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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

mi turno en el laberinto

mi turno en el laberinto

 

Mañana tengo que llevar el coche al taller. Tendré que avisar de que llegaré tarde a la reunión, pero no puedo faltar. Ya está bien de dejar que sean los mismos los que cortan el bacalao. Aún recuerdo la última vez que me tomé una semana en Praga y a mi vuelta habían decidido cambiar a todo el mundo de despacho. ¿? hola corazón, ¿qué tal te va con tu nuevo jefe? por cierto, que te hice caso y apunté a los niños a la academia de inglés que me recomendaste, a ver si así van aprendiendo algo, hija, porque en la escuela parece que este año han vuelto a estudiar los números del uno al diez… ya, ya, qué te voy a decir a ti, que eres profesora… ah, disculpa, cielo, pero te tengo que dejar que estoy en el banco haciendo unas gestiones, ya te llamo a la tarde por si quieres ir al cine cuando salgas del gimnasio, un beso. Para una mañana que me pido de asuntos propios y ya llevo aquí más de dos horas perdidas para negociar la dichosa hipoteca. Esto es un torbellino y yo parezco la mujer araña. Creo que las próximas vacaciones me iré a una isla paradisíaca, si es que queda alguna, para tumbarme a la bartola todo lo que pueda, nada de museos, ni festivales, ni tiendas de campaña ni amantes deportistas, qué cansancio sólo de pensarlo. No quiero ni acordarme del último fotógrafo que conocí por internet, vaya caso, más me valdría iniciar relaciones con un notario, si es que hay alguno que no sea un muermo, claro. Si lo peor, por mucho que diga mi madre, es enamorarse: ¿para eso tanto estudiar? Que me quiten lo bailao, pero a mí no me vuelven a cazar. Entre los hombres, los niños y la casa, al final dime tú cuando tienes un momento para leer un libro tranquilamente. Y, encima, en la asociación se han vuelto locos y quieren que comencemos una huelga de hambre para protestar por el despido de los mediadores. ¡Lo que me faltaba! Lo único bueno que le veo a la iniciativa es no tener que hacer la compra de la semana. Le voy a mandar un “sms” a la secretaria para decirles que tienen todo mi apoyo moral, esa gente sí que se lo merece, no como otros lameculos. Dos horas aquí clavada, esto es la hostia. En fin, a veces el tiempo corre de forma desesperante y todavía me quedan un montón de cosas por resolver hoy. ¿Sí, es mi turno?

hace frío en Örebro

 

¿Adónde vais en esta noche helada,

camaradas de subvenciones europeas,

qué os desvela a vuestra edad de tortugas?

Vamos a coger el avión de las vibraciones infinitas

en otro vaso de orgasmos flotando

en espumas de icebergs y ojos hambrientos.

Nos lo ha dicho Governor Andy, ese doctor

que nos ha inoculado reggae como anestesia,

durante horas de sudor y de ojos hambrientos.

Enseguida nos reconocimos, la sangre caliente

como lobos esteparios, la risa floja, basta de dioses

y de intelectualismos, brindemos por la ciencia.

En cada aeropuerto te espera una ración de danza

hasta la extenuación, mi cómplice, mi dulce

trance vagabundo, recuerda a los Speak Low

en Madrid, a los del Mojo Project en Sevilla, a aquellas

negras soberbias en Pekín. Lárgate de esos

frígidos aeropuertos, vamos a buscar los ojos

negros y hambrientos y afilados como el tiempo

que sólo quieres quemar pronto. ¿Ya habéis

encontrado la piedra filosofal de la eterna juventud,

eh, vosotros, los viajantes, los rumiantes inquietos?

Tan sólo hallamos redes inalámbricas, la memoria

efímera y colectiva de la próxima masturbación

y la vida apretada con fuerza en un puño

como la piedra que lanzarías hacia arriba.

Ahora es fácil traducirnos, cambiarnos de lugar,

mimar nuestras frágiles esencias, el baile las moldea

y la noche comienza a las tres en el círculo polar.

