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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

lo que se esfuma

lo que se esfuma

 

Puede ser que no me entiendan.

 

Ya estoy acostumbrado. Esas palabras tan raras.

 

Pero no puedo evitarlo: esas ferias tan kitsch,

esos razonamientos tan naïve.

 

A un loco sólo le entiende otro loco.

 

Por eso la mímesis, el camaleón. Aun

antropomórfica.

 

Y el chucrut, el esperanto, Kandinsky, el tantra, los sms,

el trip-hop. Esos códigos.

 

En fin: sólo quería reparar esta cremallera, que se atasca.

 

(¿Amor a los silogismos? Podría ser un título.)

 

 

Silvia

Silvia

 

Es muy tarde. Tarde en la noche. Tarde en mi vida. A los cuarenta y cinco ya sabes cómo digerirlo todo. Tragas y expulsas. Conclusión: conoces a la perfección tu vacío interior. Y aquella niña me maravillaba por eso. Por crearte la ilusión de que aún no sabes muchas cosas. Pero ella tenía veintidós. Era mi alumna, aunque a la mayoría de futuras ingenieras informáticas esto de las matemáticas les suele parecer un simple divertimento. A mí me daba igual. Lo que no soportaba era aquella corriente eléctrica. No, no era la del aula de ordenadores. Era el chispazo, el calambre que me aturdía cada vez que me encontraba con aquella niña a menos de un metro de distancia. Incluso más lejos. Cada vez que cerraba los ojos y la veía. La erección era inmediata y vergonzante. La quería evitar a toda costa. Mis principios éticos me obligaban a no traspasar esos límites. Es cierto que somos adultos. Es cierto que otros profesores no tienen escrúpulos de ningún tipo. Es cierto que no perdía nada por insinuarle algo. Pero debía ser al finalizar el curso, sin notas ni posibles chantajes emocionales por medio. Justo cuando todas se olvidan de que existes. Cuando ingresas en la categoría de los viejos profesores. Con un pesado cargamento a cuestas, tal vez invisible, pero más que evidente para esas tiernas criaturas. No hay más que ver sus elecciones de juventud: todo está por hacer, se juntan con quien no es nada, pero tampoco pierden nada si se desjuntan. Es mejor así. No me hago ilusiones. Nunca me las hice, de todos modos. Y casi nunca, pues, se daban las oportunidades para las insinuaciones. Tras la revisión de exámenes borraba todas las huellas. En el caso de Silvia, sin embargo, me pasé una larga hora contemplando fijamente su ficha antes de destruirla. Su teléfono y su correo electrónico. Podría proponerle ayuda para alguna investigación. Pero sería un burdo engaño. Todas mis investigaciones son teóricas y esotéricas. Rehuyo todo trabajo en equipo. No sirve más que para aparentar y entorpecer. Me basto a mí mismo. Pensé que en la universidad me dejarían en paz con mis especulaciones. A duras penas, no obstante, conservo mis oasis para leer y pensar. Lo que no puedo controlar de ninguna manera son las explosiones de magnetismo como las que me asolaban con Silvia. Nunca sabré si ella experimentaba algo semejante. Y eso me duele. Más por curiosidad científica que otra cosa. La verdad es que no tengo ni idea de qué es eso de enamorarse, aunque sospecho que no es nada de lo que me ocurría con Silvia. El atractivo que irradiaba no era enfermizo, estoy seguro. Podía haber cometido alguna torpeza si la hubiese llamado o invitado a tomar algo, pero poco más. Lo único que deseaba era seguir ahí electrocutado, a su lado, eternamente. Lo más probable es que de forma asintótica, para qué engañarnos. Hasta que el aburrimiento, el desgaste, el aumento de la entropía, la vida misma nos volviese a separar. Lo que ocurre es que a mi edad y en mi decadente estado, una simple reciprocidad como aquella me hubiese parecido el regalo más milagroso de la naturaleza. No me importa la soledad, no me hace daño, hay cosas peores. Ahora ya es tarde. Ahora me doy pena a mí mismo. Soy tan inepto. Al desaparecer Silvia es como si me hubieran extirpado una vértebra. Tal vez me lo merezca.

