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ateo poeta

mis poemas y otros textos (provisionales)

 

 

Para que

continúes

ahí.

 

Contra viento

y marea.

 

O a favor,

según

se tercie.

 

Más que

suelo.

 

Más que

corazón.

 

Más que

corriente,

refugio,

complicidad.

 

Por lo

insólito

y lo sublime.

 

Por lo

que incitas

a nacer.

 

Repercusión.

 

Horadar

lo que

obstruye.

 

Calizas.

Asfalto.

Abandono.

Exceso.

 

Por lo

fértil, contra

el ubicuo

dolor.

 

 

Fotografía: Bill Brandt

 

 

 

El poema es

para regalarte

los oídos.

 

Pluma.

Tacto.

Brisa.

 

Marea.

 

Para debajo

de tu ropa.

 

Tatuaje.

Dactilar.

 

Poema práctico.

 

Ungüento.

Lana.

Mascota.

Iluminación.

 

Puedes

abrazarme

con el poema.

 

 

Fotografía: Jordan Sullivan

 

 

 

 

Esta dedicación al cultivo de ti

-paisaje, amor, belleza.

 

Rutina, perplejidad.

Servicio público.

 

 

Fotografía: Tono Carbajo

 

 

 

Una semana hecho añicos.

 

Piezas desencajadas que se interrogan

qué es

                    lo que            las une. Si es

o cuándo.

 

Árbol, nudos, frío.

 

 

Fotografia: Tono Carbajo

 

 

 

Dios

no trabaja por ti.

 

Aunque puedo entender

que tú quieras trabajar para Dios.

 

Dios

no te da los medicamentos

que necesitas.

 

Eres libre, eso sí, de pensar que fue su mente

la que iluminó a quienes investigaron su química

hasta el insomnio.

 

Dios

no paga tus facturas ni tus impuestos.

 

Esos asuntos menores, dirás,

solo interfieren

en nuestro camino seguro hacia el paraíso.

Donde nadie los reclamará.

 

O serán perdonados. (Pelillos a la mar.)

 

Dios misericordioso no salva

a las miles y los millones de criaturas

que perecen a cada minuto en esta tierra, la que es.

 

Dios

incluso

anima a algunos a persistir

con la carnicería.

 

Me irrita Dios.

 

No quienes se aferran a su idea infinita

sin otros daños colaterales.

 

Dios

que funda escuelas, conventos, empresas, ejércitos

y no se apea de la boca de presidentes.

 

Dios

como negocio de las almas, ofuscación, axiomática.

 

Me irrita

porque he visto los daños.

 

Y porque no pretendo barrerlo de un plumazo de esta faz

ni de las cavidades de ultratumba en donde han nacido todas

sus máscaras.

 

Que se las arreglen como puedan

con sus divinidades.

 

Y que dejen de dar la murga con el susodicho.

 

Para mí Dios solo puede existir cerca o dentro de ti.

 

 

 

 

 

 

 

Vacío la papelera con un golpe seco de click.

Sin mirar qué había dentro.

Atrás.

 

No vaya a ser que te encuentre

también ahí.

 

De momento, un peso menos en la memoria.

 

 

Ilustración: Fredeik Ratzen

 

 

 

Tal vez han pasado veinte años desde que leí sus cuentos y poemas.

Madrid era pequeño en mi cabeza.

 

Alquimistas iluminados, hermeneutas, viajeros impenitentes.

Brechas

en el tedio, ansiedad por explicar guerras civiles, traumatismos.

 

Barruntar los límites de la ciencia sin caer en la mística ni en fuegos

artificiales.

 

Pero Borges es un taimado narrador de cábalas y paradojas,

enrevesadas trayectorias que conducen a la nebulosa del presente.

 

Amores de los que solo fallece el cuerpo.

 

“El mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior.”

 

“El Aleph es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes.”

 

“Para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.”

 

“Aleph es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos.”

 

“Aleph es el nombre de la primera letra del alfabeto.”

 

“No preciso erigir un laberinto cuando el universo ya lo es.”

 

“Un dios sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna palabra articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo.”

 

El libro se ha humedecido de sudor mientras andaba al trote

por las montañas.

 

Es una edición amarillenta de 1968, impresa en Buenos Aires, aunque la fecha

original data de 1957. En ninguna de las dos yo había nacido.

 

Las ficciones del pasado, en definitiva, pretenden contener

los pensamientos del futuro.

 

¿Soberbia, omnipotencia?