 

un mundo sin memoria

un mundo sin memoria

El hombre tranquilo había aprendido a sobreponerse al estruendo ambiental. Tras unos años de juvenil desconcierto y de dar tumbos entre las múltiples obligaciones miserables que le imponía su medio social, comenzó a depurar sus ideas, a tomar decisiones contundentes con el firme propósito de hacer su vida más fácil y plena. Su recogimiento ascético pronto le apartó de bodas, despedidas de soltero, comuniones, bautizos, entierros, comidas protocolarias, partidos de fútbol y demás eventos sociales en los que sentía un tedio profundo, aunque sin animadversión alguna por todos cuantos se dejaban arrastrar por su inercia.

 

No confió su malestar a ningún dios ni a ninguna ideología al uso. Prefirió inventar su propio camino, lo cual conllevaba, inevitablemente, una actitud de desconfianza ante el atisbo de estar compartiéndolo con embaucadores de cualquier calaña. El hombre tranquilo necesitaba vaciarse de toda aquélla rémora de palabras ideales -‘felicidad’, ‘orden’, ‘amor’, ‘bien’, ‘libertad’- que desde la más tierna infancia habían pretendido inocularle. No obstante, fue creando su propio mundo interior, sembrándolo de dudas y meditaciones que apenas musitaba ni, por supuesto, osaba intercambiar con extraños. Para qué echar más leña al fuego de un mundo tan caótico y lleno de encendidas iras y beligerancias por doquier.

 

En su periplo, lento e imparable, aprendió a deshilvanar una realidad a la que no le encontraba más sentido que el de las leyes que regían la naturaleza del resto de seres y cosas no humanos. Así, sin dejar de vestirse ni de utilizar la luz eléctrica, cada vez más sus gestos se turbaban con afán reflexivo en pos de formas de vida más austeras que le librasen de la esclavitud del comercio y de las agresiones de otros hombres. Al cabo de unos años de perseverancia, el hombre tranquilo consiguió despedirse de la gran mayoría de personas con las que había intimado en alguna ocasión y apenas constaban unos pocos renglones en su agenda de contactos. Sólo esa mínima expresión en su agenda lo consideró como un gran mérito, pues era fácil percibir que muchos otros de sus coetáneos habían adquirido un semejante grado de soledad sin habérselo propuesto y, en consecuencia, se sentían irremediablemente desdichados.

 

Sus empeños por acrecentar esa esfera de paz que le iba inundando poco a poco, lejos de adormecerlo, avivaron su astucia y pragmatismo. Resuelto a no trabajar más que lo estrictamente necesario y a no someter el trabajo de nadie a sus caprichos o ambiciones, descubrió en un país lejano la existencia de un filón de primitivas criaturas fosilizadas cuyas inverosímiles figuras constituían un preciado objeto de deleite artístico para algunos de sus congéneres humanos. Se dedicó a su extracción y venta a coleccionistas de todo el mundo, siempre manteniendo un extremo sigilo y discreción pues, de hecho, era una actividad modesta que practicaba una sola vez al año. El viaje era preparado con toda delicadeza, enrolándose en algún barco de mercancías las más de las veces, y recogiendo entre los fósiles sólo un ejemplar minúsculo y deslumbrante cada vez. Después elegía el lugar del mundo que visitaría para desprenderse de la ansiada roca y, al poco, regresar a su morada. Aunque su retraimiento le había llevado a instalarse lejos del barullo urbano y a autoabastecerse en una gran medida, con el dinero conseguido por aquella insólita transacción anual cubría de sobra cualquier otra necesidad material o cultural que pudiese surgir. Como contrapartida, cada uno de aquellos desplazamientos le proporcionaba texturas más complejas a su ya acusado silencio. Las líneas profundas de su rostro y su mirada inquieta se iban alimentando de todas las gentes, lenguas, casas y parajes que inspeccionaba, pero se resistían a devolver nada. Ni una opinión, ni un consejo, ni una preferencia; nada que pudiera, por acaso, empeorar su vida propia o la de sus acompañantes eventuales.

 

El hombre tranquilo era consciente de que su modo de vida no estaba exento de riesgos. Podría sufrir un accidente o enfermar gravemente. Podrían impedirle o gravarle de forma insostenible su secreta actividad espeleológica. Una guerra o una catástrofe medioambiental también podrían obstaculizarle el acceso a sus acantilados de tesoros naturales. Podría ser expulsado de su casa por una nueva carretera que la atravesase en dos sin contemplaciones. Podría enamorarse.