 

Lo que nunca debí hacer fue confesarle a Pierre mi debilidad. Lo supo tres meses después de que comenzásemos a encontrarnos regularmente en su casa. Él es también profesor. De historia de la música, aunque eso es lo de menos. Joven, ambicioso, seguro de sí mismo, el que desprecia los abismos interiores. Pero también sensible y enigmático. Conocía a Silvia desde el instituto. Fue ella misma quien me lo presentó. Venían juntos a preguntar alguna minucia burocrática. A Silvia le brillaron los ojos pícaros y sus labios carnosos de vampiresa se movieron juguetones y cadenciosos mientras me decía el nombre de su amigo. Debió sospechar que yo era homosexual. De igual modo que, al parecer, estaba segura de que esa era la condición de Pierre. Salí con él durante cuatro meses. Una relación iniciática, simplemente. Me lo puso fácil, me lo ofreció todo. Y no perdía nada por probar. Apariencias y prejuicios me importan un rábano. Y, por otro lado, ligar o, más bien, intentarlo desesperadamente, me resulta una pérdida absurda de tiempo. Si con el sexo opuesto no puede ser, por qué no con el mismo sexo. Pierre era experto y atractivo, pero me sedujo con su compañía y su conversación provocadora. Retando siempre mi lógica y mis absurdas preocupaciones algorítmicas. Tenía algo de artista y de erudito a la vez. Lo que ocurrió fue lo habitual. No me enamoré, no sentí nada nuevo y decidí dejarlo. Cerrar el círculo. Volver a mi reclusión. A la espera de milagros. El de Silvia ya lo daba por perdido. Y más cuando la vi de nuevo con Pierre. Pero esta vez no se mostraban sólo como amigos. Para Pierre debía ser la primera vez que se emparejaba con una chica, aunque esta aventura parecía más un alarde de despecho que una verdadera inquietud emocional. Pero era hábil y seductor. Eran jóvenes, con muchas incertidumbres en los intestinos. Lo comprendía perfectamente, pelillos a la mar. Lo que me ha destrozado por dentro es la noticia de la muerte de Silvia. No llevaban ni quince días juntos. Nadie sospecha que pudieran reñir, tan amigos y fraternales desde hacía años. Nadie sabe que Silvia era uno de mis deseos de infinitud. Nadie percibió mi intimidad con Pierre. Todo discurrió de forma muy discreta. Los periódicos sólo dijeron que una escaladora había sufrido un accidente mortal en compañía de su novio. Un deporte arriesgado. Los que buscan su interior en las alturas de las montañas. Pierre, consternado. Aparentemente. No lo quise aceptar, no soy tan crédulo. Algunos accidentes tienen causas si se sabe buscarlas. Y yo era el culpable último de que se apagasen los latidos de aquella dulce incógnita. No puedo dormir. Es muy tarde. Nada ahí fuera tiene las respuestas.

 

listas hiperrealistas

listas hiperrealistas

 

cosas que me ponen contento:

 

olvidarme del día de la semana que es hoy

porque no dejo de pensar en sus labios

lujuriosos

 

sentarme en la playa a contemplar mujeres

joviales y esplendorosas mientras leo un libro

de epistemología

 

salir a correr con Luis hacia esos crepúsculos rosados

de primavera y que Luis me diga que repito

mucho la palabra ‘paradojas’

 

aquellas manifestaciones donde se coreaban

canciones embriagadoras y por las que mamá

temía una peligrosa revolución

 

hacer planes, improvisar, deshacer los planes,

provocar, convocar y revocar los desconchones

del alma

 

ver películas líricas, tener sueños eróticos,

escribir listas

 

No quiero morir en la carretera. Como todas esas

alimañas que yacen sobre el asfalto en su mancha roja.

No quiero morir. Aunque hay días que me siento

como si resucitara. Me han matado muchas veces

pero las balas me han atravesado. Y me miro perplejo.

Extrañado por los nuevos orificios y porque sigo

sobreviviendo a las balas, los días y los asesinos

de tres al cuarto. No sé si les falla la puntería o si

mi corazón va por libre y las esquiva ágil cual androide

de Matrix. En serio, no quiero morir. Ni contemplarme

horadado, ni enorgullecerme de mis fracasos como

ese edificio de Sanchinarro con el vientre perforado.

Y juro por Borges que no se trata sólo de mi yo poético

que ya sufre bastantes metástasis el pobre, a mi pesar.

Estoy harto de morir. De morir viajando, trabajando,

fracasando, denunciando, opositando. También es cierto

que, como buen inconformista, me hartaría fácilmente

de lo contrario. Así que no tomen esto como una queja.

Es sólo una declaración de amor.

 

 

Echo tanto de menos el aburrimiento. La mente

en blanco marfil, la consolación de la naturaleza.

Mucho más que el descanso, que vacaciones

programadas con sus fechas, horas de comidas, rutinas.