 

Acabo la lectura en la cafetería del cine. La película japonesa (Still the Water, Naomi Kawase)

señala la necesidad de la aceptación de la muerte. Hay tifones, un chiringuito

en la costa, romanticismo adolescente.

 

Me pregunto cómo las ficciones propias y ajenas me contienen. Sobre todo hoy,

un día aciago.

 

Me pregunto si lo que escribo correrá la misma suerte

que esas hojas de pasta de papel más vieja que yo,

destinadas a desintegrarse poco a poco, como todos

nosotros.

 

 

Fotografía: Edmund Kesting

 

 

 

 

 

Que me

busques

y me

encuentres.

 

Si te

acercas

en son

de paz.

 

Que de

peleas

a librar

ya estoy

bien

servido.

 

 

Fotografía: Lars Botten

 

 

 

El fabulador Borges no pretende

sentar cátedra en torno a la teología

y sus disquisiciones de principio,

los crímenes y sus tramas,

los mitos de la civilización,

las bifurcaciones

violentas

de la historia.

 

Sin embargo, no duda en lanzar

sus perlas líricas y metafísicas

como balas envueltas

en algodón:

 

“En el cuarto no quedaban colores vivos;

el último crepúsculo se agravaba.”

 

“Somos las sombras de un sueño.”

 

“Ensayaba continuas metamorfosis,

como para huir de sí misma.”

 

“Cualquier moneda es, en rigor,

un repertorio de futuros posibles.”

 

Un tipo, se me antoja, bien apartado

de la economía política.

 

 

Ilustración: Peter Chadwick

 

 

 

 

 

 

 

Glosando de nuevo la sociología fantástica del maquinador

Borges, en la Historia del guerrero y de la cautiva

opta por sentenciar: “todos los individuos son únicos

e insondables” al mismo tiempo que cada cual

responde “al tipo genérico que de él y de otros muchos

como él ha hecho la tradición, que es obra del olvido

y de la memoria.”

 

Emplea el artificio con el mero propósito de insinuar

los paralelismos ignotos de las vidas más singulares

y extravagantes.

 

Por lo que en lugar de añadir mi nota a pie de página

o ilustrar con patetismo mis cuitas indiscernibles,

me limitaré a señalar la conjetura del escritor

al cierre de su relato: “a los dos los arrebató

un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón,

y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran

sabido justificar.”

 

 

Ilustración: Peter Chadwick

 

 

 

 

 

De acuerdo con el personaje que conoció

la inmortalidad en El Aleph de Borges

“no hay cosa que no esté compensada con otra”

y “en los juegos de azar las cifras pares y las cifras

impares tienden al equilibrio”.

 

Ceteris paribus, las especulaciones filosóficas

acerca del devenir y de la ignorancia de la razón

son el contrapunto idóneo a las rutinas minuciosas

que se inmiscuyen en la totalidad del ser

sin complejos ni atributos universales.

 

Valga de casuística la inevitable adaptación

a la finita soledad que sume al cetáceo

varado en la orilla después de haber surcado

dichoso el éxtasis natatorio en compañía

de sus amados congéneres.

 

Para otros preceptos de similar dialéctica

el argentino abastece de munición

en los capítulos a seguir.

 

 

Fotografía: Daido Moriyama

 

 

 

 

 

Que

lo bello

me rodee,

me asalte

por sorpresa,

me dé

la luz,

me toque,

me penetre,

me

radicalice,

me sea

capilar,

ubicuo,

arañazo,

sima,

góndola,

erupción,

placebo,

brutalidad.

 

¿Y qué

puedo con

el margen,

lo sucio

y compasivo,

el abandono,

lo real

en su

crudeza,

la aplastante

cotidiana

umbral

saturación

al filo

de la

necesidad

que grita

y

su

ruido

fulgor

donde

no hay

justicia?

 

Principios

de lo

ambivalente.

 

 

Ilustración: Kelly Ellsworth

 

 

 

 

 

 

La masajista thailandesa

que habla en chino cantonés.

 

La liturgia del silencio.

Sus manos y brazos y pechos

poderosos.

 

Los ungüentos aromáticos.

 

Mi resaca emocional.

 

Dormir como un bendito.

Pensar en versos.

 

 

Fotografía: Margaret Bourke

 

 

 

 

Pensar en versos.

 

La masajista thailandesa.

Sus manos celestiales ordenando

la malla invisible del cosmos.

 

Me ganará también en una decena más

de años y en prender la chispa

de un silencio sostenido en el aire.

