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ateo poeta

De la necesidad de prólogo (un poema de Rafael Pérez Estrada)

De la necesidad de prólogo (un poema de Rafael Pérez Estrada)

 

Sobre el fuego leo tus palabras.

Las palabras se disuelven frente al ocaso,

y los verbos irregulares.

He conseguido una envidiable palidez para leer tu carta.

En ocasiones el mar palpita dentro de mí. Detesto su protagonismo.

Escupo una ola.

Y ya escupo otra ola.

 

Soy incapaz de distinguir sus movimientos. Mis ensoñaciones, atrapadas en las sístoles y diástoles del mar, me impiden distinguir la quebradiza horizontalidad de las aguas.

 

También yo sufro todos los Jueves Santos.

También yo envidio el don de alas,

las vertiginosas trampas del funambulista.

Recuperar sus labios en el aire.

 

El mundo -me digo- empieza en los otros, ellos son mi exilio.

 

Rafael Pérez Estrada, Bajo el cielo indeciso (2004, póstumo)

 

Ilustración: Rafael Pérez Estrada

 

 

Trenes (un poema de Rafael Pérez Estrada)

Trenes (un poema de Rafael Pérez Estrada)

 

Amables aves de la costumbre,

cuando viajo soy el que vuelve.

 

La distancia es sólo la nostalgia:

la añoranza más breve entre dos puntos.

 

Guardadme la levedad del humo,

su imperceptible nube,

la prisa de los paisajes,

los adioses de puntillas,

la sorpresa de infinitas paralelas.

¡Viejos trenes de entonces,

más audaces que nunca!

 

Rafael Pérez Estrada, Bajo el cielo indeciso (2004, póstumo)

 

Fotografía: Jaroslav Rossler

 

 


 

Ajenas al paseo marítimo,

angosto y tedioso como el domingo,

dos jóvenes sirenas con cuerpo de ola

emergen de la belleza turbulenta

donde habitan fósiles y crustáceos,

los seres flotantes de la bajura

y la caricia helada y azul

de las postrimerías.

Como caracolas que me regalan

el despliegue de sus fruncidos

por la virtud de la danza,

así sus extremidades perfilan

el boceto del horizonte luminoso.

Sus besos salados apenas se rozan

y nadie repara en sus gestos gráciles

ahítos de una alegría nueva,

del placer en el nado.

Los cabellos enredados e indecisos,

aún húmedos y olorosos a la libertad

plateada de las profundidades,

con el verdín de las algas adherido

a sus manos deseantes,

con el fulgor de las veleidades

oceánicas más ágiles que las estrellas,

esos espejismos que no remiten

ni debajo de las pamelas.

Su caligrafía amorosa evoca

lo insaciable, sus pieles de invierno

sólo aguardan el abrazo de marfil,

el tigre de seda junto al que

lloverán nuestros sueños.

 

Fotografía: Erwin Blumenfeld

 

 

 

 

Lo que no es sueño (un poema de Claudio Rodríguez)

Lo que no es sueño (un poema de Claudio Rodríguez)

 

Déjame que te hable en esta hora

de dolor con alegres

palabras. Ya se sabe

que el escorpión, la sanguijuela, el piojo,

curan a veces. Pero tú oye, déjame

decirte que, a pesar

de tanta vida deplorable, sí,

a pesar y aun ahora

que estamos en derrota, nunca en doma,

el dolor es la nube,

la alegría, el espacio,

el dolor es el huésped;

la alegría, la casa.

Que el dolor es la miel,

símbolo de la muerte, y la alegría

es agria, seca, nueva,

lo único que tiene

verdadero sentido.

Déjame que con vieja

sabiduría, diga: a pesar, a pesar

de todos los pesares

y aunque sea muy dolorosa y aunque

sea a veces inmunda, siempre, siempre

la más honda verdad es la alegría.

La que de un río turbio

hace aguas limpias,

la que hace que te diga

estas palabras tan indignas ahora,

la que nos llega como

llega la noche y llega la mañana,

como llega a la orilla la ola:

irremediablemente.

 

Claudio Rodríguez

 

 

 

 

 

Leo en el periódico que dentro de 5.000 millones de años

el Sol se convertirá en una gigante roja

cuyas llamaradas se tragarán Marte y la Tierra

y, entonces, un puñado de lágrimas me ascienden hasta

la mirada del revés y todo ese devenir de desolación

se prefigura nítido y diáfano como un infierno

en el que nunca creí.