Un regazo, un remanso de paz bajo la piel

de cocodrilo, los lentos crepúsculos estivales.

Y aquellas ilusiones ópticas que salpicaban la noche

en que nos dimos las manos y la juventud a sorbos.

 

 

Hoy ha sido un buen día. He descubierto

que todas las tristezas son pasajeras y yo

sólo un polizón a bordo. Que no pierdo nada

por seguir aspirando a una vida sublime.

Y que el mar está lleno de peces que se besan

infinitamente sin la más mínima irritación.

Qué envidia, sí señor. Y qué ejemplo: sumergirse,

tener agallas, hacer gorgoritos, gimnasia pasiva.

No sé cuánto durará este optimismo ultramarino, pero

congelaré una ración para tiempos de escasez.

Ayer sólo deseaba ternura. Es cursi, ya lo sé.

Podría decir: un masaje después de sacar músculo,

o caricias de calentamiento. Pero prefiero ternura.

Es más inconmensurable, infinita, no irritante.

Y de momento no la anuncian por ahí, que yo sepa,

a la venta en cápsulas rojas de atractivo placebo.

Así que cerré los ojos y le pregunté a Ángel González,

ese poeta que cita su propio nombre en los poemas

y que se parece, en lo prosaico, al mío: Miguel Martínez.

Ojalá fuéramos alter egos. Le volveré a preguntar

la próxima vez. Mientras esperaba las respuestas

hoy he descubierto que era el funk de James Brown,

sonando por la radio, lo que aplastó del todo

mi crisis existencial. Bien pensado, también es un nombre

prosaico. Qué paradoja, pues: esos locos prosaicos

inventando sustancias para la inmortalidad, trances

psicoactivos, soles de amor propio en almas reacias

a la soledad. Hoy se ha disipado el dolor.

Como las nieblas del aeropuerto y esos bonos regalo

de miles de kilómetros. Y te abrazo toda la noche

aunque también te desvanezcas como el humo,

maldita mi suerte, un buen día cualquiera.

 

 

Antes de que nuestros signos se tornen fósiles

y comulguen con la extinción de las especies.

 

Antes de que las garantías procesales urdan

una mueca armada de sentencias implacables.

 

Es preciso negociar nuestro método hipotecario.

Por una razón de salud pública. Las epidemias

de vanidad son las amantes más fieles.

 

El método, pues: interrogantes como ¿para qué

quieres vivir? Preceptos como: te doy distinto

a lo que me das (si es que sabemos lo que nos damos).

Sueños: derecho inalienable (Freud dixit).

 

En mi página en blanco he escrito: no estoy conforme

con los animales bivalvos ni con las rémoras.

 

Quiero las perlas y los latidos en mi paladar,

y los quiero ahora. No me importa el interés.

 

la esquela

la esquela

 

Aquella mañana de domingo no dejó de sonar el teléfono. Con voz indecisa y apocada, transmitían sus más sentidas condolencias familiares, amistades y, con gran afluencia, gente del gremio: profesores, escritores y algunos cargos públicos con quienes el fallecido mantenía oscuros vínculos. Mantenía y seguía manteniendo, pues el finado sólo lo era a efectos periodísticos. A este lado del periódico, el supuesto fiambre contemplaba atónito la broma de mal gusto y, una y otra vez, se repeinaba con sus manos los mofletes y el pelo canoso con la ira del estafado y la obsesión de un cirujano plástico. Alguien con perversa ojeriza había insertado en la edición dominical una esquela con su nombre, su flamante cargo académico y toda una retahíla de sentidos pésames por parte de sus familiares y allegados. En realidad se trataba de tres esquelas, pues el autor de tan falsas plañideras lo había planificado todo con sumo cuidado. Una, firmada por la familia; otra, por compañeros de su departamento universitario; otra, por la asociación gallega de arte dramático a la cual “habría enaltecido” el difunto con sus “inolvidables piezas teatrales”. La retórica, no por convincente, debía faltar a la verdad, arguyó agazapado en su modesta ocurrencia el auténtico emisor y pagador –nunca mejor gastado, se reafirmó- de aquellos rectángulos ominosos. Recordaba al respecto un buen número de dramáticas reuniones de departamento insultantemente ensayadas y escenificadas por cada uno de los figurantes que le rendían pleitesía al ahora ya ex-director para tantos colegas de profesión que ni siquiera consideraron necesaria la llamada de rigor, pero a cuyo funeral no dudarían en asistir –¡menudo acto social, no se puede faltar! Él siempre daba sus órdenes antes de la función: con palabras parcas pero con todos los gestos de su cuerpo anunciando el chantaje de turno. A buen entendedor… solía recalcar con su cara de póquer. Pero ese domingo, aún con las legañas vigentes de buen padre de familia, las tostadas con mermelada se le habían atragantado. Nunca imaginó tamaña venganza. Sobre todo ahora, justo cuando su hija mayor, aún universitaria pero a la que todos le auguraban ya la misma senda de éxitos literarios y académicos marcada por su progenitor, había contraído una súbita e implacable parálisis facial.