 

Sin embargo, nada de ello le preocupaba en exceso. El miedo se había disipado como la niebla el mismo día en que había decidido tomar las riendas de su vida. Pocos imaginaban que aquel hombre tranquilo un día sentiría vértigo al recordar todo lo que había cambiado y lo mucho que le quedaba por hacer.

 

punto de ruptura

punto de ruptura

 

Los vi mientras esperaba en la cola de la caja número dos. No los había deseado antes. Ni siquiera había reparado en su existencia cuando, en otras ocasiones, hacía la compra con hastío y disciplina por igual. Aunque en las últimas semanas la irritación de la garganta iba a más, la opción de tomar caramelos de eucalipto estaba lejos de mis cábalas acerca del remedio más adecuado. Un destello fugaz en la memoria me retrotrajo a aquellos domingos de la infancia en los que matábamos el tiempo eligiendo y degustando golosinas de variadas texturas y colores. Y estos dos paquetes de caramelos, por favor, añadí al silencio rutinario y a los códigos de barras antes de abonar mi avituallamiento semanal.

 

El fin de semana anterior había sido propicio para echar candados y soltar lágrimas. Nos habíamos dejado. Es un eufemismo, ya lo sé. Ella te deja, yo lo dejo, nosotros nos dejamos, y no sabemos ni el qué, ni el porqué. Es como un fenómeno meteorológico más, imprevisto, pero necesario, natural. Por alguna extraña razón, los fines de semana se prestan a ese tipo de escenas: vamos a hablar de lo nuestro, pero si no tenemos nada de qué hablar, es que tengo dudas, pues lo dejamos y ya veremos más adelante. Durante los días laborables todo fluía con menos turbulencias. El trabajo nos parecía sagrado. Como un templo a salvo de llamadas de teléfono de cariz amoroso. Y, cuando las había, eran mínimas y concisas como la pólvora a punto de incendiarse. Y, cuando llegaba la noche, cada humano animal calculaba con tiento y astucia los deseos propios y los recíprocos, o cerraba los ojos plácidamente.

 

Los caramelos mentolados esos me entretenían como si de una droga del olvido se tratase. Jugaba a trasladarlos de un carrillo a otro. Forzaba su adherencia a las encías y me divertía creando prominencias perceptibles desde el exterior. Entrenaba la mandíbula, ensalivaba con frecuencia y hasta me sentía más ligero y ocurrente. Comprobaba en los espejos, en cuestión de segundos, si mi nueva imagen podía competir con la seguridad misteriosa que parecían transmitir los fumadores empedernidos. En todo caso, las decenas de ingredientes no identificados que constaban en el envoltorio de mis caramelos no inspiraban, que se diga, una gran tranquilidad.

 

Enseguida descubrí el punto de máximo placer e inquietud. El momento justo en el que pasas de saborear una unidad clara y distinta, para encontrarte de bruces con una miríada de pedazos en tu paladar. Poco a poco, empecé a paralizar mi lengua todo lo posible antes de que se resquebrajase la última lámina frágil en la que se había convertido el caramelo. Como si de un rito tántrico se tratase, de esos en los que se inmoviliza mentalmente la eyaculación al objeto, dicen, de prolongar el éxtasis. En realidad, más que descubrir tales divertimentos, tan sólo reconocía con más atención lo que alguna vez ya había sentido. Nada es nuevo, pero hasta lo más viejo te puede volver a sorprender. Ese punto de ruptura reclamaba toda mi concentración, se transformaba en un estado mental de lucidez. Era como el umbral desde el que asomarse perplejo a la vida siempre a punto de quebrarse, al mundo, siempre lleno de cristales rotos. Como esos domingos de la infancia, como ese domingo en que dejamos de lamernos las heridas.