 

¿De qué me sirve, me pregunto, toda esa conciencia

de un futuro tan devastador?

¿Contribuye con alguna partícula relevante

de invisible polvo cósmico a la certeza

de mi propia muerte no mucho más tangible

aunque sí más próxima en la imaginación

de probabilidades victoriosas?

 

¿A qué animal le causaría congoja el abismo

que separa el riesgo siempre latente de que se

extinga la singularidad de su ser y la gruesa estimación

del áureo vacío en que se sumirá toda la vida templada

que ahora le rodea?

 

¿Quién puede afirmar con la exactitud de las mareas

que es rápido o lento el ritmo con el que nos

abocamos como totalidad hacia la convulsión

de nuestra estrella madre, y que su imperio

nos obliga a la contemplación estática de la efímera

belleza o que su inexorable sentencia es, por sí,

indiferente a los estragos torpes de

nuestras manos impotentes, al fin y al cabo?

 

¿Habría, acaso, alguna palabra que se pudiera

oponer a ese silencio ufano y seguro que viene?

¿No es mejor callar ante lo inefable?

¿O prefiero seguir como si nada, ignorar esa fuerza

pantanosa que reclama la descomposición

de mi cuerpo, que succionará todo vínculo solidario

con los entes que residen en mi cercanía?

¿Por qué otra materia del universo merece menos

estima a pesar de su probada longevidad?

 

¿Y qué valor posee una gota de tristeza astronómica

que apenas llegaría a asomar otro día cualquiera,

leyendo otra noticia o esquela o defunción tanto o más

ingrata y que, de inmediato, sería neutralizada

con una dosis no menos pasajera de euforia o de

hambre o de deseo o de la paz incolora y amarga

que produce el estado de abandono?

 

Fotografía: Ernst Haas

premisas molestas

premisas molestas

 

I

 

Enamorarse es un lujo,

un manjar exquisito.

 

De ahí a pasar hambre

media un abismo.

 

 

II

 

Enamorarse es un milagro

semejante a un premio

de lotería.

 

¿Por qué concitará a legiones

de creyentes?

 

¿Por qué a tantos ateos

embaucados?

 

 

III

 

Al enamoramiento llegamos

por accidente.

 

Incluso por accidente premeditado,

sin reparar en qué

cuidados paliativos

precisarán las víctimas

de la colisión.

 

 

IV

 

Del sobresalto

del enamoramiento

no hay reposición

instantánea.

 

Demanda un trabajo a tiempo completo

aunque el contrato estipule

duración determinada.

 

 

V

 

Esta teoría es insaciable e irritante:

se recomienda adoptar las precauciones

pertinentes en los ojos, extremidades

y otros órganos no identificables

en caso de proceder

a su empírica

verificación.

 

 

Fotografía: Jaroslav Rossler

Posturas ante la noche (otro poema de Trinidad Gan)

Posturas ante la noche (otro poema de Trinidad Gan)

 

I

 

Detrás de los falaces paraísos

convocar esas cosas olvidadas:

un juego de manos, un viejo truco

que pretende hacer carne la memoria.

 

II

 

Dominar sin dolor los laberintos.

Atender sus señales tan extrañas.

Escuchar en los silencios del viento

y los ecos de la vana palabra.

Recordar antiguos placeres

hasta reconocerlos con la boca.

Y que el agua se dé por añadidura.

 

 

Trinidad Gan, Fin de fuga

 

Fotografía: Jacques Henri Lartigue

 

 


(otro poema de Trinidad Gan)

(otro poema de Trinidad Gan)

 

Son tan claros los signos

que emanan desde un cuerpo

que osadía es volcarlos

en manchadas palabras.

 

¿Qué voz le pongo al pliegue

de un labio que desea?

¿Qué vocablo al latido,

desbocado e insomne,

de un corazón urgente?

¿Qué letras al amor,

amor el innombrable?

 

¿Con qué cifro el deseo,

cómo la vida escribo?

 

Retóricas preguntas:

sospecho que he topado,

irremediablemente,

con la literatura.