 

Me cago en su padre, se lamentó con su exquisita educación de ilustre familia burguesa. Será hijo de perra, regurgitó ya con los ademanes que le caracterizaban cuando se disponía a descuartizar a una de sus humildes presas: aspirantes a profesor, en su gran mayoría; aunque una docena de ingenuas becarias –siempre jovencitas, sólo mujeres, son las más listas- también habían sentido en sus carnes la presión de aquella personalidad trituradora. Rápidamente hizo un repaso de todos los malnacidos a los que se les podría haber ocurrido aquel atentado contra las leyes de la demografía. La lista era larga, muy larga, muchos años de ejercicios de cintura para mantener en alto el buen nombre de la institución que representaba, su propia imagen de intelectual comprometido y llegar, por fin, a la cumbre: a la cátedra, primero, que ya pronto dejaría de resistírsele, y a alguna vicerrectoría, después, en un futuro no muy lejano. Entre un manojo y otro de nombres entonaba su rutinaria letanía de hombre sensato: si hubieran sabido negociar y trabajar en equipo no se tendrían que haber marchado, aquellos niñatos eran ambiciosos y mimados, no tenían ni idea del trabajo duro que nos ha tocado padecer a algunos para abrirnos camino… lo que nadie podrá negar es que he conseguido consolidar un grupo bien majo de profesores donde hace veinte años tan sólo había un desierto… La universidad española es así. Dura lex, sed lex. Sólo que una ley de hierro no escrita: tramar alianzas, reunir acólitos, transaccionar con favores, despedir a los díscolos, y, sobre todo, contratar a dedo. ¿Por qué habrá tanto filólogo con ansias de celebridad pero tan analfabeto y poco razonable con las cosas cotidianas? Así no van a ir a ninguna parte -esos integristas, me cago en su estampa-, tarde o temprano daré con él, será alguno de los que recurrieron en tribunales. Aunque todos perdieron, se tranquilizó por momentos con su típica satisfacción alexitímica. Ahora, muchos de aquellos que fueron expulsados del departamento se dedicaban profesionalmente a la literatura, tenían sus bitácoras en internet o habían logrado colocarse en otras universidades, repartidos por medio mundo. Alguna pista le delataría, ya caerá.

 

Lo que era evidente es que el daño ya estaba hecho. Y no podría contraatacar con esas mismas armas tan sucias. Ni tampoco perdería el tiempo ni el prestigio en preguntar en el periódico. La red de soplones es amplia, ya llegaría la revancha. Más que nada, para que aprenda de una vez, que escarmiente por el bien de todos, así no se puede ir por la vida, qué ejemplo vamos a dar. Lo peor de todo fue comprobar que muchos de quienes llamaron por teléfono aquella mañana dominical no hacían más que cumplir con el ritual esperado de interesarse por cualquier anomalía que les sucediese a sus colegas, como si de una cuenta corriente o de inversiones en Bolsa se tratase. Amigos, lo que se dice amigos, sólo le quedaban al difunto virtual los más ligeros de cascos, los que nunca departían acerca de las entrañas ni discutían sobre los trapos sucios, allá cada cual con los suyos. Esa barrera moral sin atisbo de conflicto entre las caravanas del camping de costumbre, sin una palabra de afecto más altisonante que otra. Esos moribundos en vida que se acompañaban cada fin de semana bebiendo vino y comiendo pulpo con los carrillos sonrosados. Los que siempre estarán ahí. Los que te dejan en paz para leer tu novela favorita, porque eres un tipo sensible, de eso no cabe duda, alguien importante que ha dado lo mejor de sus letras a la nación, a la organización universitaria, a una espléndida descendencia filial, ya quisieran otros. Y, de repente, se vio en el trance de improvisar una especie de discurso de despedida, haciendo balance, poniéndose nota, con las mismas artimañas que siempre le habían dejado bien parado en todo enjuiciamiento público, pero con los latidos acelerados, con una fuerte angustia en el pecho como si le fuesen a desconectar del oxígeno asistido de un momento a otro. Maldita la sombra que le parió.

