
actitud.
Sólo el tiempo
voraz
se aleja
incesante.
Será debido a la lluvia esperada
o a la melancolía que se agazapa,
o por la certeza de lo irreversible
de toda pérdida, será que los
fundamentos son tan frágiles que
tiemblan fuera cuando no tan
adentro de ti, tan adentro que
ni la memoria sirve para adoptar
un actitud realista, para valorar el grado
de variación del que adolece cada
cualidad, y entonces querría auspiciar
aquel jubiloso paso exploratorio,
el secreto de esa amplitud en la
vigilia, la luz que se comba a
voluntad, las vidas hermosas que,
al fin, contemplo desde tan lejos.
En los bancos donde se apaciguaban los
lamentos nos esperaba Jimi Hendrix con
sus plumas indias trazando la señal de 'no
hay futuro' y todos los espectros de Tompkins
Square Park presenciaban la dilatación del
diafragma que da a luz una temporalidad
nueva, si es que un rostro nuevo no fuera
un espejo más de la reproducción, como la
usura de Wall Street se despliega en cada
planta metálica ascendiendo hacia un vacío
exclusivo para el dominio abstracto y la
muerte a distancia, donde el personal de
mantenimiento y el de seguridad también
quema sus horas de revuelta, y el crepúsculo
tiñe el hambre en un parrilla mexicana, las
conspiraciones llevan los labios pintados
con la sangre roja que nos entregamos a
la vez, en la breve turbulencia, en lo
invisible que remite, tal como ahora te
recuerdo.
Joe sabía de lo que hablaba. Sus canas tampoco albergaban dudas. Muchos años de vivir y pelear en la calle habían dejado las típicas huellas de la experiencia y un puñado de amigos con los que siempre podía contar. Muchos de sus enemigos se habían quedado en el camino cuando Loisaida era un campo de batalla y las hileras para adquirir una dosis de heroína eran más largas que las del Bronx. De aquellos tiempos aún le quedaban las cicatrices de las piedras que casi le parten el cráneo en dos cuando defendía uno de los primeros solares que ocuparon en el barrio. Unas piedras que provenían de la azotea donde se parapetaba una banda de puertorriqueños, pero Joe nació en una familia italiana y sabía bien que aquellas disputas por el territorio tenían demasiadas raíces intrincadas como para azuzar aún más el fuego. De los disturbios de Tompkins Square aún guarda el recuerdo de una cojera causada por las tropas rabiosas que comandaba Giuliani a quien se le atribuye, entre sus desafortunadas declaraciones, la famosa amenaza a los odiados squatters: “en esta ciudad no hay sitio para quien no pague su alquiler”. Aunque poco después tuvo que tragarse algunos de los conspicuos sapos que profería su afilada lengua, no falta quien afirma que Joe y otros squatters simplemente ganaron unos pocos edificios porque Giuliani quería apaciguarlos mientras se deshacía del resto de las viviendas municipales. Loisaida no está tan lejos de Wall Street, a fin de cuentas, y las arcas municipales de hace tres lustros necesitaban sanearse con urgencia. Había compradores de sobra si se mantenía a raya a las tribus de insurrectos. En algún despacho de algún anónimo rascacielos siempre se sentaba alguien frotándose las manos y calculando las ganancias; la fauna humana superviviente a ras de suelo constituía una simple incomodidad contable.
Cuando Sara llegó a la gran manzana con su corta veintena de vida flotando en su cuerpo ligero, apenas había oído hablar de los punks, de los vagabundos y de los anarquistas que rompían con mazas las puertas tapiadas de los edificios en ruinas. Todo eso quedaba muy atrás. Ella simplemente quería huir cuanto antes de una rutina plana y anodina en un aislado suburbio donde se sentía, por expresarlo concisamente, recluida. Se despidió con la excusa de desarrollar sus habilidades artísticas en un lugar más enriquecedor y acabó a salto de mata durmiendo en los talleres y almacenes varios donde iba encontrando trabajo. Su peso pluma evidenciaba una anorexia galopante pero lo que más llamaba la atención de su cándida apariencia era uno de esos aros de “hula-hop” que portaba siempre a modo de mascota. Sólo a Joe le hizo partícipe del intento de violación que sufrió volviendo a casa una tarde oscura después de sus clases de baile. Nunca se había atrevido a decirles nada a sus padres, lo último que quería a los quince años era perder la escasa libertad de la que disfrutaba para evadirse por sus parques y escondites favoritos. Pero el peso de aquel recuerdo ominoso, de alguna manera, había congelado el tiempo y sus pupilas casi siempre perdidas en el horizonte. El Loisaida que se encontró Sara ya era muy diferente al de los edificios ardiendo por doquier y las sirenas policiales delimitando el espacio imaginario del miedo. Joe fue quien le ayudó a entrar en una de las viviendas fantasma que aún son fáciles de divisar y, poco a poco, entre ellos, contra todo pronóstico, se fueron estrechando los lazos de suerte tal que en pocas ocasiones se les veía separados.
Aún no habían acabado las obras de rehabilitación de arriba abajo que se habían emprendido en el edificio de Joe. No había ni techos ni escaleras cuando lo tomaron con sus paraguas como estandarte. De hecho, sólo comenzaron a recaudar fondos para arreglarlo cuando los litigios con los sabuesos de Giuliani les dieron un respiro. Lo peor ya había pasado. Joe sabía de qué se trataba todo aquello, vivir sin agua, sin luz, con un ojo siempre en la ventana, incluso en sueños, por si acechaba el próximo embate, a veces de matones o de vecinos sin escrúpulos. Ahora sólo se trataba de un riñón. En realidad, del segundo, del último que le quedaba válido pues el primero ya había sido víctima de las inclemencias y las infecciones del pasado. Sara había conseguido todo el dinero posible para ingresarle en el hospital, incluso recurriendo a la familia que había dejado atrás. Pero todo era siempre escaso para pagar las facturas de un sistema que, para colmo, no podía garantizar una donación a tiempo ni en condiciones. A nadie le sorprendió que Sara, aquella muchacha con aspecto frágil y ensoñador, comenzara a repartir carteles por todo el barrio solicitando un riñón para Joe. De nuevo y salvando las distancias, otra operación de realojamiento estaba en marcha. Con tesón, encarnando todas las resistencias anteriores, con la misma incertidumbre que había permeado sus vidas hasta entonces. Hasta que se equilibrase la balanza de lo imposible.
Fotografía: ateopoeta (Umbrella House, NYC)