 

Trinidad Gan, Fin de fuga

 

Ilustración: Marina Anaya

 

La conjura de la voz (un poema de Trinidad Gan)

La conjura de la voz (un poema de Trinidad Gan)

 

Esa ingenua tendencia a pelear

batallas de los otros,

el cuerpo exacto en su derrota

al recibir la luz,

la palabra encarnada en el tiempo,

la música sin límite,

la voz que, arena humana,

castillos de memoria,

de dolor y deseo

aparenta, levanta.

 

Reconocer el miedo, rebelarse,

poner los pies a tierra,

junto a una fina línea

de tus ojos quedarme

y amanecer después

sabiendo que tu risa

es la letra con que se inicia el alba.

 

Trinidad Gan, Fin de fuga

 

Ilustración: Marina Anaya

 

sospechosa (un poema de Ana Pérez Cañamares)

sospechosa (un poema de Ana Pérez Cañamares)

 

Levanto sospechas en la oficina

porque trabajo con la cabeza en otra parte

levanto sospechas entre mis amigos

porque desaparezco y callo durante días

levanto sospechas ante mi hija

porque en vez de hermanos o perros

sólo traigo a casa libros

 

sospechas ante mí misma porque mi independencia

se resquebraja cuando la tristeza da un golpe de estado

 

por eso me esmero cuando escribo:

aquí no quiero que me deseen otra

 

 

Ana Pérez Cañamares, Alfabeto de cicatrices

 

 


 

Ir soltando lastre, caminar cada vez

más ligero de equipaje y no dejar de caminar,

de detenerme, de recibir cada racha de aire

en el rostro, cada caricia sin intención.

 

Los chicos ahora ya son mayores, sus vidas

se bifurcan y regresan, resplandecen en mis

sueños, sé que vienen del bosque y del río y

que saben de la justicia lo necesario para

sobrevivir al humo y a los espejismos.

 

Desterré el arrepentimiento de mi diccionario,

un peso menos, he preferido el silencio, su

compasión rugiendo como un mar que golpea

los acantilados de la memoria y sus errores.

 

No albergo ninguna esperanza de redención,

no sabría decir tampoco para quién, ni cómo,

ni si en las estructuras opacas o en los andamios

celestes. Construir con menos, deshacer el

recorrido ingrato.

 

Como esa alegría de la austeridad primera,

como la voz feliz por el fruto y por los años

luz de tanta inmanencia. Viajar sin la tara del

continente, sin angustias ni servidumbres.

Escribir a vuela pluma con el mosto del

amor leve y sincero.

 

Emanciparme, por fin, de las deudas con mis

ancestros y con los usureros, de las omisiones

y de la carcoma del vacío en el que he logrado

hacer pie. Ahora lo entiendo mejor, no podía dejar

que cristalizase ahí, congelado, a la intemperie.

 

Ilustración: Alexander Deineka

 

 

 



 

Se enciende el día

con una huelga,

con la conciencia

de lo efímero.

 

No es un sueño,

insisto.

Si todo perece,

también la sumisión.

 

El cuerpo pleno

y ausente

reclama su fruto.

El derecho

a la fragancia.

Conocer

la inversión de las nociones.

 

Qué, si no,

puede ser la lucidez.

 

A esa ebriedad

de estar,

de aproximarnos,

nos convocan.

 

Fotografía: Alexandre Matias

 

Lamento por el arbolito de Philip (un poema de Juan Gelman)

Lamento por el arbolito de Philip (un poema de Juan Gelman)

 

philip se sacó la camisa servil
llena de tardes de oficina y sonrisas al jefe
y asesinatos de su niño románticamente hablando
su niño operado cortado transplantado injertado
de bucólicas primaveras y Ginger Street volando alto verdadera
en la tarde de agosto gris

se quedó en pecho philip y cuando
se quedó en pecho hizo el recuento feliz de cuando:
le sacó la lengua al maestro (a espaldas del maestro)
le hizo la higa a la patria potestad (a espaldas de la patria potestad)
formó cuernitos con la mano contra toda invasión maternal (a espaldas
de toda invasión maternal)
se burló del ejército la iglesia (a espaldas del ejército la iglesia)
en general de cuando
ejerció su rebelde corazón (dentro de lo posible)
fortificó sus entretelas acostumbradas al vuelo (siempre que el tiempo lo permita)
engañó a su mujer (con permiso)
philip era glorioso en esas noches de whisky y hasta vino
exóticamente consumido con referencias a la costa del sol
una palabra encantadora lo retenía semanas y semanas a su alrededor
sol por ejemplo
o sol digamos
o la palabra sol
como si philip buscara lejos de la sociedad industrial
fuentes de luz fuentes de sombra fuentes