 

 

Me alimento con las hierbas del olvido

y queso azul como un examen de analogías.

Remite la fiebre como si de fondo danzaran

las espadas arcanas en sus quimeras de ingenio.

Husmeo la primavera en el futuro imperfecto

que delatan los ánimos volubles y la menta.

Salto con pértigas por las calles. Aún es febrero,

hay témpanos y ese aroma a café tostado

que viene de la fábrica del río. Veo tu torso

desnudo y playas lánguidas en mis ojos.

Deseo acurrucarme en mi infancia, ese océano

de medicinas naturales sin domicilio.

Es hora del vientre que forjará armonías tenaces

y un firmamento donde se esparcen fortunas.

 

 

Jaione

Jaione

 

Apenas hay gente por los pasillos. Ya son casi las cuatro de la mañana. Me avisó un pelín tarde, es normal, pero hice lo posible por llegar cuanto antes. En esta planta no se observan tensiones. El personal parece tranquilo, aunque tampoco da la sensación de ser de noche. Hay tanta luz. Aquí no paran de trabajar, nunca es de noche. No sé cómo pueden estar así. A mí me dan ganas de morderme las uñas. La verdad es que no es para tanto. En algún rincón de mis tripas también comprendo esos gestos moderadamente optimistas. Los de los acompañantes y los de las enfermeras. No es la felicidad, pero sí una especie de inquietud comedida. Como si todos estuviésemos en un umbral. Sabiendo que estamos a punto de cruzar al otro lado, pero todavía en este. Imagino que hasta que no pasen a la habitación y escuchen los llantos de los bebés, no se apaciguarán del todo. O no. No sé. Es la primera vez. Y, encima, en estas circunstancias tan extrañas.

 

A Jaione no le han ido del todo mal las cosas. Acabó brillantemente la carrera en Deusto y después, sólo por gusto, comenzó el doctorado en un departamento de la universidad pública. No lo soportó ni tres meses. En cuanto se cercioró del veneno que se lanzaban unos a otros (hunos, solía recordar con sorna), se puso a preparar oposiciones a Hacienda. Y enseguida se colocó, para mayor satisfacción de sus padres. Era de una familia acomodada de Bilbao. Siempre habían confiado en ella, así que siempre le dejaron hacer a su modo. Hija única, eso sí. Un mundo que a mí, en todo caso, me quedaba muy lejos. Yo había llegado a Logroño casi de casualidad. Tuve una oferta laboral en un gimnasio y una buena excusa para abandonar los humos de Madrid. Venía del barrio de la Concepción, nada más y nada menos. Con todas sus calles de vírgenes, y yo siempre tan recalcitrantemente ateo. Pero que más da ahora. La primera vez que supe de la existencia de Jaione fue charlando en un bar con una amiga suya, Nuria. Habían estudiado juntas en Bilbao y se seguían encontrando varias veces al año. Nuria me gustó desde el primer día en que conversamos en el gimnasio. Pero Nuria acababa de ser mamá y sus hijas tenían a su papá, y ella tenía un nombre demasiado normal y todo un porte bien arraigado en la trama social de esta pequeña ciudad, que no me incitaron a arriesgarme. Así que tapamos todos esos deseos con mucha paja de agradable amistad.

 

El nombre de Jaione me resultó exótico desde el primer momento. Y de Bilbao sólo tenía lejanas reminiscencias de un viaje familiar en mi infancia. Humos, niebla y una ría ennegrecida en el centro. Nada que ver con la primera visita consciente de hace ya casi un año. Edificios esplendorosos y el mismo hormigueo del metro que en Madrid. Tal vez un poco menos cosmopolita. Me pareció. Eso sí, los ojos verdosos y el pelo agresivamente castaño y arrubiado de Jaione me dejaron sin aliento desde el primer instante. Ella nunca quiso decir qué le parecía yo. Era parte de su declaración de independencia. La había cultivado con mimo. Nadie se la arrebataría. Tenía treinta años recién cumplidos e iba tomando sus decisiones una a una. Sin prisas. Lo celebramos hasta bien entrada la noche. Las calles, encharcadas, recibiendo la primavera. Al llegar a su casa, Nuria se despidió sin dilaciones. Jaione, tentadora y firme como una diosa, me invitó a su habitación. Para qué perder el tiempo bebiendo un par de horas más.