 

Mientras despeja las piedras

de mi calzada y pasa cierta la hora

en el minúsculo cuarto en penumbra.

 

Flor de la virtud.

No didactismo.

 

Pensar en versos.

 

 

Ilustración: Guillermo Martín Bermejo

 

 

 

 

Dos equipos femeninos de voleibol

combaten en materia deportiva:

la selección nacional

de la República Popular China versus

las elegidas por la República Islámica de Irán.

 

No entiendo los subtítulos en la pantalla

y hasta me felicito por no reconocer

buena parte de la publicidad

que puntea el graderío.

 

Así presto atención

a lo que importa cada vez

que miro de reojo.

 

En este punto el lector o lectora

planteará una legítima cuestión:

que se manifieste,

que lo suelte ya.

 

¿Se trata de su rijosa perversión

por los cuerpos lozanos?

 

¿O de una mera afirmación liberal

y políticamente correcta: hay mujeres

en las canchas, en los estudios de televisión,

en el circo de la política, vean, son muchas

y capaces?

 

¿Acaso quiere incidir

en que los pañuelos sobre las cabezas

de las iraníes

y sus piernas y brazos a resguardo

de la intemperie lasciva

contribuyen al pluralismo

religioso?

 

¿O dirá, mejor, que “en realidad”,

“pese a las apariencias”,

“fíjense en los entrenadores

masculinos”,

“el encarnado color de la vestimenta”,

“la fuerza de sus rostros” o

"la primavera llama a las puertas

del estadio”?

 

¿Pretende hacer poesía

con el fácil recurso

a la crónica de banalidades

y chascarrillos?

 

¿Cuál es su altura lírica?

¿Odia, ama?

¿Es un pusilánime desertor del rugby?

¿En qué han acabado

las revoluciones en esas dos potencias

asiáticas?

 

¿Concluirá el poema

sin proporcionar un digno

colofón?

 

 

Fotografía: Henry Leutwyler

 

 

Aprender a andar en sentido contrario.

 

Quizá es el único modo de mitigar

esta resaca afectiva.

 

La devastación. Lo árido.

 

¿Por qué tanta torpeza

con ese lenguaje?

 

 

Ilustración: Guillermo Martín Bermejo

 

 

 

 

 

 

 

El mapamundi está descolorido.

La luz solar directa hace mella

y en varios puntos cardinales

se afanan por darle un barniz.

Algo de lustre.

 

A esa mujer la violó su hermano

desde que tenía ocho. Luego

intentó suicidarse desde el piso

treintanueve. Un cerrojo

la salvó de aquella.

 

Ahora dice

que solo espera a que el cáncer

pueda primero con su madre.

 

Y todavía hay inversiones

multimillonarias, ajustes de cuentas,

libros sagrados y dioses

que sientan cátedra.

 

Un reguero de muertos

que creen.

 

 

Fotografía: Edward Weston

 

 

 

 

 

Como te has ido lejos y la ausencia

de tu cepillo de dientes señala

el insoportable vacío.

 

Como no tengo con quien hablar

durante la cena y picoteo

cualquier tentempié y no paro

mucho en una misma lectura.

 

Como disiento de todo juicio

moralizante acerca de la masturbación

y todo el tiempo del mundo

lo dedico a refrescar mi idioma.

 

Me siento tranquilamente, ojalá,

a ver a Pablo Iglesias discutir en tono

amistoso con Chantal Mouffe

que si la hegemonía y la construcción

de identidades no esencialistas

y otros asuntos que también

alimentan.

 

 

Fotografía: Sofía Santaclara

 

 

 

Lo bueno de tocar fondo,

ya se sabe, es que nada

puede mandarte

más abajo.

 

Lo malo es desconocer

si te aguarda algo peor

que la caída.

 

 

Fotografía: Jordan Sullivan

 

 

 

 

 

 

Poesía gutural.

Para el niño y la niña.

Para todos los públicos.

Acérquese.

No se pierda la ocasión.

Por un módico precio

podrá repetir:

viva, viva, viva.

 

Poesía gutural.

Del apocalipsis

y del esperanto.

De lo inconcebible.

Del silencio explosivo.

Pausa.

Recapacite.

Usted se lo merece.

Imagine todo lo que puede

y no le dejan.

 

Poesía gutural.

Al alcance de la mano

y de las naciones de colores.

Acaricie las palabras

como tocaría una pieza

en do mayor.

Búsquele tres pies

a su animal de compañía.

No estamos solos.

No estamos.

Solos no.

 

 

Fotografía: Jordan Sullivan