qué coraje hablar del sol

como suele ocurrir philip murió
una tarde lenta amarilla buena callada en los tejados
no hablaremos de cómo lo lloró su mujer (a sus espaldas)
o el ejército la iglesia (a sus espaldas)
o el mundo en particular y en general súbitamente de espaldas:
su viuda le plantó un arbolito sobre la tumba en Cincinnati
que creció bendecido por los jugos del cielo
y también se curvó

y si alguien piensa que lo triste es la vida de philip
fíjese en el arbolito le ruego
fíjese en el arbolito por favor

hay varias formas de ser mejor dicho
muchas formas de ser:
llamarse Hughes
hablar arameo mojarlo con té
estallar contra la tristeza del mundo
pero a ustedes les pido que se fijen
en el curvado arbolito
tiernamente inclinado sobre philip
su pecho en pena en piel como se dice

ni un pajarito nunca
cantó o lloró sobre ese árbol
verde todo inclinado
inclinado

 

Juan Gelman, Traducciones III. Los poemas de Sidney West (1968-1969)

 

(Fotografía: Adams Aspens)

 

 


una piragua sin rumbo

una piragua sin rumbo

 

Se subió al tren en Ciudad Real. Era un domingo de otoño, a media tarde, aún con mucha luz penetrando por los ventanales. Nada más verla asomarse por el pasillo comencé mi juego estadístico de probabilidades y aventuré que se sentaría a mi lado. No era difícil equivocarse pues el vagón estaba bastante repleto y apenas quedaban asientos vacíos. A esas horas Madrid succionaba a miles de almas y cuerpos procedentes de todas las esquinas peninsulares, residentes que habían apurado el fin de semana lejos de sus fauces, o masas ingentes de visitantes ocasionales atraídas por sus oropeles. Siempre ese destino seductor en mi vida, siempre volviendo a casa. ¿Y quién sería ella? ¿Qué tipo de sangre bulliría por sus venas? ¿Cómo sería su nido en Madrid, si es que tenía alguno?

 

Tuve suerte. Se desprendió de su ropa de abrigo y colocó rápidamente su equipaje. Su figura esbelta de una belleza dulce, como si fuera una venus eslava o árabe, se fue definiendo más nítida y perturbadora a medida que se acercaba a mí. Bajo una blusa azul entreabierta se podían adivinar unos pechos pequeños, alegremente sobresalientes de su torso. Sus vaqueros desgastados camuflaban unas piernas largas y que intuía fortalecidas gracias al ejercicio esporádico del voleibol o del patinaje, según mis cánones de las divas deportistas. Unas trencitas tímidas, horizontales, adornaban su melena lacia, pero eran, sobre todo, sus ojos rasgados y sombreados los que acentuaban un misterioso rostro enseguida declinado hacia la sonrisa. Preferí no dejar que una atmósfera pesada se instalase entre nosotros, como suele ocurrir tan a menudo en estos acompañamientos forzados entre seres anónimos, y le pregunté por el libro que se disponía a leer. “Una novela para adolescentes” respondió amable y taxativa, no sé si queriendo abortar la continuidad de la conversación o, simplemente, mostrando a las claras su verbo afinado. A primera vista me imaginé que tendría unos veinticinco años, pero aquella respuesta tan directa me hizo bajar el listón. Después de charlar un rato sobre el autor del libro y sobre la historia de amores, separaciones y reencuentros que narraba, me dijo que estudiaba el primer año de Medicina. De súbito interpreté su primera afirmación a la luz de la pícara mirada: “si quieres ligar conmigo, jovencito preguntón que podrías ser hasta mi padre, ten en cuenta que acabo de estrenar mi mayoría de edad y que hay muchas cosas que, seguramente, nos separan”. Y me quedé unos instantes cavilando, con la vista perdida en el paisaje volátil.