 

Comenzamos a encontrarnos de forma sistemática, casi rutinaria. Cada semana o cada quince días. Eres un lobo solitario, y peligroso, fue casi todo lo íntimo que me dijo. Pero ella no quería ataduras. Yo tampoco. Ocho años emparejado me habían dejado mella. En Madrid me había negado a tener hijos. No era el lugar. Se respiraban los cuchillos en el aire, la velocidad en las venas. Al final, mi antigua compañera encontró a un hombre menos pesimista, con su cuenta corriente más saneada, más sibarita, qué se yo. Jaione me estaba rescatando de mi pozo de máquinas de fitness, mancuernas y una mayoría de usuarios monótonos, siete horas al día. Pero después de quedarse embarazada ya sólo nos vimos en un par de ocasiones. Para ultimar los detalles.

 

Cuando Nuria me habló de la posibilidad de ser algo así como un “padre de alquiler”, me sorprendió. Y me hizo reflexionar. ¿Cómo lo haría, si es que lo haría? Desde luego, Nuria tenía chispa. Nunca te aburrías con ella, siempre excitaba tu curiosidad, tus principios éticos. Yo puse mis condiciones. Aquel día, entre risas y con una incipiente complicidad. No quería convertirme en un padre anónimo. Desaparecer. Es un derecho conocer a quien, finalmente, a pesar de los pesares, has decidido crear. Asumir tu humilde dosis de autoría y de ejemplaridad en este mundo. Y al decirlo, se me desató un ancestral nudo en el estómago. Jaione quería el niño para ella sola. Para ser ella la responsable, la sustentadora principal, como dicen los abogados. Tampoco quería un padre anónimo, extraído al azar de un banco de semen. Le parecía repugnantemente industrial. Así que nuestro trato fue transparente. Yo podría visitar al niño, o la niña, un día cada tres meses, pero nada más. Y ella respetaría los deseos del niño, o la niña, por estar más tiempo con su padre, a medida que creciera. Nada más. Pero Jaione sería la única que ejercería de madre y de padre a la vez. Esa era su constitución. Y debió confiar en mi juramento.

 

No sé si hay niños preciosos o no. Todo en ellos está por decidir. Son como muñecos con muchas vidas que se bifurcan. Sigo nervioso. Jaione sí que estaba preciosa, como siempre. Menos mal que no han venido sus padres. Nos hemos puesto a sonreír y a llorar como dos magdalenas. Todo ha ido bien. Era de esperar, dado el brillante currículo de Jaione. Me sorprende que la libertad dé estos frutos. No he podido evitarlo. Después de balbucear varias frases sin sentido, la he abrazado y le he dicho un tímido “te quiero”. Era la primera vez. Luego, me he marchado. Con una mezcla de jugos en las entrañas. No es la felicidad, pero no está mal. Hay poca gente por los pasillos de la planta. He llamado a Nuria, para que avise a los padres de Jaione. Esto sí que es un umbral. Ahora no albergo ninguna duda. Cumpliré mi juramento. Esas dos hermosas criaturas se lo merecen todo.

 

inmovilidad

inmovilidad

 

Al subirse al vagón, contoneándose con los gestos de torpeza que se esperan de quien acarrea algunas bolsas de equipaje e intenta conservar el equilibrio frente al traqueteo y la inercia del movimiento, le preguntó con una voz tímida y educada:

 

-Perdona, ¿sabes si es necesario ocupar el asiento que está numerado en el billete? Es que habiendo tantas plazas vacías…

 

Y dejó la frase a medias, indecisa, frugal, como si albergase la esperanza de que esa nube en el aire fuera rellenada con algo más que con una respuesta tajante y funcional. Acabaron sentándose juntos. Al principio, eran las frases de ida y vuelta las que parecían torpes, tambaleadas por el ajetreo del tren y por el movimiento fugaz, inquieto, explorador, de los ojos. Después, comenzaron a lanzarse envites de silencios, muecas, insinuaciones. Él se remangaba mostrando sus antebrazos desnudos, como si le abrasara el calor artificial del escenario. Ella bajó la cremallera de su chaqueta como el presentador de un circo que va mostrando con repiques de tambor, poco a poco, el cuello de una jirafa, descendiendo hasta el umbral de unos senos dulces y discretos. Ninguno quería dar una señal inequívoca, el banderín de salida, ruido de motores. Tan sólo un pensamiento difuso se percibía flotando entre sus dos cavidades imaginarias: cerrar los ojos, acariciar lo prohibido, apagar la voz superflua.

