El amor
es un trabajo
a jornada completa
y con muchas horas
extraordinarias.
No me sorprende, pues,
el elevado número
de jubilaciones
anticipadas.
Fotografía: Bill Brandt
El amor
es un trabajo
a jornada completa
y con muchas horas
extraordinarias.
No me sorprende, pues,
el elevado número
de jubilaciones
anticipadas.
Fotografía: Bill Brandt
No solo
la desnudez
alimenta
al deseo.
Los momentos
anteriores
son también
deliciosos.
Fotografía: Zigor Aldama
Luz presente
que no cesas
de inundar.
Escamparás
pronto y volveré
a aceptar
el designio.
Fotografía: Frederique Bangerter
No te quiero
para llenar mis espacios
vacíos,
ni para aplacar mis tristezas
de una vez por todas.
Aquel viejo cuento
de la media naranja,
ya sabes.
La tendencia más rabiosa
en la actualidad
es sumar peras y limones,
exprimirles el zumo
y beberlo de un trago,
que el tiempo
vuela.
Lo mire como lo mire
siempre acabo enredado
en el mismo
embrollo.
Fotografía: Guillermo Asián
Desvelar la cuota
de silencio,
de violencia
y de arbitrariedad
que el poder desnudo
nos inflige
impunemente.
Y encarnar
ese clamor,
por mucho que dure
la pelea.
Dices que he sido fiel
a mi vocación nómada
y se me disparan las alertas
porque también he conocido
el devenir errático.
Eran los libros, el pensamiento,
el amor
quienes ejercían su atracción
gravitatoria
y podían detener los tránsitos
y las derivas.
Con las casas y los lugares
he anudado lazos secretos
y memoria
pero me acostumbré pronto
al desapego de la propiedad.
La ternura y la lucidez,
además, se hallan esparcidas
por medio mundo.
Y no suelo resistirme
a su convocatoria.
Dices que en nuestro origen
hay un avispero y que quiebran
a los inconformes
y te digo que tampoco yo
podré huir
de la necesidad que nos
reclama.
Fotografía: John Rivers
No es el beso.
No es sólo el beso.
No es el beso repetido,
hambriento como un náufrago
recién rescatado.
Es la alegría que llega con el beso.
Es la apoteosis,
el relámpago,
la única noticia feliz
que sólo el beso transmite.
Ilustración: Touluse-Lautrec
Se organizó una batida
por el monte raso
para dar
con mis huesos.
Los más veteranos
de la comunidad
blandieron
sus armas
e hicieron acopio
de pertrechos.
Se avecinaba ya
el crepúsculo
y decidí camuflarme.
Ni siquiera me tuve
que cubrir
el rostro.
Me uní al grupo
que me buscaba.
Fotografía: Guillermo Asián
Sale caro el amor.
Te pasa una factura
abultada
y todos los conceptos
vienen sin desglosar.
Sin duda,
confiamos
en una publicidad
engañosa.
Fotografía: Zigor Aldama
No es el sexo
ni el amor.
Es la soledad
la que me resulta
adictiva.
Es la soledad
la que me provoca
síndromes de
abstinencia.
La misma
con la que llego
a acuerdos
amistosos
de separación
que enseguida
se vuelven
papel mojado.
La dichosa
y maldita
soledad
que sabe más
que el hambre.
La fiel y,
sin embargo,
traicionera.
Fotografía: Alyona Surikot
Cuanto más fácil
me lo pones,
peor.
No hay nada
como tu paso firme
y los millones de galaxias
que se congelan
en tu mirar
para que ansíe
ese segundo
de rozamiento
que ni siquiera sé
si va ocurrir.
Fotografía: Julia D. Velázquez
Los días oscuros
son también días luminosos
que han sufrido la amputación
de alguna extremidad
ocular.
En los días oscuros
uno pasa del humor saltimbanqui
al humor ácido
ofreciéndose a sí mismo
como mártir de todos
los escarnios,
a falta de otras víctimas
propiciatorias.
Deberían declararse festivos
los días oscuros
porque, se mire como se mire,
las teclas no van a teclear solas,
nadie va a enviar acuse recibo
y tras las ventanillas
hay una huelga de celo
que rechaza toda solicitud
de reclamación.
Fotografía: Guillermo Asián
Imagínese un acuario
sin vegetación
ni distracciones
inoportunas,
un portento
de transparencias,
los peces nadando
con inquietud
en todos los sentidos
porque las dosis
de comida apenas
alcanzan,
los muertos que yacen
inmóviles
en el fondo,
aguardando
el dispositivo
que los retire
o a que su podredumbre
también sirva
de alimento,
una necesidad
de indiferencia,
no hay tiempo que perder,
el tiempo apremia,
lo básico escasea.
Imagínese,
haga un mínimo
esfuerzo,
ya sé que es difícil,
que este desagradable
espectáculo
no ha ocurrido
jamás
y que, empero,
su posición
a uno u otro lado
de la pecera,
podría cambiar
cuando menos
se lo espere.
Fotografía: Agnes Martin
El día en que me diagnostiquen
un cáncer terminal
me dedicaré locamente
a toda clase de placeres,
a la belleza
arrebatadora,
a exprimir la vida
hasta la última gota
de su zumo.
Bueno, más o menos igual
que siempre,
pero tomando
muchas menos
precauciones.
Afilo las uñas de las palabras
porque se avecina la escisión irrefutable,
con sus lapsus sintomáticos.
El amor no es la noche sino un ataque al corazón.
Que opera a tumba abierta.
Una luz que florece desnuda mientras
se congregan los locos contentos al cobijo
de un bosque preñado de diamantes.
Entonces alinear los arrestos con las migajas
de una cotidianidad que repele la ausencia.
Zanjar el curso de lo estéril.
Que el agua de lo impensable se transfiera
a la negociación de un permanecer denso.
Fotografía: Irene Cruz
Me temo que ya no
puedo hablar de nada
que no tenga que ver
con desamores
crónicos,
adictivos
y brutales.
Poco importa que
a veces den el pego
y se travistan
de lo contrario.
Fotografía: Guillermo Asián
¿Será que desaparece
la pasión
con los años?
¿Que periclitan
los deseos suicidas
de sumergirse en el otro?
¿Que se desdibujan,
aún más, las líneas borrosas
de aquellas ingenuas
expectativas?
¿No ocurre, acaso,
que vemos más claro
el fin
de disolvernos en el mundo?
¿Y por qué habríamos
de perder la cordura
si el cuerpo entero merece
la luz?
¿Será que las lecciones
de insurgencia
y declive no dejan
de sorprendernos?
En una charla de comercio justo
el ponente empieza a repartirnos
semillas de café verde y tostado,
canela en rama, pimienta blanca
y negra, unas estrellas de clavo.
Huelo, toco, saboreo, mis ojos
se van al bosque y a las manos
curtidas de quienes han hecho
el milagro posible, a los nadie,
a los sin rostro y sin nombre
para las masas aborregadas
que vamos de tienda en tienda.
Aparte de ese éxtasis místico,
la capacidad de análisis y de
argumentación dejaba mucho
que desear, así que me largué
enseguida de aquel rollo tan
insufrible.
No es que sólo
me pongan
cachondo
las perversiones,
es que sólo
me gusta
el sexo
por lo que tiene
de perversión.
Eso sí, cuanto
más en secreto,
a oscuras e
inesperado,
mejor.
Ni abiertas
ni cerradas.
Me aburren
soberanamente
las pobres
disyuntivas.
Eso por no
hablar
de lo que me
irritan
los predicadores
de toda laya
y condición.