 

Entre mis manos yacía lánguida, supurando tristeza y fábulas desbordantes, una compilación de poemas de Juan Gelman. Cada una de sus dosis me arrebataba unos segundos y me devolvía al silencio y al horizonte del paisaje. Demasiada hermosura rozándome por varios flancos: en los lóbulos cerebrales, las evocaciones de los versos; en el aliento y el soslayo, los brazos y las piernas de aquella joven quién sabe si todavía algo adolescente que se erguía a mi lado, por más que la imaginase con su cabeza dormida reposando en mi vientre o, en otro momento fugaz y evasivo, con su sonrisa doblegada a un placer infinito mientras follábamos medio desnudos, a medio desvestir, amándonos con urgencia y precipitación en alguna habitación de las profundidades urbanas. De hecho, escenas semejantes son la que atisbaba a leer, furtivamente, en algunas de las páginas del libro que ella devoraba a buen ritmo. “¿Por qué no leéis poesía la gente joven, quiero decir, quienes sois adolescentes o post-adolescentes?” me atreví a preguntarle con disimulada ingenuidad en una de las pausas de nuestras respectivas lecturas. En realidad, casi nadie lee poesía o, por lo menos, casi nadie compra libros de poesía, así que me arriesgaba a una reacción del tipo: “¿Y por qué la mayoría de la gente no se tira por los puentes atada a una goma o se lanza en ala delta sin motor o prueba el salto en paracaídas?” Quizá la poesía sea eso, puro amor al abismo. Quizá no sea más que una pregunta retórica, un refugio.

 

A esas alturas ya estábamos atravesando Entrevías, aquel barrio surgido del barro y de las chabolas y de largas luchas por la dignidad. Supuse que esa cruda maraña de edificios a la vista no significaría nada para ella, por lo que me guardé en mi fuero interno esa página de emoción y de memoria de aquellos inmigrantes rurales que se instalaron en la periferia olvidada de la gran urbe empujados por sus sueños y por la escasez. Sus comentarios sobre la ausencia de la lírica en las mochilas de los jóvenes, adolescentes o post-adolescentes (treta identificadora que sorteó ágil y distraída), no me sacaron de dudas. Vivimos tiempos acelerados, audiovisuales, de consumo rápido y compulsivo. Casi es heroica la lectura en calma, ese oasis de meditación. Al menos tuvimos maestros y maestras incansables que nos abrieron algunas puertas a las palabras con sentido, a las palabras fulgurantes. Y algunos rayos de poesía, por fortuna, se filtraron hasta el pliegue dos millones trescientos cuarenta mil de las circunvoluciones mentales donde se agolpan nuestras neuronas que, presumiblemente, sólo anhelan la inmortalidad. No fueron esas exactamente sus palabras ni tampoco las mías, pero nos divertimos durante el intercambio y mi fascinación por ella se iba colmando poco a poco, resignada al fin del trayecto. Cuál no sería mi sorpresa cuando, mientras recogía rauda sus cosas y se despedía sin apenas un beso (solo un beso, aunque fuese de aire), dejó en mi mesilla su separador de hojas con motivos florales e inscripciones chinas, su teléfono anotado en el dorso y una escueta frase adjunta: “si quieres compartir tus versos y mordiscos, llámame”. Inmóvil y melancólico la vi deslizarse entre el gentío, las maletas con ruedas y el gris aciago de la estación. Tal vez, aquellos números eran solo una ficción más, una cábala, una figura poética a la deriva en el mar de un mundo demasiado prosaico.

 

 

Me dijo que estaba cansado de tantos años dejándose el pellejo y la vista en la misma repetición, que se cernía el bucle.

 

Que la pasión había llegado a su culmen en fecha indeterminada, que la fortuna le sonrió y licores exquisitos, fresas tardías y aljibes eternos lamieron su paladar.

 

Que se abría un tiempo de anhelar nuevos trayectos y gerundios, de ir haciendo como si abundase lo fértil, el amor, las aves juguetonas, las pinturas elípticas, un aromático amanecer ahora, justo ahora, que los anuncios adversos se hundieron por ahí, en medio del océano con una piedra al cuello.

 

De camino a su casa crujían los pedazos de árbol surtiendo el pavimento de las calles, se esparcían los limones y las granadas por su ciudad ataviada de jueves, alguien me sonreía con sus indicaciones cartográficas como jazmines en ebullición.