 

Fue ella quien comenzó a auscultar los pechos de él, rozando suavemente con las yemas de sus dedos cada pliegue, cada fibra y ligamento, justo por debajo del jersey fino, algo ajustado y de cuello alto, que vestía. No los territorios más fáciles, las piernas, el pelo, las manos, no la sonrisa codificada, repetida. Desde la última palabra que había cortado el tiempo, había sido necesario un esfuerzo de concentración por mantener la densidad de los hilos de cristal que habían tejido. A la vez que sentía los cambios de temperatura a lo largo y ancho del abdomen y de su mullido humus pectoral, se iba encontrando con matojos de minúsculos pelos erizados como por una brisa de otoño, esos días grises al lado del río, y él le ayudaba tragando saliva, repartiendo su aliento sin brusquedad para evitar que se alejasen los pájaros de su corazón. Pero la música celestial que les aisló automáticamente del entorno se convertía en arena cada vez que sus abrazos explotaban con el temor añadido a desgastar la frágil superficie de sus labios, a anudar demasiado fuerte las velas, a encallar. Enseguida recordaban ese juramento hipocrático llevado a sus últimas consecuencias, al regalo del placer, a insuflar vida como un fuelle a un brasero, ese juramento redactado en la complicidad de su efímera soberanía. Y las arenas volvían a erguirse en fortalezas, juegos de manos, armisticios, erecciones, acoplamientos como arabescos, el resto del tren a lo suyo. Los aceros al rojo vivo y la velocidad aliñaban con su máscara de algodón.

 

Cuando regresaron de aquel retrete aún no maltratado por demasiados viajeros y olores, y en donde encontraron cobijo los diamantes de su éxtasis y las frutas que mordieron en el clímax, todo se había paralizado. No había tripulación, ni usuarios del transporte público, ni maletas ni maletines, nada, ni tan siquiera movimiento. Podía ser un efecto óptico, que sus pupilas aún estuviesen impregnadas de rosas, canela, secreciones corporales y lujuria. Pero un golpe fresco de luz salada les anunció que hacía bastantes minutos que el tren había llegado a su destino y que alguien lo había abandonado con más pertenencias que las portadas al embarcar. Naufragaron en aquel robo de identidades, de tarjetas de crédito, de ropa interior y de cepillos de dientes. No sabían qué sentir. Aunque eso nunca se sabe, por eso se sentían bien y mal, de nieve y congelados, salvajes y elegantes, dignos como el desahuciado que vaga con la mirada acusadora y con la bondad del ido. Tampoco necesitaron mirarse mutuamente, ya se habían bebido todas las preguntas, uno las del otro, y viceversa, y su mezcla yacía plácida entre los jazmines de sus órganos digestivos. Acabaron abrigándose junto a ese niño emanado de su jardín inmóvil en un banco de la estación, cayendo en la somnolencia profunda del almíbar aún residente en sus paladares, hasta que llegó un guardia rudo y corpulento que les amenazó con el lenguaje de su porra: “aquí no se puede dormir, sólo podéis permanecer sentados”.

 

poema trash

poema trash

 

cuál será la obsesión de la próxima semana:

las uñas rotas, los codos secos, el medicamento

para regenerar el sistema inmunológico, aunque eso

es imposible desde fuera, sólo siento -sólo escucho-

rage against the machine, la novela de más de

cuatrocientas páginas interminable, la amnesia

de la televisión al volver exhausto del trabajo, boxeadores,

el mundo hecho una mierda, un veinte por ciento más

de países donde se violan los derechos humanos,

esto sólo es un refugio nuclear, estás al borde,

down, depressed, stressed, ella no te quiere, y tú para qué

quieres que te quieran, búscate otra obsesión,

obras de arte, gastar dinero, sushi, cada vez hay más

como tú, al borde de los cuarenta, de la crisis

de inmortalidad, justo ahora cuando empezabas

a creer en Parménides, en la repetición de cada gesto,

en el amor a la rutina, la forma de cerrarse la puerta,

el tiempo de encenderse la lámpara, los personajes

que te cruzas a la misma hora cada día, la asquerosa

fiebre de poder de todos esos zorros sin escrúpulos,

el camino de espinas, el opio de las religiones, los racistas,

todo tan natural, como el alba lacerante, como esa lluvia

milagrosa que no acaba de llenar los pantanos ocres,

como el pelo que crece y que te cortas, el mismo

ciclo de repeticiones, el pánico al vacío,

a las facturas, a las parejas, a la policía, al crimen,

pero es que no se dan cuenta de que la cárcel

está aquí fuera, incinerando las ilusiones,

esas miradas pálidas, arrugadas, sin chispa,

cómo pueden conformarse con esas migajas,

yo quiero ser un DJ, quiero ser un pinchadiscos

y susurrarte al oído que la libertad te dará

verdades, no aquellos lemas de muertos

 