 

 

llego al final del libro –Estrategias del deseo, Peri Rossi-

y vuelvo a empezar, por si me había perdido algo

-una batalla memorable, un resplandor, unas gotas

de esencia de enebro-

mientras, he ido doblando las esquinas de las páginas

más luminosas, como quien subraya los apuntes

del profesor,

pero sólo las esquinas superiores: no admito

siameses, dos buenos poemas consecutivos

-cuándo tendría tiempo para su digestión-

al paso también he ido podando las marcas publicitarias

y toda escena poco erótica,

para qué me sirve si no me rasga las vestiduras

ni multiplica mis deseos hasta el rubor, y el grito

-para no dar envidia a los vecinos, ya me he cerciorado

de que la música esté bien alta-

por fin, lo he comprendido todo: nadie me ha embriagado,

no hay nadie a quien pedirle la cuenta,

ella ya está de vuelta, ya lo sabía: esa fuerza motriz

siempre es fugaz, intermitente -¡solitaria!-

si gana, pierde; si pierde, no se deja ganar,

sólo busca un libro en blanco, cada vez

 

 

hoy, que no existes, que sólo eres la primera lluvia

de septiembre, que ni te imagino, con quien he sentido

el júbilo de encontrarnos por azar y el peso ligero de mis huesos

y mis movimientos cuando nos hemos despedido, hoy,

a años luz del día en que me dí de baja de la cola de mendigos,

no dejo de interrogarme: ¿qué puedo aprender de ti, mi zafiro?

¿qué puedo aprender de nuestra tierra en común?

¿en qué facetas podría crecer junto a ti antes de morirme en vida?

¿por qué sólo te deseo como una experiencia artística?

hoy aprecio mi equilibrio ante el movimiento de rotación

de un planeta que está lleno de locos, mis pisoteados conjuntos

de puntos que sustentan ese equilibrio, la dinamo que me imprime

luz y arrojo, combustibles líquidos, sólidos y gaseosos,

todo ese magma que cobra un orden natural cuando lo digieres,

y duermes, y respiras, y tragas, y exhalas sentimientos sublimes,

pensamientos generosos, nuevas líneas de horizonte

 

entre la máxima quietud y el máximo insomnio

de la tormenta desatada por volver a verte, por incardinar

en tu vientre neurálgico las palabras de sedación,

por fosforescer a tu lado en los eternos crepúsculos de agosto,

entre la máxima ausencia del apocalipsis a largo plazo y su tiempo

lánguido e imprevisto como una víbora para las víboras, como tantos

que se beberían la sangre, y nuestra máxima sudoración

de lujuria, presta a zambullirse, a la zalamería, a que las lenguas

se relaman con los mismos trocitos de hielo del presente,

entre el torbellino de ojos y fechas de entrega, de empellones

y lluvia de misiles fugaces, que te zarandea, que aturde,

y el torbellino en el que entras y sales, como un anfibio,

dulcemente, hasta que el placer ha erosionado toda tu dermis,

toda tu resistencia al desorden orgásmico del sol, del ser,

del apaciguamiento telúrico que llega a tus pies descalzos,

 

estamos, vivimos, es una frontera, no es simple ni banal

pero es simple también, el punto de condensación del mundo

 

existimos

existimos

os necesitaba conmigo, camino del este

entre los surcos baldíos y las preguntas con olor a lavanda

en nuestra condición primitiva de arañas

seres acuáticos, saurios, alumbradores

a la sombra del vértigo, de los vigilantes carroñeros

en el corazón frágil de las aguas más sabias, veloces

como la conciencia de lo efímero

como lo aprendido con las yemas de los dedos

siervos de la libre promiscuidad, siervos

de las almendras, los atardeceres, el humo y el ruido

de los festejos rutinarios, para ebrios, a lo lejos

ese verano, ya lo sabremos, dimos un buen estirón

y acariciamos metros y metros de nuestra infancia

 

lo que nos une

Lo que nos une es frágil.

Siempre a punto de quebrarse a causa de mis torpezas y mis indefiniciones.

¿Adónde voy? ¿Cuánto podremos ir juntos?

 

Cuanto más lejos te encuentras de tu casa, cuanto menos entiendes a tu alrededor, más claramente distingues lo esencial.

Un abrazo, la confianza incondicional, la integridad personal.

¿Y si ya no tienes casa? ¿Será eso igual de esencial?

 

Lo que nos une no es tangible, pero es de este mundo: necesita víveres, una linterna, bosques, semáforos.