 

Tras los postigos majestuosos permanecía abrazado a su morada utópica, a su viva luz, como si todavía el mundo fuera sensible, inteligible, una mota de polvo en la sinfonía de lo que pudo no ser, la sed que nos damos, un vínculo tenaz, un estupor que merece todas las primaveras.

 

Ilustración: Juan Carlos Mestre

 

 

Con el paso de los años

se acentúan los rasgos únicos

que siempre nos parecieron casuales.

 

Medra el vello donde reside la ternura,

se sonrosa la piel expuesta a la inspección pública,

los ganglios de la verdad se inflaman como tumores,

cargamos con más peso en cada mudanza.

 

También se dulcifican nuestros miedos lácteos

o se nos afilan los colmillos si la vida resultó áspera

y nos hizo mella en los dedos.

 

Es preciso, no obstante, contrapesar

los dones naturales:

despojarnos de las culpas atómicas,

seguir interrogando a la esencia de la rosa,

nutrir de desnudez lo compartido,

imitar las fluctuaciones meteorológicas.

 

Entonces miro mi vanidad y mi juventud

a partes iguales y sé que se engañaban

continuamente.

 

 

Hoy he vuelto a vestirme con la sombra de mi mismo.

 

Con suma discreción he acompasado mis horarios, mis tareas higiénicas y mi carencia de pensamientos a los del sujeto a quien oscurezco.

 

En silencio he observado su conducta deambulante y sus ímprobos esfuerzos para no parecer dubitativo.

 

Durante algunos minutos, guarecido de otras miradas, ha apoyado en mí su propio silencio y los rayos del sol radiaban en la piel dorada de su mediodía.

 

No puedo culparle por su indiferencia. Debajo de este traje apenas visible no habita nadie mucho más visible. Y, sin embargo, sé que me necesita.

 

Podría dialogar con mi mismo durante horas acerca del ser, de sus verticales descensos y quimeras, pero nadie escucha a su sombra.

 

Podría abrazar al hombre que persigo, hurtarle el frío, disminuir, pero sólo otro cuerpo y otra sombra pueden incendiar sus ojos remotos.

 

Cuando regresemos a casa vaciaré todos los bolsillos, colocaré en su sitio el cinturón que me oprime y me incorporaré lentamente a su sueño para recordarme.

 

Mañana, como la mayoría de los días, dejaré que mi sombra recorra su propio camino.

 

 Fotografía: Jacques Henri Lartigue

 


otro poema de Roberto Juarroz

otro poema de Roberto Juarroz

 

A veces parece

que estamos en el centro de la fiesta.

Sin embargo

en el centro de la fiesta no hay nadie,

en el centro de la fiesta está el vacío.

 

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

 

Roberto Juarroz, Duodécima poesía vertical (1991)

 

 Ilustración: J.F. Naumann

 

un poema más de Roberto Juarroz

un poema más de Roberto Juarroz

 

Buscar una cosa

es siempre encontrar otra.

Así, para hallar algo,

hay que buscar lo que no es.

 

Buscar al pájaro para encontrar a la rosa,

buscar al amor para hallar el exilio,

buscar la nada para descubrir un hombre,

ir hacia atrás para ir hacia delante.

 

La clave del camino,

más que en sus bifurcaciones,

su sospechoso comienzo

o su dudoso final,

está en el cáustico humor

de su doble sentido.

 

Siempre se llega,

pero a otra parte.

 

Todo pasa.

Pero a la inversa.

 

Roberto Juarroz, Duodécima poesía vertical (1991)

 

 

La tristeza es una parábola

en su doble sentido: geométrico

y literario.

 

En cuanto al primero: traza en el aire

su trayectoria, como una bala que siempre erra

en el corazón pero que corta incisiva

el sosiego de cualquier vacío.

 

En cuanto al segundo: aparta las ramas

de la vida y los frutos suculentos, desfigura

los personajes y las lecciones morales

mientras arden lentas las vanas esperanzas.

 

Cuando descubro un rostro con el signo

de la tristeza que no se anquilosa,

opero con el siguiente bisturí:

 

o se entretiene en los cálculos del destino

o pugna denodado por definirlo de nuevo.

 

Fotrografía : Julia Rionda