 

quienes han escarbado perseverantes en el humus de los litigios

primordiales hasta limar las asperezas de su propia piel

 

abrasan las venas de la especie insurgente

ante las sodomías del diluvio de mercancías

 

quienes han cruzado charcos y aduanas y epistemologías

con la ingenuidad invulnerable de los invertebrados

 

multiplican nuestras zancadas por una constante

universal que yace en el lecho de la razón onírica

 

quienes no entregan los niños a las policías del pensamiento

porque los saben montañas preñadas de arquitectura y melodía

 

inventan el astrolabio y el timonel de nuestros besos

entre arrecifes y campos minados y asientos contables

 

quienes pergeñan el pálpito y la ternura bajo las avalanchas

y las lenguas bífidas hasta la impugnación del sacrificio

 

nos ilustran acerca de la soberanía de lo que dignifica

y da esplendor y primaveras y gestos prolíficos

 

-nadie en exclusiva puede repartir esa dicha ni los cuidados

paliativos ni la rebeldía que la auspicia en su equilibrio-

 

 

tallar, con esmero, cada segundo de éxtasis,

cada plegaria, congelar la luz, las esencias manando

de la nuca, entre los muslos, oficiar

la celebración del pálpito a borbotones, la lujuria,

moldear con escayola los pezones, la mirada

salina, cada espasmo de buenaventura, morder

los muslos, la luz tenue, la nuca, un pezón, dos plegarias,

tres latidos salvajes, dar tregua, reanudar las afinidades,

adivinar cuáles son las palabras tabú, la pragmática

prohibida, la gramática que inyecta la confianza

en vena, las mil imágenes de cada pronunciación,

beber agua

 

 

olor húmedo a mandarina

entre los dedos

saber quererse a uno mismo

sin método

-esa titánica asignatura-

deseo de un abrazo desnudo

fuerte

como un cinturón con pinchos

gorriones resistentes

a las primeras heladas líricas

epístolas

cronómetros

vida de chatarra

-suspendida y cuarteada-

 

en el festín de tu sublime iridiscencia

renace la savia frente al precipicio de la nada

 

otra campaña de publicidad

 

Gracias a este blog sabrás qué pasa en mi vida.

¿O será lo que pasa en la tuya?

Las ficciones son sólo un pretexto

para que nos miremos a través del espejo.

 

publicidad contra el propio tejado

 

 

En este blog los coloretes de las palabras no llevan a ningún sitio.

Son licencias ornamentales.

 

publicidad

 

Este es un blog para compartir animales, plantas y cosas que me emocionan.

 

 

 

aquella noche le brillaban los ojos como joyas,

como embalses, pero no quiso esconderlos

a las decenas de miradas que le interpelaban

en las escaleras del metro, en cada vagón,

entre el tumulto, a dónde vas, qué anhelas,

cuáles son tus coartadas, pero no quiso esconderse

de su memoria, de las melodías hipnóticas

que repercutían en su tristeza, las cadencias otoñales

de George Winston, esos lamentos de Antony,

aquellos blues de Ali Farka Touré & Ry Cooder,

Nick Cave, otra vez, qué animal con secretos

se escondía indomable, infranqueable tras la luz

que escupían sus poros y era salpicada por la lluvia

tenaz, Madrid, Puerta del Sol, diciembre,

tantos años a cuestas y esa mirada en guerra,

de niño ávido por desvelar las cartas marcadas

de tantas niñas en guerra, sus lenguas cortantes

en La Boca del Lobo, los cuerpos húmedos,

no podría esconderse, hacerse invisible, mobiliario

urbano, para conocer las armas de la seducción

debía jugar en la oscuridad, bailar hasta la muerte,

apostar sus ojos, arriesgarse a perder y vagar,

pagar las copas a siete euros, recubrir con algodón

sus pepitas de oro, se subió al búho, abrió el periódico

por el artículo sobre los “low cost” que había dejado

a medias y volvió, somnoliento, seguro, a una casa

que flotaba sobre los mapas

 

 

tenías el don de la palabra

y yo sólo te ofrecí puntos suspensivos

 

buceaste en mis ojos sin oxígeno asistido

y yo sólo me abracé a la perla de mi secreto

 

despejaste una utopía entre la maleza de instantes

y yo sólo añadía más incógnitas al calendario

 

arropabas con tu dicha mi melancolía

y yo sólo sucumbía al terror de mis fantasmas

 

te alejaste con la templanza de los héroes anónimos

y yo seguía librando batallas contra el viento